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domingo, 17 de julio de 2022

Alberto Salcedo Ramos / Elogió del arroz





Alberto Salcedo Ramos
ELOGIO DEL ARROZ

El Tiempo
16 de julio de 2016

 Antes de descubrir el arroz en el caldero de mi abuela, lo encontré mencionado en una ronda infantil:

Arroz con leche me quiero casar con una señorita de la capital

Al principio cantaba la canción pensando en la señorita de la capital, pero después descubrí que a mí no me interesaba la parte del matrimonio, sino la del arroz.

sábado, 13 de octubre de 2018

Alberto Salcedo Ramos / Cultura popular, crónica colombiana y periodismo norteamericano




Alberto Salcedo Ramos, periodista colombiano, en el campus de la Universidad de Oklahoma.

Alberto Salcedo Ramos
BIOGRAFÍA
Cultura popular, crónica colombiana y periodismo norteamericano
Una conversación con Luvia Estrella Morales Rodríguez

Mayo 2018
Alberto Salcedo Ramos es inteligente, es observador y está anclado en la literatura como lo demuestra esta entrevista que tiene lugar en Kaufman Hall, edifico designado para la enseñanza de lenguas modernas, literatura y lingüística en la Universidad de Oklahoma. La conversación nace de manera espontánea durante los umbrales de la conferencia de Tierra Tinta en la cual Salcedo Ramos funge como keynote speaker.  Las preguntas se centran en el libro El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé (2005) que le valió al cronista el premio Le Prix du Livre du Réel(2017), en Francia, por Les Éditions MarchialyCabe mencionar que el libro en cuestión sirvió de inspiración y base para la producción de la serie televisada Kid Pambelé (2017) del Canal RCN Colombia. Durante la entrevista, el cronista manifiesta su agudo conocimiento de la cultura popular, cuenta sobre su metodología para escribir crónicas y da la oportunidad de conocerlo como literato. 

domingo, 7 de octubre de 2018

Alberto Salcedo Ramos / Macondo en el alma



Alberto Salcedo Ramos

Macondo en el Alma


Casa del Hielo, esquina del barrio Boston, Aracataca. Empiezo la historia del Macondo real en el mismo punto donde empieza la del Macondo de ficción. A este lugar acuden de cuando en cuando viajeros procedentes de todo el mundo, admiradores de Gabriel García Márquez que pretenden encontrar aquí, en el pueblo donde él nació, elementos tangibles de su universo literario.

jueves, 21 de junio de 2018

Alberto Salcedo Ramos / “Lo que he querido ser toda la vida es un ‘disc jockey’”

El periodista y escritor colombiano Alberto Salcedo Ramos.
Alberto Salcedo Ramos

Alberto Salcedo Ramos


“Lo que he querido ser toda la vida es un ‘disc jockey’”

El escritor colombiano Alberto Salcedo Ramos contesta a las preguntas de El País.


DORA LUZ ROMERO
Madrid 26 AGO 2015 - 10:18 COT

Alberto Salcedo Ramos (Barranquilla, 1963) es uno de los cronistas más reconocidos en América Latina. Su gran pasión por la lectura, confiesa, cambió su vida. “Suelo decir que en los libros oigo voces que me ayudan a oír mejor mi propia voz”, afirma. Ha ganado los premios periodísticos Rey de España y Ortega y Gasset. Publica en revistas como Gatopardo, SoHo, El Malpensante, Etiqueta Negra y también es profesor de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano creada por Gabriel García Márquez.

Alberto Salcedo Ramos / La crónica es el rostro humano de la noticia

Alberto Salcedo Ramos: fotografía de Julieta Solincee



BIOGRAFÍA

 “La crónica 
es el rostro humano de la noticia”

