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viernes, 16 de junio de 2017

David Grossman gana el Man Booker



David Grossman gana el Man Booker

El autor israelí ha sido galardonado por su novela 'A horse walks into a bar', publicada en español como 'Gran cabaret'


PATRICIA TUBELLA
Londres 14 JUN 2017 - 17:59 COT






El escritor israelí David Grossman posa con su novela 'A Horse Walks Into a Bar', por la que ha ganado el Man Booker.rn
El escritor israelí David Grossman posa con su novela 'A Horse Walks Into a Bar', por la que ha ganado el Man Booker.  AFP


Una novela tragicómica que se desarrolla en el club de la comedia de una pequeña población de Israel ha merecido esta noche el premio Man Booker Internacional, el más prestigioso del Reino Unido consagrado a las obras de autores extranjeros traducidas al inglés. David Grossman, escritor y ensayista israelí (Jerusalén, 1954) se ha impuesto a los otros cinco finalistas, entre los que destacaba su compatriota Amos Oz, de la mano de A horse walks into a bar, el título original de un libro publicado en España por Lumen como Gran Cabaret. 
El jurado ha reconocido la propuesta de Grossman como “un ambicioso equilibrio en la cuerda floja, ejecutado espectacularmente”, al anunciar el fallo en el transcurso de una velada en el museo Victoria & Albert. El galardón cuenta con una dotación de 50.000 libras (56.846 euros) que, tal y como estabecen sus bases, se repartirá a partes iguales entre Grossman y la traductora de su libro, la estadounidense Jessica Cohen. 

La novela tiene como personaje principal a un monologuista -o artista del stand up en jerga anglosajona-, cuya función ante la clientela de un local de copas de Cesarea acaba provocando mucho más que unas risas. A medida que hilvana el relato de su vida, Dováleh irrita, indigna e invita a la deserción progresiva de su público, representativo en el libro de Grossman del microcosmos de la sociedad israelí. Entre aquellos que no huyen, la presencia de dos personas relacionadas con su pasado desencadenará un cambio en el protagonista y su actitud ante la vida.
El autor de La vida entera, La sonrisa del cordero o Más allá del tiempo, entre otros títulos de su vasta producción, es además una de las voces que enarbolan en Israel la bandera pacifista (antes y después de la muerte de su hijo menor en la guerra del Líbano, hace una década) y que defiende una vía negociadora para el conflicto con los palestinos. Comparte ese doble perfil de escritor reconocido y de activista con Amos Oz, el otro escritor israelí seleccionado asimismo en la lista de seis finalistas del Booker, completada por los escandinavos Roy Jacobsen (Noruega) y Dorthe Nors (Dinamarca), el francés Mathias Enard y la argentina Samanta Schweblin, a sus 39 años la contendiente más joven. A pesar de no resultar ganadora, la inclusión de Schweblin junto a otros autores consagrados ha supuesto un paso gigante en el reconocimiento de esta autora considerada una de las voces más prometedoras de la literatura moderna en lengua española.
Establecido en 2005, el Man Booker Internacional modificó sus bases en la pasada edición para centrarse en el reconocimiento de una obra concreta y no, como hasta entonces, en todo el cuerpo de trabajo de un autor. También abandonó su carácter bianual en pro de una convocatoria cada año. En aquella ocasión se impuso la escritora surcoreana Han Kang, gracias a su novela The Vegetarian (La Vegetariana).

viernes, 30 de mayo de 2014

Vargas Llosa y Grossman hablan sobre la responsabilidad del escritor

Mario Vargas LLosa
Poster de T.A


Vargas Llosa y Grossman hablan sobre la responsabilidad del escritor

Los novelistas abordaron en la pasada FIL el papel social de la literatura. Un encuentro inédito



30 MAY 2014 - 17:01 COT




David Grossman (izquierda) y Mario Vargas Llosa.Ampliar foto
David Grossman (izquierda) y Mario Vargas Llosa. DANIEL MORDZINSKI

