Claire Keegan
Tormentas
Tormentas
Hombres y mujeres
Mi padre me lleva a lugares. Tiene caderas artificiales, de modo que me necesita para abrir portones. Para llegar a nuestra casa hay que manejar por un camino largo a través del bosque, abrir dos portones y, cuando se ha pasado, cerrarlos para que las ovejas no se escapen a la ruta. Soy hábil. Abro los portones, mi padre pasa sin problemas con el Volkswagen, cierro los portones detrás de él y vuelvo a saltar al asiento del acompañante. Para ahorrar nafta, enciende el auto en movimiento, tomando velocidad en la cuesta que hay antes del camino, y entonces vamos donde quiera que mi padre vaya ese día en particular.
Claire Keegan
Esa noche, la au pair [2] se sienta a pescar en el borde del muelle. A su lado, el queso que rescató durante la cena del bol de la ensalada, sus sandalias de cuero. Se saca la gomita de la cola de caballo y de un sacudón se suelta el cabello. Los olores de las sobras de la cena y de la espuma de baño flotan desde la casa hasta los árboles. Ella desliza un cubo de queso en el anzuelo y lanza con fuerza. Tiene buena muñeca. La línea traza un arco perfecto en el aire, cae y desaparece. Lentamente, la atrae hacia ella, donde el agua es más profunda. Haciendo así, antes sacó una linda perca.
Antártida
Cada vez que salía, la mujer felizmente casada se preguntaba cómo sería dormir con otro hombre. Ese fin de semana estaba decidida a descubrirlo. Era diciembre; sintió que se corría un telón sobre otro año. Quería hacer eso antes de ponerse demasiado vieja. Estaba segura de que se iba a desilusionar.