Francis Scott FitzgeraldDomingo loco
Crazy Sunday by Scott Fitzgerald
I
Era domingo, no un día, sino más bien un intervalo entre dos días. Y para todos quedaban atrás platos y secuencias, las largas esperas bajo la jirafa de la que pendía el micrófono, los ciento sesenta kilómetros al día en automóvil de acá para allá por carreteras comarcales, los comentarios envenenados e ingeniosos en las salas de juntas, los incesantes compromisos, el enfrentamiento y la tensión de muchas personalidades distintas que luchaban por sus vidas. Y de pronto llegaba el domingo, con la vida individual que volvía a empezar, con un fulgor de rescoldo en los ojos que había vidriado la monotonía de la tarde anterior. Y despacio, a medida que las horas menguaban, todos se despertaban como el soldadito de plomo de la tienda de juguetes: unas palabras apasionadas en un rincón, amantes que desaparecen para besuquearse en un pasillo. Y una sensación de “Vamos, deprisa, no es muy tarde, pero, por amor de Dios, deprisa, antes de que pasen las benditas cuarenta horas de descanso”.