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domingo, 24 de agosto de 2025

Anne-Christine Roda / Retratos



ANNE-CHRISTINE RODA
RETRATOS

Anne-Christine Roda es una artista francesa nacida en 1974 que define una alta interpretación del retrato: en su obra la pintura está totalmente subordinada a la representación de la fragilidad del hombre. Su elección temática habla directamente de nuestra vida cotidiana.

sábado, 10 de diciembre de 2022

Gustave Courbet / El hombre desesperado

 

Le désespéré, 1845
Gustave Courbet


«Le désespéré» («El hombre desesperado»), Autorretrato de Gustave Courbet, h. 1845


Blanca Fernández
31 de agosto de 2017

Courbet (1819-1877) fue un pintor cuya obra forma parte del movimiento denominado Realismo, que apareció principalmente en Francia y en Gran Bretaña a mediados del siglo XIX y se desarrolló en la segunda mitad del siglo. Este movimiento también se manifestó en literatura, uno de cuyos representantes más notables fue Balzac. En un periodo marcado por la oposición entre el Romanticismo y el Clasicismo, el Realismo abrió una nueva vía, evocando la realidad sin idealización y abordando temáticas políticas y sociales.

Courbet / Pintor de paisajes vaginales


Courbet, pintor de paisajes vaginales

El escritor francés David Bosc rescata los últimos días en el exilio de Suiza del artista


EVA DÍAZ PÉREZ
Sevilla 9 NOV 2016 - 17:38 COT


Entra la luz azul del París de 1866 por la ventana de un estudio. Huele a tabaco de pipa, vino blanco y trementina. Sobre una sábana revuelta de pereza y lujuria una modelo abre sus piernas. En el lienzo el artista Courbet moja el pincel y descubre el color rosa más turbador de la Historia del Arte. Una pincelada de rosa erotizante para mostrar un sexo que parece a punto de devorar al espectador.

Gustave Courbet / el sexo a la documentación



Del sexo a la documentación



FRANCISCO CALVO SERRALLER
7 FEB 2013 - 18:57 COT


Cuadrito en la reserva por su tema, posible motivo de escándalo para unos o para otros, nunca habríamos podido imaginar que su tortuosa historia secreta podría dar más de lo mucho que ya había dado. Aunque se tenía noticia del cuadro e incluso de su ubicación y propietario finales, todavía en la gran retrospectiva dedicada a Courbet (1819-1877), celebrada con motivo del primer centenario de su muerte en el Grand Palais de París en 1977, El origen del mundo no fue exhibido. Una pudibundez trasnochada para aquella fecha, luego compensada, 30 años mediante, cuando, esta vez con motivo de la siguiente retrospectiva del pintor en 2008 dicho cuadro mereció una exhibición especial. En aquella ocasión fue expuesto acompañado por todo un montaje de fotografías y réplicas pictóricas del sexo femenino, con lo que la cámara secreta se transformó en ardiente. No solo se desveló que su propietario último era Lacan, sino que se hizo también público su ingreso en las colecciones del Estado francés al ser ofrecido como pago en dación.

sábado, 27 de noviembre de 2021

Françoise Gilot cumple 100 años

Françoise Gilot

 

Françoise Gilot cumple 100 años

La artista reúne 30 pinturas en una exposición en la casa de subastas Christie’s en su sede de Hong Kong y el 2 de diciembre sus hijas Paloma Picasso y Aurélie Engel moderarán un coloquio en la Alianza Francesa- French Institute de Nueva York

 “A mi edad, a veces me canso de la vida, pero nunca me canso de la pintura”, decía Françoise Gilot cuando tenía 98 años en su apartamento con un gran estudio en Central Park West. La artista francesa, una de las más respetadas en el mundo del arte y con más coraje de su generación y a la que algunos sólo conocen por su relación con Picasso, cumple este 26 de noviembre nada menos que 100 años. “Siempre he sentido admiración por mi madre y sigue tan impresionante como siempre gracias a su sentido del humor, conocimiento, sabiduría y creatividad en todo lo que aborda”, cuenta Paloma Picasso, la hija de Gilot, desde Nueva York. El próximo 2 de diciembre, en la Alianza Francesa- French Institute (FIAF) de la ciudad, va a realizar un coloquio-homenaje a su madre junto a su hermana Aurélie Engel. “Mi madre no cree que llegar a los cien años sea un logro importante en sí mismo. Sus metas en la vida siempre han sido de naturaleza diferente, principalmente creativa, artística e intelectual. Ha logrado mucho y, sin embargo, su curiosidad nunca ha disminuido”, apunta.

