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sábado, 19 de julio de 2025

José María Guelbenzu / La intriga me mata

 

Dashiell Hammett


José María Guelbenzu

La intriga me mata

6 de junio de 2007

Todo empezó un día que ya no recuerdo, pero que nunca podré olvidar. Hasta entonces, yo había sido un lector compulsivo de las obras casi completas de un autor italiano llamado Emilio Salgari, un tipo que nunca se movió de su casa, pero que, provisto de una enciclopedia, escribió los más fascinantes libros de aventuras de la época. Si acaso, sólo el capitán Gilson, con novelas como La pagoda de cristal o El ojo de Gautama, podía acercársele. Los libros estaban en la biblioteca de la casa de mi padre y mis tíos, en un pueblo de La Rioja llamado Leiva, y entre los libros y el largo verano familiar con mis hermanos y mis primos de Zaragoza, nada he sentido tan parecido a la felicidad que durase tanto tiempo seguido. Había otras aventuras, claro, y más cercanas a la vida de uno: las de Guillermo Brown, por ejemplo, otra pasión de la época. Ahora bien, aquel día al que me refiero estaba yo tratando de hacerme, una vez más, el interesante, supongo que por el sistema de ocuparme de todo aquello que fastidiase a mis padres, como oir con maníaca persistencia mi primer disco de jazz (Rose room, por Louis Armstrong) o... leer mi primera novela policíaca. No me refiero a la primera de todas, sino a la primera que me hizo modificar muy seriamentre mis ideas sobre lo que era una novela. Debo ese descubrimiento a una señora, Agatha Christie, y a un libro cuyo título en castellano (bastante parecido al sentido del título inglés, de todos modos) era y es uno de los mejores con que me he topado nunca: Pleamares de la vida. ¿Alquien puede pensar que éste sea el título de una novela policíaca?. Yo tampoco, pero sí sé que elegí el libro por el título; y eso que la Sra. Christie dispone de títulos tan apropiados como Cianuro espumoso o Se anuncia un asesinato

jueves, 15 de septiembre de 2022

Javier Marías / Arthur Conan Doyle ante las mujeres


Javier Marías

BIOGRAFÍA

Arthur Conan Doyle ante las mujeres

    Resulta inverosímil que un hombre tan intachable y querido como Arthur Conan Doyle pudiera perder al final de su vida buena parte de su consideración y aun de sus amigos. Sin embargo eso fue lo que le ocurrió cuando, once años antes de su muerte, se entregó al espiritismo, dejó muy de lado los escritos que no tuvieran que ver con esa fe y se dedicó a viajar por el mundo predicando su convencimiento. Escrupuloso como era, en 1924 calculó que en sus primeros cinco años de apostolado había recorrido más de cincuenta mil millas y se había dirigido a unas trescientas mil personas, algunas de ellas tan alejadas como para poseer nacionalidad australiana o sudafricana. Él lo juzgaba su deber, pero, visto el hecho desde fuera, no era la primera vez en su vida que lo religioso le jugaba una mala pasada: cuando en 1900 se presentó a las elecciones al Parlamento por su ciudad natal, Edimburgo, llevaba todas las de ganar hasta el mismo día de la votación, que amaneció con una invasión de pasquines en los que se recordaba que Conan Doyle había nacido católico y se había educado con los jesuitas. Ambas cosas eran innegables, si bien hacía ya lustros que él había abandonado la religión de sus progenitores irlandeses. Los pasquines habían sido obra de un fanático protestante llamado Prenimer al que alguien había financiado, y fueron bastante para que Conan Doyle perdiera lo que, sin ellos, habría ganado a buen seguro. Aquel Prenimer fue uno más de los villanos con que hubo de vérselas a lo largo de su vida, incluyendo entre ellos al Profesor Moriarty y al mismísimo Sherlock Holmes.