jueves, 25 de abril de 2013

Mike Newell / Una pasión dickensiana







Mike Newell dirige a Jeremy Irvine en el rodaje de 'Grandes esperanzas'
Mike Newell dirige a Jeremy Irvine en el rodaje de 'Grandes esperanzas'

Una pasión dickensiana

El director británico Mike Newell adapta ‘Grandes esperanzas’, última gran obra del escritor


Su versión académica es fruto de décadas de estudio y amor al autor inglés


Gregorio Belinchón
Madrid, 25 de abril de 2013

Tópicos sobre Charles Dickens: niños pasando hambre, barro en las calles londinenses, prostitutas, mecenas con corazones de oro, jóvenes idealistas, miseria social y económica, clímax sentimentaloides... “Y todos ciertos”, confirma Mike Newell (St. Albans, Hertfordshire, Inglaterra, 1942). “Te añado uno más: era un escritor muy popular, que como publicaba en entregas sus novelas atendía a las reacciones del público. Y lo sigue siendo: el lenguaje de Dickens es más reconocible por un británico que el de Shakespeare. Cualquier inglés sabe instantáneamente que está leyendo un texto suyo”. Newell sabe de lo que habla: no solo es un director de cine de variopinta carrera, con títulos como Bailar con un extraño, Cuatro bodas y un funeral, Un abril encantado, Donnie Brasco, Fuera de control, Harry Potter y el cáliz de fuego, La sonrisa de Mona Lisa o Prince of Persia: las arenas del tiempo, es que si ha habido una constante en su vida ha sido su pasión por Dickens, una quemazón que le ha hecho batallar durante bastante tiempo para sacar adelante una adaptación de su obra, que ha logrado gracias a la celebración del 200 aniversario de su nacimiento en febrero de 2012 “y a que por fin había un guion que podía acercarse a su calidad literaria”. Mañana se podrá ver en los cines españoles el resultado de tanta brega: Grandes esperanzas, una versión académica con Ralph Fiennes, Helena Bonham Carter, todo un batallón de estupendos secundarios británicos y protagonizada por Jeremy Irvine (War horse).


Por todo lo anterior el cineasta disfruta más hablando del escritor que de su película: “Dickens escribía para todos, cualquiera puede verse reflejado en alguno de sus personajes, ya que él no los marcaba con severos juicios morales. Por eso, hay versiones en la pantalla de sus obras por cada generación”. Newell recuerda cómo siendo estudiante se especializó en Dickens “como un fan arrebatado”. Y cómo esta pasión no le ha ayudado en la adaptación de Grandes esperanzas. “Es un libro muy extenso y cada vez que recortaba capítulos y personajes me dolía en el alma. Escogí este libro porque su protagonista, Pip, es un chaval humilde, idealista, pero no exactamente un buen tipo: hace cosas horribles. Y es la penúltima gran novela de Dickens, la última grande. Se miró a sí mismo, se retrató en Pip y se expuso ante sus lectores como si dijera: ‘Miradme, yo también procedía de la nada. Trabajé en una fábrica con 12 años, cuando mi padre estuvo en prisión, y he llegado hasta aquí’. Fascinante”.
Toda esta autoexposición pública ocurrió antes del 9 de junio de 1865, el día del accidente ferroviario de Staplehurst, cuando siete vagones de un tren cayeron desde un puente en reparación. Solo se salvó un vagón de primera clase, en el que viajaba Dickens... con la actriz Ellen Ternan, que era su amante, y la madre de esta. “Estaba separado de su esposa, que cuidaba a sus hijos \[tuvieron 10\]. Aún no existía el divorcio. Así que Dickens ayudó a los heridos, recogió el manuscrito inconcluso de Nuestro amigo mutuo y desapareció por el que dirán. Lo sabemos porque su hija Kate escribió un libro sobre ella, su padre y los amores paternos. Kate murió en 1929, y años antes recibió la visita de George Bernard Shaw, que quería escribir sobre Dickens. Ella solo le pidió que no le retratara con una sonrisa de oreja a oreja, como un caballero amable y con la espada de la justicia en una mano... Porque no era así”.



Ralph Fiennes, en la película.
Ralph Fiennes, en la película.


Tanta pasión, tanto conocimiento de los secretos de Dickens, ¿no los hubiera canalizado mejor dirigiendo una biografía del escritor? “Pues es que he llegado tarde por meses. Ralph Fiennes, justo él que ha trabajado en mi película, acaba de dirigir y protagonizar un filme que ahonda en esta relación extraconyugal. Lo siento, ya está hecha [risas]”. Ahora el cineasta prepara Reykjavik, recreación del encuentro que en 1986 reunió en la capital islandesa a Mijail Gorbachov y Ronald Reagan, y reconoce que su adaptación de El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, no fue... buena. "Me equivoqué, porque me pudo la pasión y ni conozco lo suficiente el idioma español ni la rodé en este idioma. Grave error".
Newell empezó en 1966 dirigiendo capítulos del culebrón británico por antonomasia, Coronation Street, que aún sigue en antena. “Me ayudó mi pasión por Dickens. Porque en una serie de televisión tienes muy poco tiempo para enganchar a la gente, volverla loca y con ansias de más. Dickens escribía solo tres capítulos por delante de lo que se publicaba: es decir, él funda el esquema del culebrón. Todo lo contrario de, por ejemplo, Dostoievski: el ruso escribe en largo, sin clímax; Dickens encadena un clímax y otro y otro. Por eso es el gran contador de historias y el gran artista de la literatura inglesa”..