Françoise Gilot / Su larga vida después de Picasso

 

Françoise Gilot



Françoise Gilot: Su larga vida después de Picasso


Pablo Picasso amaba tener cerca a las mujeres a las que había amado y abandonado, disfrutando de sus celos y su dependencia. Pero Françoise Gilot, su compañera durante diez años, fue la única que dejó al maestro sin mirar atrás, rehízo su vida (se casó con Jonas Salk) y nunca renunció a su pasión por la pintura. Aún activa a los 97 años, recientemente publicó un libro con sus dibujos y acuarelas.


Florencia Sañudo

7 de septiembre de 2018


La editorial Taschen acaba de publicar, en una lujosa edición limitada de 5.000 ejemplares, tres cuadernos de dibujos y acuarelas que Françoise Gilot realizó durante sus viajes a Venecia, India y Senegal entre 1974 y 1981. Un bello homenaje a esta artista que a sus 97 años es el último testigo de uno de los períodos más fascinantes de la historia del arte contemporáneo y quien además de haber sido compañera de Pablo Picasso durante diez años (él la inmortalizó en decenas de retratos), fue amiga de Matisse, Braque, Juan Gris, Miró y Giacometti.

Un abanico para Françoise Gilot

 




UN ABANICO PARA FRANÇOISE GILOT

22 DE JULIO DE 2017

Conocemos a Francoise Gilot, en primera instancia  porque fue una de las última amantes de Picasso, además de la madre de sus dos hijos Paloma y  Claude, pero también porque es una gran pintora.

viernes, 18 de junio de 2021

Degas / Mujer secándose después del baño




Título: Mujer secándose después del baño.

Autor: Hilaire-Germain-Edgar Degas (francés. n. París, 1834; m. París, 1917)
Fecha de composición: 1888.
Dimensiones: 104 x 98 cm.
Técnica: Pastel sobre piezas de papel montadas en cartón.
Residencia: National Gallery, Londres.

 

El desnudo, proscrito y desaparecido en la edad media, surgió con nuevos bríos en el renacimiento y se consolidó como uno de los géneros preferidos de los pintores. Raro el maestro que no lo cultivó. En este sentido, los desnudos de Degas no deberían suponer ninguna novedad. Pero si los comparamos con los de Rembrandt, Rubens, Velázquez o Goya, por mencionar algunos nombres, nos daremos cuenta que Degas está adoptando el rol de voyeur
. En efecto, tradicionalmente los desnudos solían posar para el maestro. Pensemos en algunos cuadros que les he enviado: Lady Godiva, de Collier; La Maja Desnuda,de Goya; La Magdalena de Lefebvre; Meditación sobre la Historia de Italia, de Hayez; la Venus de Velázquez; la Venus de Cabanel; o Venus y Marte de Botticelli. En todas estas maravillosas obras el modelo está posando para el maestro. La Bañista de Ingres supone una excepción, y cuando comenté dicho cuadro me referí a su carácter voyeurista. Pero Degas se lleva el “premio alvoyeur” del siglo XIX.

