Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos de Mavis Gallant. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos de Mavis Gallant. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de septiembre de 2021

Mavis Gallant / El pez de Abril


Mavis Gallant 
El pez de Abril
Traducción de Sergio Lledó

Como nací el primer día de abril me pusieron Abril de nombre de pila. Aquí en Suiza se pronuncia Afril, con lo que suena más como algún tipo de medicamento que como un mes de la primavera. “Tomad una buena dosis de Afril”, puedo imaginar diciendo al doctor Ehrmann a cada uno de los niños. Hoy empieza mi abril número cincuenta y uno. Me he despertado temprano y me he bebido el té a sorbos, con mucho cuidado de no molestar a los perros que dormían a los pies de la cama, sobre su propia manta de la Cruz Roja. Sigo teniendo pesadillas, pero ha cambiado el tipo de horror. En el sueño del ahorcamiento ya no soy la víctima. Cuelgan a otro. Anoche, en un sueño desgarrador, se ahogaba uno de mis propios hijos adoptivos, allí mismo, tras la ventana, en el lago de Ginebra. Yo deambulaba corriendo por la hierba, entre los cisnes. Sentía el rocío bajo mis pies desnudos, el dobladillo de mi camisón de terciopelo estaba cubierto con él. Podía ver los juguetes de los niños claramente: el tanque en miniatura que Igor siempre había querido, y algo rojo, puede que un cubo y una pala. Se me soltó el pelo y me caía por la espalda. Era caoba como el color de las hojas, como solía ser antes. Creo que salvé a Igor, es un recuerdo difuso. Me sentía eficiente y segura de haberlo conseguido.

Mavis Gallant / En tránsito

 


Mavis Gallant
En tránsito

    Después de que saliera para Oslo el grupo de veinticinco turistas japoneses de Cook, solo quedaron cuatro personas en la sala de espera del aeropuerto de Helsinki: una joven pareja francesa llamada Perrigny, que no hacía mucho que se habían casado, y una pareja de ancianos que podían ser identificados como norteamericanos. Cuando estos estuvieron seguros de que los jóvenes que había dos bancos atrás no podían entenderles, continuaron con una querella permanente y fluctuante. El hombre tenía la costumbre de leer las señales en voz alta, aunque tal vez solo lo hiciera para volver loca a su mujer. Leyó los carteles que había sobre las tres puertas que llevaban a la pista de aterrizaje:
    —Oslo, Amsterdam, Copenhague. No veo Estocolmo.
    —Lo que me pregunto es qué he significado para ti durante todos estos años —dijo ella.

Mavis Gallant / Junto al mar

 




Mavis Gallant
Junto al mar

    Poco después del mediodía, justo antes de que la campana del almuerzo estuviera a punto de sonar en las pensiones y casas junto al acantilado, la calma chicha bajaba hasta la playa. En julio aquella playa en la costa del sur de España era una extensión de orilla abrasadora. A esa hora el sol daba justo sobre la cabeza. Al oeste, la calima hacía que Gibraltar se tambaleara. Los acantilados tras la playa recogían el calor del día y lo arrojaban de nuevo sobre la arena. Los niños, protegidos con aceite solar y sombreros porosos de paja, eran los únicos a los que parecía no importarle. Chapoteaban sobre el espumoso oleaje, excavaban la arena calcinada y hablaban un lenguaje particular. Sobre el tejado de bambú del chiringuito el bochorno se hacía patente. El bar, las mesas y los pegajosos turistas medio desnudos y llenos de sal, estaban cubiertos con una especie de rayas de cebra de luz y sombra. Ningún sitio era lo bastante fresco ni lo bastante umbrío. Los vasos de las mesas estaban hasta el borde de hielo. Nadie decía gran cosa.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Cuando éramos casi jóvenes / Cuento de Mavis Gallant



Mavis Gallant 
Cuando éramos casi jóvenes
Traducción de Sergio Lledó

En Madrid, hace nueve años, vivíamos de pensar en el dinero.
Nuestras amistades se nutrían con la charla del dinero que esperábamos tener y de lo que teníamos intención de hacer cuando llegara. Éramos cuatro: dos hombres y dos mujeres. Los hombres, Pablo y Carlos, eran primos. Pilar era también pariente de ellos. Yo ni era pariente ni española, y era amiga de ellos casi por error. Lo que teníamos en común era que todos estábamos a la espera de dinero.

Mavis Gallant / El carro del hielo calle abajo


Mavis Gallant
El carro del hielo calle abajo

    Ahora que son ajenos a los asuntos cosmopolitas y están de vuelta donde empezaron, la mujer de Peter Frazier comenta:
    —A todo el mundo le ha ido bien en lo de los negocios internacionales menos a nosotros.
    —Hay que ser poco honrado —le contesta él.
    —O listo. Una pena que no lo fuésemos.
    Es domingo por la mañana. Están sentados en la cocina tomándose el café tranquilamente, recordando el pasado. Pronuncian los nombres de la gente como si fueran mágicos. Peter está pensando en Agnes Brusen, pero hay cientos de nombres. Como broma particular entre los dos, Sheilah y él llevan las batas de seda que se compraron en Hong Kong. Cada uno ve al otro como a un pavo real, más bien majestuoso, pero los dos hacen como que las batas son ridículas y que se las ponen como parte de un juego.