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| Marii Vargas Llosa y Félix Romeo |
Cynthia Ozick dijo de ella que era nuestra Chéjov y James Wood escribió que aunque eso se decía de mucha gente en su caso era cierto. Alice Munro, que ha muerto a los 92 años en Ontario, nació en 1931, se casó joven, tuvo cuatro hijas (una de ellas falleció al poco de nacer). Decía que escribía cuando se echaban la siesta y que la falta de tiempo la llevó a la ficción breve. Trabajó en una librería, publicó su primer libro en 1968, se divorció en 1972, se volvió a casar, regresó a la región de Canadá que convirtió en su territorio de ficción. Publicaba relatos en el New Yorker y los iba recogiendo en libros. Aunque tenía muchos lectores, era también una escritora de escritores: entre los que manifestaron admiración por ella están Jonathan Franzen, Ignacio Martínez de Pisón, Margaret Atwood o Antonio Muñoz Molina. Ganó el Premio Nobel de Literatura en 2013. Publicaba en un medio muy influyente y tuvo pronto reconocimiento, pero a la vez tenía algo periférico: por el género que cultivó con más asiduidad, por ser una mujer canadiense, por el tipo de temas y personajes que trataba. Estuvo muy de moda justo antes del Nobel: un ejemplo es que Pedro Almodóvar, fiable termómetro de lo cool, decidiera adaptarla. Era una referencia constante. Es una escritora claramente feminista, pero ha quedado algo marginada en el tiempo de la eclosión del feminismo. También es testimonio de un tipo de autor que prácticamente ha dejado de existir o al menos de ocupar un lugar central. El cuento es menos relevante, las revistas son otra cosa (aunque sigan siendo influyentes), el mercado es diferente, el éxito pasado causa fatiga y su mirada compleja y contradictoria la aleja del victimismo dominante en el Zeigeist.

Finalizadas las fiestas de París, ya en Madrid, me encerré en mi casa para leer una vez más El oso de William Faulkner. Es un relato que debo haber leído diez veces o acaso más. De tiempo en tiempo necesito releerlo porque es uno de los más bellos que escribió su autor. No sé si él lo supo nunca, pero todas las selvas y pantanos y desiertos están reunidos en este rincón del Misisipi norteamericano: los desiertos de Arabia, los bosques lujuriosos de la Amazonía, todas las planicies que el ser humano atravesó a sangre y fuego, para construir sus ciudades.

Mario Vargas Llosa ha anunciado que deja el periodismo. Termina así una carrera que empezó hace más de 70 años, cuando comenzó a publicar en el periódico peruano La crónica. Hace unas semanas dijo que Le dedico mi silencio, su libro más reciente, era también su despedida de la novela.


La persecución a Salman Rushdie tiene algo antiguo y algo moderno. La parte aparentemente antigua es la prevalencia de la visión religiosa sobre la ley de los hombres: un dictador teocrático senil condenó a muerte a un ciudadano de un país extranjero por haber escrito una obra de ficción. La fetua no solo atacaba la libertad de expresión sino también el Estado de derecho y la soberanía nacional. La parte tristemente moderna es que inicia una serie de persecuciones a escritores y artistas que habrían ultrajado al islam: están el caso Rushdie, el asesinato de Theo Van Gogh y las amenazas a Ayaan Hirsi Ali, las caricaturas del Jyllands-Posten, la masacre de Charlie Hebdo. En su momento, algunos vacilaron o culparon al escritor: no hay que ofender los sentimientos de los musulmanes, Rushdie sabía a lo que se exponía. La segunda objeción justifica que nadie critique a un matón y carga la responsabilidad sobre la víctima. La primera ha sido asumida de manera general y su contenido se ha ampliado a otras identidades, todas dispuestas a sentirse ofendidas y a exigir el silencio del agresor con distintos grados de violencia. El caso Rushdie anticipó que el respeto o la prudencia serían los disfraces de la cobardía. Las editoriales y los periódicos occidentales han internalizado la censura. David Rieff ha especulado sobre los cambios que exigirían a Los versos satánicos los “lectores de sensibilidad” que contratan muchas editoriales anglosajonas. Hay un paternalismo perverso en ese supuesto respeto: se considera que los representantes legítimos de una comunidad son las voces más extremas e intolerantes y se silencia a los disidentes. Rushdie nos ha recordado que los debates sobre la libertad de expresión suelen empezar como debates sobre la blasfemia. Se ha negado a ser un prisionero del edicto: escribiendo libros espléndidos, viviendo su vida sin que lo domine el miedo. Ha reivindicado el valor de la literatura y el juego, y ha explicado que la libertad de expresión es la libertad de la que dependen todas las demás: somos un animal del lenguaje y cercenar el lenguaje es amputar una parte de lo que somos como especie. “Conservas las libertades por las que luchas; pierdes las libertades que descuidas. La libertad es algo que alguien siempre te está intentando quitar. Y, si no la defiendes, la pierdes”, ha escrito. Lo sagrado no es lo que se dice sino la posibilidad de la conversación. La voz de Rushdie no podrá ser silenciada: entre otras cosas, porque dice las cosas riendo.

