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jueves, 26 de septiembre de 2024

Bruno Schulz / El extraño caballero de las tiendas de canela

 


El extraño caballero de las tiendas de canela

Un nuevo libro explora la vida y la trágica muerte de Bruno Schulz, el gran escritor y artista mágico realista judío polaco asesinado por los nazis.

POR
DAVID MIKICS/ 9 DE ABRIL DE 2023


El 19 de noviembre de 1942, a la edad de 50 años, Bruno Schulz, escritor, artista y soñador idiosincrásico, fue asesinado en el gueto de Drohobycz, en Galicia. A principios de ese mes, Felix Landau, el oficial de las SS que obligaba a Schulz a producir obras de arte para él, había disparado a un barbero judío esclavizado por Karl Günther, otro miembro de las SS. “Tú mataste a mi judío, yo maté al tuyo”, le dijo Günther a Landau después de asesinar a Schulz. Al menos, esa es la versión de la muerte de Schulz que relata David Grossman en su virtuosa novela See Under: Love .

sábado, 2 de abril de 2022

Bruno Schulz / La contraofensiva de la fantasía


Bruno Schulz


Bruno Schulz: La contraofensiva de la fantasía

Edmundo Paz Soldán
12 de enero de 2008

Hace algunos meses, descubrí fascinado los cuentos del escritor polaco Bruno Schulz (1892-1942). Leí en inglés The Street of Crocodiles (1934), y quise hacerme de una buena edición de sus cuentos en español. Los últimos tres meses tuve la oportunidad de viajar en un par de ocasiones a México, y recorrí sin suerte sus generalmente bien surtidas librerías. Al final, la búsqueda se convirtió en una obsesión. En un texto reciente en Babelia, Francisco Solano señala que Schulz está a la altura de Kafka y Borges, pero que, al contrario de ellos, parece "condenado a perpetuarse en una devoción restringida". Leo que la editorial Siruela acaba de publicar Madurar hacia la infancia, un libro muy completo que incluye todos los relatos de Schulz, más algunos textos hasta ahora inéditos en español -sobre todo de crítica literaria y de política--, y sus dibujos. Ojalá que este libro logre al fin hacer que Schulz sea más conocido en Hispanoamérica.

martes, 6 de octubre de 2020

Bruno Schulz / Nadando en un Chagall sumergido



Bruno Schulz
Poster de T.A.

Bruno Schulz: nadando en un Chagall sumergido 

Por: Marcos Ordóñez
24 de octubre de 2012

Portada de la edición de Barral de Las tiendas de color canela
1972. Tenía quince años cuando descubrí a Bruno Schulz. Era la época en que me acercaba a libros y discos por sus portadas o sus títulos. El de la edición de Barral no podía ser más perfumado: Las tiendas de color canela. ¿Habéis visto esas películas – Merlín el Encantador es la primera que me viene a la cabeza – en las que un mago le entrega un libro a un niño, y el niño lo abre y del libro brota una luz intensa y dorada, una luz que parece venir de un tiempo sin tiempo? 

Schulz era el mago y el libro era su libro, y yo había dejado de ser niño pero volví a ver mi rostro de entonces, de nuevo iluminado por la luz de verano eterno de sus páginas. O reflejado, porque al otro lado de aquel espejo había otro niño de ojos entrecerrados y sonrisa triste, un niño llamado Bruno que no había querido crecer, y vivía, viviría siempre, en un país tan lejano, rutilante y desaparecido como el de los veranos de mi infancia.

Sergio Pitol / El universo de Bruno Schulz




El universo de Bruno Schulz

Autor de dos trilogías fundamentales de la literatura mexicana contemporánea, la del Carnaval y la de la MemoriaSergio Pitol (Puebla, 18 de marzo de 1933-12 de abril de 2018, Xalapa) fue, además de traductor, diplomático y viajero, un incansable divulgador de las literaturas marginales europeas
/
POR SERGIO PITOL

