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miércoles, 20 de mayo de 2026

Yoani Sánchez / Por la calle Carlos III y hacia Etiopía




Por la calle Carlos III y hacia Etiopía
Yoani Sánchez
La Habana, 18 de mayo de 2026

“Tienes que seguir todo recto por Carlos III", me advierte una empleada estatal, de rostro cansado, cuando indago por la dirección de un reparador de ollas eléctricas. Sin conexión a internet en los móviles y con las llamadas telefónicas también menoscabadas, la gente ha vuelto a usar el "mapa callejero" más fiable: ir preguntando por el camino. En la ancha avenida que atraviesa Centro Habana eso es tarea fácil, porque siempre hay algo de ajetreo. Lo difícil es distinguir cuando alguien responde cualquier cosa, sin saber, y cuándo realmente tiene un dato fiable.

domingo, 12 de abril de 2026

Yoani Sánchez / La foto prohibida

 




Yoani Sánchez
LA FOTO PROHIBIDA
La Habana, 9 de abril de 2026

A los empleados del almacén estatal en la calle Factor y Conill, de Nuevo Vedado, les han orientado que tapen con sacos la cerca alrededor de la esquina. La orden busca impedir que los vecinos saquen fotografías de la inmensa montaña de basura que cada semana crece en el lugar, teniendo como fondo el busto de José Martí y la bandera cubana que se ubican en los jardines del centro de acopio de productos, destinados al mercado racionado. Sin embargo, desde las alturas de mi edificio puede verse el tríptico que conforman el Apóstol, la estrella solitaria y los desperdicios.

martes, 6 de octubre de 2020

Sergio Pitol en La Habana


Sergio Pitol
Sergio Pitol

Sergio Pitol en La Habana

Este texto que publicamos hoy a manera de homenaje forma parte del volumen ʻMoleskine Sergio Pitolʼ, de próxima aparición en el catálogo Rialta.

domingo, 1 de marzo de 2020

Tomás Mora Fabré / A Cuba no la entienden ni los propios cubanos

Tomás Mora Fabré
La Habana, Cuba


Tomás Mora Fabré

“No hay nada más difícil que comprender este país. A Cuba no la entienden ni los propios cubanos”

Tomás Mora Fabré es un músico de 80 años que analiza la historia de la isla desde la puerta de su casa, donde toca canciones de todos los géneros para los turistas que intentan entender La Habana.