Hoy se cumplen diez años de la muerte de Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1932-Barcelona, 2013), uno de los autores más singulares y fascinantes que ha dado la literatura española en las últimas décadas. Su narrativa, escribió Rafael Conte, “viene del mundo de las pesadillas, de lo fantástico y lo onírico, recuerda en suave —y subrepticio— a Kafka, a Buñuel, al surrealismo, a Charlot, a Buster Keaton o al gran Ramón Gómez de la Serna”. A medio camino entre el existencialismo y los chistes de La Codorniz, de Goya y del surrealismo, sus novelas y sus cuentos hablan de la incomunicación, del absurdo y de la soledad, con una mirada paranoica, un humor salvaje y un lirismo melancólico y repentino.

“La privación es para mí como los narcisos para Wordsworth”, dijo Philip Larkin, que habría cumplido 100 años este mes de agosto. Para muchos fue el poeta más importante de la Gran Bretaña de posguerra. Ejerce una rara fascinación en otros escritores: ayudó a su amigo Kingsley Amis en la redacción de La suerte de Jim, Martin Amis ha observado que sus poemas “se leen como relatos destilados”, Andrew Motion escribió una biografía suya, Clive James dedicó décadas de estudio a esos versos “que no sonaban para nada como poesía / y que sin embargo eran exactamente eso”.

