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miércoles, 18 de diciembre de 2019

Svetlana Alexiévich / El totalitarismo afecta a los verdugos y a las víctimas

Svetlana Alexiévich

Svetlana Alexiévich

“El totalitarismo afecta a los verdugos y a las víctimas”

La autora bielorrusa, Nobel de Literatura, ataca el "poder totalitario" en una rueda de prensa

  • La bielorrusa Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura
Svetlana Alexievich, Premio Nobel de Literatura 2015
Svetlana Alexievich, durante la rueda de prensa de hoy en Minsk. / MAXIM MALINOVSKY (AFP)
Svetlana Alexiévich (Ivano-Frankivsk, Ucrania, 1948), ganadora del Nobel de Literatura, cree que “los seres traumatizados” que trata en sus obras son “la experiencia más dura” del socialismo en la URSS. Así lo dijo ayer la escritora y periodista bielorrusa en su primera rueda de prensa tras comunicarse el galardón. La Academia Sueca reconoce sus “escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”. Radiante y desbordada, Alexiévich advirtió de que las huellas de la URSS se van a seguir sintiendo “durante mucho tiempo” en los territorios que formaron aquel país. “El totalitarismo afecta a los verdugos y a las víctimas. Seguimos viviendo el trauma de aquel periodo, todos estamos anclados a la experiencia soviética”, afirmó. “Escribo sobre el hombre rojo, sobre la utopía que duró más de setenta años y los más de 20 años que estamos necesitando para salir de ella”, agregó.

Svetlana Alexievich / Premio Nobel de Literatura 2015

Svetlana Alexievich


PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2015

La bielorrusa Svetlana Alexievich

Escritora y periodista, ha sido elegida por la Academia Sueca


PILAR BONET 
Minsk 8 OCT 2015 - 14:31 CEST

La escritora bielorrusa Svetlana Alexievich, de 67 años, es la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015. El dictamen de la Academia sueca destaca "sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo". Escritora y periodista, ha retratado en lengua rusa la realidad y el drama de gran parte de la población de la antigua URSS, así como de los sufrimientos de Chernóbil, la guerra de Afganistán y los conflictos del presente. Es muy crítica con el Gobierno bielorruso.
Nacida en Ucrania, hija de un militar soviético, de origen bielorruso. Cuando su padre se retiró del Ejército, la familia se estableció en Bielorrusia y allí ella estudió periodismo en la Universidad de Minsk y trabajó en distintos medios de comunicación. Se dio a conocer conLa guerra no tiene rostro de mujer, una obra que finalizó en 1983 pero que, por cuestionar clichés sobre el heroísmo soviético y por su crudeza, solo llegó a ser publicada dos años más tarde gracias al proceso de reformas conocido por la perestroika. El estreno de la versión teatral de aquella crónica descarnada en el teatro de la Taganka de Moscú, en 1985, marcó un hito en la apertura iniciada por el dirigente soviético Mijaíl Gorbachov.

domingo, 11 de octubre de 2015

Svetlana Alexiévich / Un día en la cocina de la Nobel de Literatura


Svetlana Alexéich

UN DÍA EN LA COCINA 
DE LA NOBEL DE LITERATURA

Svetlana Alexiévich 

“Cuando el pueblo habló a todos nos dio miedo”

La periodista y escritora Svetlana Alexiévich recibe a EL PAÍS, en su casa de Minsk. “Cuando el pueblo habló a todos nos dio miedo”, asegura la autora bielorrusa