Abraham Jiménez Noa
26 de febrero de 2020
“Paso más tiempo aquí en la puerta de mi casa que dentro. A veces salgo con el plato de comida en la mano, al mediodía o en la noche, y me lo voy comiendo poco a poco mientras veo pasar a la gente o converso con algún vecino. No me gusta estar adentro, todo es muy oscuro y me siento solo como un lobo. Lo único que hago ahí es ir al baño y dormir. Además mi casa es muy pequeña y estrecha. Sólo se pueden mirar las paredes. Todo lo demás está muerto. Quedan dos o tres adornos sucios, la cocina inerte, una silla de madera enclenque, y una cama que es más bien ataúd. En mi casa lo único que tiene vida es la guitarra, el amor de mi vida, mi salvación. No sé qué hubiera hecho sin ella. A ella le debo mis últimos años, no, ni siquiera mis últimos años, la mitad de mi vida. Ella llegó cuando yo estaba en la mitad del camino. Ahora tengo 80 y ella es quien me sostiene. Si te fijas en las fotos que tengo pegadas en las paredes, verás que aparece en todas. Todos esos extranjeros los conocí a través de ella. Me ayudó a ganarme la vida. Vivo a una cuadra del “Callejón de Hamel” y lo aprovecho. A fin de cuentas, la vida se trata de eso, de tomar las dos o tres oportunidades que te regala, eso a lo que le llaman suerte. Mi regalo fue nacer aquí en Centro Habana con la guitarra, tocando, cantando, para turistas, porque los cubanos no tienen tiempo para perder. La vida de los cubanos es un relámpago, un trueno, cuando suena es que ya pasó, así que no hay tiempo. Ya no sé si es lo mismo un relámpago que un trueno. ¿Es lo mismo? Bueno si tú no sabes no importa, eso no venía al caso, pero deberías saberlo tú que dices ser periodista. ¿Los periodistas no deberían saberlo todo? Cuando pasan los extranjeros se me quedan mirando, se detienen y me dedican un rato. Eso es lo que más disfruto en la vida, cuando alguien viene caminando y joroba la cabeza hacia atrás mientras los pies le siguen caminando hacia adelante. Ese es el poder de la música, la música eclipsa, la música es una bendición, la cura de todos los males. Cuando la gente está alegre lo manifiesta con música. Cuando la gente está triste, se refugia en ella. No hay nada que le hablé al alma como la música, es la madre de los sentimientos. Nada comunica más que una melodía. Explícame cómo es que extranjeros que no hablan español se quedan parado delante de mí escuchándome. Explícame eso, eh. Me pagan por ello, por hacerlos viajar o conectarse con este país, porque no hay nada más difícil que conectarse con Cuba. A Cuba no la entienden ni los propios cubanos. Los extranjeros llegan como si fueran a un zoológico y lamentablemente, para vivir, nosotros tenemos que hacernos pasar por los animales de ese zoológico. Si a los monos les tiran frutas, a nosotros nos tiran pesos, monedas, es lo mismo, por duro que te parezca es así y hay que aceptarlo. En un día he llegado a hacer 10 o 20 dólares, es el máximo. Pero también me ha llegado la noche sin haber hecho ni un solo centavo. Pero, en serio, además de tocar para ganarme la vida, yo me siento aquí con mi guitarra porque lo disfruto, porque es lo único que me da placer y no hay nada cómo hacer lo que a uno le plazca. De vez en cuando, no siempre, cuando me lo piden, voy y enseño a algunos extranjeros a tirar su pasillito. Los llevo al Hotel Vedado y ahí les enseño el un, dos; el un, dos, tres. Aunque ya lo hago poco, estoy viejo y las piernas ya no me dan. A mí me hubiera gustado ser bailarín o estudiar música, una de dos. No hacer pude ninguna. Tú ves que la gente por ahí, sobre todo los jóvenes, andan criticando la Revolución, que si la Revolución es mala, que si hay hambre, que si no hay jabón, que si no hay papel sanitario, que si los dirigentes son los únicos que comen y por eso tienen el cuello y la cabeza como unos toros cebú. Yo quisiera que vieras cómo era Cuba antes del triunfo de la Revolución. Yo no estudié por eso, porque o trabajabas para comer o te morías, en las familias pobres era así y yo nací en una familia pobre. Yo trabajaba en una tintorería y era un esclavo. De 1959 en adelante Cuba cambió, la Revolución le dio muchas oportunidades a la gente. Yo, por ejemplo, comencé a trabajar en una empresa ensamblando tractores, aunque con el paso del tiempo todo se ha ido desmoronando. Es lo que le pasa a todo en la vida, es el ciclo, naces, te desarrollas y mueres. Yo no voy a estar cuando esto se caiga por completo, porque a mí me queda poco. Pero que no te quede duda, tú si lo vas a ver, si no eres tú, serán tus hijos o tus nietos, no más allá, porque ya estamos en las últimas, viviendo con balón de oxígeno. Así le ha pasado a todas las revoluciones, así le ha pasado a todos los procesos, es inevitable, es la vida, ya te digo. En la música pasa igual. La revolución significa cambio. Lo puedes ver ahora en el reguetón. No tengo nada en su contra, pero nadie puede negar que es aburrido y el éxito de la música es justamente lo contrario: la variación. El reguetón es una cosa lineal, una música facilista, aunque todo el mundo lo cante. De todas formas sería un error negarlo, nada en la vida se puede imponer. Yo mismo, que soy un viejo de 80 años, le hago arreglos y lo mezclo con la música tradicional cubana. Lo que sale es un caramelo. Esa es la idea: no negar a nadie y darle la oportunidad a la gente. Yo lo hago desde la puerta de mi casa, lo mismo monto música japonesa con Elvis Presley, que con The Beatles, que con Glen Miller, que con Gente de Zona. La idea es no quedarse estancado, no quedarse con lo viejo, adaptarse. Se trata de complacer al otro, de darle a la gente lo que quiere escuchar, que escojan. La imposición es un pecado. Cualquiera diría que esa última frase la dijo alguien famoso”.
– Tomás Mora Fabré, 80 años.

martes, 13 de agosto de 2019

García Márquez / Las veinte horas de Graham Greene en La Habana




Graham Greene
Ilustración de T.A.

