sábado, 15 de agosto de 2026

Antonio Muñoz Molina / Víspera de agosto


FRAN PULIDO


Víspera de agosto

Fuera de nuestro huerto, de nuestra vida, nosotros no podemos influir en nada, y menos aún despertar a los responsables políticos de su indiferencia o su parálisis

Antonio Muñoz Molina
24 de julio de 2026

En el huerto aprende uno que el límite de sus actos se corresponde con la extensión de su vida. Hay cosas que están en nuestra mano, y otras que no. Podemos poner el máximo esfuerzo y cuidado en sembrar y plantar a tiempo, pero una helada tardía o una tormenta de lo que aquí llaman “la piedra” acabará en un rato con el trabajo de semanas, y con la esperanza de la cosecha. No hablo en un plural filosófico: este nosotros abarca a las dos personas que compartimos las tareas de hortelanos, y si acaso también a los amigos y conocidos que cultivan sus parcelas, y con los que intercambiamos semillas, plantas, frutos, consejos que siempre tienen una inmediatez práctica. Los novatos aprendemos de los veteranos. Un refrán nos pone en nuestro lugar: “A labrador tonto, patatas gordas”. Un amigo de las rondas en el bar nos regala unos sacos de estiércol de caballo; otro, de estiércol de oveja. Las ovejas las cuidan unos pastores marroquíes que ya hacían el oficio en las estribaciones del Atlas. Alguien que tiene calefacción de leña en su casa nos hace entrega de unos sacos de excelente ceniza, que es muy buena para repeler a los caracoles, innumerables porque ya no los diezman estos inviernos que han dejado de ser fríos. La ceniza de la leña de almendro es de un blanco de nieve.

En el huerto no hay nada que sobre. Los restos vegetales no cocinados ni aliñados no van a la basura, sino a la compostadora, donde al cabo de un tiempo se habrán convertido en abono, gracias a la colaboración gratuita de microorganismos, insectos y lombrices. Las hierbas que arrancamos alrededor de las plantas todavía jóvenes, cuando se hayan secado servirán de cobertura alrededor de los tallos, igual que la paja, para preservar la humedad del riego, y captar mejor la del rocío. Hacer algo, cultivar algo, completar algo, es el mejor remedio contra la desolación pública y contra esas negruras íntimas que se nutren parasitariamente de ella. No se puede hacer todo, pero sí algo. Se puede empezar por algo que está al alcance de cualquiera: no hacer daño a conciencia, o por distracción. En otros campos más extensos al lado del nuestro hay plantaciones de maíz. En nuestro huerto, controlar la hierba es un esfuerzo diario. Entre los tallos del maíz no crece ni una brizna. La cantidad de herbicidas químicos que harán falta para que esa tierra se mantenga desnuda no podemos calcularla. Nosotros regamos nuestros surcos administrando con azadas y bolsas de tierra el fluir del agua, para evitar el desperdicio. En cuanto nos sea posible instalaremos un depósito y regaremos por goteo. Las fincas de maíz se inundan de vez en cuando como arrozales, con un despilfarro de agua que no será muy inferior al de los centros de datos. A veces se riegan tantos campos de maíz al mismo tiempo que el agua mengua demasiado en las acequias principales, perjudicando a los huertos en este verano de calor extremo. Un huerto del tamaño de la plantación de maíz de nuestros vecinos daría verdura y fruta suficientes para nutrir de manera saludable a muchas personas. Este maíz lo venderán para biocombustibles o para alimento de ese ganado sometido a condiciones infames a fin de satisfacer una voracidad insalubre de carne, en muchos casos ultraprocesada. En esta vega regada por tres ríos, el verde monótono y subvencionado del maíz borra cada vez más la policromía de las huertas y de las plantaciones de manzanos, que aquí son de variedades autóctonas, adaptadas a la singularidad de la tierra y del clima.


