martes, 26 de diciembre de 2017

Marlon Brando / El último tango en París






Marlon Brando en ‘El último tango en París’Marlon Brando y María Schenider, los protagonistas de ‘El último tango en París’ (1972), película de Bernardo Bertolucci, que causó gran polémica por la violencia sexual y los desnudos. (Foto: Getty Images)






 Marlon Brando
EL ÚLTIMO TANGO EN PARÍS
En la década del 70 del siglo pasado, Marlon Brando filmó El último tango en París, polémica película de Bernardo Bertolucci junto con la actriz Maria Schneider y el actor Jean-Pierre Léaud.
Marlon Brando interpreta a Paul, un viudo de 45 años que conoce a Jeanne (Maria Schneider), en un departamento de alquiler. Ambos sienten una gran atracción y tienen relaciones sexuales en el departamento y hacen el pacto de volverse a encontrar allí.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Manuel Bandeira / Arte de amar



Manuel Bandeira
ARTE DE AMAR


Si quieres sentir la felicidad de amar, olvida tu alma.
El alma es lo que estropea el amor.
Sólo en Dios puede encontrar satisfacción.
No en otra alma.
Sólo en Dios - o fuera del mundo.
Las almas no pueden comunicarse.
Deja que tu cuerpo se entienda con otro cuerpo.
Porque los cuerpos se entienden, pero las almas no.



DE OTROS MUNDOS

PESSOA





Las catacumbas / Túnel del terror en las entrañas de París



Túnel del terror en las entrañas de París

Las catacumbas de la capital francesa constituyen una red subterránea de 250 kilómetros que ha inspirado desde clásicos de la literatura hasta el más reciente cine de género.

París es una de las capitales mundiales de la neurosis.


ÁLEX VICENTE
París 4 OCT 2014 - 17:03 COT




Imagen de las catacumbas de París.
Imagen de las catacumbas de París. E. GAFFARD

Se les suele distinguir de lejos, formando una cola kilométrica y esperando mucho más de lo razonable para descender hasta una cripta donde se encontrarán cara a cara con sus mayores miedos. Hay quien ve en ellos la máxima ilustración del masoquismo contemporáneo. Decenas de turistas se amontonan cada día en la entrada de las catacumbas de la Place de Denfert-Rochereau, que en su día separaba a París de la periferia, para adentrarse en las entrañas de la ciudad, donde reposan cerca de siete millones de personas.

Una traducción para sacar a Dumas del purgatorio


Alejandro Dumas, retratado en 1855.
Alejandro Dumas, 1855


Una traducción 

para sacar a Dumas del purgatorio

Una nueva edición de ‘El conde de Montecristo’ revaloriza la novela


PAULA CORROTO
Madrid 23 DIC 2017 - 15:01 COT

Edmond Dantès se pasó 13 años en una prisión del castillo de If, condenado por un delito que no cometió y engañado por quienes consideraba sus amigos. Y más de un siglo estuvo El conde de Montecristo, la novela en la que este personaje desarrolla sus aventuras, escrita por Alejandro Dumas en 1844, condenada al ostracismo del folletín. No entró en la famosa Pléiade hasta los años sesenta del siglo XX y no tuvo su primera edición en esta colección hasta 1981. Tampoco le ayudaron las reediciones, ya que la primera realmente completa y que más se atiene al original fue realizada por el especialista en Dumas, Claude Schopp, en 1993. La traducción italiana rigurosa no llegaría hasta 2014 elaborada por Margherita Botto. Y la española acaba ahora de ver la luz de la mano del traductor José Ramón Monreal y la editorial Navona. Demasiado tiempo para una de las novelas más universales del canon occidental.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Javier Marías / Berta Isla / Reseña





Débora Vásquez

24 de diciembre de 2017


Javier Marías (Madrid, 1951), el articulista, no es el mismo Marías que escribe ficción. El de las columnas de El País es prácticamente un personaje de Thomas Bernhard, solo contra el mundo, incorrecto, como sólo pueden serlo los verdaderos honestos, y un denunciador serial contra el feminismo reaccionario, la kermés separatista de Cataluña, la jibarización de la inteligencia en la era de la selfie, el boom de las series norteamericanas, el dudoso anhelo de querer pertenecer a una minoría oprimida. El otro, el escritor, es más reflexivo, menos irritable, más vulnerable y argumentativo y, sin embargo, cosecha los mismos enemigos. Porque los detractores no respetan los campos de batalla y los odios trascienden los géneros literarios. Por eso, ante el anuncio de la publicación de cada nuevo libro del escritor español, ya se esparce la maledicencia de los murmuradores, los envidiosos, que desde las sombras, como las fatídicas brujas de Macbeth, no cesan de augurar la caída en desgracia de su pluma: “Dicen que esta novela es un fiasco. Es peor que la anterior”.

