Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Solano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Solano. Mostrar todas las entradas

lunes, 30 de octubre de 2017

Evelio Rosero / Toño Ciruelo / Reseña


Evelio Rosero

TOÑO CIRUELO

Malignidad

La prosa de Evelio Rosero desiste en 'Toño Ciruelo' de ser precisa y tampoco se realza por la atmósfera funesta que parece reclamar su tema, el mal predestinado



FRANCISCO SOLANO
11 OCT 2017 - 10:44 COT
No es fácil, a no ser que se conceda a esta novela un crédito inmerecido, transitar por las páginas de Toño Ciruelo sin sentirse aturdido por una prolijidad indefinida, casi abstracta, no diligente con sus recursos, que no se aviene a concretar el marco espacial y se desliga de la atención del lector. Un caso bien extraño. Aquí la prosa de Evelio Rosero (Bogotá, 1958) desiste de ser precisa y tampoco se realza por la atmósfera funesta o execrable que parece reclamar su tema, que no es otro que el mal predestinado, no como infortunio, sino a la manera de quien se regocija felizmente en la vileza. La ausencia de trama y de nexos entre las historias, que son numerosas, impide seguir, con alguna orientación, la cháchara del narrador, Eri Salgado, amigo de adolescencia y correrías de juventud de Toño Ciruelo, quien se le aparece en su casa, inopinadamente, tras 20 años de no saber nada de él. La atracción y la repulsión que siente por su viejo amigo lo lleva a convertirlo en personaje de la novela que quiere escribir, sin equiparla con un argumento que la sostenga, más allá de la cronología de algunos recuerdos de colegio y viajes presuntamente chistosos y lúbricos.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Luis Landero / Memoria del ocaso

Luis Landero

Memoria del ocaso

Luis Landero ofrece un inventario de recuerdos en 'El balcón en invierno'

En este libro autobiográfico ineludible se declara "reñido con la literatura, saturado de ficción"



El balcón en invierno venía ya precedido por diversos signos en la narrativa de Luis Landero. La ascendencia campesina, o más bien labriega, del autor ha sido un asunto recurrente en otros títulos, especialmente en Entre líneasdonde mucho de lo que se narra en este libro recibía allí un tratamiento desligado de la ficción, aunque aún sometido a su dominio. Aquí el autor se declara, en las primeras páginas, "reñido con la literatura, saturado de ficción", de modo que este libro se presenta fruto del desengaño de las "reglas disparatadas de este oficio", para poder abrirse a la fuente originaria de la memoria, sin hacer intervenir la inventiva o la imaginación. Un libro, por tanto, que quiere acreditarse por la expresión de la experiencia directa, la afiliación a una familia y a una geografía concretas, y por la retención del tiempo vivido o la época recordada de sus ancestros; un libro que se adscribe, con complacida cordialidad, a la narración autobiográfica, escribir "sobre la vida de todos nosotros", como dirá el narrador a su madre nonagenaria, desmintiendo su reputación de mentiroso con la afirmación de que "esta vez no hay mentiras. Es un libro donde todo lo que se dice es verdad".
Esta declaración se hace muy avanzado el libro; y, aunque tal vez innecesaria a esas alturas, tiene la propiedad de sanción de la persona que más claramente podría certificar su sinceridad. Porque éste es el libro de un escritor que, debatiéndose con el proyecto de una nueva novela, descubre al releer lo escrito "la insinceridad de lo que se escribe con oficio más que con devoción", y, empachado de literatura, "¡Oh, no, Dios mío, otra novela no, otra vez no!", deja a un lado las "expectativas bien urdidas" y "la música verbal que acaba siendo canto de sirenas" para preguntarse "¿dónde está en verdad la vida?", y responder al interrogante con la rememoración de una crónica familiar.
La pugna entre literatura y verdad, entre el uso de los trucos retóricos de la ficción y lo que el autor llama la vida "ahí fuera, en el bicherío de la calle”, constituye la deriva que lo lleva a descreer, incluso a impugnar la ficción, como un tardío prosélito que se redime al hallar un sentido "en el oscuro y errático devenir de los años".
Ese sentido, en El balcón en invierno, se pliega a la derrota de la ficción, al constatar que ya “nadie lee novelas, o al menos novelas literarias”, ya que hay otras “ofertas de ocio más fáciles, baratas e instantáneas”; y aunque no llega a afirmar que la novela vaya a desaparecer, ve su destino muy incierto, pues "cada vez habrá menos lectores". A esta quejumbre, por lo demás previsora, no cabe objetar otra predicción, pero sorprende la complicidad del autor con el espíritu del comercio. No sólo los lectores y los editores están liquidando la literatura; también el escritor, si renuncia a la obra literaria. Claro que Luis Landero no deserta del todo, sólo de la ficción, como se ha dicho, y para no quedar desasistido recurre a la socorrida oposición, muy imprecisa, entre la mentira de la ficción y la verdad de la vida. Y esa verdad consiste, para el autor de Juegos de la edad tardía, en la nostalgia del pasado, al que hace desfilar de nuevo, avivado por una memoria que no se molesta en registrar un brillo más alto que el notarial. La devoción marca aquí el tono, y la admiración por una época y unas costumbres (el mundo campesino, la vivencia del campo) que ya no volverán (“Todo, todo se perderá”) cede a una melancolía que no alcanza el pathos de la elegía, acaso porque la constatación de lo perdido no basta para recuperarlo. Se atienden hechos, comportamientos, retratos de figuras familiares; se evocan los orígenes, lo que ha constituido su persona a lo largo del tiempo, sin reparar en la conciencia moral del narrador, o más bien a su progreso, que es el tema eludido del libro, aplicado el autor a un ejercicio de conciliación afectiva sin duda válida para él, pero de limitada convicción.
No obstante, El balcón en invierno es una obra de ineludible lectura, y en cierto modo modélica respecto a la confusión reinante sobre el estatuto del escritor y su infeliz lugar en el entramado de la industria del entretenimiento. Pues no deja de ser un espectáculo apreciar la desgana, o tal vez el recelo, que la literatura produce actualmente en un escritor que había hecho de los “misterios de la ficción” un instrumento de conocimiento de la realidad. A cambio, y sirviéndose desde luego de una prosa bien atemperada (aquí con su habitual tendencia paródica anestesiada para evitar los tramos que podrían llevarle a la caricatura), el escritor nos ofrece un álbum de conmovedoras fotografías, un inventario del desván de su memoria, toda esa panoplia vehemente de indudable efecto emocional que ni al lector más prevenido dejará indiferente.
El balcón en invierno. Luis Landero. Tusquets. Barcelona, 2014. 248 páginas. 17 euros