Svetlana Alexiévich, en la conferencia de prensa, ayer en Berlín. / JOHN MACDOUGALL (AFP)
“¡Qué catástrofe!”, exclama Svetlana Alexiévich, al abrir la puerta de su apartamento con vistas a un lago en Minsk. Esta vez la premio Nobel de Literatura 2015 no se refiere a las catástrofes reflejadas en su obra, como la II Guerra Mundial o la experiencia bélica soviética en Afganistán, pasando por el accidente de Chernóbil o el desmoronamiento de la URSS. Este viernes a mediodía estamos ante una “catástrofe en tono menor” entendiendo por tal el barullo en el que vive la escritora desde que le concedieron el premio, el jueves a la una de la tarde.
“Espero que exista un después de la catástrofe”, le digo tratando de conducirla a su obra. “Sí, pero esta etapa será muy larga y nadie sabe cómo va acabar”, afirma mientras entramos en la pequeña cocina, decorada con cuadros y cerámicas, que no parece haber cambiado desde que la visité en 2001, en vísperas de unas elecciones presidenciales en Bielorrusia. Catorce años después, otras elecciones, hoy, la misma cocina y el mismo presidente.
A la Nobel le preocupa Rusia. “Ya ve lo que sucede con el pueblo ruso. Se puede esperar cualquier cosa”, contesta a la pregunta sobre sus inquietudes. “Hace cinco o seis años, cuando hablaba del nacionalismo ruso nadie me creía”, dice. No obstante, puntualiza: “Tenemos varias Rusias”.

“El pueblo estaba engañado”

 Alexiévich se pone a preparar café. “El tercer mandato de Putin nos ha sacado del romanticismo de los años noventa”, afirma. “Han cambiado el país, han engañado al pueblo y les es fácil orientarlo como quieren”, sentencia. “Me refiero al militarismo antioccidental”, agrega. “Cuando iba a Rusia a buscar material para mi último libro vi que el pueblo estaba engañado, que era agresivo, que eso acabaría mal, pero nadie esperaba que viéramos cómo la época soviética vuelve y se apodera del país que intentaba comenzar una nueva vida”.
“Antes la finalidad era conservar el imperio, pero no sé cuál es la lógica y los motivos de lo que sucede ahora”, dice, refiriéndose a la política exterior rusa. La inquietud de Alexiévich se debe a “lo rápido que se ha podido darle marcha atrás a esta máquina”. “En los noventa pedíamos libertad y la gente callaba. No estaba preparada para el cambio. Llegó la violencia, la degradación moral y, cuando Putin de repente apretó el botón más primitivo, el pueblo se puso a hablar y, cuando habló, a todos nos dio miedo”, afirma.
En el transcurso de la entrevista llega un diplomático alemán con fotógrafa y traductora. “Pasen por favor, pero cierren la puerta, que estoy resfriada”, les avisa la Nobel. “Perdone, que estoy en ropa casera”, se excusa. “En nombre de la Embajada alemana…”. “¿Ha recibido ya el telegrama del ministro [Frank Walter] Steinmeier?”. Sí, lo ha recibido. “He leído que va a escribir un nuevo libro”, inquiere el diplomático. Los teléfonos no paran de sonar. Los alemanes sacan la cámara: Registran la entrega de un ramo de flores a la Nobel en su recibidor. “No he dormido bien”, se excusa Alexiévich, pero ya están los flashes iluminando el vestíbulo que da paso a su estudio y a la cocina.
Svetlana Alexiévich, que viaja a Berlín este fin de semana, promete al diplomático una conversación tranquila cuando regrese a Minsk, para redactar el discurso de la ceremonia del 10 de diciembre en Estocolmo y para “el pequeño secreto” de confeccionarse ropa para el evento.
Gute reise” [buen viaje]. El diplomático desaparece y regresamos a la cocina. Alexiévich es consciente de la responsabilidad de su discurso en Estocolmo. Afirma que está en contra de las revoluciones, que hay que encontrar un camino sin sangre y que los bielorrusos tienen una tradición de tolerancia.

