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lunes, 1 de noviembre de 2021

Joyce y Proust en el hotel Majestic

 

James Joyce


Joyce y Proust 

en el hotel Majestic


Tomás Eloy Martínez
HIGHLAND PARK, N.J.

La primera persona a la que oí hablar del único y mitológico encuentro entre Marcel Proust y James Joyce fue Nélida Gardell, mi profesora de francés en la Escuela de Letras de la Universidad de Tucumán. Nélida describía el diálogo entre los dos mayores novelistas del siglo XX como un torneo de torpezas y desdenes, el vuelo de aves majestuosas condenadas a no entenderse.

viernes, 21 de mayo de 2021

Rodrigo García / “La obra de mi padre, Gabo, solo se puede filmar en castellano”

 

Rodrigo García: “La obra de mi padre, Gabo, solo se puede filmar en castellano”

El cineasta colombiano, hijo del premio Nobel, estrena ‘Cuatro días’, nueva colaboración con Glenn Close, mientras produce las adaptaciones de ‘Noticia de un secuestro’ y ‘Cien años de soledad’


Gregorio Belinchón

2 de mayo de 2021


Hace décadas que Rodrigo García (Bogotá, 61 años) está asentado en el audiovisual mundial, donde pasó de ser en sus inicios “el hijo de Gabriel García Márquez” a convertirse en “el director de Glenn Close”, por la estrecha colaboración que mantiene con la actriz. Juntos hicieron Cosas que diría con solo mirarla (2000), Nueve vidas (2005) y Albert Nobbs (2011), mientras que, en solitario, ha dirigido Madres e hijas (2009) o Últimos días en el desierto (2015); por no hablar de su ingente labor en series como productor, guionista o realizador en A dos metros bajo tierra, En terapia, Christine, Carnivàle, Lauren, Susanna, The Affair o Blue, entre otras.

domingo, 12 de julio de 2020

Tomás Eloy Martinez / La espalda más hermosa del mundo



La espalda más hermosa del mundo


TOMAS ELOY MARTÍNEZ
25 ABR 2007

Todos los objetos, hasta los más insignificantes, despiertan cierta resonancia en la memoria de los hombres, tal como lo advirtió Proust en las primeras páginas de En busca del tiempo perdido. Esa resonancia se apaga a veces para siempre. Otras veces, de pronto, sale de su letargo y reaparece en el presente con la misma fuerza que tenía en el pasado. Sucedió a fines de marzo, cuando caminábamos con el novelista mexicano Carlos Fuentes por la ciudad amurallada de Cartagena de Indias, junto al mar Caribe de Colombia. Ambos descubrimos al mismo tiempo un balcón abombado de madera y mampostería que parecía colgar peligrosamente sobre la calle.

lunes, 2 de diciembre de 2019

Mario Vargas Llosa / La fiesta del chivo / La resurrección del dictador


Los 25 mejorelibros


del siglo XXI

No 04

Mario Vargas Llosa

LA FIESTA DEL CHIVO


La resurrección del dictador

15 de abril de 2000

Hay bibliotecas enteras dedicadas al ascenso y caída del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo Molina, dictador de la República Dominicana desde 1930 hasta 1961, pero quien se aventure en la última novela de Mario Vargas Llosa, La fiesta del Chivo, podría pasarlas por alto porque este libro es la destilación prodigiosa de todo ese conocimiento. No son los datos los que importan, sin embargo, sino lo que Vargas Llosa ha hecho con ellos: un retrato implacable del poder absoluto en una novela que se lee sin respiro de principio a fin.Hay que acercarse a La fiesta del Chivo en estado de inocencia: es decir, dejándose llevar por el autor sin preguntarle a cada paso qué es mentira y qué es verdad o por qué aquel o este personaje, inspirado en algún bufón o en alguna víctima del trujillismo, difiere de la figura real. En Santo Domingo -donde la novela se distribuyó al mismo tiempo que en Madrid y en Lima- siguen enrostrándole a Vargas Llosa su falta de respeto por algunas figuras políticas que todavía están vivas, sin advertir que la eficacia de cualquiera novela -histórica o no- está en relación directa con su libertad.

domingo, 2 de octubre de 2016

Truman Capote / La moral de los buitres


Truman Capote
Fotografía de Irving Penn
Poster de T.A.