Sin embargo, las malas lenguas no han podido torcer el destino del caballero español, porque Marías ha tomado hasta ahora el recaudo de ser siempre igual a sí mismo. Para sus lectores, empezar un libro suyo –y Berta Isla, su novela más reciente, no es la excepción– tiene algo de déjà-vu. Uno siente que estuvo ahí antes, en ese universo paralelo en donde los dons pasean los faldones de sus togas, asisten a high tables y conversan con fellows, en ese paisaje sembrado de colleges que, por momentos, nos hace sentir en una novela del siglo pasado o de ciencia ficción, porque Oxford, esa ciudad en la que transcurre ésta y tantas otras de sus historias, es ciertamente “un lugar desterrado del universo”.

Pero el sello de Marías va más allá de una ubicación geográfica. Es una sintaxis en espiral de frases que giran alrededor de un pensamiento hasta marearlo. Es el ritmo de una prosa que parece haber sido escrita para ser leída en voz alta. Son los diálogos que, de tan bien articulados, de tan ávidos de llegar a las últimas consecuencias de una argumentación, resultan casi actuados por los personajes que los enuncian, bellos e inteligentes todos, como salidos de un linaje hessiano de elegidos, y bendecidos además con algún don. En este caso, por ejemplo, la extraordinaria habilidad para imitar acentos extranjeros de Tomás Nevinson, el marido de la Berta del título.

En Berta Isla Marías explora el tema del hombre que vuelve a su hogar, su patria, después de un largo alejamiento. Imposible asegurar si la razón de la ausencia tuvo que ver con una guerra (¿la de Malvinas?) porque lo que los servicios secretos británicos le encargan a Tomás Nevinson luego de reclutarlo nunca se revela. No es ésta una novela de espías convencional. Es una novela sobre lo que hacen los espías cuando no ofician de topos, en sus francos, sus tiempos muertos. Y, ante todo, es una novela sobre la mujer que comparte la vida con ese impostor, la mujer que está sola y espera, la que imagina las miles de posibilidades del otro que no regresa. El subtexto más evidente es el de La Odisea de Homero, una odisea moderna vista desde el punto de vista de una Penélope madrileña, que vendría a ser Berta Isla.

Pero hablar de un único subtexto en Marías sería injusto. También están El coronel Chabert de Balzac y La mujer de Martin Guerre, de Janet Lewis, dos tramas inversamente proporcionales: la del hombre que vuelve de la guerra y no es reconocido y la del que adopta una identidad falsa y es tomado por verdadero. En ese cubo de Rubik de revenants encaja la novela, que nunca escatima en cadáveres, imaginarios o no. No es exagerado decir que a los personajes de Marías siempre les sale al cruce un muerto. Y a partir de entonces cambian las reglas de juego, se activan las culpas y los enroques morales.

Acaso sean las secuelas de los versos desperdigados de T. S. Eliot, la insistencia sobre un célebre fragmento del Enrique V de Shakespeare, o esa manía de ralentizar ciertas escenas, agregándole planos imposibles a un mismo movimiento; lo cierto es que las maniobras de distracción de Marías son infalibles y al terminar de leer Berta Isla el lector no puede dejar de preguntarse cómo es que nos hizo caer una vez más en la misma trampa, cómo es que no supo ver lo que siempre estuvo ahí.

LA NACION



Wisława Szymborska / Prospecto


Wisława Szymborska


PROSPECTO

Soy un tranquilizante.
Funciono en casa,
Soy eficaz en la oficina,
me siento en los exámenes,
Comparezco ante los tribunales,
pego cuidadosamente las tazas rotas:
sólo tienes que tomarme,
disolverme bajo la lengua,
tragarme,
sólo tienes que beber un poco de agua.
Sé qué hacer con la desgracia,
cómo sobrellevar una mala noticia,
disminuir la injusticia,
iluminar la ausencia de Dios,
escoger un sombrero de luto que quede bien con una cara.
A qué esperas,
confía en la piedad química.
Eres todavía un hombre (una mujer) joven,
deberías sentar la cabeza de algún modo.
¿Quién ha dicho
que la vida hay que vivirla arriesgadamente?
Entrégame tu abismo,
lo cubriré de sueño,
me estarás agradecido (agradecida)
por haber caído de pies.
Véndeme tu alma.
No habrá más comprador.
Ya no hay otro demonio.





