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| Joan Didion |
Joan Didion
DE GIRA
«¿Adónde estamos yendo?», preguntaban en todos los estudios de televisión y de radio. Lo preguntaban en Nueva York y en Los Ángeles, lo preguntaban en Boston y en Washington y lo preguntaban en Dallas y en Houston y en Chicago y en San Francisco. A veces te miraban a los ojos cuando lo preguntaban. A veces cerraban los ojos al preguntarlo. Muy a menudo se preguntaban no solo adónde estábamos yendo sino adónde estábamos yendo «los americanos» o «los americanos preocupados» o bien «las mujeres americanas» o, en una ocasión, «el hombre americano y la mujer americana». Yo nunca descubrí la respuesta, aunque tampoco es que esa respuesta importara nunca, porque uno de los aspectos más extraños y liberadores que presenta el discurso de los medios es que nada de lo que uno diga puede alterar en lo más mínimo la forma o la duración de la conversación. Nuestras voces en los estudios eran las de unos actores frenéticos a quienes les han encargado que hagan improvisaciones de tres minutos, cuatro minutos o siete minutos. Nuestras caras en los monitores eran caras de americanos preocupados. De camino a uno de los estudios de Boston, vi los estallidos blancos de las magnolias por Marlborough Street. De camino a otro de Dallas, vi las luces de la carretera encenderse y luego atenuarse en tono rosado sobre el fondo del enorme cielo del amanecer. Delante de uno de los estudios de Houston, el calor de la tarde estaba descendiendo sobre el intenso verde primigenio del lugar, y delante del siguiente, aquella misma noche pero en Chicago, la nieve caía y resplandecía bajo las luces de la orilla del lago. En el exterior de todos aquellos estudios, América desplegaba todo su clima eufóricamente volátil, su excentricidad y su especificidad; dentro de ellos, en cambio, nos despojábamos de lo específico y nos lanzábamos a lo general, porque a un lado estaban los Entrevistadores y al otro yo, la Autora, y la única cuestión que parecíamos capaces de tratar juntos era «¿Adónde estamos yendo?».