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sábado, 29 de agosto de 2020

Ovidio / El exilio más cruel y triste para el poeta más mundano

Estatua de Ovidio en Constanza, la antigua Tomos de su confinamiento.
Estatua de Ovidio en Constanza, la antigua Tomos de su confinamiento.

Ovidio

El exilio más cruel y triste para el poeta romano más mundano

Augusto desterró a Ovidio, autor de las ‘Metamorfosis’, a los confines del imperio por causas que aún no se han aclarado



Paisajes del poeta Ovidio en el destierro
Sexo, amor y deseo en la Roma de Ovidio

Jacinto Antón
24 de abril de 2020


Que te encierren en toda una ciudad no parece un confinamiento muy severo, visto lo que estamos pasando. Pero si eres un ingenioso poeta mundano, algo frívolo y fiestero (y ligón) acostumbrado al bullicio y el cosmopolitismo de Roma y el lugar al que te envían es la fría y sobria Tomos, la actual Constanza en Rumanía, la Mesia de entonces, una ciudad de provincias en los confines del imperio, con una vida cultural y social casi inexistente, rodeado de bárbaros que ocasionalmente lanzan flechas por encima de las murallas y obligado a afrontar un clima terrible, la situación puede ser muy claustrofóbica, como pasar mes y medio en un piso, sin perro.

Eso es lo que le ocurrió a nuestro confinado de hoy, Ovidio, nada menos, uno de los más grandes poetas de la antigüedad, el autor de las Metamorfosis, desterrado fulminantemente, de un día para otro, por Augusto al sitio más lejano al que podía llegar el emperador con el estricto dedo sobre el mapa. El escritor hubo de pasar el resto de sus días allí, ocho largos y llorosos años (del 9 al 17) , en la remota ciudad situada en la costa del Mar Negro, el Ponto Euxino –“a nadie se le asignó nunca un lugar más alejado o más horrible”- , suspirando por regresar a su amada Roma, suplicando (por carta) que le permitieran abandonar el encierro y obligado por el frío hasta a ponerse pantalones, lo que para un romano acostumbrado a ir a la moda como un Petronio debía ser el acabóse.

De lo mal que llegó a pasarlo en ese confinamiento Ovidio dan fe sus hermosas Tristes, una de las colecciones de elegías más melancólicas e infelices que se han escrito jamás y que son una buena lectura cuando uno cree que esto de la pandemia no se acabará nunca. Bien, en realidad pobre consuelo encontraremos en las Tristes, aparte de ver que hay quién lo ha pasado peor, pues Ovidio murió en Tomos consumido por la pena y sin ser redimido ni perdonado, sin ser desconfinado del Ponto Euxino, vamos. Algunos fragmentos de las Tristes, así como de su otra conmovedora creación en el exilio, las Pónticas (traducción de ambas de José González Vázquez, Gredos, 1992), suenan muy pertinentes en la actualidad del confinamiento: “La avara naturaleza me ha encerrado en un reducido espacio y ha dado a mi inspiración unas fuerzas demasiado exiguas”, “me dices que distraiga con el estudio mi lamentable situación, a fin de que no se consuma mi espíritu en una vergonzosa ociosidad”, “el tiempo de la inactividad será para mí la muerte; ni me agrada estar borracho hasta al amanecer a causa del excesivo vino, ni el seductor juego de los dados ocupa mis inseguras manos; y una vez que he dedicado al sueño las horas que el cuerpo pide, ¿cómo emplearé en vela el largo tiempo?”. En pleno arrebato de ganas de salir de Tomos, Ovidio se siente “como la nave podrida que es devorada por la invisible carcoma, como los acantilados socavados por el agua marina, como el hierro abandonado atacado por la mordaz herrumbre, y como el libro archivado devorado por la polilla”, que es como uno se describiría cualquier tarde de estas, de tener el talento del poeta.

Un paseante solitario en la playa de Constanza, antigua Tomos

Publio Ovidio Nasón (43 antes de Cristo-17 después de Cristo), era originario de Sulmo (actual Sulmona, en los Abruzos), como hijo de una adinerada familia de rango ecuestre, clase social de prestigio, fue enviado a Roma para su educación y estudió allí retórica. Tras el preceptivo largo viaje por Grecia se dedicó a la carrera judicial para complacer a su padre, pero pronto, al mantener una activa vida social y conocer a Horacio, Tíbulo y Propercio, ingresando en el círculo de Mesala (el patrón de las artes, no confundir con el malo de Ben-Hur), que fue su mentor, abandonó el derecho por la poesía (por lo visto todo lo que escribía le salía en verso) , ganando rápidamente prestigio hasta convertirse en el poeta más apreciado de Roma. Vivía en una casa de campo rodeada de jardines, en las afueras de la ciudad, y se casó tres veces, la última con una joven viuda, Fabia, que no lo siguió al lejano confinamiento pero con la que -quizá precisamente por eso- mantuvo una muy buena relación (epistolar).

