domingo, 28 de febrero de 2016
sábado, 27 de febrero de 2016
Rosario Ferré / La muñeca menor
Rosario Ferré
LA MUÑECA MENOR
L
|
a tía vieja había sacado desde muy temprano el sillón
al balcón que daba al cañaveral como hacía siempre que se despertaba con ganas
de hacer una muñeca. De joven se bañaba a menudo en el río, pero un día en que
la lluvia había recrecido la corriente en cola de dragón había sentido en el
tuétano de los huesos una mullida sensación de nieve. La cabeza metida en el
reverbero negro de las rocas, había creído escuchar, revolcados con el sonido
del agua, los estallidos del salitre sobre la playa y pensó que sus cabellos
habían llegado por fin a desembocar en el mar. En ese preciso momento sintió
una mordida terrible en la pantorrilla. La sacaron del agua gritando y se la
llevaron a la casa en parihuelas retorciéndose de dolor.
viernes, 26 de febrero de 2016
Triunfo Arciniegas / El jardín del unicornio
![]() |
| Fotografìa de Gabriele Rigon |
Triunfo Arciniegas
EL JARDÍN DEL UNICORNIO
Sin lugar a dudas, mi mujer es un animal peligroso. Los amigos me festejan la frase: la toman en broma. Todos mis años haciendo lo que me venía en gana y ahora, desde hace tres, lo que le viene en gana a ella. Aunque en casa se hace su soberana voluntad, sé qué no vive contenta. Terminará por largarse, cerrando nuestro dulce calvario. No importa qué haga para conservarla porque de todos modos terminará amontonando las muñecas en la vieja maleta de su madre y una tarde de éstas encontraré la carta de tibios garabatos debajo de la almohada. Temo su ausencia, temo que la casa vacía me aplaste, y cada vez que abro la puerta y la veo, sorprendido, experimento cierta felicidad. Aplacar su deseo es la única manera de arrancarle un poco de ternura; gime, llora, grita como una loca y me deja la espalda en carne viva. Por eso digo que es un animal peligroso. Grita barbaridades de camionero, se dice que es mi perra y me persigue la oreja con furia vangoghiana. Definitivamente es un animal peligroso. No soporta los retrasos, para empezar, aunque nunca aparezca cuando la espero en un parque, sin paraguas y muerto de hambre; siempre perdemos el comienzo de las películas y siempre llegamos cuando ya no nos esperan. Me descuida pero no suelta la cuerda. Reclama con minuciosidad el itinerario de mis días y sus preguntas tramposas pretenden hacerme caer. No voy muy lejos, no me da tiempo de nada. Conoce todos los teléfonos para cerciorarse de mi paradero. Si chasquea los dedos aparezco batiendo la cola y lamo su mano. Le soy fiel por comodidad o, como dicen los amigos, por instinto de conservación. Por otra parte, debo admitirlo, no caen muchas con esta cara de burro y el arte de la seducción es el arte de la palabra, el sosiego y la magia, del acecho y el zarpazo, de detalles, de calculadas esperas, del cielo no cae ninguna, amores fáciles sólo en las películas. Ojalá las mujeres me persiguieran como lo hacen en su imaginación: como mosca vuelo de orgía en orgía. Ni raja ni presta el hacha, quiero decir, ni me mantiene ni deja que encuentre quien me mantenga, ni hacha ni presta la raja, dirían mis amigos. De todos modos, venía diciendo que no soporta que llegue tarde y debo inventar disculpas cada vez más ingeniosas o verdades a medias o verdades enteras que generalmente no acepta. Cuanto más grande es la mentira más difícil de sustentar, y sostener, claro, aunque es ésta precisamente la que deja los mejores resultados por el momento. Habla poco pero siempre me asombra su terquedad para desmigajar mis argumentos. Esta vez, debido al cansancio, prefiero la verdad: me entretuve negociando un unicornio. Ofrecí hasta ciento cincuenta pesos pero no bajaron de doscientos cincuenta. No me pareció caro pero tampoco andaba muy deseoso de un unicornio, sólo quería darle la sorpresa al ángel de mis tormentos. De pronto una sorpresa funciona. La otra noche, para disculpar la borrachera, aparecí con un precioso gatito negro de diez pesos en el bolsillo: fue maravilloso mientras el gato nos acompañó. Porque luego, mientras le explicaba que el día menos pensado lo veríamos otra vez junto al plato de leche, que estos animales son unos vagabundos desagradecidos por naturaleza, me estrellé contra el muro de