El problema de la lengua



Svetlana Alexiévich, el viernes pasado, en su casa de Minsk. / PILAR BONET
Suena el timbre. Un amigo viene a llevarse los cestos de flores que van inundando el piso de la Nobel. El ministro de Exteriores de Suecia, Carl Bildt, recién llegado de su país, advierte, está esperándola. Hablamos del “mundo ruso”, del “otro mundo ruso”, del “bueno”, de aquel que sus admiradores le proponen encabezar. Conversa sobre la lengua bielorrusa, que según Alexiévich está en un gueto. “Había un liceo bielorruso, uno solo, pero Lukashenko lo suprimió y solo se licenciaron un par de docenas de personas”, afirma refiriéndose a una prestigiosa escuela fundada en Minsk para la educación en la cultura de Bielorrusia.
Los debates de Alexiévich con los sectores nacionalistas bielorrusos se han mitigado. “Antes parecía que resolviendo el problema de la lengua se resolverían todos los demás, y mientras nosotros discutíamos sobre la lengua llegó al poder Lukashenko. Siempre opiné que primero era la democracia y luego la construcción del Estado nacional, pues de lo contrario, otros llegarían al poder, y así sucedió”. Opina Alexiévich que sus obras no pueden calificarse de pesimistas, aunque “se puede decir que tenemos una cultura de dolor y tragedia, una experiencia de la vida trágica y que las víctimas y los verdugos están mezclados”.
La estudiosa del “alma humana” configurada en la época socialista pronostica que las secuelas de esa época durarán “diez años por lo menos”. Sus viajes por suexpaís (Rusia y los países de la antigua URSS) la convencieron de que “no hay ningún fundamento para el romanticismo”.
El café se queda sobre la mesa de la cocina. “Lástima. Es un café muy bueno”, dice. La Nobel se cambia rápidamente de jersey y sale al encuentro del ministro sueco.

Una vida polifónica

Academia sueca. Svetlana Alexiévich, de 67 años, ha sido la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015 por “sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”.
Periodista y escritora, Alexiévich ha retratado en lengua rusa la realidad y el drama de gran parte de la población de la antigua URSS, así como de los sufrimientos de Chernóbil, la guerra de Afganistán y los conflictos del presente. Es muy crítica con el Gobierno bielorruso.
Nació en Ucrania y es hija de un militar soviético, de origen bielorruso. Cuando su padre se retiró del Ejército, la familia se estableció en Bielorrusia. Allí estudió periodismo, en la Universidad de Minsk, y trabajó en distintos medios de comunicación.
Se dio a conocer con La guerra no tiene rostro de mujer (1983), sobre los testimonios de las mujeres soviéticas que sobrevivieron a la II Guerra Mundial (en noviembre la editará Debate). Voces de Chernóbil está publicado en España por Debolsillo. Su último libro, El fin del homo sovieticus, lo editará Acantilado, a comienzos de 2016.


viernes, 9 de octubre de 2015

Svetlana Alexiyévich / Crónica del drama del fin de la URSS





SVETLANA ALEXIYÉVICH

Crónicas del drama del fin de la URSS

La bielorrusa Svetlana Alexiyévich, una de las más lúcidas escritoras europeas, reflexiona sobre la pervivencia del espítitu soviético en la actualidad