Entre su producción antes de tener que marcharse de Roma figuran sus obras amatorias, que dan fe de que se lo pasaba en grande. Entre ellas están los Amores, que giran, con todos los deliciosos triunfos y ligeros contratiempos del amor, en torno a su amante Corina (poseedora de un papagayo como la Lesbia de Catulo de un gorrión: ambos pájaros murieron para dar pie a sendos poemas). En los Amores, Ovidio se muestra muy sensual -hay que ver qué tórridamente describe un encuentro con Corina tras quitarle la túnica, mostrando las grandes posibilidades de la elegía erótica: “Cuán a propósito era la forma de sus pechos para apretarlos” (¡y que vivan los clásicos!). Y confiado en su savoir faire: “Ninguna mujer se ha visto defraudada por mis servicios. Muchas veces he pasado disolutamente la noche entera y todavía por la mañana estaba dispuesto para el amor y con fuerza en el cuerpo”. Aunque en el Libro III tenemos la más sincera confesión de un gatillazo de la historia de la literatura latina, un tema que difícilmente encontraremos en el austero Virgilio o en La Guerra de las Galias: “Me dio besos provocadores con apasionada lengua, y puso su lascivo muslo debajo del mío, diciéndome ternezas, llamándome su señor y añadiendo las palabras comunes que en estos casos nos gusta oír. Pero mi miembro perezoso, como inficionado por la fría cicuta, no correspondió a mis intenciones” (traducción de Vicente Cristóbal, Gredos, 2010). Ovidio se lamenta, “¿cómo va a ser mi vejez cuando me llegue si mi juventud ya falta a sus deberes?”. Y añade, para compensar y quizá echándole un poco de literatura: “Y sin embargo hace poco dos veces la rubia Clide, tres veces la pálida Pito y tres veces Libas disfrutaron una tras otra de mis favores. Me acuerdo de que en el corto espacio de una noche Corina me pidió que nos amáramos y yo aguanté nueve veces”. Hummm. Menos lobos Publius Ovidius. Parecería que nos estamos desviando del tema y que el confinamiento hace mella, pero todo esto es relevante para entender el carácter de Ovidio y que sufriera tanto lejos de Roma.

La otra gran obra amatoria del poeta es, claro, El arte de amar, el Ars amatoria o Ars amandi, un poema didáctico en tres libros sobre las técnicas del cortejo y las intrigas eróticas, con entradas como Conoce a ti mismo y explota tus dotes, Cómo eludir la vigilancia del marido o ¡Qué no se entere de tu aventura con otra! (nunca hubiera dicho uno que cerca está Ovidio del Sandro Giacobbe de Jardín prohibido). No debemos olvidar otras obras del poeta como las Heroínas, cartas de mujeres mitológicas a sus esposos o amantes, los Fasti, un calendario poético de las festividades romanas, o, por supuesto, las famosas Metamorfosis, una deliciosa colección de historias del mito y la leyenda concernientes a casos de transformaciones de humanos en otros seres o cosas. Se ha perdido su tragedia Medea.

Monumento en la ciudad de Constanza, antigua Tomos romana.

El caso es que Ovidio se las prometía muy felices cuando de repente, zas, un día en el año 8, contando 52 años, le cayó encima, como un rayo, el enfado del emperador Augusto. El poeta estaba de viaje en la isla de Elba y allí recibió la fatal orden. Consistía ésta en una relegatio, una condena al exilio más leve que la deportatio pues no comportaba la confiscación de la fortuna ni la pérdida de la ciudadanía, pero era de por vida y había de cumplirse con efecto inmediato. El poeta regresó sin dilación de Elba a Roma para pasar la última noche en la ciudad en compañía de la familia y los amigos y al amanecer tomó rumbo a Tomos, de donde no regresaría jamás. Podemos imaginar la pena de esa noche y del largo viaje, pero no hace falta, porque la describió minuciosamente con mucha carga poética el propio Ovidio en las Tristes.

