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lunes, 27 de septiembre de 2021

Jumpa Lahiri conversa con Mavis Gallant / Parte I



Alfredo Di Molli / Courtesy Mavis Gallant

NO PUEDE ENSEÑARSE A ESCRIBIR (PARTE I)


BIOGRAFÍA 


Jumpa Lahiri conversa con Mavis Gallant


Traducción de Juanjo Estrella

En noviembre de 2005, tuve ocasión de conocer personalmente a Mavis Gallant. Fue durante un homenaje a su obra celebrado en el Symphony Space de Nueva York, en el que participé junto con Michael Ondaatje, Russell Banks y Edward Hirsch. Ella había llegado desde París, donde vive, para escuchar nuestros elogios, y para leer, después, una conferencia. Mavis se trasladó a París en 1950, a los veintiocho años, con la intención de dedicarse exclusivamente a la escritura de obras de ficción. Hasta ese momento había trabajado como periodista en Montreal, ciudad en la que nació el 11 de agosto de 1922. Su padre murió cuando ella tenía diez años, y se formó en un total de diecisiete instituciones educativas, desde conventos a internados, pasando por colegios públicos. Se casó a los veinte años, y se divorció cinco años después. En 1951, su cuento Madeleine’s Birthday [El cumpleaños de Madeleine] apareció en The New Yorker. Desde entonces ha publicado más de un centenar de relatos cortos en las páginas de esa revista. También se han editado más de diez libros de cuentos suyos, dos novelas, una obra de no-ficción y una pieza teatral. Es miembro extranjero honorario de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, y entre sus numerosos galardones se cuentan el Rea Award de Relatos Breves y el premio Governor General, así como la Orden de Canadá, la más alta distinción civil de su país.

domingo, 8 de octubre de 2017

Kazuo Ishiguro / De la lista ‘Granta’ al olimpo sueco



Kazuo Ishiguro

De la lista ‘Granta’ al olimpo sueco

Compañero de la generación de Amis, McEwan y Rushdie, Ishiguro es el primero en lograr el premio Nobel de Literatura



VALERIE MILES
Barcelona 5 OCT 2017 - 17:48 COT







Portada de la revista 'Granta' del número con los mejores novelistas británicos.
Portada de la revista 'Granta' del número con los mejores novelistas británicos.


Kazuo Ishiguro tiene el honor de ser el primer escritor en alzarse con el Nobel entre los de la primera y ya célebre lista de la revista Granta de los mejores jóvenes narradores británicos. Fue en 1983, cuando este contaba 29 años. Compartió lista con Shiva Naipaul, el hermano pequeño del Nobel de Trinidad y Tobago, V. S. Naipaul. Shiva desgraciadamente murió prematuramente en 1985, justo cuando su prestigio estaba en alza.

martes, 16 de abril de 2013

Granta / Jóvenes novelistas británicos


Zadie Smith

LOS MEJORES NOVELISTAS BRITÁNICOS

Granta señala a los mejores jóvenes novelistas británicos de la década

La revista publica hoy la lista de los 20 narradores más prometedores de Reino Unido