Dentro del panorama de la literatura polaca de vanguardia, que se produjo en el periodo entre las dos grandes guerras, destacan tres figuras insólitas, totalmente diferentes entre sí, cuya obra comienza a valorarse debidamente apenas en los últimos años. Son ellos Ignacy Witkiewicz, Witold Gombrowicz y Bruno Schulz. La obra de estos tres “excéntricos”, colmada de aparentes juegos, parodias, caricaturas, exageraciones llevadas hasta la última instancia, nos ofrece la fuente más rica en ideas de todo ese periodo. Anticipándose en un cuarto de siglo a la literatura del absurdo francesa, inglesa y norteamericana, nos ofrece un pregusto del trágico sinsentido en el que el hombre real iba a verse sumergido pocos años más tarde. El terror ante un mundo que va a convertir al hombre en cosa y, como cosa, en algo incapaz de sentimientos, ajeno a las ideas, radicalmente negado a lo fantástico y a la poesía, y al intelectual —en el mejor de los casos— en un robot al servicio de esa cosa.

jueves, 11 de julio de 2019

Bruno Schulz / Los pájaros




Bruno Schulz

LOS PÁJAROS

Traducción de Sergio Pitol

Llegaron los días de invierno, amarillos y sombríos. Un manto de nieve, raído, agujereado, tenue, cubría la tierra descolorida. La nieve no alcanzaba a ocultar del todo muchos tejados, y se podían ver, acá y allá, trozos negros o mohosos, chozas cubiertas de tablas, y las arcadas que ocultaban los espacios ahumados de los desvanes: negras y quemadas catedrales erizadas de cabrios, vigas y crucetas, pulmones oscuros de las borrascas invernales. Cada aurora descubría nuevas chimeneas, nuevos tubos brotados durante la noche, henchidos por el huracán nocturno, oscuros cañones de órganos diabólicos. Los deshollinadores no podían desembarazarse de las cornejas, que, cual hojas negras animadas de vida, poblaban por las noches las ramas de los árboles frente a la iglesia. Levantaban el vuelo, batían las alas, y acababan posándose cada una en su sitio, sobre su rama. Y al alba volaban en grandes bandadas —nubes de hollín, copos de azabache ondulantes y fantásticos—, turbando con su trémulo graznido la luz amarillenta del amanecer. Con el frío y el tedio, los días se volvieron duros como trozos de pan del año anterior. Se entraba en ellos con los cuchillos romos, sin apetito, con una somnolencia perezosa.

Bruno Schulz / Un genio asesinado


Bruno Schulz


Bruno Schulz

(1892-1942)

UN GENIO ASESINADO

Probablemente a estas alturas ya todos conozcan la nefasta historia de cómo el mundo perdió a uno de sus genios más emotivos, más visionarios, dueño de una prosa iluminada y visceral, desbordada, rica y audaz, hacedor de pasados, de libros imprescindibles, tejedor de una saga familiar e histórica inolvidable.
Ante la insistencia de sus amigos y familiares, Schulz había decidido por fin huir de Polonia con los papeles falsos que un contrabandista le había conseguido. La anécdota es bien conocida: Durante la ocupación alemana en Polonia, Schulz se convirtió en el judío de un nazi que lo adoptó para que  pintara murales en el cuarto de su hijo y en el resto de la casa. Un día en la calle, por venganza, otro nazi le disparó a Schulz, y le dijo al general alemán: “Tú me mataste a mi judío, yo te mato al tuyo”.

Las cartas sobre la mesa / La correspondencia de Bruno Schulz con Andrzej Plesniewicz




LAS CARTAS SOBRE LA MESA

CORRESPONDENCIA DE BRUNO SCHULZ CON ANDRZEJ PLESNIEWICZ*

TRADUCCIÓN Y ANOTACIÓN JORGE SEGOVIA Y VIOLETTA BECK


DROHOBYCZ, 4 DE MARZO DE 1936
Querido señor (1),
Su carta me ha complacido mucho, nunca pensé que fuera a tomarse en serio su promesa. Antes, las cartas que yo escribía eran la razón de mi existencia, constituían mi única producción literaria. Es una lástima que no podamos retrotraer nuestra correspondencia hasta esa época. Hoy ya no sé escribir. Mirando hacia atrás en el tiempo, esa época que sin embargo no es tan lejana, me parece rica, plena y rebosante en comparación con la grisalla y dispersión actuales. Su escritura me gusta: yo siempre me he entendido bien con las personas que tienen ese modo escritural.