viernes, 19 de septiembre de 2008

Melania G. Mazzucco / Un día perfecto / El mundo en que vivimos

Un día perfecto - Mazzucco, Melania G. - 978-84-339-7489-1 ...

El mundo en que vivimos


Francisco Solano
19 de septiembre de 2008


En una página especialmente inmisericorde de Un día perfecto, Emma Tempesta se ve en un espejo "tirando a maltrecha" y se lamenta de que la vida sea "una novela sin argumento y sin héroes". Emma vive su particular drama familiar -separada, desquiciadamente amada por su marido, aún no se ha repuesto de su fracaso matrimonial-, pero ignora que ese drama culminará en tragedia. Podría decirse que, a partir de cierta edad, todos vivimos más o menos así, en una pausa dramática que se dilata a fin de evitar la desgracia total. Y de esa pausa surge el personaje que somos, sin apenas relumbre literario, más bien mediocre. La derrota de los afectos, la ruina del mundo compartido, no nos convierte en protagonistas de nuestra historia, y, al colocarnos en el lugar de la decepción, el vacío ocupado genera una enfermedad incurable. Así lo siente Antonio Buonocore, el marido de Emma, policía y guardaespaldas de un eminente político; obligado a trabajar en Roma, Buonocore "odiaba a Roma tanto como a Emma y como a sí mismo". El amor y el odio son aquí intercambiables; la pasión, destructiva o inútil, y la admiración y el respeto nunca derivan en adhesión.


Un día perfecto

Melania G. Mazzucco
Traducción de Xavier González Rovira
Anagrama. Barcelona, 2008
440 páginas. 21 euros



MÁS INFORMACIÓN






Melania Mazzucco ha retratado, en las veinticuatro horas del 4 de mayo de 2001, el mundo de frustraciones en que vivimos, emulando en cierto modo el Ulises de Joyce, pero no sirviéndose de la mitología, sino de la crónica de sucesos. Sus personajes son más tristes, erráticos y desolados, y carecen de devociones o ritos para hacer tolerable la ordinariez de la vida cotidiana. El microcosmos que refleja Un día perfecto amplifica, con minuciosa precisión, las noticias dramáticas a las que tan acostumbrada está nuestra conciencia civil, que cree que lo terrible siempre les sucede a los demás. Mazzucco descompone ese bálsamo de hipocresía al incluir a todos sus personajes, de esferas sociales muy distintas, en una trama de implicaciones en la que cada uno, sin saberlo, puede acarrear consecuencias mortíferas.

