El cantante reaparece en la capital catalana ante 8.500 personas después de ocho años de ausencia en los escenarios: “Se tardó, pero se llegó”
Alex Tort Barcelona, 3 de julio de 2025
Miguel Bosé se agarra el paquete. Se lo agarra para subírselo y bajárselo una, dos, tres, cuatro veces. Sucede cuando canta “¡pero qué valiente!” en la infravalorada El hijo del Capitán Trueno , ese trasunto de Bosé que vestía diferente, le gustaba llevar anillos y pendientes y “ tenía fama y mucha pinta de raro”.
Todas las naciones son la suma de muchas tradiciones culturales, de muchos particularismos, que se enriquecen mutuamente sin perder identidad.
16 DE OCTUBRE DE 2023
Lamento no haber podido estar en la manifestación convocada por Societat Civil Catalana el pasado 8 de octubre en Barcelona, ciudad de la que guardo los mejores recuerdos, que el domingo se cubrió de pancartas, afirmando la convicción de catalanes y españoles venidos de otros lugares de mantenerse unidos. Siento de veras haber estado lejos, por razones ajenas a mi voluntad, cuando tantas personas salían a la calle a defender su vinculación con España, a proclamar que no se sienten “extranjeros” y a pedir igualdad ante la ley.
La Biblioteca García Márquez de Barcelona, elegida la mejor del mundo
El reconocimiento se ha anunciando este lunes durante el Congreso Mundial de Bibliotecas e Información en la ciudad holandesa de Rotterdam.
C. VAQUERO REINABARCELONA, 21 de agosto de 2023 La biblioteca Gabriel García Márquezde Barcelona ha ganado el premio internacional a la Mejor Biblioteca Pública nueva de 2023. Se ha anunciando este lunes durante el Congreso Muncial de Bibliotecas e Informaciónen la ciudad holandesa de Rotterdam. El evento ha sido organizado por laFederación Internacional de Asociaciones e Instituciones Bibliotecarias(IFLA en sus siglas en inglés).
El premio Nobel de Literatura que más tiempo ha vivido en Catalunya –ocho años, de 1967 a 1975– es Gabriel García Márquez. .
“El rastro de Gabo en Barcelona”
7 de abril de 2019
Escritores, amigos e instituciones se han conjurado para organizar una serie de eventos, del 6 al 13 de abril, que ponen en valor la vinculación del colombiano con Barcelona, localidad en la que residió ocho años y a la que volvía continuamente. Mesas redondas con autores latinoamericanos que viven hoy en la ciudad, como Villalobos, Roncagliolo, Restrepo o Fresán, amigos de la época como Luis Goytisolo o Nuria Amat, y una amplia oferta de talleres componen el homenaje.
Fue en Barcelona donde experimentó la mayor mutación que puede sufrir un escritor: se transformó de autor minoritario en uno de los novelistas más famosos del mundo.
A Juan Marsé, fallecido hace ahora una semana, le bastó con el espacio reducido de una ciudad para contar todo lo que nos interesaba saber sobre la Barcelona que él conoció y sufrió y amó
Eduardo Jordá 26 de julio de 2020
–Tú siempre rumiando aventis, Sarnita, acabarás majara.
Sarnita era Antoñito Faneca, alias Ñito, un charnego de Córdoba (en realidad un alter ego del niño Juan Marsé) que tenía un puesto de venta de tebeos en una calle pringosa del Guinardó, en Barcelona, en los peores años de la posguerra. Y las aventis eran las historias con que Sarnita y sus amigos –el Java, la Juani, el Mingo– se entretenían inventándose una vida que fuera un poco más digna y más emocionante que la triste vida de hijos de derrotados de la guerra civil que les había tocado en suerte. Todo esto se contaba en Si te dicen que caí (1973), que quizá sea la mejor novela de Marsé, si no fuera porque antes había escrito Últimas tardes con Teresa (1966) y La oscura historia de la prima Montse (1970), y después escribiría Un día volveré (1982) y Ronda del Guinardó (1984) y El embrujo de Shanghai (1994), sin olvidarnos, eh, de Rabos de lagartija (2000), que también es una gran novela.