sábado, 11 de agosto de 2018

Claribel Alegría / Solos de nuevo

Bruno Schulz


Claribel Alegría
SOLOS DE NUEVO

Solos de nuevo
solos
sin palabras
sin gestos
sin adornos
con un sabor a fruta
en nuestros cuerpos.




martes, 10 de octubre de 2017

Sanatorio La Clepsidra / Evocación de Bruno Schulz




Evocación de Bruno Schulz


Rafael Toriz
10 de octubre de 2017

A propósito de la reedición del imperdible Sanatorio La Clepsidra, ofrecemos una puesta al día del gran escritor polaco, creador de una de las prosas más elaboradas, eróticas y tristes de su lengua.

No tanto como sus muertes, sino el grado de cobardía y vileza con el que fueron cometidas, fue lo que más me sorprendió y aún impacta de los asesinatos de Isaac Babel y Bruno Schulz, defenestrados por su condición de judíos y de artistas a manos de oficiales soviéticos y nazis, dos cánceres que dieron forma a lo peor del siglo XX, zombis que en el presente, bajo inmundos rostros nuevos, nos acompañan todavía.
Otro punto de contacto es que ambos cuentan con novelas escritas por autores extraordinarios con respecto a su obra y su figura. Vastas emociones y pensamientos imperfectos es el homenaje de Rubem Fonseca al ruso en medio de un entorno carnavalesco y tropical —un ejercicio formidable de mezclas inopinadas y una cátedra de composición en el registro del mejor Fonseca— y El Mesías de Estocolmo, un retrato de Bruno Schulz a cargo de Cynthia Ozick, que cuenta la historia de un personaje perturbado que cree ser el hijo del también dibujante y profesor de secundaria en clave de farsa kafkiana. (Un detalle más que vincula a las novelas es que ambas son una pesquisa por las supuestas novelas perdidas de sus autores).


