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| Emma Reyes |
Crecer sin palabras
Explotada de niña, Emma Reyes reconstruye cómo fue su salida de ese pudridero
Marta Sanz
11 de mayo de 2015
Emma Reyes fue una pintora colombiana que residió en Italia y Francia. Tuvo amigos celebérrimos como Moravia, Sartre o Pasolini, y protegió como una madre a artistas del otro lado del océano que recalaron en Europa. Hasta ahí todo parece normal. Lo sorprendente es que una mujer analfabeta hasta la juventud, criada en un cuartucho, malnutrida, golpeada con una bota, abandonada como un animal, explotada laboralmente en un convento durante quince años, pudiese escapar del pudridero de la infancia y convertirse en la mujer que fue. Diego Garzón, en el epílogo, resuelve los interrogantes de la vida de Emma que surgen al hilo de la lectura de estas cartas, en las que la artista reconstruye sus orígenes para Germán Arciniegas. Más allá de la crónica negra o amarilla, lo que impresiona de Memoria por correspondencia es su resolución literaria: la escritura de una mujer que bordaba para las monjas y a la que quizá las habilidades del bordado —dibujar sobre el lienzo, traspasarlo con la aguja, combinar colores, conseguir que lo invisible del reverso sea tan pulcro y potente como lo visible— le sirvieran para narrar una niñez en las antípodas del paraíso perdido, Nunca Jamás o las infancias imperiales de un primer mundo donde la insalubridad en la educación adquiere acepciones distintas a las de la infancia de Reyes. Ella fue una niña vieja, que miraba alrededor con consumidas chispitas de alborozo, desde la puerilidad de quien aún no conoce el significado del lenguaje: no saber del mundo ni de sus nombres, después de quince años de clausura, se traduce en una forma de lengua insuficiente, caracterizada por su fibra poética, que recrea una peculiar experiencia de conocimiento. Como en los Recuerdos recobrados, de Kiki de Montparnasse, otra mujer que partió de una niñez traumática. El estilo no es espontáneo, sino que destila lucidez en el forzamiento que supone “empingorotarse” en la actitud de la escritura logrando recrear la atmósfera de misterio de quien vive sensaciones cuyos nombres ignora: el efecto encantadorde lo intuido recubre lo sórdido sin suavizarlo. Es más, lo subraya: el tremendismo que se naturaliza por costumbre —abandono de bebés, desgajamientos, cuchilladas, cachorrillos envenenados— se convierte en herida en la conciencia del lector. En la mezcla de géneros autobiográficos, la simplicidad de la voz infantil es un complejo mecanismo que funde las edades —infancia, juventud, madurez— incluyendo la figura del receptor de las cartas y la mirada de la hermana mayor que, poco a poco, se evapora.