No hay paisaje que no parezca intemporal a quien lo mira por primera vez, o no se fija: pero casi todos son el resultado de la confluencia o el choque entre la actividad humana y las fuerzas de la naturaleza. Entre el campo del que yo me marché hacia finales de los setenta y el que he encontrado al cabo de medio siglo hay una diferencia radical: el de ahora está mucho más deshabitado, no ya de seres humanos, que lo abandonamos en masa, y con gran alivio, sino de especies animales. Es como volver a una ciudad y encontrarla vacía. Hay muchos menos insectos y pájaros. Los reptiles han desaparecido. Ya no se ven lagartos calentándose al sol, ni lagartijas entre las piedras. Antes había que andar con cuidado cualquier verada para no pisar escarabajos. Ahora no se ven casi nunca. Hay pocas avispas junto a los manantiales, y cada año se ven menos abejas. Hace más calor que nunca a mediodía, pero ha desaparecido el clamor cansino de las chicharras, y hasta de noche es raro oír a los grillos, o distinguir por un sendero a oscuras el parpadeo verde del cortejo de las luciérnagas. Hace cincuenta años los hortelanos vivían en una discordia permanente con los pájaros. A los niños nos ponían a patrullar lo sembrado o plantado agitando cencerros para alejar a los pájaros que devoraban cualquier brote tierno. Según un informe del British Trust for Ornithology que publica The Guardian, unos 73 millones de pájaros han desaparecido en el Reino Unido en el último medio siglo, entre ellos el 72% de los gorriones. A la evolución le costó docenas de millones de años tejer y refinar la concordancia milimétrica entre pájaros, insectos y plantas, incluidas las migraciones prodigiosas de las aves y de ciertas mariposas de un extremo a otro de los continentes. Bastan unas décadas de agricultura industrializada, destrucciones de hábitats, abuso de fertilizantes y herbicidas, trastornos climáticos y simple destructividad humana para desbaratarlo todo.

A Josep Pla le gustaban sus paisajes del Empordà porque le parecían hechos a la escala humana, con límites precisos, con acequias, huertos, pequeños olivares, sin la desmesura de la naturaleza salvaje. Puede que esas dimensiones acogedoras influyan algo en el sentido de la mesura y de la forma de las culturas mediterráneas. El huerto tiene sus lindes, pero no barreras, así que por él circulan los mismos vientos de principios de otoño que dan a las manzanas un rojo de mejillas encendidas, y los de invierno que ya no traen nieves y heladas punitivas, y que tenían sin embargo la virtud de diezmar a especies propensas a la superpoblación, como estos caracoles contra los que yo no sé si servirá de algo la ceniza. Por el huerto pasan corzos saltando como si no les afectara del todo la fuerza de la gravedad, y algunas mañanas, en la tierra embarrada, se ven las huellas de las pezuñas y de los revolcones de algún jabalí, que por suerte no ha provocado ningún destrozo. Y, más allá de las laderas en las que la duración de las sequías va volviendo esqueléticas las siluetas de los almendros, están los montes de pinares repoblados en los que sería tan fácil que estallara uno de esos incendios monstruosos “de quinta generación” que no hay manera de extinguir, y que ahora son el fondo atroz de los noticiarios del verano. Ahora también sabemos que no hay límites para los desastres posibles. Estos ríos de caudal manso y alegre delineados por chopos y fresnos en cualquier momento se pueden convertir en fuerzas sobrehumanas de destrucción. Fuera de nuestro huerto, de nuestra vida, nosotros no podemos influir en nada, y menos aún despertar a los responsables políticos de su indiferencia o su parálisis ante la magnitud creciente no de la amenaza, sino de la evidencia de la catástrofe que ya anega al mundo. A Casandra los dioses le dieron el don de adivinar el porvenir, y el maleficio de no ser escuchada. Nosotros, en agosto, cultivaremos el huerto con todo el esmero posible, nos alimentaremos de sus frutos, los regalaremos y los intercambiaremos con nuestra familia y los amigos, y con lo que nos sobre haremos conservas para los meses áridos del invierno. Hay que poner tanto cuidado en una parcela de tierra como en escribir una página. Casi nada más está en nuestra mano.

EL PAIS

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