Por Froilán Escobar

Alberto Salcedo Ramos es uno de los cronistas latinoamericanos con capacidad de contagio. Nació en Barranquilla, Colombia, en 1963. Y ya se ha ganado un lugar entre los más reconocidos. El secreto, según nos dice, está en “saber mirar”, en la investigación previa y en la búsqueda de nuevos ángulos. En sus trabajos no hay palabras mágicas, pero él puede hacer que la gastada realidad nos asombre. Puede hacer, incluso, que descubramos, debajo de los repetidos sucesos que llenan a diario las páginas de los periódicos, aquellos que parece que no suceden porque, como no es conveniente para algunos que se conozcan, permanecen tapados, no se publican, hasta que alguien como él los pone al descubierto. Alberto Salcedo Ramos es uno de los culpables  de que haya cada vez más gente mirando el mundo de otra manera. O de que miremos a la gente de todos los días con otros ojos. Ese es sin duda un indicador de que estamos contagiados. Y él es, repito, uno de los culpables. Y lo peor: no se retracta. Sigue cometiendo crónicas que nos invitan a leer, que nos ponen, en plato grande, la realidad sobre la mesa. Su último libro, La eterna parranda, que acaba de publicar la editorial Aguilar, es buena muestra de esa forma suya de aderezar colombianamente sus historias.

miércoles, 20 de junio de 2018

Alberto Salcedo Ramos / Perder jugando a la colombiana

Alberto Salcedo Ramos

Perder jugando a la colombiana

19 de junio de 2018

BOGOTÁ — Al que madruga Dios le ayuda, dice el dicho. Pero la gran verdad es que, entre quienes madrugan, algunos se encuentran el botín y otros lo pierden. Hoy el partido Colombia-Japón se sentenció tempranísimo: a los tres minutos. Para entonces ya Colombia tenía un gol en contra y un hombre menos, dos calamidades que resultarían aplastantes.

Alberto Salcedo Ramos / "En la cancha se ve la condición humana"


Alberto Salcedo Ramos

Alberto Salcedo Ramos 

"En la cancha 

se ve la condición humana"

El cronista colombiano, uno de los mejores periodistas de Latinoamérica, le dijo a Ovación que escribir sobre deportes es buena excusa para contar otras tantas cosas



Miércoles 09 de Agosto de 2017
Alberto Salcedo Ramos no habla. El periodista y cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos cuenta. Toda frase o respuesta la transforma en relato. Imágenes, climas y evocaciones con palabras "bonitas", como acostumbra decir, verdaderos cuentos donde no faltan las palabrotas ni las risas ni el canto.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Los días del asombro / A manera de prólogo

 

LOS DÍAS DEL ASOMBRO
A MANERA DE PRÓLOGO

Nueve escritores colombianos recorren no sólo la geografía y la historia sino el viento y el alma de nueve ciudades colombianas. Han esculcado libros, han hablado con la gente, pero sobre todo han navegado en su propia sangre, en su propia memoria. Se trata de textos personales, de retratos amorosos e íntimos, firmes y definitivos, que conjugan espacio, tiempo y vida.
Los nueve escritores reunidos en este libro decidieron su vida en el país: toda una declaración de principios. Han ido y han vuelto, pero su casa es Colombia definitivamente. Aquí se quedan. Otra sería la mirada si sus días y sus noches sucedieran en otro país y en otra lengua.
La época nos hace, somos el fruto de la estadía que para bien o para mal nos correspondió en esta tierra de nadie. La geografía nos marca. El mar se respira y se adentra en los pulmones, las montañas permanecen dibujadas bajo la piel, el llano se expande como el mismo pecho. Ríos y venas se confunden, se conjugan, somos mirada y en cierta forma también somos paisaje. Somos el país. Porque un país, por encima de todo, es su propia gente.


Darío Jaramillo Agudelo, Alberto Salcedo Ramos, Triunfo Arciniegas, Pilar Lozano, Yolanda Reyes, Roberto Burgos Cantor, Jaime Echeverri, Juan Fernando Merino y Luis Fernando Macías han gozado y padecido la historia y presentan el testimonio de una época, de un país que sueña, que busca su acomodo. En su memoria, los salvajes días de la Conquista y la rapiña, la servidumbre de la Colonia, la sangre derramada en las guerras de la Independencia y en otras guerras descabelladas, y en su presente, tantos asuntos por resolver. Casi la mitad de los escritores se mantienen en los territorios de sus propios textos, y los demás a menudo regresan a sus calles y sus  aromas a saciar las ansias de la piel.
Después de leer la última página, podríamos cerrar los ojos y recorrer sin tropiezos los territorios dibujados, masticar las palabras que describen los días del asombro, oler las aromas de los distintos rincones de esta prodigiosa geografía y acariciar las texturas con la dulce certeza de tener al país al alcance de la mano.
Lento y mágico ha sido el proceso de esta Poética de las ciudades. Bello como un milagro, secreto como una raíz que busca la tierra más fértil. Y ahora que este libro se vuelve ajeno, ahora que sus hojas brotan iluminadas por las tinta, ojalá sea de todos y sean numerosos sus frutos.


