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domingo, 27 de diciembre de 2020

Ivan Jablonka / Laëtitia o el fin de los hombres / Fragmento


Laëtitia Perrais


Ivan Jablonka

"Laëtitia o el fin de los hombres" Fragmento

Laëtitia Perrais fue secuestrada la noche del 18 al 19 de enero de 2011. Era una mesera de dieciocho años, domiciliada en Pornic, en el departamento francés de Loira Atlántico. Llevaba una vida corriente en la familia adoptiva donde había sido asignada con su hermana melliza. El asesino fue arrestado al cabo de dos días, pero varias semanas debieron transcurrir hasta que se encontró el cuerpo de la joven.


El caso despertó una inmensa conmoción en todo el país. El presidente de la República, Nicolas Sarkozy, al criticar el seguimiento judicial del asesino, cuestionó a los jueces, a quienes prometió "sanciones" en respuesta a sus "faltas". Sus declaraciones desataron un movimiento de huelga inédito en la historia de la magistratura. En agosto de 2011 -un caso dentro del caso- el padre adoptivo de las chicas fue imputado por agresiones sexuales a la hermana de Laëtitia. Hasta hoy, se ignora si la propia Laëtitia fue violada, sea por su padre adoptivo o por su asesino.

Este hecho policial es excepcional desde todo punto de vista: por la onda expansiva que suscitó, por su eco mediático y político, por la importancia de los recursos desplegados para dar con el cuerpo, por las doce semanas que duraron las búsquedas, por la intervención del presidente de la República, por la huelga de los magistrados. No es una mera causa penal, es un asunto de Estado.

¿Pero qué se sabe de Laëtitia, aparte de que fue víctima de un hecho policial destacado? Cientos de artículos y reportajes hablaron de ella, pero únicamente para mencionar la noche de la desaparición y los juicios. Si su nombre aparece en Wikipedia, es en la página del asesino, en la sección "Homicidio de Laëtitia Perrais". Eclipsada por la fama que le brindó a su pesar el hombre que la mató, la joven se convirtió en la culminación de una trayectoria criminal, un logro en el orden del mal.

Poder del asesino sobre "su" víctima: no solo le quita la vida, sino que digita el curso de esta, que en adelante estará orientada hacia el funesto encuentro, el engranaje sin retorno, el gesto letal, el ultraje al cuerpo. La muerte traza su vida.

No conozco relato de crimen que no valorice al asesino a expensas de la víctima. El asesino está allí para narrar, para expresar su arrepentimiento o para pavonearse. De su juicio, él es el punto focal, si no el protagonista. Quisiera, en cambio, liberar a las mujeres y a los hombres de su muerte, arrancarlos del crimen que les hace perder la vida, y hasta la humanidad. No honrarlos en tanto "víctimas", ya que eso también implica remitirlos a su fin; simplemente rehabilitarlos en su existencia, dar testimonio por ellos.

Mi libro solo tendrá una heroína: Laëtitia. El interés que despierta ella en nosotros, como su feliz retorno, la devuelve a sí misma, a su dignidad y a su libertad.

Mientras estaba viva, Laëtitia Perrais no atrajo el interés de ningún periodista, de ningún investigador, de ningún político. ¿Por qué dedicarle hoy un libro? Curioso destino el de esta transeúnte fugazmente famosa. A ojos de todos, nació en el instante en que murió.

Quisiera demostrar que un hecho policial puede ser analizado como un objeto de historia. Un hecho policial jamás es un mero hecho (…) Por el contrario, el caso Laëtitia oculta una profundidad humana y cierto estado de la sociedad: familias dislocadas, sufrimientos infantiles mudos, jóvenes que ingresan demasiado pronto en la vida activa, y también el país a comienzos del siglo XXI, la Francia de la pobreza, de las zonas periurbanas, de las desigualdades sociales. A partir de él, se descubren los engranajes de la instrucción, las transformaciones de la institución judicial, el rol de los medios, el funcionamiento del Poder Ejecutivo, su lógica acusatoria como su retórica compasiva. En una sociedad en movimiento, el hecho policial es un epicentro.