Es un misterio qué diablos hizo el escritor para contrariar y poner furioso de esa manera a Augusto. Hacer cábalas y elaborar teorías sobre el asunto ha sido tradicionalmente uno de los grandes entretenimientos de la historia de la literatura latina. El mismo Ovidio nos dio algunas pistas. Dice que la causa de la ira del emperador fueron carmen et error. Una obra y una equivocación (una metedura de pata). La primera ha de ser El arte de amar, que era un torpedo en la línea de flotación de la nueva moral que había decidido instaurar en Roma Augusto. El poeta, mecido en su fama y el ambiente liberal de su círculo, se habría pasado por el forro las advertencias del emperador y las leyes sobre el matrimonio. En cuanto a lo segundo, que seguramente fue lo que de verdad le condenó, parece haber sido una indiscreción, haber visto algo que no debía, y que ofendió al emperador. Se ha señalado que quizá el poeta pudo haber visto a la esposa de Augusto, Livia, bañándose desnuda en todo su esplendor de Mrs. Robinson romana (de ser así tuvo suerte de que Livia no lo envenenara). O descubrió casualmente algo escandaloso relacionado con las pillastras de las dos Julias, la hija y la nieta de Augusto, quizá el supuesto incesto de la primera con el emperador o el adulterio de la segunda. A mí me hace particular gracia que quizá fuera, como han dicho algunos estudiosos, haber pillado el poeta al emperador en un ataque de rabia particularmente sonrojante tras la derrota de sus tropas en Teutoburgo -igual lo de “¡Varo, Varo, devuélveme mis legiones!” lo dijo echando espuma por la boca y en calzoncillos (subligaculum)-. Se ha apuntado también que pudo haber sido un asunto religioso, que Ovidio se hubiera colado en una ceremonia sagrada reservada a las mujeres, o participara en algún ritual mágico prohibido, quizá de los pitagóricos, a los que frecuentaba. O acaso fue un tema político, y se apuntó a alguna iniciativa que postulara a Agripa Póstumo para la sucesión imperial en contra de Tiberio. En este caso, de todas formas, no habría llegado a ser una conspiración, pues a Ovidio no le hubiera significado el destierro sino que le hubiera costado la cabeza.

En fin, que es un misterio que quizá no se resuelva nunca. A lo mejor fue una mezcla de varias cosas, con el punto final de una ofensa al emperador y a la familia imperial, y resultado de que Ovidio se le atragantara a Augusto, a Livia o a Tiberio, o a los tres a la vez. El proceso fue secreto y solo se conoce la sentencia. Lo sancionó Augusto sin la participación del Senado ni de juez ni tribunal algunos. El tono del edicto imperial fue muy severo e incluyó la condena también del Arte de amar, obra que pasaba a estar prohibida y se retiraba de las bibliotecas públicas. Sea como fuera, el poeta se lo tomó muy mal, como si lo enterraran en vida. Roma no solo era su lugar de recreo y la razón de su existencia, sino también su inspiración. Pese a que en algunos de los textos de las Tristes y Pónticas que hizo llegar a la capital, incluido un poema dirigido a Augusto, no dudó en humillarse, ponerse de rodillas y adular rastreramente al emperador solicitando su clemencia, nunca lo perdonaron.

Una imagen de la costa de Constanza, lugar ideal para leer las 'Tristes' de Ovidio.

Así que ahí tenemos a Ovidio confinado en Tomos tras un largo y peligroso viaje en el que ya empezó a escribir elegías desgarradoras nada más poner un pie fuera de casa -“salgo, o más bien aquello era ser llevado al sepulcro sin haber muerto, escuálido, con el pelo desgreñado sobre mi intenso rostro”, dejando a su esposa (que, recordemos, no quiso acompañarlo: habría leído lo de Clide, Pito, Libas y Corina) “enloquecida por el dolor, perdidos los sentidos, desvanecida”-. El lugar de destierro le pareció un horror. Tomos, “en los golfos de los getas y los sármatas”, era un destino espantoso para alguien como Ovidio. El confín del universo. “Longius hac nihil est, nisi tantum frigus et hostes, et maris adstricto quae coit unda gelu” (más allá, ninguna otra cosa hay, sino frío, enemigos y agua de mar que se congela en apretado hielo). Aunque nominalmente una colonia griega fundada por gente de Mileto en la costa del Mar Negro, en Escitia, que mira que suena siniestro, un poco al sur del delta del Danubio, estaba solo superficialmente helenizada y según le pareció al poeta romano había tantos bárbaros fuera de la ciudad como dentro. En la época que pasó bajo el dominio romano, Tomos tenía unas veinte hectáreas (en comparación con las casi dos mil de Roma). Era un lugar pequeño en un país inhóspito en una esquina del imperio (véase Cities of the classical world, de Colin McEvedy, Penguin, 2011). El clima era atroz y se vivía en constante alarma por los ataques de los getas y sármatas que depredaban el territorio de la ciudad y lanzaban flechas por encima de las murallas, como cuenta, alucinado, Ovidio: eso en el Foro de Roma no pasaba. Apenas se hablaba el latín, o no el refinado de Ovidio: “No puedo mantener conversación alguna con este pueblo salvaje”, escribe mientras sueña con la primavera en Roma.

