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domingo, 4 de abril de 2021

Scott Fitzgerald / Sueños de invierno

 

Francis Scott Fitzgerald
Sueños de invierno



I

      Algunos de los caddies del campo de golf eran más pobres que las ratas y vivían en casas de una sola habitación con una vaca neurasténica en el patio, pero el padre de Dexter Green era el dueño de la segunda droguería de Black Bear —la mejor era El Cubo, que contaba entre sus clientes a los más ricos de Sherry Island—, y Dexter era caddie sólo por ganar algún dinero para sus gastos.

Scott Fitzgerald / Último beso

 



Francis Scott Fitzgerald
Último beso

(“Last Kiss”)

I

      Era una sensación agradabilísima estar en la cima. Tenía la certeza de que todo era perfecto, de que las luces brillaban sobre bellas damas y hombres valientes, de que los pianos nunca desafinaban y de que los labios jóvenes cantaban para corazones felices. Todos aquellos rostros hermosos, por ejemplo, debían ser absolutamente felices.

Scott Fitzgerald / Domingo loco



Francis Scott FitzgeraldDomingo loco


Crazy Sunday by Scott Fitzgerald


I

       Era domingo, no un día, sino más bien un intervalo entre dos días. Y para todos quedaban atrás platos y secuencias, las largas esperas bajo la jirafa de la que pendía el micrófono, los ciento sesenta kilómetros al día en automóvil de acá para allá por carreteras comarcales, los comentarios envenenados e ingeniosos en las salas de juntas, los incesantes compromisos, el enfrentamiento y la tensión de muchas personalidades distintas que luchaban por sus vidas. Y de pronto llegaba el domingo, con la vida individual que volvía a empezar, con un fulgor de rescoldo en los ojos que había vidriado la monotonía de la tarde anterior. Y despacio, a medida que las horas menguaban, todos se despertaban como el soldadito de plomo de la tienda de juguetes: unas palabras apasionadas en un rincón, amantes que desaparecen para besuquearse en un pasillo. Y una sensación de “Vamos, deprisa, no es muy tarde, pero, por amor de Dios, deprisa, antes de que pasen las benditas cuarenta horas de descanso”.

sábado, 3 de abril de 2021

Scott Fitzgerald / Financiando a Finnegan

 


Francis Scott FitzgeraldFinanciando a Finnegan


Financing Finnegan by Scott Fitzgerald


I

      Finnegan y yo tenemos el mismo agente literario para que venda nuestros libros, pero, aunque he estado muchas veces en el despacho del señor Cannon inmediatamente antes e inmediatamente después de las visitas de Finnegan, nunca he coincidido con él. También teníamos el mismo editor y muchas veces, cuando yo llegaba a la editorial, Finnegan acababa de irse. Yo deducía —por los suspiros y la manera meditabunda con que hablaban de él: «Ah, Finnegan...», «Ah, sí, Finnegan ha estado aquí»— que la visita del ilustre escritor no había transcurrido sin incidentes. Ciertos comentarios daban a entender que, al irse, se había llevado algo: manuscritos, pensaba yo, alguna de sus grandes novelas de éxito. Se lo llevaba para someterlo a una revisión final, para la versión definitiva, y se decía que escribía diez versiones para conseguir la fluidez fácil, la agudeza de ingenio que caracterizaba sus obras. Sólo con el tiempo llegué a descubrir que la mayoría de las visitas de Finnegan eran por asuntos de dinero.

Scott Fitzgerald / La década perdida

 



Francis Scott FitzgeraldLa década perdida





      Personas de todo tipo entraban en la redacción del semanario y Orrison Brown mantenía toda clase de relaciones con ellas. Cuando acababa el horario de oficina era “uno de los redactores—jefe”, pero durante el trabajo sólo era un hombre de pelo rizado que hacía un año había sido director del Jack—O—Lantern de Dartmouth y ahora se contentaba con asumir las tareas menos deseables de la redacción: desde corregir originales ilegibles a desempeñar las funciones de un botones sin serlo.

Scott Fitzgerald / Tiernamente adorables


Francis Scott FitzgeraldTiernamente adorables


Dearly Beloved by Scott Fitzgerald

       ¡Ah, mi Chico Lindo, tan divino lector de Platón! ¡Ah, oscuro, leal, campeón de golf de los negros de Chicago! Siguiendo la vía se adentra en la noche, camarero del vagón restaurante, para, más tarde, entre el humo que enturbian una única lámpara y el olor rancio de las escupideras, escribir a la Costa Oeste, a la Hermandad de los Rosacruz. Siempre a la busca.