Como les sucedía a los grandes novelistas del XIX, para quienes la verdad era tan seductora como la ambición artística, y tal vez la misma cosa, la novelista italiana, que ya había explorado en Vita los quebrantos de la inmigración italiana a Nueva York, y en Ella, tan amada, la pasión de la huida imposible en la indómita 

Annemarie Schwarzenbach, en Un día perfecto la elección de una época más actual no hace sino prolongar el tema de fondo de toda su obra: la descomposición de la institución familiar, fruto de la ineptitud de sus componentes para armonizar acatamiento, deseo y responsabilidad. El mosaico de personajes insertado en una Roma de la que se dice que es "una ciudad envolvente, que no sabe mantener las distancias, como una mujer demasiado exuberante" parece comportar todos los peligros y, a la vez, la obligación de sucumbir. Lo cierto es que la trama de la novela, como la ciudad misma, envuelve a todos los personajes en una marea de deterioro tan implacable como el rencor que inspira un asesinato.


* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 19 de septiembre de 2008.

EL PAÍS


viernes, 27 de octubre de 2006

Melania G. Mazzucco / Ella, tan amada / Crónica del ángel devastado

Ella, tan amada - Mazzucco, Melania G. - 978-84-339-7110-4 ...

Crónica del ángel devastado



Francisco Solano
27 de octubre de 2006


"Ángel devastado", así llamó Thomas Mann a la joven Annemarie Schwarzenbach, fervorosa amiga y ocasional mecenas de los terribles Erika y Klaus. Ignorada hasta hace apenas una década, su figura está cobrando hoy una destacada relevancia. Perteneciente a una riquísima familia de empresarios suizos, Annemarie Schwarzenbach (1908-1942) tuvo una agitada y dramática existencia, marcada por la autoridad materna, la adicción a la morfina y los intentos de suicidio; deseó, sobre todo, ser escritora, pero además practicó la arqueología y la fotografía, ejerció el reporterismo, y viajó por medio mundo, desde los desiertos de Persia a la jungla del Congo; su desenvoltura y su turbadora presencia física la han convertido en un icono lésbico.


ELLA, TAN AMADA

Melania G. Mazzucco
Traducción de Xavier González Rovira
Anagrama. Barcelona, 2006
559 páginas. 23 euros

Se trata de una vida que en sí misma es una novela. Así lo ha entendido Melania Mazzucco (Roma, 1966), que ha prescindido del género biográfico para adentrarse en el territorio de la fábula, apoyándose en datos verídicos, amplificándolos para elaborar la peripecia de una huida imposible. Mediante una pasmosa recreación, que se diría visionaria, Mazzucco ha logrado una insólita introspección en una identidad tan inasible como compleja. El resultado es esta voluminosa Ella, tan amada, que recorre el desconcertante itinerario vital de quien quiso ser "la extranjera, la vagabunda, la peregrina errante de todos los caminos", y que registra no sólo los hechos comprobados sino, por decirlo así, la atmósfera, el alma que sustenta la enigmática representación de un ser extraordinario, amenazado siempre por la fragilidad emocional y la autodestrucción.


"Quien escribe", dice Mazzucco, al revisar los papeles privados de la Schwarzenbach, "se apodera de todo -de los vivos, de los muertos, de los que aún no han nacido-". Esta observación es cardinal para entender el procedimiento empleado por la escritora italiana. Pero no contempla la penetración que se necesita para llevar a buen puerto un proyecto literario de la envergadura de Ella, tan amada, que se resuelve en una trágica radiografía de los años treinta, atravesados por la convulsión del nazismo y la pérdida de anclaje vital de cierta juventud, favorecida por el dinero, pero también concienciada por los ideales de libertad que encarnaban sus propios privilegios, la exquisita educación y el ansia de intervenir en el curso de la historia.