Gabriel García Márquez

Las veinte horas de Graham Greene en La Habana


Graham Greene ha hecho en La Habana una escala de veinte horas, a la cual le han dado toda clase de interpretaciones los corresponsales locales de la Prensa extranjera. No era para menos: llegó en un avión ejecutivo del Gobierno de Nicaragua acompañado por José de Jesús Martínez, un poeta y profesor de matemáticas panameño que fue uno de los hombres más cercanos al general Omar Torrijos, y fueron recibidos en el aeropuerto por funcionarios del protocolo dentro de la mayor discreción, de modo que ningún periodista se enteró de esa visita sino después de que había terminado. Fueron conducidos a una casa de visitantes distinguidos reservada, en general, para los jefes de Estado de países amigos, y pusieron a su disposición un solemne Mercedes Benz negro de los que sólo se usaron durante la sexta reunión cumbre de los países no alineados, hace cuatro años. No lo necesitaban, en realidad, pues no salieron de la casa, donde los visitaron algunos viejos amigos cubanos, que se enteraron de la noticia porque el mismo escritor la hizo saber. El pintor René Portacerrero, que es su amigo desde los tiempos en que Graham Greene pasó por aquí para estudiar el ambiente de Nuestro hombre en La Habana, recibió el recado demasiado tarde y cuando llegó a la visita el escritor ya se había marchado por donde vino. Apenas si comió una vez en aquellas veinte horas, picando un poco de todo como un pajarito mojado, pero se tomó en la mesa una botella de buen vino tinto español y durante su estancia fugaz se consumieron en la casa seis botellas de whisky.Cuando se fue, nos dejó la rara impresión de que ni él mismo supo a qué vino, como sólo podría ocurrirle a uno de esos personajes de sus novelas, atormentados por la incertidumbre de Dios.Pasé por su casa dos horas después de la llegada, porque me hizo llamar por teléfono tan pronto como supo que estaba en la ciudad, y esto me produjo una muy grande alegría, no sólo por la antigua e inagotable admiración que le tengo como escritor y como ser humano, sino porque habían pasado muchos años desde la última vez en que nos vimos. Había sido -como él mismo lo recordaba- cuando ambos viajamos a Washington en la delegación panameña a la firma de, los tratados del canal. Algunos periódicos especularon entonces que la invitación había sido una maniobra de Torrijos para adornar su delegación con los nombres de dos escritores famosos que nada tenían que ver con aquella fiesta. En realidad, ambos habíamos tenido que ver con las negociaciones del tratado mucho más de lo que suponía la Prensa, pero no fue ni por aquello ni por esto por lo que el general Torrijos nos invitó a acompañarlo a Washington, sino porque no pudo resistir a la tentación de hacerle una burla cordial a su amigo el presidente Jimmy Carter. El caso es que a Graham Greene y a mí -como a tantos otros escritores y artistas de este mundo- se nos tiene prohibida la entrada a Estados Unidos desde hace muchos años por razones que ni los propios presidentes han podido explicar nunca, y el general Torrijos se había empeñado en resolvernos el problema. Les planteó el asunto a muchos de los funcionarios de alto rango que lo visitaron por aquellos tiempos, y por último lo llevó hasta el propio presidente Carter, quien le manifestó su sorpresa y prometió resolverlo a la mayor brevedad, pero se le acabó el tiempo de su poder antes de dar una respuesta. Cuando estaba integrando la delegación para ir a Washington, a Torrijos se le ocurrió la idea de meternos de contrabando en Estados Unidos a Graham, Greene y a mí. Era una obsesión: poco antes, le había propuesto, a Greene que se disfrazara de coronel de la Guardia Nacional, fuera a Washingyton en misión especial ante el presidente Carter, sólo por hacerle a éste una de sus bromas habituales. Pero Graham Greene, que es más serio de lo que pudiera parecer por algunos de sus libros, no quiso prestar su cuerpo glorioso para un episodio que, sin duda, hubiera sido uno de los más divertidos para sus memorias. Sin embargo, cuando el general Torrijos nos propuso asistir a la ceremonia de los tratados con nuestras identidades propias pero con pasaportes oficiales panameños e integrados a la delegación de ese país, ambos aceptamos con un cierto regocijo infantil. De modo que llegamos juntos a la base militar Andrews. Ambos con pantalones de vaqueros y camisas de mezclilla en medio de una delegación de caribes vestidos de negro y aturdidos por el estampido de veintiún cañonazos de júbilo y las notas marciales del himno norteamericano, que parecían formar parte de la burla. Consciente de la carga literaria del momento, Graham Greene me dijo al oído cuando bajábamos por la escalerilla del avión: "Dios mío, qué cosas las que le suceden a Estados Unidos", el propio Carter no pudo menos que reír con sus dientes luminosos de anuncio de televisión cuando el general Torrijos le contó su travesura.

