Mostrando entradas con la etiqueta Sinéad O'Connor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sinéad O'Connor. Mostrar todas las entradas

jueves, 27 de julio de 2023

El grito más fuerte de Sinead O’Connor / La depresión que la acompañó durante toda su vida

 


Desde una edad temprana, Sinead sufrió abusos físicos por parte de su madre después de que sus padres se separaron
(Getty)
Desde una edad temprana, Sinead sufrió abusos físicos por parte de su madre después de que sus padres se separaron (Getty)


El grito más fuerte de Sinead O’Connor: la depresión que la acompañó durante toda su vida

La cantante irlandesa luchaba con graves problemas mentales e intentos de suicidio. De los abusos de su madre, pasando por la presión de la fama al suicidio de su hijo. La opinión de los expertos sobre qué hacer ante esta problemática de salud mental


Agustin Gallardo
26 de julio de 2023


A veces, aunque gritemos muy fuerte, nadie puede oírnos. Quizás esta imágen, englobe parte de lo que puede llegar a ser la depresión. Durante más de tres décadas, Sinead O’Connor luchó por sobrevivir bajo la implacable mirada pública y más de una vez hizo oír -o por lo menos lo intentó- lo que le pasaba a través de un micrófono.

Sinead O’Connor / El final de una vida marcada por el dolor

 

La cantante irlandesa Sinead O'Connor atraviesa un durísimo momento personal tras el suicidio de su hijo Shane de 17 años (Michel Linssen/Redferns)
La cantante irlandesa Sinead O'Connor atraviesa un durísimo momento personal tras el suicidio de su hijo Shane de 17 años (Michel Linssen/Redferns)

Sinead O’Connor, el final de una vida marcada por el dolor: los abusos de su madre, la presión de la fama y el suicidio de su hijo

A los 56 años, murió este miércoles la cantante irlandesa que luchaba con graves problemas mentales e intentos de suicidio y que desde el año pasado sobrellevaba la tragedia de la pérdida de su hijo Shane, de 17 años

Matías Bauso
26 de julio de 2023

El primer plano con las lágrimas en Nothing Compares 2 U, la foto del Papa rota ante cámaras, los abucheos públicos, las declaraciones incómodas, los intentos de suicidio, los demonios personales que la atormentan, los dolores que no tienen cura.

'Sinéad O'Connor: Nothing Compares' / El documental que reivindica el legado de la cantante irlandesa





'Sinéad O'Connor: Nothing Compares': el documental que reivindica el legado de la cantante irlandesa llega a Movistar+

El próximo 27 de febrero aterriza en España el documental que relata la vida de la aclamada intérprete de los 90, el ascenso, pero también su caída.

POR SARA ULLATE


Con una imagen transgresora y una personalidad arrolladora, más allá de un talento musical innato, Sinead O'Connor situó rápidamente su nombre en la cima musical. Corrían los años 90, apenas superaba la veintena pero singles como Nothing Compares 2U o Drink Before the War ya lideraban listas de lado a lado del globo terráqueo. Su ascenso fue vertiginoso, pero también su caída. El documental Sinéad O'Connor: Nothing Compares', que aterriza en Movistar+ el próximo 27 de febrero, recoge la vida de la polifacética cantautora irlandesa, desde su lado más personal.

martes, 13 de abril de 2010

Sinéad O'Connor / Una versión brutal del catolicismo


Obispo
Manolo Valdés


DUBLIN.- Cuando era niña, Irlanda era una teocracia católica. Si se acercaba un obispo por la calle, la gente se apartaba para dejarle paso. Si asistía a un acontecimiento deportivo, el equipo se aproximaba a arrodillarse y besarle el anillo. Si alguien cometía un error, en vez de decir "nadie es perfecto", decíamos: "Podría pasarle hasta a un obispo".

Esta última frase era más certera de lo que imaginábamos. Hace unos días, el papa Benedicto XVI escribió una carta personal en la que pedía perdón -por decir algo- a Irlanda por los decenios de abusos sexuales a menores que cometieron unos sacerdotes en los que se suponía que debían confiar esos niños. Para muchos irlandeses, esa carta del Papa es un insulto no sólo a nuestra inteligencia, sino a nuestra fe y a nuestro país. Para entender por qué, hay que tener en cuenta que los irlandeses hemos sufrido una variante brutal del catolicismo, basada en la humillación de los niños.

Yo lo viví en persona. Cuando era niña, mi madre -una madre maltratadora y todo lo contrario de lo que debe ser una buena madre- me animaba a que robara en las tiendas. En una ocasión me atraparon y pasé 18 meses en el Centro de Formación An Grianan, una institución para niñas con problemas de conducta en Dublín, por recomendación de una trabajadora social. An Grianan era una de las hoy tristemente famosas "lavanderías de las Magdalenas", patrocinadas por la Iglesia, que albergaban a adolescentes embarazadas y a jóvenes poco dóciles. Trabajábamos en el sótano, lavando la ropa de los curas en fregaderos con agua fría y pastillas de jabón. Estudiábamos matemáticas y mecanografía. Teníamos poco contacto con nuestras familias. No cobrábamos ningún sueldo. En mi caso, por lo menos, una de las monjas fue buena conmigo y me regaló mi primera guitarra.

An Grianan era un producto de la relación del gobierno irlandés con el Vaticano; la Iglesia gozó de una posición especial, reconocida en nuestra Constitución hasta 1972. Todavía en 2007, el 98% de los colegios irlandeses estaba en manos de la Iglesia Católica. Pero los colegios para niños difíciles han estado siempre plagados de castigos corporales salvajes, maltratos psicológicos y abusos sexuales. En octubre de 2005, un informe encargado por el Gobierno identificó más de cien acusaciones de abusos sexuales cometidos por sacerdotes entre 1962 y 2002 en Ferns, un pueblo a unos cien kilómetros al sur de Dublín. La policía no investigó a los sacerdotes acusados; se dijo que padecían un "problema moral". En 2009, un informe similar involucró a los arzobispos de Dublín en la ocultación de varios escándalos de abusos sexuales entre 1975 y 2004.

