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sábado, 9 de abril de 2022

Alejandra Pizarnik / El mito vuelve

 



Alejandra Pizarnik, el mito vuelve

Un libro colectivo celebra a la poeta argentina y se anuncia una biografía con material inédito para el 50º aniversario de su muerte el año que viene


RAQUEL GARZÓN
Madrid, 29 de abril de 2021

¿Puede una escritora cambiar de piel medio siglo después de su muerte? Alejandra Pizarnik, sí. Tras la publicación de Árbol de Diana, su cuarto libro, prologado por Octavio Paz, Pizarnik (Avellaneda, 1936- Buenos Aires, 1972) se convirtió en un nombre inevitable de la poesía del siglo XX. La leyenda de esta poeta de culto, alentada por una muerte trágica a los 36 años una noche en la que los barbitúricos fueron demasiados, no ha parado de crecer con la sucesiva aparición desde 2000 de su poesía, prosa y diarios, al cuidado de la poeta Ana Becciu, albacea de la escritora. Pero los inéditos que se conservan en la Universidad de Princeton subrayan la sensación de que su identikit (retrato robot) creativo todavía reserva sorpresas.

domingo, 25 de julio de 2021

La segunda juventud del cuento latinoamericano

 

Ilustración de Tute


La segunda juventud del cuento latinoamericano

Herederos de una tradición polifónica, en la que caben Juan Rulfo, Juan José Saer y Clarice Lispector, seis jóvenes cuentistas reflexionan sobre el presente de un género potente, mutante y en plena ebullición


Raquel Garzón
23 de julio de 2021


Cada noche alguien se regala un cuento antes de dormir. En América Latina, ese rito adquiere acentos nuevos. El realismo mágico y el fantástico de otros días fluyen hacia el gótico y lo extraño, devenidos lentes para explorar los vínculos, lo ambiguo y las violencias de un presente tormentoso. El cuento mira y se mira sin exotismo. Si hay costumbrismo, es tecno, y el corsé de los géneros no contiene el desborde de la imaginación, mientras las escritoras empiezan a tener un lugar largamente merecido.

domingo, 21 de agosto de 2016

Ricardo Piglia / Ya no puedo escribir

Ricardo Piglia, 2000. 


Ricardo Piglia 

“Ya no puedo escribir”

Tras 'Años de formación', libro del año en Babelia, llega la segunda parte de una trilogía a la que Piglia se aferra con fuerza. Impedido por la ELA, el autor dicta su obra



RAQUEL GARZÓN
19 AGO 2016 - 06:08 COT



En Los diarios de Emilio Renzi, trilogía de la que está a punto de editarse el segundo volumen, el escritor argentino le regala al protagonista su memoria y seis décadas de sus papeles privados, para indagar en la educación sentimental de un intelectual.

martes, 16 de noviembre de 2004

Sergio Pitol / Tres tardes con un maestro en la vida y la escritura


Sergio Pitol

Sergio Pitol

Tres tardes con un maestro "en la vida y la escritura"


RAQUEL GARZON
Madrid 16 NOV 2004

Aunque sus personajes siempre han sido "mexicanos con el mundo como telón de fondo", Sergio Pitol sostiene que quizá Tríptico del carnaval, el nombre genérico con que reunió en los años noventa las novelas El desfile del amor (premio Herralde 1984), Domar a la divina garza (1988) y La vida conyugal (1991), sea "la más mexicana" de todas sus obras. "Como hablaba de México, de casa, me sentía más libre para parodiar. Imaginar los diálogos, oír a esos personajes disparatados en mi cabeza fue una fuente de profunda alegría", afirma el escritor.
Esas novelas, los relatos y los "libros sin género" de este "mexicano universal", como lo definió ayer María Asunción Ansorena, directora general de Casa de América, serán analizados desde hoy en tres jornadas de mesas redondas por pitol-adictos confesos.
"Conocí a Sergio en Varsovia en 1973 y desde entonces lo considero un maestro tanto en la vida como en la escritura", contó ayer desde Barcelona Enrique Vila-Matas, uno de los participantes, que abre hoy el ciclo homenaje en la mesa dedicada a Texto y contexto de la narrativa de Sergio Pitol . "La mezcla de géneros es un hallazgo de Pitol. Empezar un cuento con la escena de un banquete en Madeira y terminar en un ensayo sobre el sentido de la vida es algo natural en su narrativa. Su aspiración, como la de Kafka, es la de ver y vivir una vida profundamente real, pero como en un sueño, algo así como en una realidad flotante", precisó el autor de Bartleby y Cía.
La introducción de Vila-Matas a la mesa se centrará en los cuatro cuentos de Vals de Mefisto, presentados como Nocturno de Bujara y galardonados con el Premio Xavier Villaurrutia en 1982. "Fueron escritos por Pitol en Moscú, tras una etapa de sequía", algo que los hace particularmente queridos para él, explicó. Sobre el estilo de Pitol escribe Vila-Matas: "Su estilo es contarlo todo, pero no resolver el misterio. Su estilo consiste en huir de esas personas terribles que están llenas de certezas. (...) Su estilo consiste en viajar y perder países y en ellos perder siempre uno o dos anteojos (...), perderlo todo: no tener nada y ser extranjero siempre".
Participarán, también, en la Semana de Autor, que comienza hoy en el Salón Bolívar de la Casa de América (paseo de Recoletos, 2), Cristina Fernández Cubas, Marcos Giralt Torrente, Juan Antonio Masoliver, Mercedes Monmany, Álvaro Pombo, Soledad Puértolas, Juan Villoro y el editor Jorge Herralde.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 16 de noviembre de 2004
EL PAÌS