 Minsk T
Svetlana Alexiyévich
La escritora bielorrusa Svetlana Alexiyévich. / MARGARITA KABAKOVA
“En la Unión Soviética nos enseñaban a morir por el país, pero no a ser felices. Nuestra experiencia vital es la de resistirnos a la violencia”, afirma la escritora Svetlana Alexiyévich, cronista del impacto humano de las grandes conmociones de la URSS. Su último libro, El fin del hombre rojo o la época del desencanto (Vremia ´second hand´. Konets krasnovo cheloveka en el original ruso), ha tenido muy buena acogida en sus primeras traducciones europeas, que han recibido el premio de la Paz de la Feria de Frankfurt y el premio Médicis de Ensayo en Francia, ambos en 2013, año en el que Alexiyévich fue propuesta también para el Nobel de Literatura.
“La URSS fue un intento fallido de crear una civilización alternativa”, dice Alexiyévich en su casa de Minsk, la capital de Bielorrusia, adonde ha regresado, --porque “necesito oír las voces de la calle”--, tras una larga estancia en el extranjero. En Bielorrusia, el país del que es ciudadana, la escritora, de 65 años, se siente “en un gran vacío”, ignorada por los medios de comunicación del régimen de  Alexandr Lukashenko, mirada con frialdad por los nacionalistas locales (por escribir en ruso y no en bielorruso) y privada de su medio , los escritores o amigos “muertos, emigrados o envejecidos prematuramente”.
“Vivo con el sentimiento de derrota, de pertenecer a una generación que no supo llevar a cabo sus ideas”, afirma Alexiyévich. “Nadie quería el capitalismo, queríamos el socialismo con el rostro humano. En los años noventa éramos muy ingenuos y muy románticos, creíamos que existía una nueva vida y que éramos capaces de crearla, que la culpa de nuestros males estaba tras los muros del Kremlin y era de los comunistas, no nuestra”, razona. “¿Y qué tenemos más de dos décadas después?”, exclama, y contesta: “un líder medio bandido y autoritario y un entorno provinciano en Bielorrusia” y “un presidente que habla como un “govnik” (terminó que designa un individuo con escasa educación procedente de un entorno marginal) en Rusia, y lo peor es que eso es lo que pide la sociedad”.
El “hombre soviético”, producto del plan para transformar la naturaleza humana en el laboratorio del marxismo-leninismo, sigue existiendo en Rusia, Bielorrusia, Turkmenistán, Ucrania, Kazajistán, y el resto del territorio de la URSS, opina Alexiyévich. “Creo que conozco a este hombre, que lo conozco muy bien, que he vivido con él muchos años. Él soy yo, yo y mis conocidos, amigos, padres (…) Ahora vivimos en distintos Estados, hablamos en distintas lenguas, pero no nos puedes confundir con nadie. Nos reconocerás enseguida. Somos la gente del socialismo, iguales y diferentes del resto de la gente, tenemos nuestro léxico, nuestras ideas del bien y del mal, de los héroes y los mártires, tenemos una relación particular con la muerte (…) estamos llenos de envidia y de prejuicios. Venimos de allí donde existió el Gulag…”, escribe en su elocuente prólogo.
La situación en Rusia, Ucrania o Bielorrusia hace recomendable la lectura del último libro de Alexiyévich. El fin del hombre rojo abre espacios psicológicos inexplorados, con muchas paradojas y amargos reconocimientos sobre el derrumbamiento de la URSS y los años que siguieron. La obra va más allá de de las voces que recoge y del esfuerzo creativo de la autora para entretejerlas en un producto literario. Alexiyévich documenta un sufrimiento en gran parte ignorado por los occidentales que formulan políticas para esta parte del mundo.
No es fácil desprenderse de la identidad de ciudadano de una superpotencia para identificarse con uno de sus territorios. En Bielorrusia “Lukashenko ha parado el tiempo. La dictadura hace que la vida sea primitiva”. En Rusia, el tiempo se mueve pero en una dirección inquietante. De viaje por ese país, tras una ausencia de varios meses, Alexiyévich se sorprendió al encontrarse con “gentes que se habían transformado de repente en patriotas, que llevan enormes cruces y se creen muy importantes”. “En las provincias rusas han surgido grupos agresivos, ortodoxos, nacionalistas, de jóvenes fascistas”, dice y ella, que en los noventa salió a la calle para hacer caer la estatua de Félix Dzherzhinski (el fundador de la Cheka o policía soviética), se confiesa sorprendida por “los jóvenes rusos que idealizan la Unión Soviética”.
Opina la escritora que Rusia acabará yendo en dirección a Occidente, pero “es difícil saber de que forma y cuánto durará el camino, porque no ha superado la humillación y eso produce una agresividad antiliberal que viene de las provincias y que se plasma en el presidente”. “En Bielorrusia”, señala, “nadie ha adoptado leyes antigay o de defensa de la religión ortodoxa, pero creo que esto sucede sólo porque Lukashenko, de momento, controla la situación. En Rusia, esas leyes se han promulgado porque Putin no está en situación de controlar ese enorme país y ha apostado por la gente más analfabeta y no por la más progresista.”
A Alexiyévich no le importa que la etiqueten como “escritora soviética”. “Soy investigadora de aquel periodo y tanto yo como mis héroes hemos pasado de aquella época a otra nueva”, dice. “Escribo en ruso, mi país es Bielorrusia y he vivido una simbiosis que ha afectado a muchos en este país, donde el 90% de la población habla en ruso”. “La identidad bielorrusa no se ha formado y está bajo gran presión de la identidad rusa, y yo estudio a la gente real y trasmito su experiencia”, dice. “Hay un pequeño grupo que busca de forma agresiva su identidad bielorrusa, pero ésta, por desgracia, no existe”, agrega.
Los personajes de su libro discuten a favor o en contra del golpe de agosto de 1991, huyen de la violencia en Azerbaiyán, Abjazia o Tajikistán, sufren traiciones y decepciones y también se suicidan. Alexiyévich explica la abundancia de suicidas refiriéndose a la incapacidad de los ciudadanos rojos de reconciliarse con la pérdida del gran proyecto que supuso la URSS y de pasar de la “gran historia” a la “existencia individual”. “Somos guerreros. O luchamos o nos preparamos para la guerra. Nunca vivimos de otro modo. De ahí la psicología de guerra”, afirma en su prólogo.
Entre sus personajes hay una mujer decide casarse con un asesino condenado a cadena perpetua. Esa trayectoria personal refleja, según la escritora, tanto “la capacidad de sacrificio” de los rusos como la capacidad de “inventarse un amor, algo que forma parte de un entorno cultural “incomprensible desde una posición feminista”. Ese mundo arcaico y provinciano reflejado en el libro “no se ha resquebrajado todavía” afirma. Para Alexiyévich fue un descubrimiento el peso de la figura de Stalin en la memoria de sus protagonistas. “Está vivo”, afirma.
Con El fin del Hombre Rojo, Alexiyévich concluye la “utopía roja”, un conjunto de cinco libros dedicados a las memorias y vivencias individuales de grandes acontecimientos históricos que comenzó conLa guerra no tiene rostro de mujer (1983), donde se cuestionaba los clichés del heroísmo soviético en la Segunda Guerra Mundial. En El último testigo (2004), Alexiyévich exploró la memoria infantil sobre aquella guerra y en El Chico de Cinc, 1989, las vivencias provocadas por la invasión soviética en Afganistán. El accidente en la central nuclear de Chernóbil se convirtió en Voces de Chernóbil (publicado en España en 2006 por siglo XXI).