La ciudad se convirtió en el 82 en la capital de la provincia de Moesia Inferior y fue también capital de la federación del Ponto. En el siglo IV decayó mucho. Fue renombrada Constantia (de ahí Constanza) en honor de Constantino el Grande, sobrevivió a las invasiones de godos y hunos y fue tomada por los eslavos. Pasó a ser una ciudad rumana al crearse ese Estado en 1878 y es hoy el puerto más grande del país, con 350.000 habitantes. Fue uno de los destinos finales de Patrick Leigh Fermor en su largo viaje iniciado con El tiempo de los regalos. En El último tramo (RBA, 2014), explica que los marinos griegos cambiaron para conjurarlo el nombre originalmente ominoso de Ponto Axeinos (el mar hostil o anti extranjeros), por el de Ponto Euxinos, el mar que da la bienvenida (Ovidio hubiera firmado el primero). Y describe el color azul intenso del Mar Negro, “con la luz del sol de invierno, o gris acero, o cobalto, sombreado de nubes raudas, estremecido por las gotas de lluvia, agitado por el viento que formaba en él súbitas olas enojadas”. Mantiene Constanza un ambiente melancólico como muestran algunas de las fotos que ilustran este texto, obra del notable viajero, guía y arqueólogo de la Complutense Ángel Carlos Pérez Aguayo, y tiene entre sus atracciones turísticas la estancia de Ovidio. Es el lugar ideal sin duda para ir a leer las Tristes y Pónticas y darte un revolcón de esplín y nostalgia.

Se desconoce el emplazamiento de la tumba de Ovidio que debió ser enterrado en su lugar de destierro, prorrogando despiadadamente su confinamiento a la eternidad. Un cuadro de 1640 de Johan Heinrich Schönfeld en el Museo Nacional de Budapest muestra imaginativamente a un grupo de escitas junto al sepulcro en Tomos, ilustrando el triste vaticino de las Tristes: “Una tierra bárbara cubrirá este cuerpo al que nadie ha llorado, y mi sombra vagará entre las de los sármatas y siempre será extraña en medio de dioses salvajes”. Se ha especulado con que las cenizas del poeta hubieran sido trasladadas a Roma. Solo podemos desear que haya sido así.