Scott Fitzgerald / Pongan agua a hervir, mucha, mucha

 



Francis Scott FitzgeraldPongan agua a hervir, mucha, mucha



‘Boil Some Water—Lots of It’ 



      Pat Hobby estaba sentado en su despacho en el edificio de los escritores y repasaba el trabajo de la mañana, que acababa de devolverle el departamento de guiones. Se dedicaba a corregir el trabajo ajeno, prácticamente lo único que le confiaban por aquel entonces. Tenía que corregir a toda prisa secuencias mal resueltas, pero la palabra prisa ni le daba miedo ni le decía nada en absoluto, pues Hobby llevaba en Hollywood desde que tenía treinta años, y ya tenía cuarenta y nueve. Todo el trabajo que había hecho aquella mañana (excepto algún cambio aquí y allá para poder atribuirse unas cuantas líneas), todo lo que se le había ocurrido era una sola frase imperativa, pronunciada por un médico:
       —Pongan agua a hervir, mucha, mucha.

Scott Fitzgerald / El desprecio

 




Francis Scott FitzgeraldEl desprecio



A Freeze-Out by F. Scott Fitzgerald

I

       Aquí y allá, en rincones donde no daba el sol, aún se ocultaban restos de nieve bajo una capa de carbonilla, pero los hombres, que desmontaban los postigos contra la tormenta, trabajaban en mangas de camisa y la hierba empezaba a ser fuerte bajo sus pies.

viernes, 2 de abril de 2021

Scott Fitzgerald / Uno de mis más viejos amigos





Francis Scott FitzgeraldUno de mis más viejos amigos


One of My Oldest Friends by Scott Fitzgerald

      Marion se había sentido feliz toda la tarde. Vagaba de una habitación a otra del pequeño apartamento, entrando en el cuarto de los niños para ayudar a la niñera a darles de comer con cucharas chorreantes o leyendo a ratos en su nuevo sofá, el objeto más extravagante que habían comprado en cinco años de matrimonio.

Scott Fitzgerald / La tarde de un escritor


Men in the City
Robert Longo


Francis Scott FitzgeraldLa tarde de un escritor 

Afternoon of an Author by Scott Fitzgerald

I

      Cuando despertó se sentía mejor de lo que se había sentido en muchas semanas: simplemente no se sentía enfermo. Se apoyó un momento en el marco de la puerta que separaba su dormitorio y el baño hasta que estuvo seguro de que no se había mareado. Ni siquiera un poco, ni siquiera cuando se puso a buscar una zapatilla debajo de la cama.

Scott Fitzgerald / Vida nueva

 


Francis Scott FitzgeraldVida nueva






I

      Fue el primer día en que hizo el calor necesario para comer al aire libre en el Bois de Boulogne, mientras las flores de los castaños llovían oblicuamente sobre las mesas y caían con insolencia en la mantequilla y el vino. Julia Ross se comió algunas con el pan mientras oía cómo los peces se movían en el estanque y los gorriones aleteaban alrededor de una mesa que acababa de quedar vacía.. Volvías a ver a la gente: camareros con cara de camareros; mujeres francesas y perspicaces, sólo tacones y ojos; Phil Hoffman sentado en la silla de enfrente, con el corazón haciendo malabarismos sobre el tenedor, y el hombre extraordinariamente guapo que acababa de salir a la terraza.

Scott Fitzgerald / Regreso a Babilonia





Francis Scott FitzgeraldRegreso a Babilonia




I

-¿Y dónde está el señor Campbell? -preguntó Charlie.

-Se ha ido a Suiza. El señor Campbell está bastante enfermo, señor Wales.

-Lo lamento. ¿Y George Hardt? -preguntó Charlie.

-Ha vuelto a Estados Unidos, a trabajar.

-¿Y dónde está el Pájaro de las Nieves?

-Estuvo aquí la semana pasada. De todas maneras, su amigo, el señor Schaeffer, está en París.

domingo, 19 de mayo de 2013

Scott Fitzgerald / El curioso caso de Benjamin Button


Francis Scott FitzgeraldEl curioso caso de Benjamin Button 






I.


Hasta 1860 lo correcto era nacer en tu propia casa. Hoy, según me dicen, los grandes dioses de la medicina han establecido que los primeros llantos del recién nacido deben ser emitidos en la atmósfera aséptica de un hospital, preferiblemente en un hospital elegante. Así que el señor y la señora Button se adelantaron cincuenta años a la moda cuando decidieron, un día de verano de 1860, que su primer hijo nacería en un hospital. Nunca sabremos si este anacronismo tuvo alguna influencia en la asombrosa historia que estoy a punto de referirles.
Les contaré lo que ocurrió, y dejaré que juzguen por sí mismos.
Los Button gozaban de una posición envidiable, tanto social como económica, en el Baltimore de antes de la guerra. Estaban emparentados con Esta o Aquella Familia, lo que, como todo sureño sabía, les daba el derecho a formar parte de la inmensa aristocracia que habitaba la Confederación. Era su primera experiencia en lo que atañe a la antigua y encantadora costumbre de tener hijos: naturalmente, el señor Button estaba nervioso. Confiaba en que fuera un niño, para poder mandarlo a la Universidad de Yale, en Connecticut, institución en la que el propio señor Button había sido conocido durante cuatro años con el apodo, más bien obvio, de Cuello Duro.