Sus primeras lecturas, su formación como novelistas y la relación de la literatura con la sociedad fueron algunos de los temas que abordaron Mario Vargas Llosa y David Grossman en un encuentro moderado por Juan Cruz en noviembre pasado en la Feria del Libro de Guadalajara (México). Los fragmentos que siguen pertenecen al final de la charla, momento en el que, con el conflicto entre Israel y Palestina de fondo, hablaron sobre la vigencia del compromiso del escritor.

sábado, 20 de octubre de 2007

David Grossman / "Los israelíes somos ya sólo una armadura sin ninguna persona dentro"


David Grossman

"Los israelíes somos ya sólo una armadura sin ninguna persona dentro"



JOSÉ ANDRÉS ROJO
Madrid 20 OCT 2007

En Delirio, una de las dos novelas breves reunidas en La memoria de la piel (Seix Barral), David Grossman (Jerusalén, 1954) cuenta la historia de Shaul, un hombre que embarca a su cuñada Esti en un incómodo viaje nocturno para buscar a su mujer. "Me gustan las situaciones límite", explica el escritor israelí que ayer recibió uno de los premios, el de Letras, que otorga la Fundación Cristóbal Gabarrón. "Y la de los celos es una de ellas. En esa historia tardé 11 años en encontrar al personaje al que Shaul va a contarle su tormento. Probé de todo hasta que un día apareció Esti, y supe que lo que ocurría con ella era verdad". En la otra novela, la que da título al volumen, una escritora desentraña sin ninguna piedad los entresijos de la aventura con un adolescente de su madre moribunda.




"El celoso es aquel que construye un paraíso para ser expulsado de él"
"Cuando llegamos a una encrucijada, elegimos el camino de la violencia"

A David Grossman se le conoce sobre todo por su incansable dedicación a la tarea de conseguir la paz entre israelíes y palestinos. Su obra literaria ha quedado, por desgracia, oscurecida por su activismo político. "En mis libros hay con frecuencia gente que cuenta historias a otra gente", dice. "Cuando pones una historia en palabras te transformas y el que escucha se transforma también. Lo que ocurre es que muchas veces quedas atrapado por la historia que te has contado, que te han contado. Es lo que ha ocurrido con los judíos, que no podemos liberarnos de la condición de víctimas. Ni de sabernos el pueblo elegido, con toda la soledad que deriva de ello".
"Cuando escribo quiero enfrentarme con todos mis fantasmas", cuenta Grossman, "llegar dentro de mí a todos los lugares a los que no me permito llegar. Que todo pueda ser dicho, que salga lo más oscuro y que tome un poco el fresco. No quiero protección, quiero que el suelo tiemble bajo mis pies. Mi talante moderado y conciliador lo dejo para la política, que es donde hace falta. Al escribir prefiero escarbar en emociones extremas. Y los celos son de lo peor que hay en nosotros. La paradoja es que no quieres dejar de ser celoso cuando su veneno te ha atrapado. Y es que hasta las personas más sosas se transforman cuando están quemadas por ese fuego y son capaces de imaginar las situaciones más escabrosas e inverosímiles. No serían nada si no fueran celosos. El celoso es aquel que construye un paraíso para ser expulsado de él".
El año pasado, el 12 de agosto, dos días después de haber reclamado el cese de hostilidades entre Israel y Líbano en una rueda de prensa junto a los escritores Amos Oz y A. B. Yehoshua, uno de los hijos de David Grossman, Uri, murió en una de las incursiones de las fuerzas israelíes en territorio libanés al ser alcanzado por un misil antitanque de Hezbolá. Cuando el escritor relata un reciente viaje con su familia a Perú y Bolivia, repitiendo uno anterior que habían hecho con Uri, el dolor atraviesa su rostro como una ráfaga. "Los palestinos y los israelíes no hemos dejado de actuar contra nuestros propios intereses. Cuando llegamos a una encrucijada, siempre elegimos el camino de la violencia. De todas las posibilidades, nos quedamos con la guerra. Es como una condena divina".
"No volveremos a contar con la infinita ternura de Uri, la tranquilidad con la que apaciguaba todas las tormentas", escribió poco después Grossman en un artículo, Nuestra familia ha perdido la guerra, publicado ese mismo mes en este periódico. Pierde la guerra la familia de Grossman, pero en realidad la están perdiendo palestinos e israelíes desde hace años. Hace poco, y con la valentía que caracteriza sus intervenciones, Grossman (y Oz y Yehoshua y otros 12 intelectuales) fueron rotundos: pidieron a Olmert que negociara un alto el fuego con Hamás, el partido fundamentalista que domina la franja de Gaza y que incluso la Unión Europea ha proscrito.
"No soy ingenuo", explica el escritor. "Irán quiere borrar a Israel del mapa, y Hamás también. Pero no habrá paz sin ellos y todos estamos cansados de la guerra. Hace 30 años me calificaron de traidor cuando dije que Palestina necesitaba un Estado. Hoy no comparto el optimismo de quienes celebran la separación entre una Palestina fundamentalista y otra moderada. Para que haya paz, los palestinos tienen antes que resolver sus contradicciones internas".
Cuenta Grossman que los israelíes hablan de hamatzan, cuya traducción literal es "la situación", cuando se refieren a los desastres que padecen. Uno de ellos es el muro que los separa de los palestinos. "Ahí vemos al otro como el reflejo de nuestros propios temores. Y no tiene sentido. Pero nos hace falta una frontera fija. Desde que existe Israel sus límites no están definidos, se mueven permanentemente, y por eso existe la tentación de conquistar nuevos territorios. Hemos llegado al punto en que sólo somos una armadura sin ninguna persona dentro. Hay que definir nuestro espacio para saber quiénes somos y quiénes son ellos".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de octubre de 2007