Muchos de ellos proceden del extranjero o son hijos de inmigrantes

PATRICIA TUBELLA Londres 16 ABR 2013 - 09:56 CET


Los 20 elegidos posan para la revista Granta. / GRANTA
La paquistaní Kamila Shamsie, el estadounidense Ben Markovits y la china Xiaolu Guo son escritores que comparten la atención de los medios literarios del Reino Unido donde, independientemente de sus diversos lugares de origen, vienen afianzando sus respectivas carreras en los últimos años. A partir de hoy, sus nombres y los de otros diecisiete compañeros de letras, entre los que por primera vez las mujeres ejercen de mayoría, van a verse propulsados gracias a la prestigiosa revista Granta que, sólo una vez en cada década, decide inmortalizar en su portada a quienes considera “los mejores jóvenes novelistas británicos” (menores de 40 años). Muchos de ellos proceden además de territorios extranjeros o son hijos de inmigrantes, un hecho que alimenta el debate sobre qué significa ser británico en el siglo XXI. Quizá falten o sobren firmas en esta lista del 2013, pero la tradición establecida por una publicación que en su día auspició a Martin Amis, Julian Barnes, Kazuo Ishiguro o Salman Rushdie ejerce un peso muy difícil de rebatir.
Los veinte integrantes del último y selecto grupo, además protagonistas de un retrato conjunto que exhibe la publicación en los quioscos desde este martes 16 de abril, probablemente no logren suscitar la aceptación unánime del gremio y la crítica, aunque sí disfrutarán todos ellos de una publicitada tribuna. Porque el impacto de la selección de Granta está garantizado desde que la revista estableciera hace ahora treinta años la vocación de identificar a una colección de autores destinados a dejar huella.
El momento más glorioso de ese ranking estuvo encarnado en su inauguración de 1983 por los citados talentos de Amis y compañía, que incluye otros nombres como los de William Boyd o Ian McEwan, un compendio de autores de referencia de la ficción contemporánea, heterogéneos, polifacéticos, tan dotados para la narrativa como para el éxito comercial de sus propuestas de calidad. Diez años más tarde, Ishiguro (cuya obra, Lo que queda del día, fue trasladada al cine precisamente en 1993, con ocho nominaciones al Oscar) repite atípicamente en la lista de Granta, que reconoce entre otros a autores tan asentados actualmente en la escena británica como Philip Kerr, Louis de Bernières, Hanif Kureishi o Ben Okri. La cosecha de 2003 aportó entre otros los nombres de Zadie Smith, Sarah Waters o Monica Alia, autoras todas ellas cuyos libros han sido traducidos al español con notable recepción.
Una lista, por lo tanto, a tener en cuenta en lapsos de cada diez años. ¿Quiénes son los protagonistas de la edición de 2013? Por primera vez desde que Granta desgrana los nombres de sus autores favoritos, el número de féminas (doce) supera al de sus colegas masculinos de pluma, una novedad pareja a la importante presencia de creadores cuyo bagaje proviene (a causa de su nacimiento o de la herencia de sus padres) de fuera del Reino Unido. Estos son los veinte mejores jóvenes novelistas de 2013 según Granta:

Los 20 mejores

-Naomi Alderman (británica)
-Tahmima Anam (Bangladesh)
-Ned Beauman (británico)
-Jenni Fagan (británica)
-Adam Foulds (británico)
-Xiaolu Guo (China)
-Sarah Hall (británica)
-Steven Hall (británico)
-Joanna Kavenna (británica)
-Benjamin Markovits (Estados Unidos)
-Nadifa Mohamed (Somalia)
-Helen Oyeyemi (británica de origen nigeriano)
-Ross Raisin (británico)
-Sunjeev Sahota (británico de origen indio)
-Taiye Selasi (británica de origen nigeriano y ghaniano)
-Kamila Shamsie (paquistaní)
-Zadie Smith (británica, hija de jamaicana y británico; ya incluida en la lista de 2003)
-David Szalai (Canadá)
-Adam Thirlwell (británico, incluido en la lista de 2003)
-Evie Wyld (británica)


EL PAÍS


viernes, 29 de junio de 2012

Granta profunda / De viaje literario por la América superficial

Entries Invited for the First Annual E360 Young Writers Awards ...

Granta profunda

De viaje literario 
por la América superficial


La edición española de la revista “Granta” te escoge como uno de los veintidós autores en español a tener en cuenta y de repente te descubres viviendo la versión barras y estrellas del típico “si hoy es miércoles, esto es Bélgica”. Eso le sucedió a Alberto Olmos, uno de los protagonistas patrios (junto a Javier Montes y Andrés Barba) de una gira que, bajo el lema de “Building Bridges”, lo condujo a Seattle, Chicago y Nueva York; a conocer al juez Garzón y al redactor de la Ley Sinde, a testimoniar una existencia de hoteles, “groupies” y lujos varios que, de algún modo, también forma parte de la literatura.

Por  ALBERTO OLMOS
La literatura era esto: aviones, hoteles, taxis, micrófonos, chicas guapas y millonarios. Creíamos que la literatura iba de morirse de hambre, de desperdiciar en pijama la vida por alcanzar la Gran Obra. Error. A día de hoy eso ya no es literatura; es escritura. La literatura en nuestro tiempo es todo lo que hace un escritor cuando sale de casa, es decir, cuando no escribe.

