BIENVENIDA TRISTEZA
Por Guillermo Arias
Ella no me hacía caso, todo por culpa de su hermana. Había intentado besarla en la oscuridad del portal de su casa y acabó por contárselo a su hermana. Yo le decía que no era cierto, que le mentía, pero ella y yo sabíamos que el motivo era otro. Ella había notado el parecido con la chica de mi póster. Era como una obsesión. Era ella, Jean Seberg. Con sus dedos señalando el número de sus amantes. Una imagen robada del cine Goya unos años antes. Estaba a mis espaldas cuando dormía y cada noche soñaba con pelearme con ella en aquella cama.
La conocí en aquella película, como todos, bajando Les Champs Elysées vendiendo periódicos, con el pelo corto y una camiseta del New York Herald Tribune. Era A bout de soufflé de Jean-Luc Godard. Y me enamoré de ella.
Busqué y rebusqué, le pregunté a todo el mundo, lo quisé saber todo sobre ella y, al final, robé aquel póster y lo colgué en mi habitación. Se llamaba Jean Seberg y era americana. Sí, americana, no francesa. Hasta los diecisiete años fue una chica normal de algún pueblecito normal del medio de los Estados Unidos. Poco sé de ella hasta que Otto Preminger la escogió para protagonizar su versión de Santa Juana de Arco.
Jean vive su vida
La vida de Jean Seberg es un completo misterio, con hipótesis sobre sus inclinaciones políticas, sexuales, sus adicciones y su propia muerte. De ella se sabe que estudiaba en la universidad de Iowa hasta que fue elegida para hacer el papel de Juana de Arco. No existen muchos datos sobre su vida anterior. En ese momento, 1957, su vida da un giro y se convierte en un personaje odiado por los más fundamentalistas cristianos estadounidenses y admirado por los sectores más progresistas, debido al talante que le inquiere al personaje de Juana de Arco. Al año siguiente, Otto Preminger, que se ha quedado prendado del halo interpretativo que desprende, la elige para protagonizar la versión cinematográfica de la novela más de moda del momento, Bonjour tristesse, de la escritora francesa Françoise Sagan. El personaje de Cecille, pensado en principio para ser interpretado por Audrey Herpburn, lo encarna con tal convicción que hasta los franceses de la nouvelle vague piensan que la tal Jean Seberg es en realidad de origen francés. Sería Jean-Luc Godard quién, al año siguiente en 1959, la elige como protagonista de su opera prima, la inolvidable A bout de souffle, el nacimiento del cine moderno. Una película que cambiaría la vida de toda una generación de adolescentes, y no tanto, interpretada por un jovencisimo Jean Paul Belmondo y que también cambiará una vez más la vida de nuestra Jean.