Para los enterados, Schulz es un personaje conocido en las letras mexicanas debido a los oficios de Sergio Pitol, no solo el mayor de nuestros eslavistas sino también el mejor introductor a la literatura perpetrada por el pabellón de los excéntricos, ciudadanos de lo que Schulz denominaba “la república de los sueños”. En una edición de la UNAM de 1986 se publicaron los relatos de Las tiendas de canela, que continuaban el trabajo realizado en los años sesenta cuando en la revista La palabra y el hombre de la Universidad Veracruzana se publicaron un puñado de cuentos en las traducciones del malogrado cineasta Juan Manuel Torres, así como la célebre Antología del cuento polaco contemporáneo (1967), donde Pitol traducía y seleccionaba “Los pájaros”, del autor nacido en Drohobycz, pueblo de la región de Galitzia oriental, del desaparecido Imperio austrohúngaro, hoy Ucrania.
Por ello, conviene tener presentes las nuevas ediciones de su obra publicadas por la joven editorial argentina Dobra Robota, especializada en literatura polaca que publicó hace un par de años Las tiendas de color canela y recientemente Sanatorio La Clepsidra, ambas en traducción de Enrique Mittelstaedt.(1)
Divido por los conflictos de su época, la obra de Schulz expresa la condición fronteriza de una sensibilidad que se sabe provinciana y asume periférica, un transeúnte de lenguas (yiddish y polaco) que era en la misma medida tanto escritor como artista plástico, descollando en esta actividad con una extraña originalidad, ya que si bien su obra se nutre de Goya, Aubrey Beardsley y Leopold von Sacher-Masoch, la técnica que utilizaba era conocida como cliche verre, una combinación de pintura y dibujo con fotografía que le imprime un carácter único a su obra gráfica.
Si bien reconocido por las personalidades y círculos principales de su época —se escribió mucho y nutrido con Witold Gombrowicz y en el momento de mayor reconocimiento de su obra fue entrevistado por Stanislaw Witkiewicz— volvió siempre a su pueblo, de donde nutrió la totalidad de su literatura, considerada por Isaac Bashevis Singer superior a la de Kafka, de quien Schulz tradujo El proceso con Józefina Szelinska, a quien está dedicadoSanatorio La Clepsidra.
Sanatorio La Clepsidra —que cuenta con una adaptación cinematográfica de 1973 dirigida por Wojciech Jerzy Has— está compuesto por las primeas historias de Schulz, varias de ellas descartadas para la edición final de Las tierras de color canela, su primer libro publicado. Historias primerizas, fue necesaria la insistencia de amigos y lectores —y sobre todo de Witkiewicz— para que Schulz se animara a publicar el libro. Con el trasfondo de la zona de Galitzia, ese lugar devastado tanto por el Imperio austrohúngaro como por el tercer Reich y finalmente por los soviéticos, el libro se lee como una novela episódica en la que la realidad se encoje y se expande a la manera del tiempo, de ahí cierto carácter expresionista de sus atmósferas. Con la figura del padre como símbolo cuasi fantástico y a su vez como garante de un sentido profundo del mundo, las historias son muy parecidas a las de Las tiendas… cimentando la visión de un hombre que desea volver a los paisajes mitológicos de la niñez: cosa imposible por absurda, y en cuyo intento se cifra un desencanto extrañísimo y cruel.
Artista de las transformaciones —a veces los personajes mutan en escorpión, en cucaracha o hasta en cangrejo— su originalidad lo pone en sintonía con Kafka y Musil, pero sobre todo lo entronca con Gombrowicz y su búsqueda de una forma en combustión permanente: el lugar donde se dan la mano el niño con el adolescente. Para Pitol, “la realidad en el mundo de Schulz conoce amplias posibilidades de transformación de la materia. Todo elemento puede convertirse en su antagonista. Los hombres se transforman en aves, en cucarachas, en puñados de cenizas”, por ello se ha dicho que Schulz creó una de las prosas más elaboradas, eróticas y tristes de su lengua, como se lee en el relato que da nombre al libro:
El verdor de las hojas era muy oscuro, casi negro. Era un negro saturado, profundo y bondadoso como un sueño reconfortante. Y todos los grises del paisaje provenían de ese único color. Es el color que a veces adquiere el paisaje durante el crepúsculo nublado de verano, plagado de lluvias interminables. La misma dejadez, el mismo entumecimiento resignado e irrevocable, que ya no necesita el consuelo de los colores.
En opinión de Adam Zagajewski, otro notable poeta de Polonia, “en su prosa, la Drohobycz provinciana se transformó en una especie de Bagdad oriental, una ciudad exótica sacada de Las mil y una noches. Su vida, tocada por esa misma varita mágica, se resiste también a ser catalogada. Si no hubiera escrito ni dibujado, habría sido solo un profesor de manualidades melancólico, judío y de clase media, el desventurado vástago de una familia de comerciantes, un soñador que escribía largas cartas a otros soñadores”.
Por fortuna, pese a la vileza del mundo y la permanencia de su espanto, está visto que la belleza permanece y se multiplica aunque los torvos asesinen a los pájaros que los sueñan.

Rafael Toriz

Escritor. Ha publicado AnimaliaMetaficciones y Serenata, entre otros libros.


(1) Anteriormente, en Argentina, había circulado el tomo La calle de los cocodrilos, publicado por el Centro Editor de América Latina en traducción de Ernesto Gohre, y del lado español se consigue, desde hace algunos años, un tomo que enmarca la totalidad de su producción escrita junto con buena parte de sus dibujos: Madurar hacia la infancia, que contiene el hermoso El libro idólatra, cuento ilustrado con imágenes eróticas donde la figura de una mujer dominante alumbra las miserias de un dibujante sospechosamente parecido al autor.
Bruno Schulz 
Sanatorio La Clepsidra Traducción de Enrique Mittelstaedt 
Dobra Robota Editora 
Buenos Aires, 2017 
262 páginas.



domingo, 6 de agosto de 2017

Adam Zagajewski / Bruno Schulz, el otoño al acecho


Bruno Schulz

BRUNO SCHULZ

EL OTOÑO AL ACECHO

ADAM ZAGAJEWSKI
TRADUCCIÓN DE RICARDO GARCÍA PÉREZ

El poeta polaco Adam Zagajewski se acerca en este texto hermoso y amargo a un tiempo a la figura de Bruno Schulz (Drohobycz, 1892-1942), personaje imprescindible de la vanguardia polaca de entreguerras. Sus escritos de ficción y sus dibujos y grabados componen una obra marcada por el erotismo y por cierto misticismo de ascendencia simbolista, que quedó truncada por su trágico asesinato en el gueto de Drohobycz.