Esta es una breve antología de versos y aforismos de Charles Simic: “1. Mi corazonada de que el lenguaje es inadecuado para hablar de la experiencia es en realidad una idea religiosa, lo que se denomina teología negativa. 2. El mundo siempre es viejo. No hay nuevos sucesos porque la conspiración es eterna. 3. ¿Cómo llegamos a conocer al Otro? Estando locamente enamorados. 4. Ars poetica: tratar de hacer reír a tus carceleros. 5. El lugar idóneo para enseñar escritura creativa es una librería de segunda mano. 6. Nuestros conservadores y liberales sueñan por igual con la censura. Su ideal, aunque no se den cuenta, es la China de Mao. Solo unos pocos libros en las librerías y las bibliotecas, y todos transmitiendo un mensaje honesto, saludable. 7. También la Gestapo y la KGB estaban convencidas de que lo personal es político. Su otra profesión de fe era la virtud por decreto. 8. Un poema es como robar un banco: la idea es entrar, dar una voz, hacerse con el botín y salir. 9. Aspiro a crear una especie de no género hecho de ficción, autobiografía, ensayo, poesía y, por supuesto, ¡chistes! 10. Estados Unidos es el único país del mundo donde una mujer rica con sirvientes puede hacerse pasar por una mujer oprimida y no ser objeto de pitorreo. 11. Cómo matar la poesía innata de los niños, tal es el orden del día secreto de un congreso sobre educación primaria. He conocido maestros que temen la poesía igual que un vampiro teme la cruz. 12. He aquí una ley férrea de la historia: la verdad se sabe justo en el momento en que a nadie le importa una mierda. 13. Todo, por supuesto, es un espejo si lo miras el tiempo suficiente. 14. La luna esta noche es como el culo de una joven novia que se pone en cuclillas para mear. 15. Un altar que honra al dios de la oportunidad. / Lo hermoso, advierte, / se encuentra accidentalmente y no sin codiciarse. / Lo que es hermoso se pierde con facilidad. 16. También, una vez, escuché el sollozo de un niño. / Tan cerca, que llegué a pensar, / por un momento, que era yo quien sollozaba.” Charles Simic nació en Belgrado en 1938, emigró a Estados Unidos en 1954 y ha muerto esta semana en New Hampshire. Fue poeta, ensayista, traductor y editor. Sus libros —poemarios como El mundo no se acaba o Acércate y escucha, selecciones como Antología poética, misceláneas como El monstruo ama su laberinto, memorias como La vida de las imágenes— pueden leerse en Vaso Roto y Visor. Le han traducido Jordi Doce y Nieves García Prados, entre otros.
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| Daniel Gascón |
Aunque muchos de sus lectores lo conocieron en El golpe posmoderno (Debate, 2018), Daniel Gascón es autor de una obra que se ocupa de la narrativa, con títulos como La edad del pavo, La vida cotidiana, Entresuelo. Editor de la revista Letras Libres y columnista de El País, nos tiene acostumbrados a diseccionar la realidad política y cultural con estilo sobrio y trabajado, con inteligencia en los argumentos y personalidad en la escritura. En sus textos consigue dominar el análisis complejo mediante la claridad en la expresión. Ese don tan difícil.
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| Javier Marías |
Javier Marías ha sido uno de los escritores más destacados de la democracia española y el que ha tenido mayor reconocimiento internacional. Ha muerto demasiado joven pero ha estado mucho tiempo en activo: publicó su primera novela, Los dominios del lobo, a los 19 años; la última, Tomás Nevinson, apareció en 2021. Su mundo, y en particular el mundo de sus últimos libros, era limitado: esto no es un demérito; una característica frecuente en los grandes artistas. Había conseguido, un poco a la manera de Almodóvar en el cine, que el lector comprendiera instantáneamente que aplicar las reglas que aplicaría a otras novelas estaría tan fuera de lugar como invalidar una película de Walt Disney porque resulta inverosímil que los animales hablen. En ese sentido, no solo consiguió crear un mundo literario, sino también unas reglas propias para juzgarlo, algo poco común.
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| John Lanchester |
Daniel Gascón
1 de septiembre de 2019
John Lanchester (1962) ha escrito novelas como En deuda con el placer, una especie de sátira nabokoviana protagonizada por un crítico gastronómico; El puerto de los aromas, un retrato de Hong Kong; y Capital, que muestra la transformación de Londres a partir de una calle y del precio de la propiedad inmobiliaria. Es autor de la memoria Novela familiar y de dos ensayos económicos: ¡Huy!, sobre la crisis de 2008, y Cómo hablar de dinero, sobre el lenguaje de las finanzas. Sus libros en castellano están en la editorial Anagrama. Este año ha publicado en inglés la novela The wall, que muestra un Reino Unido después de una catástrofe climática.
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| Orlando Figes |
Ha descrito la Revolución rusa como el mayor experimento de ingeniería social de la historia. También ha hablado de su componente mesiánico y de que la debilidad de la tradición democrática rusa permitió que arraigara el bolchevismo.
Hay un elemento utópico. Tenía que ver con la idea de Rusia como una tabula rasa o una especie de lienzo en blanco donde los revolucionarios podían proyectar su idea utópica de la transformación humana. Era una tradición del pensamiento revolucionario ruso, importante para los anarquistas y sobre todo para los populistas del siglo XIX. Rusia no estaba desarrollada en el sentido occidental, con instituciones políticas, una sociedad civil y una economía avanzada, pero podía saltar por encima de Occidente y transformarse en una nueva forma de democracia o socialismo. Esto está ya en Alexander Herzen. Parte de ese pensamiento utópico tiene un aspecto religioso: la idea de que Rusia tiene una misión mesiánica en el mundo, de que debe salvar a la humanidad. El bolchevismo es un movimiento milenarista, que anuncia un paso de la luz a la oscuridad. Encaja con ideas religiosas de justicia social arraigadas en el campesinado ruso, pero también con el pensamiento sobre el papel de Rusia en el mundo, con la creación de una fraternidad universal, como decía Dostoievski en su discurso sobre Pushkin en 1880. Todas estas ideas forman parte de una concepción de la función de Rusia como redentora de la humanidad. Y establecen una relación con la tradición revolucionaria. La idea ortodoxa de presentar Rusia como la nueva Roma que salva al Occidente caído se funde con el comunismo: hay una línea directa que une esa idea ortodoxa de Moscú como tercera Roma con Moscú como sede de la Tercera Internacional, que salvará al mundo con el comunismo. Está unida a lo que podríamos llamar el atraso de Rusia, que ha permitido que los revolucionarios hagan grandes promesas, que los demagogos aprovechen una situación donde hay profundas esperanzas utópicas.
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| Félix Romeo |

La muerte del escritor Félix Romeo (Zaragoza, 1968–Madrid, 2011) conmocionó a buena parte del mundo de las letras españolas. La presentación de su novela póstuma, Noche de los enamorados (Mondadori), sirvió para rendir homenaje ayer en la librería madrileña La Buena Vida a una personalidad irrepetible e inclasificable.
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| Félix Romeo |