sábado, 7 de marzo de 2020

Toulouse Lautrec / El pincel de las bragas




Toulouse Lautrec: el pincel de las bragas

Juan Guillermo Ramírez
3 de mayo de 2015
"Yo pinto las cosas como son. No comento."Henri de Toulouse Lautrec
Toulouse Lautrec (1864-1901) perteneció a una de las familias más antiguas de la nobleza de Francia. Su padre fue conde y su madre, que ostentó también un linaje aristocrático, tuvo una influencia decisiva en la vocación futura de su hijo. Dotada de una amplia cultura y sensibilidad, la mujer lo alentó en su pasión por la pintura, comprendiendo que debido a las deformaciones físicas, él necesitaba encontrar esa íntima felicidad que produce la creación artística. Después de una tórrida infancia invadida por las calamidades: una caída por las escaleras y su baja estatura, Lautrec fue creciendo a pesar de todo y fue pintando, creando e inventando los carteles. Para él la noche fue tan importante como la existencia de ese París nocturno que lo cubría con su presencia femenina. Esta versión fílmica francesa realizada por Roger Planchon que no alcanza a equipararse a la versión de John Huston, Moulin Rouge, se reduce a sucesos nocturnos habitados por mujeres de cabaret y prostitutas. A Lautrec la vida nocturna le atraía cada vez más. En el Moulin de la Gaette conoció a una joven bailarina, la Goulue, cuya coquetería lo cautivó y lo sedujo. La persiguió cuando ella se fue a danzar en el Moulin Rouge. Era una lujosa casa de espectáculos, en cuya entrada había un enorme molino de viento pintado de rojo. La sala de baile era extensa, adornada con tapicerías multicolores, festivamente iluminada. Allí la gorda Louise Weber, más conocida como la Goulue, exhibía la carne voluptuosa de sus 16 años en bailes exóticos. Lautrec sintió admiración por sus habitantes usuales y los retrató en un gran lienzo.





“Pero el amor, mi querida y pequeña Yvette, el amor no existe”.
“Pero el amor, mi querida y pequeña Yvette, el amor no existe”.

A los 26 años de edad, Lautrec enfrentó el desafío de crear un nuevo cartel del Moulin Rouge y fue a buscar inspiración en la Goulue. Ya en los primeros esbozos descubrió el secreto de la publicidad e innovó la técnica del cartel: su propuesta trató de esquematizar el tema e impactar al espectador. Retrató a la fascinante La Goulue, esa mujer de monstruoso apetito, de falda blanca y blusa roja, exactamente en el centro de la composición, encuadrada por la silueta fantástica y casi etérea de Valentín y la forma casi abstracta de una lámpara de gas. Al fondo se insinúa apenas el recorte en negro de los frecuentadores entusiasmados. Lautrec se lanzó a vivir intensamente la esencia misma de las noches de aquel Montmartre que inmortalizó en sus cuadros para toda la eternidad. En las calles de mala fama de la Butte, los hombres se batían a cuchillo por una mujer llamada “La Casquivana”. La única luz que iluminaba el paso de los pocos peatones que se atrevían a cruzar esas calles por la noche, era la luz de gas. Dos siluetas sombreaban aquel lóbrego panorama: Lautrec, pequeña silueta, tal vez algo alargada por su inseparable bastón. Que sabía manejar si llegaba el caso y la de su primo Gabriel Tapie, que aquel año de 1891 había llegado a París para cursar sus estudios de Medicina.





Más allá de sus limitaciones físicas, que sin duda le hicieron sentirse diferente, Toulouse-Lautrec era un gran observador de profunda inteligencia y comprendió que la pintura debía bajar desde los cielos a ras de tierra para hacerse moderna. Desde los olimpos pseudomitológicos, pero también desde la pretensión de luminosidad simple de los impresionistas, a la carnalidad desenfrenada de los ambientes urbanos incipientes.
Más allá de sus limitaciones físicas, que sin duda le hicieron sentirse diferente, Toulouse-Lautrec era un gran observador de profunda inteligencia y comprendió que la pintura debía bajar desde los cielos a ras de tierra para hacerse moderna. Desde los olimpos pseudomitológicos, pero también desde la pretensión de luminosidad simple de los impresionistas, a la carnalidad desenfrenada de los ambientes urbanos incipientes.

