
Carmen Posadas


Por Virginia Drake | Foto: Carlos Carrión
Se reconoce antropológicamente vaga, a Carmen Posadas no le gusta escribir. Se mantiene en forma cada mañana realizando una tabla de gimnasia de veinte minutos, antes de sentarse delante del ordenador, mirando a una pared en blanco para no distraerse. Así ha escrito Licencia para espiar (Editorial Espasa), la novela que sale a la venta esta semana. En ella, el lector descubrirá que las murallas de Jericó cayeron gracias a una espía llamada Rahab la Larga; que fue una juglaresa, la Balteira, la que propició la reconquista de Córdoba y Málaga; o que la Santa Inquisición fue la primera agencia internacional de espionaje. Posadas aborda la historia con ojos de mujer... de las más intrépidas mujeres.
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| Carmen Posadas |
Como les he contado alguna vez, yo fui una niña sumamente fea. Nací peluda, cetrina, con un diente y cinco kilazos de peso que hicieron que en el hospital donde vi la luz se me conociera por el bonito apodo de 'Madre abadesa'. Además, era una fea en una familia de guapos, algo aún más difícil de sobrellevar y sobre todo de entender. Pero una de las pocas ventajas que tiene ser una niña fea es que al menos una no se hace la novela. Lo que quiero decir es que no crecí soñando de noche y fantaseando de día que los hados, las hadas o quien demonios se ocupe de estos menesteres allá en el Olimpo, me tenían destinado un futuro glamouroso gracias al cual, nada más quitarme los calcetines de adolescente, me encontraría convertida en Natalie Wood o Grace Kelly o, más modestamente, en la Jennifer Aniston de turno. Soñar es bonito, qué duda cabe, pero también es fuente de muchos desconsuelos y desilusiones, pensaba yo entonces.