Ciudades / San Pedro de Sula / La ciudad más violenta del mundo


Unas tijeras tiradas en un charco de sangre en el suelo de la sala de emergencias del hospital de San Pedro Sula. (REUTERS/Jorge Cabrera).

Así es San Pedro Sula, 
la ciudad más violenta del mundo

Acapulco es la segunda, y Caracas, la tercera.


Por  | Blog de Noticias – mar, 9 abr 2013
Horas más tarde, a las 7.30 de la mañana, en el barrio Cabañas, unos hombres armados se asomaron por las ventanillas de dos coches rojos y abrieron fuego contra una furgoneta gris que circulaba junto a ellos.
Mataron a dos de sus ocupantes. Una mujer resultó herida. Y esto es un fin de semana normal en San Pedro Sula, una ciudad al noroeste de Honduras en la que por normal se entiende muerte.
Con 169 homicidios voluntarios por cada 100.000 habitantes al año -tres muertos al día-, es la ciudad más sangrienta del mundo.


Esto según un informe realizado por el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, un think thank mexicano que, eso sí, no incluye las metrópolis de Oriente Próximo pero que sí sitúa Acapulco (México) como segunda ciudad más violenta del mundo, seguido por la capital venezolana de Caracas. En Estados Unidos es Nueva Orleans (Luisiana) la que se lleva la palma, en el número 17. El país con más ciudades violentas (15) es Brasil, seguido de México.

El cuerpo de un hombre tiroteado en San Pedro Sula el 28 de marzo (Jorge Cabrera/Reuters)

Pero, ¿qué tiene San Pedro Sula de especial para encabezar esta lista? Según los expertos, es el resultado de la ofensiva mexicana contra la violencia de los cárteles de la droga y la dureza con la que Estados Unidos deporta a los inmigrantes mexicanos que cometen crímenes en sus tierras: si el norte no es una opción, la actividad criminal se desplaza al sur, donde, como en otros tantos países centroamericanos, las autoridades tienen pocos recursos para combatirla.
Lo cual no impide que los habitantes de la ciudad lamenten las conclusiones del estudio. Muchos de ellos creen que no se merece y que está dañando los pequeños negocios locales. Explican que Honduras solo tiene tres morgues y una de ellas está en San Pedro Sula, con lo cual cualquier víctima de un asesinato en otra localidad es llevada allí, lo cual hincha las estadísticas.
"Todos los crímenes del norte de Honduras terminan pasando aquí, según los documentos oficiales", se lamenta Luis Larach, un empresario local. "Lo que hacemos los hombres de negocios es una cuenta más precisa para determinar de dónde viene tanta muerte violenta para comprobar que la información es verdadera".
No solo tendrían que enfrentarse al Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, también la universidad Nacional Autónoma de Honduras sostiene que el estudio solo tiene en cuenta los asesinatos perpetrados en San Pedro Sula y que, de hecho, el índice es incluso mayor. El grupo ha explicado en su página web:
"No es su lugar en el ranking lo que daña la imagen de la ciudad, sino la violencia y la incapacidad del gobierno para contenerla y reducirla. Esconder los problemas nunca sirve para solucionarlos".
Para solucionar el problema, las autoridades hondureñas han lanzado la llamada Operación Trueno, consistente en saturar los enclaves más violentos de policías y soldados. Algunos residentes creen que es una medida que ya está dando resultados. "Ahora hay más seguridad", anuncia Nicolle Valladares, una vecina. "Y eso nos da paz". Los números, por ahora, le llevan la contraria.
Fuente: Yahoo! España

GALERÍA DEL HORROR

El cadáver de un joven yace frente a la morgue del hospital público de San Pedro Sula, 
donde un cartel explica los requisitos para entregar cuerpos.

Un guardia de seguridad se apoya en la puerta de mergencias del hospital de San Pedro Sula. (REUTERS/Jorge Cabrera)

Los forenses sostienen el cadáver de una mujer que fue disparada por dos hombres desde una motocicleta. (REUTERS/Jorge Cabrera).

Armas confiscadas tras el arresto de varios miembros de una mara en San Pedro Sula. (REUTERS/Jorge Cabrera).
Miembros de una mara detenidos tras una redada policial en San Pedro Sula. (REUTERS/Jorge Cabrera).
Cadáver de un joven de 16 años que recibió un disparo en la cabeza, en una camilla del hospital de San Pedro Sula. (REUTERS/Jorge Cabrera).
Los agentes de policía suben a la camioneta tras recibir el aviso de un tiroteo en San Pedro Sula. (REUTERS/Jorge Cabrera).
Una mujer sostiene a un niño tras un tiroteo entre bandas rivales en San Pedro Sula. (REUTERS/Jorge Cabrera).
http://co.noticias.yahoo.com/blogs/blog-de-noticias/as%C3%AD-es-san-pedro-sula--la-ciudad-más-violenta-del-mundo-181613673.html


Salinger / Nueve cartas



Nueve cartas de Salinger agrandan su leyenda

Antes de publicar 'El guardián entre el centeno', el escritor mantuvo correspondencia con una joven aspirante a novelista de Toronto