El tímido y menudo profesor de dibujo y manualidades del instituto de secundaria de Drohobycz había saboreado unos cuantos momentos dulces de fama literaria antes de morir, en noviembre de 1942, de un disparo de un miembro de las SS en una calle de su ciudad natal. Si olvidamos por un instante su trágica muerte, su carrera recuerda a la de los escritores de otros países o continentes. Un autodidacta de provincias empieza a escribir y a dibujar para sí mismo y para un puñado de amigos íntimos. Se cartea con artistas desconocidos y principiantes como él, con quienes comparte sus sueños, pensamientos y proyectos. Cada vez que conoce a alguien que tiene acceso al mundo artístico real, a las editoriales reales y a los escritores famosos, se muestra temeroso y zalamero, como en las cartas que dirigió al profesor Szuman (a quien vi alguna vez en Cracovia en los años sesenta: un anciano psicólogo obligado por razones políticas a romper por completo y de forma prematura con la universidad).
Luego, gracias sobre todo a la influencia de la eminente escritora Zofia Nalkowska, el profesor de dibujo con talento se convierte en la sensación literaria de la temporada y entre los destinatarios de sus cartas aparecen de repente los nombres de las figuras más relevantes de la escena cultural polaca de preguerra: Stanislaw Ignacy Witkiewicz (Witkacy), Julian Tuwim o Witold Gombrowicz. Schulz llega a conocer a Boleslaw Leśmian, un poeta al que admira. Mantiene una breve aventura amorosa con Nalkowska. Visita Varsovia, en cuyos salones literarios se introduce calladamente, como siempre, y sin ninguna pretensión. Allí capta una imagen del ambiente literario de la Varsovia anterior a la Segunda Guerra Mundial: los cafés y apartamentos elegantes en los que, por el momento y en igualdad de condiciones, se encuentran las futuras víctimas de dos totalitarismos y quienes en la posguerra llegarán a ser los funcionarios de una literatura nacionalizada. Witkacy se quitará la vida en septiembre de 1939 tras la invasión de los territorios orientales de Polonia por parte del Ejército Rojo. Gombrowicz partirá hacia Argentina. Tuwim hacia Estados Unidos. Nalkowska y Tadeusz Breza acabarán siendo representantes del aparato literario comunista.
Pero el Schulz famoso y reconocido no abandonará la correspondencia con sus amistades menos ilustres, sobre todo si son mujeres. Escribirá largas cartas a Debora Vogel, Romana Halpern y Anna Plockier, todas las cuales perecerán en diferentes episodios del Holocausto.
Schulz publicó sus obras con los mejores editores y en el semanario más destacado, Wiadomości Literackie (Novedades literarias) y fue atacado por los críticos de las dos vertientes del espectro político: por los agresivos críticos marxistas, que lo atacaban por no ser realista, y por los propagandistas de la extrema derecha, que lo acusaban de ser demasiado judío; pero su posición no quedó debilitada por estas incursiones enemigas. Schulz, que como artista era un poeta y un bardo de provincias, en el mundo literario recibió, paradójicamente, el apoyo y la protección de los exponentes de la corriente política y literaria dominante. Sus viajes a la Varsovia hegeliana (¿acaso no son hegelianos todos los capitalistas?) se convirtieron en otra fuente de tensión en su vida y su pensamiento. Claro que las lumbreras de la capital tenían cierto atractivo. En una de sus cartas, por ejemplo, señala que ha conocido al famoso director Ryszard Ordyński, pero regresa aliviado a su pequeña Drohobycz. Se plantea la posibilidad de trasladarse a Varsovia, pero siempre regresa a su ciudad natal.