Entre todas las actividades que sacan a un novelista de su cuarto, ninguna tan literaria como una gira promocional. El primer avión me llevaba a Seattle. Allí comenzaba la tournée literaria “Building Bridges”, organizada por la revista Granta en español dentro del Programa SpainCulture. Junto a Javier Montes y Andrés Barba, otros dos autores de la lista Granta, pasaría dos semanas de aviones, hoteles y taxis, de micrófonos, de chicas guapas y millonarios. Lo único que debía preocuparme era no perder ningún vuelo, ningún taxi, ningún calcetín en ningún hotel; hablar en inglés ante el micro; firmar a las chicas dedicatorias decisivas y, sobre todo, recordar que a los millonarios les gusta que les llamen editores.
Del salmón a Garzón

En Seattle nos esperaba David Gutterson. Nadie sabía quién era. Premio Pulitzer, película con Ethan Hawke, traducido a veintiocho idiomas: ése era David. Nuestra road manager era Valerie Miles, la única editora capaz de hacer sentir a un escritor que todavía es él la estrella del show. Después de comer todos juntos, David nos llevó a ver salmones. David estaba entusiasmado con los salmones. Era temporada de cría (en realidad, no sé de qué) y en las esclusas del canal podríamos observar a los salmones remontando la corriente. Al señor Gutterson aquello lo emocionaba hasta las lágrimas. Parecía un escritor retirado, hastiado incluso, con pasiones nuevas que sólo alcanzaban los alrededores de Seattle, sus parajes y bichos, y al que la industria editorial le aburría tanto como a mí mirar el salto del salmón.

Por la mañana me había dado una vuelta por Seattle. Había casi tantos Starbucks como mendigos, una lonja, una biblioteca psicodélica y un montón de tristeza. Juzgar una ciudad por un rato que pasas en ella es una crueldad inevitable. Mi juicio sobre Seattle fue desolador. Mal vestidos, barbudos, erráticos como las grietas de una pared, numerosos peatones solitarios que me cruzaba por la calle parecían lamentarse aún de no haber parado con su propio cráneo el disparo que tumbó a Kurt Cobain. Llevaban todos gorros de lana, de colores mortecinos, alineados con sus sienes, como si las quisieran tener siempre presentes, en el punto de mira de un gesto por venir.

Por eso, quizá, leían. Siempre había libros en las mesas de las cafeterías, en esos bolsillos insondables del abrigo cotidiano; y la biblioteca, casi escandalosamente sofisticada, se insinuaba como el motor intelectual de todas las conversaciones de la ciudad.

Nuestra charla tuvo lugar en Elliot Bay Bookstore, una librería napoleónica y cálida, regentada por un tipo, Rick, que a la caída de su párpado izquierdo y a su pelo cano les administraba una inteligencia de tendero taimado y próspero. Su librería era de las pocas de Seattle que, de momento, no cerraba.

En esa primera charla estuvo Baltasar Garzón. Al día siguiente daba él mismo una conferencia en la universidad. Seguramente un español no puede resistirse a la solidaria maldad de escuchar a otro español hablando inglés.

Despaché con él en el ágape posterior al “panel”; y con decenas de asistentes. Todos firmamos un montón de Grantas y nos convencimos de que sí, de que la literatura era esto.

Darwinismo evidente

A partir de aquella charla con celebrity incluida, era evidente sin embargo que sólo podíamos ir a peor. Una charla puede ser aburrida o irritante para el que participa en ella, pero una gira de charlas clónicas es necesariamente aburrida e irritante. Eso aprendí.

La misma conferencia que dimos en Seattle la dimos en San Francisco, en Chicago, en Washington y, dos veces, en Nueva York. Un panelista profesional sabe que lo que va a decir ya lo ha dicho muchas veces, pero tiene que decirlo con impostada pasión nuevamente para que el público no note que le están sirviendo anécdotas recalentadas. El panelista profesional es un fingidor que finge sobre todo su reacción a la reacción del público, tan previsible, tan comprobada.

Era inevitable competir, pesar en balanzas inconscientes las risas que provocaba el otro escritor al hablar, las miradas que se le dirigían, la docta aprobación del moderador a su discurso. Esta soterrada sensación de competitividad, que era puramente deportiva en Elliot Bay Bookstore, en Books Inc., en el Instituto Cervantes de Chicago, en BusBoys & Poets y en The Center for Fiction, apareció insepulta y en todo su esplendor en la penúltima charla: la dábamos en McNally Jackson (Nueva York) y a ella asistirían un buen número de editores destacados: de New Directions, de Farrar Straus, de Penguin…

Por supuesto, yo no tenía ni idea de la existencia de estos sellos editoriales, pero sí era consciente de que sus responsables podían ser responsables a su vez de la más absoluta felicidad de un autor: ser publicado en Estados Unidos. Me miraba y nos miraba (a los autores de Granta, los ya mencionados Montes y Barba, pero también Oliverio Coelho, Federico Falco, Rodrigo Hasbún y Carlos Labbé, presentes en las charlas neoyorquinas) como a esos niños de la película Las normas de la casa de la sidra, que se repeinan y se revisten de ternura el día en el que acuden al orfanato las parejas adoptantes, con la intención de provocar en estas parejas la decisión que les saque del hospicio; del ruedo ibérico, en nuestro caso.