Bogotá, 2015


martes, 8 de septiembre de 2015

Alberto Salcedo Ramos / Nereo López, ese señor eterno





La Guajira, 1960
Foto de Nereo López

Alberto Salcedo Ramos

Nereo, ese señor eterno

Murió en Nueva York el maestro de la fotografía Nereo López. Aquí, un texto sobre él escrito por Alberto Salcedo Ramos, que será publicado en su nuevo libro ‘Botellas de náufrago’.
 'Nereo, ese señor eterno' es uno de los textos incluídos en 'Botellas de náufrago' (ed. Luna libros), el nuevo libro de Alberto Salcedo Ramos que se lanzará el 14 de septiembre. Foto: facebook.com/albertosalcedoramos

Un día le dije al fotógrafo Nereo López que había soñado que él cumplía cien años, y sus amigos le hacían tremenda fiesta. 

– No joda, tú estás loco –exclamó en su jerga Caribe–. A mí, cuando mucho, me quedan cinco años. Y en seguida soltó una risotada.


miércoles, 10 de junio de 2015

Triunfo Arciniegas / Una lectura de "La eterna parranda", de Alberto Salcedo Ramos



Una lectura de La eterna parranda,
de Alberto Salcedo Ramos
BIOGRAFÍA
Por Triunfo Arciniegas


