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domingo, 1 de diciembre de 2019

Los 25 mejores libros del siglo XXI / 2666 / Un torrente llamado Bolaño




Los 25 mejore

libros

del siglo XXI

No 01

Roberto Bolaño

2666

Un torrente llamado Bolaño


Ana María Moix
23 de octubre de 2004

Novela póstuma del escritor chileno residente en España, 2666 es una ambiciosa narración inconclusa, lo mejor de una producción literaria prematuramente interrumpida.


Roberto Bolaño según Loredano

Amalfitano, uno de los protagonistas de la segunda de las cinco partes o novelas que componen 2666, obra póstuma de Roberto Bolaño, rememora desde México una conversación sostenida, hacía años en Barcelona, con un joven farmacéutico que pasaba sus noches de guardia leyendo. Al joven le gustaba leer novelas breves como La metamorfosis, de Kafka; Bartleby, el escribiente, de Melville; Un corazón simple, de Flaubert, o Un cuento de Navidad, de Dickens, títulos que escogía en lugar de El proceso, Moby Dick, Bouvard y Pécuchet o El Club Pickwick, novelas largas de los citados autores. "Qué triste paradoja, pensó Amalfitano", escribe Bolaño. "Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren caminos en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquéllo, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez". Y, de hecho, eso es 2666: una gran obra torrencial, que abre caminos en lo desconocido; un combate de verdad, lleno de sangre, de heridas mortales y de fetidez. Bolaño, quien además de novelas tan memorables como, entre otras, Estrella distante, Amuleto y Los detectives salvajes, también escribió relatos, dando muestras de su habilidad en la "esgrima" de la narración breve (recuerde el lector sus volúmenes de cuentos: Llamadas telefónicas, Putas asesinas y El gaucho insufrible), dejó, al morir el pasado año, una gran y ambiciosa novela inconclusa, o mejor dicho, una gran novela de novelas, que es esa monumental 2666, sin duda lo mejor de su producción tan prematuramente interrumpida.

jueves, 10 de abril de 2014

Marguerite Duras / Un día

June March
El amante, de Jean-Jacques Annaud
1991
Marguerite Duras
UN DÍA
Traducción de Ana María Moix

Un día no está delante del instituto. El chófer está solo en el coche negro. Me dice que el padre está enfermo, que su joven señor ha regresado a Sadec. Que él, el joven chofer, ha recibido órdenes de quedarse en Saigón para llevarme al instituto y acompañarme al pensionado. El joven señor regresó al cabo de unos días. De nuevo estaba en la parte trasera del coche negro, el rostro vuelto para no ver las miradas, siempre con el miedo. Nos besamos, sin pronunciar palabra, abrazados, ahí, hemos olvidado, delante del instituto, abrazados. En el beso lloraba. El padre seguiría viviendo. Su última esperanza se desvanecía. Se lo había pedido. La había suplicado que le dejara retenerme con él contra su cuerpo, le había dicho que debía comprenderle, que también él debía haber vivido al menos una vez una pasión como ésa en el transcurso de su larga vida, que era imposible que hubiera sido de otro modo, le había rogado que le permitiera vivir, a su vez, una vez, una pasión semejante, esa locura, ese amor loco de la chiquilla blanca, le había pedido que le dejara el tiempo de seguir amándola antes de volver a mandarlo a Francia, de dejársela aún, aún un año quizá, porque no le era posible dejar ya ese amor, era demasiado nuevo, demasiado fuerte todavía, todavía demasiado en su violencia naciente, que todavía era demasiado terrible separarse de su cuerpo, y más teniendo en cuenta, el padre lo sabía perfectamente, que eso nunca más volvería a producirse.
El padre le había repetido que prefería verlo muerto.
Nos bañamos juntos con el agua fresca de las tinajas, nos besamos, lloramos y volvió a ser algo para morirse, pero esta vez, ya, de un inconsolable goce. Y después le dije. Le dije que no había que arrepentirse de nada, le recordé lo que había dicho, que me iría de todas partes, que no podía decidir mi conducta. Dijo que incluso eso le daba igual en lo sucesivo, que todo se había desbordado. Entonces le dije que yo era de la misma opinión que su padre. Que me negaba a seguir con él. No aduje razones.


Marguerite Duras
El amante
Barcelona, Tusquets, 1984, pp. 104- 106


Marguerite Duras / El cuerpo de Hélène Lagonelle



Marguerite Duras
El cuerpo de Hélène Lagonelle
Traducción de Ana María Moix

Vuelvo junto a Hélène Lagonelle. Está tendida en un banco y llora porque cree que voy a dejar el pensionado. Me siento en el banco. Estoy extenuada por la belleza del cuerpo de Hélène Lagonelle tendido contra el mío. Ese cuerpo es sublime, libre bajo el vestido, al alcance de la mano. Los senos son como jamás los he visto. Nunca los he tocado. Hélène Lagonelle es impúdica, no se da cuenta, se pasea completamente desnuda por los domitorios. Entre las cosas más bellas creadas por Dios, está ese cuerpo de Hélène Lagonelle, incomparable, ese equilibrio entre la estatura y la manera en que el cuerpo sostiene los senos, fuera de él, como algo aparte. Nada más extraordinario que esa redondez exterior  de los senos sostenidos, esa exterioridad dirigida hacia las manos. Incluso el cuerpo de pequeño culí de mi hermano menor se eclipsaba frente a ese esplendor. Los cuerpos masculinos tienen formas avaras, recluidas. Tampoco se echan a perder como las de Hélène Lagonelle que quizá sólo duren un verano, calculando largo, nada más. Hélène Lagonelle procede de las altiplanicies de Dalat. Su padre es funcionario del puesto. Llegó hace poco tiempo, en pleno curso escolar. Tiene miedo, se te pone al lado, se queda ahí sin decir nada, llorando con frecuencia. Tiene la tez rosada y morena de la montaña, destaca, aquí, donde todas las niñas poseen la palidez verdosa de la anemia, del calor tórrido. Hélène Lagonelle no va al instituto. Hélène Lagonelle no sabe ir a la escuela. No aprende, no retiene. Asiste a los cursos primarios del pensionado pero eso no sirve para nada. Llora contra mi cuerpo, y acaricio sus cabellos, sus manos, le digo que me quedaré con ella en el pensionado. Ignora que Hélène Lagonelle es hermosa. Sus padres no saben qué hacer con ella, intentan casarla. Lo más deprisa posible. Hélène Lagonelle encontraría todos los novios que quisiera, pero no los desea, no desea casarse, desea volver con su madre. Ella. Hélène L. Hélène Lagonelle. Al final hará lo que su madre quiera. Es mucho más hermosa que yo, que la del sombrero de clown, calzada de lamé, infinitamente más casable, Hélène Lagonelle, Hélène, pueden casarla, instalarla en la conyugalidad, asustarla, explicarle lo que le da miedo y no comprende, ordenarle esperar ahí, esperar.