Pero Laëtitia no cuenta solo por su muerte. Su vida también nos importa porque la joven es un hecho social. Encarna  dos fenómenos más grandes que ella: la vulnerabilidad de los niños y la violencia de género. (…) Estos dramas nos recuerdan que vivimos en un mundo donde se insulta, se acosa, se golpea, se viola y se mata a las mujeres. Un mundo donde las mujeres no terminan de ser sujetos de pleno derecho. Un mundo donde las víctimas responden a la saña y a los golpes mediante un silencio resignado. Un fenómeno a puertas cerradas, tras el cual siempre mueren las mismas. No estaba programado que Laëtitia, esa muchacha radiante a la que todos querían, terminara como un animal de carnicería. Pero desde su infancia sufrió inestabilidades, zarandeos, descuidos, se acostumbró a vivir con miedo, y ese largo proceso de debilitación esclarece tanto su final trágico como a nuestra sociedad en su conjunto. Para destruir a alguien en tiempos de paz, no basta con matarlo. Primero hay que hacerlo nacer en una atmósfera de violencia y caos, privarlo de seguridad afectiva, quebrar su célula familiar, luego ponerlo a cargo de un asistente social perverso, no percatarse de ello, y por último, cuando todo está terminado, explotar su muerte para rédito político.

Es inútil aclarar que no conocí a Laëtitia sino a través de la gente que la quiso. (…) Entender la existencia de Laëtitia supone remontarse unos años atrás, a una época en la que nada la diferenciaba de los demás niños y, a su vez, trazar los detalles del secuestro y el asesinato que provocaron su desaparición. Una historia de vida atada a una pesquisa criminal. Una biografía que se prolonga después de la muerte.

Beba maltratada, chiquilla olvidada, niña dada en adopción, adolescente tímida, joven en vías de alcanzar la autonomía, Laëtitia Perrais no vivió para convertirse en una peripecia en la vida de su asesino ni en un discurso de la era Sarkozy. Sueño a Laëtitia como si estuviera ausente, retirada en un lugar que le agrada, al resguardo de las miradas. No fantaseo con la resurrección de los muertos; intento registrar, en la superficie del agua, los efímeros círculos que dejaron los seres al irse a pique.


sábado, 26 de diciembre de 2020

Ivan Jablonka / Laëtitia o el fin de los hombres / Reseña

Laëtitia o el fin de los hombres, de Ivan Jablonka


En enero de 2011, Laëtitia Perrais, una joven de dieciocho años, despareció frente a su hogar de acogida en Pornic, un pueblo de la región de Nantes. Su hermana gemela encontró su moto tirada en un arcén y alertó a las autoridades, que muy pronto sospecharon de Tony Meilhon, un expresidiario de aspecto patibulario con el que varios testigos afirmaban haber visto a la joven la misma noche de su desaparición. Su cadáver descuartizado fue encontrado en varias fosas y lagunas de la zona unas semanas más tarde, en la cresta de una oleada de solidaridad y sensacionalismo que, a partes iguales, recorrió toda la sociedad francesa. Desde las clases populares de la Francia más alejada de París, hasta el Elíseo francés, ocupado entonces por Nicolas Sarkozy, el país dedicó a la muerte de Laëtitia la atención que nunca prestó a su vida.

sábado, 26 de febrero de 2011

La historia que se repite

 

Laëtitia Perrais

La historia se repite



José María Mena
26 de febrero de 2011

En enero de 2011 llenó de escalofríos a los franceses la noticia de que en Pornic, cerca de Nantes, desapareció Laëtitia Perrais, de 18 años. Días después, en las aguas de un estanque, aparecieron sus extremidades y su cabeza. Ha sido arrestado como presunto autor del crimen Tony M., de 31 años, con 15 antecedentes penales, uno de ellos por la violación de otro detenido por los mismos hechos. Al parecer ha confesado la muerte, pero se niega a declarar sobre el paradero del resto del cuerpo. El presidente de la República, que es presidente del Consejo Superior de la Magistratura, no ha formulado institucionalmente ninguna propuesta de reforma del sistema penal, que permanecerá inalterado. Se ha pronunciado a título individual, de protagonismo mediático, cargando sobre los jueces la situación de libertad del presunto criminal. Los jueces franceses se han declarado en huelga.