¿Qué hace que este libro me mantenga tan entretenido, tan agarrado? Compré La eterna parranda en el aeropuerto de Caracas a principios de mes, de paso a Rio de Janeiro, donde solo pensaba leer en la lengua de Rubem Fonseca, y a Fonseca justamente.  Vi el libro en la única librería del aeropuerto, una tienda chiquita, y me acerqué a preguntar por su precio en bolívares. Hice la conversión a pesos y me decidí. Pero entonces, en la registradora, su precio aumentó. Según la costumbre y la lógica, el  precio va a favor del comprador,  pero en esta patria socialista no fue así. La niña esperó con cierta pena a que me decidiera y acepté el sobreprecio, un gesto que ella agradeció porque otro cliente ya estaría peleando.
Me hurgue leer, ando contento y no quiero pelear con nadie. Conozco a Alberto Salcedo Ramos  desde un título que me impresionó, un libro que despaché de un tirón, De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho. No, hombre desde mucho antes. Tengo en casa, leído y subrayado, Diez juglares en su patio. Leí su libro sobre Pambelé, por supuesto.  He fotografiado a Pambelé porque, como el mismo Alberto Salcedo  dice, Pambelé está en todas partes, y así quién no: en la avenida diecinueve de Bogotá, en el mercado de las pulgas y hasta en Corferias, el recinto de las ferias en Bogotá.
Así que me fui feliz con Salcedo Ramos, porque lo conozco, porque no tiene pierde, y con más de tres horas libres para el vuelo a Rio. Empecé La eterna parranda de atrás hacia adelante, con tres crónicas muy personales que curiosamente ya conocía, una especie de coda, de “bonustrack”: una muy cómica sobre una niña caprichosa que el cronista conoció en la infancia, otra conmovedora hasta los huesos sobre la madre, que en cierta forma es la madre que todos hemos tenido, y otra feroz y cínica y muy dolorosa sobre el famoso paseo millonario, el secuestro con robo instantáneo de la cuenta en el cajero electrónico que sufren algunos colombianos que toman el taxi equivocado en Bogotá.
Con estos textos, tan diversos e intensos, resueltos con un lenguaje en apariencia simple pero en el  fondo muy eficaz, con las palabras de todos los días, con frases precisas y párrafos tallados y enlazados con paciencia de relojero, cualquier lector se engancha.
Así que me fui al principio del libro pero hice trampa. Quise decir que iba para el principio pero me saltaron a la cara las 64 páginas dedicas a la vida y obra de un personaje detestable, el cantante colombiano Diomedes Diaz. Había leído la crónica en Soho, en el 2010, y el asombro por la técnica, por la mirada desde la sombra de Alberto Salcedo y por la armazón del texto, prevaleció intacto y tal vez más sólido e invencible. El cronista no habló una sola vez con Diomedes, que siempre le negó la entrevista, pero aun así hizo un retrato poderoso del héroe criollo y asesino reconocido, un retrato profundo, conmovedor y despiadado,  de la misma manera que Gay Talese despachó a Frank Sinata cuando estaba resfriado.
Ambos textos merecen la cátedra y el minucioso estudio de los aprendices porque ambos textos son hondos pozos de secretos, ambos textos merecen una y otra lectura. En dos o tres años, cuando haya olvidado detalles, volveré a estas 64 páginas, como vuelvo siempre a Talese.
Ya íbamos para el avión. En la aduana me dejaron pasar sin rechistar con “mi eterna parranda”. Entonces de verdad entré a la parranda bonita, la cosa festiva y feliz, la vida larga y jocosa de un gran hombre, Emiliano Zapata Baquero, responsable de “La gota fría”, la indiscutible pieza maestra de Alberto Salcedo Ramos, “El testamento del viejo Mile”. Que el lector mismo vaya por las flores. Todo es ganancia en estas líneas, que, como Kokorico, no tienen presa mala.
Por fin, en pleno vuelo y a unos novecientos kilómetros por hora, con la luz de mi asiento encendida, llegué a la primera crónica, la historia de Rocky Valdés, un boxeador que vive feliz en Cartagena de Indias,  feliz y lleno de plata porque no fue bruto como Pambelé y supo aprovechar los buenos tiempos, un hombre feliz y sobre todo un caballero. Porque estamos en la sección del libro, si excluimos a Diomedes, dedicada a grandes hombres. Ante el palabrero Juan Sierra y el enfermero de los secuestrados William Pérez Medina, me quito el sombrero. Mis respetos, mi agradecimiento.
El árbitro que expulsó a Pelé es otro cuento. Ya juzgará el lector al Chato Guillermo Velázquez, que recorrió las canchas repartiendo los coñazos que ahora niega, y que se atrevió a sacar del juego al mismísimo rey Pelé el miércoles 17 de julio de 1968, en una cancha colombiana precisamente, y que fue agredido por todo el equipo Santos de Brasil, el Santos nada más y nada menos, el más grande del mundo en su tiempo, agredido por todos menos por el médico, un periodista y Pelé, y que de inmediato fueron demandados por el Chato, desde luego, y que después ofrecieron sus disculpas por escrito y tuvieron que pagar dieciocho mil pesos para largarse a las tierras del Brasil que ya casi tengo a la mano.
Y de esta parte, con su mirada sabia, limpia y a menudo con el necesario humor, Alberto Salcedo nos lleva de la mano a la galería de los fracasados, de los bufones, de los que no fueron nada y se quedaron sin la tajada de gloria en esta tierra de nadie. 182 – 228: 46 páginas.
Nos encontramos con boxeador viejo y fracasado que se arriesga a una noche de trompadas por un dinero que necesita para sobrevivir con su fábrica de traperos; un equipo de fútbol de travestis entretiene con su lengua y con las demás partes de su anatomía a un público que no los soporta en otros ambientes; “un sobrado de tigre", es decir, un vomito de animal, que pasea sus desgracias por las arenas sin gloria de las ciudades de provincia. En esta galeria de "bufones y perdedores", un antiguo boxeador que no necesitó corona para ser campeón de boxeo, Caraballo, se prueba  el traje que alguna vez fue de esplendor y escándalos, que alguna vez fue magnífico y ahora es un trapo ya casi deshilachado, una cosa para esconder en el armario. “Chivolito”, bufón de velorios, nos trae de la amargura a la risa en una crónica regia. Luego, un futbolista sin gloria y sin dinero trapea un piso con su orgullo y unos enanos hacen del toreo un circo. La galería se cierra con la vida triste y algo patética de un circo en tierras ajenas.