Marguerite Duras / El hermano ladrón

Marguerite Duras con sus hemanos
Marguerite Duras
EL HERMANO LADRÓN
Traducción de Ana María Moix

Diré también lo que era, cómo era. Es así: roba a los criados para ir a fumar opio. Roba a nuestra madre. Registra los armarios. Roba. Juega. Antes de morir mi padre había comprado una casa en Entre-deux-Mers. Era nuestra única posesión. Juega. Mi madre la vende para pagar las deudas. No es suficiente, nunca es suficiente. Joven, intenta venderme a los clientes de la Coupole. Es por él por quien mi madre quiere seguir viviendo, para que siga comiendo, para que duerma abrigado, para que siga oyendo pronunciar su nombre. Y la propiedad que le compró cerca de Amboise, diez años de ahorros. Hipotecada en una noche. Ella pagó los intereses. Y todo el fruto de la tala de árboles que ya he mencionado. En una noche. Robó a mi madre moribunda. Se trataba de alguien que registraba armarios, que tenía buen olfato, que sabía buscar bien, descubrir las buenas pilas de sábanas, los escondrijos. Robó las alianzas, cosas así, mucho, las joyas, el sustento. Robó a Dô, a los criados, a mi hermano menor. A mí, mucho. La hubiera vendido a ella, a su madre. Cuando muere la madre hace venir al notario, enseguida, en mitad del transtorno de la muerte. Sabe aprovecharse del trastorno de la muerte. El notario dice que el testamento no es válido. Que la madre ha favorecido demasiado al hijo mayor a mis expensas. La diferencia es enorme, posible. Es muy dulce, afectuoso como siempre después de sus asesinatos o cuando necesita de tus servicios. Mi marido ha sido deportado. Se compadece. Se queda tres días. Lo he olvidado, cuando salgo no cierro nada. Registra. Guardo el azúcar y el arroz de mis cupones para cuando mi marido regrese. Registra y coge. Sigue registrando un armario pequeño, en mi habitación. Encuentra. Coge todos mis ahorros, cincuenta mil francos. No deja ni un solo billete. Deja el apartamento con sus hurtos. Cuando vuelva a verle no le hablaré del asunto, para él la vergüenza es tan grande que no podré hacerlo. Después del  falso testamento, el falso castillo Luis XIV fue vendido por un mendrugo de pan. La venta estuvo trucada, como el testamento.

miércoles, 9 de abril de 2014

Así comienza / El amante / Marguerite Duras


Marguerite Duras
EL AMANTE
Traducción de Ana María Moix

Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó. Se dio a conocer y me dijo: "La conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven usted era hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud, su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado".


*

Pienso con frecuencia en esta imagen que sólo yo sigo viendo y de la que nunca he hablado. Siempre está ahí en el mismo silencio, deslumbrante. Es la que más me gusta de mí misma, aquella en la que me reconozco, en la que me fascino.

*

Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo, nunca lo he preguntado. Creo que me han hablado de ese empujón del tiempo que a veces nos alcanza al trasponer los años más jóvenes, más gloriosos de la vida. Ese envejecimiento fue brutal. Vi cómo se apoderaba de mis rasgos uno a uno, cómo cambiaba la relación que existía entre ellos, cómo agrandaba los ojos, cómo hacía la mirada más triste, la boca más definitiva, cómo grababa la frente con grietas profundas. En lugar de horrorizarme seguí la evolución de ese envejecimiento con el interés que me hubiera tomado, por ejemplo, el desarrollo de una lectura. Sabía también que no me equivocaba, que un día aminoraría y emprendería su curso normal. Quienes me conocieron a los diecisiete años, en la época de mi viaje a Francia, quedaron impresionados al volver a verme, dos años años después, a los diecinueve. He conservado aquel nuevo rostro. Ha sido mi rostro. Ha envejecido más, por supuesto, pero relativamente menos de lo que hubiera debido. Tengo un rostro lacerado por arrugas secas, la piel resquebrajada. No se ha deshecho como algunos rostros de rasgos finos, ha conservado los mismos contornos, pero la materia está desruida. Tengo un rostro destruido.


martes, 4 de marzo de 2014

Ana María Moix según Rosa Mora

Barcelona, 05/03/2001. Reunión de los "novísimos". De izquierda a derecha: Pere Gimferrer, Guillermo Carnero, Ana María Moix, Vicente Molina Foix, Félix de Azúa, José María Álvarez, Manuel Vázquez Montalbán, Castellet (detrás de Montalbán) y Antonio Martínez-Sarrión.
Foto de Joan Sánchez

Ana María Moix, 

tímida, valiente, sabia y generosa

Por Rosa Mora
El País, 1 de marzo de 2014

Su furia era entrañable, que esa mujer tan pequeña y aparentemente frágil fuera capaz de repartir mamporros éticos, emocionaba