Y lo bueno de todas esas novelas de Marsé, muerto hace ahora una semana, a los 87 años, es que todos sus lectores también se vuelven majaras cuando se dejan arrebatar por las aventis, de tal manera que cualquier lector de Juan Marsé que suba, por ejemplo, por la gentrificada carretera del Carmelo, en Barcelona, no podrá dejar de ver a Manolo el Pijoaparte conduciendo a toda pastilla la moto robada que le lleva a los barrios altos de Sant Gervasi, donde ha quedado con la niña pija de la que cree estar enamorado porque él es pobre (e inmigrante andaluz que tiene que vivir en las barracas del Carmelo), y como muchos pobres, lo único que quiere es dejar de serlo con un buen braguetazo o con un buen golpe de suerte. Y cualquiera que se fije bien en las curvas que llevan un poco más abajo, hacia el Guinardó, podrá encontrarse con el puesto de tebeos que tenían Sarnita y el Java en una de las aceras, bajo la luz leprosa –el adjetivo es típicamente marseniano– del rótulo desvaído de un cine donde se proyectan películas de aventuras y donde las viudas de guerra se ganan miserablemente la vida en las últimas filas, haciendo lo que buenamente pueden a los hombres solitarios que les pagan con una sucia peseta.
Gracias a Juan Marsé, la siniestra posguerra española ha quedado fijada para siempre en un universo memorable –y triste y fantasmal y decrépito– que ahora ya podemos llamar Marselona. En realidad, el perímetro de Marselona es muy limitado y está comprimido en el triángulo formado por el Carmelo, la plaza Lesseps y el paseo de San Juan, con algunos desvíos hacia el puente de Vallcarca. Pero a Marsé le bastó con ese espacio tan reducido –y tan asociado a su infancia– para contar todo lo que nos interesaba saber sobre la Barcelona que él conoció y sufrió y amó. De hecho, la vida del Marsé real –que no se llamaba Juan Marsé sino Juan Faneca Roca– tuvo mucho de una aventi que él mismo se inventó a partir de las aventis que sus mayores le habían contado, ya que nadie sabe si fue real la historia del taxista que se había quedado viudo porque su mujer murió en el parto, dejándole un bebé que al final entregó a una pareja que acababa de perder a su hijo, de modo que el niño Juanito Faneca, huérfano de madre, se convirtió en Joan Marsé Carbó, niño adoptado.
NADIE HA CAPTURADO MEJOR ESE MUNDO DE SUEÑOS CORROMPIDOS Y DE IDEALES DESTROZADOS
El padre adoptivo de Marsé era militante de la izquierda independentista y durante la posguerra entraba y salía de la cárcel. Marsé recuerda haberlo visto un día, en camiseta imperio, machacando almendras para una escalivada con la culata de un revólver. Nadie como Marsé ha retratado mejor ese mundo de antiguos anarquistas y combatientes de la guerra civil que acabaron reconvirtiéndose en atracadores de bancos o en chuloputas o en delatores de la policía para conseguir unas pesetas. Nadie ha capturado mejor ese mundo de sueños corrompidos y de ideales destrozados. Nadie ha reflejado mejor ese castellano totalmente contaminado por el catalán –con palabras como "chafardeo", "meuca", "tifa" o "amagatotis"– que se hablaba en las calles mugrientas de Marselona. Y nadie ha sabido describir mejor a esos hombres solitarios que volvían al barrio –después de una larga estancia en la cárcel– como esos taciturnos héroes del Oeste que nadie sabía lo que habían hecho con su pistola (ahora perdida) ni si tenían aún cuentas pendientes con la justicia. Si alguien ha sabido introducir la estética del western clásico en una novela, ese escritor es Juan Marsé. Y su mejor novela –o su mejor western– se llama Un día volveré.
Todos los que conocieron a Marsé lo recuerdan como un personaje afectuoso –aunque gruñón– que procuraba ayudar a todo el mundo y que no quería que nadie metiera las narices en su vida. A veces le gustaba hablar de su experiencia pasada –aunque no mucho–, y contaba alguna anécdota de cuando trabajaba en un taller de joyería –donde empezó a trabajar a los 13 años– o de cuando vivía en París y trabajaba de ayudante de disección en un laboratorio. A veces –no muchas– contaba cómo su amigo Jaime Gil de Biedma cantaba una copla, con un hilo de voz, en sus últimos meses de enfermo de sida. A veces –no muchas– contaba un chismorreo sobre las largas noches de la discoteca Boccaccio. Y a veces –no muchas– contaba cómo le gustaba sentarse al fresco en su casa de Calafell, donde su amigo Jaime Gil de Biedma pasó el último verano de su vida. Y por supuesto, Marsé siempre estaba dispuesto a contar la historia de cómo vio –o creyó ver– el coche donde mataron a Carmen Broto, la puta roja que apareció muerta en un descampado allá por el año 1948. En sus últimos años, Marsé no faltaba a su tertulia del bar Bauma con Joan de Sagarra y María Jesús Ivars, con Javier Tomeo y su fiel Ramón –ese personaje que llevaba una patata en el bolsillo como talismán de la buena suerte y que nadie sabía si era real o un personaje de las novelas de Tomeo que se había escapado al otro lado de la realidad– y con Enrique Vila-Matas y Paula Massot y algunos colegas más. Y sí, amigos, allí estaba Marselona, la ciudad que nadie podrá profanar jamás porque es intocable e inalterable y ya nadie sabe si es una aventi o una ciudad o un sueño o un delirio o una pesadilla. Y si quieren comprobarlo, suban por la carretera del Carmelo y no tardarán en ver la moto del Pijoaparte bajando a toda pastilla rumbo a su cita con Teresa Serrat en una cálida noche de San Juan.