Y viene entonces la parte dura, densa, peliaguda del País del Sagrado Corazón de Jesús, vienen asuntos que no faltan en las páginas ya leídas, por supuesto: “Colombia: entre el esplendor y la miseria”. Una parte que en realidad terminaré un mes después en el autobús que me trae de São Paulo a Rio de Janeiro. Ya no puedo jugar a la rayuela (o golosa, como llama a este juego Alberto Salcedo y que era el mismo nombre que le dábamos en mi infancia) sino que me leo una tras otra a las diez crónicas: la tragedia del hombre que pierde sus dedos ("Los dedos que no pudieron ser mariposas"), los hermanos que se enfrentan en bandos de guerra contrarios y el duro asunto de la reinserción ("Enemigos de sangre"), la tensa vida del Batallón de Alta Montaña en el Páramo de Sumapaz ("Águilas de medianoche"), la masacre a ritmo de gaitas del soldado o los asesinos "que nos enseñan a punta de plomo el país que no conocemos ni en los libros de texto ni en los catálogos de turismo" ("El pueblo que sobrevivió a una masacre amenizada con gaitas"), los hombres que se dedican a recoger la cotidiana cosecha de muertos por toda la ciudad ("Cita a ciegas con la muerte"), la tarea de Leida Moreno y otros con los reinsertados y el asunto de las heridas propias y ajenas en el miserable departamento de Chocó ("El llamado de la chirimía". Para ver con un poco más de detalle esta crónica y escudriñar los secretos del oficio de Salcedo Ramos, descubrimos su esqueleto o armazón: cuatro partes, cada uno con su asunto preciso. En la primera, que llamé "El sol de John Jailer", describe una clase de Aleida Moreno con los reisertados y se concreta en ese sol que dibuja John Jailer y que es como un metáfora, como una  promesa o como la ilusión de que las cosas pueden ser mejores. En la segunda parte, Aleida visita a lomo de moto a los reisertados y nos cuenta de las miserias y las razones de la pobre gente. En la tercera parte, "Conversando con los reinsertados", uno de ellos dice: "A uno le queda una cruz pintada en la frente". Y para mencionar la cuarta parte, "El llamado de la chirimía",  me permito una cita de su última página:
   "Cuando el clarinete aúlla y el tambor brama, comienza la función. Las muchachas sacuden las caderas con el frenesí del oleaje marino, y los muchachos se van detrás, arrastrados por la corriente, ávidos de ser engullidos por las entrañas del maremoto. En el Chocó las mujeres son la semilla y la zafra, el nacimiento y la desembocadura. Cuando en la danza los machos se dejan remolcar por las ancas de sus hembras, no están simplemente mendigando, por el amor de Dios, una generosa cópula. También están escudriñando la raíz primigenia. Meterse en la falda de la mujer es regresar, por fin, a su vientre, es volver a la única tierra segura que, a la hora de la verdad, conocen. Todo lo demás es incierto y a menudo terrible." (pag. 39)
   Quedan cuatro crónicas. Dos tienen un aire menos denso pero navegan en la misma miseria y suceden en dos sitios apartados de la geografía colombiana, dos sitios tan semejantes en el color, la soledad y la pobreza: el fútbol como ilusión en Tumaco ("Viaje a la despensa del fútbol colombiano") y el tambor "como raíz y alfabeto, tierra y voz, armadura contra el látigo" ("Un domingo en San Basilio de Palenque"). Una crónica sobre los oficios fúnebres caninos del veterinario Henry Cortés cierra esta parte ("Perra vida, perra muerte"). Pero antes el ojo lagrimea con "Un país de mutilados": 39 páginas que significaron con sobradas razones para Alberto Salcedo Ramos, en el año 2009,  el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar y el Premio a la Excelencia de la Sociedad Interamericana de Prensa. La crónica describe en cuatro partes la dolorosa vida de la gente inocente mutilada por las minas antipersonales o quiebrapatas sembradas en los caminos por una guerrilla despiadada. Esta crónica, "Retrato de un perdedor", "El testamento del viejo Mile" y "La víctima del paseo" son, para mí, las obras maestras del libro, que no trae presa mala, que mantiene una calidad excepcional y que merece los deslumbrantes elogios de la contraportada. Jon Lee Anderson considera a Salcedo Ramos un cronista de cronistas: "Conoce su país desde las entrañas, y nos lo cuenta con una pasión manifiesta por el arte de narrar". Ignacio Ruiz Quintana lo ubica a la altura de Gay Talese: "Gracias a él, en nuestro periodismo se vuelve a rezar ese padrenuestro de la expectación que sólo se oye en los cazadores de liebres". Y Juan Gossaín, por su parte dice: "La obra de Salcedo Ramos es totalizadora y completa, minuciosa, no deja cabo suelto ni ovillo sin desenredar, y cumple con el único deber verdadero al que se obliga un escritor: contar el cuento bien contado".
    No le sobra nada al libro de Salcedo Ramos pero uno lamenta que no haya poetas ni novelistas ni pintores ni filósofos. Que no haya más mujeres. Octavio Paz hizo un retrato hondo y preciso del mexicano hace más de cincuenta años en El laberinto de la soledad. Alberto Salcedo Ramos ha hecho, con La eterna parranda, el laberinto de la soledad de los colombianos en estos tiempos de zozobra. Así vivimos, así nos han moldeado el tiempo y la geografía. "... ningún hombre viene con la vida escrita. Lo único seguro es la muerte, y cuando esta llega no hay excusa ni escondite que valgan".  (p. 374) 
   Amanece en São Paulo y cambio de avión para seguir a Rio de Janeiro, a cuyo aeropuerto  no llegan a esperarme a tiempo, donde filman una telenovela, donde tres días después protestarán unas mujeres con los senos al aire, y entonces me siento a esperar, por supuesto, con Alberto Salcedo Ramos, por supuesto, y sé que el hombre seguirá conmigo por las calles calientes del carnaval de Rio, donde brindaremos  locos y felices, porque la vida sigue, hermano.