silencio y tedio: una fuerza ciega y peligrosa que me envuelve y me acorrala como un huracán. Cuando se pone así le molesta hasta mi manera de caminar, de masticar, de peinarme, no puedo cantar en el baño o arrastrar la silla al sentarme. Entro a otra estación en el infierno, la mujer se cierra día y noche, en cuerpo y alma. En pocas palabras, se vuelve insoportable. Después del gato, fracasé con el canario, también con el par de loritos y la ardilla que arruinó los muebles: a todos encontró defectos y a todos descuidó hasta tal punto que me vi en la necesidad de remitírselos a distintos vecinos antes de que su propia mano los pasara por la silla eléctrica. El cine, el restaurante y el vino sólo me dan una noche de tregua, y el bolsillo no alcanza para tantas treguas. Quiere una cosa, quiere otra, al rato no la quiere, la detesta; como el vestido verde que vimos a las tres de la mañana, un poco borrachos y felices. Me suplicó, me prometió esto y lo otro, me juró y al amanecer la sabiduría de su lengua me convenció. La desnudez es un arma invencible. Amorosa, ansiosa y entregada, la mujer es el remedio de toda desgracia. Por la tarde la desperté con el paquete en la mano, balanceando el dolor del precio con la intensidad del gozo: ya no se acordaba. Aunque las piernas se le veían muy bonitas y el trasero se le redondeaba con delicia, no usó más de dos veces ese vestido verde. Así es. Me exige que le traiga el unicornio para creerme, y cuando exige, por Dios que sí, exige en serio: un índice erguido señala la puerta. Encuentro la tienda cerrada. Por fortuna, el dueño vive cerca y se compadece al verme mojado de lluvia y muerto de hastío: doscientos pesos. Hablamos de caprichos bajo su paraguas, nos estrechamos la mano como viejos amigos, que vuelva cuando quiera, los conejos son más baratos. Es un hermoso unicornio de quinientos pesos que no le teme a la lluvia, delicado, tan manso que dan ganas de soltarle la cuerda. Entramos al bar de Osiris mientras pasa la lluvia. Un borracho melancólico se queda mirándonos: "Sólo le falta un clavel en la oreja", dice. Al fondo, junto al viejo que lee el periódico con la pipa en la boca y el hilo de saliva en la quijada, un hombre maduro murmura cosas al oído de una muchacha que se muerde los labios y dirige con el dedo una autopista de cerveza sobre el vidrio, del vaso rebosante de espuma al pocillo humeante; el dedo se confabula con otro para tomar uno a uno los cubitos de azúcar y soltarlos en el humo; su otra mano envuelve la quijada y acaricia el rostro con lentitud. "O una corbata amarilla", dice el borracho. Los cabellos de la muchacha se desgajan al rostro y el cuerpo del hombre se retuerce en el territorio de los cuchillos. Osiris dibuja una cabeza de caballo, tomo el lápiz y le agrego un cuerno largo y fino, retorcido como un tornillo, casi entre las cejas, para regocijo de Osiris, quien me sonríe y pestañea como una vaca, imaginándolo entre las piernas. Pronto rechazo una oferta de cuatrocientos pesos, ni por quinientos lo daría, el aguardiente me abriga el cuerpo, el mundo gira. Una negra de teticas de golondrina se vuelve loca por el unicornio pero debo negárselo. Me gustan esos pantalones ajedrezados, qué daría por un jaque mate, el trasero, una obra maestra que bambolea con gracia, me gusta toda: la imagino de alambre dulce para los retorcimientos. Esa mano, envolviendo como una seda el cuerno pulimentado, me alborota la lujuria y es preciso volver a casa antes de caer en la tentación. Las uñas pintadas destrozan las gotas de lluvia que no resbalan del pelaje. Para colmo, ten piedad de mí, Señor, la negra me invita a conocer las fotografías de unicornios que adornan su alcoba. Le digo que a ningún hombre le gustan las fotografías de unicornios en la alcoba y se retuerce, se recoge y se lame, feliz e insinuante, casi se arranca los botones: me pregunto qué cosa me unté esta mañana. El hombre maduro se levanta y se abotona el saco, deja un billete nuevo junto a la cerveza sin terminar. Su tierna amiga sacude la cabeza para acomodar los cabellos y se levanta mientras el hombre retira la silla. Los imagino retorcidos y anudados, no tengo remedio. "Bonito animal", comenta el hombre, casi tocándolo, y desde la puerta corre