EL PAÍS

domingo, 21 de octubre de 2018

Sexo, amor y deseo en la Roma de Ovidio






Sexo, amor y deseo en la Roma de Ovidio


Pompeii_-_Casa_del_Fauno_-_Satyr_and_Nymph_-_MANVirgilio, uno de los poetas más sabios y atentos a los requerimientos del espíritu romano, personificó en Eneas la lucha esencial del hombre, “desgarrado entre la voluntad y la carne, entre el orden del mundo y los imperativos de su existencia, entre lo divino que no alcanza a comprender y los sentimientos capaces de transportarle más allá de sí mismo”, como apunta Pierre Grimal en El amor en la antigua Roma.
Ovidio, otra de las plumas romanas más privilegiadas, decide muy pronto, a los veintitrés años, entregarse enteramente a la poesía, su auténtica vocación, lo que no impidió que en diversos textos lamentara sin tapujos la situación de los poetas en Roma, añorando los tiempos de la Grecia arcaica, cuando el poeta cumplía la función de educador y guía espiritual de la comunidad. Su vida queda definitivamente trastocada cuando, en el año 8 d.C., es desterrado por Augusto a los confines del Imperio. Es en la actual Constanza (por entonces llamada Tomos), rodeado de “bárbaros” (extranjeros) que apenas chapurreaban algo de latín, donde pasa la última etapa de si vida. En Roma había dejado a su tercera esposa, a su hija y todos sus bienes.
Si para ti no es algo necesario
vigilar a tu amada, necio, al menos
procura vigilarla
por mí, para que yo la quiera más.
Ovidio, Amores, 2, 19
En aquellos momentos de transición cultural y social (desde antiguo el amor de las cortesanas por parte de los hombres casados había estado permitido en Roma), Augusto promulgaba una severa ley contra el adulterio(Lex de adulteriis coercendis), mientras que Ovidio no dudó en defender la relación extramatrimonial en dos de sus obras más afamadas: Amores y Arte de amar. Las obras del poeta fueron entonces excluidas de las bibliotecas públicas y, por precaución, no era recomendable la posesión de las mismas por riesgo a ser denunciado frente a las autoridades públicas.
Lo curioso de este caso es que, a ojos de los especialistas, Ovidio fue siempre fiel a sus mujeres (inmerso en una vida familiar muy honorable), y mediante la redacción de sus poemas sólo pretendía pasar por uno de aquellos jóvenes a los que les eran perdonadas sus aventuras amorosas. Es por ello que el poeta no se inspira en su propia experiencia personal, sino que más bien intenta representar con fidelidad la opinión que sus contemporáneos tenían sobre el amor. Como explica Grimal en la obra mencionada, “para Ovidio, el amor es, antes que nada, deseo. En latín, amare, amar, significa en primer lugar ser el amante o la amante de alguien, y el Arte de amarserá el libro donde se encontrarán los consejos más eficaces para obtener los favores de una mujer”.
Lo que está permitido, desagrada.
Lo prohibido nos quema con más fuerza.
De hierro es el que ama lo que otro le permite.
Tengamos los amantes
un tanto de esperanza, otro de miedo,
y que deje un lugar para el deseo
de vez en cuando alguna negativa.
¿Para qué quiero yo una buena suerte
que nunca se preocupa por fallarme?
Yo no siento ningún amor por algo
que no me da ninguna vez molestias.
Ovidio, Amores, 2, 19
pompei-sextape.jpg
Más allá de los curiosos consejos que Ovidio nos ofrece a la hora de conseguir el objeto de nuestro deseo en Arte de amar (cuidado del cuerpo y belleza –tintes, pelucas y peinados–, el vestido, la higiene, la utilización de cosméticos e incluso una lista de los poetas que la mujer “debe leer”), es llamativo el papel dominante que ostenta la mujer a lo largo de estas composiciones: es ella quien se alegra del poder que los dioses le han otorgado de poder atraer e los hombres, lo que exige ante ella una rendición sin condiciones. Por eso define Ovidio la tarea del amante como “una especie de servicio militar” (militiae species amor est).
Otro de los más sobresalientes poetas romanos, Lucrecio, se refería de este elocuente modo a la insaciabilidad del amor:
Se agita en nosotros este semen que robustece nuestros miembros en la edad adulta. […] Tan pronto como éste sale arrojado de sus asientos, a través de miembros y órganos, se retira de todo el cuerpo reuniéndose en determinados lugares de los nervios y excita al punto las partes genitales mismas del cuerpo. […] Al fin, cuando se ha precipitado fuera de los nervios la pasión acumulada, se produce una pequeña pausa del violento ardor por poco tiempo. Luego vuelve la misma locura y retorna aquel furor, cuando ellos mismos se preguntan qué desean alcanzar, y no pueden encontrar el medio que venza este mal: hasta tal punto inseguros se consumen en su herida oculta.
Catulo, por su parte, nos recomienda olvidar nuestros apasionados sentimientos cuando el objeto de nuestro amor resulta inaccesible:
Brillaron de verdad para ti soles luminosos. / Ahora ella ya no quiere ; tú, no seas débil, tampoco, / ni sigas sus pasos ni vivas desgraciado, / sino endurece tu corazón y mantente firme. / ¡Adiós, amor!
Pero, a la vez, el propio Catulo no duda en exponer lo inevitable de un flechazo, lo imposible que resulta no caer en las arteras trampas de Afrodita:
En cuanto te miro, Lesbia, mi garganta queda sin voz, mi lengua se paraliza, sutil llama recorre mis miembros, los dos oídos me zumban con su propio tintineo y una doble noche cubre mis ojos.
Y es que los sentimientos, en muchas ocasiones, resultan contradictorios: “Odio y amo. ¿Por qué es así, me preguntas? No lo sé, pero siento que es así y me atormento”.
Sexo Roma
Para entregarse al amor, Ovidio exige al hombre una absoluta disposición positiva de su voluntad, que debe rendirse y tornarse esclavo de la pasión. En épocas más antiguas, la mujer sólo era respetada en el caso de que hubiera contraído matrimonio. Sin embargo, Ovidio explica cómo los hombres libres se vuelven esclavos de su soñada compañera que, ahora, cobra un papel de ser todopoderoso: basta un simple gesto para hundir al aspirante en la desesperación, o bien, para colmarlo de la más excelsa felicidad. Recomienda incluso que el amante pase por alto las infidelidades de su dama, que puede (y debe, para mantener la pasión) permitirse pasajeros antojos. Eso sí, explica Ovidio, “que vuestra falta se lleve con disimulo y que guarde el decoro” (Arte de amar).
No vi nada que no fuera elogiable, y / desnuda la apreté contra mi cuerpo. / ¿Quién desconoce el resto? Fatigados / los dos nos entregamos al reposo (Ovidio, Amores, 1, 5).
A pesar de los posibles escarceos y diversos juegos eróticos que surgen entre los amantes, de repente, casi de manera inesperada, aparece el amor. Ovidio recalca que no es sólo el placer lo que se perseguía, sino sobre todo aprender a compartirlo. Así lo muestra en el siguiente texto de Arte de amar:

Detesto el abrazo que no deja jadeantes a uno y otro, y ésta es la razón por la cual soy menos sensible al amor con un joven muchacho; detesto a la mujer que se deja hacer porque debe dejarse hacer, que parece de piedra y que durante esos momentos está pensando en su rueca de hilar; el placer que se entrega por cortesía no me resulta nada agradable; no me agrada que mi amante sea refinada conmigo. Lo que me gusta es oír palabras que confirmen su goce, que me pida que vaya más lento y que me retenga. ¡Oh, que pueda ver yo los ojos de mi amante abandonados de la conciencia; que se sienta sin fuerzas y que me impida, largo rato, volverla a tocar!
El placer queda convertido en amor, y éste, en ternura, que acaba por unir a los amantes en un olvido de sí mismos. Explica Grimal que “poco a poco, Ovidio descubre y revela a sus lectores que al amor, si sabe conjugar armoniosamente la ternura y el reconocimiento, basta para llenar toda una vida y para crear entre dos seres un vínculo perdurable”. Dicho brevemente: la felicidad es finalmente alcanzada por el hecho de amar y sentirse amado.
Ordenas, Lesbia mía, que mi pene esté siempre a tu disposición: créeme, una minga no es como un dedo. Aunque tú la estimules con manos acariciadoras y con palabras, tu rostro imperioso actúa en contra tuya (Marcial, epigrama erótico).


sábado, 5 de junio de 2004

Paisajes del poeta Ovidio en el destierro

El paseo marítimo de Constanza con el edificio del Casino, que se sitúa en la misma orilla del mar Negro. REINHARD SCHMID


Paisajes del poeta Ovidio en el destierro

Una ruta por La Dubruya, la región rumana donde desemboca el Danubio



César Antonio Molina
5 de junio de 2004

Augusto lo expulsó a los confines del imperio, a Constanza, junto al mar Negro, una zona de pantanos y barro donde el autor de 'El arte de amar' pasó con amargura la última década de su vida.


Desde Bucarest hasta Constanza, un recorrido de apenas 200 kilómetros por una complicada carretera, se atraviesa la Dobruya, una de las regiones rumanas. Las más conocidas son: Moldavia, Transilvania, Bucovina; además de las otras más ignotas, como Crisana, Banato o Maramures. 

La Dobruya está situada al suroeste, entre el curso final de la desembocadura del Danubio y el mar Negro. Tierras bajas, repletas de marismas, que desembocan en las playas y los acantilados y que atesoran, sumergida, la historia de dacios, tracios, getas y otras tribus, además de griegos, romanos, bizantinos y turcos que también la invadieron en el siglo XV y permanecieron en ella durante cuatro siglos. La ciudad de Medgidia, entre Cernavoda y Constanza, fundada en el siglo XIX por el sultán Abdul-Medgid, aún conserva parte de su estilo oriental pespunteado por los alminares.

A este desierto acuático, a estas tierras embarradas, a estas soledades fue mandado al exilio por Augusto el poeta Ovidio. Aunque el escritor se queja amargamente en las Tristes y las Pónticas, el castigo impuesto por el emperador fue pequeño si lo comparamos con los impartidos por aquellos tiempos y que tan magistralmente narró Robert Graves en Yo Claudio. ¿Cuál fue la culpa de Publio Ovidio Nasón? El Arte de amar fue prohibido y retirado de las bibliotecas públicas por contravenir los principios morales establecidos por Augusto. Pero además debió añadirse algún otro motivo que incluso era desconocido para el propio reo. ¿Presenció alguna escena inmoral de Livia o Julia, esposa e hija de Augusto? ¿Conspiró Ovidio junto a Fabio Máximo para devolver el derecho de sucesión a Agripa Póstumo, nieto del emperador? O quizá asistió a los cultos prohibidos neopitagóricos. Ovidio no sólo no parece saberlo (aunque confiesa que sus ojos vieron "un crimen sin quererlo"), sino que una de sus mayores obsesiones es preguntar el porqué. Augusto le conservó la vida, los bienes, la ciudadanía. Cuando Ovidio abandonó Roma, en el octavo año de nuestra era, tenía 65 años. Cuando murió en Tomis, en el año 18, había cumplido ya los 75.
Ovidio emprendió su último viaje desde Roma a Brindisi. Allí embarcó hasta Grecia atravesando a pie el istmo de Corinto. Luego reembarcó en Cenereas; bordeó Troya, en la actual Turquía, y llegó al puerto de Cerinto, en Samotracia. Atravesó el Helesponto o estrecho de los Dardanelos, cruzó la Propóntide o el mar de Mármara y entró en el Ponto Euxino o el mar Negro llegando al puerto tracio de Témpira. En Samotracia, la actual Bulgaria, estuvo hasta la primavera. Luego continuó a pie y reembarcó en el golfo de Tinias camino de su destino final, Tomis, hoy Constanza. Ovidio pasó así de manera tortuosa y prolongada por las futuras Italia, Grecia, Turquía, Bulgaria y Rumania.