Los destinatarios menos famosos de las cartas de Schulz solían ser personas con conflictos de identidad profundamente arraigados, personas que, de vez en cuando, quedaban suspendidas en un estadio intermedio entre la enfermedad y la salud, que vacilaban entre dos lenguas (el yiddish y el polaco), que no estaban seguras de haber acertado con su opción artística y que experimentaban la misma atracción por la música y la pintura que por la literatura. Estaban unidos a Schulz porque él tampoco estaba seguro de su elección entre las artes gráficas y la prosa, entre la vida familiar y la soledad creadora, entre la literatura polaca y la alemana (adoraba a Rilke y a Mann), entre Drohobycz y Varsovia. Sin embargo, partiendo de estas contradicciones e indefiniciones, Schulz fue capaz de alumbrar una visión soberana, evocadora y personal. Incluso a finales de los años treinta, cuando la Academia Polaca de Literatura le concedió el Laurel de Oro, Schulz todavía comprendía bien a sus insatisfechos, híbridos y heridos interlocutores epistolares. Adquirió celebridad, cumplió con el rito de peregrinar a París e impulsó la traducción de sus narraciones a otras lenguas, pero durante todo ese tiempo siguió manteniendo de buena gana sus contactos epistolares, ya que los dilemas y conflictos de sus interlocutores eran un emblema de lo periférico, de todo cuanto hay de fronterizo y provinciano, y Schulz necesitaba mantenerse vinculado a las provincias tanto como el aire que respiraba.
Sólo había una cosa que defendía con una ferocidad y crudeza fabulosas: el sentido y la envergadura del mundo espiritual. Cuando en una carta escrita con muy mal genio a petición de una revista literaria, su antiguo aliado Witold Gombrowicz le atacó diciendo que para la consabida «esposa del médico de la calle Wilcza», de clase media, el universo artístico de las narraciones de Schulz tal vez no tuviera visos de realidad y que, para ese mismo personaje ultrasensato, el autor de Las tiendas de color canela estaba «simplemente fingiendo», Schulz le contestó con dureza y decisión. El valor del universo espiritual puede verse mermado por la depresión, la desesperación, la duda o el ataque de un crítico malicioso, pero no por la legendaria «esposa del médico de la calle Wilcza». Aquí se separaron las sendas de los dos amigos. A Gombrowicz le fascinaba la cuestión del valor del arte tal como lo entendían los filisteos, los bobalicones y los idiotas; fue capaz de contemplar la literatura desde fuera y de indagar en su condición sociológica. Schulz, por el contrario, vivió en el interior de una precaria torre de marfil (¿de canela?) y se mostraba reacio a abandonarla ni siquiera por un instante.
A menudo las cartas de Schulz vuelven sobre el motivo clásico del esfuerzo necesario para mantener la tensión de una vida interior que se ve amenazada sin cesar por unas circunstancias externas triviales y por la melancolía. Al igual que muchos otros artistas, Schulz confió a los destinatarios de sus misivas otro tema universal: las dudas sobre el destino de su propia obra. Hoy día observamos el destino de Bruno Schulz desde la perspectiva de su absurda muerte en el gueto de Drohobycz, ya que la sombra de esta muerte se proyecta sobre la totalidad de su existencia. Pero en su vida hubo muchas cosas normales y corrientes. La más extraordinaria fue sin duda su talento, esa maravillosa capacidad para trasmutar lo ordinario en cautivador. Y es precisamente aquí, como sucede en el caso de muchos escritores, donde se localiza la angustia de Schulz: en el miedo a carecer de tiempo o de inspiración, a que lo devorara la agonía de la docencia diaria.
¿Quién fue Bruno Schulz «sociológicamente hablando»? En su prosa, la Drohobycz provinciana se transformó en una especie de Bagdad oriental, una ciudad exótica sacada de Las mil y una noches. Su vida, tocada por esa misma varita mágica, se resiste también a ser catalogada. Si no hubiera escrito ni dibujado, habría sido sólo un profesor de manualidades melancólico, judío y de clase media, el desventurado vástago de una familia de comerciantes, un soñador que escribía largas cartas a otros soñadores. Pero como escribió y dibujó con tanta soltura, dejó atrás la sociología; dejó atrás incluso ese peculiar estrato social típico de la Polonia de entreguerras: la intelectualidad, o esa parte de la intelectualidad que no pudo o no quiso sumarse a la vida del país, que no fue aceptada por la realidad provisional de la Segunda República (a la que tampoco aceptó) y que a veces anhelaba la materialización de una utopía política de izquierdas.