BIOGRAFÍA DE J.D. SALINGER



Una de las pocas imágenes de Salinger que existen
En una caja de zapatos al fondo de un armario Marjorie Sheard, un ama de casa de Toronto, guardó sus sueños juveniles de ser escritora y su aproximación al mundo literario. Las cartas que recibió de un joven escritor a quien había leído en Esquire y admiraba, le ofrecían algunas pistas sobre cómo orientarse en el mundo literario, en el que nunca llegó a zambullirse. “Me parece que tienes el instinto para evitar las tonterías de la típica chica de Vassar”, le escribió en 1941 animándola a mandar su trabajo a pequeñas revistas literarias.
En las líneas que JD Salinger escribía a Marjorie se adivina el mismo tono mordaz que caracterizó a Holden Caufield, legendario héroe de 16 años de su primera novela, El guardián entre el centeno, que ha cautivado a millones de lectores desde su aparición en 1951. Con aquel libro, publicado una década después de que arrancaran estas epístolas –pero en torno al que ya merodean al referirse Salinger “al cuento de Holden”– el escritor alcanzaría la fama de la que más adelante se empeñó con denuedo en escapar, dejando incluso de publicar en una búsqueda furiosa por encontrar el anonimato, el mismo en el que paradójicamente vivió su corresponsal Sheard. Esto era hasta ayer, cuando se hizo pública la noticia de la adquisición de nueve de estas cartas por la Morgan Library. La familia de Sheard decidió venderlas para poder costear los gastos del cuidado de ésta mujer de 95 años en la residencia en la que vive.
“La Morgan Library tiene más de 40 cartas de Salinger, que han sido adquiridas en los últimos años”, señaló a este periódico el director de comunicación de esta institución, Patrick Milliman. “Las negociaciones en torno a la correspondencia del escritor con Sheard arrancaron en 2011”. La noticia se hizo pública ayer en The New York Times, el único medio que ha tenido acceso al material. A principios de este mismo mes de abril la Morgan Library también anunció que había recibido una donación de 28 cartas que Salinger envió a Swami Nikhilananda, fundador del centro Ramakrishna-Vivekanda. Las filosofías orientales jugaron un papel muy importante en la obra de Salinger y el análisis de estas cartas fue objeto de una charla a cargo del biógrafo de Salinger, Kenneth Slawenski a principios de abril en la Morgan.
 La exposición al público del material recién adquirido aún no tiene fijada una fecha, según reconocieron desde esta institución, aunque es previsible que organicen una muestra como ya lo hicieron en la primavera de 2010, apenas un par de meses después de la muerte del escritor. En aquella ocasión mostraron las cartas que Salinger escribió al ilustrador que diseñó la portada de la primera edición de El guardián entre el centeno, su vecino y amigo, Michael Mitchell. Esa colección fue legada a la Morgan Library en 1998 por Carter Burden dentro de un lote más amplio, pero permaneció oculta hasta la muerte de Salinger en enero de 2010, impregnada del mismo secretismo que caracterizó la vida de Salinger. Aquellas cartas cubrían más de cuatro décadas, de 1951 a 1993, y en ellas era posible trazar el solipsista camino que Salinger emprendió, desde la primera epístola en la que relata su estancia en Londres y una cena en casa de Vivien Leigh y Laurence Olivier, hasta la última en la que no acepta enviar a Mitchell una copia firmada de “El cazador entre el centeno”. También habla acerca de sus hábitos de trabajo o su afición a la cultura pop, que caló en referencias a Eddy Murphy o Nancy Reagan.
La correspondencia con Sheard queda restringida de 1941 a 1943. Arranca cuando Salinger tiene 22 años, poco antes de que fuera llamado a filas. Coquetea con Sheard y le pide una foto. Cuando ella se la envía contesta: “Tramposa. Eres bonita”. En la carta también hace lo que parece una referencia velada a su fallido romance con Oona O’Neill, que acabaría casándose con Charles Chaplin, y que según cuentan los biógrafos le rompió el corazón a Jerry, como acostumbraba a firmar sus epístolas al escritor.
Salinger mantuvo toda su vida una gran afición a mandar cartas, incluso cuando dejó de publicar en los años sesenta y centró gran parte de su energía en permanecer oculto. Escribió cartas incendiarias a quienes criticaban su obra, atentas a los niños que le mandaban preguntas y coquetas a las mujeres que le atraían. A su viejo amigo, el británico Donald Hartog le escribió decenas de ellas desde que se conocieron en la adolescencia en Viena, adonde ambos fueron enviados por sus familias para aprender alemán. Las cartas que se cruzaron en ese primer periodo fueron quemadas por el inglés, pero 50 de las que se cruzaron cuando retomaron el contacto en los años 80, tras la aparición de una biografía no autorizada de Salinger, fueron donadas recientemente a la Universidad de East Anglia por los hijos de Hartog. En ellas Salinger habla de tenis, de ópera, de hamburguesas y de pequeñas excursiones a las Cataratas del Niágara. Desmonta en buena medida el mito de su absoluta reclusión, que en caso de que se diera, rompió para asistir al 70 cumpleaños de su amigo en Inglaterra.
Pero quizá una de las cartas más llamativas de cuantas envió el huraño –según escribieron su hija y también su compañera sentimental Joyce Maynard, en sendos libros– y sin duda, enigmático, Salinger fue a Hemingway, el novelista cuyos libros recomendó a la futura ama de casa de Toronto, Sheard. Esta carta de 1946 a Hemingway en la que con sorna se compara con Holden Caufield fue mostrada al público en la biblioteca John Fritzgerald Kennedy de Boston en 2010, el año en que el escritor falleció y en el que arrancó una nueva fiebre por sus epístolas. Caufield se preguntaba adónde van los patos de Central Park en invierno, esa pregunta sigue en el aire, pero las cartas que mandó su autor, Salinger, van abandonando armarios y cajones, y saliendo a la luz para levantar el velo de secretismo que en vida le rodeó.



