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| Dog and Bridge Alex Colville |
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| Dog and Bridge Alex Colville |
Una pintura de Alex Colville rompió un récord de ventas de una obra del reconocido artista canadiense en una subasta celebrada en Toronto el miércoles, mientras que las obras de artistas como Pablo Picasso, Joan Mitchell y Lawren Harris también fueron fuertes precios.
Francis Goin
Alex Colville (David Alexander Colville, 1920-2013) fue un pintor canadiense cuya obra evoca instancias de intimidad, quietud, soledad y desconcierto. También, tal vez, de revelación. Se lo ha asociado con el Realismo Mágico (surgido en Alemania en la década de 1920), categoría algo ambigua que invoca en realidad a diversas escuelas. Otros han hablado de “Pintura metafísica” como referencia más precisa a su obra, de algún modo emparentada con la de artistas plásticos como Giorgio de Chirico o Carlo Carrá.Es característico de la pintura de Colville la representación de escenas estáticas, con pocos objetos o personajes, siempre en tonos apagados en los que dominan los azules grisáceos, plomizos. Difícilmente se aprecie un rojo intenso o un amarillo en alguno de sus cuadros. Lo suyo es una nota tenue, discreta, casi inadvertida en un mundo de bombardeos visuales permanentes.Colville transmite su perplejidad ante las complejas densidades del Cosmos en cada una de sus obras. Como ocurre con tantos otros grandes pintores, puede decirse de él que siempre estuvo pintando el mismo cuadro. La mirada de sus personajes es su propia mirada; su actitud ante el mundo es la de una atenta espera.A los 22 años de edad, siendo estudiante de Bellas Artes, se alistó en el ejército canadiense, siéndole encomendada la tarea de “pintor de guerra” (war artist). Como tal, en 1944 debió retratar los horrores del campo de concentración de Bergen-Belsen, en la Baja Sajonia.Algunas de sus obras:
“Cuerpos en una fosa” (Bodies in a grave, 1946) muestra cuatro cadáveres desparramados en posiciones diversas, tal como podrían haber quedado luego de ser asesinados. Los cadáveres están semidesnudos, dejando ver su triste ropa de prisioneros de un campo de concentración. Sus cuerpos muestran signos avanzados de desnutrición y profundas heridas. No están apoyados en el suelo; no “reposan”, no “descansan”, como suele decirse de los muertos; están flotando como fantasmas, ánimas en pena sin paz ni consuelo.“Mujer desnuda y maniquí” (Nude and dummy, 1950) muestra a una mujer interpelando con la mirada a un maniquí de modista. Ambas figuras están en el altillo de una de esas casas de dos plantas, de madera, clásicas de la arquitectura suburbana de América del Norte. Las paredes de la habitación son casi simétricas; una estrecha ventana deja ver un campo vacío en el exterior. El elemento más notorio y realista de la obra es el maniquí. La mirada de la mujer parece sembrar dudas sobre la realidad de su propia existencia. La atmósfera rezuma quietud y silencio.
En “Hombre en el porche” (Man on verandah, 1953) vemos a un anciano sentado en la galería de una casa mirando el océano. Aparecen dos botes cerca de la orilla, pero la mirada del hombre no se dirige a ellos sino que va más allá. En realidad, el hombre pareciera no estar mirando nada en absoluto. Podría decirse que espera la muerte sin mayor expectativa. Un gato, al fondo, hace lo suyo sin prestar atención al conjunto. Otra vez se percibe una atmósfera de silencio quieto, introspectivo. La ausencia de contrastes tonales en la obra contribuye a que el hombre y los objetos reflejen cierta cualidad inmaterial.
“Caballo y tren” (Horse and train, 1954) muestra a un caballo de tonalidades oscuras galopando por entre los rieles de una vía férrea en dirección opuesta a un tren que se acerca a la distancia. El brillo de los rieles relaciona al tren y al caballo de modo inequívoco; la colisión es inevitable. Curiosamente, sin embargo, la imagen no refleja acción o velocidad; parece un instante detenido, eternizado, en donde se nos ofrece la posibilidad de apreciar la magnitud del evento que se aproxima. El caballo está en el aire, congelado en un momento del galope. Percibimos de golpe que el tiempo está hecho de instantáneas como esta.
En “Sabueso en el campo” (Hound in field, 1958) vemos a un perro en actitud de rastrear, tal vez una presa, en los linderos de un bosque. La figura del perro está resaltada a través de un foco preciso y tonos de color que lo despegan del paisaje. La mirada de animal está fija en algo que el espectador no puede ver. La pintura es un contrapunto entre la inclinación del paisaje y la postura inestable del perro. Se desprende una rara felicidad del conjunto.
“Luna y vaca” (Moon and cow, 1963) muestra también un contrapunto entre dos objetos. Una vaca recostada en un terreno ondulado cubierto por un pastizal seco, un cielo nocturno y la luna brillante. Nuevamente asistimos a la representación de la quietud contemplativa. La vaca mira a la luna, la luna no dice nada. Restos de un alambrado sugieren que tal vez haya, o alguna vez hubo, cierta presencia humana. No se nos dice qué ocurre exactamente, y está bien que así sea.