Noche tras noche, en el Moulin Rouge, en el café concierto, o en el café de Bruant, cualquiera podía encontrar a la pareja, como un dúo inseparable, bajo la luz cegadora de los focos que iluminaban el espectáculo que se estaba desarrollando en la pista, bajo el brillo, ¿tal vez también cegador?, del alcohol, del sombrero hongo echado sobre los ojos de Lautrec. La imagen se hizo famosa. El enano sentado ante una mesa bien provista de botellas, con las breves piernas colgando por debajo de los blancos manteles, dibujaba, dibujaba febrilmente sobre un papel, un cartón, encima de la mesa, sobre el mantel. Y así Lautrec innovó en la estética de su tiempo. No era un artista cerebral que calculara y teorizara efectos y resultados. Era un artista que se volcaba sobre la práctica, que dio rienda suelta a su sensibilidad refinada, que encontró soluciones inusitadas mediante un nuevo ángulo de visión y una gran capacidad de componer el espacio en estructuras construidas para destacar el objeto de interés de sus obras. Era un compositor funcional que reinventó el mundo para hacerlo más comprensible, más real a los ojos de aquellos que lo habitan. Con eso valorizó su mensaje.





La pintura en el burdel permitía advertir la ausencia de alma del burgués, el vacío de su interioridad. Y, a la vez, su visión dual de la mujer, entre la fascinación y el miedo. Era el primer paso hacia la aparición del lenguaje plástico de nuestro siglo, abierto por Picasso con Las señoritas de Aviñón (1907). Una obra que él quería titular "El burdel filosófico".
La pintura en el burdel permitía advertir la ausencia de alma del burgués, el vacío de su interioridad. Y, a la vez, su visión dual de la mujer, entre la fascinación y el miedo. Era el primer paso hacia la aparición del lenguaje plástico de nuestro siglo, abierto por Picasso con Las señoritas de Aviñón (1907). Una obra que él quería titular “El burdel filosófico”.

Dejando a un lado los prejuicios, procuró quitar el velo que cubre la autenticidad del ser humano, en busca de la verdad que cada uno abriga por debajo de las convenciones, del ademán o de la actitud impuestos por las circunstancias sociales. Los retratos de las estrellas de la vida nocturna parisiense adquirieron en su arte un registro especial. Lautrec fue quien hizo la verdadera publicidad de Jane Avril, la esbelta y flexible vedette que él descubrió en el Moulin Rouge. Una mujer que danzaba como una orquídea en delirio. Lautrec fue la consagración de la belle époque, ese período histórico que pretendió ser de gran despreocupación de todos, pero que alcanza apenas una minoría ajena a los problemas más serios de la época. No obstante, Jane Avril es, para Lautrec, sobre todo una mujer elegante, de graciosos movimientos angulares, rostro triste y sufrido, que se presenta sola, sin cualquier provocación vulgar. Ella será su modelo constante, aislada o en conjunto con otras figuras, en las más diversas ocasiones. Lautrec se volvió un rebelde consciente que, aunque mantenga el apego hacia su madre, abomina la vida burguesa, sus ilusiones y prejuicios. Pasa cortos períodos en los burdeles de la calle des Moulins y de la calle d’Ambroise. La mano del amigo Bruant lo condujo a ese mundo y allí descubrió una nueva faz de la vida. De esa convivencia nace el álbum de dibujos Ellas, en el cual retrata a las prostitutas sin idealización ni concesión a la moral burguesa. Esos retratos no son el resultado de un juicio, sino el producto de una comprensión profunda, de un entendimiento que sólo ocurre entre amigos. Lautrec, de hecho vivió entre sus modelos, comió con ellas, escuchó pacientemente sus confidencias, participó de sus alegrías y de sus tormentos. En ellas encontró las cualidades y defectos comunes a todo ser humano.





Reflejó los ambientes marginales en que vivió: salones de bailes, burdeles, vida galante... De forma paralela al itinerario que Baudelaire recorrió en la literatura, Toulouse-Lautrec protagonizó una especie de descenso de la pintura a los infiernos.
Reflejó los ambientes marginales en que vivió: salones de bailes, burdeles, vida galante… De forma paralela al itinerario que Baudelaire recorrió en la literatura, Toulouse-Lautrec protagonizó una especie de descenso de la pintura a los infiernos.