Triunfo Arciniegas
São Paulo / Rio de de Janeiro, febrero / marzo de 2013


Alberto Salcedo Ramos
La eterna parranda
Crónicas 1997-2011
Caracas, Aguilar, 2011


Alberto Salcedo Ramos / Elogio de los ancianos

Las penas que una tras otra son la vida
Medellín, 2015
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Alberto Salcedo Ramos
BIOGRAFÍA
Elogio de los ancianos
3 de mayo de 2015

Siempre me han gustado los ancianos. Amo los surcos de sus rostros, sus ojos acuosos. Cuando caminan en la distancia los sigo con la mirada hasta cuando se me pierden de vista. Sobre todo, me encanta oírlos.
Amo ser contertulio de un viejo que cuenta historias en un taburete mientras se abanica el pecho con su sombrero. Durante mi adolescencia los compañeros del colegio me llamaban “viejito precoz”.
Me llamaban así porque prefería fisgonear las conversaciones de los mayores que jugar fútbol con ellos.
Oír hablar a un viejo es como leer con los oídos. Por eso el poeta senegalés Leopold Sedar Senghor decía que cuando un anciano muere es como si se quemara una biblioteca.
Ninguna imagen me conmueve tanto como la de una pareja de ancianos que caminan tomados de la mano.
Acaso esta fascinación se deba a que fui criado por abuelos. Además alcancé a conocer a mis dos bisabuelas, ambas casi centenarias. La una -mamá Josefita- se sabía de memoria varios cuentos de “Las mil y una noches”, y la otra -mamá Rita- era de poquísimas palabras pero tenía un rostro plácido que daba gusto contemplar. Yo no entendía por qué, cuando estaba dormida, seguía sonriendo. En todo caso me encantaba asomarme a su habitación para espiarle el sueño.
En la infancia me asustaba mucho cuando sentía el estruendo de las tormentas del Caribe en el techo, o cuando un ventarrón embestía las ventanas. Entonces bastaba con que apareciera alguno de los viejos de mi familia para sentir que el mundo amenazante volvía a ser confiable.
Cuando hay un viejito que no encuentra con quién hablar siempre soy yo el que le arroja el salvavidas. Una vez, en la Guajira, me topé con uno de ochenta y siete años que aún presumía de su virilidad. Puse cara de que le creía, y entonces me soltó esta ocurrencia divertida.
-- Yo no sé por qué le dan tanta fama al tal Viagra ese, mijo. Anoche probé una pastilla de esas ¡y eché los mismos tres de siempre!
En otra ocasión un anciano ebrio me abordó en el Paseo Bolívar de Barranquilla y me espetó una sentencia memorable:
-- La mujer siempre tiene por dónde; el hombre no siempre tiene con qué.
Mi abuelo, el viejo Albe, tenía un montón de dichos campesinos muy sabios. Decía, por ejemplo, que donde ruge tigre no hay burros con reumatismo. A mí me encantaba retarlo llamándole viejo como quien lanza una acusación.
-- Viejo es el sol y todavía alumbra – se defendía.
Recordé la frase de mi abuelo esta semana, cuando vi en la prensa dos noticias que me alegraron el alma: la primera es que Rosa Elisa Salgado, una señora octogenaria nacida en Tunja, concluyó la carrera de “educación artística” y se va a graduar junto a dos de sus nietos.
La segunda es que Marcelino Cantillo y Rosa Lilia Sepúlveda se enamoraron dentro del ancianato donde viven, y acaban de casarse.
Los ancianos existen pese al desprecio de los gobernantes. Los ancianos estudian pese al olvido de sus herederos. Los ancianos aman pese a la incredulidad de los jóvenes.
De manera que volveré a llamar por teléfono al fotógrafo Nereo López, para oírle decir por enésima vez por qué decidió irse a vivir a Nueva York después de los ochenta años:
-- ¡Para abrirme nuevos horizontes!
Quizá algún día me anime a jugar fútbol con ustedes, muchachos. Pero por ahora seguiré oyendo hablar a los ancianos, es decir, frecuentando esas grandes bibliotecas antes de que la muerte me las arrebate.