La utopía de Schulz no nos obliga a esperar su advenimiento; habitaba en su imaginación, en su pluma, en sus epítetos y sus sinécdoques. No existe ninguna clave oculta en la obra de Schulz. Casi todo está dicho en sus narraciones, incluida la obsesión erótica, de la que se ocupa con la familiaridad y la intimidad con la que otros se ocupan de su fiebre del heno o sus migrañas. La mayor parte de las veces, la prosa de Schulz reacciona a estímulos de naturaleza puramente poética; si tuviéramos que anotar las preguntas a las que quiso «responder» artísticamente, serían las formuladas por un poeta metafísico deseoso de conocer cuál es la esencia de la primavera, de un árbol o de una casa. A la hora de abordar los temas, la suya es una franqueza imponente, una pasión avasalladora en busca de las respuestas últimas. Su prosa nace de la tensión neorromántica, antipositivista y antinaturalista de la literatura, inspirada en parte por Bergson y Nietzsche, pero que en realidad era una respuesta a la visible preeminencia real y creciente de las ciencias duras.
En Europa Central, esta tensión neorromántica, que aspiraba a cierta especie de religión indefinida a pesar del hecho de que Dios había «muerto», dio a luz a muchos poetas y escritores tocados por una fiebre metafísica; fueron los autores de tratados místicos y novelas que se arrojaban al misterio de hallarse ante la auténtica primera página de sus obras. No es preciso decir que muchos de quienes participaron de este movimiento metafísico sufrieron una derrota artística. Quienes fueron autores tardíos, más lentos y más pacientes que el resto, a veces triunfaron, a veces consiguieron crear su propio lenguaje, su propio método, su propia metafísica privada. Entre los veteranos de la crisis neorromántica, que alcanzó su apogeo con el cambio de siglo, se encontraban escritores europeos tan sobresalientes como Robert Musil e incluso Rilke, que concluyó sus Elegías de Duino en otra época muy distinta: cuando ya había hecho su aparición en París ese emisario del espíritu del jazz, el deporte y el laconismo que fue Ernest Hemingway.
Llegar tarde puede ser una virtud, y lo fue sin duda en el caso de Schulz, exactamente igual que Witkacy y Leśmian tuvieron la fortuna de aparecer en la literatura polaca después de su tiempo. No obstante, el caso de Schulz es diferente: en su obra, la tendencia metafísica e imaginativa encuentran un contrapeso real bajo la forma de una realidad geográfica y familiar concreta, que el autor de Sanatorio bajo la clepsidra dibuja a raudales, como si recordara que la literatura está hecha de cuerpo y alma y que el anhelo neorromántico de los elementos definitivos y absolutos del mundo debiera contraponerse con un ser duro, implacable, provinciano y peculiar.
El incómodo socio del misticismo de Schulz es Drohobycz (una ciudad pequeña en las inmediaciones de Lvov), que Schulz no escogió, del mismo modo que uno no escoge su cuerpo, sus genes, ni tener o no pecas. Schulz nació en Drohobycz, una ciudad tan modesta como su persona. Su imaginación vivía en Drohobycz, y la imaginación es increíblemente ladina. Es capaz de ensalzar un objeto material real de un modo enormemente ambiguo. Es capaz de enaltecer, aumentar, glorificar y embellecer. Sin embargo, al mismo tiempo, el embellecimiento y el elogio son la fuga más sofisticada, ¡la trampa más elegante del mundo para abandonar nuestra adorada ciudad! Al transformar en un lugar extraordinario y divino la sucia y abarrotada Drohobycz, en la que seguramente sólo eran verdaderamente hermosos los jardines medio silvestres, los huertos, los cerezos, los girasoles y las verjas enmohecidas, Schulz pudo despedirse de ella, consiguió abandonarla.
Logró fugarse al mundo de la imaginación sin ofender a la pequeña ciudad, elevándola, por el contrario, a cumbres singulares. Ahora, hasta Nueva York sabe un poco de Drohobycz, de una Drohobycz que ya no existe; todo a causa de los disparatados subterfugios de la imaginación de un profesorcillo de arte y manualidades.
Sólo ha sobrevivido la Drohobycz creada por Schulz; el viejo casco histórico lleno de comercios judíos y callejuelas retorcidas ha desaparecido de la faz de la Tierra. Ya sólo existe la Drohobycz soviética, muy probablemente una obra maestra del realismo socialista.
