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lunes, 10 de septiembre de 2018

Tima Kurdi / “Cargaré toda mi vida con la muerte de Alan”




Tima Kurdi, en Londres el pasado 15 de agosto. En vídeo, declaraciones de Kurdi en una entrevista concedida en 2015. BEN STANSALL (AFP) / VÍDEO: REUTERS-QUALITY

“Cargaré toda mi vida con la muerte de Alan”


Tima Kurdi, la tía del niño sirio que fue hallado muerto en una playa turca en 2015, recuerda en un libro la tragedia



Hay días que uno no puede ni quiere olvidar. Para Tima Kurdi fue el 2 de septiembre de 2015. Ese día, su marido le mostró una fotografía: la del cuerpo sin vida de un niño sirio yacente en la orilla de una playa de Bodrum, en Turquía. “Al principio no estaba segura de que se trataba de mi sobrino Alan pero luego reconocí la camiseta roja, los pantalones cortos azules y los zapatos que le había regalado el año anterior cuando fui a visitar a mi hermano a Turquía”, recuerda. Mientras la imagen de su sobrino daba la vuelta al mundo, poniendo rostro humano a la crisis de los refugiados y a la inacción de la comunidad internacional, la pena que invadió a Kurdi dejó paso a la culpabilidad. “No podía dejar de pensar que si no hubiera mandado esos 5.000 dólares (4.300 euros) para pagar el viaje en patera quizá hoy estarían todos vivos. Cargaré con sus muertes toda mi vida”, cuenta entre lágrimas. Un dolor por las muertes de su cuñada, Rehanna, y sus dos sobrinos, Ghalib y Alan, que Kurdi ha plasmado en el libro The Boy on the Beach. My Family's Escape from Syria and Our Hope for a New Home (Simon & Schuster).

jueves, 16 de junio de 2016

El pequeño Aylan Kurdi y otras imágenes que conmocionaron al mundo

Aylan Kurdi
Fotografía de Nilufer Demir 





 JUEVES, 3 DE SEPTIEMBRE DE 2015

El pequeño Aylan y otras imágenes que conmocionaron al mundo

La fotografía de un niño sirio muerto en una playa cuando trataba de llegar a Europa golpea la conciencia de Occidente

A lo largo de la historia, otras instantáneas se han quedado grabadas en la memoria colectiva como símbolos de tragedias incomprensibles



EDUARDO SÁNCHEZ


Muchos consideran que es la imagen que más avergüenza a Europa. La fotografía que aparecía en todos los medios este martes y protagonizaba las portadas de la mayoría de los periódicos al día siguiente, tomada por Nilufer Demir (AFP), está carente de cualquier ápice de violencia, de crueldad, de dramatismo. Pero es de las más duras que se han publicado en los últimos años, como símbolo de la desesperación de una inmigración que trata de alcanzar el paraíso del autodenominado Primer Mundo.





El pequeño cuerpo del niño Aylan Kurdi, un sirio de apenas tres años, yace en una playa turca. El mar Mediterráneo, ese que se ha cobrado en lo que va de año unas 2.300 vidas, le ha depositado en la orilla, aún vestido con su camiseta roja, sus pantalones cortos de color azules y unos zapatos con la suela de goma. Los mismos con los que se montó a una barca inflable junto a su familia, huyendo del horror de Kobane, esa ciudad tomada por el Estado Islámico y bombardeada por las tropas de al-Asad desde hace años. Su destino, y el de los suyos, era Kos, una pequeña isla griega que para miles de refugiados se ha convertido en la puerta más cercana a su sueño europeo. Él, como su madre Rehan y su hermano Galip -de cinco años- no lo han logrado. Como tantos muchos.

Aylan Kurdi, convertido en icono del drama






Aylan Kurdi, convertido en icono del drama,
pone el foco en la ética periodística
La prensa mundial se debatió en el dilema entre marginar o priorizar la foto del cadáver del niño turco varado en la arena

ÉRIKA MONTAÑÉS 
Madrid - 04/09/2015 a las 00:00:01h. - Act. a las 13:33:28h.