DE OTROS MUNDOS
La venganza de Peggy Salinger
El guardián entre el centeno sigue cautivando después de cincuenta años
La biografía de Salinger escrita por su hija retrata a un iluminado entregado a sí mismo
Rodrigo Fresán / Para Jerome, con amor y sordidez
Benjamín Prado / Adoptados
La revista malagueña Zut publica dos relatos inéditos de Salinger
Salinger / Thomas Pynchon / Cormac McCarthy / El talento de la evasión
El atronador silencio de Salinger
Salinger demanda al continuador de su novela
El juez da la razón a Salinger en su denuncia por plagio
Salinger / La intimidad como arte
Salinger / El aire del New Yorker
Salinger / El miedo a hacerse adulto
Salinger / Adiós al gran enigma de las letras estadounidenses
Charlie Chaplin le quitó la chica a Salinger
El cine cuenta la vida de Salinger
David Trueba / Sin salinger
Salinger / La ternura entre el centeno
Dulce y desconocido señor Salinger
El paulatino viraje al negro de Salinger
Enrique Vila-Matas / Salinger y los nuevos tiempos
Así comienza / El guardián entre el centeno
Kenneth Slawenski / Salinger podía ser intratable
Salinger / Nueve cartas
Salinger / Las zonas oscuras
Salinger / Escribir para sí mismo
Cinco volúmenes inéditos de Salinger verán la luz a partir de 2015
Elsa Fernández-Santos / Lo nunca visto en Salinger
Eduardo Lago / Asedio a la fortaleza de Salinger
Salinger / Bioficción
Tres cuentos inéditos de Salinger, filtrados en internet
A los cuatro años de la muerte de Salinger / Este muerto está muy harto
Salinger / Todos los agujeros negros
Salinger / Si quieres que te busquen, escóndete
Ni Guerra y paz ni Cincuenta sobras de Gray / Los libros más influyentes según Facebook
One-hit wonder / Embrión de un catálogo de casos literarios
Secretos de los libros únicos de un autor / Treinta eclipses memorables
Salinger / ¿Cuándo demonios vas a crecer de una vez?
Autor de culto / Un secreto de dioses
Salinger / Cómo se engendra un monstruo
Salinger por Salinger
Salinger y otros nueve desconocidos
Oona y Salinger / Dos atractivos personajes
Frédérick Beigdeber / El escritor que odia a los viejos
Salinger / Un joven enamorado





miércoles, 24 de abril de 2013

Salinger / Este sándwich no tiene mayonesa


Salinger



Nota: este relato inédito pertenece The Complete Uncollected Short Stories I and II  y apareció en Esquire, Octubre de 1945, pág. 54-56, 147-149. Según este sitio especializado, algunos de los primeros trabajos de J. D Salinger son susceptibles de catalogarse dentro de las “Caufield Stories”, relatos que tiene algún tipo de vínculo en forma con The Catcher In The Rye y con su protagonista Holden Caufield. “Este sándwich no tiene mayonesa” pertenece a este grupo.


 J.D. Salinger
BIOGRAFÍA
Este sándwich no tiene mayonesa



Voy en un camión, sentado en una de las paredes del acoplado, tratando de escapar de esta loca lluvia de Georgia, esperando que llegue el Teniente de Servicios Especiales, esperando cobrar. Tengo pensado hacer dinero de acá a unos minutos. Hay treinta y cuatro hombres en este vehículo y sólo treinta de ellos se supone que deban ir a bailar. Cuatro deben irse. Planeo apuñalar a los cuatro primeros a mi derecha, al tiempo que canto con todo lo que me da la voz “Off We Go Into The Wild Blue Gonder”, ahogando sus tontos lamentos. Luego escogeré a otros dos (preferentemente graduados universitarios) para empujarlos a la húmeda y roja arcilla de Georgia, fuera de este vehículo. Quizás valga la pena olvidar que soy uno de los Diez Hombres Más Rudos que alguna vez se hayan metido en este acoplado. Podría machacar  a los gemelos Bobbsey. Cuatro deben irse. Fuera del camión homónimo… Choose yo’ pahtnuhs for the Virgina Reel!
Y la lluvia sobre la lona cae más fuerte que nunca. No es mi amiga. No es amiga mía ni de estas personas (cuatro de ellos deben irse). Tal vez es amiga de Katharine Hepburn o de Sarah Palfrey Fabyan o de Tom Heeney, o de todos los firmes fanáticos de Creer Garson que esperan en fila en el Radio City Music Hall. Pero no es mi compinche, esta lluvia. No es compinche tampoco de los otros treinta y tres hombres (Cuatro de ellos deben irse).

El tipo de la cabina me grita otra vez.

“¿Qué?” digo. No puedo oírlo. La lluvia sobre la lona me mata. Ni siquiera quiero oírlo.

Dice por tercera vez, “¡Bajemos a la carretera! ¡Que venga las mujeres!”

“Tengo que esperar al Teniente,” le digo. Siento que mi codo se moja y lo meto dentro, fuera del aguacero. ¿Quién se robó mi impermeable? Con todas mis cartas en el bolsillo izquierdo. Mis cartas de Red, de Phoebe, de Holden. Cartas de Holden. Ah, escuchen, no me importa que se roben mi impermeable, pero ¿por qué robarme las cartas? Él sólo tiene diecinueve años, mi hermano, y las drogas no bajan ni una mísera su humor, lo matan con sarcasmo, y no puede hacer nada más que escuchar frenéticamente al descalibrado aparatito que lleva en su corazón. Mi hermano perdido en acción. ¿Por qué no dejan los impermeables en paz?