FICCIONES

sábado, 15 de mayo de 2004

Toni Morrison / "Amor es una palabra gastada, pero aún nos eriza"




TONI MORRISON 

"Amor es una palabra gastada, pero aún nos eriza"

Raquel Garzón
Madrid, 15 de mayo de 2004

Convencida de que "la ficción nos enseña a entender mejor la vida", la narradora afroamericana, premio Nobel de Literatura 1993, ha presentado en Madrid su nueva novela, Amor (Areté), el retrato de dos mujeres que, apasionadas por el mismo hombre, han hecho del odio mutuo un arte. "Cada historia contiene un monstruo", afirma.


Sigue enseñando en la Universidad de Princeton, aunque "sólo un semestre por año, para tener más tiempo y poder escribir". Tras haber ganado el Premio Pulitzer por Beloved (1988) y el Nobel de Literatura en 1993, Toni Morrison (Chloe Anthony Wofford, en los papeles, nacida en Ohio, EE UU, en 1931, segunda de cuatro hermanos de una familia de clase trabajadora y dueña de una hipnótica melena gris peinada a lo rasta), dice que sueña "con más: más y más libros". Su nueva novela, publicada por Areté, se titula Amor, a secas. "Tuve muchas dudas al elegir el título", confesó ayer Morrison en Madrid, donde por la tarde pronunció una conferencia en el Foro Complutense titulada Escribir desde la memoria. "Amor es una palabra peligrosa, manoseada, remanida. Pero al escucharla en boca de mi editor, me ericé. Y una palabra que todavía es capaz de erizarnos quiere decir algo".





"La imaginación puede ser mucho más reveladora que un 'reality show"
"Mis mayores influencias son la literatura africana y Flannery O'Connor"
"Históricamente, en Estados Unidos nos hemos visto como un pueblo sin pasado"

