“Los Borgia fue una propuesta de Jodorowsky, aunque por supuesto la
familia me interesa mucho: con ellos nació la modernidad”, explica el
dibujante. “De hecho, hay mucha afinidad entre los Borgia y la política
actual; ellos ya entendían la política como independiente de la moral,
esa idea comienza con ellos, como nace un modo de gestionar el poder”.
Le pregunto si está hablando de Berlusconi. “Claro, pero también de
tantos otros, como Bush o Strauss Kahn". “En la serie de los Borgia
está además mi fascinación por el Renacimiento italiano; Jodorowsky
quiso meter incluso a Botticelli que es uno de mis mitos personales”.
Afirma Manara que el autor de El nacimiento de Venus le ha
marcado por muchos motivos, entre ellos por su forma de mostrar a la
mujer. “Y por su forma de entenderla como único camino de salvación, de
rescate de la humanidad”. Dice el autor de El click que para
él es una sorpresa que se le considere un referente del erotismo. “Me
limito a hacer historias que me interesan a mí, que son divertidas para
mí. Que otros coincidan en encontrarlas interesantes y divertidas ha
sido una suerte”.

De su interés por el erotismo recalca zumbón: “No soy el único”. “He
buscado que el erotismo, que está tan presente en la vida, lo estuviera
también en un tanto por ciento similar en el cómic”. Opina que en un
mundo en el que todo se muestra y en el que el sexo se reduce a lo
físico, el cómic tiene un lugar diferencial preciso porque el dibujo se
dirige al cerebro y a la fantasía. “En realidad el principal órgano
sexual es el cerebro”. Para Manara, hay algo asombroso en el erotismo
del dibujo y que requiere una gran complicidad. “Me maravilla cómo un
trazo, un signo, deviene un cuerpo igual que otro se convierte en un
árbol. Es algo muy intelectual, es necesario emplear a fondo la
imaginación para descifrarlo”. Y añade con un guiño: “La Viagra no
basta para una vida sexual interesante”. Puestos en intimidades le
pregunto qué es lo más difícil de dibujar de una mujer desnuda. “Es la
mirada. Y es también lo más importante. Allí está toda la intención.
Incluso cuando dibujo a una mujer de espaldas, le hago realizar una
torsión para que se le vea el rostro”. ¿Hay algo adolescente en esa
obsesión por la mujer como icono erótico, una curiosidad? “Ya no es
curiosidad”, suspira con humor Manara. “Es admiración. Pero tiene la
misma emoción”. Le sugiero maliciosamente que las mujeres de carne y
hueso a veces no están a la altura de sus dibujos. “Creo exactamente lo
contrario: no llego jamás a dar todo el misterio, la esencia de la
mujer, falta el calor, por ejemplo, y el perfume”.
El nuevo proyecto de Manara es una historieta sobre Caravaggio, del
que sostiene que no era homosexual en absoluto. Las primeras páginas
que ha dibujado transcurren de día pero la obra va a tener un fuerte
componente nocturno y de claroscuro, como la vida del propio Caravaggio.

A Manara le es difícil decir de cuál de sus obras está más orgulloso. Para mi entusiasmo se decanta al fin por Verano indio,
mi álbum favorito: “Lo siento muy próximo”. ¿Por el enfrentamiento
entre el puritanismo de los colonos y el erotismo de la naturaleza y
los indios? “Sí, pero también porque me apliqué muchísimo y porqué la
historia de Hugo Pratt era bellísima. Las cuatro primeras páginas iban
a ser mudas pero lo alargué hasta ¡once! Tan hermoso… y se entendía sin
una palabra”. Es un poco el mundo de Fort Wheeling de Pratt y de El último mohicano.
“Sí, pero anterior, más prístino, un siglo antes, aún había un
descubrimiento y una fascinación por los indios, que luego, durante la
guerra con los franceses, se convirtieron en seres mucho más cercanos”.
Pratt, dice, “estaba muy interesado en la relación, el encuentro entre
diferentes civilizaciones; eso está en El gaucho que hicimos
juntos, y también, de alguna manera, en Corto Maltés. Teníamos un
tercer proyecto entre manos, la historia de un prisionero celta de los
romanos que se convertía en gladiador, antes del Gladiator de Scott.
Hablando de maestros desaparecidos comento que Blueberry ha quedado
huérfano. “No solo él, sino tantos otros, Arzak, el mayor Grubert…”.
¿Se siente el propio Manara huérfano tras la muerte de Jean Giraud,
Moebius? “Lo echo mucho en falta. Nos quedan sus obras. Siempre tengo
un libro suyo abierto en la mesa de trabajo. Cuando acabo un dibujo, lo
pongo entre sus páginas para ver si estoy a su altura, si mi dibujo
tiene el mismo nivel, la misma dignidad”.
EL PAÍS