Al occidente del mar Negro

Tomis estaba en la provincia romana de la Moesia, en los confines del Danubio, en la desembocadura del "Histro de siete brazos". Era la frontera del imperio. Había sido una colonia griega fundada por los jonios de Mileto en el siglo VII antes de Cristo. Era la ciudad más importante de la margen occidental del mar Negro o Escitia Menor. Ovidio la describe como un paisaje desértico, una estepa sin agua potable y pocos alimentos, helada y en permanente pie de guerra contra bárbaros hostiles. "Aquí el campo no produce frutos, ni dulces racimos de uvas; no verdean sauces en sus riberas, ni encinas en sus montañas. Ni el mar merece más alabanzas que la tierra: sus aguas, privadas de sol, están siempre hinchadas por el furor de los vientos. Adonde quiera que mires, se extienden llanuras sin cultivar y vastos labrantíos que nadie reclama".
Ovidio, a lo largo de los años se fue encariñando con el lugar y sus gentes: "Ellos prefieren que yo me marche, porque ven que lo deseo: pero por propio interés desean que me quede aquí. Y no me creerás, hay decretos públicos que me elogian y me eximen de impuestos. Y, aunque a los desgraciados no conviene la gloria, las ciudades vecinas me otorgan el mismo privilegio", le escribe a Grecino. Finalmente le comenta a Tuticano: "Me es querida Tomis, que a mí, que estoy exiliado de mi patria, me ha mantenido hasta hoy su fiel hospitalidad".
El nombre de Tomis procede de la leyenda de los argonautas. Medea, locamente enamorada de Jasón, se fugó con él. Para que su padre, Eetes, rey de la comarca y poseedor del vellocino de oro, no pudiera alcanzarla en su persecución, asesinó a su hermano Absirte y lo fue despedazando para que así su padre se detuviera recogiendo los trozos. La pobre Medea fue una víctima de Juno y Minerva, dioses protectores de Jasón, quienes le inocularon esa pasión. Tom significa cortar las manos y la cabeza en un peñasco. Los bizantinos la llamaron Constantiana, y, a pesar de que los turcos volvieron a rebautizarla, Constanza sobrevivió hasta nuestros días. Estamos, pues, en la Cólquide, donde se encontraba el vellocino de oro y adonde Jasón llegó en la nave Argos para robarlo siete décadas antes de que tuviera lugar la guerra de Troya.

La cercanía de Estambul

Entro en Constanza en medio de una gran tromba de agua y en una especie de pequeño obelisco tapado por una vegetación salvaje leo la distancia que, en millas, hay desde aquí a otros puertos del propio mar Negro o del Mediterráneo. A Odesa hay 175 millas, 399 a Sebastopol, 193 a Estambul. Constanza es el puerto más importante de Rumania y una de las principales ciudades del país. El paseo marítimo, las playas, el puerto deportivo y comercial, los hoteles y comercios, la zona industrial que antes se dedicaba a los astilleros, textiles e industrias alimentarias, todo parece abandonado. Las grúas del puerto son como brazos muertos que se mueven de aquí para allá. Tampoco se divisan grandes e interesantes edificaciones, que las hubo, pues fueron destruidas para levantar otras más populares y amorfas durante la época de Ceausescu.
La estatua de Ovidio es el omphalos de la ciudad. Su inauguración, en el año 1887, no sólo significó el homenaje a uno de sus más importantes habitantes, sino también la restauración simbólica de la occidentalidad frente a la orientalidad otomana impuesta durante siglos, que sumió a la ciudad en una gran decadencia y llegó a deshabitarla, pues a mediados del XIX sólo contaba con 2.000 almas. La estatua de Ovidio significaba la latinidad. Y fue también un escultor italiano quien la ideó y armó, Ettore Ferrari, de Sulmona (al este de Roma, donde nació el poeta). Está levantada sobre un amplio y alto plinto. El poeta es una esbelta figura togada. Su rostro meditabundo apoya la barbilla sobre la mano derecha. Dice a los pies del monumento: "Bajo esta piedra yace Ovidio, el poeta. / De los amores delicados, vencido por su talento. / Oh, tú que te paseas por aquí, si es que has amado alguna vez, / reza por él, para que le sea leve el sueño".