Svetlana Alexievich / Una solitaria voz humana / Primer capítulo de "Voces de Chernóbil"


Svetlana Alexievich

UNA SOLITARIA VOZ HUMANA
No sé de qué hablar... ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo? ¿De qué?
Nos habíamos casado no hacía mucho. Aún íbamos por la calle agarrados de la mano, hasta cuando íbamos de compras. Siempre juntos. Yo le decía: «Te quiero». Pero aún no sabía cuánto le quería. Ni me lo imaginaba... Vivíamos en la residencia de la unidad de bomberos, donde él trabajaba. En el piso de arriba. Junto a otras tres familias jóvenes, con una sola cocina para todos. Y en el bajo estaban los coches. Unos camiones de bomberos rojos. Este era su trabajo. Yo siempre estaba al corriente: dónde se encontraba, qué le pasaba...
En mitad de la noche oí un ruido. Gritos. Miré por la ventana. Él me vio:
—Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Volveré pronto.
No vi la explosión. Solo las llamas. Todo parecía iluminado. El cielo entero... Unas llamas altas. Y hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. El hollín se debía a que ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba, como él después recordaría, como si fuera resina. Sofocaban las llamas y él, mientras, reptaba. Subía hacia el reactor. Tiraban el grafito ardiente con los pies... Acudieron allí sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les advirtió; era un aviso de un incendio normal.
Las cuatro... Las cinco... Las seis... A las seis teníamos la intención de ir a ver a sus padres. Para plantar patatas. Desde la ciudad de Prípiat hasta la aldea de Sperizhie, donde vivían sus padres, hay 40 kilómetros. Íbamos a sembrar, a arar. Era su trabajo favorito... Su madre recordaba a menudo que ni ella ni su padre querían dejarlo marchar a la ciudad; incluso le construyeron una casa nueva.
Pero se lo llevaron al ejército. Sirvió en Moscú, en las tropas de bomberos, y cuando regresó, solo quería ser bombero. Ninguna otra cosa. [Calla.]
A veces me parece oír su voz... Oírle vivo... Ni siquiera las fotografías me producen tanto efecto como la voz. Pero nunca me llama... Ni en sueños... Soy yo quien lo llama a él...