Por esta razón las retrató sin la sensualidad que convencionalmente se espera de las prostitutas. Al contrario, ante los ojos espantados de la sociedad burguesa, las muestra no como máquinas especializadas en exaltar los placeres del sexo, sino como personas de carne y hueso que desempeñan una profesión y que poseen momentos de ingenuidad y de intimidad absolutamente naturales. Lautrec sufre una crisis de delirium tremens; en la excitación cae y se rompe la clavícula. No presenta rasgos de locura, pero la familia lo interna en una clínica psiquiátrica. Durante la primera semana es sometido a la fuerza y recibe enormes cantidades de calmantes. Cuando recobra la consciencia, implora a su padre que lo libere. Es en vano. Su padre no se atreve a intervenir a favor del hijo que lo desilusionó. Abandona la clínica y dos años después muere en brazos de su madre a las dos y cuarto de la mañana.

PRESENCIA DE TOULOUSE LAUTREC EN EL CINE
Moulin Rouge (1952) de John Huston
Lautrec (1998) de Roger Planchon
Moulin Rouge (2000) de Baz Luhrmann
La última aparición cinematográfica de Toulouse-Lautrec, hasta ahora, ha sido en Midnight in Paris (2011) de Woody Allen.

Toulouse-Lautrec / Carmen Gaudin

Toulouse-Lautrec
La lavandera


  • Título original: La Blanchisseuse
  • Colección particular
  • Técnica: Óleo (93 x 75 cm.)

Miguel Calvo Santos

Tenía 23 años Toulouse-Lautrec cuando pintó a esta maravillosa lavandera. Era un jovencito inseguro, un tío bajito que todavía no confiaba en sus habilidades como artista. Por ello todavía no era un rebelde y seguía al pie de la letra los consejos del que era su maestro de pintura, Fernand Cormon. De ahí el relativo clasicismo de esta pintura.

Por algún motivo, Cormon aconsejó a su alumno que dejara por un momento los aburridos y repetitivos dibujos de monumentos y que se fuera a Montmartre a hacer bocetos rápidos.

En el barrio parisino, el artista se enamoró perdidamente de la vida que había en este lugar en plena ebullición. Se sintió entusiasmado. Había encontrado no sólo su hogar, sino su fuente de inspiración.

Por la calle, Lautrec vio a una chica delgada con el pelo rojo alborotado. Era Carmen Gaudin y se convertiría en modelo de varios de los mejores retratos del postimpresionista, entre ellos esta fabulosa pintura.

Carmen posa con una expresión de cierta melancolía, y quizás un cierto cansancio, mirando por la ventana al mundo externo. Lautrec dignifica su profesión dándole ese título al cuadro (recordemos que en la época ser lavandera era el oficio más bajo para las mujeres, después de prostituta) y dignifica también su figura iluminando su cara con una especie de resplandor angelical, a modo de virgen o santa.

Se ve que Lautrec estaba un poco enamorado de Carmen. Con sus pinceladas vibrantes retrata además a toda una clase trabajadora.

En 2005 un comprador anónimo pagó por esta lavandera la cantidad de $ 22 millones en una subasta.



