R. Nadie habla de ello, es como si no existiera. Es un tabú más, pero las estadísticas demuestran que la violencia de género es la principal causa de muerte entre las mujeres de 16 a 45 años. El delito en familia, según me contaron los policías con los que hablé para documentarme, se comete cada vez más en los últimos diez años; eso debe significar algo.
P. Seguramente que el mundo se descompone alrededor del núcleo fundamental de las sociedades.
R. La familia es el último pilar social de Italia. No hay otro. Pero se hace un uso torcido y loco de la palabra familia. Cada vez que un político pronuncia esa palabra no sabemos a qué se refiere. La familia no existe, no se ve, está viviendo una crisis profundísima pero sigue siendo un mito inamovible. De las dos familias del libro, una se deshace y la otra se mantiene extremadamente tradicional en su destrucción. La familia es parte de nuestra debilidad histórica. Nunca hemos tenido instituciones sólidas aparte de ésa, salvo quizá los ayuntamientos aunque fueran administrados por la aristocracia y el pueblo no influyera. Familia de sangre, clientelismo, la familia como institución legal... Todo eso forma parte de un problema nacional de carácter, y es muy difícil cambiarlo.
P. Pero los políticos italianos siempre hablan de la familia.
R. Aquí se habla más de la familia y se hace menos por ella que en ningún sitio. Paradójicamente, nadie las ayuda. Mandar a los niños a las guarderías públicas es imposible. Sólo ese dato explica muchas cosas. ¿Qué quieres, que las mujeres no trabajen? ¿Así queremos mantener a las familias? La hipocresía tiene una razón política, el Estado sospecha que es mejor que las mujeres tengan trabajos secundarios. Las cifras dicen que una de cada dos deja el trabajo después de los 35 años.
P. Todo sea por la mamma...
R. Sin decirlo, es así. No se deja trabajar a las mujeres. Es una elección política muy precisa. Hace 20 años que se debería haber hecho algo pero nadie lo ha hecho.
P. La novela se lee también como una descripción del berlusconismo sociológico, si es que eso existe.
R. La ambienté en 2001, al principio del quinquenio del regreso de Berlusconi, con la neta percepción de que caería y luego volvería. Los cambios en el país eran ya evidentes entonces. Creo que la literatura debe contar ese viraje de Italia. Cuando vas a las provincias, sientes cómo ha cambiado el humor de la gente, cómo el país ya no es el mismo. Y no podemos ignorar eso. Él es la gran figura de estos años, el responsable de que haya cambiado la mentalidad de la gente. Ésta es su era.
P. El libro narra un mundo despreciable y que parece desmoronarse. Pero, al mismo tiempo, hay gente como usted, o como Roberto Saviano, con Gomorra, y tantos otros escritores que están denunciando esa situación.
R. El país se descompone, y eso hay que afrontarlo. La inmigración ha producido una enorme transformación, una revolución cultural de la que nadie ha querido hablar. No ha habido una política sensata de inmigración, todo se ha hecho sin principios ni proyecto, se ha impuesto la cultura de la emergencia para que alguien saque beneficio. Todo eso nos ha puesto a pensar. Lo que hizo el cine en los años cincuenta o sesenta, lo hace ahora la literatura. Aunque hay películas preciosas, amargas, documentales estupendos que cuentan la relación con los inmigrantes, poca gente los ve. Pero hay un fermento, sí, una necesidad de comprender y explicar lo que está pasando.
P. Y una pulsión de huir. Zero, el personaje joven de la novela, sólo piensa en emigrar a Barcelona.
R. Hay muchos jóvenes en Italia que no tienen nada que ver con Berlusconi. El último gran sobresalto fue el 68 y a partir de ahí empezó una guerra contra los jóvenes que no se reconoce pero que dura todavía. El país está estático, completamente parado, y para los jóvenes es dificilísimo encontrar un sitio. Una generación entera de amigos y conocidos se ha visto obligada a emigrar a España, Francia, Suiza, Canadá, Alemania. Ninguno ha logrado entrar en la universidad italiana. Hemos mandado fuera a gente de enorme talento, científicos, investigadores, literatos, han salido corriendo de un país depauperado. Hace 20 años que sucede eso y todo sigue igual, sin que ello dependa de quien gobierne. No hay perspectivas, y tenemos una enorme masa de precarios y explotados a quienes aterroriza la idea de quedarse para siempre en el mismo sitio. Es una situación de explotación y chantaje, terrible para el futuro del país.