El salto al inglés parecía complicado, sin embargo. En todas las charlas, el último tramo que señalaban los moderadores o el público asistente de la presencia española en su cosmovisión literaria era el que representaban García Márquez y Vargas Llosa. Daban a entender que de la escalera de la literatura en español no se había subido ni un peldaño en las últimas cuatro décadas. Ni siquiera Roberto Bolaño era mencionado.

Después de las charlas, de las conversaciones epigonales y del cigarrillo post-simposio, solía haber chicas o fiestas. Estaba fumando con desaconsejable lentitud a las puertas del Intituto Cervantes de Chicago –dentro era donde estaba el negocio– cuando una mujer me abordó. Yo ya la había visto, al otro lado de la acera, lanzándome miradas mientras escribía a bolígrafo en un trozo de papel. “Hola –me dijo–, ¿tú estabas en la mesa, no?”. “Sí”, dije, triunfal. Su español era excelente. Tendió su mano con humildad y sonrojo. “¿Le podrías dar esto a Andrés Barba?”. Cogí la nota: en ella figuraba un número de teléfono y una dirección de mail. “Sí, claro”. “Me gustaría hablar con él, comentar”. “Sí, claro”.

Como buen go-between le hice llegar a Andrés el billete. Por supuesto, me vi obligado a comentar las características físicas de la dama. Por supuesto que la literatura era esto.

La fiesta más conveniente se desarrolló hacia el final de la gira, en el apartamento en Manhattan de una agente literaria llamada Nicole. A la fiesta acudirían todas las personas importantes del mundillo.

Yo no fui.

Desde luego, mi absentismo podía muy bien ser interpretado como una fenomenal estrategia autopromocional, porque no estar es siempre motivo de pesquisa, comentario o nombramiento, y uno es sin duda mucho más interesante cuando no está y es su hueco halagüeña embajada de su carisma.

No fui porque me perdí en la Sexta Avenida, caminando en la dirección contraria.

El espía y el escritor

Chicago fue turismo de poder. La charla era en el Cervantes de la ciudad y sólo hubo tiempo para un apresurado paseo matutino. El turismo de poder es como el turismo de las catedrales pero mientras las están haciendo. Todo el mundo era allí muy importante y llevaba camisas de cuadritos y tenía un gran futuro cayéndole encima. Conocí a un señor que era, de hecho, el organizador de la gira y que, cuando me dio la mano, ni siquiera me miró. Después hablé con él por casualidades del cóctel y acabamos comentando la acampada en la Puerta del Sol de Madrid, lo que nos llevó, azarosamente, a comentar la Ley Sinde, de la que yo me mostré temerariamente partidario. Me dijo: “Me alegro de que estés a favor, porque yo fui quién redactó esa ley”.

Era Guillermo Corral, y para demostrarme (soy suspicaz) sus responsabilidades mayores en la Ley Sinde sacó su iPhone y buscó su nombre en Google, y me mostró un texto donde le acusaban de ser un agente de la CIA.

“¿Lo eres?”, dije.

En Chicago también conocí a Aleksandar Hemon. Al contrario que el resto de autores, no sonreía, no era guapo, no vestía con elegancia, no parecía cómodo en la situaciones sociales y no tenía particulares pasiones por estrechar manos y dejar tarjetas en las palmas. Inmediatamente pensé: “Éste sí que es un escritor de verdad”.

¿Es Kate Winslet?

La última charla era en 192 Books y yo no participaba. Carlos Yushimito era la nueva incorporación del encuentro y los demás autores mencionados en esta crónica asistimos solidaria o activamente. Al acabar la primera ronda de intervenciones, salí a la calle a fumar. Ya no volví a entrar.

Miraba libros en el escaparate y me preguntaba cómo quedarían mis títulos en inglés y en Europa Editions o New Directions. Sopesaba, cigarrillo tras cigarrillo, el descomunal croquis informativo de nuevo cuño que debía integrar en mi memoria: nombres de sellos, de editores, de agentes, de autores publicados en esos sellos o llevados por esos agentes. Sopesaba la insoportable competitividad, el sueño de la fama, la tristeza de no estar escribiendo y, sin embargo, sentirme más literario que nunca.