cubriéndose la cabeza con un brazo. Una araña desparramada sobre el hombre, un hombre corre bajo la araña. La muchacha se recoge los cabellos en un ligero moño. Toca al animal, para darse suerte tal vez, y se decide. De prisa alcanza la puerta, se detiene para volver a mirarnos y nos dice adiós con la mano. Atraviesa la calle y encuentra al hombre en la esquina. Se muerden la boca bajo la lluvia, el hombre la abraza y desaparecen. Conservo la imagen de la muchacha: suéter gris sobre la blusa blanca, falda negra sin abertura a lo largo de los muslos, zapatos de tacón bajo y medias gruesas casi hasta las rodillas, como si todavía fuese a la escuela. Sentada a la orilla de una cama limpia, cerca de aquí, se sacará las medias salpicadas y surgirán los pies rosados. Después de secarle la cabeza, el hombre llevará sus besos desordenados hasta los peces tibios, contará los dedos, beberá una y otra vez la luz de las piernas en el altar de la adoración. Ella, en agonía, lo llamará y lo devorará. Osiris recoge el billete, el vaso y el pocillo y pasea en círculos el trapo rojo por el vidrio de la mesa. El viejo no despega los ojos del periódico ni la pipa de la boca, el borracho melancólico cabecea y se recorre con dedos torpes los labios gruesos y babosos. Ay, dos tetas tiran más que dos carretas, golondrina de mis veranos, desamparada en este mundo necesitado de sus maromas: alambre dulce que se retuerce en la magia del sudor. Ay, negra, riega sal en la herida. Mis imaginaciones son limitadas pero básicas: la saliva del delirio, la sabiduría de la lengua que abre las puertas del cielo, la miel y el sudor, soy un hombre débil. Le cambiaría el animal por unas caricias, pero quién podrá con mi mujer. La negra habla del horóscopo en mi hombro, como un viento suave, no puedo concentrarme, no entiendo, es Virgo y soy Cáncer, males que van juntos. La chica del afiche que me fascina y alguna vez negociaré con Osiris, tendida en la playa, una pierna estirada y otra en ángulo, el índice en la boca como un helado o como otra cosa que quiere probar, parece burlarse, reprocharme la estupidez. Porque mi mujer es un animal peligroso y sobre todo porque tengo que regresar. Y cuanto más tarde, peor, pienso, ante la persistencia de la lluvia, y el unicornio y yo nos echamos a la calle: se nos hace noche. Brinca de gozo, como un perrito, pero la cuerda es fuerte. Luce tan manso y sagrado como una oveja. Un clavel, dijo el borracho. Y una cinta alrededor del cuello. De pronto, cuando las cosas suceden más de prisa que en el pensamiento, pasa la lluvia y los niños ensayan barcos de papel en los riachuelos de la calle, mi mujer abre la puerta y corre a secar el unicornio con nuestra toalla y al instante le ofrece café. Los unicornios no toman café. Le sugiero que lo amarremos en el jardín porque, al fin y al cabo, para eso son los unicornios, para amarrarlos en el jardín, y me replica que el pobrecito se ensopará. No, qué tontería, les fascina la lluvia, todo el mundo lo sabe. No es más que un unicornio de jardín, no me explico el alboroto: todo lo demás es puro cuento. Al fin y al cabo, rezongando, acepta. Pero durante la noche, sin atarse la bata, a cada rato y sin permitirme ahondar en el sueño, va a la ventana y desde el éxtasis contempla al animal. Me habla de sus ojos de luna, se despierta con sus ojos de luna a las nueve de la mañana de este domingo inútil. El vecindario se alborota con el rumor del unicornio, qué bello, qué rosado, já, porque todo el mundo estaba harto de unicornios negros y deshilachados. Todo el mundo comenta cuánta falta le hacía el unicornio al jardín, hasta la señora del canario y el viejo de los loritos se acercan y, tonto y trasnochado, pienso que sí, cómo no, cuánta falta, señores. Se me quitan las ganas de pintar la cocina, de hojear el periódico, de escribirle a Vanessa. Qué despelote, loca se vuelve mi mujer con el unicornio, quién lo creyera, que una foto así, que otra así, no seas malo mijito, lindo domingo de fotógrafo. Tan loca que hasta se olvida de insistir que vuelva temprano, hasta no le importa que pierda unos minutos en el bar de Osiris, donde los amigos comentan que mi mujer no es un animal tan peligroso y piden raspadura de cuerno de unicornio para sus juegos