Estábamos en pleno invierno y sin embargo una jornada radiante se levantó sobre la actividad de la ciudad. El mar y el cielo se confundían en la punta del malecón con idéntico resplandor. Yvars sin embargo no lo veía. Circulaba pesadamente a lo largo de los bulevares que dominan el puerto. Su pierna inválida descansaba inmóvil sobre el pedal fijo de la bicicleta, mientras la otra se esforzaba por vencer los adoquines todavía mojados de humedad nocturna. Menudo sobre el sillín, evitaba los raíles del antiguo tranvía sin levantar la cabeza, y se apartaba con un golpe brusco de manillar para dejar pasar a los automóviles que le adelantaban, y de vez en cuando, de un codazo, echaba atrás sobre los ríñones el morral en el que Fernande había puesto su almuerzo. Entonces pensaba con amargura en el contenido del morral. Entre dos rebanadas de pan de hogaza, en lugar de la tortilla española que tanto le gustaba o del filete frito en aceite, sólo había queso.
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miércoles, 11 de febrero de 2015
martes, 10 de febrero de 2015
Albert Camus / El renegado o un espíritu confuso
«¡Qué lío, qué lío! Tengo que poner orden en mi cabeza. Desde que me han cortado la lengua, no sé, otra lengua se mueve sin cesar por mi cráneo, hay algo que habla, o alguien, y a veces calla repentinamente, y después todo vuelve a empezar, oh, hay demasiadas cosas que oigo y que sin embargo no digo, qué lío, y si abro la boca se oye como un ruido de guijarros agitados. Orden, orden, dice la lengua, y al mismo tiempo habla de otra cosa, sí, yo siempre he deseado el orden. Al menos algo hay seguro, estoy esperando al misionero que tiene que venir a sustituirme. Estoy al borde de la pista, a una hora de Taghasa, oculto detrás de un desprendimiento de rocas, sentado sobre el viejo fusil. El día se levanta sobre el desierto, todavía hace mucho frío y dentro de un rato hará demasiado calor, esta tierra vuelve loco y yo, desde hace tantos años que ya he perdido la cuenta… ¡No! ¡Un esfuerzo más! El misionero debe llegar esta mañana, o esta tarde. He oído decir que vendría con un guía y es posible que sólo tengan un camello para los dos. Esperaré, espero, el frío y sólo el frío es lo que me hace temblar. No te impacientes, sucio esclavo.
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lunes, 9 de febrero de 2015
Albert Camus / El huésped
El maestro vio a los dos hombres que venían hacia él. El uno iba a caballo, el otro a pie. Todavía no habían emprendido el ascenso de la abrupta ladera que conducía a la escuela, construida en el flanco de una colina. Avanzaban trabajosamente, progresando con lentitud en la nieve, entre las piedras, sobre la inmensa llanura del páramo desierto. De vez en cuando el caballo se encabritaba a ojos vistas. Aún no se le oía pero se veía el chorro de vapor que le brotaba entonces de los ollares. Al menos uno de los hombres conocía la comarca. Seguían la pista que sin embargo había desaparecido desde hacía varios días bajo una capa blanca y sucia. El maestro calculó que no llegarían a la colina antes de media hora. Hacía frío; volvió a entrar en la escuela para buscar un guardapolvos.
Cruzó el aula vacía y helada. En la pizarra los cuatro ríos de Francia, dibujados con cuatro barras de tiza de colores diferentes, bajaban hacia sus estuarios desde hacía tres días. La nieve había empezado a caer brutalmente a mediados de octubre, después de ocho meses de sequía, sin que hubiera habido una transición lluviosa, y la veintena de escolares que vivían en los pueblos diseminados por el páramo ya no venían. Había que esperar al buen tiempo. Daru sólo calentaba la habitación única que constituía su alojamiento, junto al aula de clase, abierta también hacia el páramo, al este. También, como en las aulas, una ventana daba además al mediodía. Por aquella parte, la escuela se hallaba a unos kilómetros del lugar donde la meseta comenzaba a inclinarse hacia el sur. En tiempo claro se podían distinguir las masas violetas de los contrafuertes montañosos donde se abrían las puertas del desierto.
domingo, 8 de febrero de 2015
Albert Camus / La mujer adúltera
Hacía rato que una mosca flaca daba vueltas por el autocar que sin embargo tenía los cristales levantados. Iba y venía sin ruido, insólita, con un vuelo extenuado. Janine la perdió de vista, después la vio aterrizar en la mano inmóvil de su marido. Hacía frío. La mosca se estremecía con el viento cargado de arena que rechinaba contra los cristales a cada ráfaga. En la escasa luz de la madrugada de invierno el vehículo rodaba, oscilaba y avanzaba a duras penas con gran ruido de ejes y chapas. Janine miró a su marido. Con aquellos espigados cabellos grises que nacían bajos en una frente apretada, su nariz ancha, su boca irregular, Marcel tenía un aspecto de fauno desdeñoso. A cada bache de la carretera le sentía saltar junto a ella. Después dejaba caer su torso pesado sobre sus piernas separadas, y de nuevo permanecía inerte, con la mirada fija, ausente. Únicamente sus gruesas manos lampiñas, que la franela gris que cubría las mangas de la camisa y las muñecas hacía parecer aún más cortas, parecían estar en acción. Apretaban con tanta fuerza una pequeña maleta de lona colocada entre sus rodillas que no parecían sentir el titubeante recorrido de la mosca.
De repente se oyó con nitidez el aullido del viento, y la bruma mineral que rodeaba al autocar se hizo aún más espesa. La arena caía ahora a puñados sobre los cristales, como arrojada por manos invisibles. La mosca agitó un ala friolera, se agachó sobre sus patas y alzó el vuelo. El autocar aminoró la marcha dando la impresión de que estaba a punto de detenerse. Después el viento pareció calmarse, la bruma se aclaró un poco y el vehículo recuperó velocidad. En el paisaje ahogado por el polvo se abrieron agujeros de luz. Dos o tres palmeras escuálidas y blanquecinas, que parecían recortadas en metal, surgieron en el cristal para desaparecer al instante.
—¡Qué país! —dijo Marcel.
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