Mostrando entradas con la etiqueta Cristina Rivera Garza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cristina Rivera Garza. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de abril de 2024

Bárbara Ayuso / Libros para no ir a la playa

 

Shirley Jackson


Libros para no ir a la playa 

Leer en la playa es una farsa, ya lo saben. Anualmente cumplimos con el sainete y fotografiamos libros que recortan la línea del mar y el cielo para hacer un alegato a favor de placeres mundanos: sol, lectura, rumor de olas. Mentira cochina, vaya. Exhibimos esas fotos diciéndoles a los demás que nos envidien en el disfrute, cuando, en el mejor de los casos, la cosa no va más allá del intento. Los miembros se entumecen en posturas imposibles, la toalla se tatúa en los codos, el sol pica, la arena esparce puntos suspensivos donde no toca y todo es, en fin, de una incomodidad ridícula y pegajosa. La silla playera solventa alguno de los problemas, cierto es, pero en época estival no conviene restarse más dignidad de la escrupulosamente necesaria.  

viernes, 28 de julio de 2017

Boom / La bomba que todavía desnuda


García Márquez, Jorge Edwards, Vargas Llosa, José Donoso y Ricardo Muñoz Suay
1974

BOOM
La bomba que todavía desnuda

Superados ya manifiestos como McOndo o el Crack, hay un víncu­lo secreto entre los autores latino­americanos jóvenes y sus abuelos del boom


RAFAEL GUMUCIO
28 JUL 2017 - 12:29 COT






Imagen de la Feria del Libro de Guadajara, México (FIL) en 2007.
Imagen de la Feria del Libro de Guadajara, México (FIL) en 2007. EFE

Se cumplen 50 años de la publicación de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, el libro que hizo completamente inevitable el boom latinoamericano. La mayor parte de los protagonistas de este extraño fenómeno que nos dejó dos premios Nobel, y la costosa ilusión que escribir en latinoamericano podía ser rentable y hasta glorioso, están muertos. Los libros que quedan, los que sobrevivieron a su propia ambición — Conversación en La Catedral, Rayuela o El obsceno pájaro de la noche—, bebían de la idea de absorber todos los demonios de la patria a través de los demonios más personales del autor. Fueron best sellers paradojalmente porque eran libros exigentes, que pedían de alguna forma no sólo la complicidad del lector sino una especie de militancia. Eran libros que le debían mucho a Faulkner, Hemingway, Henry James y Sartre, pero también a Borges, Onetti y Juan Rulfo.

lunes, 8 de mayo de 2017

Juan Rulfo / Ruidosas formas de estar callado

Juan Rulfo


Ruidosas formas de estar callado

La escritora mexicana Cristina Rivera Garza propone en su nuevo ensayo narrativo una lectura del creador de Pedro Páramo alejada de la ortodoxia


JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
8 MAY 2017 - 03:08 COT




Juan Rulfo.Ampliar foto
Juan Rulfo. JESÚS TOLEDO


Nacida en 1964 en Taumalipas, en la frontera de México con Estados Unidos, Cristina Rivera Garza dice que el norte no es un lugar sino una relación. También hay autores que son una relación, por ejemplo, Juan Rulfo, al que ha consagrado Había mucha neblina o humo o no sé qué (Literatura Random House), una mezcla de ensayo, narración y libro de viajes. La escritora pasó por Madrid para hablar de su particular lectura del autor de Pedro Páramo, uno de esos autores cuya obra, afirma, “no solo cruzan los géneros literarios sino que busca permanecer en el cruce”.
En silencio
“En Oaxaca me encontré con un alemán que conocía a Rulfo solo como fotógrafo. En la plática, de repente, se dio cuenta de que también escribió libros. Eso me dio que pensar. Si lo ves desde otra perspectiva, sus libros podrían ser el apéndice de sus fotografías y no al contrario. De la misma manera, podemos ver su trabajo como editor, sus incursiones en el cine, su trabajo como lector de obra antropológica como la continuación de una obra. Es decir, si nos movemos un poco de la idea de que lo literario es un mundo amurallado que se legitima y alimenta a sí mismo y vemos a Rulfo como un artista que utiliza distintos soportes, esa idea del escritor del no, del escritor que renuncia parece menos firme”.
En carretera
“No creo que haya una relación directa del tipo: tal persona vive tales cosas y escribe tales otras. Los pasadizos son más complejos. Por eso insisto en que este es mi Rulfo, no el Rulfo que tiene que ser. Hay, sin embargo, una materialidad que me parece inexcusable: hablamos de cuerpos específicos en contextos específicos. Cuando uno no viene de una familia digamos relajada económicamente o no forma parte de las clases culturales dirigentes, como era el caso de Rulfo, tiene que ganarse la vida. Era huérfano, trabajó en una fábrica de llantas —la Goodrich-Euzkadi—, luego fue vendedor de la misma firma en el momento en que se estaban desarrollando las carreteras y la industria turística mexicana, más tarde hizo informes —con fotos— para la Comisión del Papaloapan, que construyó embalses pero desplazó poblaciones enteras, finalmente ingresó en el Instituto Nacional Indigenista… Cada uno de sus empleos trajo consigo dilemas bien importantes. Si vas por el país manejando —no como el dandi que va de vacaciones, sino como alguien que tiene que poner atención y entregar un reporte—, surgen dilemas personales que al final son los dilemas de una nación: lo que el progreso tiene de construcción pero también de destrucción”.
En femenino
“En México te hacen leer a Rulfo en la Secundaria, y esa lectura te golpea. Te dicen que Pedro Páramo habla de las relaciones machistas, del jerarca, del patriarca… Esa lectura es válida, pero también hay en la obra una presencia carnal muy fuerte de las mujeres, un deseo explícitamente enunciado: hay cuerpos menstruando, machos emasculados y relaciones de eso que ahora llamaríamos sexualidad alternativa, presencias que, de repente, dicen ‘llámame Dorotea o Dorotea’… Es un mundo complejo. Las lecturas con las que yo crecí son válidas, pero parciales. Rulfo sigue vivo y transformándose”.






La escritor mexicana Cristina Rivera Garza, en Madrid.ampliar foto
La escritor mexicana Cristina Rivera Garza, en Madrid. ÁLVARO GARCÍA


En Macondo
“El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de la cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir. Fue la noche en que murió Miguel Páramo” (Juan Rulfo, Pedro Páramo. Fragmento 39). “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. (Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. Página 1). “Generalmente pensamos que la influencia entre escritores siempre es abstracta o se basa en que un personaje nos recuerda a otro. Reparamos menos en la cocina de la escritura, en algo bien pequeñito pero fundamental como un tiempo verbal. ¿En este caso es consciente? García Márquez dijo en muchas entrevistas que después de leer Pedro Páramo encontró nuevas maneras de enfrentar sus propios proyectos. Cuando escribimos hay muchas cosas que hacemos sin saber, pero un escritor debe tener un control sobre sus instrumentos. Y los tiempos verbales están entre esas cosas sobre las que uno no puede darse el lujo de decir: ‘Ah, salió así’. ¿Por qué? Porque si no funciona en la página 3, en la 50 vas a tener un lío insalvable”.
En México
“Al contrario de lo que pasa con otros autores igualmente relevantes, en México la opinión sobre Rulfo es casi unánime. No solo se trata de un autor muy leído sino también muy querido. Claro que hay dilemas y discusiones, pero hay una unanimidad acerca de su importancia, luego vendrán los énfasis en por qué es importante. Sus libros te permiten una relación más horizontal, más activa. Su alejamiento de la anécdota —o su uso apenas estratégico de la anécdota— incentiva una participación mucho más metiche de los lectores. Rulfo es nuestro gran experimentalista. Esa libertad hace que sea universal, no solo de México ni de una parte de México. Élmer Mendoza me decía hace poco que quien ha leído con más interés a Rulfo es cierta generación de autores norteños: por las características del lenguaje y del paisaje en el norte. Tal vez sea cierto. Y eso que en la lectura ortodoxa continuamente se está tratando de regresar a Rulfo a Jalisco. Sin quitar la relevancia que tiene Jalisco, Rulfo es más andariego, más migrante, más nómada. Conforme pasan los años entendemos más y más los caminos que abrió. Por supuesto es el gran escritor, la gran voz, pero, por serlo, nos permite abordarlo menos desde el altar y más como un escritor con el que seguir dialogando. En un curso en la Universidad de California, lo asigné como lectura para estudiantes que solo hablaban inglés. Una alumna dijo: ‘O sea, que este es el gótico mexicano’. Pensé: ‘Qué bien que lean a Rulfo desde otros lados’. Y sí, claro, Pedro Páramo también es una historia de exmuertos o de zombis o de no muertos. Estas lecturas que vienen de fuera, sin el peso de la doxa, nos enseñan a abrir ventanas nuevas de esta casa generosa que es Juan Rulfo”.
En llamas
Semanas después de su estancia en España, Cristina Rivera Garza vio cómo desde la Fundación Juan Rulfo se tachaba su libro de “difamatorio”. La escritora sostiene que su obra —“basada en archivos públicos a los que los lectores tienen acceso abierto”— es un trabajo “señalado por el afecto —lo que nos conmueve y lo que nos conmina y, sobre todo, lo que nos compete— de una lectora por la escritura de un autor de cabecera”.