No cabe hacer populismo a costa del dolor de las víctimas. Las leyes deben nacer solamente de la serenidad


Ya lo dijo don Carlos Marx en su 18 Brumario. La historia se repite, primero como drama, luego como farsa. Y así, este horrible crimen nos trae a la memoria otros similares acaecidos en España. En enero de 2009, conmovió a la opinión pública la violación y el asesinato en Sevilla de Marta del Castillo, de 18 años, cuyo cuerpo, posiblemente arrojado a las aguas del Guadalquivir, aún no ha aparecido. Un año antes, en enero de 2008, se había producido en Huelva el crimen de Mari Luz, de cinco años, cuyo cuerpo apareció mes y medio después en una charca. El criminal, con antecedentes penales, estaba en libertad a causa de posibles disfunciones judiciales que determinaron una sanción disciplinaria leve al juez. Los jueces españoles se declararon en huelga.

En marzo de 2007, en Barcelona, un condenado por múltiples violaciones estaba a punto de cumplir su larga condena, y salir en libertad con un pronóstico explícito y alarmante de reincidencia que llenó de estupor a la opinión pública. Razonablemente se desencadenó el debate jurídico y mediático. Por entonces, en Francia, acontecimientos similares dieron lugar a que el presidente de la República se pronunciara a favor de aumentar la severidad represiva mediante la propuesta, también a título individual, de protagonismo mediático, de lo que denominó la "castración química". Esta propuesta resultó jurídicamente inviable. Tras el incidente, el sistema penal permaneció inalterado.

La reacción institucional catalana, en los acontecimientos de 2007, fue mejor. Nadie criticó a los jueces por la obligatoria excarcelación. Nadie trató de obtener ventaja política personal. Se procuró canalizar una solución serena, y para el futuro, formulando una propuesta de reforma legislativa. Y tres años después, en junio de 2010, esta propuesta fue acogida en la reforma del Código Penal, fragmentaria, y sin el incremento de recursos imprescindibles para su aplicación efectiva. Otra vez, el complejo sistema penal, que es mucho más que los jueces, permanece, entre nosotros también, inalterado.

Esta es la segunda fase de la repetición de la historia. Los dramas se repiten, con la insoportable carga de sufrimientos para las víctimas y sus allegados. Pero la sensación de que les acompaña la farsa no puede ser evitada. Tomando la palabra farsa en su significado académico menos hiriente, como "enredo para aparentar", es razonable que muchos ciudadanos puedan entender que las instituciones, aquí o en el país vecino, escenifican un enredo para aparentar que se aborda la solución de un problema angustioso, y que este permanece inalterado.

Tiene carácter de enredo el gesto de aparentar que se dispone de soluciones que impliquen "riesgo cero". Porque esto es imposible. Tiene carácter de enredo derivar la responsabilidad del fracaso, o la ineficacia, del complejo sistema penal, a los jueces, porque ellos no son los causantes de los crímenes. Tiene carácter de enredo el afán de hacer populismo a costa del dolor de las víctimas y del inevitable afán vindicativo de sus allegados, porque las leyes tienen que nacer solamente de la serenidad. Por todo ello, la repetición del drama de las víctimas, en la escena del sistema penal, difícilmente puede escapar al viejo augurio de don Carlos.

José María Mena es exfiscal superior de Cataluña.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0026, 26 de febrero de 2011