Truman Capote

La moral de los buitres


TOMAS ELOY MARTÍNEZ
6 ENE 2005

Casi todos los escritores han dicho alguna vez que sin entrega plena no hay literatura verdadera. En rigor, ninguna pasión del hombre tiene sentido si no se pone en juego todo el ser. Hasta para el amante, los caminos a medias son siempre una certeza de fracaso.
En 1956, William Faulkner llevó esas exigencias a sus extremos de individualismo y amoralidad: "El artista es responsable sólo ante su obra", declaró en The Paris Review. "Si es un buen artista, será completamente despiadado. ... Arroja todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir su libro".

viernes, 17 de julio de 2015

Rubem Fonseca / El narrador del mal

Rubem Fonseca
Rubem Fonseca
BIOGRAFÍA 
El narrador del mal
Tomás Eloy Martínez
Revista Sábado, 28 de Marzo de 2009


Rubem Fonseca va a cumplir 84 años, y un editor brasileño me cuenta que está en decadencia, que sus libros ya no son lo que eran, como si olvidara que, a los 84 años, todas las luces tienden a declinar. El editor me dice que sus tres últimas obras, Mandrake: la Biblia y el bastón (2005), Ella y otras mujeres (2006) y La novela ha muerto (2007) han recibido sólo unas pocas reseñas de compasión.  Sin embargo, sigue siendo leído como el creador más original de una literatura rica en creadores originales, desde los maravillosos Machado de Assis y Mario de Andrade hasta los desconcertantes Clarice Lispector y Joao Guimaraes Rosa. La biografía de Fonseca es una sucesión de sorpresas: ex policía que aprendió en las calles los laberintos de las intrigas criminales, vive desde hace décadas en el anonimato y el silencio, negándose a las entrevistas y frecuentando sólo a pocos amigos.
Nunca olvidaré la primera vez que lo leí. Sé el día preciso, la hora, la temperatura, la inclinación de la luz en un café de Sabana Grande, durante las últimas semanas de mi exilio en Caracas. Yo estaba sentado a una mesa junto a la acera, esperando a un amigo. Como la espera se hacía larga, crucé a la librería de enfrente en busca de algún texto que me entretuviera. Uno de los vendedores me recomendó un volumen de cuentos que, según él, había leído con el alma en vilo, sin poder dormir.

Tomás Eloy Martínez / José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Tomás Eloy Martinez
EL CÓNSUL

Ahora el insomnio se había instalado en su cuerpo con un sentido de la propiedad tan vigoroso que ya el Cónsul no sabía reconocer las cosas sino a través de aquel intruso. Cada vez que abría un libro, el insomnio estaba allí, adelantándose a las letras y llevándolas a un horizonte donde él, José Antonio Ramos Sucre, nunca podía leerlas.
Se asomó a las ventanas del Consulado, en la rue du Rhône, y humedeció con la lengua, distraído, el sobre de la última carta que había escrito. A la señorita Dolores Emilia Madriz —su prima—, en Cumaná, Venezuela: “Todavía me afeito diariamente. Apenas leo: descubro en mí un cambio radical en el carácter. Pasado mañana cumplo cuarenta años y hace dos que no escribo una línea”.

Tomás Eloy Martínez / José Bianco


Tomás Eloy Martínez
QUERÍAMOS TANTO A PEPE
En la vida de toda persona siempre hay un momento de derrota, en el que la felicidad parece haber terminado sin remedio. A veces, sin embargo, ese momento se transfigura en una epifanía, en la revelación de luces que yacían dentro del ser y que se creían muertas.
Nadie esperaba en 1961 que José Bianco fuera algo diferente de lo que había sido hasta entonces: el discreto hombre de letras que durante más de veinte años dirigió junto a Victoria Ocampo la revista Sur, y a quien el ejercicio de ese periodismo literario, ya en vías de extinguirse, había permitido escribir sólo unas pocas ficciones. La obra de Bianco era entonces parca (no más de trescientas páginas en total, aun contando sus artículos ocasionales) y daba la impresión de haberse agotado: un libro de cuentos publicado en 1932, La pequeña Gyaros; una novela breve compuesta a instancias de Jorge Luis Borges para que pudiera ser incluida en la Antología de la literatura fantástica y que terminó llamándose Sombras suele vestir (1941), y un relato apenas más largo, Las ratas (1943), que varias veces había estado a punto de ser llevado al cine.