eróticos y baba azul en un frasquito para la impotencia de un amigo que tengo y no conoces, y que no se te olvide, insisten hasta el aburrimiento, en ayunas, insisten felices, como si no supieran que durante el celo a los unicornios la baba se les oscurece a un morado de entrepierna, y el cuerno, amigos míos, se endurece como ya lo quisieran algunos a cierta hora, nadie raspa una cosa así, les discuto pero no aceptan, se ríen, me festejan las frases. Paso más tiempo con ellos, mis disparatados amigos, porque a la loca que tengo en casa ya no le importa que me emborrache y entremos a la casa cantando y me acueste con los zapatos puestos. Siempre está descalza ahora, sin brasier por toda la casa, una vieja camisa mía le sirve de vestido. Será dulce y sumisa conmigo si permito el unicornio dentro de la casa, en la alcoba luego, se ve tan desamparado el pobre en el jardín, fíjate que no le quedan hojas ni mucho menos flores, se nos va a morir. Con el tiempo, tan mansa ella, con tanta delicadeza sugiere que me quede en la sala, en el blando y delicioso sofá, y me parece bien porque no soporto la presencia del unicornio, los mansos ojos fijos en la carne. Pero dejémonos de pendejadas, las caricias terminaron con la traída del maldito animal. De pronto no le importa que venga a dormir, que no venga, que nadie saque la basura los martes y que las prendas se desparramen por todos los sitios imaginables de la casa. Los cuadros sin horizontalidad, la llave siempre abierta, la luz del baño encendida. Los trastos sin lavar, las pantuflas en ninguna parte, sin pañuelos ni medias limpios. La cama destendida, la sábana sucia y regada en el piso, entre flores mordisqueadas que nunca traje, colillas. Antes no fumaba. Antes sólo fumaba cuando bebíamos y a veces después del amor. Permanece tan distraída y distante que ya no existo para ella, a toda hora me manda de paseo. La negra muestra más interés por mí que por el tema de los unicornios y descubro las maravillas del ajedrez alrededor de su ombligo mientras, soñolienta y plena, colmada de vida en el abandono de la casa, la mujer del unicornio sigue preparándome el desayuno. Se estira y bosteza en una confusión de pelos. "Me siento deliciosamente cansada", sonríe, huele y lame la yema de sus dedos. Sin pensarlo le digo que puedo desayunar en cualquier parte y acepta, soy un tesoro y recibo la lluvia de besos. El almuerzo no es muy bueno. Todavía está soñolienta, en bata o desnuda, oliendo a unicornio a esa hora y con los labios morados. Sólo en las noches se ve despierta y deseosa de charlar. Habla mucho mientras se baña. La escucho en las pausas del agua. Botellas vacías en el rincón de la cocina, migajas de pan en el mantel, ceniceros repletos sin comentarios de parte mía. Soy una visita agradable y discreta que retira una carta de Vanessa y los recibos por cancelar: evito la visión de su cuerpo enjabonado, que aún me hiere, le recuerdo la toalla cuando aparece mojada y sin bata, le cubro los hombros, soy una persona respetuosa. Enciende el cigarro y en su boca de pajarito sin pintar el humo es una perfección. El otro día soñé que en un potrero de tréboles mi mujer vomitaba nubes que luego la cubrían, en forma de caballo, para su escandaloso regocijo: Mujer preñada de nube, bonito título para una pintura. Oh, sí, me siento cansada, sonríe feliz y lejana, desbaratada. Hasta conseguí a alguien para enviar el mercado cada semana, hasta le ofrecí para el aseo una muchacha que rechaza porque mañana echará una limpiadita y dejé de comer del todo en esta casa, alguna vez café, nada más, gracias, un poco de azúcar, gracias. Y además, siete o nueve días atrás, saqué los libros, las fotografías y la cámara, las pinturas y los lápices, las cartas de Vanessa. Casi no la veo. La imagino en la ventana, lavada por la luz de la luna del jardín arrasado por el animal, tocándose el rostro, la mirada perdida y la maliciosa sonrisa que no se le desprende, como una Gioconda de plaza, la plenitud y el éxtasis conjugados, la imagino y me basta. O abrazándose mientras contempla la lluvia en el jardín. Casi nunca veo al unicornio. Su lengua es larga y morada y por debajo de la mesa lame los muslos de la mujer que, sonriente y dichosa, lo envía al dormitorio. Entonces