¿Por qué se toleraba esa conducta criminal? Según el informe de 2009, el "importantísimo papel que ha desempeñado la Iglesia en la vida irlandesa es el motivo por el que se consintió que no se pusiera fin a los abusos cometidos por una minoría de sus miembros".

A pesar de la larga relación de la Iglesia con el gobierno irlandés, la carta en la que el papa Benedicto pide, teóricamente, perdón no asume ninguna responsabilidad por las infracciones de los curas irlandeses. Dice que "antes, la Iglesia en Irlanda debe reconocer ante el Señor y ante los otros los graves pecados cometidos contra unos niños indefensos". ¿Qué hay de la complicidad del Vaticano en esos pecados?

En su texto, Benedicto da la impresión de que se ha enterado hace poco de los abusos. Se presenta como una víctima más: "No tengo más remedio que compartir la desolación y la sensación de traición que habéis experimentado tantos de vosotros al saber de estos actos pecaminosos y criminales y de cómo se ocuparon de ellos las autoridades eclesiásticas en Irlanda". Sin embargo, la carta de infausta memoria que envió Benedicto en 2001 a los obispos de todo el mundo les ordenaba guardar secreto sobre las acusaciones de abusos sexuales so pena de excomunión. Es decir: actualizaba una perniciosa política de la Iglesia, expresada en un documento de 1962, que establecía que tanto los sacerdotes acusados de delitos sexuales como sus víctimas debían "observar el más estricto secreto" y "atenerse a un silencio eterno".

Benedicto, entonces Joseph Ratzinger, era cardenal cuando escribió esa carta. Hoy, cuando ocupa el sillón de San Pedro, ¿vamos a creer que su opinión ha cambiado? ¿Y vamos a conformarnos ante las recientes revelaciones de que en 1996 se negó a destituir a un sacerdote acusado de haber abusado de hasta 200 niños sordos en el Estado norteamericano de Wisconsin?

La carta de Benedicto afirma que su preocupación es "sobre todo, ayudar a sanar a las víctimas". Sin embargo, les niega lo que podría sanarlas: una confesión inequívoca del Vaticano de que ocultó los abusos y de que ahora está tratando de ocultar el ocultamiento. Asombrosamente, el Papa invita a los católicos a "ofrecer vuestro ayuno, vuestras oraciones, vuestra lectura de las Escrituras y vuestras obras de misericordia para obtener la gracia de la curación y la renovación de la Iglesia de Irlanda". Y sugiere, cosa aún más asombrosa, que las víctimas irlandesas pueden sanar acercándose más a la Iglesia, la misma Iglesia que exigía votos de silencio a los niños víctimas de los abusos, como ocurrió en 1975, en el caso del padre Brendan Smyth, un sacerdote irlandés que más tarde acabó en la cárcel por delitos sexuales repetidos. Muchos irlandeses, cuando se nos pasó la risa, nos dijimos que la idea de que necesitamos la Iglesia para aproximarnos a Jesús es una blasfemia.

Para los católicos irlandeses, lo que insinúa Benedicto -que los abusos sexuales en Irlanda son un problema irlandés- es arrogante y blasfemo. El Vaticano está actuando como si no creyera en un Dios que todo lo ve. Quienes dicen ser los guardianes del Espíritu Santo se dedican a aplastar todo lo que el Espíritu Santo representa. Benedicto es culpable de dar una imagen falsa del Dios al que adoramos. Todos sabemos, en el fondo de nuestro corazón, que el Espíritu Santo es la verdad. Por eso sabemos que Cristo no está con esos que lo invocan con tanta frecuencia.

Los católicos irlandeses tienen una relación disfuncional con una organización que comete abusos. El Papa debe hacerse responsable de las acciones de sus subordinados. Si hay sacerdotes católicos que abusan de los niños, es Roma, y no Dublín, la que debe responder por ello, con una confesión inequívoca y sometiéndose a una investigación criminal. Mientras no lo haga, todos los buenos católicos -incluidas las ancianitas que van a misa todos los domingos, no sólo los cantantes de protesta como yo, a quienes el Vaticano puede ignorar sin problema- deberían dejar de acudir al templo. Ha llegado la hora de que en Irlanda separemos a nuestro Dios de nuestra religión y nuestra fe de sus supuestos dirigentes.

Hace casi 18 años, rompí una fotografía del papa Juan Pablo II en un episodio de Saturday Night Live . Muchos no entendieron la protesta. La semana siguiente, el presentador invitado del programa, el actor Joe Pesci, dijo que, si hubiera estado presente, me hubiera dado una bofetada. Yo sabía que mi acción iba a causar problemas, pero quería provocar un debate necesario; ése es uno de los ingredientes de ser artista. Lo único que lamenté fue que la gente pensara que no creía en Dios. No es verdad, en absoluto. Soy católica de nacimiento y cultura, y sería la primera en presentarme a la puerta de la iglesia si el Vaticano ofreciera una reconciliación sincera.

Mientras Irlanda soporta la ofensiva carta con la que Roma pide perdón y un obispo irlandés dimite, pido a los estadounidenses que comprendan por qué una mujer católica irlandesa que sobrevivió a los malos tratos de niña pudo querer romper la foto del Papa. Y que piensen si a los católicos irlandeses, por no atrevernos a decir que nos merecemos algo mejor, se nos debe tratar como si mereciéramos algo peor.

LA NACION