lunes, 6 de julio de 2015

Tomás Eloy Martínez / Luces y sombras de Susan Sontag

Susan Sontag

Luces y sombras de Susan Sontag

La novelista y ensayista estadounidense tuvo un apetito desbordante por la vida y una actitud intelectual independiente e irreverente. Su hijo edita ahora los diarios íntimos de esta aristócrata de la contracultura

TOMAS ELOY MARTÍNEZ 6 FEB 2009


Susan Sontag dejó, al morir hace cuatro años, un caudal incontable de notas dispersas, ensayos inconclusos, anotaciones para un diario.
Su hijo, el periodista y editor David Rieff, dice que jamás recibió instrucciones sobre lo que debía hacer con esos textos. Aunque Sontag sufría un cáncer de la sangre que en general resiste a los tratamientos más avanzados, "siguió creyendo, hasta pocas semanas antes de su muerte, que iba a sobrevivir".
Dos veces antes había afrontado otras formas de cáncer y había ganado la pelea. De la primera experiencia, a los 42 años, surgieron las ideas de La enfermedad y sus metáforas (1977), uno de sus grandes ensayos.

Susan Sontag, 1988
Fotografía de Annie Leibovitz

"Amaba vivir, y tanto su sed de experiencias como sus expectativas de escritora habían aumentado con el paso del tiempo", escribió Rieff en un libro desolado, Un mar de muerte: recuerdos de un hijo. Allí cita un pasaje de los diarios juveniles de Sontag, que acaba de publicar en los Estados Unidos: "No puedo siquiera imaginar que un día dejaré de vivir".

Tomás Eloy Martínez / El canon argentino


Tomás Eloy Martínez
Una mirada sobre la literatura nacional
El canon argentino

Harold Bloom, un catedrático de Yale célebre por su megalomanía y sus arbitrariedades, volvió a poner de moda, hace un par de años, el debate sobre el canon de la literatura occidental. A Buenos aires llegaron algunos ecos de la polémica, pero nadie trató de aplicarla a la literatura argentina. Es comprensible, porque no hacía falta.
El tema del canon ha estado presente en la mayoría de las discusiones intelectuales desde el Centenario, y parte del prestigio de publicaciones históricas como las revistas Nosotros, Sur, Contorno, Primera Plana o el de este mismo suplemento derivan del papel activo que asumieron en la consagración, canonización y negación de algunos escritores fundamentales.
En estos finales de siglo, después de incontables y caprichosas variaciones del canon impuestas por la crítica o las cátedras de literatura argentina, son los lectores -parece- los que están reorganizando el mapa de los grandes textos y los que deciden qué se puede dejar de lado. Cada lector, después de todo, va elaborando su propio canon a lo largo de la vida, teniéndolo con los libros que relee por pasión o por deseo, a sabiendas de que otros libros canónicos se le irán quedando en el camino.

Tomás Eloy Martínez / Eclipses de Macedonio Fernández


Tomás Eloy Martínez
ECLIPSES DE MACEDONIO FERNÁNDEZ

Los testimonios que la tradición oral ha retenido de Macedonio Fernández parecen aludir a un personaje más inventado que real. Era friolento en exceso y para mitigar su destemplanza dormía vestido, abrazado a toallas y diarios viejos. Alcanzó también fama como conversador prodigioso pero de pocas palabras, uno de esos gurúes capaces de mantener en vilo al auditorio durante una noche entra para pronunciar al amanecer la frase que iluminaba el universo.
En las provincias, donde todo lo que proviene de Buenos Aires suena a legendario, Macedonio era la más improbable de las leyendas. Resultaban inconcebibles el aislamiento y el estado de inmovilidad en que vivía, templando con igual indiferencia el mate o la guitarra. Se llegó a sospechar que las obras que se le atribuían habían sido redactadas por bromistas como Jorge Luis Borges o Ramón Gómez de la Serna, y que las fotografías en las que había posado con Juan Ramón Jiménez estaban fraguadas con la complicidad de un viejito venal.

