
El veraneante clandestino
Mi amigo pasaba los meses de agosto por la costa con todo detalle sin la necesidad de abandonar Madrid






Manuel Vicent
22 de noviembre de 2024
Ignoro si entre escritores, poetas y artistas puede darse una verdadera amistad. Unos y otros dicen admirarse en las dedicatorias, se funden con abrazos en los encuentros literarios, pero el ego del artista tiene un caparazón muy compacto que apenas deja un resquicio por el que pueda colarse alguien capaz de disputar, ignorar o no compartir por entero su trabajo. Aquella dorada pandilla de la gauche divine, amamantada en los peluches de Boccaccio de Barcelona, años cincuenta, formada por escritores, poetas, intelectuales y artistas se divertían juntos, bebían juntos, compartían éxitos, se entrecruzaban amores, pero siempre me he preguntado si bajo las risas, juergas, viajes y mutuos elogios con un gin-tonic en la mano correría el áspid de la envidia y del resentimiento y no eran tan felices como trataban de demostrar. Tuve la ocasión de tratar de cerca a tres personajes, a la vez amigos con un ego muy desarrollado, que me descubrieron algunas capas secretas de la cebolla del alma, Jesús Aguirre, que atendía como duque de Alba, Juan García Hortelano, cuya lengua era tan peligrosa como su bondad y Juan Benet, que trataba por todos los medios parecer malvado sin conseguirlo.
Apenas llovía en Valencia aquella tarde del 14 de octubre de 1957, pero las trombas de agua llegaron de madrugada desde las cabeceras del Turia, donde no había cesado de caer un persistente aguacero. La riada desbordó los puentes y después de llevarse hasta el mar la vida que había en el cauce del río, enseres, personas y animales, dejó anegadas las calles de la ciudad vieja bajo dos metros de agua y barro. Como siempre sucede en cualquier tragedia hubo ciudadanos que se comportaron como héroes y otros como ratas. Franco no se acercó a Valencia hasta el 24 de octubre, pasados 10 días de la catástrofe, cuando el lodo ya se había secado, para ser obligatoriamente aclamado, aunque las primeras ayudas no llegaron hasta ocho meses después. El alcalde Tomás Trénor fue destituido de modo fulminante solo por haber insinuado ante el pleno que los valencianos se sentían abandonados, y al periódico Las Provincias le cortaron el suministro de papel porque su director, Martín Domínguez, que hubo de dimitir, había escrito: “Si no hablan los políticos hablarán las piedras”. Los muertos, el barro y la desolación tardaron mucho en olvidarse. A partir de aquella inundación el tiempo en Valencia se dividió en antes y en después de la riada. El lanzamiento del Sputniksoviético, el estreno de El último cuplé, Gilda, el bayón de Ana, el gol de Zarra, ah, eso fue antes de la riada; la venida de Eisenhower a España, el garrote que le dieron a la envenenadora, la retirada de Puchades, ah, eso fue después de la riada. Cuando pasen los años también esta dana mortífera de 2024 partirá en dos la memoria de los valencianos, y la rueda de la vida con los amores, viajes, negocios y proyectos habrá sucedido antes o después de la dana. Y en medio de la tragedia, como sucedió con la riada de 1957, se recordará que hubo ciudadanos que se comportaron como héroes y un presidente de la Comunidad que estaba de larga sobremesa mientras muchos de sus queridos paisanos se ahogaban.
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| El escritor Manuel Vicent, en su casa en Madrid a principios de mayo.SAMUEL SÁNCHEZ |
Paco Cerdá
17 de mayo de 2024
Manuel Vicent dice que la vida, como el violín, solo tiene cuatro cuerdas: naces, creces, te reproduces y mueres. Su literatura se asemeja más al fuelle de un acordeón, que pliega y despliega el tiempo para crear, con finísimas variaciones, una misma melodía: la memoria fermentada. Arte tejido en el telar de los recuerdos.