Toulouse-Lautrec / Las mujeres miradas


Yvette_Guilbert_Gants_noirs
Henri de Toulouse-Lautrec


Toulouse-Lautrec

Las mujeres miradas

Antonio Muñoz Molina
13 de noviembre de 1996


Reconocemos la modernidad inmediata de Toulouse-Lautrec en el desasosiego de caligrafía urgente que tienen siempre sus trazos, en la prisa por captar cuanto antes lo que un segundo después ya no será igual. Pinta como si dibujara, con la instantaneidad de los calígrafos japoneses, y anuncia muy anticipadamente los gestos de velocidad y audacia de Robert Motherwell o de Jackson Pollock. Pinta y dibuja lo que ve, lo que ama, lo que está descubriendo y espiando, la sustancia misma de la vida moderna, como quería Baudelaire, pero a la vez pinta; igual que los expresionistas, el acto y el gesto de pintar, las destrezas y las incertidumbres de la mano, la sucesión de parpadeos rápidos y de fulminantes decisiones que constituyen la materia de su oficio. Parece que pinta o dibuja en cualquier circunstancia, en el palco de un teatro, en el salón de un prostíbulo, en un circo, entre las mesas de un café, y que lo hace con lo primero que encuentra a mano, que muchas veces en un trozo cuadrado de cartón. No sólo vemos con los ojos, también tocamos con ellos, tocamos la textura rica y vulgar del cartón, la materialidad grumosa de los lápices, vemos el escorzo o el perfil de una cara que estarán siempre como inacabadas, y, por lo tanto, siempre haciéndose delante de nosotros.Esa mujer de espaldas, pelirroja, con el pelo impetuoso y recogido en un moño, con un pañuelo al cuello, pintada y dibujada a la vez sobre un cartón, con óleo diluido en trementina para que las pinceladas sean más rápidas y con un lápiz rojo, tiene ahora mismo una poesía de provisionalidad y de presente idéntica a la que debió de tener cuando la mano y la mirada de Toulouse-Lautrec se apresuraban para retratarla. El cartón es de mala calidad, áspero, más bien sucio, incluso tiene, en la parte superior derecha, un oscurecimiento que será de humedad: da lo mismo, esa materia tan innoble, por comparación con el lienzo, transforma su misma vulgaridad en un atributo de la obra de arte, se convierte en una parte necesaria de ella, como el mármol de una escultura de Rodin o de Miguel Ángel.
Decía Walter Benjamin que el París de Baudelaire en realidad no empezó a existir sino después de su muerte y que, por lo tanto, lo que para nosotros son retratos magníficos de una ciudad, son más bien visiones futuristas. Ocurre algo parecido con los ensayos sobre arte de Baudelaire, sobre todo el que tal vez sea el más relevante de todos, El pintor de la vida moderna. De quien parece que se está hablando en esas páginas, que exigen y celebran un arte volcado a la expresión de lo contemporáneo, a la búsqueda de lo eterno y perenne en la fugacidad de- lo real, de las convulsiones de la vida urbana y de la moda, es precisamente de Toulouse-Lautrec, que empezó a peregrinar con su sombrero hongo y sus quevedos y sus andares de tullido por el París que imaginó y describió Baudelaire cuando éste llevaba ya muchos años muerto.


Fantasmas ilustres y sombríos lo acompañan a uno cuando recorre la exposición de Henri Toulouse-Lautrec en las salas de la Fundación Juan March: el fantasma de Baudelaire y también el de Proust, el fantasma hinchado y solitario, fracasado y proscrito de Oscar Wilde, que se vislumbra al fondo de un palco en una litografía, tan de pasada como se ve en otra al propio Toulouse, serio, de perfil, con su sombrero, su barba y su traje oscuro, observador y anónimo, como los desconocidos que pueblan los bulevares y los cafés de las ciudades modernas, las noches artificiales relucientes de espejos, de mujeres maquilladas y lámparas de gas.
Se aproximaba la hora de cierre y yo no me decidía a marcharme, porque justo entonces, cuando no quedaba casi nadie, era cuando podía disfrutar más tranquilamente de los cuadros, identificar caras repetidas, volver a detenerme en un detalle, en una expresión. Alejarse de unos cuadros que a uno le gustan mucho es siempre una decisión difícil, porque nos preguntamos cuándo los volveremos a ver, y al irnos del todo nos da la aprensión de pensar que tal vez nunca más llegaremos a tenerlos tan cerca, delante de los ojos, en su verdad material, tan distinta de las fantasmagorías inexactas de las reproducciones.
Casi desde la salida me volvía una vez más para ver de nuevo a la inglesa rabia, a la pelirroja de espaldas, al cómico gordo que se desmaquilla delante del espejo, a la mujer que mira algo terrible o trivial con unos gemelos, en un palco rojo, a las prostitutas que hacen cola para ser examinadas por el médico, a los caballeros de levita, sombrero de copa, bastón y cuello duro, que miran a las mujeres en los prostíbulos con una mezcla tenebrosa de lujuria y clandestinidad. Me di cuenta entonces de que Toulouse-Lautrec retrata con preferencia exactamente eso, el juego y el drama de las miradas, que es simultáneo, pero no igualitario, porque siempre hay quien mira y quien es mirado, quien domina con los ojos y reserva su dignidad y su preeminencia social aun mezclándose con el bajo mundo y quien ha de exhibirse para ser juzgado, clasificado o elegido por las miradas de los otros. Los caballeros de sombrero de copa se vuelven entonces siniestros como los aristócratas de Marcel Proust que descienden en secreto a los más nauseabundos prostíbulos: se ve que las mujeres y los cómicos están gastados no sólo por la edad y por las ingratitudes y las incertidumbres del trabajo, sino por las miradas, que los usan y los degradan igual que las manos a las monedas o a los billetes de banco. La mujer cabizbaja y medio desnuda que se alza la combinación delante del médico se humilla de antemano ante su primacía masculina y burguesa, como la que se desciñe el corsé ante los ojos turbios de un cliente. Entre tantas miradas de deseo y de miedo, de melancolía y codicia y aturdimiento alcohólico, la única mirada de inocencia y piedad es justo la que no vemos y la que guía nuestros ojos, la mirada ávida, certera, incesante y miope de Toulouse-Lautrec.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 13 de noviembre de 1996