Paul Celan / Salmo



Paul Celan
Salmo

Ya nadie nos moldea con tierra y con arcilla,
ya nadie con su hálito despierta nuestro polvo.
Nadie.
Alabado seas, Nadie.
Queremos por tu amor
florecer
contra
ti.
Una nada
fuimos, somos, seremos,
floreciendo:
rosa de
nada, de nadie.

Juan José Millás / “Solo somos herramientas del lenguaje, no sus dueños”

Juan José Millás fotografiado en su estudio de Madrid.
Juan José Millás fotografiado en su estudio de Madrid.
Foto de BERNARDO PÉREZ

JUAN JOSÉ MILLÁS

“Solo somos herramientas del lenguaje, no sus dueños”

La muerte digna es uno de los temas de su nueva novela, de próxima pubicación, ‘La mujer loca'


JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
Madrid 8 MAR 2014 - 19:53 COT



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Las historias de Juan José Millás (Valencia, 1946) están tan llenas de personajes desdoblados que es imposible entrar en su casa sin verlo todo doble. El portero automático tiene dos botones —casa y estudio— y el estudio, dos habitaciones. Las dos están forradas, pavimentadas de libros. Le gustaría deshacerse de algunos, pero las bibliotecas no los quieren, "que es como si los bancos no quisieran dinero", dice. Del que no se deshará es del poemario de Louise Glück que corona el montón más próximo al sillón de leer. “Es fascinante”, explica. La estadounidense es, como todos los poetas según Millás, una escritora Porqueno. Lo dice aplicando a la literatura la división acuñada por uno de los personajes de su nueva novela, La mujer loca, que Seix Barral publica la semana que viene. Según esa división, hay gente Porquesí y gente Porqueno, depende de su facilidad para adaptarse a las convenciones. Para poner una ferretería hay que ser Porquesí. Para escribir poesía, Porqueno. ¿Y qué es Millás? “He intentado ser un escritor Porqueno”, responde, “pero no siempre lo he conseguido. Tal vez en esta novela me he enfrentado con más valentía a las convenciones. No saber que va a pasar en la página siguiente es un acicate para seguir escribiendo. En toda novela debe haber algo de asociación libre, aunque sabemos que no hay nada menos libre que la libre asociación”.



De lo primero que se quita la gente en épocas de crisis es del marisco y de la filología” 

 La protagonista de La mujer loca es una muchacha que estudia lengua por las noches mientras trabaja de día en la pescadería de un hipermercado porque está enamorada de su jefe, filólogo reconvertido: “De lo primero que se quita la gente en épocas de crisis es del marisco y de la filología”. La idea de que un filólogo es un agente secreto de la gramática mientras un escritor es su víctima es solo parte de su extrema relación con las palabras. El padre de la criatura comparte esa teoría: “Somos una herramienta del lenguaje, no sus dueños. La historia de la ciencia se podría contar en función de nuestras percepciones erróneas. Ves una puesta de sol y es evidente que es el sol el que se pone, no la tierra la que se mueve. Sales a caminar al campo y es evidente que la tierra es plana. La lucha del ser humano contra su percepción ha sido brutal. Y uno de esos errores de percepción es la idea de que somos los dueños del lenguaje. Cuando un niño aprende a hablar decimos que va conquistando el lenguaje, y es justo al revés: el lenguaje lo va colonizando. Es un colono cruel porque en cuanto se mete en tu cabeza empiezan a aparecer los lugares comunes”. ¿Y qué hace un escritor con semejante hallazgo? “Pactar con ese colono. No hay que enfrentarse a él totalmente porque terminas volviéndote loco y escribiendo el Finnegans Wake, que es intransitivo. Un escritor debe moverse entre lo previsible y lo intransitivo".