Un niño muerto en la orilla del mar, un obturador que se dispara, una imagen que llega a todos los rincones del mundo y un sonrojante drama del mundo occidental que queda inmortalizado para siempre. Esta es la secuencia fotoperiodística que acaeció el pasado miércoles en la playa turca de Ali Hoca Burnu y que, al tiempo que conmocionaba al planeta por la crisis humanitaria que siguen viviendo miles de sirios en busca de una oportunidad fuera de su país en guerra desde hace más de cuatro años, abría el debate entre la conveniencia de informar de una tragedia con imágenes de gran crudeza y la necesidad de salvaguardar el honor de un menor y la intimidad de su familia.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Vargas Llosa / Niño muerto en la playa




Niño muerto en la playa

Es bueno que los países prósperos tomen conciencia de la disyuntiva que representan las migraciones masivas, pero el problema solo se resolverá con soluciones reales y duraderas en los países de origen.

MARIO VARGAS LLOSA
19 SEP 2015 - 17:00 COT





Niño muerto en la playa
FERNANDO VICENTE

La fotografía de Aylan Kurdi, un niño sirio de tres años muerto en una playa de Turquía cuando con su familia trataba de emigrar a Europa, conmovió al mundo entero. Y sirvió para que varios países europeos ampliaran su cuota de refugiados —no todos, desde luego— y la opinión pública internacional tomara conciencia de la magnitud del problema que representan los cientos de miles, acaso millones, de familias que tratan de escapar del África y de Medio Oriente hacia el mundo occidental donde, creen, encontrarán trabajo, seguridad y, en pocas palabras, la vida digna y decente que sus países no pueden darles.
Es bueno que haya ahora, en los países más prósperos y libres del mundo, una conciencia mayor de la disyuntiva moral que les plantea el problema de estas migraciones masivas y espontáneas, pero sería necesario que, por positivo que sea el esfuerzo que hagan los países avanzados para admitir más refugiados en su seno, no se hicieran ilusiones pensando que de este modo se resolverá el problema. Nada más inexacto. Aunque los países occidentales practicaran la política de fronteras abiertas que los liberales radicales defienden —defendemos—, nunca habría suficiente infraestructura ni trabajo en ellos para todos quienes quisieran huir de la miseria y la violencia que asolan ciertas regiones del mundo. El problema está allí y sólo allí puede encontrar una solución real y duradera. Tal como se presentan las cosas en África y Medio Oriente, por desgracia, aquello tomará todavía algún tiempo. Pero los países desarrollados podrían acortarlo si orientaran sus esfuerzos en esa dirección, sin distraerse en paliativos momentáneos de dudosa eficacia.
La raíz del problema está en la pobreza y la inseguridad terribles en que vive la mayoría de las poblaciones africanas y de Medio Oriente, sea por culpa de regímenes despóticos, ineptos y corruptos o por los fanatismos religiosos y políticos —por ejemplo el Estado Islámico o Al Qaeda— que generan guerras como las de Siria y Yemen, y un terrorismo que diariamente ciega vidas humanas, destruye viviendas y tiene en el pánico, el paro y el hambre a millones de personas, como ocurre en Irak, un país que se desintegra lentamente. No se trata de países pobres, porque hoy en día cualquier país, aunque carezca de recursos naturales, puede ser próspero, como muestran los casos extraordinarios de Hong Kong o Singapur, sino empobrecidos por la codicia suicida de pequeñas élites dominantes que explotan con cinismo y brutalidad a esas masas que, antes, se resignaban a su suerte. Ya no es así gracias a la globalización, y, sobre todo, a la gran revolución de las comunicaciones que abre los ojos a los más desvalidos y marginados sobre lo que ocurre en el resto del planeta. Esas multitudes explotadas y sin esperanza saben ahora que en otras regiones del mundo hay paz, coexistencia pacífica, altos niveles de vida, seguridad social, libertad, legalidad, oportunidades de trabajar y progresar. Y con toda razón están dispuestas a hacer todos los sacrificios, incluido el de jugarse la vida, tratando de acceder a esos países. Esa emigración no será nunca detenida con muros ni alambradas como las que ingenuamente han construido o se proponen construir Hungría y otras naciones. Pasará por debajo o por encima de ellos y siempre encontrará mafias que le faciliten el tránsito, aunque a veces la engañen y conduzcan no al paraíso sino a la muerte, como a los 71 desdichados que murieron hace algunas semanas asfixiados en un camión frigorífico en las carreteras de Austria.