Toulouse-Lautrec / Biopic

In bed,
Toulouse-Lautrec
Toulouse-Lautrec
BIOPIC

Dentro del genero del biopic en el cine, los artistas impresionistas y postimpresionistas de finales del siglo XIX han suscitado un gran interés. Por lo general, sus vidas intensas, sus caracteres fuertes, cuando no violentos, sus formas de vida bohemias, los ambientes en los que se movían tales como salas de fiestas y burdeles los convirtieron en objetivo para el cine.


Según palabras del director de la película “Tolouse-Lautrec” Roger Planchon: “Los pintores de finales del siglo XIX son auténticos héroes, gente admirable. Hacían una pintura que en ese momento era rechazada por todos y encontraron valor, la fuerza para pintar doce horas al día cuadros que nadie quería ver. Eran personajes heroicos. Guerreros, verdaderos héroes que tuvieron la fuerza de traer la modernidad a la pintura cuando nadie la quería.”


De todos los artistas de este periodo, Henri de Toulouse Lautrec (1864-1901) es, quizás, uno de los que mejor se adapta a la imagen del artista marginado por la sociedad, más en el caso de este pintor, cuya deformidad física como consecuencia de un accidente que tuvo en su infancia, acentúa la dimensión del artista cuya imagen de persona de carácter uraño, incomprendido, solitario, refugiado en el alcohol y en su arte adquiere casi dimensiones épicas. Así John Huston realizó una adaptación de la vida del pintor Tolouse-Lautrec en la película "Moulin Rouge" de 1952. Interpretado por José Ferrer la imagen que se transmite del artista es la de un pobre artista tullido enfrentado con su padre que le considera un fracaso en su larga línea de familia aristocrática, y que sólo se codeaba con alcohólicos y prostitutas. La imagen de un Tolouse-Lautrec como un enano misántropo, amargado caló hondo entre el público que sintió lástima por el artista tullido más que admiración por el genio.
Esta visión se vio contestada  por la nueva versión que sobre la vida de este pintor realizó en 1998 el director Roger Planchon. El guión de “Lautrec” parte de la auténtica correspondencia del pintor y la imagen que transmite del pintor se aleja bastante de la leyenda. A pesar de su corta estatura y enfermedad, aparece un Lautrec joven, vital, rodeado de amantes y amigos aunque muere a edad temprana. Así mismo, en la película de Planchon se cuenta la relación pasional y destructiva que tuvo con la pintora Suzanne Valedori y se suma la novedad de encontrarnos a un Lautrec en su ambiente familiar frente a la ruptura familiar insinuada en el film de John Houston.
            Sin embargo, no hay que menospreciar la primera, magníficamente ambientada. Desde el punto de vista didáctico hay que diferenciar dos partes muy claramente marcadas en “Moulin Rouge”. La primera mitad del metraje tiene como elemento de mayor interés el accidente que provocó los problemas físicos de Toulouse-Lautrec y que, en cierta forma, explican parte de su trayectoria pictórica e incluso el propio hecho de que se dedicase al arte bajo la protección materna. Sin embargo, en su conjunto esta primera parte de la película se centra en su relación sentimental con una prostituta parisina sin aportar elementos de interés artístico. Por el contrario, es en la segunda parte de la película cuando la narración se centra en el trabajo artístico de Toulouse-Lautrec. Le vemos entonces pintando las escenas de baile y burdel tan características de su producción. Además, le oímos en algunas interesantes reflexiones sobre arte e incluso en una clara, aunque breve, secuencia sobre su trabajo en la litografia. 