Febrero de 1970. Ana María junto a Ester Tusquets y Ana María Matute. / CESAR MALET
Hay recuerdos imborrables. Como el del 3 de abril de 2003. A primerísima hora de la mañana, Ana María nos llamó a algunos de sus amigos. En la madrugada había muerto Terenci. Estaba preocupadísima porque se cumplieran sus últimas voluntades. No eran fáciles: quería que el velatorio y la ceremonia laica se celebraran en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona y quería, además, que no asistieran a las honras fúnebres ningún representante de del PP ni de CiU. “Maragall y Clos serán bienvenidos, pero, por favor que no venga nadie de la derecha”, dijo entre lágrimas Ana María. Ella se cuidó de que todo funcionara al gusto de su hermano. Tenía esa mezcla de timidez y valentía que la hacían tan querida.
Lúcida, inteligente, generosa, sabia, conocedora de la gran literatura, comprometida con sus ideas, Ana María Moix (Barcelona, 1947) dejó de fumar, y le gustaban mucho los cigarrillos de liar, en cuanto supo que tenía cáncer. No fue fácil. Tampoco lo fue su vida. La muerte de su hermano Miguel a los 18 años, que nació con espina bífida, fue el primer gran golpe. Ella tenía 15 años y lo vivió como un auténtico calvario. La muerte de Terenci la hundió en la desolación, aunque siempre tuvo a su lado su gente, como Rosa, su compañera, y los hijos de ésta, que la cuidaron y mimaron
Fue la baby de la Gauche Divine. Escribió un libro estupendo, 24 horas con la Gauche Divine, un retrato irónico, despiadado, con mucho humor, de aquella Barcelona de los años setenta y de aquellos hombres y mujeres tan inteligentes y brillantes. Terenci la llamaba la Nena y así fue conocida también entre los divinos, mucho mayores que ella. Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Beatriz de Moura, Oriol Bohigas, Jorge Herralde , Pere Gimferrer, Manuel Vázquez Montalbán, Ana María Matute, Esther Tusquets, entre otros muchos, fueron sus amigos.
Josep Maria Castellet la incluyó, única mujer, en su antología Nueve novísimos poetas españoles, junto a Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión, Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Vicente Molina Foix, Guillermo Carnero o Leopoldo María Panero, entre otros. Eso fue en 1970. El año en que publicó su primera novela, Julia, deslumbrante, sobre una chica que se niega a crecer en constante lucha con la niña que fue y al mismo un retrato impresionante de la Barcelona de los años sesenta.

Fue la baby de la Gauche Divine.  Terenci la llamaba la Nena y así fue conocida también entre losdivinos, mucho mayores que ella.
Entre 1969 y 1973, Ana, la de los largos silencios, publicó tres poemarios, Baladas del Dulce JimCall me Stone y No time for flowers; dos novelas; el libro de relatos Ese chico pelirrojo al que veo cada día, que representan la ternura, la perversidad, la desdicha, el humor, la crueldad y la ironía. O Walter, ¿por qué te fuiste? Otro retrato de Barcelona, innovadora, sobre la homosexualidad y los conflictos derivados de una educación religiosa que insistía en el pecado ya la culpa.
Pasaron muchos años hasta que llegó De mi vida real nada sé, 10 relatos que muestran su universo literario más íntimo o Vals negro, con la que ganó el Premio Ciudad de Barcelona, sobre el mito de Sissi, la última emperatriz de Austria Hungría, en torno a la que recrea entre la ficción y la realidad la decadencia del Imperio Austro Húngaro. Otro libro de relatos, Las virtudes peligrosas, premio Ciudad de Barcelona, lleno de ironía y melancolía, que contempla el pasado con dulzura y el presente, con terror. También escribió cuentos infantiles, ensayos, colaboró en diferentes periódicos y tradujo a autores como Samuel Beckett, Margarite Duras, François Sagan, Amélie Nothomb, entre otros. Desempeñó tareas editoriales, le gustaba.
Su padre quería que estudiara Farmacia, pero ella prefirió Filosofía y Letras. Le gustaba el cine casi tanto como a su hermano. A diferencia de Terenci, ella se implicó mucho en política, la suya. “Yo no estoy en ningún partido ni nunca he firmado nada. En las primeras elecciones no quise votar porque eso de la monarquía no lo veía claro, pero en las últimas he votado PSOE. No quiero dar ni la más mínima oportunidad de que gane la derecha”, afirmó en 1994.
En 2011 publicó Manifiesto personal, un libro furioso, a ratos nostálgico, pesimista y apocalíptico sobre la actualidad a partir de lo más cotidiano. “Es la situación la que es apocalíptica”, dijo a este diario. “Estamos en guerra, en la III Guerra Mundial. Es la guerra de los financieros y los especuladores y de sus portavoces contra el resto del mundo. No es una guerra de sangre, pero el capitalismo fascista se apodera de todo. Quién consumirá para que el capitalismo siga creando capital?Manifiesto personal aborda todos los espectros de la sociedad, con testimonios de amigos, vecinos, familiares y expertos con algunos retazos de su propia autobiografía.
La furia de Ana María era entrañable, que esa mujer tan pequeña y aparentemente frágil fuera capaz de repartir mamporros éticos, emocionaba. En este diario lanzó una diatriba cuando se anunció que la jubilación se retrasaría hasta los 70 años, afirmó que muy bien, estupendo, sobre todo si teníamos la suerte de tener trabajo a esa edad o a cualquiera.
Era más guerrera de lo que aparentaba. Otro recuerdo imborrable: estuvo, con Esther Tusquets, su gran amiga, en la despedida de Felipe González de La Moncloa, cuando ganó las elecciones el Partido Popular. “Votaré a los socialistas aunque sea con la nariz tapada”, solía decir.
Para Ana, la literatura era tanto leer como escribir. ¿Qué libro has leído?, preguntaba siempre. Sus consejos siempre eran certeros.
Cuando no pudo asistir a la entrega de los últimos Premios Terenci Moix, sus amigos temieron lo peor. Cuidar del legado de su hermano fue uno de sus objetivos. Otra de sus cualidades fue la discreción. Por ejemplo, no dijo públicamente que había heredado la biblioteca de Jaime Gil de Biedma. Ella y Joaquina, la mujer de Juan Marsé, cuidaron del poeta en su etapa final.
Reconocía que era un poco vaga. Quizá por eso se puso un horario en la Agencia Carme Balcells, que la representaba, para escribir sus memorias. “Si las escribo”, anticipó a este diario en 2011 serán post mortem, porque no me callaré nada”.
Ana María Moix ha muerto demasiado pronto. La vida le debía más. Le debía poder continuar con sus memorias, seguir con su estupenda familia, con sus amigos, hablando de libros, recomendando libros.