La emigración no será nunca detenida con muros ni alambradas como las de Hungría

La capacidad para admitir refugiados de un país desarrollado tiene un límite, que no conviene forzar porque puede ser contraproducente y, en vez de resolver un problema, generar otro, el de favorecer movimientos xenófobos y racistas, como el Front National de Francia. Es algo que está ocurriendo incluso en países tan avanzados como la propia Suecia, donde la última encuesta de opinión pone a un partido antiinmigrantes como el más popular. No hay duda que la inmigración es algo indispensable para los países desarrollados, los que, sin ella, jamás podrían conservar en el futuro sus altos niveles de vida. Pero para ser eficaz, esta inmigración debe ser organizada y ordenada de acuerdo a una política común inteligente y realista, como está proponiendo la canciller Angela Merkel, a quien, en este asunto, hay que felicitar por la lucidez y energía con que enfrenta el problema.
Pero, en verdad, este sólo se resolverá donde ha nacido, es decir, en África y el Medio Oriente. No es imposible. Hay dos regiones del mundo que eran, al igual que estas ahora, grandes propulsoras de emigrantes clandestinos hacia Occidente: buena parte del Asia y América Latina. Esta corriente migratoria ha disminuido notablemente en ambas a medida que la democracia y políticas económicas sensatas se abrían camino en ellas, los Estados de derecho reemplazaban a las dictaduras, y sus economías comenzaban a crecer y a crear oportunidades y trabajo para la población local. La manera más efectiva en que Occidente puede contribuir a reducir la inmigración ilegal es colaborar con quienes en los países africanos y el Medio Oriente luchan para acabar con las satrapías que los gobiernan y establecer regímenes representativos, democráticos y modernos, que creen condiciones favorables a la inversión y atraigan esos capitales (muy abundantes) que circulan por el mundo buscando donde echar raíces.


Esas masas que vienen a Europa rinden, sin saberlo, un homenaje a la cultura de la libertad

Cuando era estudiante universitario recuerdo haber leído, en el Perú, una encuesta que me hizo entender por qué millones de familias indígenas emigraban del campo a la ciudad. Uno se preguntaba qué atractivo podía tener para ellas abandonar esas aldeas andinas que el indigenismo literario y artístico embellecía, para vivir en la promiscuidad insalubre de las barriadas marginales de Lima. La encuesta era rotunda: con todo lo triste y sucia que era la vida, en esas barriadas los ex campesinos vivían mucho mejor que en el campo, donde el aislamiento, la pobreza y la inseguridad parecían invencibles. La ciudad, por lo menos, les ofrecía una esperanza.
¿Quién que padezca la dictadura homicida de un Robert Mugabe en Zimbabue o el averno de bombas y machismo patológico de los talibanes de Afganistán, o el horror cotidiano que yo he visto en el Congo, no trataría de huir de allí, cruzando selvas, montañas, mares, exponiéndose a todos los peligros, para llegar a un lugar donde al menos fuera posible la esperanza? Esas masas que vienen a Europa, desplegando un heroísmo extraordinario, rinden, sin saberlo en la gran mayoría de los casos, un gran homenaje a la cultura de la libertad, la de los derechos humanos y la coexistencia en la diversidad, que es la que ha traído desarrollo y prosperidad a Occidente. Cuando esta cultura se extienda también —como ha comenzado a ocurrir en América Latina y el Asia— por África y el Medio Oriente, el problema de la inmigración clandestina se irá diluyendo poco a poco hasta alcanzar unos niveles manejables.

