miércoles, 17 de octubre de 2018

Roberto Burgos Cantor / El maestro del Mississippi

Willam Faulkner, París, 1925
Fotografía de William Odiorne

Roberto Burgos Cantor
EL MAESTRO DEL MISSISSIPPI

Un capricho del tiempo puso a morir en el mismo mes de julio, con un año de diferencia, a Ernest Hemingway y a William Faulkner. El viejo Hem vivió 62 años metiendo las narices en guerras, bares y de agrimensor de territorios que, una vez abandonados, su presencia marcaba para siempre. Faulkner vivió 65 y se arraigó en su tierra natal, guardián de su silencio y fundando con ambición desmesurada un mundo de ficción con mayor poder de verdad que las apariencias brumosas de la realidad.
Cada vez que el sinfín de los días anunciaba la fecha de la partida de un escritor apreciado, una especie de pudor ponía en duda el homenaje que cualquier lector limpio de canallada y respetuoso de las virtudes de la gratitud, tiene como deber del corazón, como reverencia a la construcción de memoria, como oposición a las devastaciones de la muerte.
El pudor desapareció al constatar que recordar a los maestros es la continuación del diálogo con sus libros. Que la mejor prueba del fracaso de la muerte es la inagotable fuente de placer y de saberes secretos que ofrece el texto literario, la tensión renovada entre el lector y las palabras escritas por descifrar su enigma, su infinita oferta de sentidos. A lo mejor, y en definitiva, lo que propone la obra literaria es una contemporaneidad íntima, una significación personal que vincula sin protocolos a cada lector al fondo inmenso del género humano, sea sociedad o sea montonera de dientes afilados.
Cada vez que me extravío en la poderosa corriente sin deltas del texto faulkneriano, en el cual la asfixia es ventana abierta al más allá, me vuelve la curiosidad de preguntar cuál sería el motivo de la atracción que por él sintieron renombrados escritores de estos lados. Doy por descontado que William Faulkner sabía, como pocos, que sin riesgo no hay posibilidad para el arte.
Tengo la impresión, y a lo mejor surge del bourbon que de melindroso me bebo para brindar por él, que William Faulkner le enseñó a los escritores de este lado de América, que la literatura surge de una peculiar inconformidad con los estatutos de la vida y no de una aplicación académica a interpretarla. Es decir, ayudó a borrar esa especie de complejo que infundieron en muchos creadores las academias, la escuela y las iglesias. O quizá su propia inseguridad.
Por supuesto, a cambio de esa valiosa y oportuna solidaridad, Faulkner también mostraba que la complicidad leal con la vida solicitaba un precio. Y ese no era nada distinto a entregarse a una indagación cuyo final podía ser la locura. Quizá esto vieron Rojas Herazo, García Márquez, el mayor, y Cepeda Samudio que como era loco de nacimiento buscó la armonía en el espléndido Saroyan.
Aprendieron entonces que la literatura no era el chorizo de las citas en latín, o la celebrada erudición estéril de López de Mesa, o la exaltación de ideales ejemplares. Aceptaron que la olvidada sentencia de conócete a ti mismo era la partida. Y Faulkner lo hacía con una maravillosa impiedad.
Ya por eso, por mostrar la abundancia de humanidad en la pobreza, por intentar en cada frase meter el universo, por creer que la voz humana es causa de las enfermedades, por entender que hay que jugarse el todo por el todo, por apenas eso: pequeños favores de la generosidad, hay que leerte y leerte abuelo obstinado.


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