Tengo que dejar de pensar en ello. Pensar en algo agradable, como el viejo cascarrabias de Vincent. Pensar en este camión. Hacerme creer que no es el más oscuro, húmedo y miserable camión del Ejército en el que haya viajado alguna vez. Este camión, debes hacerte creer, está lleno de rosas y rubias y vitaminas. Es un camión verdaderamente lindo. Es un camión formidable. Eres afortunado de estar aquí esta noche. Cuando vuelvas del baile –¡Choose yo’ pahnuhs, folks!- podrás escribir un poema inmortal acerca de este camión. Es un poema en potencia. Puedes llamarlo “Camiones en los que he viajado,” o “Guerra y Paz,” o “Este sándwich no tiene mayonesa”. Hazlo simple. Ah, escucha. Escucha, la lluvia. Es el noveno día desde que empezó a llover. ¿Cómo puedes hacerme esto a mí y los treinta y tres hombres (cuatro de ellos deben irse)? Déjanos solos. Deja de hacernos sentir pegajosos y desolados.

Alguien me habla. El hombre dentro del radio de mi navaja. (Cuatro deben irse.) “¿Qué?” le digo.
“¿De dónde eres, Sarg?” Me pregunta el muchacho. “Te estás mojando el brazo.”
Lo meto nuevamente adentro. “New York,” le respondo.
“Yo también. ¿De qué parte?”
“Manhattan. A algunas calles del Museo de Arte.”
“Yo vivo en Valentine Avenue,” dice el muchacho. “¿Sabes dónde es?
“En el Bronx, ¿no?”
“Nah, Cerca del Bronx. Cerca del Bronx, pero no ahí. Es aún Manhattan.”

Cerca del Bronx, pero no ahí. Recordemos esto. No vayas por ahí diciéndole a la gente que vives en el Bronx cuando no viven allí, viven en Manhattan. Usemos la cabeza, amigos. Bailemos un rato.

“¿Cuánto hace que estás en el Ejército?” le pregunto. Es un soldado raso. Es el soldado raso más empapado que he visto en el Ejército.
“Cuatro meses. Me envían al Sur y luego me embarco a Mee-ami. ¿Has estado en Mee-ami?”
“No,” miento. “¿Hay alguno bueno allí?”
“¿Algo bueno?” y codea al tipo a su derecha. “Dile, Fergie.”
“¿Qué?” dice Fergie, empapado, congelado y nauseabundo.
“Cuéntale al Sargento acerca de Mee-ami. Quiere saber si hay algo bueno o no. Dile.”
Fergie me mira. “¿Nunca ha estado allí, Sargento?” – Pobre y miseable proyecto de Sargento.
“No. ¿Se está bien allí?” me las apaño para preguntar.
“¡Qué ciudad!” dice Fergie suavemente. “Puedes conseguir todo lo que quieres allí. Te puedes divertir de verdad. Digo, realmente la puedes pasar bien. No como en este agujero. Aquí no puedes pasarla bien ni intentándolo.”
“Vivíamos en un hotel,” dice el muchacho de Valentine Avenue. “Antes de la guerra se pagaba cinco o seis dólares al día por un habitación en ese lugar. Una habitación.”
“Duchas,” dice Fergie con el  tono agrio que Abelardo, durante sus últimos años, debe haber usado para describir el picaporte de Eloisa.
“Estábamos todo el tiempo limpios como niños. Allí tenías cuatro tipos en una habitación y duchas en el vestíbulo. El jabón del hotel era gratis. Cualquier tipo de jabón. No sólo el barato.”
“¿Estás vivo, no?” el tipo enfrente de mí le grita a Fergie. No puedo verle la cara.
Fergie está más allá de todo. “Duchas,” repìte. “Me duchaba dos o tres veces al día”
“Yo solía ser vendedor allí,” anunció un tipo en mitad del camión. Apenas puedo ver su cara en la oscuridad. “Memphis y Dallas son las mejores ciudades del Sur. Les juro. En el invierno Miami se llena de gente. Puede volverte loco. En los lugares adonde vale la pena ir, difícilmente puede conseguir algo.”
“No estaba atestado de gente cuando estuvimos allí, ¿no es cierto, Fergie?” pregunta el chico de Valentine Avenue.
Fergie no respondió. No participa como nosotros en la charla. No se presta a ello.
El hombre al que le gusta Memphis y Dallas piensa igual también. Le dice a Fergie, “estando por aquí, eres afortunado si consigues ducharte una vez por día. Estoy en una nueva área del Oeste. Aún no construyeron las duchas.”
A Fergie no le interesa. La comparación no es acertada. La comparación, debo decirte, apesta, Mac.
Del frente del camión llega una dinámica e irrefutable observación: “No hay vuelos otra vez esta noche. Los cadetes no volarán nuevamente esta noche, ¿está bien? El octavo día no hay vuelos nocturnos.”
Fergie mira, con un mínimo de energía. “Apenas he visto un avión desde que estoy por aquí. Mi esposa piensa que estoy volando como un loco. Me escribe y me dice que debería salirme del Cuerpo Aéreo. Me cree en un B-17 o algo así. Lee acerca Clark Gable y me cree un francotirador o algo que tenga que ver con las bombas. No tengo alma para decirle que no hago absolutamente nada.”
“¿Cómo nada?” dice Memphis y Dallas, interesado.
“Nada. Nada que sea necesario.” Fergie se olvida de Mee-ami por un minuto y le echa a Memphis y Dallas una mirada fulminante.
“Oh,” dice Memphis y Dallas, pero antes de que pueda continuar, Fergie se da vuelta y me dice, “debería ver esas duchas en Mee-ami, Sarg. No es broma. No tendría ya ganas de meterse en su propia bañadera otra vez.” Y vuelve a apartar la mirada y a perder interés en mi cara –lo cual es siempre comprensible.