EL PAÍS


miércoles, 16 de septiembre de 2015

Salud Hernández / El niño de la playa

Aylan Kurdi





Salud Hernández-Mora

El niño de la playa


La emigración será el gran problema del presente siglo, junto a la falta de agua.

12:45 a.m. | 6 de septiembre de 2015


No era necesario verle la cara ni conocer su nombre. Ni escuchar el relato de su padre. Su cuerpecito varado en la arena, acariciado por las olas, es el grito atronador de los desesperados. Era sirio, pero pudo ser sudanés, pakistaní, chino, libio, salvadoreño, somalí, cubano... Son cientos los que mueren cada año en el planeta intentando alcanzar otra frontera.
¿Qué hacemos en Colombia con emigrantes que pasan por este país arriesgando la vida, igual que la familia del niño de la playa? ¿Acaso escuchamos a este u otro gobierno ofreciéndoles refugio, techo, comida, un futuro, dándoles la mano? Y los ciudadanos, ¿clamamos por sus derechos con el mismo fervor que con los deportados colombianos?

Decenas de ellos utilizan Urabá y la ruta del Darién en su tortuoso recorrido hacia Estados Unidos. Van hombres solos y también padres con hijos. Si los caza la policía en una flota, con frecuencia los dejan seguir a condición de pagar un soborno. Otros agentes honestos los detienen y no saben qué hacer con ellos. Lo normal es que sus países –Bangladés o Somalia– no tengan delegación diplomática. Y si cuentan con una embajada en Bogotá, alegan que no hay fondos para repatriarlos.
Los detectados al menos han sobrevivido a un viaje caro y espantoso, con unos tramos recorridos en condiciones infrahumanas. A otros se los traga el mar o la selva, y si llegan a una orilla y los recogen, quedan en el cementerio de Turbo, enterrados sin nombre.
Ahora que el gobierno Santos está conmovido por los compatriotas expulsados de Venezuela como perros, podría voltear la mirada hacia el otro lado y buscar una salida a esos seres humanos llegados de lejos. Poseen las mismas ansias que los nuestros de salir adelante con su esfuerzo, de encontrar una nación que los acoja.
Hace poco estuve en Urabá y conversé con unos policías sobre esos extranjeros. Y estábamos de acuerdo. Pensábamos que no deberían detenerlos, sino mirar para otro lado si advertían su presencia en Turbo o Apartadó, donde demoran varias jornadas escondidos en casas de lugareños que los guardan a cambio de que la red de coyotes les paguen una plata.
Deberían permitirles continuar su ruta hacia La Miel, el pueblito panameño por el que muchos pasan. No hacen daño a nadie, no son delincuentes, y Colombia solo es territorio de tránsito.
Lo bueno sería que los emigrantes asiáticos, latinos y africanos nos vieran como puerto de destino y les abriéramos los brazos. Pero ni siquiera acogemos a los cubanos en busca de asilo del aeropuerto de El Dorado, y hace poco deportamos a un estudiante venezolano a sabiendas de que lo juzgarán sin garantías ni derechos. ¿Qué puede, por tanto, esperar el resto?
Colombia debe abrir la mano no solo a la rica inversión extranjera, también a emigrantes sin recursos, cargados de sueños. Siempre fue un país cerrado, a diferencia de Venezuela, así nos duela reconocerlo.
Los recientes dramas del Táchira, Budapest, el Mediterráneo o la costa turca deberían movernos a pensar que también aquí somos culpables de una tragedia de dimensiones bíblicas para la que no hay soluciones fáciles ni rápidas en ningún lugar del planeta. La emigración será el gran problema del presente siglo, junto a la falta de agua.
Es fácil tirar piedras a europeos y norteamericanos por una fotografía que nos devasta. Y seguir sin mover un dedo cuando el drama toca la puerta de casa.