martes, 3 de julio de 2007

David Grossman / La angustia de crecer




David Grossman

La angustia de crecer



Marcos Giralt Torrente
15 de enero de 2002

Se recupera una novela no traducida de David Grossman, el mismo autor de Chico zigzag o Véase: amor. En la obra recién editada, El libro de la gramática interna, el autor israelí reflexiona sobre la pérdida del paraíso de la infancia a la vez que construye una metáfora sobre la realidad de su país.

De David Grossman (Jerusalén, 1954) se habían editado tres novelas en castellano: La sonrisa del cordero, Véase: amor y Chico zigzag. Hay que señalar que, aunque El libro de la gramática interna se traduzca ahora, más de tres años después de la última, es en realidad anterior, pues se publicó en su original hebreo en 1991, tres años antes que Chico zigzag, y es la tercera novela del israelí. La aclaración no es gratuita, ya que Chico zigzag y El libro de la gramática interna parecen muy relacionadas entre sí. No sólo comparten rasgos argumentales y temáticos, como tener ambas de personaje central a un adolescente y tratar en el primer plano de la narración el rito de paso a la madurez, sino que es posible observar entre ellas una relación más íntima que sobrepasa lo literario e invade lo anímico. Dejando a un lado las similitudes y el primoroso estilo de su autor, son tan radicales las diferencias de tono que guardan entre sí que pareciera que Chico zigzag hubiera surgido de la necesidad de Grossman de liberarse imaginativamente de las claustrofóbicas densidades a que le había conducido su inmersión previa en el mundo de Aharon Kleinfeld, el niño de 12 años protagonista de El libro de la gramática interna. Todo nos lleva a esa conclusión. El libro de la gramática interna parece amasado con las más apesadumbradas turbiedades del agobio existencial. No le falta humor, pero un humor oscuro que crece en el retruécano de la ironía, con vuelta amarga que aunque explore matices festivos, y hasta frívolos, siempre incluye un poso demasiado gravoso.