Ana María Moix / La tensión poética y narrativa

Ana María Moix, 2002
Foto de Carles Ribes

Ana María Moix

La tensión poética y narrativa

Análisis de la obra literaria de Moix: desde sus primeros poemarios,'Call me Stone' y 'Baladas del Dulce Jim', hasta su 'Manifiesto personal' pasando por sus relatos



Ana María Moix. / MARCE-LI SÁENZ
De los novísimos poetas antologados por Castellet en su celebérrima antología, me ha acompañado siempre la voz de Ana María Moix, que en 1968 publicara dos libros de poemas: Call me Stone y Baladas del Dulce Jim -precedido por un memorable prólogo de Vázquez Montalbán, que lo calificó de “ejercicio de libertad imaginativa y cultural que termina en un precioso beso entre el Che Guevara y Gustavo Adolfo Bécquer”-, a los que seguiría No time for flowers (1970). Eran poemas anticolumnarios, como ella los llamaba, cuajados de imágenes brillantes, que se nutrían de cine y canción, de imaginación y fantasía, de sombras y ensueño, de literatura -"Moriré en París, como César, una tarde de lluvia y aguacero”- y de ciudad: asfalto y mar con gaviotas muertas de frío. Poemas que caminaban hacia la tensión narrativa del poema en prosa o breves chispazos que se detenían tras el hallazgo de una imagen: “Clavé mis uñas en los ojos de un pájaro, y allí estaba la noche: inmensa, húmeda”.
De ese momento data la primera novela de AMM, Julia, la historia de formación o aprendizaje de una joven hasta sus veinte años, que incluye el análisis de los distintos espacios que atraviesa –escuela, familia, mundo exterior, universidad-, una novela intimista o interior, lírica en alguno de sus tramos, y a la par crónica –aguda, mechada de humor- estética y sentimental de una generación, junto con el testimonio de una época. No tardaría en aparecer el libro de relatos Ese chico pelirrojo a quien veo cada día, donde esa veta humorística y hasta irónica se acentúa, sin desatender “el miedo que sienten los adolescentes cuando cesan en su llanto por las noches y se inventan un amable desconocido”. Y, de haberlo permitido la censura franquista, también por esas mismas fechas habría visto la luz la segunda novela de Ana María Moix, Walter, ¡por qué te fuiste?, que no pudo aparecer hasta 1973, tras sufrir el manuscrito original algunas tachaduras.
Fue una irrupción deslumbrante y memorable la de aquella Nena que siempre supo que su “pie derecho descansaba sobre un mundo, y el izquierdo sobre otro”, dudando entre cuál elegir. Y así pasaba el tiempo, y Ana María Moix publicaba artículos y entrevistas en publicaciones destacadas, traducía a Beckett o Duras, nos descubría a diez jmujeresExtraviadas e ilustres o retrataba la barcelonesa gauche divine (ogauche caviar).
Reanudará su trayectoria literaria, ya anclada exclusivamente en la narración, con los relatos reunidos en Las virtudes peligrosas (1985), que nos devolvían a las sendas ya abiertas, mirando el pasado entre la melancolía y la crueldad, o iluminando las zozobras y los peligros de ciertas virtudes, en unos y otros.
En Vals negro (1994), Ana María Moix nos entregaba una inolvidable novela en la que conocíamos a Elizabeth de Baviera a través de la mirada de cinco personajes muy singulares y distintos entre sí, anulando así la edulcorada imagen de “Sissi” para revelar a la mujer de ideas republicanas, protectora de los húngaros en su lucha por la independencia del imperio, apasionada lectora de Heine, poeta ella misma también, además de deportista y viajera pertinaz; una mujer amante de la libertad, y tan enamorada del amor como salpicada de muerte.
En 2011, Ana María Moix nos entregaba Manifiesto personal, donde quiso reflejar por escrito su visión de “las preocupaciones, vicios morales particulares y públicos, males sociales y políticos, apatía y otras taras anímicas” que a su entender se han abatido sobre la sociedad civil española en los últimos años, y que han sembrado en la autora un torbellino de sentimientos y emociones lo suficientemente poderoso como para detenerse a meditar y redactar estas páginas, en las que a menudo se entrelazan la melancolía y la rabia. El paso del tiempo propiciaba cierto tinte melancólico que a ratos aflora en sus páginas, no por nostalgia endeble sino debido al abultado (y sobrecogedor) contrapunto óptico que ofrece el ayer del hoy.
Nacida y crecida en un popular barrio barcelonés repleto de problemas de toda índole, formada en el resistencialismo antifranquista, aliada siempre a las causas más nobles y justas –al servicio de las cuales ha puesto a menudo su pluma de periodista-, la autora sabía bien de lo que hablaba: a su inteligencia y lucidez, a sus convicciones, a su “posición” -que le permitía codearse y conversar con gentes notorias y bien situadas en distintas esferas sociales, incluido el mundo de la cultura-, se sumaba un estilo de vida y una naturaleza viva y curiosa que la llevaba a pisar las calles para charlar y escuchar: la quiosquera, una vecina recién enviudada, el dueño de un bar y sus asiduos o los clientes de las tiendas que frecuenta, más amigos y conocidos y próximos, son los interlocutores cuyas voces e ideas –y cuyo sentir- incorporaba Ana María Moix a su Manifiesto personal, que tantos podríamos suscribir.