Memphis y Dallas se asoma ansiosamente, dirigiéndose a Fergie. “Te podría llevar a dar un paseo,” le dice. “Trabajo con la Aduana. Los tenientes de aquí atraviesan el país en menos de un mes y no muchas veces llevan a alguien en la parte de atrás. Estuve allí muchas veces. Maxwell Field. En todas partes.” Señala con el dedo a Fergie, como si lo acusara de algo. “Oye. Si quieres ir alguna vez, llámame. Llama a la Aduana y pregunta por mí. Portner es mi nombre.”
Fergie parece flemáticamente interesado. “¿Sí? Que pregunte por Portner, ¿eh? ¿Eres cabo o algo así?”
“Soldado raso,” dice Portner fría y escuetamente.
“Muchacho,” dice el chico de Valentine Avenue, mirando detrás de mí, la abundante oscuridad. “Mira, asómate.”

¿Dónde está mi hermano? ¿Dónde está mi hermano Holden? ¿De qué se trata esto de “desaparecer en acción”? No me lo creo. No lo entiendo. No lo creo. El Gobierno de Estados Unidos miente. El Gobierno me miente a mí y a mi familia.
Nunca escuché mentiras tan jodidas.
Por qué; volvió de la guerra en Europa sin apenas un rasguño, todos lo vimos embarcarse en el Pacífico el último verano –y se veía bien.
Desaparecido.
Desaparecido, desaparecido, desaparecido. ¡Mentira! A mí también me mintieron. Nunca antes estuvo desaparecido. Es la última persona que podría perderse en este mundo. Está aquí, en este camión; en casa, en New York; está en la Preparatoria Pentey[1] (“Deberían enviarnos a ese muchacho. Lo moldearemos. Haremos de él un Hombre, con todas las pruebas de fuego que tenemos…”); sí, está en Pentey, nunca dejó la escuela; está en Cape Cod, sentado en el porche, mordiéndose las uñas; está jugando dobles conmigo, gritándome que me quede en la base mientras el está en el campo. ¡Desaparecido! ¿Eso es estar desaparecido? ¿Por qué mentir en algo tan importante? ¿Cómo es que el Gobierno puede hacer algo así? ¿Cómo pueden deshacerse de ello diciendo mentiras de este tipo?
“Hey, Sarg,” me grita el tipo de la cabina. “¡Bajemos a la carretera! ¡Que vengan las mujeres!”
“¿Cómo son esas mujeres, Sarg? ¿Son bonitas?”
“La verdad es que no sé lo que pasa esta noche,” digo. “Generalmente, sí,  son bonitas.” Sólo por decir ya que, en otras palabras, decir generalmente es sólo un decir. Todos ponen mucho empeño. Todos están allí para lanzarse. Las chicas te preguntan de dónde vienes, les dicen de dónde, y ellas repiten el nombre de la ciudad, poniendo un signo de exclamación al final de la frase. Luego te cuentan sobre Douglas Smith, Cabo, AUS. Vive en New York, ¿lo conoces? No le crees y le hablas de lo maravilloso que es New York. Y sólo porque no quieres que Helen se case con un soldado y espere por un año o seis, sales y bailas con la extraña que dice conocer a Douglas Smith, la extraña chica llamativa que dice haber leído cada línea que ha escrito Lloyd C. Douglas. Mientras bailas y la banda toca, piensas en todo excepto en la música y en bailar. Te preguntas si tu hermanita Phoebe recuerda sacar a pasar el perro todos los días, si recuerda no joder con el collar de Joey – algún día esta niña matará al perro.
“Nunca ví una lluvia con ésta,” dice el muchacho de Valentine Avenue. “¿Habías visto algo así, Fergie?”
“¿Algo como qué?”
“Una lluvia así.”
“Nah.”

“¡Bajemos a la carretera! ¡Que vengan las damas!” dice el tipo ruido inclinándose hacia delante y veo su cara. Es igual que cualquiera de los que está en el camión. Luce igual.
“¿Cómo es el Teniente, Sarg?” dice el chico de que vive cerca del Bronx.
“No lo sé verdaderamente,” digo. “Entró al campo hace sólo algunos días. Sé que vivía cerca de aquí cuando era un civil.”
“¡Qué bueno! Vivir cerca de donde estás,” dice el chico de Valentine Avenue. “Ojalá yo estuviera en Mitchel. A sólo una media hora de casa.”

Campo Mitchel. Long Island. ¿Qué podríamos decir de aquel sábado de verano en Port Washington? Red me lo dijo. No va molestarte ir a la Feria. Es muy bonita. Fue cuando me apegué a Phoebe, ella estaba con una niña que se llamaba Minerva (lo cual me mataba), y las metí a ambas en el auto y luego busqué a Holden. No podía encontrarlo. De modo que Phoebe, Minerva y yo nos fuimos sin él… En la Feria estuvimos en la exhibición de teléfonos de Bell y le dije a Phoebe que aquel teléfono servía para llamar al autor de los libros de Elsie Fairfield. Y Phoebe, sacudiéndose como de costumbre, tomó el teléfono, tembló un poco y dijo Hola, Soy Phoebe Caufield, estoy en la Feria de los Mundos. Leí tus libros y creo que son excelentes. Mi madre y mi padre actúan en “Death Takes a Holiday in Great Neck”. Vamos a nadar muy a menudo, pero el océano es mucho mejor en Cape Cod. ¡Adiós!… Y luego, salimos del edificio y allí estaba Holden, con Hart y Kirky Morris. Tenía puesta una camisa de felpa. Ningún abrigo. Se acercó y le pidió a Phoebe un autógrafo y ella lo apretó contra si, feliz de verlo, feliz de ver a su hermano. Luego él me dijo, Vayámonos de toda esta basura educativa, vayamos a las carreras o algo así. No soporto todo esto… Y ahora intentan decirme que está desaparecido. Desaparecido. ¿Quién está desaparecido? No él. Está en la Feria de los Mundos. Sé dónde hallarlo. Sé exactamente donde está. Phoebe también lo sabe. Lo sabría en un solo segundo. ¿Qué es todo esto de la desaparición?