Orfebrería helenística

El Museo de Historia Nacional y Arqueología está en la plaza de Ovidio. Es muy interesante, pues contiene muchos objetos de valor de las épocas grecolatinas. Las piezas de orfebrería helenística son magníficas, así como las esculturas griegas anteriores al nacimiento de Cristo y las romanas posteriores. Las estatuas de Pontos, el dios del mar Negro que simboliza las puertas de la ciudad, y de la Fortuna, otro de los dioses protectores de Tomis, se mezclan con la serpiente Glyko, un animal fantástico esculpido en mármol azulado que tiene una cabeza de mamífero (perro o antílope); orejas, cabellos y ojos humanos; cuerpo de serpiente y cola de león. La escultura del caballero tracio se alza hacia adelante y su manto flamea al viento. Hay también una interesante sala dedicada a Ovidio y su época. La gran importancia arqueológica de esta ciudad se completa con otros dos espacios fundamentales. El parque arqueológico y el edificio del mosaico. El parque se levantó junto a uno de los muros defensivos de la ciudad construido por los romanos en el siglo III. En torno a este espacio fueron apareciendo columnas, capiteles, sarcófagos, ánforas y demás utensilios de la vida cotidiana. El edificio del mosaico, que también está al aire libre, sólo levemente cubierta la parte de las teselas, fue descubierto en el año 1959 bajo la vía férrea y la estación del tren al llevarse a cabo obras de remodelación urbanística. Abarca un espacio de unos 2.000 metros cuadrados, de los que sólo se conservan en buen estado unos 600. Las teselas tienen siete colores distintos y su decoración es geométrica y floral. Son 74 diferentes símbolos. Impresiona no sólo la extensión de esta obra de arte primorosa, sino también la modernidad abstracta de esas composiciones y la mezcla de colores para representarlas. Está datada en el siglo IV. Aquí mismo también hay una gran muestra de lápidas con inscripciones griegas y latinas.
En el Museo de Arte nos plantamos en la contemporaneidad de la pintura rumana del siglo XX al contemplar las obras de Grigorescu, Aman, Petrascu o Luchian. Pero estas aguas oscuras, amenazantes, muertas, del mar Negro, tienen varios museos dedicados a mostrar su flora, fauna (Ovidio escribió también un poema dedicado a los peces del mar Muerto titulado Holientica) e historia. El Museo de la Marina, el Museo del Mar, el Acuario o el Delfinario. Junto al Museo del Mar está el faro genovés. Una torre de luz alzada por este pueblo navegante, luego arruinada y vuelta a levantar a finales del siglo XIX para conmemorar la ruta marítima que este pueblo italiano abrió durante los siglos XIII y XV. No es muy alto ni ancho, sino más bien una columna que sostiene a la linterna.

Un casino en el litoral

Muy cerca, contemplando el mar, hay otra de las múltiples estatuas del gran poeta nacional Eminescu, realizada por O. Han. Pero de entre todos los edificios que alberga Constanza, el antiguo casino es como un diamante en medio de tanta construcción sin personalidad. Fue alzado a comienzos del siglo XX, mezcla de joya barroca y rococó, muy parecido al de Niza. La mezquita de Mahmudiye, levantada en el siglo XIX sobre otra del XIV, tiene un alminar decorado con arabescos. La catedral e iglesias ortodoxas griegas son de finales del XIX, al igual que la iglesia católica, que ostenta una torre o campanario románico.
Constanza está rodeada de lugares recreativos e históricos. Mamaia es una gran playa al norte. En Mangalia, al sur, están las ruinas de la ciudad griega de Callatis. Histria es otro centro histórico y arqueológico capital. Toda esta zona está repleta de aquellas ciudadelas defensivas levantadas por los romanos como frontera del imperio a lo largo del Danubio y del mar Negro. Y muy cerca de Constanza también se encuentra, en Adamclisi, el Tropaeum Trajani, el monumento que levantó Trajano en conmemoración de la victoria sobre los pueblos bárbaros (dacios, sármatas y tracios) capitaneados por Decébalo, en el año 101 de nuestra era. Excavado en el siglo XIX, se reconstruyó totalmente a mediados del XX. Las metopas y algunas otras piedras originales pueden contemplarse en el Museo Arqueológico de Bucarest y en el del mismo Adamclisi.
Rica en historia, bella en paisaje, entre Oriente y Occidente, buscando de nuevo su futuro, así es Constanza, donde yacen los huesos de uno de los más grandes poetas de todos los siglos.
César Antonio Molina (A Coruña, 1952), periodista y poeta, es director del Instituto Cervantes.




GUÍA PRÁCTICA


Datos básicos
Prefijo telefónico: 00 40.
Moneda: leu (un euro equivale a 39.950 lei). Población: Rumania tiene 22 millones de habitantes.
Cómo ir
- Constanza se encuentra a 215 kilómetros al este de Bucarest (en coche, un viaje de unas dos horas y media).
Tarom (915 64 18 83). De Madrid a Bucarest, ida y vuelta, 450 euros. El precio incluye el viaje en autobús de Bucarest a Constanza.
Iberia (902 400 500 y www.iberia.com). Ida y vuelta a Bucarest desde Madrid, en junio, a partir de 381,22 euros.
Información
Oficina de turismo de Rumania en Madrid (914 01 42 68
y www.rumaniatour.com).
- www.mtromania.ro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de junio de 2004