lunes, 28 de abril de 2014

Juan Cruz / El misterio de Tomás Eloy Martinez

Tomás Eloy Martínez
según César Carrizo

El misterio de Tomás Eloy

La Feria del Libro de Buenos Aires evoca la figura del autor de 'Santa Evita'



    El escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez. / ULY MARTÍN
    A los últimos días de Tomás Eloy Martínez, que murió en Buenos Aires el 31 de enero de 2010 a los 75 años, se le podría aplicar la misma descripción que él hace del poeta Saint-John Perse cuando lo retrató enfermo y desvaído, en su cama. Esa descripción, publicada por Martínez en un periódico en 1975, está en su libro Lugar común la muerte: “Solo sé que de pronto, como en el interior de un relámpago, vi a Saint-John Perse envuelto en luz sobre la cama, inmóvil, con esa paz perfecta que solo fluye de las estatuas; vi también su voz levitando sobre la vajilla de porcelana, oí el aliento de una sangre que estaba más viva que la mía. Y sentí que debía callar, que el estrépito de cualquier palabra podía convertirnos en polvo”.
    Así vio al propio Tomás eloy, periodista, escritor, autor de Santa Evita y La novela del general, su joven colega argentino Jorge Fernández Díaz, a quien Martínez convocó para despedirse, quince días antes de su muerte. Ya era un hombre al que solo le funcionaba el cerebro “y se arrastraba literalmente hasta la mesa de escribir” para seguir a diario, línea a línea, su última novela ya incompleta, El olimpo. En la Feria del Libro de Buenos Aires, que tiene a Tomás Eloy Martínez como uno de sus patrones laicos, Fernández Díaz evocó este domingo esa figura “del maestro que no cesó nunca de serlo” envuelta además en la atmósfera de un misterio que él mismo no se ha atrevido a desvelar. Lo llamó a tomar el té, le preguntó por sus propios proyectos (como hacía siempre cuando estaba con otros, discípulos o no) y le entregó una caja que contenía un secreto. Jorge Fernández Díaz no sabe qué es, “guardé la caja en mi escritorio de La Nación [el diario para el que trabaja] y aún hoy no me atrevo a abrirla”.

    viernes, 25 de abril de 2014

    Tomás Eloy Martínez / El día que a Gabo le cambió la vida

    Tomás Eloy Martínez

    El día que a Gabo le cambió la vida

    La Nación
    El Tiempo, 19 de Abril del 2014

    El día que a Gabo le cambió la vida
    García Márquez y Tomás Eloy Martínez (der.) en un encuentro en Cartagena.


    'Cien años de soledad' se publicó por primera vez en Argentina, en 1967. Actor clave hace recuento.

    Agosto de 1967 fue el mes que cambió la vida de Gabriel García Márquez.Había cumplido 40 años el 6 de marzo de ese año, y en septiembre anterior había puesto punto final a Cien años de soledad, su novela de gloria. Todavía no tenía editor. Lo más probable era que terminara cediéndola a Era, el sello mexicano independiente que acababa de publicar El coronel no tiene quien le escriba.

    jueves, 24 de noviembre de 2011

    Tomás Eloy Martínez / El delirio del premio Nobel


    Tomás Eloy Martínez
    Addenda a “Para que nadie olvide
    a Felisberto Hernández”
    EL DELIRIO DEL PREMIO NOBEL

    Felisberto escribió entre quince y veinte cartas a Reyna Reyes, que sería la última de sus esposas. Maestra célebre, autora de libros clásicos en los círculos pedagógicos del Uruguay (Psicología y reeducación del adolescente, 1954; El derecho a educar y el derecho a la educación, 1965; ¿Para qué futuro educamos?, 1970), Reyna impidió por pudor la publicación de esos textos y los leyó sólo parcialmente a unos pocos íntimos.
    En abril de 1974 me leyó la más larga de todas ante un grabador y me autorizó a difundirla, después de verificar la fidelidad de mi transcripción. Esa carta tiene forma de relato y delata una secreta ilusión de Felisberto: ganar el premio Nobel. Fue escrita en la ciudad de Treinta y Tres, el 11 de agosto de 1954.

