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sábado, 26 de abril de 2014

Yasunari Kawabata / La casa de las bellas durmientes 5


Yasunari Kawabata
La casa
de las bellas durmientes
5


Llegó el año nuevo, el mar salvaje era de pleno invierno. En tierra soplaba poco viento.
-Es de agradecer su visita en una noche tan fría –la mujer abrió la puerta de la casa de las bellas durmientes.
-Por eso he venido -dijo el viejo Eguchi-. Morir en una noche como ésta, con la piel de una muchacha para calentarle, debe ser el paraíso para un anciano.
-Dice usted cosas muy agradables.
-Un viejo vive en vecindad con la muerte.
Ardía una estufa en la habitación de arriba. Y, como de costumbre, el té era bueno.

Yasunari Kawabata / La casa de las bellas durmientes 4


Yasunari Kawabata
La casa
de las bellas durmientes
4


El gris de la mañana invernal se convirtió por la tarde en una fría llovizna. Dentro del portal de la «casa de las bellas durmientes», Eguchi advirtió que la llovizna ya era aguanieve. La mujer de siempre cerró tras él la puerta con llave. Vio puntos blancos bajo la luz enfocada a sus pies. Sólo había unos cuantos esparcidos aquí y allá. Eran suaves y se fundían al tocar las losas.
-Tenga cuidado -dijo la mujer-. El suelo está mojado.
Cubriéndole con un paraguas, trató de tomarle de la mano. El calor repelente de la mano madura pareció atravesarle el guante.
-No hace falta -se desasió-. Todavía no soy tan viejo como para necesitar que me lleven de la mano.

Yasunari Kawabata / La casa de las bellas durmientes 3


Yasunari Kawabata
La casa
de las bellas durmientes
3


Ocho días después de su segunda visita Eguchi volvió de nuevo a la «casa de las bellas durmientes». Habían pasado dos semanas entre ambas visitas, por lo que el intervalo se había reducido a la mitad.
¿Estaría cediendo gradualmente al hechizo de las mu­chachas narcotizadas?
-La de esta noche aún se está entrenando -dijo la mujer de la casa mientras preparaba el té-. Tal vez le decepcione, pero le ruego que sea comprensivo con ella.
-¿Una diferente otra vez?
-Me ha llamado usted poco antes de venir, y he tenido que recurrir a lo que tenía. Si desea a una muchacha en especial, le ruego me avise con dos o tres días de antelación.

Yasunari Kawabata / La casa de las bellas durmientes 2


Yasunari Kawabata
La casa
de las bellas durmientes
2

El viejo Eguchi no había pensado volver a la «casa de las bellas durmientes». Durante aquella primera noche pensó que no le gustaría visitarla de nuevo, y seguía opinando lo mismo cuando se marchó por la mañana.
Unos quince días después recibió una llamada telefóni­ca preguntándole si le gustaría hacer una visita aquella noche. La voz parecía ser de la mujer de cuarenta y cinco años. Por el teléfono sonaba todavía más como un murmullo glacial desde un lugar silencioso.
-Si sale de casa ahora, ¿cuándo puedo esperarle?
-Algo después de las nueve, me imagino.
-Sería demasiado temprano. La joven aún no está aquí, y aunque así fuera, no estaría dormida.
Sorprendido, Eguchi no contestó.
-Creo que la tendré dormida alrededor de las once. Le esperaré a partir de esa hora.

Yasunari Kawabata / La casa de las bellas durmientes 1


Yasunari Kawabata
La casa
de las bellas durmientes

1

No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada pare­cido.
Había esta habitación, de unos cuatro metros cuadra­dos, y la habitación contigua, pero al parecer no había más habitaciones en el piso superior; y como la planta baja resultaba demasiado reducida para alojar huéspedes, el lugar apenas podía llamarse una posada. Probablemen­te porque su secreto no lo permitía, el portal no ostentaba ningún letrero. Todo era silencio. Tras serle franqueado el portal cerrado con llave, el viejo Eguchi sólo había visto a la mujer con quien ahora estaba hablando. Era su primera visita. Ignoraba si se trataba de la propietaria o de una criada. Era mejor no hacer preguntas.
 La mujer, baja y de unos cuarenta y cinco años, tenía una voz juvenil, y daba la impresión de haber cultivado especialmente una actitud seria y formal. Los labios delgados apenas se abrían cuando hablaba. No miraba a Eguchi con frecuencia. Algo en sus ojos oscuros minaba las defensas de éste, y parecía muy segura de sí misma. Preparó el té con una tetera de hierro sobre el brasero de bronce. Las hojas de té y la calidad de la infusión eran asombrosamente buenas para el lugar y la ocasión -con objeto de tranquilizar al viejo Eguchi. En la alcoba pendía un cuadro de Kawai Gyokudö, probablemente una reproducción, de una aldea de montaña al calor de las hojas otoñales. Nada sugería que la habitación albergara secre­tos insólitos.
-Y le ruego que no intente despertarla, aunque no podría, hiciera lo que hiciese. Está profundamente dor­mida y no se da cuenta de nada. -La mujer lo repitió-: Continuará dormida y no se dará cuenta de nada, desde el principio hasta el fin. Ni siquiera de quién ha estado con ella. No debe usted preocuparse.