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viernes, 22 de enero de 2016

Quentin Tarantino / Django desencadenado / La esclavitud según Tarantino


La esclavitud, según Tarantino

En ‘Django desencadenado’, el cineasta recurre al ‘spaghetti western’ para rodar una historia del pasado más siniestro de EE UU


IRENE CRESPO 
Nueva York 13 ENE 2013 - 00:22 CET


Quentin Tarantino (Knoxville, Tennessee, 1963) entra en la habitación de un hotel de Nueva York y con él, el mejor cine de las últimas dos décadas. El joven director que rompió todas las reglas y revolucionó a los cinéfilos en los noventa con Reservoir dogs y Pulp fiction ha conseguido en el siglo XXI, a punto de cumplir los 50, revolucionar también la taquilla.
Salvo por el bache de Death proof, Tarantino ha logrado convertirse en un cineasta taquillero estos años: si Kill Bill Vol. 1 y Vol. 2 le llevaron a conectar con el gran público, este le respondió y aplaudió con ganas su violenta e hilarante revisión histórica en Malditos bastardos. Tras este éxito, los estudios le dieron el apoyo y todo el dinero que pidió (más de 75 millones de euros) para rodar Django desencadenado, darle una vuelta al western y hablar a gusto sobre el gran tema tabú en Estados Unidos: la esclavitud. Y, además, hacerlo al estilo Tarantino: derrochando sangre, humor y diálogos frenéticos.

lunes, 5 de enero de 2015

Christoph Waltz / A Almodóvar todo el mundo lo entiende



Christoph Waltz

“A Almodóvar todo el mundo lo entiende”

El actor nunca se quita ante el público la máscara que impide ver lo que hay detrás de los personajes que interpreta'





Christoph Waltz, en la presentación de 'Spectre'. / DAVE J HOGAN (GETTY IMAGES)
Christoph Waltz (Viena, 1956) evita hablar de cómo prepara su trabajo. Dice que es como si un mago revelara sus trucos. Eso, en principio, podría complicar la entrevista, que además tiene lugar en una habitación de un hotel muy oscura, por la que los periodistas van pasando en fila, con tiempos muy reducidos. Sin embargo, esa limitación abre el abanico para conversar con un artista que no se corresponde con los personajes retorcidos que interpreta.
 Al sentarse, echa la cabeza hacia atrás buscando la ventana que tiene a la espalda, mirando a lo alto hacia la poca luz que entra por el hueco abierto entre las cortinas. “El cielo está azul”, señala, justificando por qué vive la mitad del año en California. El encuentro tiene lugar mientras se celebra en Nueva York una protesta multitudinaria contra la brutalidad policial, tras la muerte estrangulado de un joven negro en Staten Island.

¿Encasillado? De hecho ahora tengo más papeles diferentes que antes"
Christoph Waltz
“Sería interesante saber qué hace que la cuestión racial siga tan arraigada en este país”, se pregunta el vienés, antes de empezar a charlar sobre su nuevo trabajo, Big eyes,dirigida por Tim Burton, y en la que el actor interpreta a Walter Keane, considerado el pionero en convertir la pintura en un producto de masa en los años cincuenta. Big eyes ya está en las salas españolas.
“Los grandes ojos funcionan de dos maneras”, dice, parafraseando el título del filme. “De dentro hacia fuera y dejando entrar la luz desde el exterior al interior”. En su opinión, a la vista de los problemas sociales actuales, son más “una expresión de no dejar que entre la luz”. Los protagonistas de los cuadros que llevan la firma de Keane son niños de expresión muy triste que crean reacciones opuestas entre el público.
“Es interesante, porque los estadounidenses se muestran muy entusiastas. Tienen una forma diferente de expresarse. En general les gusta producir emociones. Los europeos también somos emotivos, pero no tendemos hasta el extremo americano”, comenta. Walz evita decir que el norteamericano sea superficial. “Es un país diferente”, señala. “Un español comportándose como un estadounidense, eso podría ser superficial”.
Hasta Andy Warhol reconoció que tomó algo de la filosofía de Walter Keane para popularizar su arte. Uno de las secuencias preferidas del actor tiene lugar en un supermercado, cuando al lado de las populares latas de sopa Campbell aparece, al girar la cámara, una masa de pósters a un dólar de niños con los ojos enormes. Pero Keane pasó también a la historia como el autor de uno de los mayores fraudes conocidos en el mundo del arte.
La que hacía los retratos era en realidad su mujer, Margaret, interpretada por Amy Adams. La película, de hecho, se basa en la relación entre ambos. O mejor dicho, sobre el turbulento matrimonio en la que ella queda atrapado y en cómo después se libera. Sin embargo, en ningún momento ella habla mal del quien fue su segundo marido. “No lo ha hecho hasta hoy”, comenta Waltz.