EL LIBRO DE LA GRAMÁTICA INTERNA

David Grossman Traducción de Ana María Bejarano y Jordi Font Tusquets. Barcelona, 2001 409 páginas. 18,03 euros

No es extraño que así suceda. El libro de la gramática interna combina la narración en tercera persona con la narración en primera persona, pero es esta última, a través de la voz del niño, la que lleva el peso del relato, de tal forma que toda la historia se contagia de la personalidad de Aharon Kleinfeld, un niño fantasioso que, cuando sus amigos más cercanos, de los que antes era cabecilla, empiezan a ejercitarse en el juego amoroso y a sentir interés por la política, renuncia a imitarlos, negándose a ingresar en un mundo adulto que no comprende y que condena desde todos los puntos de vista, pero del que tampoco consigue salir indemne, ya que la crisis de estima suscitada por su impotente rebeldía lo sumerge en un estado que lo conduce al autismo y a la autolesión. El libro de la gramática interna es una novela que se detiene más en las razones de sus personajes para actuar que en la acción en sí misma, pues lo que trata es de desvelar el punto de fricción en el que la realidad choca con la lógica íntima de las personas, desvelar no para descifrar o explicar sino para denunciar la magnitud de la sima, declinando, por imposible, toda esperanza de modificar algo que se toma por inexorable. Es una novela depresiva (todo lo contrario que Chico zigzag), y David Grossman no ahorra matices para dejarlo claro; la estructura circular y obsesiva, en la que cada conflicto es analizado y reanalizado, el ritmo premioso y repetitivo, así como la potente carga simbólica en la que se trasluce una nada complaciente meditación sobre el callejón sin salida israelí, lo confirman. Por todo ello, fuera del originalísimo personaje de Aharon, la principal responsabilidad de su efectividad literaria reposa en la trabazón de la prosa y en la capacidad metafórica exhibidas por Grossman.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 15 de enero de 2002


EL PAÍS








lunes, 2 de julio de 2007

David Grossman / "Nuestra vida ya nunca será como antes"


"Nuestra vida ya nunca será como antes"

Diario del escritor israelí David Grossman de una semana marcada por la violencia en Oriente Próximo


David Grossman
21 de octubre de 2001

Los atentados del 11 de septiembre y la subsiguiente campaña militar y diplomática contra el terrorismo, encabezada por Estados Unidos, han inaugurado un clima de inquietud en el mundo, especialmente agudo en Oriente Próximo. Esta semana, en Israel y en los territorios palestinos se incrementaron los atentados y el clima de violencia. El destacado escritor israelí David Grossman (Jerusalén, 1945) relata en forma de diario de qué manera ha influido en estos siete días esa tensión en la vida cotidiana. Grossman, autor de novelas como Véase: amor o Chico zigzag, y del ensayo periodístico Presencias ausentes. Conversaciones con palestinos en Israel, narra asimismo cómo en ese clima angustioso se entrecruzan ficción y realidad.