Amor narra un triángulo pasional entre Bill Cosey, dueño de un hotel de la Costa Este, lugar de encuentro de la gente negra "con dinero y ganas de divertirse" en los años cuarenta, y dos mujeres que han vivido para él odiándose entre sí: Heed y Christine. Ya ancianas, ambas se ven obligadas a convivir.Novela coral donde a estas voces se suman las de L., vieja cocinera del hotel; Sandler, compañero de pesca de Cosey; Junior, la joven ambiciosa que llega a la casa a pedir trabajo y desempolva antiguos rencores. Amor es fiel a los temas, compromisos y preocupaciones de la autora de La canción de Salomón (1978): el poder de lo femenino, la tensión entre una comunidad y el que es percibido como diferente, la lucha de los afroamericanos por sus derechos civiles y la memoria, "algo desprestigiado en un país donde todo tiene que empezar hoy". Defensora de Clinton durante el escándalo Lewinsky ("dije que era el primer presidente negro de EE UU, porque se le humillaba como a un afroamericano"), Morrison condena a la Administración de Bush por "sectaria, estrecha y fanática", por el "desastre de Irak, sus mentiras prefabricadas y sus consecuencias". "Lo hicimos en Panamá, lo hicimos en Granada y así está el mundo".
Pregunta. Amor define en una frase inquietante su idea central: "Cada historia contiene un monstruo". ¿Cuál es el que se esconde en las vidas de sus personajes?
Respuesta. Creo que el monstruo principal es un hombre ya muerto: Bill Cosey. Lo que intento sugerir, más allá de la idealización de Heed y Christine, que lo han endiosado, es que él sólo veía a las mujeres de su familia como proveedoras. Estaba en otra parte, manteniendo un larguísimo romance con Celestial. La mujer que dice esa frase, L., enumera otros monstruos: amigos que traicionan, malas madres, padres crueles que han convertido a la joven generación que ella condena, la de Junior, en vidas perdidas, sin valentía ni sueños.
P. L. es quien abre y cierra la novela. ¿Qué valor narrativo y simbólico le asigna a ese personaje?
R. Cada capítulo aborda la relación de alguien con Bill Cosey, pero ninguno de los personajes sabe quién era él en verdad. L. es la única que realmente ha conocido a Bill y que sabe, además, los secretos de todos. En lugar de usar una voz narrativa que explicara qué significa cada gesto, imaginé a alguien que participara de la acción, pero que pudiera también mirarla desde fuera. Así nació L. Ha sido testigo de todas esas vidas y expresa en su monólogo las diferentes clases de amor que hay en el libro: apetito, lujuria, amistad trocada en odio, relaciones entre padres e hijos. Tiene una mirada amplia porque su amor no es incondicional. Juzga a la gente, pero no la traiciona ni la abandona. Digamos que es una mujer dura, aunque no te delataría a la policía...
P. Gran parte de la novela es pura evocación. ¿Qué poder asigna a la memoria en su literatura?
R. Esencial. La mayoría de mis libros son recolecciones del pasado, del sentido del pasado como un camino hacia el futuro. Todos tenemos que negociar con el pasado. En EE UU la memoria es y ha sido un gran problema. Históricamente nos hemos visto como un pueblo sin pasado. Todo empieza ahora: "Si eres inmigrante, ven a esta tierra nueva. Empieza tu vida de nuevo". Lo mismo sucede con los afroamericanos: no hay relación con África, está reprimida u oprimida. La inclinación a luchar para recuperar el pasado es muy reciente en EE UU, comenzó en los años cincuenta. Pero siempre ha sido una excepción y ésa es una falla poderosa, una honda distorsión de la vida y de la historia.
P. Algunos autores, David Lodge entre ellos, explican el éxito actual de lo autobiográfico a partir de una pérdida de autoridad de la ficción. ¿Coincide con esa lectura?
R. No, para mí las memorias también son ficción. Recordar es un proceso de selección, hay que definir los hechos, darles forma. Dos personas que han vivido lo mismo no lo recuerdan del mismo modo. Aprecio la literatura biográfica, pero no creo que la ficción haya perdido autoridad, aunque sí es cierto que la gente profesa un raro respeto hacia aquello que se presenta como vivencia. Siento, sin embargo, que las buenas novelas perduran y que la imaginación puede ser mucho más reveladora que un reality show.
P. Otra idea perturbadora de Amor: el odio puede convertirse en un arte. ¿La pasión es el motor de sus novelas?
R. Siempre imagino situaciones en las que se dirimen pasiones colosales. Básicamente, porque no me interesa la vida normal, aburrida, como es, en verdad, la mía (se ríe). En las novelas necesitas lo excepcional para encarnar el debate que quieres plantear. Imagino gente que es capaz de tener sentimientos extremadamente poderosos, aunque sólo para los libros.
P. Desde su primera novela, Ojos azules (1970), la crítica ha marcado claves de lectura de su obra: su manejo de la oralidad, su compromiso con el universo femenino y afroamericano... ¿Cuáles son para usted las señas de su estilo?
R. He conseguido algunos logros en el uso del lenguaje: la mezcla de lo coloquial y lo culto, para hacer una tercera lengua elocuente, viva, bella, que tiene gotas de realidad y de sangre. Siempre he intentado que el lector olvide que lo que tiene entre las manos es un libro. He ambicionado cierta intimidad, que la lengua lo incluya en el relato, lo tire hacia adentro. Me gusta imaginar la posibilidad de que no haya distancias entre el acto de leer y la revelación de la escritura. Creo, además, que hay un estilo propio en el modo de dosificar, de retener la información para que el rompecabezas se resuelva morosamente y el suspenso se mantenga hasta la última página.
P. Al recibir el Nobel en 1993 dijo que ese premio "cambiaba el campo de lo entendido hasta entonces como gran literatura".
R. Yo sentía que era un reconocimiento a la literatura vista hasta entonces como marginal y exótica: la escrita por mujeres y especialmente por afroamericanos como yo. Sentí que esas obras entraban en el mainstream [corriente dominante] y se institucionalizaban como competitivas. La literatura comenzaba a marchar como las mujeres y los negros estábamos marchando y eso me hizo feliz.
P. ¿Qué huellas han dejado en usted Faulkner y Virginia Woolf, citados entre sus influencias?
R. Me fascinaron por razones diferentes: Faulkner fue uno de los pocos escritores de EE UU que entendió la relación entre el pasado y el presente, incluyendo la realidad afroamericana. De Woolf me apasionaron la voz depurada y la moderna mirada femenina. Creo, sin embargo, que mis influencias mayores son la literatura africana y Flannery O'Connor, una autora que podía mirar algo y verlo tal como era, más allá de que fuera placentero o terrible, con esa intimidad arriesgada que le hacía escudriñar la desnudez del alma humana sin esconder sus miserias, pero sin ceder una pulgada de belleza. Para ella nada era depresivo u opresivo, simplemente estaba allí y había que contarlo, sin perdón ni disculpas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de mayo de 2004