    Reyna, querida niña mía:
    Es necesario que conozcas una historia que descubrí esta mañana. Se refiere al Premio Nobel. Ha surgido la idea de un tal Hans Pfeiffer de que en vez de premiar a un creador con dinero se busque la manera de proporcionarle una felicidad más auténtica, más relativa a él mismo, y que no perjudique la obra que aún pueda realizar. Se ha comprobado que el dinero y la fama que resultan del premio trastornan la vida y la obra de quien no está acostumbrado a tenerlos. Entonces, la idea nueva consiste en no declarar a quien pertenece el premio hasta después de su muerte, y con el dinero del premio se cree un grupo de personas, psicólogos en su mayoría, que estudie y favorezca al creador y a su obra en el tiempo que le quede de vida. En síntesis: nada de fama, de dinero ni de ir a cobrarlos a Suecia.
    El grupo de personas encargado de beneficiar al premiado se traslada al país de éste y busca la manera de proporcionarle una relativa felicidad que no inhiba su producción.

    El primer ensayo está resultando alucinante
    Tomaron para el ensayo a un creador de menor cuantía. Se dirigieron al país de él, simularon ser de una sociedad de arte internacional instalada en un lugar alejado de los principales centros y que fuera pintoresco. Citaron a varios artistas, entre los que estaba el designado: estudiaron su vida, su filosofía, su psicología, su metafísica, y empezaron a producirle, por medios un poco previstos y otro poco a experimentar, una especie de locura moderada en sus comienzos, hasta observar cuál procedimiento resultaría efectivo a los fines propuestos. He aquí lo que resultó: el creador, relativo pobre diablo, se encuentra, cuando ya estaba preparado para tolerar esa locura (un tanto paranoica, que ya no era moderada), con una mujer que le parece una diosa destinada a él. El poeta (llamémosle) tiene este primer encuentro cuando ya hace rato que ha anochecido. Cree que conoce a la divinidad desde mucho tiempo antes: ella en el mundo es considerada como una Reyna, y sus antepasados son Reyes, pero quiere aparecer sencilla y democrática.
    Allí mismo, un hombre conocido por su genio en la época (Vaz Ferreira) la nombra su secretaria y tiene por ella una admiración en múltiples sentidos, y eso crea en derredor de la diosa envidias y persecuciones corrientes. El poeta tiene oportunidad de llegar a ella, la admira, pero la proximidad del hombre del cual ella es secretaria y la radiante belleza de ella producen en nuestro poeta una ilusión total, y se prepara para llevarla a su mundo abstracto con absoluta separación de la realidad.
    Pero la divinidad insiste en atraer al poeta, y se retira a su mundo, y éste, en su idea paranoica tan bien organizada, siente una leve persecución en tonalidad positiva. Ella parece perseguirlo para hacerle bien. Entonces, sufre una nueva alucinación: hay dos amigos del poeta que también lo persiguen para el bien. En estado paranoico no sólo el poeta es elegido para el bien, sino que los cuatro personajes hasta ahora nombrados son de la mejor generosidad e inteligencia.
    El amigo tiene un aspecto de otra época, con barba y sombrero aludo, y la esposa de éste es una gran poetisa que no siente envidia de nada ni de nadie (Alfredo y Esther de Cáceres). Estos amigos encuentran a la divinidad y preparan un plan para saludar al poeta.
    En la primera escena, en un café de mala muerte, la divinidad cuenta su vida y empieza el deslumbramiento y la locura declarada del poeta. En esa noche y otras muchas no duerme, casi no se alimenta, cree que se afeita y en realidad se araña. Hay otras escenas parecidas en las que el poeta sigue asomándose a los ojos azules de la diosa, y esto aumenta su locura. Ella lo invita a su templo, que simula ser una clase a la que concurren jóvenes maestros que no se fijan en la edad del poeta: todos están pendientes de los labios rojos sobre dientes muy blancos y del más inteligente azul de los ojos de la divinidad.
    En otra escena, la paranoia del poeta coordina hechos más irreales: él se encuentra con ella cuando una noche helada cae sobre un inmenso pabellón de rosas; el frío tiene el objeto de alejar a los guardianes y a otras gentes que no sean la pareja, pero ellos no tiene frío, y en pleno invierno ven rosas por todas partes. Allí recibe el poeta por primera vez los labios de la diosa en su boca y comienzan a comunicarse, y a estrecharse sus almas también, con la inocencia de los animales más salvajes.