SÁBADO

El sábado es un día ideal para ordenar el refugio. Mientras mi mujer y yo intentamos tirar todos los trastos que se han ido acumulando desde la última vez que ha habido peligro de guerra (no fue hace mucho: la Intifada estalló hace un año), mi hija pequeña está liada anotando a la gente que va a invitar a su cumpleaños. Y la gran pregunta es: ¿Debo invitar a Tali, aunque ella no me invitara al suyo? Así que mi mujer y yo tratamos de ayudarla a solucionar el problema y nos ponemos serios en un intento de mantener cierta cotidianiedad. Desde los atentados en Estados Unidos nos han arrebatado la ilusión de la rutina, la posibilidad de creer que hay cierta continuidad lógica, ya que siempre planea la idea de quién sabe dónde estaremos dentro de un mes.
Nosotros ya sabemos que nuestra vida ya no será como antes del 11 de septiembre. Cuando se derrumbaron las Torres Gemelas apareció una especie de grieta grande y profunda en la vieja realidad. Por esa grieta sale ahora el sonido apagado de truenos que anuncian lo que puede irrumpir de allí: violencia, crueldad, fanatismo y sinrazón. De repente, todo es posible. Es como si esta nueva situación hubiera despertado en la conducta humana la tentación de destruir, exterminar, aniquilar todo aquello que tiene vida, desde el cuerpo de cada persona hasta la sociedad, la ley, el Estado y la cultura. De pronto parece tan vulnerable el deseo de conservar lo que ya existe y lo que es nuestro día a día. Resulta tan enternecedor e incluso heroico el esfuerzo por sentir cierta cotidianidad: mantener a la familia junta, la casa, los amigos. (Por cierto, decidimos invitar a Tali).
DOMINGO
Afortunadamente para mí, la propuesta de escribir este diario ha llegado cuando acabo de empezar a escribir una nueva novela. Si no hubiera sido así, me temo que este diario sería realmente deprimente. Han pasado ya varios meses desde que terminé mi última novela y sentía cómo el hecho de no escribir me influía para mal. Cuando no escribo tengo la sensación de que no entiendo realmente nada, de que todo lo que me pasa, todo lo que ocurre y todas mis relaciones con las personas son hechos que tan sólo están 'uno al lado del otro', sin ningún contacto pleno entre ellos. En cambio, desde que he vuelto a escribir todo se va hilando de repente, todo acontecimiento alimenta los otros. Todo aquello que veo, toda persona con la que me encuentro es una pista que se me brinda y que espera que yo la interprete.
Ahora estoy escribiendo una novela sobre un hombre y una mujer. Empezó siendo un cuento sobre el hombre, pero la mujer con la que se encontró -que tan sólo iba a ser un personaje casual destinado a escuchar la historia del hombre- de repente me está interesando no menos que el hombre. Me pregunto si conviene, desde una perspectiva literaria, rendirme a ella, ya que el peso de la historia ya no estaría donde yo tenía pensado en un principio. La mujer rompe el frágil equilibrio que requiere la historia. Ayer por la noche me desperté pensando que debería eliminarla y cambiarla por otro personaje, más pálido, alguien que no le haga sombra al protagonista de la novela. Pero por la mañana, cuando la vi escrita, no fui capaz de despedirme de esa mujer; por lo menos, no antes de conocerla un poco más. Hoy he estado todo el día escribiéndola.
Es casi medianoche. Cuando estoy escribiendo una historia, trato de irme a dormir con una idea que aún no tenga del todo perfilada, que aún no entienda del todo, con la esperanza de que por la noche la idea vaya madurando en mis sueños. Es tan excitante y fortalecedor salir, gracias a una historia de ficción, de la realidad sombría que me veo obligado a vivir en esta zona inmersa en la desgracia. Qué bueno es volver a sentirse vivo.
LUNES
Una y otra vez leo en la prensa europea expresiones hostiles a Israel, en las que incluso se le culpa de los últimos acontecimientos. Me irrita tanto ver con qué vehemencia en ciertos ámbitos se utiliza a Israel como chivo expiatorio, como si Israel fuese la causa, simple, casi exclusiva que justifica el terrorismo y el odio que actualmente está sufriendo Occidente. Sin duda, sorprende el hecho de que Israel no haya sido llamado a participar en la coalición contra el terrorismo y sí en cambio ¡Siria e Irán!