me despido. Otra noche vuelvo y nadie abre la puerta, entro, sólo risas en la alcoba, me retiro con pasos de ladrón. En el jardín, mientras orino, contemplo la desolación: tallos quebrados, flores desmigajadas, tierra revuelta y excremento de unicornio. Antes tapaba como los gatos. Me resulta difícil creer en la omnipresencia de Dios, al menos en este jardín inundado por el olor del unicornio. En toda la casa se respira este olor agrio y dulce que embriaga y adormece. Sacudo del miembro las últimas gotas. Estoy vacío, hasta del rencor y la vergüenza. Cierro la bragueta y recuerdo que antes, cuando ella era mi novia, iba a la esquina de su casa y orinaba, como un perro, borracho y coronado de polillas, alrededor del poste del alumbrado público. La espuma me hacía reír. Aún soy un perro, un perro triste que marca un territorio perdido, un perro en el jardín del unicornio. Podría decir que como este jardín desolado es mi vida pero no lo siento así. Orino un territorio ajeno y nada más. Dejo que el mundo pase con tal que me dejen vivir. Casi nadie ve al unicornio ahora pero todo el mundo opina que luce más bello. Por mi parte, cada vez que observo a la mujer mientras toma el café, los ojos cerrados con toda dulzura, un pie desnudo balanceándose, y el muslo que, apoyado en el otro, abre mi antigua bata hasta la herida, o cada vez que la recuerdo tomando el café con los ojos cerrados, extasiada por las caricias de una lengua morada, reconozco que está mucho más bella, más rosada, mansa como una oveja. Frédéric Beigbeder / El escritor que 'odia' a los viejos

Frédéric Beigbeder
El escritor que 'odia' a los viejos
Frédéric Beigbeder, que acaba de publicar 'Oona y Salinger', confiesa que tiene pánico a las personas mayores. ¿La razón? Ya tiene 50 años. Nos ha contado esta y otras fobias.
28 MAR 2016 - 08:07 COT
Usa las armas del marketing para escribir frases memorables –las utilizó en contra de la propia publicidad en la novela 13,99 euros– y cruzarse con él es arriesgase a salir en uno de sus libros –su padre aún no le ha perdonado que le pusiera diez kilos de más en Una novela francesa–. Todo esto nos lo cuenta el propio Frédéric Beigbeder antes de reafirmarse como gerontófobo. Es decir, que tiene pánico a las personas mayores. El escritor francés acaba de rebasar la barrera de los 50 años, a lo mejor eso tiene algo que ver. Mientras, combate su fobia saliendo con una chica a la que dobla la edad, ejerciendo de DJ de forma eventual ("Me encanta imponer mis discos favoritos a la gente. Soy un dictador musical", confiesa), y escribiendo sobre amores adolescentes en su último título publicado por Anagrama, Oona y Salinger

"Cuando supe que J. D. Salinger y la que acabaría siendo esposa de Chaplin habían tenido una relación sentimental, que terminó cuando el escritor, con el corazón roto, se fue a la guerra, pensé que tenía que haberse publicado algún libro sobre el tema.Y, si no existía, alguien tenía que escribirlo", recuerda. En esta ocasión, Beigbeder ha reunido todos los ingredientes para atrapar ya no solo a sus incondicionales, sino también a los del misántropo autor de El guardián entre el centeno.
"Leí esa novela con 15 años y tuve la sensación de que alguien me había espiado y había transformado mis problemas en palabras", confiesa, inmediatamente antes de jactarse de haber causado él un efecto similar en sus lectores con El amor dura tres años. "Aquel libro me convirtió sin quererlo en una especie de consejero conyugal", bromea.
Además de con Oona y Salinger, Beigbeder también apela a la nostalgia ejerciendo desde 2013 como director de la renacida revista para adultos Lui. "Estamos haciendo algo elegante, divertido y sexy con Lui. Su éxito creo que se debe al gusto por lo vintage de los franceses, porque la cabecera es realmente mítica en mi país. Yo la leía de adolescente. Como a Salinger".
jueves, 25 de febrero de 2016
Güido Tamayo recupera en esta novela los juegos de la infancia
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| Diana Rey y Güido Tamayo en Cartagena de Indias |
Güido Tamayo recupera en esta novela
los juegos de la infancia
Por: Jorge Consuegra (Libros y Letras)
25 de febrero de 2016
– ¿Cuál es la idea central de su novela Juego de niños?