Castigada su memoria por la edad y la derrota, el capitán Blay de El embrujo de Shanghai, una de las más entrañables criaturas de Juan Marsé, se hace repetir por los chavales del barrio cómo se llama y dónde vive porque, dice, lo ha olvidado, y han de acabar acompañándolo a casa, en la calle Sant Salvador, 8. Pero hoy ni así la encontraría porque la finca ni existe, ocupado todo por un gigantesco supermercado Condis, base de una bloque informe naranja y gris, de ocho pisos, que abarca la manzana entera. En cualquier caso, la gentrificación le habría echado: en esa larga calle del barrio de Gracia de Barcelona, alquilar un piso de 43 metros cuadrados cuesta 850 euros y comprar una plaza de párking para coche mediano, 21.000. A un centenar de metros escasos ha desaparecido también la comisaría de Lesseps que se cita en Ronda del Guinardó. “Desde hace unos años, es un local de unos okupas; son ya como vecinos estables”, bromea un anciano que pasea a su perro.
Las Ramblas de Barcelona, vacías, el pasado 3 de abril.FOTO DE ADRIÀ PUIGGETTY IMAGES
PASEOS LITERARIOS
Pasear sin rumbo fijo es un ejercicio que durante siete semanas ha estado prohibido. Autores como H. D. Thoreau, Walter Benjamin, Guy Debord o Rebecca Solnit sostienen que es una forma de pensar.
La atmósfera es completamente real, aunque deambulo tarde en la noche. Estoy en lo alto de la ciudad, ando por la misma zona en la que en una verbena de san Juan el llamado Pijoaparte surgió de las sombras de su barrio y bajó caminando por la carretera del Carmel, hasta alcanzar la plaza Sanllehy, que es adonde acabo de llegar y desde donde voy marchando, en zigzag continuo, hasta alcanzar el 546 de la calle Cerdeña, donde un día estuvo la casa del capitán Blay, víctima de la guerra y lúcido en su locura. Cruzo, segundos después, por el campo de hierba artificial del Europa al que mi padre, por ser amigo del aventurero Zalacaín (fugaz presidente del club), estuvo una vez ligado. Y pronto queda también atrás la Travesía del Mal mientras voy bajando, con ritmo de paseo, por el Torrente de las Flores, arteria del barrio mental de Juan Marsé, sutil mezcla de las antiguas barriadas de La Salut y el Carmel, las del Guinardó y Gràcia. Voy bajando y al mismo tiempo noto la cercanía del Eixample, la zona más oscura de Barcelona, la misma en la que Carmen Laforet situó la lóbrega atmósfera de Nada, su implacable retrato milimétrico de la burguesía catalana.
De izquierda a derecha, de pie: Àngels Gregori, Marta Ana Diz, Maria Cabrera, Hollie McNish, Adam Zagajewski y Najwan Darwish. Sentadas, Marina Mascarell y Mireial Calafell. PEP HERRERO
La ciudad, un poema
La urbe como desarraigo o refugio, hilo del XXIV Festival Internacional que cierra hoy en el Palau de la Música la Barcelona Poesía
Carlos Geli
Barcelona, 16 de mayo de 2018
La ciudad como lugar de desarraigo, faltado de patria y vínculos; o como identidad; o como lugar de huida y posterior retorno; o como refugio de un desplazamiento; o como territorio de preguntas; o, más sencillamente, como encarnación de un cansancio... Todas esas miradas o sensaciones sobre la urbe funcionan como hilo conductor de los versos de los cinco poetas que conforman el cartel del ya XXIV Festival Internacional de Poesía de Barcelona, que se celebra esta noche en el Palau de la Música y que pone el broche final a Barcelona Poesía, la semana dedicada al género organizada por el Consistorio, bajo la dirección de Mireia Calafell y Àngels Gregori.
Carlos Ruiz Zafón conectó de manera absoluta con la fantasía de las primeras lecturas, el placer de leer por leer
Carlos Zanón
19 de julio de 2020
Hace años en un Sant Jordi, una chica se acercó a la parada donde uno dormitaba, a la espera firmar algún libro. Ella se alegró mucho de encontrarme. Me dijo que iba en busca de su padre para que nos hiciéramos una foto juntos. Para el padre de aquella chica yo era el mejor escritor del mundo. Al cabo de unos minutos, un señor apareció agarrado del cuello por su hija. Buscaron a una persona para que nos hiciera una foto conmigo en medio de ellos dos. Mientras el fotógrafo trataba de entender cómo funcionaba aquel móvil, escuché por lo bajini que el padre le decía a la hija: “¿Y este señor quién es?”. No era el mejor escritor del mundo, porque para aquel señor ese era Carlos Ruiz Zafón.