“¿Cuánto te lleva llegar desde tu casa hasta la calle Cuarenta y Dos?” le preguntó Fergie al chico de Valentine Avenue.
Valentine Avenue lo pensó, algo emocionado. “Desde mi casa,” informó intensamente, “hasta el Paramount Theather te toma exactamente cuarenta y cinco minutos en metro. Casi gano dos billetes apostándole a mi chica acerca de eso. Nunca tomaría su dinero.”
El hombre al que le gusta Memphis y Dallas más que Miami habló: “Espero que las chicas de esta noche no sean cobardes. Digo, niñas. Siempre me miran como a un viejo cuando son cobardes.”
“Procuraré no transpirar demasiado,” dijo Fergie. “Hace mucho calor en los bailes de por aquí. A las mujeres no les gustan si transpiras mucho. Ni siquiera a mi esposa le gusta. Pero está bien si ella transpira – ¡Es diferente!… Mujeres. Te vuelven loco.”
Estalló un colosal trueno. Todos saltamos –yo casi me caigo del camión. Me hago a un lado y el muchacho de Valentine Avenue se apreta contra Fergie para hacerme un lugar… Desde el frente del camión oímos una voz de fuerte acento sureño:
“¿Han estado en Atlanta?”
Todos esperan que truene una vez más. Yo respondo. “No,” digo.
“Altlanta es una buena ciudad.”

