Mitch Winehouse sigue teniendo licencia de taxista, pero no ha vuelto a conducir un taxi. Ahora trabaja para la Fundación Amy Winehouse, la organización benéfica que decidió crear tras la muerte de su hija el 23 de julio del año pasado. “No se puede permitir que jóvenes duerman en la calle”, explica. “Lo que está ocurriendo en nuestro país –en mi opinión, el mejor país del mundo– es un escándalo”. La fama de Amy y el posterior descontrol de su vida le empujaron a dejar su trabajo. Intentó seguir, pero soportar la tensión de ser el padre de la hija descarriada más famosa del país fue demasiado: empezó a tener ataques de ansiedad y acabó yendo a un psiquiatra, “que necesitaba y que me vino bien durante un tiempo”.
Estaba en Nueva York promocionando su propia carrera de cantante cuando encontraron a Amy en su casa del barrio londinense de Camden muerta por intoxicación etílica. “En el vuelo de vuelta me acompañaban mi mánager, Trenton [Harrison-Lewis], y el mánager de Amy, Raye [Cosbert]. Estaban consternados, pero yo estaba…”, su voz se desvanece. “Estaba bien. Evidentemente, estaba en estado de shock. Y no dejaba de pensar en crear la fundación. Pensé que estaba volviéndome loco. Y entonces, cuando fuimos a su casa y vi que había cientos y cientos de personas, comprendí cómo podía afrontarlo, cómo iba a poder superar aquello”.
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La Fundación Amy Winehouse da dinero al New Horizons Youth Centre de Londres –donde nos da cita su padre–, el albergue para gente sin techo Crashpad de Pilion Trust y otras organizaciones dedicadas a combatir la adicción. Financia una beca para la escuela de teatro Sylvia Young, en la que estudió Amy, y contribuye a varias residencias para niños con enfermedades terminales. “A Amy le habría gustado. Le encantaban los bebés. Es evidente que no sabía que iba a morir, por lo que no dejó ninguna lista de sitios a los que quisiera ayudar, así que tenemos que utilizar un poco la imaginación”.
Yo creía que la fundación se financiaba con la herencia de Amy, pero no es así: “Quiero guardar el dinero que queda de Amy para mi hijo y sus futuros hijos, quiero que la familia de Amy sea la beneficiaria”. Por eso Mitch Winehouse se dedica a recaudar fondos. De ahí que haya escrito un libro titulado Amy: my daughter, que cuenta la historia de la cantante desde su perspectiva. Pasa a toda velocidad por una infancia cuyo único acontecimiento destacado es el divorcio entre Mitch y Janis, la madre de Amy, así como el éxito que obtuvo con su primer álbum, Frank, en 2003, y luego se sumerge directamente en la fama mundial que estalló tras la publicación de Back to black en 2006 y su descenso casi simultáneo hacia la drogadicción y el alcoholismo.
“Aunque hay una gran pegatina en el libro que dice que ‘todos los derechos de autor del libro irán destinados a la Fundación Amy Winehouse”, dice con el ceño fruncido, “la gente sigue pensando que me estoy haciendo rico, o lo que sea, cosa que desde luego no es cierta”.
Parece resignado a recibir críticas del público. Hubo muchas cuando Amy estaba viva: era un padre muy visible, que hacía declaraciones a periódicos, aparecía en fotos al lado de ella, incluso relanzó su propia carrera de cantante en 2010. Esto último, desde fuera, pareció algo extraño –mientras su hija libraba una batalla pública con sus adicciones, él publicó un álbum aprovechando su fama–, pero Mitch asegura que fue ella la que le empujó a hacerlo. “Algunas personas piensan que saqué el álbum nada más morir Amy, pero la verdad es que estaba obsesionada con ello, me invitaba al escenario para cantar, me decía ‘Papá, tienes que grabar un disco’. Yo le respondía: ‘Amy, déjalo, por favor, no le interesa a nadie’. Luego cayó muy enferma y aparcamos el proyecto. Cuando empezó a mejorar, parte de su recuperación consistió en ayudarme a mí, en escogerme canciones”.