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| Arthur Rimbaud |
Se trata de saber por qué un niño angelical de ojos azules y bucles dorados pudo convertirse en el adolescente más depravado sin haber perdido la inocencia; por qué un poeta superdotado, creador del simbolismo, el que usó por primera vez el verso libre, el que inauguró la estética moderna, abandonó la literatura a los 19 años, en la cumbre de su genio y se convirtió en un contrabandista de armas y sólo entonces fue feliz. Este enigma ha dado de comer a centenares de críticos literarios. Llegar al alma de Rimbaud siempre se ha considerado una proeza de la psicología humana.
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| Truman Capote charla con la artista Gloria Vanderbilt (izquierda) y la cantante Pearl Bailey en un club de Nueva York en 1955.BETTMANN |
“Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que permanecen desatendidas”. Este pensamiento de Teresa de Ávila merecía haber sido impreso en las tarjetas del célebre Stork Club de Nueva York, donde en los años cuarenta del siglo pasado bebían y desplegaban sus alas los cisnes más blancos de la ciudad. Era un club clandestino, pero solo para quienes no tenían nada que ofrecer a la fama y a la seducción. Por allí pasaban todas las celebridades del momento y se juntaban con las niñas doradas del Upper East Side, de apellidos famosos, entre otras Gloria Vanderbilt, Oona O’Neill (hija del dramaturgo ganador del Nobel), las Bouvier, las Astor, todas apacentadas por Truman Capote, quien usó más de la mitad de su talento solo en elaborar frases ingeniosas y réplicas malvadas que divirtieran a aquel rebaño que se congregaba en torno a la aceituna del Martini.
Bastaba con que cualquiera de ellas despegara sus labios rojos para que todo alrededor oliera a dinero. ¿Qué habían hecho esas criaturas aladas para derramar tanta felicidad? Nacer en una familia adecuada, una de esas que con solo un estornudo ponía de los nervios a todo Wall Street. Pero ahí estaba Truman Capote para dar sentido a su vaga existencia mediante el juego sorprendente de las palabras. De Oona O’Neill decía: “Solo tiene un defecto, es perfecta”. Pero en el Stork Club el ingenio estaba muy repartido. Alguien preguntó a Gore Vidal por qué no había saludado al pequeño Capote. “Es que le he confundido con un puff”, contestó.
Después de libar como una abeja todas las flores de Taormina y sobrevolar las fiestas de París, la nieve de Saint-Moritz, los sillones blancos de la Costa Azul, de Isquia, Capri, Positano y los turbios almohadones de Tánger, siempre rodeado de personajes pasados de la raya, Truman Capote volvía al Stork Club para reunirse de nuevo con sus criaturas; y ellas, en aquellos oscuros divanes, en los aperitivos en el Oak Bar del Plaza, en los yates o en los jets privados hacia Jamaica, le contaban sus secretos, sus infidelidades, sus vicios y las veces que habían intentado cortarse las venas.
Fiel a su principio de que todo lo que hace la literatura no es más que un chisme, después de escribir la obra maestra A sangre fría, con la que fundó el nuevo periodismo, ahogado su talento en alcohol y barbitúricos, quiso añadir un nudo más a la soga con que se ahorcó a los asesinos de Kansas. Convertido ya en un viejo peluche rodeado de almohadas, aquellas criaturas a las que durante toda su vida había tratado de seducir comenzaban a abandonarlo y para vengarse se dispuso a escribir una novela, Plegarias atendidas, en la que iba a sacrificarlas. Pese a su belleza, los cisnes son aves muy crueles y atacan con violencia cuando ven amenazados sus nidos. Si fuera cierto que se escribe para enamorar, para que te quieran, Capote había fracasado. Aquellas criaturas aladas acabaron por destrozarlo.