    La rivalidad se hace más intensa
    Los amigos del poeta se regocijan. La poetisa teme por instantes los planes del esposo para salvar al amigo. Ella llama la atención a la diosa sobre un aspecto rilkeano del amor: el amor no es dado, hay que crearlo como una forma profunda de poesía integral, común a dos personas. En el instante en que el poeta tiene un principio de angustia, la diosa lo adivina: le envía una carta, lo calma, y el poeta piensa que es pura casualidad.
    El poeta tiene que realizar un viaje. La diosa, como en una nueva casualidad, concurre en el momento de la partida, y graba aún más fuerte en el poeta el azul de sus ojos divinos. Y el poeta, en su viaje, no podrá ver ni el paisaje ni el cielo. Al llegar al punto final de su viaje se encuentra con una carta de la diosa, y cree leer lo siguiente: que la diosa lo había despedido agitando un pañuelo. El pañuelo se escapa de las manos de la diosa y vuela por el cielo que el poeta no pudo ver (sólo ve el azul de los ojos de ella), hasta llegar antes que el poeta a su destino. El poeta desdobla el pañuelo y mira, escrito, el encaje de los maravillosos: “Hubieron distancias entre tu soledad y la mía. Empiezo a creer que ya están salvadas”.
    El poeta tiene toda la noche en los ojos la poesía en encaje del pañuelo. A la mañana siguiente lo pone en el césped, se arrodilla, y levanta la cabeza con los ojos cerrados para ver el azul de los de la diosa. Y le dice: “Diosa mía, si algún día descubro que no existes ni me quieres, tendré de nuevo la razón que he perdido, y ése será el veneno que me mate”.
    Hasta aquí la historia leída. La traducción es tan monótona y pesada que si la vuelvo a leer no te la mando y te quedas sin carta, Reyna querida. De cualquier manera sabrás que no debes pedirme que te escriba mucho, y que el hombre que te ama es irremediablemente tu
    Felisberto





    Tomás Eloy Martínez

    miércoles, 23 de noviembre de 2011

    Tomás Eloy Martínez / Para que nadie olvide a Felisberto Hernández


    Más información sobre Felisberto y su obra aquí

    Tomás Eloy Martínez
    PARA QUE NADIE OLVIDE
    A FELISBERTO HERNÁNDEZ

    La desgracia llegó la última semana de 1963, cuando ya hacía rato que Felisberto Hernández la esperaba. Tomó primero la forma de una inocente pereza que se le declaraba por las tardes, mientras paseaba con su novia María Dolores Roselló entre los plátanos de El Prado. Sobre Montevideo se había detenido entonces una marea de calores encarnizados, a los que Felisberto creía culpables de su desgano. Pero a veces aparecían rachas de fresco y el cuerpo seguía desconcertado, sin el placer que había sentido siempre al moverse. Ya no quería sentarse al piano, en el comedor de María Dolores, y entretener los dedos con las danzas españolas de Granados, como había sucedido en los primeros meses de noviazgo. Ahora se despedía de ella temprano e iba a descansar al hotelito de la calle Durazno casi esquina Jackson, donde vivía con la madre.

    viernes, 15 de febrero de 2008

    Julio Cortázar / El hechizo sigue vivo


    El hechizo de Cortázar sigue vivo

    García Márquez, Fuentes y Saramago rinden homenaje al escritor en el 20º aniversario de su muerte

    JUAN JESÚS AZNÁREZ México 15 FEB 2004
    El décimo aniversario de la Cátedra Julio Cortázar de la Universidad de Guadalajara (México)coincidió con el homenaje rendido ayer en su paraninfo a Julio Cortázar en el 20º aniversario de su muerte. La casa de estudios mexicana reunió, en una sucesión de coloquios, a viejos amigos o admiradores del argentino universal. Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez rememoraron los episodios vividos junto al autor de Rayuela y glosaron su colosal obra. El portugués José Saramago y el argentino Tomás Eloy Martínez abordaron también el legado de uno los autores más importantes del siglo XX en un acto en el que estuvo Aurora Bernárdez, viuda del escritor, fallecido en París el 12 de febrero de 1984.

    Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes tenían 36 años menos durante aquel viaje ferroviario de París a Praga en que el argentino Julio Cortázar los embelesó con una cátedra sobre la incorporación del piano en la orquesta de jazz, el misterio de los trenes en las novelas de Agatha Christie o la apoteosis sinfónica de Charlie Parker y Louis Armstrong. El talento revolucionario del gaucho de la leyenda, que lo sabía todo y había nacido para no aceptar las cosas tal como le eran dadas, deleitó hasta el alba la travesía del convoy latinoamericano hacia el rostro humano del socialismo. Lo recordaban ayer en Guadalajara aquellos dos pasajeros que le escucharon en el año 1968 con la boca abierta.
    Muchos años después de aquella expedición, mientras el autor de Rayuela (1963) descansaba en el cementerio de París, el mexicano habría de recordarle como la versión risueña de Dorian Gray o el Erasmo de otro renacimiento. "Cortázar vivió un conflicto al que pocos escaparon en nuestro tiempo: el conflicto entre el afuera y el adentro de todas las realidades, incluyendo la política", dijo Fuentes. Y mucho antes de aquella operación de rescate de la primavera de Praga, Gabo ya había leído Bestiario (1951), el primer libro de cuentos de Cortázar, en un hotel de Lance de Barranquilla. Terminó la última página con el suspiro de la primera: cuando fuera mayor, quería escribir como el argentino.
    Los dos ilustres latinoamericanos fueron amigos y admiradores del pensador, cuya memoria honraron ayer en la Cátedra Julio Cortázar de la Universidad de Guadalajara, instituida para constatar que la muerte del genio fue sólo invención de quienes no creen en los Cronopios. "Carlos, no creas lo que dicen los periódicos", le dijo a Fuentes García Márquez cuando aquél, terriblemente apesadumbrado, le comunicó la muerte del amigo. El argentino Tomás Eloy Martínez, el nicaragüense Sergio Ramírez, el portugués José Saramago; Saúl Yurkievich, albacea de su obra literaria; su viuda, Aurora Bernárdez; el ex presidente colombiano Belisario Betancur, y 30 editores, estudiosos, traductores y leales acompañaron, en el Paraninfo Enrique León, el vigésimo aniversario de la desaparición de un autor intenso, arrebatado, aventurero y, paradójicamente, contrario a los fastos.
    También lo veneraron en España, Argentina, Bélgica, México, Chile, Polonia y Brasil. García Márquez y Fuentes hubieran necesitado de varias jornadas para rememorar sus vivencias con aquel grandullón refinado y erudito, nacido en Bruselas de padres argentinos el 26 de agosto de 1914, cuyas manos grandes y expresivas tanto asombraron al Nobel colombiano. Lo recordó ayer en la tarima de un parque sandinista, en Managua, hipnotizando con un cuento sobre las desventuras del boxeador Mantequilla Nápoles: "La muchedumbre sentada en la hierba parecía levitar en estado de gracia por el hechizo de una voz que no parecía de este mundo". El mundo de Cortázar maravilló en el coloquio.
    El colombiano supo que Cortázar, "el ser humano más impresionante que he tenido la oportunidad de conocer", fecundaba la narrativa tradicional en el café Old Navy, del bulevar parisiense Saint Germain, y montó guardia durante semanas para encontrarle. Pero antes, durante más de una hora, en el año 1956, lo observó escribiendo sin pausas, hasta el anochecer. No se atrevió a interrumpirlo. Después habían de establecer una amistad duradera y cómplice. "Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba, además, otro menos frecuente: la devoción", dijo García Márquez.
    También lo quiso Carlos Fuentes, que editaba, en 1955, la Revista Mexicana de Literatura. Le enviaron el manuscrito de una novela de Cortázar que, finalmente, éste retiró porque no creyó en ella. "¿Cuántas páginas magistrales quemó, desfiguró, mandó a un cesto o a un archivo ciego?", se preguntó siempre el autor de La región más transparente(1958), su primera novela, que Cortázar elogió en una inolvidable carta al mexicano. El cruce epistolar continuó y Fuentes depositó ese intercambio de reflexiones en la Biblioteca de la Universidad de Princeton (EE UU), con instrucciones de no se publiquen hasta 50 años después de su muerte.