En estas andaba cuando pasó delante de mí Kate Winslet, llevando de la mano a su hija. ¿Era Kate Winslet?, me pregunté. Viendo su ropa, sus andares, su rostro casi anodino, dudé. Junto a mí llevaban ya un buen rato tres mujeres vestidas con pantalón negro y blusa blanca: eran las camareras del cóctel que vendría luego. Una de ellas cuchicheó con las demás, emocionada: “¡Kate Winslet!”.

La fama es una cosa de camareros.

Cajones en las alturas

“Vamos a la fiesta de New Directions, ¿te vienes?”. Aurelio Major me encontró solo en la puerta y me hizo esta proposición. Yo me había perdido la gran fiesta de anoche, en casa de Nicole, y me pareció compensatorio animarme. “Bueno”.

En la 80 con 8th Avenue estaba la sede de New Directions, en la planta 19. Nada más pisar sus moquetas raídas y contemplar sus archiveros de metal baqueteado, supe que eso sí era literatura. Otra vez. Barbara Epler, la editora, empezó a darme libros y consejos, sobre todo acerca del paradero del alcohol. La editorial, con 75 años a sus espaldas y las medallas de Tennessee Williams, Ezra Pound o Henry Miller en el pecho, era un dédalo de cubiles miserables, encantadoramente diminutos. Circulaban por ellos personajes como Paul Yamazaki, librero de City Lights, el dramaturgo español Iñigo Ramírez de Haro (su Me cago en dios se había estrenado en la ciudad como Holly shit), la modélica librera de McNnally Jackson, Sarah McNnally, y un ruso pizpireto e inútil con el que estuve hablando de Horacio Castellanos Moya.

Curioseé por la sede editorial con considerable desvergüenza. Tiraba de las asas de todos los cajones donde aparecía escrito, en una cartela, algún nombre legendario: “Correspondencia de Dylan Thomas”, decía uno; “Correspondencia de TS Eliot”, decía otro. “Literatura Española/Derechos”, otro más. Pero todos estaban cerrados.

En un armario de puertas acristaladas, vi pegado una enorme hoja de papel con un poema manuscrito: iba firmado por Lawrence Ferlinghetti.

Todo era tan mítico que para salir al balcón había que saltar por la ventana.

Eran las doce de la noche en lo más alto de la ciudad.

Manhattan bramaba contra el río Hudson, y el río Hudson bramaba contra Manhattan.

Desde las alturas no se puede continuar el camino.


martes, 26 de junio de 2012

Granta / La narrativa colombiana se cortó el rabo de cerdo



La narrativa colombiana 

se cortó el rabo de cerdo

Poco conocidos pero con gran proyección: doce escritores elegidos por la revista 'Granta'

La versión en español de la revista inglesa reúne a escritores de cuatro décadas

Incluye textos inéditos de los elegidos y de otros otros escritores internacionales















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Viñeta de 'El viaje', de Paola Gaviria.

Las categorías literarias están para revelarse inoperantes y entre generaciones, manifiestos y bums, la idea del parricidio ha sido recurrente en la narrativa, incluida la colombiana. No han faltado ‑ni faltan‑ autores con varias horas pendientes en el diván, pero la más reciente edición de la revista  Granta en español muestra que desde los contemporáneos de García Márquez hasta los nacidos en los 70 hay un buen número de escritores sin complejos que no necesitaron renegar del paternal realismo mágico. En el Olimpo están los semidioses y en la tierra todos los mortales ya conocieron el hielo.
Colombia. Sus armas ocultas es el nombre de la Granta número 12, dedicada a brindar un panorama complejo de la ficción que se está escribiendo en Colombia: desde Nicolas Suescún (nacido en 1937) hasta Paola Gaviria y Andrés Felipe Solano (de 1977).
Aunque la intención del número es establecer un diálogo antes que una antología, la elección de doce nombres colombianos que representan cuatro décadas muy distintas no puede pasar por debajo de la mesa y deja en el aire la cuestión de las ausencias. Fueron seis meses de lecturas, recomendaciones y consejos para llegar a estas armas ocultas, que en efecto comparten espacio con siete escritores internacionales: Louis de Bernières, Lydia Davis, Aleksandar Hemon, Alice Munro, Julie Otsuka, Majo Ramírez y el difunto corresponsal de The New York TimesAnthony Shadid. Los editores de la revista, Valerie Miles y Aurelio Major, tomaron el título del poema “Batallas hubo” de Álvaro Mutis: “el tiempo, en fin, con sus armas ocultas. / Nada nuevo.”, idea que define el carácter soterrado de la lectura que proponen.