– Recuperar ciertos momentos de la infancia para narrarlos y de esa manera confrontarlos. En general mitificamos la infancia como un momento plagado de felicidad, pero si bien es cierto que la hay, también lo es que descubrimos el dolor, la soledad, la traición, la violencia y la muerte. Esto hace que la infancia esté llena de luces y sombras.
El viento y su memoria / Poema de Triunfo Arciniegas en francés
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| Donde el viento da la vuelta La Lejía, Colombia, 2006 Foto de Triunfo Arciniegas |
Triunfo Arciniegas
Le vent et sa mémoire
Traduction: Laura Vazquez
Le vent garde dans sa mémoire
les présences successives des oiseaux.
Je devine qu’ils désirent
- lorsqu’il m’entoure-
me parler de leurs vols.
- lorsqu’il m’entoure-
me parler de leurs vols.
À moi, pauvre
homme, immobile,
planté comme un arbre,
enraciné,
triste.
homme, immobile,
planté comme un arbre,
enraciné,
triste.
| La eternidad de las tardes Alcaparral, Colombia, 2007 Foto de Triunfo Arciniegas |
Triunfo Arciniegas
EL VIENTO Y SU MEMORIA
El viento conserva en su memoria
las sucesivas presencias de las aves.
las sucesivas presencias de las aves.
Adivino que desea
─al rodearme─
decirme de sus vuelos.
─al rodearme─
decirme de sus vuelos.
Bar / Poema de Triunfo Arciniegas en francés
Triunfo Arciniegas
Bar
Traduction: Laura Vásquez
Encore les chaises
pattes en l’air
juchées aux tables
Agenouillée
la femme lave
la trace de sang
Elle souffle sur une mèche rebelle
qui tombe sur son visage
avec son bras
elle sèche la sueur de son front
Le patron la surveille
tout en relisant les avis de décès
dans le journal
Les clients sont en route déjà

pattes en l’air
juchées aux tables
la femme lave
la trace de sang
qui tombe sur son visage
avec son bras
elle sèche la sueur de son front
tout en relisant les avis de décès
dans le journal
Triunfo Arciniegas
BAR
Todavía las sillas
patas arriba
encaramadas en las mesas
patas arriba
encaramadas en las mesas
Arrodillada
la mujer limpia
el rastro de sangre
la mujer limpia
el rastro de sangre
Sopla el mechón rebelde
que le cae al rostro
o seca el sudor
de la frente con los brazos
que le cae al rostro
o seca el sudor
de la frente con los brazos
El patrón acosa
mientras repasa en el diario
la cosecha de muertos
mientras repasa en el diario
la cosecha de muertos
Los clientes vienen en camino
La mano que te escribe / Poema de Triunfo Arciniegas en francés
Mujer GrafitiAnahi DeCanino |
Triunfo Arciniegas
La main qui t’écrit
Traduction: Laura Vazquez
La main qui t’écrit est celle
Qui a fait naitre le désir
Qui a fait naitre le désir
Elle a fouillé dans l’île de ton corps
Jusqu’à ce qu’elle trouve le plus convoité
Des trésors
Jusqu’à ce qu’elle trouve le plus convoité
Des trésors
La main qui t’écrit dort avec moi
Elle me caresse et me nourrit
À l’heure de la frayeur
Elle me caresse et me nourrit
À l’heure de la frayeur
La main qui t’écrit est celle
Qui rêve de toi chaque nuit
Et se réveille morte de soif sur l’oreiller
Comme une araignée dans la colline
Qui rêve de toi chaque nuit
Et se réveille morte de soif sur l’oreiller
Comme une araignée dans la colline
Triunfo Arciniegas
LA MANO QUE TE ESCRIBE
La mano que te escribe es la misma
Que te encendió el deseo
Escarbó en la isla de tu cuerpo
Hasta encontrar el más codiciado
De los tesoros
Hasta encontrar el más codiciado
De los tesoros
La mano que te escribe duerme conmigo
Me acaricia y me da de comer
A la hora del espanto
Me acaricia y me da de comer
A la hora del espanto
La mano que te escribe es la misma
Que cada noche sueña contigo
Y amanece muerta de sed en la almohada
Como una araña en la colina
Que cada noche sueña contigo
Y amanece muerta de sed en la almohada
Como una araña en la colina
Poésies & Mondes poéticos
http://www.recoursaupoeme.fr/triunfo-arciniegas/la-mano-que-te-escribemiércoles, 24 de febrero de 2016
Patricia Highsmith / Dos palomas muy desagradables
Dos
palomas muy desagradables
Traducción de Isabel Núñez
Vivían
en Trafalgar Square. Eran dos palomas que por razones de conveniencia
llamaremos Maud y Claud, aunque ellas no utilizaran esos nombres para llamarse.