Flavita Banana ha intervenido el muro del Centre Civic Cotxeres Borrell con una obra feminista y su inconfundible trazo negro. La artista nos presenta un “corro de la patata” lleno de mujeres, una expresión amable de la cruda realidad. En cualquier momento y situación, las mujeres tenemos que estar alerta y unidas. Nos tenemos que proteger y ayudar, desgraciadamente, también cuando nos divertimos. Pero, sobre todo, tenemos que recordar que juntas somos más fuertes.
Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez
Fernando Vicente
El difícil homenaje a García Márquez y Vargas Llosa
El Ayuntamiento de Barcelona se resiste a colocar una placa de homenaje en Sarrià, el barrio donde vivieron los dos premios Nobel
Cristian Segura Barcelona, 4 de marzo de 2020
Pocas ciudades han contado con dos Nobel de Literatura como vecinos. El barrio de Sarrià, en Barcelona, sí. Residían, además, en la misma esquina: Gabriel García Márquez vivió en el número 6 de la calle Caponata y Mario Vargas Llosa, al lado, en el 50 de la calle Osi. Casi portal con portal, entre 1970 y 1974 confraternizaron bajo los auspicios de su agente Carmen Balcells e impulsaron, junto a otros autores como José Donoso o Carlos Fuentes, el boom latinoamericano, un movimiento literario que revolucionó la literatura mundial y tuvo como capital a Barcelona. Pese a ello, no hay ninguna señal que recuerde el paso de esos gigantes de las letras por este tranquilo rincón. El partido de Manuel Valls, Barcelona pel Canvi, ha pedido al Ayuntamiento que introduzca allí algún homenaje a los escritores.
TEXTO DE DARRYL PINCKNEY / MÚSICA DE LUDOVICO EINAUDI
Un artista polifacético con un pie en la escena y otro en las artes plásticas corona a Isabelle Huppert como reina de Escocia en un monólogo que es el debut de esta extraordinaria actriz francesa en el Grec Festival de Barcelona.
Es una de las historias románticas por excelencia, la de la reina que pierde la corona siguiendo sus pasiones. A María Estuardo o María I de Escocia la coronaron cuando era apenas una niña, y tuvo que dejar su reino en manos de los regentes a causa de la amenaza inglesa. Fue brevemente reina de Francia hasta la muerte de su primer marido, y luego se casó dos veces más. Fue considerada una heroína, pero también adúltera y cómplice de asesinato, además de traidora a la causa de su prima, Isabel I de Inglaterra, que acabó por ordenar su ejecución tras un encarcelamiento de cerca de dieciocho años. El testimonio de una de quienes fueron damas de confianza de la escocesa (todas ellas llamadas María, como su señora) fue utilizado como elemento condenatorio, de aquí el título del montaje. Sí, María I de Escocia luchó toda la vida para controlar las fuerzas de la historia que la impulsaban fatalmente. Y quizás sea cierto que se pasó la vida mintiendo pero ahora, desde el escenario, y con la muerte a punto de llegar, habla sinceramente sobre su último amor y nos explica una historia de fugas, de pasiones y muerte, de política y cautiverio...
Abusos sexuales, incesto, pedofilia, amor materno-filial y clasismo son algunos de los temas que subyacen en Un amour impossible, la novela de Christine Angot que ha adaptado para el teatro la propia autora y que protagonizan Maria de Medeiros y Bulle Ogier. Estrenada en Francia hace tres años, llega al Teatre Lliure (de hoy al domingo) tras pasar por el Odéon de París entre otros prestigiosos escenarios.
Un día, cuando acudió a una ventanilla a pedir ayuda, a Nastasia Urbano le dijeron que primero tenía que empadronarse, y cuando ella explicó que estaba durmiendo en un cajero, le contestaron que no había problema, que podía empadronarse allí. Si el funcionario que la atendió entonces hubiera tenido la curiosidad de buscar por su nombre en internet –motivos estéticos podrían haberlo persuadido–, habría descubierto que cierta forma del apocalipsis existe: una personal, la que consiste en caer desde lo más alto hasta lo más profundo. Habría encontrado portadas de revistas, campañas publicitarias de grandes marcas, y en todas ellas a una modelo excepcionalmente provista de belleza, y sí: muy parecida a la mujer del cajero.