Álvaro Colomer sigue indagando en el mito fundacional oculto en la biografía de todos los escritores, es decir, desvelando el origen de sus vocaciones, el germen de su despertar al mundo de las letras, el momento exacto en que sintieron la llamada no precisamente de Dios, sino de algo todavía más complejo: la literatura.
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En sus primeros recuerdos, Sigrid Nunez se ve a sí misma persiguiendo a su madre por toda la casa y rogándole que deje las tareas del hogar y le lea un cuento. Le tira de la falda con insistencia, hace pucheros por las esquinas, pone ojitos de cordero degollado. Mami, porfi, léeme un cuento. Y al final la madre alza la mirada al cielo, acaricia la cabeza de la pequeña y, tras plantarse delante de la librería, coge un ejemplar de El libro azul de los cuentos de hadas, cuando no de El libro amarillo de lo mismo, y lo abre por cualquiera de sus páginas ya desgastadas. Las dos se sientan entonces en el sofá y, adoptando un tono de voz melifluo, la adulta al fin dice: “Érase una vez…”.
