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sábado, 12 de diciembre de 2020

El dilema Sheila Heti / Treinteañera y con pareja estable pero, ¿realmente quiero ser madre?

 


El dilema Sheila Heti: treinteañera y con pareja estable pero, ¿realmente quiero ser madre?

El autoanálisis de la escritora en su último libro Motherhood, explora las diatribas sobre qué camino escoger ante una decisión cada vez más postergada en el mundo occidental.

Ya son varios los libros que en los últimos años abordan el tema de la maternidad desde perspectivas transgresoras. Orna Donath con Madres Arrepentidas (Reservoir Books) recogiendo testimonios de mujeres que, si ahora tuvieran la posibilidad de planteárselo de nuevo, no lo serían. O No Madres (Plaza & Janés), de María Fernández-Miranda, más mujeres hablando de su experiencia habiendo elegido no serlo, que se suman a otras voces que ya plantearon sus dudas al respecto como Virginia Woolf o Simone de Beauvoir. Todas llegaban a una misma conclusión: la maternidad, por regla general, no ha sido una elección libre y meditada. Ahora Sheila Heti con Motherhood (pendiente de edición en español) plantea serlo o no desde una perspectiva activa, tomando las riendas, con una novela con tintes autobiográficos que recoge el monólogo interno de una escritora con pareja en el final de la treintena preguntándose si dar el paso. Alerta spoiler: no concluye en una respuesta clara, pero como explica la psicóloga experta en salud desde la perspectiva de género Rocío Carmona a S Moda«Que una mujer se plantee conscientemente si quiere ser madre ya es un gran avance».

¿La escritura o los hijos?

 

Shirley Jackson con dos de sus cuatro hijo


¿La escritura o los hijos?

Desde Natalia Ginzburg hasta Zadie Smith, un buen número de autoras han reflexionado sobre las tensiones entre maternidad y creación literaria


Aloma Rodríguez
2 de mayo de 2019

Natalia Ginzburg (1916-1991) contó que, al principio, cuando fue madre, no entendía cómo se podía escribir teniendo hijos. “No entendía cómo conseguiría separarme de ellos para seguir al personaje de un cuento”, escribe en el ensayo ‘Mi oficio’, incluido en Las pequeñas virtudes (Acantilado). Ginzburg tuvo cinco hijos y publicó novelas, ensayos y obras de teatro, así que encontró la manera. Pero la ambivalencia en torno a la maternidad sigue siendo objeto de reflexiones, y la relación entre escribir y criar va ganando espacio en las librerías.

Es el motor de la crisis existencial que aborda en Maternidad (Lumen, 2019) Sheila Heti, quien trata de averiguar si quiere tener hijos. También en La mejor madre del mundo (Literatura Random House, 2019), de Nuria Labari, la narradora cree que no es posible ser madre y escritora. “Soy una madre amateur y ya estoy acabada: escribo a espaldas de mis hijas, como si ellas no fueran suficiente”, confiesa. Y un poco más adelante: “Las artistas con talento son hijas, siempre hijas de sus madres por mucho que tengan descendencia. Las buenas escritoras escriben sobre la hijidad o sobre cualquier asunto donde su punto de vista pueda ser el centro del mundo (…). En cambio, una madre es el satélite de otro ser más importante. Una madre es la antítesis del yo creador”.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Karl Ove Knausgård / Yo, ficción

Karl Ove Knausgård

Yo, ficción

La literatura se apunta a la 'extimidad' y da otra vuelta de tuerca a los límites de la novela. Knausgård, el abanderado, explica a Babelia las claves


ANDREA AGUILAR 5 SEP 2014 - 12:52 CEST



EVA VÁZQUEZ
La cola alrededor de la librería McNally en el Soho de Nueva York empezó a formarse en torno a las tres y media de la tarde. A las seis se extendía por varias manzanas y cuando se abrieron las puertas, aunque se habilitó una sala con pantallas en la planta superior del establecimiento, las dependencias quedaron totalmente desbordadas y muchos no pudieron entrar. El motivo de tanto alboroto y expectación era una conversación a tres bandas entre el crítico de la revista The New Yorker James Wood (finalmente un problema en la aduana del JFK impidió que llegara) y la escritora Zadie Smith. El tercer invitado era la estrella a quien todos esperaban, el escritor noruego de profundos ojos azules y melena desarreglada que ha despertado una fiebre entre el público y la comunidad literaria: Karl Ove Knausgård. El día anterior otros tantos centenares de lectores le aguardaban en una librería en Brooklyn, donde habló con la novelista Nicole Krauss sobre la tercera entrega de los seis libros que conforman la serie Mi lucha, y al día siguiente la New York Public Library colgó el cartel de no hay billetes para la charla organizada entre Knausgård y Jeffrey Eugenides, autor de Middlesex.
Cientos de artículos, reseñas, críticas y entrevistas han confirmado al otro lado del Atlántico su estatus de sensación literaria, un fenómeno que arrancó en Noruega con la publicación de las tres primeras entregas en 2009, las dos siguientes en 2010 y la última, de mil páginas, un año después. Allí vendió cerca de 458.000 ejemplares entre los cinco millones de habitantes y provocó un terremoto mediático y social. En Estados Unidos el impacto comercial que ha tenido, con 32.000 ejemplares vendidos, según los datos de julio de Nielsen Bookscan, no es por el momento tan espectacular, pero el debate que ha generado es similar. ¿Es legítimo contar tantas cosas, hasta seis libros, sin disfraz aparente alguno? Las noticias sobre la hostilidad que los libros provocaron en el entorno del escritor se sucedieron en Noruega (demanda de su tío; una exmujer enfurecida que le retó a participar en un programa de radio en el que daba su versión de los hechos, y un anuncio en un periódico firmado por su familia paterna que le acusaba de practicar “literatura de Judas”), mientras Karl Ove terminaba la última entrega a un frenético ritmo de casi veinte páginas al día, intentando aislarse al máximo del ruido que sus libros provocaban.