Siento que estos y otros acontecimientos (como la conferencia de Durban y su actitud hacia Israel debido a la incitación racista de países musulmanes) provocan un giro importante en la visión que los israelíes tienen de sí mismos. Los israelíes, que en su mayoría creían que de alguna forma habían escapado ya del trágico destino de los judíos, vuelven a sentir ahora que ese carácter trágico se manifiesta de nuevo. De pronto, se ve lo lejos que están todavía de la Tierra Prometida, lo extendidos que están aún los estereotipos sobre el judío y cómo sigue habiendo antisemitismo, el cual muchas veces se esconde bajo una actitud antiisraelí radical, como si eso sí fuese legítimo.
Tengo muchas críticas que hacer al comportamiento de Israel, pero pienso que en las últimas semanas el odio hacia Israel que se percibe en los medios de comunicación no se debe sólo a las actuaciones del Gobierno de Sharon. Uno siente estas cosas en su interior, debajo de la piel. Siento una especie de temblor que llega hasta las células más antiguas de mi memoria, hasta aquellas épocas en que el judío no era visto como un ser humano -de carne y hueso- sino siempre como símbolo de otra cosa. Un ejemplo escalofriante: 'Usted determina por tanto', dijo ayer un presentador al final de un programa en la BBC al árabe a quien entrevistaba, 'que Israel es la causa de las desgracias que actualmente están envenenando el mundo. Gracias y buenas noches'.
MARTES
Desde hace aproximadamente dos días parece haber descendido el grado de violencia entre Israel y los palestinos. El corazón, acostumbrado a las decepciones, se niega aún a dejarse llevar por el optimismo. No obstante, la calma le permite a uno meterse en la escritura sin remordimientos de conciencia. La mujer de mi novela se está haciendo cada vez más importante. No tengo ni idea de adónde me llevará. Hay en ella algo de amargura e infinitud que me asusta y me atrae. Siempre se siente una enorme expectación al empezar una novela: la historia me ha de sorprender. Aún más, quiero que la historia me traicione de verdad, que me tire de los pelos y me arrastre a escribir lo totalmente contrario de lo que quiero, que me lleve a los lugares más peligrosos y aterradores para mí, que anule las cómodas coordenadas y los mecanismos que forjan mi vida, que acabe conmigo, con mis relaciones con mis hijos, con mi mujer, con mis padres, con mi país, con la sociedad en la que vivo, con mi idioma.
No es extraño que sea difícil entrar en una nueva historia. El alma se estremece. El alma -como todo ser vivo- desea seguir en movimiento, en la rutina. ¿Por qué tiene ella que participar en este proyecto de autodestrucción? ¿Qué mal le va así? Tal vez por eso me lleva tanto tiempo escribir una novela. En los primeros meses es como si yo tuviera que ir quitando una capa tras otra hasta llegar a mi alma rebelde.
MIÉRCOLES
'Sólo el que no ha escuchado las noticias de última hora sonríe'. Eso es lo que Bertolt Brecht escribió en una ocasión. A las siete y media de la mañana dicen en la radio que ha habido un atentado contra el ministro Rehavam Zeevi. Era uno de los políticos isralíes más radicales en su postura hacia los palestinos. Nunca estuve de acuerdo con sus opiniones, pero este acto de terrorismo es terrible y no tiene justificación. Es lo mismo que pienso cuando Israel mata a alguna personalidad política palestina.
Como cualquier Estado, Israel tiene evidentemente derecho a defenderse cuando un terrorista lleva una bomba y está yendo al lugar donde va a hacerla estallar. Rehavam Zeebi, a pesar de sus ideas, no era uno de esos terroristas.
El corazón se llena de angustia: Quién sabe cómo este asesinato puede ahora empeorar la situación. Los dos últimos días habían sido más o menos tranquilos; casi nos atrevimos a respirar de nuevo a pleno pulmón. Ahora, de golpe, es como si otra vez hubiéramos caído en la trampa. De nuevo recuerdo lo mucho que la insoportable ligereza de la muerte nos domina -escribo y tengo la sensación de que estoy siendo testigo de los días previos a una gran catástrofe.