La lucha del ser humano contra su percepción ha sido brutal. Y uno de esos errores de percepción es la idea de que somos los dueños del lenguaje"

Para demostrar el poder de las palabras, el autor de El orden alfabético pone el foco sobre esa “moneda corriente” que son las frases hechas. Regalo envenenado, por ejemplo. “Es ese recurso del arte pop que consiste en sacar algo de contexto. Una expresión aislada te puede poner los pelos de punta”. Que la lengua tenga vida propia puede ser un motor para un novelista pero un freno para un periodista. Millás es las dos cosas, y como su protagonista analiza la diferencia entre sexo (físico) y género (gramatical), una pregunta coloniza la charla: ¿es sexista el lenguaje? “Los académicos dicen que no, pero es imposible que una sociedad patriarcal haya elaborado un lenguaje no sexista. Piensa en la definición del [diccionario] Casares para muela del juicio: ‘la que sale en la edad viril’, como si las mujeres no tuvieran”. Según Millás, criticar fórmulas como los vascos y las vascas es caricaturizar un problema real: “Desde que las mujeres tienen más visibilidad hay un malestar en el lenguaje que antes no existía. Cuando escribo me veo ante conflictos que hace veinte años no tenía”.






MALDITA REALIDAD


J. R. M.
Dice Juan José Millás que a veces vas a hacer un reportaje y te vuelves con una novela. Puede que La mujer loca sea fruto de uno de esos viajes. El caso es que cada vez es más borrosa la frontera entre el Millás novelista y el reportero. Y el columnista. En 2011 Articuentos completos reunió sus columnas menos pegadas a la actualidad. Aunque es, afirma, el híbrido entre artículo y cuento lo que más le gusta escribir, últimamente ha dejado a un lado sus “rarezas” para dedicarse a asuntos que no se resigna a ver como normales: “Es increíble el cinismo con el que los gobernantes tratan a los gobernados. La mentira se ha convertido en moneda corriente, niegan la evidencia. Esas agresiones son muy enloquecedoras y a la gente de mi generación nos retrotrae a situaciones anteriores de negación de la realidad. No me queda otra”.

La necesidad de resolver conflictos nuevos ha llevado al escritor a introducirse en su propia novela como personaje y autor de un "Diario de la vejez de Millás, un ser desdoblado en novelista y periodista al que todos quieren poner en su sitio. Así, el pescadero filólogo reconoce no haber leído ningún libro suyo porque prefiere los artículos. “Gustas mucho a las mujeres”, le dice. "Y a los buzos", responde el escritor. El Millás de carne y hueso reconoce que también le pasa: “Parece que está mal visto hacer dos cosas a la vez”.
Pocas veces como en La mujer loca han estado tan cerca el reportero y el novelista. Su protagonista, Julia, vive en la habitación que le alquila un hombre consagrado a cuidar de su mujer, a la que una enfermedad irreversible ha abocado a pedir la eutanasia. El Millás imaginario entra en el libro porque el Millás real publicó el 5 de diciembre de 2010 un reportaje en El País Semanal que relataba la muerte de Carlos Santos Velicia, un hombre de 66 años aquejado de un tumor incurable que se instaló en un hotel de Madrid para quitarse la vida. El escritor pasó la víspera con él.



Desde que las mujeres tienen más visibilidad hay un malestar en el lenguaje que antes no existía. Cuando escribo me veo ante conflictos que hace veinte años no tenía”

Pese a haber escrito 16 novelas y cientos de páginas de periódico, Juan José Millás dice que no se ha repuesto de aquello: “Es el reportaje más duro que he hecho. Con las personas vivas sobre las que he escrito no tengo ninguna relación, y con este, que está muerto, mucha”. Santos se tomó el cóctel autoliberador en compañía de dos voluntarios de la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD), de la que es socio el propio novelista: “Yo no tuve valor para estar”, dice este. “Me pidió más o menos que estuviera y no tuve valor. Se murió a mediodía, como a las dos, después los voluntarios se fueron. A primera hora del día siguiente, los de DMD avisaron para que la camarera no se encontrara con el susto. Desde las dos hasta que llamaron, solo cuatro o cinco personas sabíamos que en un hotel había una persona muerta. Eso me produjo una turbación enorme. Esa tarde fui a EL PAÍS a hacer un chat y no podía quitarme de la cabeza que yo era uno de los que lo sabía. No me he repuesto. Sigue ahí, como un nudo que no he conseguido deshacer”.




sábado, 23 de diciembre de 2017

Julio Ramón Ribeyro / Contar lo minúsculo



Contar lo minúsculo

Julio Ramón Ribeyro convirtió lo personal en gesta. Una biografía nos hace entender que no es hombre de listas