jueves, 8 de octubre de 2015

Svetlana Alexievich / Premio Nobel de Literatura 2015


Svetlana Alexievich

Svetlana Alexievich, 

Premio Nobel de Literatura 2015

Escritora y periodista, ha sido elegida por la Academia Sueca



Primeras páginas de 'Voces de Chernóbil'

  • ENTREVISTA: Crónicas del drama del fin de la URSS
  • El listado con todos los ganadores del Nobel de Literatura


La escritora bielorrusa Svetlana Alexievich, de 67 años, es la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015. El dictamen de la Academia sueca destaca "sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo". Escritora y periodista, ha retratado en lengua rusa la realidad y el drama de gran parte de la población de la antigua URSS, así como de los sufrimientos de Chernóbil, la guerra de Afganistán y los conflictos del presente. Es muy crítica con el Gobierno bielorruso. "Respeto el mundo ruso de la literatura y la ciencia, pero no el mundo ruso de Stalin y Putin", ha dicho la autora en una rueda de prensa en Minsk, tras el anuncio del galardón.

Nacida en Ucrania, hija de un militar soviético, de origen bielorruso. Cuando su padre se retiró del Ejército, la familia se estableció en Bielorrusia y allí ella estudió periodismo en la Universidad de Minsk y trabajó en distintos medios de comunicación. Se dio a conocer con La guerra no tiene rostro de mujer, una obra que finalizó en 1983 pero que, por cuestionar clichés sobre el heroísmo soviético y por su crudeza, solo llegó a ser publicada dos años más tarde gracias al proceso de reformas conocido por la perestroika. El estreno de la versión teatral de aquella crónica descarnada en el teatro de la Taganka de Moscú, en 1985, marcó un hito en la apertura iniciada por el dirigente soviético Mijaíl Gorbachov.
Muy influida por el escritor Alés Adamóvich, al que considera su maestro, Alexievich aborda sus temas con técnica de montaje documental. Su especialidad es dejar fluir las voces -monólogos y corales- en torno a las experiencias del "hombre rojo" o el "homo sovieticus" y también postsoviético. La obra de Alexievich gira en torno a la Unión Soviética para descomponer este concepto en destinos individuales y compartidos y, sobre todo, en tragedias concretas. Alexievich  se mueve en el terreno del drama, explora las más terribles y desoladas vivencias y se asoma una y otra vez a la muerte. En 1989 publicó Tsinkovye Málchiki (Los chicos de cinc)sobre la experiencia de la guerra en Afganistán. Para escribirlo se recorrió el país entrevistando a madres de soldados que perecieron en la contienda. En 1993, publicó Zacharovannye Smertiu (Cautivados por la muerte) sobre los suicidios de quienes no habían podido sobrevivir al fin de la idea socialista. En 1997, le tocó el turno a la catástrofe de la central nuclear de Chernóbil en Voces de Chernóbil, publicado en castellano en 2006 por Editorial Siglo XXI, que reeditó el año pasado Penguin Random House.

El año pasado lanzó El tiempo de segunda mano. El final del hombre rojo, publicado en alemán y en ruso. En este nuevo documento, Alexievich se propone "escuchar honestamente a todos los participantes del drama socialista", dice el prólogo. Afirma la escritora que el "homo sovieticus" sigue todavía vivo, y no es solo ruso, sino también bielorruso, turcomano, ucraniano, kazajo... "Ahora vivimos en distintos Estados, hablamos en distintas lenguas, pero somos inconfundibles, nos reconocen en seguida. Todos nosotros somos hijos del socialismo", afirma, refiriéndose a quienes son sus "vecinos por la memoria". "El mundo ha cambiado completamente y no estábamos verdaderamente preparados", dijo en una reciente entrevista a Le Monde. Atrapada aún en el espacio soviético, Alexievich indaga con angustia y sufrimiento sobre el fin de una cultura, una civilización, unos mitos y unas esperanzas.

MÁS INFORMACIÓN

Crítica con el régimen del presidente bielorruso Alexandr Lukashenko, la escritora reside la mayor parte del tiempo en el extranjero y últimamente lo hace en Alemania, donde su último libro ha tenido un enorme impacto.