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viernes, 30 de enero de 2026

Vivian Gornick / Apegos feroces / Reseña

 

Todos somos Gornick
Vivian Gornick
APEGOS FEROCES
Todos somos Gornick

Carolina Isasi
26 de septiembre de 2017

No conocía a la escritora y activista Vivian Gornick pero lo que empecé a leer sobre Apegos feroces y un prólogo escrito por Jonathan Lethem me crearon la suficiente curiosidad e interés como para elegir este breve e intenso libro como una de las lecturas de este verano. Esa categoría sólo la guardo para los libros muy especiales porque veranos no hay tantos. Me dirán ahora que hay tantos como inviernos y que dependerá de si una nace o muere en una u otra fecha, pero no me negarán que vuelan y que el regusto que dejan los libros que se leen en esta época del año, a mí por lo menos me resulta especial, y si el libro me llega al corazón, como me ha pasado con este, se me clava ahí de por vida y soy capaz de recordar frases subrayadas a media noche con un lápiz de mina fina. Esas lecturas veraniegas me saben a mar, arena y a mucha paz. Por lo tanto, volviendo a la elección de Apegos feroces para un momento del año en el que elijo muy cuidadosamente lo que voy a leer, porque mi estado anímico es muy diferente  al del resto del año, es un libro que, como dice su tentador título, feroz, y como dice el escritor Jonathan Lethem en su magnífico prólogo: “Sencillamente, todos nos transformamos en Vivian Gornick”.

martes, 5 de agosto de 2025

El ‘boom’ de las ensayistas estadounidenses

 


La escritora Joan Didion cubre una manifestación hippy en San Francisco, en 1967.TED STRESHINSKY (CORBIS / GETTY IMAGES)


El ‘boom’ de las ensayistas estadounidenses

De Joan Didion y Vivian Gornick a Rebecca Solnit y Jia Tolentino, las escritoras de no ficción protagonizan un fenómeno editorial que también ha llegado a España



Álex Vicente
ÁLEX VICENTE
12 FEB 2021 - 18:30 

Al final de Arrastrarse hacia Belén, el ensayo de 1967 sobre la escena hippy de San Francisco que le dio la fama, Joan Didio tropieza con una niña de cinco años que está leyendo un cómic en el suelo de su habitación mientras se relame los labios, pintados de un inexplicable color blanco. La niña se halla en pleno subidón lisérgico: su madre le ha dado LSD para merendar. Otras tardes le toca peyote. La desapegada descripción que Didion hizo de ese momento, que no logra disimular el desdén por esa panda de descerebrados que sentía quien firmaba la crónica, ha conquistado una página propia en la historia universal de la ensayística, sin mucho que envidiar a la caída del caballo de Montaigne o al canto del chotacabras en la obra de Thoreau, entre otras ilustres epifanías de la muerte.