Ana María Moix / La pasión irrefrenable de escribir

Ana María Moix
25 de septiembre de 1986
Foto de Marce-Li Saenz


Ana María Moix

La pasión irrefrenable de escribir


Ana María Moix inició su carrera con media docena de libros de poesía y narrativa en apenas cinco años, amor por las letras que la condujo a la edición y la traducción



    Ana María Moix con su hermano Terenci en 1998.rdar
    La única chica entre los rapsodas de los Nueve novísimosLa Nena, entre sus amigos de la Gauche Divine; la que, durante unos años era ella la que tenía un hermano escritor, Terenci de nombre artístico; la editora exquisita, la poeta siempre detrás de un cigarrillo que le hacía entrecerrar los ojos... Ana María Moix (Barcelona, 1947) ha fallecido en su ciudad natal tras años de dura lucha contra un cáncer. Su capilla ardiente se instalará este domingo (a partir de las 14 horas en el tanatorio de les Corts de Barcelona) y el lunes, a mediodía, se celebrará el funeral.
    De familia catalana, Ana Maria Moix desarrolló sin embargo toda su carrera literaria en castellano, trayectoria que inició muy joven, vinculándose a ese movimiento de intelectuales de izquierda pero de casa bien que sacudió la rancia cultura franquista de los años 60 y 70 que inundaba Barcelona. Allí, entre arquitectos, fotógrafos, editores, escritores y cineastas hizo algunos de sus grandes amigos, como fueron los editores Carlos Barral y Esther Tusquets, Pere Gimferrer, Félix de Azúa y Ana María Matute.
    Así, con 22 años debutó por partida doble con sus dos pasiones: la poesía y la narrativa. Se trataba del poemario Baladas para el dulce Jimde la novela Julia. Sería un inicio explosivo, de una pasión literaria frenética porque en menos de cinco años le daría para siete libros. La poesía sería entonces su primera y dominante pulsión: Call me Stone(1969) y No time for flowers (1971), una expresión lírica en la que combinó sorprendentemente lo experimental con lo lírico. Este último título le reportó su primer reconocimiento a una obra obra propia, el premio Vizcaya.
    Pero como si con esa tierna edad ya hubiera acumulado un sinfín de experiencias que necesitaban ser contadas, su biblioteca íntima creció en esos cinco años frenéticos con la novela ¿Walter, por qué te fuiste?La maravillosa colina de las edades primitivas, una incursión en el libro infantil. Ambos aparecieron en 1973. Sería el inicio de una obra como escritora que sobrepasaría una quincena de títulos y que con los años le reportaron, entre otras distinciones, el premio Ciutat de Barcelona de 1985 (con Las virtudes peligrosas) y de 1995 (Vals negro).
    Tras esa salida fulgurante, Ana María Moix entró en un particular silencio que duró casi una década, que en parte compensó su faceta de traductora, básicamente del francés. En esa labor, debutó con una elogiada traducción de Louis Aragon, que acabó llevándola a grandes nombres de las letras francesas como Beckett, Duras, Nothomb y François Sagan. La salida de nuevo a la superficie literaria se daría con la obra Los robots. Las penas (1982), al que seguiría un nuevo poemario, A imagen y semejanza (1983). Pero la segunda época de escritora quedaría dominada por la narrativa, como demostrarían, amén de las novelas premiadas, dos libros más de cuentos: La niebla y otros relatos (1988) y De mi vida real nada sé (2002).
    Lectora voraz, la pasión por el mundo de las letras tenía que llevarla a estar presente en todo los ámbitos. Por ello, tanto o más significativa que su carrera literaria está la de su labor como editora, que desarrolló, entre otros sellos, en Plaza & Janés y en Ediciones B. Sus conocimientos de los detalles más inverosímiles sobre la vida y manías de los escritores, unido a una afabilidad que la predisponía a evitar rechazar toda colaboración, la condujo a aceptar un sinfín de colaboraciones en medios impresos, entre ellos este mismo diario.
    Muy amiga de sus amigos, en especial de Gil de Biedma, Ana María Moix emprendió en 2003, más allá del obvio compromiso fraternal, un particular compromiso por la memoria de su hermano Terenci, fallecido en abril de ese año. No se trató tanto de una gestión de su producción libresca (que a partir de un momento tuvo siempre carácter de best-seller) como de la manera de aquél de ver y entender la vida y la cultura. Ello se tradujo en 2005 en la creación de los pluridisciplinares premios internacionales Terenci Moix. Todo ello, junto a su trayectoria literaria, le valieron en 2006 la máxima condecoración que otorga la Generalitat, la Creu de Sant Jordi.
    Los Premios Terenci Moix daban otra pista sobre la personalidad de Ana María Moix. Amén de honrar la memoria de su hermano mayor, buscaban reconocer también la defensa en las obras galardonadas de los derechos humanos y la lucha contra la injusticia social. Esos temas debían ir en el código genético de la familia porque aparecían también cada vez con más fuerza en sus últimos escritos, en especial enManifiesto personal (2011), de corte claramente memorialístico. “El capitalismo es insaciable; es fascista y asesino”, aseguraba contundente sobre unos males que ella ubicaba en los años 80, cuando se desarrolló “el individualismo y el narcisismo extremos y un culto al dinero”.
    En realidad, Ana María Moix, a pesar de ser de estatura pequeña, constitución delgada y de voz un poco ronca pero muy suave, siempre fue contundente y nunca se escondió ante los problemas sociales, aunque eso le comportara algunos malentendidos con el establishmentde la cultura catalana, como cuando en 1996 fue una de las firmantes del Foro Babel en favor del bilingüismo en Cataluña. También hace poco más de un año terció en el tema del independentismo, plasmando su apoyo en 2012 al manifiesto Crida a la Catalunya federalista i d'esquerres. Quizá de todo ello hablen las memorias en las que trabajaba desde hacía ya un tiempo.