Entre los objetos de contemplación predilectos de Schulz se encuentran las estaciones del año, especialmente a su paso por ciudades adormiladas y provincianas. La capital lleva su propia vida agitada y narcisista, mientras que la provincia es un lugar en el que la civilización, diluida en las periferias, entabla diálogo con el cosmos, con la naturaleza. En el relato «Otoño», Schulz califica el verano como la estación de la utopía, una época del año exuberante y opulenta que promete mucho, pero es incapaz de cumplir sus promesas porque en sus orillas acecha un otoño mezquino y adusto que no guarda el menor respeto por los juramentos hechos durante el estío.
La secuencia de un verano utópico seguido por un otoño cruel y cínico constituye una tentadora metáfora tanto de la vida de Schulz (en su paso de la tensión creadora de su obra a su trágica muerte en el gueto de Drohobycz) como del destino de la literatura europea, que primero se deleita con los placeres de la imaginación para inmediatamente después recibir una doble advertencia de la historia: la Primera Guerra Mundial y el tiro de gracia de la Segunda Guerra Mundial acompañada de sus socios, el genocidio y el vil totalitarismo. La vida y la obra de Schulz sucumben a esta pauta marcada por el verano y el otoño como si el espíritu de la literatura europea necesitara de alguien que, con su destino, confirmara la evolución de los acontecimientos: la desaparición de la era de la imaginación, el advenimiento de la era de la devastación.
El lenguaje de Schulz, sus tesoros poéticos y derrochadores, se caracteriza por exhibir una fabulosa precisión. El lenguaje resuena con esa misma amalgama de cualidades contradictorias que están presentes en el contorno artístico general de Schulz: la unificación de la pasión metafísica con el amor a los detalles, a las cosas concretas, absolutamente individuales.
El poeta alemán Gottfried Benn, nacido seis años antes que Schulz, solía utilizar la expresión «die Ausdrückswelt», «el mundo de la expresión». Este término no alude a ningún grupo determinado ni a ninguna tendencia artística; más bien, caracteriza la obra de aquellos escritores que, con mayor o menor grado de conciencia, sobrevivieron a los tumultuosos años de efervescencia neorromántica y emergieron deslumbrados definitivamente por las posibilidades lingüísticas y expresivas de la literatura. Los escritores marcados por el signo del Ausdrückswelt han quedado prendados del poderío estético del lenguaje y, al mismo tiempo, dependen de la capacidad del lenguaje para entonar la melodía de la vida interior. No esperemos que estos escritores participen en debates sobre la situación en que se encuentra la sociedad.
En la magistral estructura del tejido lingüístico-poético de los escritos de Schulz, aparecen incorporadas las advertencias relativas a la inevitable proximidad del otoño/aniquilación. La sobria Adela recuerda en ciertos aspectos al personaje de Teresa en Auto de fe, de Elias Canetti; la imaginación sufre el asedio de sus enemigos. Así también en sus cartas hay cierta tensión interna; la de un ánimo creador rodeado de enemigos, del tedio de las clases, de las tristes exigencias de la vida. Hay demonios malos y demonios buenos; el mundo está lleno de misterios; el vagabundo oculto en el jardín puede ser el dios pagano Pan. Pero Schulz no es ningún profeta. No pronostica la guerra, no augura su propia muerte. Su mensaje es sutil y se revela únicamente a los lectores confiados en el acto de la lectura. Es inaccesible a los críticos. Schulz era reservado; no proclamaba nada. Era aún más comedido que Kafka. Para él, el arte representaba el placer supremo, un acto de expresión, la amplificación de la mirada, del habla, el acto primordial de ligar cosas otrora muy distantes entre sí. Lo que afirmaba no tenía carácter político, ni siquiera filosófico. Lo que llamamos «filosofía» en Schulz es un pájaro que sólo puede vivir en una jaula, en las cautivadoras frases de su aterciopelada prosa.