    Fuentes habría de conocer a Cortázar personalmente en el año 1960. Preguntó por él a un hombre lampiño y de juvenil aspecto que le atendió en una casa de Buenos Aires. "Pibe, quiero ver a tu papá". "Soy yo", le contestó, grave, Cortázar. Le acompañaba su esposa, Aurora Bernárdez. "No he conocido ojos más largos que los de Cortázar. Un gato sagrado. Con razón, pensé, está viendo lo que nosotros no vemos", dijo ayer. El latinoamericano en Europa que sabía más de Europa que los europeos tenía esos ojos largos para mirar la realidad paralela y latente, y la contigüidad, y "la inminencia de formas que esperan ser convocadas por una palabra, un trazo de pincel, una melodía tarareada, un sueño".
    Políticamente, Fuentes, García Márquez y el Cronopio Mayor coincidieron en mucho, según propia confesión, pero no en todo, y sus visiones sobre las revoluciones latinoamericanas o la Europa bajo el imperio soviético no eran idénticas. Pero las diferencias fueron siempre respetuosas y no mellaron una fraternidad sin mezquindades, festiva y calavera a veces. Algunas anécdotas son reveladoras y no hubo tiempo para desarrollarlas en Guadalajara. Invitados por Milán Kundera a un concierto en Praga, Gabo y Cortázar fueron arteros al pedir a Carlos Fuentes que les representara en un parlamento sobre América Latina ante obreros metalúrgicos y estudiantes trotskistas. "Che, Carlos, a ti no te cuesta hablar en público; hacelo por Latinoamérica...", le animó el hombre del tango malevo.
    La delegación de funciones acabaría compensando a Fuentes, porque fue testigo del inesperado hilo musical que durante horas amenizaba los tajos fabriles checos: un disco de Lola Beltrán cantando Cucurrucucú, paloma. El trío tuvo un perfil retozón en algunas sobremesas parisienses, según consta en una grabación, todavía no difundida. En ella, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes atacan varias rancheras y Cortázar se arranca con el tango.
    José Saramago abordó en Guadalajara uno de los cuentos de Cortázar, No se culpe a nadie, que el Nobel portugués encontró perturbador y relaciona con Franz Kafka. Saramago piensa que el jersey de aquel hombre del que nadie se ocupa en el cuento es el caparazón del coleóptero en que se transformó Gregorio Sansa en La metamorfosis."Y si no es cierto, y si no tiene nada que ver una cosa con la otra, me da gusto reflexionar sobre una y otra porque en el fondo ése es el objetivo de la literatura".
    Tomás Eloy Martínez leyó Rayuela cuando era ya objeto de culto, cuando su compatriota de corazón había instalado "el sabor de la libertad y la utopía en una América Latina sumida en la opresión y la oscuridad", cuando avizoró antes que nadie los cambios de vientos en la literatura y la política, y cuando escribió con una audacia que ni siquiera pudo superar la audaz argentina Macedonia Fernández. "Los lectores pasan y Cortázar sigue escribiendo mejor cada día, así como Gardel canta cada día mejor. Pronto va a cumplir 90 años, como lo ha recordado José Saramago, pero todavía es un adolescente que, como los dioses, está destinado a no morir", dijo.
    La obra fundacional del augusto homenajeado no muere, porque se mueve de una generación a otra y porque es cantera inagotable de percepciones e imaginarios, según reiteraron los ponentes del foro de Guadalajara, invitados a un concierto de jazz, con piezas recogidas en Rayuela: Body and soul, de Coleman Hawkins, o Good bait, de Dizzy Gillespie. El prócer difunto escribía casi improvisando, como si tocara jazz, y aquella soltura fascinó a los escritores jóvenes, que empezaron a escribir cuentos con mucho jazz y marihuana, soltando comas por aquí y por allá, según observó el fallecido Augusto Monterroso. No advirtieron que "detrás de la soltura y la aparente facilidad de la escritura de Cortázar había años de búsqueda y ejercicio literario, hasta llegar al hallazgo de esas apostasías julianas".