La casa
de las bellas durmientes
1
No
debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la
posada. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar
nada parecido.
Había esta habitación, de unos cuatro metros
cuadrados, y la habitación contigua, pero al parecer no había más habitaciones
en el piso superior; y como la planta baja resultaba demasiado reducida para
alojar huéspedes, el lugar apenas podía llamarse una posada. Probablemente
porque su secreto no lo permitía, el portal no ostentaba ningún letrero. Todo
era silencio. Tras serle franqueado el portal cerrado con llave, el viejo
Eguchi sólo había visto a la mujer con quien ahora estaba hablando. Era su
primera visita. Ignoraba si se trataba de la propietaria o de una criada. Era
mejor no hacer preguntas.
La mujer,
baja y de unos cuarenta y cinco años, tenía una voz juvenil, y daba la
impresión de haber cultivado especialmente una actitud seria y formal. Los
labios delgados apenas se abrían cuando hablaba. No miraba a Eguchi con
frecuencia. Algo en sus ojos oscuros minaba las defensas de éste, y parecía muy
segura de sí misma. Preparó el té con una tetera de hierro sobre el brasero de
bronce. Las hojas de té y la calidad de la infusión eran asombrosamente buenas
para el lugar y la ocasión -con objeto de tranquilizar al viejo Eguchi. En la
alcoba pendía un cuadro de Kawai Gyokudö, probablemente una reproducción, de
una aldea de montaña al calor de las hojas otoñales. Nada sugería que la
habitación albergara secretos insólitos.
-Y le ruego que no intente despertarla, aunque no
podría, hiciera lo que hiciese. Está profundamente dormida y no se da cuenta
de nada. -La mujer lo repitió-: Continuará dormida y no se dará cuenta de nada,
desde el principio hasta el fin. Ni siquiera de quién ha estado con ella. No
debe usted preocuparse.