Alberto Salcedo Ramos / La alegría del error


Alberto Salcedo Ramos
BIOGRAFÍA
LA ALEGRÍA DEL ERROR

Etiqueta Negra
21 de abril de 2013
Errar es humano, dijo un pato mientras se bajaba de una gallina. Yo crecí oyendo ese chiste en casa, y les voy a decir por qué. Para mi familia yo era el niño más torpe y distraído del mundo. Tropezaba con los peñascos, compraba lo que no me habían encargado, dañaba el juguete de Nochebuena antes del amanecer. Siempre era yo el que nombraba lo innombrable, el que hacía la pregunta indiscreta, el que confundía al vecino vivo con su hermano muerto, el que pulsaba el timbre en la casa deshabitada, el que rompía el jarrón predilecto de la abuelita, el que llevaba la libreta de Geografía a la clase de Matemáticas. El que pisaba el orín del perro.
Todos podemos contar más o menos la misma historia. Hoy todos vemos esas pifias de la infancia como anécdotas. Sin embargo, en su momento algunas de ellas me pusieron en aprietos. Me avergonzaron, me angustiaron, me hicieron sentir limitado frente a lo que estaba más allá de mis narices. Los niños no conducen ebrios por las autopistas ni le adeudan dinero al fisco, pero cometen errores que también tienen un costo. Cuando tenía nueve años le pegaba coscorrones a Huesito, el niño más enclenque del salón de clases, y cuando tenía doce le robé una gallina a una anciana del barrio. Lo primero me valió una paliza del hermano mayor de Huesito. Lo segundo, una zurra de un tío.
En la infancia uno empieza a forjar el método con el cual sortea los errores inocentes o culposos que comete. Desde niño ya sabía, por ejemplo, que siempre me iba a dar pavor hablar en público y, sin embargo, tenía claro que me tocaría hacerlo una y otra vez aunque me muriera del susto. De ese modo me adiestré oportunamente en el manejo del ridículo, un monstruo del que nadie se encuentra a salvo.
Siempre que acepto hablar en público me invade la sensación de haber cometido un error. Cuando me niego a hacerlo, también. Uno puede equivocarse tanto si actúa como si se queda quieto. Puede juzgar mal, puede fracasar con las mejores intenciones. Conviene saber eso a tiempo. La mejor forma de aprender a enmendar los errores es cometiéndolos. Así conocemos el mundo y descubrimos de qué material estamos hechos.
Asumir nuestras burradas es disfrutar. El hombre decae cuando renuncia a la manzana para aferrarse a su mísero espacio en el paraíso. Que no sea tu cuerpo la primera sepultura de tu esqueleto, aconsejaba Jean Giradoux. Por algo la palabra ‘errar’ sirve indistintamente como sinónimo de equivocarse y como sinónimo de andar. Al fallar comprendemos, nos endurecemos, avanzamos.
Me gano la vida cometiendo errores, es decir, haciendo textos. El verbo ‘texere’, en latín, significa ‘tejer’. Escribir es eso: garrapatear una frase, borrarla, garrapatearla otra vez, tejerla con la siguiente, construir el sentido palabra a palabra. En cada línea fallo, en cada línea tengo una nueva oportunidad. Los errores nos retan y nos ayudan a sostener la búsqueda.
A veces el esfuerzo es insuficiente para enmendar el error. He aprendido también a bailármelo. Aparte de los yerros involuntarios derivados de mi torpeza, están los perpetrados a conciencia. Siempre he creído, por ejemplo, que es muy estúpido huir del amor para ahorrarse una estupidez. Así que cuando Cupido me apunta con su flecha le ofrezco el pecho, a sabiendas de que podría matarme. Después veré cómo diablos resucito. Si es imposible corregirlo, nos queda la opción de convertirlo, por lo menos, en un asunto bailable.