Nicolás Suescún, Fanny Buitrago, Ricardo Cano Gaviria, Jaime Manrique, Tomás González, Nayla Chehade, Eduardo García Aguilar, Louis de Bernières, Evelio Rosero, Carolina Sanín, Juan David Correa, Andrés Felipe Solano y Paola Gaviria son los elegidos
Entre los doce elegidos no hay ascensiones al cielo ni narcotráfico y es ahí donde la propuesta transversal de Major y Miles merece un aparte: los relatos podrán gustar más o menos, pero todos configuran una narrativa de proyección internacional que ojalá convoque curiosidad entre otros editores, como ya ocurrió con la selección de los 22 autores jóvenes latinoamericanos y españoles, de hace año y medio, hecha por la misma revista.
Tomás González (1950) y Evelio Rosero (1958) pueden considerarse los de mayor prospección. El primero acaba de publicar en España La luz difícil, (Alfaguara), si bien había tenido una tímida presencia iberoamericana con Norma. Sus grandes momentos narrativos están hechos de supresión de elementos y ese carácter silencioso se refleja en los cuentos inéditos de Granta: “El lejano amor de los extraños” y “Nostalgia por el mar ya visto”.
Del otro lado, Rosero ganó en 2007 el II Premio Tusquets de Novela con Los ejércitos, título que puede dialogar en igualdad de condiciones con cualquier clásico contemporáneo de la literatura iberoamericana. Este año publicó La carroza de Bolívar (Tusquets), y aunque el cuento “Como nunca en la vida” es de 1991, muestra la vigente habilidad del colombiano para relatar las tensiones tácitas en todas las relaciones que establecen hombres y mujeres. Dos escritores parcos en persona; comedidos y precisos en su obra.

Entre los doce elegidos no hay ascensiones al cielo ni narcotráfico y es ahí donde la propuesta transversal merece un aparte: los relatos podrán gustar más o menos, pero todos configuran una narrativa de proyección internacional que ojalá convoque curiosidad entre otros editores
Nicolás Suescún es el más cercano a la generación del boom en términos de edad y en “El predominio de la sensatez” habla de los tormentos de un político que trata de escribir sus memorias. Leerlo es asistir a una especie de monólogo indirecto, con una primera persona algo penosa similar a la de Fanny Buitrago (1945) en “Festejos en tu honor”, sobre la fama desgastada.
Aunque distintas formas de exilio están compartidas por los doce, Ricardo Cano Gaviria (1946), Jaime Manrique (1949), Eduardo García Aguilar (1953) y Nayla Chehade (1953) tienen la particularidad de haber vivido fuera del país tanto o más tiempo que adentro, por lo que incluso para los colombianos pueden parecer notas al margen de la literatura nacional. “Un león en la playa”, de Cano Gaviria, es el único sin nexos geográficos con Colombia, mientras que “Ifigenia colombiana”, de García Aguilar, es un buen ejemplo de cuánto cambia la rememoración de la infancia y la juventud cuando se hace desde otro lugar. Es el recuerdo de un episodio simbólico que reconstruye lo que somos, lejos del lugar donde estuvimos, como ocurre también en “Volver”, de Jaime Manrique, breve relato autobiográfico de su larga relación amorosa con un artista plástico.
El caso de Chehade merece un punto aparte, pues no ha publicado libro alguno en su país, pero “Ardiente es el paraíso” adelanta una novela y cuenta un episodio de la inmigración sirio-libanesa a la costa atlántica colombiana, el proceso de intercambio cultural más intenso que tuvo Colombia durante el siglo XX.
Aunque nacida en Quito, Paola Gaviria ‑nombre código: PowerPaola‑ es colombiana a casi todos los efectos y su “Km. 11” es la primera historia gráfica que publica Granta en español. Como ella, Carolina Sanín (1973), Juan David Correa (1976) y Andrés Felipe Solano, hacen parte de una generación nacida en los 70 que recientemente se ha abocado a escribir sobre su experiencia ante la violencia colombiana de los 80 y los 90, si bien entre los tres solo el relato de Correa, “Los cuerpos”, se mueve en ese contexto. En “Apocatástasis” Sanín hace un ejercicio metaliterario, bellatiniano, y en “Los hermanos Cuervo” Solano brinda otro adelanto de su segunda novela, muy esperada tras su inclusión en la Granta de los jóvenes narradores latinoamericanos.
Cuatro décadas de un país que no se compone solo de realismo mágico, doce escritores que se reconocen en esta lectura colectiva. Ni incesto, ni parricidio: las armas ocultas de Colombia están hechas de literatura.