    Muere Ana María Moix, poeta de la gauche divine

    Ana María Moix


    Muere Ana Maria Moix, 

    poeta de la ‘gauche divine’


    La poeta, narradora y editora ha muerto a los 66 años. La única chica entre los Nueve novísimos

    Fue una de las protagonistas de una época esplendorosa en Barcelona


    Tenía 66 años y seguía siendo La Nena, a la que quería todo el mundo. Ana María Moix, poeta, narradora, editora, periodista, murió anoche en Barcelona, donde nació, después de una enfermedad que la golpeó varias veces. Y ya no pudo resarcirse del último embate. Padecía cáncer.
    Escribió, en los años 70, en TeleXpres, las más agudas conversaciones literarias que se recuerdan en el periodismo español y su literatura poética e íntima siempre tuvo que ver con los estados de ánimo de su generación. Su último libro de relatos, de 2002, fue De mi vida real nada sé. Sus libros primeros incluyen poesía y narrativa: Baladas al dulce Jim, Julia, Walter, ¿por qué te fuiste?, Vals Negro, además de la recopilación de las entrevistas que hizo a los representantes del boom y de la llamada gauche divine.
    Fue la única mujer que reclutó Josep Maria Castellet, su antólogo y su maestro, para los muy famosos Nueve novísimos. A pesar de que la vida la puso en medio de los grandes, poetas, escritores, arquitectos, periodistas, ella se mantuvo siempre al margen, como si mirara desde fuera el carnaval del mundo literario. No era desdén: era el sitio que buscó.
    En los últimos tiempos había acendrado su sentido crítico sobre la situación que vivían España y el mundo, y reflejo de ello fue suManifiesto personal, un puñetazo moral en la mesa de un país que se había abandonado a los fastos de los 80 y de los 90 y había descuidado de manera suicida los valores de una sociedad que no merecía la dejadez civil.
    Cuando publicó uno de sus últimos libros, los relatos De mi vida real nada sé, en 2002, Rafael Conte escribió aquí sobre el estado de ánimo de La Nena: “Ana María está triste, desde luego, y nos dice por qué: por el paso del tiempo, por la progresiva presencia de la muerte…”. Marcada ya por esa adivinación, superó con entereza los últimos años de su vida; rodeada de amistad y de amor, sus últimas preocupaciones tenían más que ver con la vida de otros (y, sobre todo, con la pervivencia de la obra de su hermano Terenci Moix) que con sus propias ambiciones literarias, que siempre mantuvo en sordina.
    Le dije un día en Barcelona que por qué no reeditaba, por qué no se ocupaba más de lo que ya hizo. Me dijo: “Ya soy mayor para cambiar”. Le gustaba hablar de sus amigos, saber de ellos, y saber que les iba bien, le resultaba más importante que buscar papeles que reflejaran lo que otros dijeran de sus libros.

    Los amigos de la Nena

     La última vez que hablé con ella Ana María Moix habló de otros; ocurría siempre. Esta vez le llamaba para saber cómo estaba pasando el fin de año, cómo iba la vida. Ella se precipitó: el Mestre (así llamaba a Josep Maria Castellet) está muy enfermo, ya sabes. Para que la conversación no discurriera por los lados dramáticos que desde hacía raro tenía la vida, derivamos hacia el fútbol, que era su pasión declarada; el Barça iba mal, bien, regular, todos los días había un elemento nuevo en esa vertiginosa realidad barcelonista, pero ella confiaba. El Barça era un talismán, una medida de la calidad. Luego, en esa conversación, se fue por otros nombres propios. Qué sabes de Juan, de Carmen…
    Durante años, en TeleXprés, publicó unas conversaciones por las que desfiló todo el mundo que en los años 70 hicieron de Barcelona la capital editorial del boom, así que por ahí desfilaron Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Julio Cortázar; también se llevó a ese rincón lujoso de su manera de mirar a los jóvenes que compartían con ella la coqueluche literaria de la ciudad. Sus libros se fueron haciendo como con la otra mano, pues ella estaba más pendiente de los otros nombres propios que de sí misma, de su carrera.
    En los últimos tiempos su máxima en la vida era hacer que la gente se enterara de una vez de la hondura y la pasión literarias de su hermano Terenci, al que la soledad y la prisa habían arrinconado en el lado de los escritores cuyo glamour importaba más que su letra. Ya entonces, cuando marcó ese territorio como un objetivo, Ana Maria Moix era una mujer con la carrera hecha, pero seguía siendo la Nena, una niña que sollozaba por dentro y que fumaba ya a escondidas, marcada por la enfermedad y sus circunstancias.
    Sus libros estaban ahí, ella no se tenía muy en cuenta. De hecho, la última vez que la vida de lo que quería hablar era de la carrera del hijo de Rosa, su compañera, de Rosa, de la generosidad de la que se veía rodeada. En un momento de la conversación (que fue para EL PAÍS Semanal en 2013) anoté algo que me dijo sobre la gente que había conocido: “He tenido amigos que han durado años”. Ese era su tesoro, haber sido querida por tanta gente, haber querido, de veras, a tantos. Detrás de donde se sentaba, en su casa, había dos fotos de Colita, los rostros de Barral y de Gil de Biedma. “Esos son mis amigos. La amistad es una obra”, me dijo.



    Ana María Moix / De qué hablamos cuando hablamos de Carver

    Fotografía de Bernard Plossu
    CARVER POETA
    De qué hablamos cuando hablamos de él?


