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| Jhumpa Lahiri |
CIELO E
INFIERNO
Traducción de Eduardo Iriarte
Pranab
Chakraborty no era, en rigor, el hermano menor de mi padre. Era otro bengalí de
Calcuta que había ido a parar a las áridas costas de la vida social de mis
padres a principios de los setenta, cuando vivían en un apartamento alquilado
en Central Square y podían contar sus amistades con los dedos de una mano. Pero
yo no tenía ningún tío de verdad en América, así que me enseñaron a llamarle
Pranab Kaku. Por consiguiente, él llamaba a mi padre Shyamal Da, dirigiéndose
siempre a él con la fórmula más cortés, y llamaba a mi madre Boudi, que es como
los bengalíes deben dirigirse a la esposa de un hermano mayor, en vez de
utilizar su nombre de pila, Aparna. Después de que Pranab Kaku trabara amistad
con mis padres, confesó que el día que nos conocimos nos había seguido a mi
madre y a mí durante buena parte de una tarde por las calles de Cambridge, por
donde ella y yo solíamos deambular a la salida del colegio. Nos había seguido
los pasos por Massachusetts Avenue y luego cuando entramos y volvimos a salir
de la Harvard Coop, donde a mi madre le gustaba mirar los artículos domésticos
de rebajas. Merodeó con nosotros por Harvard Yard, donde mi madre acostumbraba
sentarse en el césped los días agradables y observar las riadas de estudiantes
y profesores que surcaban afanosamente los senderos, hasta que, al cabo, cuando
subíamos las escaleras de la Biblioteca Widener para que yo pudiera ir al
servicio, le dio un toque a mi madre en el hombro y le preguntó, en inglés, si
tal vez era bengalí. La respuesta a esa pregunta estaba clara, dado que mi
madre llevaba los brazaletes rojos y blancos característicos de las mujeres
casadas bengalíes, y un sari típico de Tangail, así como una gruesa franja de
polvos color bermellón en la raya del pelo, y tenía la cara llena y redonda y
los grandes ojos oscuros tan habituales entre las mujeres bengalíes. Se había
fijado en los dos o tres imperdibles que llevaba sujetos a las finas pulseras
de oro detrás de las rojas y blancas, que debía de usar como sustitución de un
gancho perdido en una blusa o para pasar un cordel por el interior de una
combinación en caso de apuro, una práctica que él asociaba estrictamente con su
madre, sus hermanas y tías de Calcuta. Además, Pranab Kaku había oído
casualmente a mi madre decirme en bengalí que no podía comprarme un número de
Archie en la Coop. Pero en aquel momento, según confesó también, América le
resultaba tan nueva que no quería dar nada por sentado, de forma que ponía en
tela de juicio hasta lo más evidente.