sábado, 1 de marzo de 2008

Los chicos prodigiosos de la Generación Granta

Graham Swift
Foto de Luis Magán


Los chicos prodigiosos de la Generación 'Granta'



En 1983 la revista londinense lanzó a un grupo de jóvenes escritores británicos entre los que estaban Ian McEwan, Martin Amis, Julian Barnes, William Boyd y Salman Rushdie. Hoy son referencia de la ficción contemporánea.
Siete novísimos novelistas británicos nacieron a la realidad en la posguerra mundial, durante la década en la que triunfaban las novelas de la guerra fría de Graham Greene, el neorrealismo italiano, el nouveau roman, la Generación Beat, El Señor de los Anillos de Tolkien, Nabokov o William Golding, pero nacieron a la ficción durante la Inglaterra gris del thatcherismo, el cine de Peter Greenaway, Stephen Frears o Ridley Scott, el dirty realism de Carver y Ford en Estados Unidos y un mundo de yuppies, punk y la perestroika, y lo hicieron en las páginas de la revista Granta (Best of Young British Novelists, 7, 1983), convocados por el editor Bill Buford con ojo clínico, pues brillan con luz propia desde entonces: son Martin Amis (1949), Julian Barnes (1946), William Boyd (1952), Kazuo Ishiguro (1954), Ian McEwan (1948), Salman Rushdie (1947) y Graham Swift (1949). Dos novísimos novelistas británicos se sumaron al grupo en la siguiente antología editada por Buford (Granta, Best of Young British Novelists, 43, 1993), Hanif Kureishi (1954) y Tibor Fisher (1959, autor de Bajo el culo del sapo, 1992, o No apto para estúpidos, 2002, traducidos en Tusquets). Nueve novísimos novelistas británicos a los que podrían añadirse, por afinidades de edad y de éxito comercial, otros dos chicos Granta, Iain Banks (1954, autor de La fábrica de las avispas, 1984) y Jeanette Winterson (1959, autora de Escrito en el cuerpo, 1992, en Anagrama; El Powerbook, 2000, en Edhasa, o La niña del faro, 2004, Lumen). Son la Generación Granta, lashortlist de autores heterogéneos y polifacéticos por los que la revista londinense apostó fuerte y a los que lanzó, en palabras de su editor, con un número especial de la revista entendido "como campaña demarketing, como un truco para lograr que la gente comprara novelas literarias". Junto a grandes nombres coetáneos como John Banville (1945, autor de El libro de las pruebas, 1989), Nick Hornby (1957, autor de Alta fidelidad, 1995), Irvine Welsh (1958, autor de Trainspotting,1993) o Jonathan Coe (1961, autor de La casa del sueño, 1997), a los que sólo les falta la etiqueta Granta, son los nueve novísimos quienes suceden a la generación de David Lodge o de A. S. Byatt, con los que conviven, y se convierten en el mainstream de la ficción británica, en un grupo de canónicos posmodernos, en la medida en que releen con ironía la tradición y en que son poscoloniales, y de artistas multiculturales que van juntos a la guerra contra el cliché, que son buenos, increíblemente buenos, y que han devuelto la gloria a la narrativa británica porque sus obras ganan el Booker Prize, el Whitbread y otras muchas medallas que se cuelgan como almirantes de la flota literaria, se traducen de forma compulsiva y venden mucho porque se las ingenian para explicar historias comerciales con narrativas de calidad. Del talento omnímodo de estos chicos prodigiosos, de estasinkorruptibles celebrities -la mayoría reunidos en el catálogo de Anagrama, y a los que su editor se refiere en Nuestro British Dream Team (texto incluido en El observatorio editorial, de Jorge Herralde. Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2004)- ha surgido un puñado de obras maestras de la ficción contemporánea.

Desperdigan imaginación, sentido (crítico) y sensibilidad hasta el punto de poder crear una impertinente historia del mundo en nueve capítulos y medio