En “Pacífico” (Pacific, 1967) aparece un hombre recostado en el vano de una puerta abierta que da a una playa. El punto de vista está en el interior de la habitación, probablemente el living de un chalet. El hombre, cuya cabeza no llega a entrar en el cuadro, tiene el torso desnudo; la posición de su cuerpo transmite tranquilidad, tal vez determinación. En primer plano hay una mesa y sobre la mesa una pistola.
En “Perro y sacerdote” (Dog and priest, 1978) se nos muestra a los dos personajes en actitud de reposo mirando el mar desde un muelle o puente de madera. El perro está adelante, por lo que su cabeza tapa la del sacerdote, inclinado junto a él. Podría decirse que el semblante del perro refleja la del hombre, o que perro y sacerdote mantienen la misma perplejidad ante la inmensidad que se extiende ante sus ojos. No hay alegría ni tristeza en la mirada de Colville; siempre la misma atenta perplejidad, o tal vez reverencia, o tal vez revelación.
LA CUEVA DE CHAUVET“Living room” (Living room, 2000) nos muestra tres personajes: un anciano a la izquierda (el propio pintor), un perro durmiendo y una mujer, a la derecha, tocando el piano. La escena transcurre en un interior escasamente iluminado. Cada personaje está en su propio mundo. La mujer aparece reconcentrada, posiblemente ejecutando suaves notas en el piano; el anciano tiene los ojos entrecerrados: puede estar escuchando la melodía, puede estar mirando al espectador, puede estar durmiendo, puede también estar muerto. Detrás suyo, tras la ventana, no hay nada más que la noche cerrada.La página web dedicada al pintor nos dice que Colville murió pacíficamente, a los 93 años de edad, en su casa de Wolfville, Nueva Escocia. Su mujer había muerto, a los 91 años, el 31 de Diciembre del año anterior.
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| Alex Colville |
Louise Glück
PARÁBOLA DE LA BESTIA
El gato circula por la cocina
con el pájaro muerto,
su nueva posesión.
Alguien debería debatir sobre
ética con el gato, mientras investiga
el asunto ese del pájaro cojo:
en esta casa
no experimentamos
la voluntad así.
Dile eso al animal,
sus dientes ya hincados
en la carne de otro animal.
Louise Glück
Meadowland (1996).
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| Swimmer, 1962 Alex Colville |
Louise Glück
LA DECISIÓN DE ODISEO
El gran hombre le da la espalda a la isla.
Su muerte no sucederá ya en el paraíso
ni volverá a oír
los laudes del paraíso entre los olivos,
junto a las charcas cristalinas bajo los cipreses.
Da comienzo ahora el tiempo en el que oye otra vez
ese latido que es la narración
del mar, al alba cuando su atracción es más fuerte.
Lo que nos trajo hasta aquí
nos sacará de aquí; nuestra nave
se mece en el agua teñida del puerto.
Ahora el hechizo ha concluido.
Devuélvele su vida,
mar que sólo sabes avanzar.
Louise Glück
Praderas
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| Alex Colville |
Louise Glück
EL LÍMITE
Una y otra vez, una y otra vez, ato
mi corazón a la cabecera de la cama
mientras mis acolchonados lamentos
se endurecen contra su mano. Está aburrido,
me doy cuenta. ¿Acaso no me trago sus engaños,
no pongo sus flores en agua? Lo miro cortar los trozos de carne
sobre el encaje de mamá,
distribuir magras porciones piadosamente… Puedo sentir sus muslos
contra mí por amor a los niños.
¿La recompensa? Por las mañanas, destrozada
por esta casa, lo miro tostar su pan
y probar su café, evadiéndose.
Las sobras son mi desayuno.
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| To Prince Edward Island, 1965 Alex Colville |
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| Man on Verandah, 1953 Alex Colville |
Louise Glück
Semejanza final
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| Alex Colville |
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| Alex Colville |
Un pájaro llega a la ventana. Es un error
considerarlos solamente
pájaros, muy a menudo son
mensajeros. Por eso, una vez
se precipitan sobre el alféizar, se quedan
perfectamente quietos, para burlarse
de la paciencia, alzando la cabeza para cantar
pobrecita, pobrecita, un aviso
de cuatro notas, para volar luego
del alfeizar al olivar como una nube oscura.
¿Pero quién enviaría a una criatura tan liviana
a juzgar mi vida? Tengo ideas profundas
y mi memoria es larga; ¿por qué iba a envidiar esa libertad
cuando tengo humanidad? Aquellos
que tienen el corazón más diminuto son dueños
de la mayor libertad.
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| Couple on Beach, 1957 Alex Colville |
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| Alex Colville |
Louise Glück
El vestido
Se me secó el alma.
Como un alma arrojada al fuego,
pero no del todo,
no hasta la aniquilación. Sedienta,
siguió adelante. Crispada,
no por la soledad sino por la desconfianza,
el resultado de la violencia.
El espíritu, invitado a abandonar el cuerpo,
a quedar expuesto un momento,
temblando, como antes
de tu entrega a lo divino;
el espíritu fue seducido, debido a su soledad,
por la promesa de la gracia.
¿Cómo vas a volver a confiar
en el amor de otro ser?
Mi alma se marchitó y se encogió.
El cuerpo se convirtió en un vestido demasiado
grande
para ella.
Y cuando recuperé la esperanza,
era una esperanza completamente distinta.
Louise Glück
Vita Nova