Por el Stork Club caía a veces en ese tiempo un joven elástico, rico, neurótico, inteligente, esnob y sarcástico, enfundado en un abrigo negro Chesterfield. Se llamaba J. D Salinger y también trataba de seducir a aquellas muchachas de oro, a la vez que las despreciaba. Las volvía locas, pero no a todas. La adolescente de 15 años Oona O’Neill le fue esquiva hasta que vio que aquel joven tan atractivo había publicado su primer cuento en la revista The Story, como lo hacían Hemingway, Scott Fitzgerald y Capote. Iniciaron la mutua seducción en los divanes del Stork Club; Oona y Salinger eran esa clase de novios que se besaban todavía con los labios cerrados cuando cayó sobre ellos la Segunda Guerra Mundial. Salinger se alistó en el ejército, participó en el desembarco de Normandía y, mientras llovían hierros por todas partes, le escribía a Oona desde el frente encendidas cartas de amor hasta que un día en un periódico que estaba leyendo un soldado vio la foto con la noticia a toda página de que Oona O’Neill, su novia tan inocente, aquel cisne blanco, se había casado con Charles Chaplin, 40 años mayor que ella.
Cada uno a su modo, Capote y Salinger se vieron obligados a derramar lágrimas por las plegarias atendidas en el Stork Club. Ambos obtuvieron el éxito más resonante, uno con A sangre fría, otro con El guardián entre el centeno, y los dos perseguidos y atacados por aquellos cisnes blancos tomaron en su huida caminos distintos. Capote huyó por la intrincada senda del alcohol y las drogas hasta llegar a ese paraíso donde se vislumbra la séptima cara del dado que es la muerte y Salinger, bombardeado por el propio éxito, tuvo que enterrarse vivo en una granja de Cornish, donde su anonimato se convirtió en una leyenda hasta el punto de que llegar hasta él era una misión tan difícil como encontrar un mono en Marte, siempre que el explorador fuera un periodista, biógrafo, crítico literario o editor, pero no si era una joven admiradora atractiva dispuesta a ser pasada por las armas.
Escritor y periodista. Ganador, entre otros, de los premios de novela Alfaguara y Nadal. Como periodista empezó en el diario 'Madrid' y las revistas 'Hermano Lobo' y 'Triunfo'. Se incorporó a EL PAÍS como cronista parlamentario. Desde entonces ha publicado artículos, crónicas de viajes, reportajes y daguerrotipos de diferentes personalidades.
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| Virginia Woolf |

Juan Carlos Onetti, en una imagen de 1989.FOTO: FRANCISCO ONTAÑÓN
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| Hermann Hesse |
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| Antonio López Madridi, enero de 2019Foto de JORDI SOCIAS |
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| La familia de Juan Carlos I Antonio López |
En el retrato de la familia real, que el artista Antonio López ha tardado 20 años en pintar, se ha dado la vuelta al mito de Dorian Gray. En la novela de Oscar Wilde el protagonista vende su alma a cambio de permanecer siempre joven. En el pacto se establece que Dorian Gray podrá llevar una vida mundana llena de vicio y belleza. Las secuelas de los actos sórdidos que pueda cometer y la destrucción natural que comporta el paso del tiempo serán asumidas por su propio retrato de joven seductor, que se conserva intacto en la oscuridad de palacio. El pacto se cumple. Después de muchos años, cuando finalmente su retrato se revela, aparece en el lienzo la figura de un viejo decrépito y corrompido. Aquí ha sucedido lo contrario. Envuelto en la catástrofe social Dorian Gray ha envejecido en público ante la historia, ha soportado la decadencia y el descrédito, pero al descubrirse el cuadro aparece su figura juvenil tal como era en aquel tiempo feliz antes de que nuestros sueños fueran derrotados. Este retrato de la familia real no plantea un problema estético sino moral. No se trata de la imposibilidad física de detener en un punto el inaprensible fluido de la luz ni que después de 20 años no exista ningún rostro que al final no sea culpable de su propia degradación. Veinte años han sido suficientes para que la corrupción política y la crisis económica ocupen en el lienzo todo el paisaje de fondo. En pintura existe un principio fundamental: es siempre el espectador el que termina de pintar el cuadro. En este caso cada espectador, al ejecutar su retrato paralelo, sin duda podrá añadir sus propias caídas, sueños, miserias y frustraciones. La luz fugitiva del tiempo y de la memoria estará sometida a una dura prueba. Serán muchos, tal vez, los que se pregunten dónde está en ese cuadro el carro de heno.