Con todo, ayer disfruté de un momento de leve consuelo. Como cada miércoles, me reuní con mi Habrutá, un compañero y una compañera con las que quedo y estudio Talmud, Biblia, pero también a Kafka y a Agnón. La Habrutá es una institución judía muy antigua destinada a estudiar con otros y a afinar el pensamiento a través de la discusión. A lo largo de los años de estudio juntos hemos desarrollado una especie de código privado compuesto de asociaciones y recuerdos. De los tres yo soy el laico, pero con estos dos amigos llevo ya diez años manteniendo un diálogo vivo, emocionante y estimulador. Cuando estudio con ellos, me vinculo por dentro a una cadena de dos mil años de pensadores y creadores judíos. Llego a los cimientos de la lengua hebrea, a las bases del pensamiento judío. De pronto, entiendo el código oculto que subyace en la conducta social y política de Israel hoy en día. En medio de la sensación de confusión y ruina que me envuelve, me siento de repente arraigado.
JUEVES
Todo se derrumba. El Ejército israelí entra en la ciudad palestina de Ramala. Día de combates. Seis palestinos muertos (entre ellos una niña de 10 años y un líder de Al Fatah, responsable del asesinato de varios israelíes). Un israelí muere por disparos efectuados por palestinos procedentes de la ciudad del líder de Al Fatah muerto anteriormente. El frágil alto el fuego ha desaparecido y quién sabe cuánto tiempo habrá que esperar hasta que se llegue a otro. Telefoneo a una de las personas con las que puedo compartir mi desesperación en momentos como éste. Se trata de Ahmad Harb, un escritor palestino de Ramala. Un amigo. Me habla de los tiroteos que oye. Me comenta el optimismo que había entre los palestinos hasta anteayer, hasta que asesinaron al ministro Rehavam Zeevi. 'Fíjate en cómo cooperan entre sí los extremistas de ambos lados', me dice, 'mira lo bien que les va'. Anteayer, por primera vez desde hacía semanas, Israel había abierto el paso a la ciudad de Ramala. Después del asesinato de Zeevi, han vuelto las barreras y los puestos de control. Le pregunto a mi amigo palestino si hay algo en lo que yo pueda ayudar. Él se ríe: 'Nosotros sólo queremos movernos, estar en movimiento, salir de la ciudad y volver...'
Entre las noticias, las sirenas de las ambulancias y el ruido de los helicópteros que no paran de dar vueltas, intento aislarme y esforzarme en escribir mi novela. No es que quiera dar la espalda a la realidad -la realidad está aquí; es como un ácido que devora cualquier célula protectora-. Lo que pasa es que siento que, dadas las circunstancias, el mismo hecho de escribir se convierte en un acto de protesta, en un acto de afirmación del yo en medio de una situación que realmente amenaza con destruirme. Cuando imagino o escribo siquiera una frase, es como si lograra vencer, aunque sea por unos instantes, la sinrazón y la tiranía de la situación. Por un momento, no soy víctima.
VIERNES
La semana está a punto de terminar. En ella han ocurrido hechos tan graves que no he podido escribir en este diario sobre otras muchas cosas importantes para mí: sobre uno de mis hijos, que está escribiendo una obra de teatro surrealista para el seminario de teatro del instituto; sobre el partido de fútbol que vimos juntos en televisión entre el Manchester United y el Deportivo de La Coruña (incluido el polémico gol que le metieron a Barthez); sobre mi hija, que está realizando una investigación científica sobre su loro; sobre mi hijo mayor, que ahora está haciendo el servicio militar y por el cual me angustio en cada momento; y sobre mi vigésimoquinto aniversario de boda, que ha sido esta semana. Esta vez lo hemos celebrado con mucha preocupación: ¿Conseguiremos mantener el marco frágil y vulnerable de la familia durante los próximos años?
Tantas cosas preciosas, tantos momentos íntimos se pierden a causa del miedo y la violencia. Es tanta la energía que, en vez de dedicarse a la creación y al pensamiento, se destina a la destrucción y a la muerte -o a tratar de defenderse de una y de otra-. A veces tengo la sensación de que la mayor parte de las energías se dedican a conservar lo que ya existe. Si no llega la paz, me temo que todos nos iremos convirtiendo en una especie de armadura en la que ya no quedará dentro ningún caballero.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 21 de octubre de 2001