P. No se le ve muy optimista...
R. Hay una relación demasiado estrecha de la política en la vida cotidiana. Desde hace 50 años o más en Italia no sucede nada si la política no lo permite. Es como un cáncer, un precio que el país no puede pagar más. Todos lo sabemos, pero no se puede cambiar el sistema. Incluso para trabajar como médico necesitas un carné político.
P. Volviendo a la novela, es notable el esfuerzo por reflejar los diferentes lenguajes de los personajes.
R. Eso es lo que más me gusta del libro. Todo ese trasfondo social y político debe ser finalmente literatura. Decidí no utilizar un narrador externo y asumir las voces de cada personaje, sus jergas, para tratar de mostrar la estratificación de la lengua. La madre de Emma habla como una romana de la periferia, Antonio habla feo aunque piensa profundamente, el joven tiene su jerga alternativa, la adolescente su idioma sms. Cada una tiene su música...
P. Supongo que haría mucho trabajo de campo.
R. En Vita, la investigación era de archivo y de escuchar a los testigos. Grabé cientos de conversaciones. Aquí pedí ayuda a gentes de oficios diversos, policías, escoltas, una política a la que seguí en campaña electoral... Se trataba de reflejar cómo suena la vida cotidiana. Estuve unos días en una tienda de tatuajes oyendo a los jóvenes que se hacían piercings, tratando de ser invisible; y con una enfermera del Policlínico hice un reportaje recogiendo las cosas que decían las mujeres agredidas por sus maridos, fingían haber caído por las escaleras...
P. Ahora está investigando en Venecia. ¿Es el próximo libro?
R. Cada libro es una aventura y llevo muchos años detrás de esa historia; surgió cuando escribía Ella, tan amada. Trata de otra familia italiana, la de Tintoretto, el pintor. Tuvo nueve hijos, cinco de ellos mujeres, y siempre me ha gustado moverme ahí, padres, hijos, hijas... Y siempre me interesó Tintoretto, es un tipo fascinante, otro olvidado en buena medida. Al final, han salido dos libros gemelos, ya están acabados. Una novela, ficción libre, que cuenta la historia de una típica familia veneciana en esa época fascinante, y un ensayo, una especie de historia de la familia, biografía de 40 personas y de su vida cotidiana, que trata de recuperar la memoria del papel de las mujeres. He aprendido a leer los documentos del siglo XVI en veneciano, ha sido muy gratificante.
P. El Véneto siempre ha sido considerado territorio extranjero...
R. Sí, siempre se dice que Italia era la República independiente de Venecia en el norte, el Papa en el centro y un sur italiano. Curiosamente, el carácter de la Italia actual es muy parecido al del Véneto antiguo, la estructura social, la democracia, las relaciones con la juventud. En el siglo XVI todo eso estaba allí. Era la época de la Contrarreforma y las familias eran muy largas, había separaciones de hecho, concubinas... Hay un gran contraste entre la verdad y la historia oficial.
P. Bueno, quizá se trate simplemente de respeto a las apariencias.
R. Sí, es extraño, somos el país más católico del mundo y cuando decimos una cosa hacemos la contraria. Yo me rebelo contra eso desde pequeña. No importa lo que un padre dice sino lo que hace. Nunca he seguido ningún canto. No me dejo mecer por esa música. Y todavía me parece raro que los demás lo hagan.
P. Ahora que va a Guadalajara representando a la literatura italiana, ¿cree que se puede hablar de una nueva narrativa? ¿Hay una generación de calidad?
R. Creo que en los últimos años, si no un renacimiento, al menos ha habido una renovación. Se ha recreado un pacto muy sólido con los lectores, desde el vacío, porque hemos pasado un periodo de un cine y una literatura muy elitistas, de autores muy buenos pero poco conocidos, que producían desconfianza en el público. Recuerdo que en 1996, cuando escribí mi primera novela, El beso de la medusa (Seix Barral y Planeta-De Agostini), casi nadie leía libros italianos, y pensé "¡Madonna, yo tampoco los leo!". Ahora eso ha cambiado, la nueva generación ha restablecido el hilo con los lectores, la fusión literatura-cine nos permite llegar a mucha gente, y la sociedad literaria está renaciendo. Es un momento bueno, de cambio. En los momentos más feos de Italia, la literatura siempre nos ha salvado, ha sabido contar las cosas que pasan. Es el único optimismo que nos queda. Hay jóvenes muy interesantes ahí fuera, espero que sepamos valorarlos bien.