Se quieren satíricos, plurales y divertidos pero a la vez nos inculcan filosofía contemporánea y construyen ficciones acerca de nuestras más profundas verdades
Mientras publicaba crime fiction bajo el seudónimo de Dan Kavanagh, Julian Barnes se hizo inmenso con El loro de Flaubert (1984), y Una historia del mundo en diez capítulos y medio(1989), disparatada e iconoclasta enmienda a la totalidad, e Inglaterra, Inglaterra (1999) lo convirtieron en imprescindible. Arthur & George(2005), con el padre de Sherlock Holmes de protagonista, es su última entrega. William Boyd se consolidó en el mercado con Barras y estrellas(1987). Martin Amis abrió juego conDinero (1984), una sátira de nuestro tiempo enrarecido en manos de un antihéroe improbable, fragmentario, neurótico y de ambigua identidad -¡atiende al nombre de John Self!- como los personajes de Pynchon. Luego llegaron dos grandes libros, La flecha del tiempo (1991) y sus memorias sui géneris, Experiencia (2000), y su última novela es una nueva ficcionalización de la historia contemporánea, La Casa de los Encuentros (2006). Ian McEwan se consolida con Niños en el tiempo (1987), una historia de traumas surgidos de idílicas vidas cotidianas, como sucede en Amor perdurable(1997) y su análisis de un amor patológico inyectado en una pareja feliz. Su última novela es Chesil Beach (2007). Salman Rushdie publicó Los versos satánicos (1988) y quedó demonizado y consagrado al instante por la fetua del régimen integrista de Jomeini, pero su novela Hijos de la medianoche (1981) ya había sido un prodigio de realismo mágico trasladado al imaginario indio. Kazuo Ishiguro será siempre el autor deLos restos del día (1989), pero Cuando fuimos huérfanos (2000), su confesada contribución a la world fiction, es una novela de altos vuelos. En 2005 publicó su última ficción narrativa hasta el momento, Nunca me abandones, una fábula futurista y ambigua en la que dispara una vez más sus dos armas secretas, el narrador no fiable y la focalización. La ficción poscolonial de Hanif Kureishi nació con la historia marginal de Mi hermosa lavandería (1985) y los conflictos de identidad cultural de la comunidad paquistaní en Londres, llevados a su punto de ebullición enEl Buda de los suburbios (1990).
Hacia 1993, el crítico y novelista Malcolm Bradbury se queja de que "la ficción literaria seria está siendo sumamente presionada por la ficción comercial" (The Modern British Novel), y de que "la Gran Narrativa está cediéndole el terreno a temas mucho más plurales y divertidos", y precisamente son estos chicos prodigiosos de la Generación Granta los que están resolviendo la cuadratura del círculo que parecía estar pidiendo Bradbury, están escribiendo una ficción literaria seria que resulta muy comercial porque no tienen reparos en servirse de la literatura de género (reescriben y manipulan los modelos del género negro, la novela de espías, el culebrón victoriano, la ciencia-ficción o el melodrama con la industria del mejor impostor, radiografían el mundo contemporáneo, escriben sobre política, sexo, violencia y psicosis, esto es, están siempre hablando del asunto y hablando sin escrúpulos, son traviesos y le meten un dedo en el ojo al establishment o le pintan un bigote a Jane Austen, Lord Darlington o Gustave Flaubert porque garabatean la tradición y juguetean con ella. Se quieren satíricos, plurales y divertidos pero a la vez nos inculcan filosofía contemporánea a mano armada y construyen inmensas ficciones acerca de nuestras más profundas verdades, pues aunque el que lo dijo fue Martin Amis enExperiencia (2000), seguramente todos están de acuerdo en que "todo escritor sabe que la verdad está en la ficción". Nos cuentan lo que nos está pasando, son los genuinos artistas de nuestro mundo flotante y, tal vez por eso, escribiendo tan bien como sus mayores, venden mucho más. Están todos muy vividos y muy viajados, pero sobre todo son muy leídos, ejercen de críticos y de enfants terribles y, cada loco con su tema -Amis, la historia contemporánea y sus artificiosas y nabokovianas neurosis fantásticas, Barnes y sus relecturas irónicas de la tradición realista decimonónica, Kureishi y la vida doméstica y suburbial, los perversos extremos emocionales de McEwan o la subversión de los géneros narrativos en manos de Ishiguro-, desperdigan imaginación, sentido (crítico) y sensibilidad hasta el punto de poder crear con sus obras completas una impertinente historia del mundo en nueve capítulos y medio. El truco que confesaba Buford ha surtido efecto, y de la mano de estos chicos los lectores han vuelto con estusiasmo a consumirnovelas literarias. En realidad hace tiempo ya que no son chicos, pero cada vez son más prodigiosos y, mientras sus perseguidores más jóvenes aceleran el paso -Zadie Smith, Alan Warner, Toby Litt o Rachel Cusk, bendecidos todos por Granta, Best of Young British Novelists, 81, 2003- están ya preparándose para viajar un día a Estocolmo, a recoger el Premio Nobel que los acredite como los autores universales que ya son. ¿Quién será el afortunado al que le tocará ir en representación del grupo? ¿Quién tendrá el placer del viajero?

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