martes, 17 de enero de 2017

Juan Rulfo / Lo que pasa es que yo trabajo


JUAN RULFO

Lo que pasa es que yo trabajo

Cristina Rivera Garza aborda en un fascinante libro la vida, la obra y el silencio de Rulfo


JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
17 ENE 2017 - 18:00 COT

El silencio de algunos escritores resulta tan fascinante como su obra. Es el caso de Juan Rulfo, cuyo centenario se celebra este año. Su negativa a hacer carrera después de publicar El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955) ha dado lugar a explicaciones más o menos románticas. La del propio Rulfo, sin embargo, tiraba a materialista. Cuando recibió el premio Príncipe de Asturias de 1983 le preguntaron por esa renuncia y respondió: “Lo que pasa es que yo trabajo”. Pues sí, Rulfo trabajaba. Primero como “fiscal de obreros” en la compañía de neumáticos Goodrich-Euzkadi, un cargo al que él se refería sin eufemismos: capataz. De la angustia de aquel trabajo lo libró su nombramiento como viajante de la misma empresa. El nuevo puesto lo llevó a recorrer México y a atesorar conocimientos que alimentaron tanto sus ficciones como un género de moda: las guías turísticas. Luego seguiría viajando por cuenta de la Comisión de Papaloapan, un organismo oficial para el “desarrollo” fundado en 1947. Para ella redactó informes y tomó fotografías que recogían las condiciones de vida de los indígenas de Oaxaca y, con el tiempo, justificaron que los desalojaran de las tierras anegadas por la Presa Miguel Alemán.
Aunque el Rulfo-funcionario más conocido es el que gastó sus últimas décadas de vida en el Instituto Nacional Indigenista, el Rulfo-viajero es el que dejó más huellas en el Rulfo-escritor. A rastrearlas ha dedicado Cristina Rivera Garza un libro fascinante: Había mucha neblina o humo o no sé qué (Literatura Random House). Alternando historia, ensayo, crónica y viaje, Rivera Garza responde a esta pregunta: “¿Es posible concebir la producción de una obra y la producción de una vida sin que una esté supeditada a la otra?”. La respuesta es “no” porque “entre vivir la vida y contar la vida hay que ganarse la vida”. Y eso es lo que hizo Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, huérfano desde los 10 años, aficionado al alpinismo y devoto de Knut Hamsun, escritor y fotógrafo (solo se han publicado 500 de las 7.000 instantáneas que tomó).
Con el derecho que le da “el cuidado que he puesto en y por su mundo”, la escritora mexicana se refiere a su paisano como “nuestro gran experimentalista”. Habla incluso de un Rulfo-queer: “¿Cómo es que ningún otro escritor o escritora mexicana de su tiempo tocó con tanto aplomo y más naturalidad el tema del aborto o la menstruación?”, se pregunta. Ni la erudición ni la fascinación le impiden, sin embargo, retratarlo como alguien que conoció el mito del progreso en el momento mismo de su propagación. “Rulfo”, escribe, “utilizó sus muchas habilidades para ganarse la vida y, así, legitimar y cuestionar al mismo tiempo el proceso modernizador del que resultarían las grandes metrópolis y el tipo de existencia veloz y mecánica que terminaría dando al traste con la vida rural de la que tanto se hizo su obra”. Esa contradicción dio lugar a dos obras maestras y a un silencio también magistral. ¿Cómo fue posible? Primero, porque, nos dice Rivera Garza, fue un escritor, no un ideólogo. Segundo, porque, nos lo dijo él mismo, trabajaba.