martes, 9 de junio de 2015

Alberto Salcedo Ramos / Sobre la crónica

Alberto Salcedo Ramos

Alberto Salcedo Ramos

SOBRE LA CRÓNICA
Cuando dictamos mi amiga Liza y yo un taller de crónica el año pasado, por invitación de Icrea – experiencia preciosa–, consulté sobre sus métodos y técnicas a mis maestros del género (por suerte, algunos de ellos mis amigos), de forma de transmitir esas lecciones a los talleristas. Transcribo aquí el tesoro que me envió como respuesta el barranquillero querido Alberto Salcedo Ramos. No sólo se tomó el tiempo de contestar, sino que convirtió el cuestionario en una entrevista publicable. Se la regalo así, como la joya que es.
“Escribir es como encoñar”: Alberto Salcedo Ramos
SANDRA LAFUENTE PORTILLO: ¿Sueles hacerte preguntas antes de sentarte a escribir una crónica? ¿Cuáles?
ALBERTO SALCEDO RAMOS: “Desde luego que sí. Lo primero que me pregunto es esto: ‘¿la historia es verdaderamente interesante? De la sinceridad con que uno se responda esa pregunta depende en gran parte la suerte de la crónica que se va a escribir. Es importante que uno esté atizado con el tema, que uno sienta que se muere de las ganas de echar el cuento.

Alberto Salcedo Ramos / El cielo que perdimos


Alberto Salcedo Ramos
BIOGRAFÍA
EL CIELO QUE PERDIMOS
"Acaso lo más grato es contemplar los arabescos que arma la caligrafía en el papel."

A Juan José Hoyos
Pertenezco a la cofradía de quienes aman las cartas escritas a mano. Me han servido para enamorar, para agradecer, para abrazar, para increpar, para conciliar, para acercarme más a mis amigos, para aclarar lo que dije mal cuando me expresé oralmente.

Mi vida podría resumirse en las cartas que he escrito. A los siete años le envié una a mi abuela para decirle que me gustaba su peinado nuevo. Yo vivía con ella, la veía a toda hora, por lo cual hubiera podido lanzarle el piropo en persona. Pero supongo que intuitivamente le confería más valor a la palabra escrita que a la hablada.

lunes, 11 de mayo de 2015

Alberto Salcedo Ramos / La profesora y el asaltante


Alberto Salcedo Ramos
La profesora y el asaltante
10 de mayo de 2015

La profesora Susan Castro había oído decenas de veces una frase de cajón que se repite en toda América Latina: “la realidad supera a la ficción”. A ella no le gustaba, pero se le vino a la mente poco después de vivir un rato de espanto por las calles de Caracas, a bordo de una mototaxi comandada por un conductor que, inesperadamente, resultó ser un asaltante.