 20 ENE 2015 - 20:13 CET

Julio Ramón Ribeyro visto por Sciammarella.
Fíjense en el caso de Julio Ramón Ribeyro. ¿Quién le iba a decir que un conjunto de apuntes sobre la existencia cotidiana se convertiría en el núcleo de su obra? Lo periférico transformándose en central, como en la vida. Si además lo periférico lleva por título La tentación del fracaso, no hay mucho más que añadir, gran título. Entonces, y para aligerar, demos por supuesto que Ribeyro es uno de los grandes del siglo XX, aunque probablemente no figure en ningún ranking de los diez primeros. También es verdad que si le preguntas al autor del ranking se golpeará la frente:
—¡Ah, sí, Ribeyro!
Te dirá que claro, que habría que hacerle un hueco como a un pariente llegado de provincias. Pero quizá a continuación se corrija. Después de todo, qué rayos hace Ribeyro en una lista. Pues lo mismo que haría Felisberto Hernández recibiendo el Nobel: el ridículo. Pasa algo raro con Ribeyro. Quizá usted no lo haya leído. Después de todo es peruano y, para literatura peruana, tenemos a Vargas Llosa. Ya se sabe: de Madrid, el cocido; de Valencia, la paella; de México, Octavio Paz, y así de forma sucesiva, para probar un poco de todo.
Bueno, pues Ribeyro escribió, entre otros libros, el titulado La tentación del fracaso. Lo escribía mientras fracasaba, como si hubiera caído en ella. El libro es una contabilidad de lo minúsculo. Aquí el debe, aquí el haber, que casi nunca cuadran. Lo que hacía un lunes cualquiera: fumar, beber, ir del dormitorio a la cocina y de la cocina al salón. Darle vueltas al asunto este de la literatura, en qué rayos consiste escribir, por qué el éxito, por qué no. Un poco también del trabajo: Ribeyro fue funcionario toda la vida. Un funcionario arquetípico: fumaba sin parar, bebía café, mucho, y tomaba cantidades legendarias de alcohol. Otro poco de la familia: el hijo (Julito), la esposa (Alida), quizá también los padres, los hermanos, no sé, tengo la última lectura un poco antigua.

Vivía dentro de su propio negociado como el subsecretario vive en el suyo. No hay nada que contar, en fin. Pero él lo cuenta de un modo estremecedor en La tentación del fracaso
Todos estos asuntos de carácter doméstico, una vez sumados y por obra y gracia de una prosa infrecuente, devienen en una verdadera gesta. La pereza de Ribeyro es homérica; sus miedos, sobrehumanos; su perplejidad, titánica. No puedes cerrar el libro una vez abierto, aunque sea fiesta de guardar. Es una vida apasionante en su insignificancia. Porque están las enfermedades también, se nos habían olvidado las enfermedades. Ese dolor fantasma del hipocondriaco que cada día se manifiesta en una de las habitaciones del cuerpo. Están las malas digestiones, metáfora muchas veces del arrepentimiento. El ardor de estómago, el reflujo gastroesofágico, todo eso, en fin, con sus remedios, sus intervenciones, con su procedimiento para evitarlo o aminorarlo.
Esa es la biografía de Ribeyro. No estuvo en la guerra, no cazó elefantes en África, no se tiró en paracaídas. Por no hacer, no hizo ni el Camino de Santiago. Vivía dentro de su propio negociado como el subsecretario vive en el suyo. No hay nada que contar, en fin. Pero él lo cuenta de un modo estremecedor en La tentación del fracaso, y ahora ha venido a contarlo también Daniel Titinger en Un hombre flaco.

La pereza de Ribeyro es homérica; sus miedos, sobrehumanos; su perplejidad, titánica
Titinger es un periodista de trayectoria cardinal y gran olfato. No ha pretendido escribir una biografía, sino un perfil cuya técnica compite con la del Ribeyro de La tentación del fracaso. Entendámonos: ha puesto el oído en la periferia del autor, esa periferia que se transformó en central. Y nos ha contado, por ejemplo, que Ribeyro tenía un método para cada cosa: un método para fumar, para beber, para comer, un método para apostar a la ruleta... También que sufría de prognatismo, que tenía mala suerte con las erratas, que, según algunos, era un poco psíquico. Titinger nos ha hecho, a base de fragmentos tomados de su viuda, de su hijo, de sus amigos y enemigos, un retrato que no puedes dejar de mirar una vez que has puesto el ojo sobre él. Leyéndolo, comprendemos que Ribeyro no sea un autor de listas.
Un hombre flaco, de Daniel Titinger, ha sido publicado por Ediciones Universidad Diego Portales.