Eran simplemente una pareja. Ya llevaban dos o tres años juntas y se eran
fieles, aunque en el fondo de su pequeño corazón de palomas se odiaban. Pasaban
los días picoteando grano y cacahuetes sembrados por el desfile interminable de
turistas y londinenses que compraban esas cosas a los vendedores ambulantes.
Pec, pec, todo el día en medio de otros cientos de palomas que, como Maud y
Claud, casi habían perdido la capacidad de volar porque ya apenas les era
necesaria. Muchas veces, Maud se veía separada de Claud en un campo de palomas
que movían la cabeza de un modo constante, como si asintieran, pero, al caer la
noche, de un modo u otro se encontraban y se dirigían a un hueco que había al
dorso de un muro de piedra situado cerca de la National Gallery. ¡Uf! Y con
esfuerzo conseguían subir sus abultadas pechugas hasta su domicilio, que
quedaba entre setenta centímetros y un metro de altura.
Patricia Highsmith y el amor entre mujeres
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| Ilustración de Triunfo Arciniegas |
Patricia Highsmith
y el amor entre mujeres
Aunque la escritora sabía que una visión positiva de su sexualidad le estaba vetada, con ardor juvenil se lanzó a escribir esa pasión
Las fotos del exilio suizo de la escritora Patricia Highsmith
(1921-1995) la muestran cejijunta y rodeada de gatos. En esos últimos años
vivió recluida en una aldea de apenas doscientas almas, amenizando las horas
con la lectura delHerald Tribune. Era la misma autora que en 1952 había visto
censurada por sus propios editores la novela Carol, un canto a las relaciones
lésbicas que ella misma practicó. Se vio obligada a publicarla bajo pseudónimo,
Claire Morgan, y con el título de El precio de la sal. Y es que los años
cincuenta fueron los años del estilo pin-up, pero también de la eclosión de “la
mística de la feminidad” que Betty Friedan tan bien diagnosticaría en el ensayo
del mismo título.
Todo lo que le debemos a la siesta de Patricia Highsmith
Todo lo que le debemos a la siesta
de Patricia Highsmith
La reina del suspense dejó un puñado de consejos básicos e inteligentes que son las tablas de la ley para un escritor
Cuenta Patricia Highsmith que una de las herramientas que más le ayudó a escribir fue la siesta. En sus primeros tiempos, cuando aún desempeñaba otros trabajos para sobrevivir, dormía al llegar a casa por la tarde y se bañaba al despertar para simular que empezaba un nuevo día, el de verdad, aquel en el que podía hacer lo que soñaba: poner una palabra tras otra para construir historias. Multiplicar cada día por dos fue el sombrero de su magia, del que iba a salir no un conejo, sino el puñado de las mejores novelas de suspense que siguen latiendo con brío décadas después.
“Un sueñecito ahorra tiempo en lugar de malgastarlo”, cuenta como si tal cosa. “Me duermo con el problema y me despierto con la respuesta”.
La divina siesta de Patricia Highsmith no es solo una de las sencillas confesiones que nos regala el libro del que aquí vamos a hablar. Es el retrato de que la literatura más sofisticada no está en la sofisticación, en la mirada perdida en busca de musas inexistentes ni en la ensoñación profunda, sino que se puede esconder en los ronquidos. Y es muestra del vigor de un libro cargado de lecciones de oficio, de humildad, de cotidianidad y también de fracaso. Si yo lo he conocido, nos viene a decir, no tenéis nada que temer. “Esto es lo que hace que la profesión de escritor sea animada y apasionante: la constante posibilidad de fracasar”.
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