De pornto el Teniente de Servicios Especiales aparece salido de la nada, empapadísimo, con la cabeza asomada dentro del camión. – cuatro de estos hombres deben irse. Lleva puesta una de esas viseras con cubierta de hule; es como la vesícula de un unicornio. La cara completamente mojada. Es joven y pequeño, aún poco seguro para este nuevo comando al que el Gobierno le asignó. Se fija allí donde deberían estar las tiras de las mangas de mi impermeable robado (con todas mi cartas).
“¿Viene por un relevo aquí, Sargento?”
Wow. Choose yo’ pahtnuhs…
“Sí, señor.”
“¿Cuántos hombres hay aquí?”
“Habría que volverlos a contar, señor.” Me doy vuelta y digo, “Bien, todos los hombres con fósforos en las manos; enciéndanlos –quiero contar sus cabezas.” Y cuatro o cinco de ellos se las arreglan para encender fósforos simultáneamente. Finjo contar sus cabezas. “Treinta y cuatro incluyéndome, señor,” le dijo finalmente.
El joven Teniente sacudió su cabeza bajo la lluvia. “Demasiados,” me informa –y yo intento verme como muy estúpido. “He llamado a cada ordenanza,” revela a mi favor, “y di orden de que irían sólo cinco hombres por escuadrón.” (Pienso en la gravedad de la situación por primera vez. Debería sugerir que liquidemos a cuatro de ellos. Debería pedir muy detalladamente hombres experimentados en liquidar gente que quiere ir a bailar.)… El teniente me pregunta, “¿Conoce a Miss Jackson, Sargento?”
“Sé quien es,” le digo mientras escucha sin pitar su cigarrillo.
“Bien, Miss Jackson me llamó esta mañana y pidió solamente treinta hombres. Temo, Sargento, que vamos a tener que pedirle a cuatro hombres que vuelvan a sus áreas.” Deja de mirarme, mira dentro del camión, estableciendo una neutralidad entre él y la empapada oscuridad. “No me interesa cómo lo haga,” dice, frente al camión, “pero debe hacerlo.”
Cruzó mi mirada hacia los hombres. “¿Cuántos de ustedes no firmaron para ir al baile?”
“A mí no me mire,” dice Valentine Avenue. “Yo firmé.”
“¿Quién no firmó?” digo. “¿Quién está aquí sólo porque se enteró del baile?” – Eso fue bueno, Sargento. Sigue así.
“Hágalo fácil, Sargento,” me dice el teniente, asomando la cabeza al camión.
“Vamos, ya. ¿Quién no firmó?” –Vamos, ya. Quién no firmó. Nunca en la vida escuché una pregunta tan burda.
“Todos firmamos, Sarg,” dice Valentine Avenue. “Alrededor de unos siete hombres firmaron en mi escuadrón.”
Perfecto. Seré brillante. Les ofreceré una linda alternativa.
“¿Quién prefiere salir en una película sobre el Campo a ir al baile?”
Ninguna respuesta.
Respuesta.
Silenciosamente, Portner (el tipo Memphis-Dallas) se levanta y enfila para salirse. El resto le abre paso para dejarlo salir. Yo también me muevo a un costado… Ninguno de nosotros le dice a Portner, mientras pasa, lo importante y relevante que es.
Más respuesta… “Uno más,” dice Fergie, levantándose. “Así que parece que los casados escribirán cartas esta noche.” Y salta del camión rápidamente.
Espero. Todos esperamos. Nadie más se adelanta. “Dos más,” carraspeo. Los acosaré. Los acosaré porque odio sus agallas. Son insufriblemente estúpidos. ¿Qué les pasa? ¿Creen que será la noche de su vida en ese tonto baile? ¿Creen que van a escuchar un maravilloso trompetista tocando “Marie”? ¿Qué sucede con estos idiotas? ¿Qué sucede conmigo? ¿Por qué quiero que se vayan? ¿Por qué de alguna manera también quiero irme yo? ¡De alguna manera! Vaya broma. Te mueres por irte, Caufield…
“Bien,” digo fríamente. “Los dos últimos a la izquierda. Vamos, fuera. No sé quienes son,” – No sé quienes son.- ¡Uff!
El tipo ruidoso, el que me gritaba para que la fiesta empezara en la carretera, sale. Había olvidado que estaba allí. Pero desaparece confusamente en la negra tormenta india. Le sigue, al menos tentativamente, un tipo pequeño- un muchacho, puedo verlo en la claridad.
Con el sombrero marino puesto, encorvado y cojeando, empapado, sus ojos fijos en el Teniente, el muchacho espera bajo la lluvia – como si hubiera tenido orden de ello. Es muy joven, probablemente dieciocho años, y no parece ser alguien que se pondría a discutir y a discutir en una tormenta así. Lo miro fijamente y el Teniente se da vuelta y lo mira también.
“Yo estaba en la lista. Firmé cuando la clavaron en la pared. Justo luego de que clavaran la lista.”
“Lo siento, soldado,” dice el Teniente, – “¿Listo, Sargento?”
“Puede preguntarle a Ostrander,” le dijo el muchacho al Teniente y metió nuevamente la cabeza en el camión. “Hey, Ostrander. ¿No fui yo el primero que firmó?”
La lluvia parece caer más fuerte que nunca. El muchacho que quiere ir al baile se empieza a empapar. Saco una mano y lo tomo del cuello del impermeable.
“¿No fui el primero que firmó la lista?” le grita el muchacho a Ostrander.
“¿Qué lista?” dice Ostrander.
“¡La lista de lo que querían ir a bailar!” grita el muchacho.
“Oh,” dice Ostrander. “¿Qué pasa con la lista? Yo estaba en ella.”
Oh, Ostrander, qué pesado.
“¿No era yo el primero en la lista?” dice el muchacho con la voz rota.
“No lo sé,” dice Ostrander. “¿Cómo podría saberlo?”
El muchacho se vuelve bruscamente hacia el Teniente.
“Yo era el primero en la lista, señor. En serio. Ese tipo del escuadrón – el extranjero que trabaja en limpieza- clavó la lista y yo firmé. Fui el primero.”
El Teniente dice, empapado, “Adentro. Sube al camión, muchacho.” El muchacho trepa al camión y los hombres rápidamente le hacen lugar.
El Teniente se vuelve hacia mí y me pregunta, “Sargento, ¿dónde puedo encontrar un teléfono por aquí?”
“A ver, en el puesto de Ingeniería, señor. Le mostraré.”
Cruzamos por entre los ríos de lodo que se habían formado alrededor del puesto de Ingeniería.
“¿Mama?” dice el Teniente en la bocina. “Estoy bien… Sí, mama. Sí, mama. Me las arreglo. Tal vez el sábado pueda salirme, eso dijeron. Mama, ¿está Sarah Jane allí?… Bueno, ¿me dejas hablar con ella?… Sí, mama. Lo haré si puedo; quizás el domingo.”
El Teniente vuelve a hablar.
“¿Sarah Jane?… Bien. Bien… Me las apaño. Le dije a mama que quizás el domingo pueda salir. –Escúchame, Sarah Jane. ¿Cómo está el auto? ¿Pudiste hacer que lo reparen? Bien, bien; es un buen precio, con todos los repuestos.” La voz del Teniente cambia. Ahora es mucho más informal. “Sarah Jane, mira. Quiero que vayas adonde Miz Jackson esta noche… Bueno, así es: tengo aquí a unos cuantos muchachos para una de sus fiestas. ¿sabes?… Sólo quiero decirte que son demasiados… Sí… Sí… Sí… Ya lo sé, Sarah Jane; sé que está lloviendo… Sí… Sí…” La voz del teniente se endurece de pronto. Dice, “no estoy pidiéndotelo, niña. Te lo estoy diciendo. Ahora, quiero que vayas adonde Miz Jackson rápidamente – ¿bien?… No me importa… Está bien. Está bien. Te veo más tarde.” Cuelga.

Empapado hasta lo huesos, los huesos de la desolación, los huesos del silencio, caminamos lentamente hacia el camión.

¿Dónde estás, Holden? No me importa esto de la desaparición. Deja de hacer tonterías. Aparece. Da la cara donde sea que estés. ¿Me escuchas? ¿Lo harías por mí? Hazlo simplemente porque yo todo lo recuerdo. Porque no puedo olvidar nada que sea bueno. De modo que escúchame. Sólo ve con algún oficial, ve donde algún G.I, y dile que estás Aquí – no desaparecido, no muerto, nada más que Aquí.
Déjate ya de joder. Deja de decirle a la gente que estás desaparecido. Deja de llevar puesta mi bata en la playa. Deja de ponerte de mi lado en la corte. Deja de silbar. Siéntate a la mesa…



Traducción: Martín Abadía
Título originalThis sandwich has no mayonnaise ( Esquire XXIV, Octubre de 1945, pág. 54-56, 147- 149 )

[1] La escuela preparatoria a la que asiste Holden Caufield en The Catcher in the Rye es Pencey.





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