    La publicación en España de Todos nosotros, la obra poética, incluidos varios poemas inéditos, del estadounidense Raymond Carver (1939-1988), editada por Bartleby Editores, es un acontecimiento por la indiscutible trascendencia del escritor en el panorama literario contemporáneo. Los poemas sirven para cerrar perfectamente el círculo estilístico de un autor célebre por sus relatos realistas. Su mujer, Tess Gallagher, se encargó de la edición original publicada en Londres, en 1996, por The Harving Press. Diez años después, se edita en España una amplia selección de esta obra, que completa la visión panorámica que tenía el lector español de la poesía de Carver hasta el momento. Esta obra estará en las librerías el próximo 18 de septiembre.
    La publicación de Todos nosotros, volumen que compendia toda la poesía de Raymond Carver, es un lujazo para el lector español. La introducción de Tess Gallagher, su viuda -y también poeta- y el prólogo de Jaime Priede, que ha llevado a cabo -de manera notable- la traducción, nos acercan la voz de ese enorme escritor que fue Carver, fallecido en 1988, tras ser considerado uno de los grandes maestros del relato breve del siglo XX. En España, donde el relato no goza del favor de los editores, de la mayoría de los críticos literarios ni -dicen- del lector, los cuentos de Raymond Carver alcanzaron un considerable éxito por parte de la crítica, se vendieron y, lo único que importa, se leyeron.
    ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, CatedralTres rosas amarillasShorts CutsSi me necesitas, llámame (editados por Anagrama) fueron leídos -y todavía lo son- por un público que lleva a Carver en el corazón. Se trata de un público del que muy pocos escritores gozan: es un público que, tras leer uno de los libros de Carver, pasa a devorar el resto. No conozco a ningún lector de Carver que sólo haya leído uno o dos libros de sus libros. Y tampoco a nadie -salvo a algún extravagante con ganas de llamar la atención- a quien no le guste. En este sentido, Carver es sólo comparable a Chéjov, a Katherine Mansfield y a Maupasant (al Maupasant cuentista; el Maupasant novelista es otro cantar). No son nombres al azar.
    Tienen algo en común: parece que hablen de sí mismos, de lo que han vivido, de lo que les rodea, de las cosas más simples del cotidiano vivir; pero, en realidad, nunca hablan de ellos, sino de nosotros. De ahí quizá esa cercanía, sublime, nada pegajosa, que establecen con el lector. Esa cercanía tan íntima y tan limpia que el lector de Carver encuentra también en sus poemas. Porque, no hay que olvidarlo, Carver habla de nosotros cuando parece estar hablando de Carver.
    La voz poética de Carver, un hombre que caminó por la acera peligrosa de la vida de la mano del alcohol y, más tarde, de la enfermedad, nunca es soez porque no apunta a la confesión sino al descubrimiento de algo por parte del lector. Es él, el lector, quien se encuentra abriendo puertas dentro de sí mismos, puertas vedadas anteriormente, antes de la lectura del poema. Hay, en los últimos poemas de Un sendero nuevo a la cascada, escrito durantes los últimos seis meses de vida, un cambio de registro espeluznante en la poesía de Carver. La muerte, el regreso al lugar de las pérdidas esenciales de una vida, el acaso de las sombras del dolor, desaparecen, justamente, cuando el autor se sabe en el umbral del final. Y es entonces cuando una calma extraña planea, no sin ironía, sobre una realidad a punto de quedar presa entre el paréntesis de la nada.