Las diez obras más importantes de Toulouse-Lautrec


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Toulouse-Lautrec

LAS 10 OBRAS MÁS IMPORTANTES DE TOULOUSE-LAUTREC

Te presentamos un listado de las piezas más representativas de uno de los pintores post-impresionistas del siglo XIX
Alejandra Torales
11 de agosto de 2016
El pasado 10 de agosto se inauguró en el Palacio de Bellas Artes la exposición El París de Toulouse Lautrec, Impresos y carteles del MoMA, la cual a partir del 11 de este mes y hasta el 27 de noviembre exhibirá más de 100 obras -entre ellas dibujos, litografías, carteles y fotografías- del artista francés.
A continuación te presentamos una selección de las 10 piezas más representativas de Lautrec que te ayudarán a conocer y reconocer su trabajo post impresionista.
1. Au Moulin Rouge (1890)
Cuando el cabaret de Moulin Rouge abrió en 1889, Toulouse-Lautrec fue el encargado de producir una serie de pósters. No le importó que otros artistas lo criticaran por realizar un trabajo tan comercial, que más tarde se convirtió en una de sus obras más icónicas y por supuesto, del venue.


2. La Blanchisseuse (1889)
Esta pintura impuso un nuevo récord mundial en 2005 cuando en una subasta en Nueva York, fue vendida por 22.4 millones de dólares.

3. Marcelle Lander dansant le boléro dans Chilpéric (1895)
Toulouse-Lautrec era un apasionado del teatro en todas sus formas. Era un espectador y participante de los diseños de pósters, programas, escenario, vestuario y producción.
Una de sus personas predilectas era la actriz Marcelle Lender, con quien se encontró -y enamoró- en el Théâtre des Variétés en París, lugar en el que ella interpretaba la opereta de Hervé "Chilpéric", por lo que decidió impregnar su esencia al óleo. Esta obra es considerada como una de las más elaboradas que hizo Lautrec en su vida.
  

4. Portrait of Vincent van Gogh (1887)
Esta pintura la realizó Lautrec cuando tenía 23 años. 
  

5. Salon de la Rue des Moulins (1894)
La joven en esta pintura es Mireille, una de las prostitutas del burdel de la rue d’Abolse. La pieza es una de las pinturas más famosas que hizo Lautrec de los lupanares de París.
  

6. La Goulue arrivant au Moulin Rouge (1892)
La Goulue -cuyo nombre real es Louise Weber- fue la más exitosa bailarina de cancán de sus tiempos. Su sobrenombre significa "glotona", y le fue adjudicado gracias a su voraz apetito. Ella era una de las estrellas de Moulin Rouge.
  

7. Aristide Bruant dans son cabaret (1892)
Aristide era una cantante, comediante y artista de cabaret de Montmartre, donde Lautrec comenzó a ver asiduamente sus interpretaciones. Ambos se hicieron amigos y en su honor, el artista francés decidió pintar un póster que le hiciera publicidad.
Se dice que las pinturas que Toulouse pintó de Aristide influenciaron "inconscientemente" a James Acheson y sus diseños de vestuario para Tom Baker, actor encargado de interpretar al cuarto Doctor Who.
  

8. Moulin Rouge: La Goulue (1891)
Este póster servía como publicidad para las apariciones de La Goulue en el Moulin Rouge, que también se convirtió en uno de los trabajos más famosos del francés.
  
9. Reine de Joie (1892)
La representación de un banquero entretenido por una cortesana, sirvió para promover una novela con el mismo nombre, que en español significa "reina de la alegría".
  

10. Jane Avril, Jardin de Paris (1893)
Jane fue una bailarina de cancán de la que Lautrec se convirtió en un fiel seguidor. Hija de una "semi-mundana" y un aristócrata italiano, Avril se dio a conocer por los carteles que el pintor francés creó en su honor.