No obstante, la intensa fascinación que ejerce sobre la autora la Schwarzenbach -y que, sin duda, también alcanzará al lector- no resta un ápice de objetividad a su retrato. Ella, tan amada, apenas se distrae con las brumas hagiográficas. Consciente de que se trata de un personaje para quien la valoración ética de sus acciones pasa, irremediablemente, por la pulsión estética, y que a menudo son fruto del capricho o de un confuso sentido de la eficacia -donde el sexo y la seducción son primordiales- Mazzucco ha evitado las explicaciones psicológicas, tan socorridas y simplificadoras. Mazzucco no enfoca sólo la enmarañada personalidad de la Schwarzenbach, sino también el carácter de todos los que la conocieron y padecieron: los hermanos Mann; su marido, el diplomático francés Claude Clarac -un matrimonio a conveniencia de ambos, también tormentoso-; la relación desigual con sus hermanos; la protección inútil del padre; el celoso control de Renée, la madre, que consideraba que su hija Annemarie era una obra de arte creada por ella, una prolongación de sus inclinaciones lésbicas. Y muchos otros, no por secundarios concebidos con menor precisión, a lo que hay que añadir las admirables descripciones de los paisajes más diversos de Asia, África y América, además de la Europa de entreguerras. La magnífica, flexible y zigzagueante prosa de Mazzucco acredita en el lector la seguridad de estar delante de uno de los talentos más prodigiosos de la novelística actual.

En algún momento se dice de Annemarie Schwarzenbach que "nunca había sido capaz de apagar pasiones ni de corresponder a las mismas, tan sólo de encenderlas". Una afirmación que se podría aplicar a la novela en general, y muy en particular a Ella, tan amada.


* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 27 de octubre de 2006.

EL PAÍS


viernes, 16 de septiembre de 2005

Alice Munro / Mujeres disipadas



Alice Munro

Biografía

Mujeres disipadas


Francisco Solano
16 SEPT 2005 - 17:00


A estas alturas, de un nuevo libro de relatos de Alice Munro (el undécimo, si no fallan las cuentas) no cabe sino esperar una radiante confirmación de sabiduría narrativa y la predicción de un nuevo mosaico de perplejos personajes femeninos, en cuyas vidas rutinarias palpita un drama no resuelto que la autora indaga sin escándalo ni énfasis, a modo de confidencia que no busca alarmar, sino sugerir que, aunque insondable, cualquier existencia tiene dentro un fondo de trivialidad digno de ser contado. El género del relato es así, en la pluma de Alice Munro (Wingham, Canadá, 1931), un arte de la sutileza; el núcleo argumental -una vergüenza íntima o un secreto bien guardado- se desplaza en el tiempo narrativo -que puede abarcar treinta años- hasta transformarse en una rememoración apenas inquietante. Lo que en una época anterior fue decisivo y primordial -escapar de un marido insuficiente, la expectación del amor, la educación de una hija-, deriva con el tiempo en una suerte de etérea contrición sin culpa, en aceptación de la ineptitud para gobernar la propia vida.

sábado, 22 de marzo de 2003

Alice Munro / La guarida íntima

 



Alice Munro


Biografía

La guarida íntima
FRANCISCO SOLANO
21 MAR 2003 - 18:00

ODIO, AMISTAD, NOVIAZGO, AMOR, MATRIMONIO

Alice Munro

Traducción de Marcelo Cohen

RBA. Barcelona, 2003

257 páginas. 18 euros

Los cuentos de Alice Munro, en general, funcionan como novelas. Novelas comprimidas, sin personajes secundarios, sin largos periodos de transición, sin lo que Manganelli llamó "metros cúbicos de aire". Pueden abarcar treinta años de una vida, pero apenas se detienen en dos o tres sucesos, en las experiencias que los marcan y determinan como personajes. Sucesos que no producen un giro inmediato, sino un efecto imprevisible, con consecuencias que pueden persistir incluso en la vejez. De ahí la necesidad de Munro de prolongar el tiempo en sus cuentos, en un registro semejante al tempo de la novela. De esto modo ofrece un retrato muy completo de sus personajes. Pero no por ello sabemos más de sus vidas; el retrato es siempre difuso y gris. Sus personajes, normalmente mujeres, se desvanecen en sus existencias familiares, al lado de sus maridos, manteniendo, eso sí, "en el presente o en el recuerdo, una guarida íntima, con su arrebato y su confusión".