    El regreso poético de Carver

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    La publicación en España de Todos nosotros, la obra poética, incluidos varios poemas inéditos, del estadounidense Raymond Carver (1939-1988), editada por Bartleby Editores, es un acontecimiento por la indiscutible trascendencia del escritor en el panorama literario contemporáneo. Los poemas sirven para cerrar perfectamente el círculo estilístico de un autor célebre por sus relatos realistas. Su mujer, Tess Gallagher, se encargó de la edición original publicada en Londres, en 1996, por The Harving Press. Diez años después, se edita en España una amplia selección de esta obra, que completa la visión panorámica que tenía el lector español de la poesía de Carver hasta el momento. Esta obra estará en las librerías el próximo 18 de septiembre (2006).
    Una mañana de 1956 Raymond Carver se acerca en coche a la parte alta de Yakima, pequeña ciudad del estado de Washington, para entregar un pedido de la farmacia en la que trabajaba como repartidor. Mientras espera que el anciano dueño de la casa busque su chequera, le llama la atención que haya tantos libros esparcidos por todas partes. Su mirada se posa en una revista. Es la primera vez que ve "una de esas revistas de poca circulación". Se trata de un ejemplar de Poetry. El anciano introduce el cheque en ella y se la entrega junto a un ejemplar de The Little Review: "Llévatelas, hijo. A lo mejor un día escribes algo y no sabes adónde mandarlo", le dijo el anciano.
    Aquella noche apenas durmió, se la pasó leyendo las cartas y los poemas de Ezra Pound, sus postulados sobre lo que se debe y no se debe hacer al escribir. Al día siguiente avanzó en el análisis y las discusiones que incluían ambas revistas de los diversos movimientos poéticos del siglo. Percibe entonces que su vida está dando un giro, que toma otra perspectiva ante el mundo. Los nombres con los que se encuentra en aquel par de ejemplares, Pound, Eliot, H.D., Aldington y Joyce, empiezan a resultarle muy familiares tras la jornada laboral. A partir de entonces, Carver empieza a escribir poesía de manera regular. Pocos años después, abre el ejemplar de otra revista, Targets, para encontrarse con su primer poema publicado: The Brass Ring (El aro de latón). El poema hace referencia al aro de latón que colgaba de un brazo mecánico en los tiovivos y que se bajaba por sorpresa a la altura de los niños que iban en él. Quien lograra atraparlo, se aseguraba una vuelta gratis. En sentido figurado, la expresión significa también apuntar alto, alcanzar el éxito.
    A vista de hoy, cincuenta años después de su encuentro fortuito con la mejor poesía angloamericana del momento, parece que Carver ha alcanzado su particular aro de latón. Está considerado como uno de los mejores narradores norteamericanos de su época y como poeta ha logrado crear escuela abriendo espacios apenas transitados hasta entonces, al menos en la poesía española de la época. Uno de esos espacios lo genera el pensamiento concebido como conversación del sujeto consigo mismo, pero no para sí mismo. El mecanismo mental de los escritores norteamericanos está más entrenado en la agudeza que en la abstracción. Se nutre de la perspicacia y de la inminencia.
    El aire renovador que propone la poesía norteamericana cuando empieza a ser traducida en España (más allá de los consabidos clásicos) abre una nueva forma de desvelar la realidad en fotogramas, sin añadidos que tiendan a modificarla. En ese sentido, la recopilación de la poesía de Carver que ahora se presenta ante el lector español puede ser leída como la secuenciación de una vida fragmentada en momentos claves, no caracterizados necesariamente por la rareza sino por la intensidad y el ahondamiento en ellos.
    Carver es Ray en sus poemas. Escribe en el piso de arriba de Sky House. Es un hombre disciplinado en el trabajo. Se sienta todas las mañanas a su mesa, revisa poemas escritos en otra época de su vida y escribe otros nuevos para celebrar la cotidiana inmediatez de sentirse vivo. Es un hombre agradecido. Desde que el 2 de junio de 1977 se encontrara con la poeta Tess Gallagher, con gusto hubiera titulado todos sus poemas Felicidad. Carver comienza entonces su particularvuelta gratis en este tiovivo: diez años más de vida cuando los médicos sólo le habían dado seis meses debido a sus graves problemas con el alcohol.
    A partir del verano de 1977, deja la bebida y comienza una nueva vida junto a Tess. Viven juntos en Ridge House, Port Angeles, Washington, cerca del embarcadero. Le gusta escuchar emisoras musicales por la noche, como cuenta en el poema Ondas de radio, le gusta pasear por la orilla del río leyendo párrafos sueltos de Abel Martín y versos de Machado, uno de sus poetas de cabecera, se aficiona a la pesca y sigue de lejos los resultados del béisbol. Viven en la calma. Cuando enferma de cáncer, ambos se las ingenian para mantener esa calma la mayor parte del tiempo posible, concentrarse en ella y sacarle el máximo fruto. Para eso había vivido su propina de diez años con una sola premisa inscrita en su mechero: AHORA.
    Todos nosotros (Bartleby) se basa en la edición original de la poesía completa de Raymond Carver realizada por Tess Gallagher bajo el títuloAll of Us en 1996 y publicada en Londres por la editorial The Harvill Press. La presente edición pretende completar la visión que hasta el momento tenía el lector español de la poesía de Carver y mostrarle su variedad de registros. A su vez, la presentación del texto original le permitirá conocer de primera mano la poesía de Carver, el alcance de cada matiz y el poder elíptico que la singulariza.
    Una traducción no es más que una percepción, la interpretación de una partitura. Pero, como dice Jaime Siles, la traducción debe ser un texto artístico porque el texto del que se traduce es un texto artístico. Ésa ha sido la intención que me ha guiado en este trabajo, aunque la intención no tenga necesariamente que ver con el resultado. No hay traducciones para siempre, de todos modos. Todo texto traducido requiere siempre una revisión posterior. En este volumen se revisan las traducciones anteriores de la poesía de Carver y se ofrecen versiones de un amplio número de poemas inéditos en castellano. Lo mismo puede ocurrir en un futuro con estas versiones que hora se proponen. Y está bien que sea así. Al fin y al cabo la traducción sigue siendo una lectura más.
    Jaime Priede es traductor de Todos nosotros.

    'FELICIDAD'

    Tan temprano que casi está oscuro todavía.
    Me acerco a la ventana con una taza de café
    y el atasco de siempre a estas horas de la mañana
    en la cabeza.
    Veo entonces al chico y a su amigo
    calle arriba
    repartiendo el periódico.
    Llevan gorras y sudaderas,
    uno de ellos con una bolsa al hombro.
    Son tan felices
    que no se dicen nada, estos chicos.
    Creo que si pudieran, se cogerían
    del brazo.

    Es temprano por la mañana
    y están haciendo esto juntos.
    Se acercan, despacio.
    El cielo empieza a cubrirse de luz,
    aunque todavía cuelga pálida la luna sobre el agua.
    Tanta belleza que, durante un instante,
    la muerte o la ambición, incluso el amor,
    no tienen cabida aquí.
    Felicidad. Llega
    de forma inesperada. Y sigue su camino, realmente. Cualquier madrugada te lo dice.


    'PROTEGIENDO A LA NÚMERO UNO'

    Ahora que te has ido durante cinco días,
    fumaré todos los cigarrillos que quiera y
    donde quiera. Haré bollos y me los comeré
    con mermelada y con tocino. Haré el vago. Seré indulgente conmigo mismo. Pasearé por la playa sólo
    si me apetece. Y me apetece, a solas y pensando en mis años jóvenes.
    En las personas que entonces me amaron más allá de la razón.
    Y en cómo yo las amé a ellas sobre todas las demás. Excepto de una. ¡Estoy diciendo que haré todo
    lo que quiera mientras estás fuera!
    Pero hay una cosa que no haré.
    No dormiré en nuestra cama sin ti.
    No. No me apetece.
    Dormiré ahí donde suelto una blasfemia si me apetece, ahí donde duermo cuando estás fuera
    y no puedo abrazarte como lo hago.
    En el sofá roto de mi estudio.


    http://elpais.com/diario/2006/09/05/cultura/1157407208_850215.html