El actor tiene dos 'oscars' por 'Malditos bastardos' y 'Django desencadenado'
Margaret, añade, “es muy generosa”. “Nos llevó a los tres (Burton, Adams y Waltz) a su galería y nos ofreció una de sus pinturas, la que quisiéramos. Elegí una cara con 34 ojos. Muy atípica, surrealista. Me dijo que sabía que escogería esa”, señala con una gran sonrisa.
Christoph Waltz —de larguísima carrera en su país, 35 años, que incluye la dirección de óperas— no cree que Hollywood le esté encasillando, interpretando villanos y personajes excéntricos constantemente. “¿Encasillado? De hecho, ahora tengo más papeles diferentes que antes”, sentencia, aunque no entra a valorar su trabajo como Oberhauser, el nuevo malvado en Spectre, el último Bond, que se rueda estos días. Hasta allí ha llegado desde que lo descubriera Quentin Tarantino, con cuyas películas Malditos bastardos y Django desencadenado ganó sendos oscars. Tim Burton, Roman Polanski y Terry Gilliam le adoran. Quizás porque nunca se quita ante el público esa máscara que impide ver lo que hay detrás del personaje.
En Europa, explica, “tendemos demasiado a hacer coproducciones, con históricas genéricas para llegar a audiencias de países diferentes. Pero al final la historia pierde su carácter y no se entiende en ninguna parte”. “En cambio, si coges a Pedro Almodóvar, que cuenta historias muy específicas de España, todo el mundo, todo el mundo la entiende. Por eso creo que Big eyes, una historia muy de Estados Unidos, muy local, va a funcionar en todas partes”, augura.
Tampoco se atreve a dar más consejos. De hecho, comenta que Burton le dio una importante lección al afrontar esta película. Waltz conocía la obra de Keane antes de que le ofrecieran el papel. Pero la consideraba como algo barato, “de calendarios que te dan gratis en la farmacia”. “Aprendí de él lo irrelevante que era mi opinión”, asegura. Lo que tendrán que decidir los espectadores es si el director consiguió evitar que un personaje y un actor tan poderoso se comieran la película.


Big Eyes / Lo banal y lo fantástico

Big Eyes

Lo banal y lo fantástico

Era inevitable que Burton acabase haciendo una película sobre Margaret Keane, aunque resulta bastante escandaloso que le haya salido tan desganada




Fotograma de 'Big eyes'.
“Lo que fue banal puede, con el paso del tiempo, llegar a ser fantástico”, escribía Susan Sontag en 1964 en su ensayo Notas sobre el camp. A la sazón, los cuadros presuntamente pintados por Walter Keane —en realidad, realizados por su esposa Margaret— se estaban convirtiendo en un insólito fenómeno. Su banalidad alarmaba a los críticos, pero los nuevos ricos de Hollywood no dejaban de adquirir sus piezas. Pobladas de niños desvalidos, con ojos inmensos, las pinturas de Keane acuñaban una nueva estética de la tristeza para el consumismo de posguerra. Surgieron muchos imitadores —Gig, Eve, Lee o Goji—, pero lo más interesante pasaría décadas más tarde, cuando lo banal se convirtió en fantástico y el arte de Ojos Grandesde Keane no sólo se sublimó en objeto cool —Tim Burton, Marilyn Manson y Alaska lo coleccionan—, sino que también trascendió como referente de la generación del surrealismo pop, encabezada por artistas como Mark Ryden y Lisa Petrucci.



BIG EYES
Dirección: Tim Burton.
Intérpretes: Amy Adams, C. Waltz, T. Stamp, K. Ritter, D. Huston, V. Ross, J. Schwartzman, M. Arthur.
Género: biopic. EE UU, 2014.
Duración: 105 minutos.
Era inevitable que Burton acabase haciendo una película sobre Margaret Keane, aunque resulta bastante escandaloso que le haya salido tan desganada. Para ello, ha vuelto a unirse al tándem que firmó el guión de Ed Wood (1994), su mejor trabajo: Scott Alexander y Larry Karaszewski parecen haber hecho del biopic poco ejemplar su especialidad y, como ya en El escándalo de Larry Flynt (1996), se han visto obligados a reajustar el foco para encontrar un conflicto dramático más allá de la entidad artística de su objeto de estudio.
Si allí convirtieron al pornógrafo Flynt en un mártir de la libertad de expresión para contar su historia en positivo, aquí se deja en segundo término el conflicto del gusto que plantea el fenómeno Keane para tratar su historia en clave de melodrama de una creatividad femenina vampirizada por un ogro/galán. Burton factura su filme con impasibilidad mecánica pero vivos colores, sin reparar en que él es Margaret por otros medios: un artista de la inmadurez consumista, una impostura muy levemente excéntrica.