jueves, 11 de abril de 2019

Evans y Hemingway / Tres semanas en La Habana




Varios ciudadanos en el puesto de un limpiabotas en el centro de La Habana (1933).Ver fotogalería
Varios ciudadanos en el puesto de un limpiabotas en el centro de La Habana (1933). WALKER EVANS/ THE METROPOLITAN MUSEUM OF ARTS, NUEVA YORK

Evans y Hemingway: tres semanas en La Habana

Sale a la venta un lote de fotografías tomadas por Walker Evans en Cuba, rescatado del olvido entre las pertenencias del escritor americano


GLORIA CRESPO MACLENNAN
30 NOV 2017 - 11:17 COT

“Tengo algunas fotografías listas para esta noche, y tendré más para mañana”, escribía por telegrama Walker Evans a Ernest Hemingway. Fue breve el encuentro de estos dos grandes colosos de las artes americanas y ocurrió en La Habana en 1933. Duró tan solo tres semanas. Lo suficiente, en aquellos días cargados de tensión política y largas noches empapadas en alcohol, para que dejará huella en el estilo creativo y en la memoria de ambos.

lunes, 4 de febrero de 2019

El excapitán de la policía cubana que recorrió toda la isla en busca de un Chevrolet Impala


Anselmo Ramírez, en su casa de La Habana junto a la imagen de San Lázaro y su Lada ruso, el pasado 16 de diciembre. 


El excapitán de la policía cubana que recorrió toda la isla en busca de un Chevrolet Impala

La vida de Anselmo Ramírez ha estado marcada por dos pasiones intensas y en apariencia encontradas: la revolución cubana y los coches estadounidenses antiguos


MAURICIO VICENT
3 FEB 2019 - 14:56 COT

El pasado 16 de diciembre, víspera de San Lázaro, el excapitán de la policía cubana Anselmo Ramírez hizo lo que acostumbra a hacer cada vez que llega esa fecha. Desde que en 2005 escapó milagrosamente de un tremendo accidente, el rito es siempre el mismo: esa mañana se levanta temprano, sale a comprar viandas, puerco, cerveza y ron, y cocina para sus amigos una cena con todos los honores, aunque ande corto de plata. La cita es en su casa, en la avenida 51 de La Habana, después de pasar el puente de La Lisa. Allí, al caer la tarde, saca a la calle una imagen de tamaño natural de San Lázaro para que lo veneren los vecinos o quien quiera que pase, y los amigos aguardan juntos comiendo, bebiendo y jugando dominó a que llegue el 17, día del santo más celebrado en Cuba, sea en su versión católica de Lázaro o como Babalú Ayé, en la religión afrocubana de la santería, a quien la gente pide favores y paga promesas aunque uno sea ateo o comunista, por si acaso.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Yoani Sánchez / La noticia de un pasaporte


La bloguera cubana Yoani Sánchez posa con su pasaporte en La Habana.
La bloguera cubana Yoani Sánchez posa con su pasaporte en La Habana.  EFE


BITÁCORA HABANERA

La noticia de un pasaporte

El papeleo ante el Departamento de Inmigración y Extranjería depara un sinfín de peripecias



YOANI SÁNCHEZ
31 ENE 2013 - 15:34 COT


El día no empezó bien. En lugar de eso pareció iniciarse con el pie izquierdo, como dicen los más viejos por estos lares cuando todo sale mal. En la mañana las autoridades le habían comunicado al ex preso político Juan Ángel Moya que no lo dejarían salir del país por cuestiones de “interés público”. Era el primer excluido de una reforma migratoria que se puso en práctica el 14 de enero pasado y que ha despertado tantas esperanzas como recelos. Mi turno era en la tarde. Así que me fui al Departamento de Inmigración y Extranjería para saber si finalmente aquel librito de carátula azulada con el escudo de la república estampado ya estaba listo para mí. La respuesta de la funcionaria me confirmó que la jornada había comenzado torcida desde el principio. “Venga la semana que viene, tenemos retraso”, me aseveró con una sonrisa en los labios.

domingo, 22 de abril de 2018

Yoani Sànchez / La justicia revolucionaria

La ventana
La Habana Vieja, 3 de noviembre de 2015
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Yoani Sánchez
LA JUSTICIA REVOLUCIONARIA

La distancia entre el Capitolio habanero y la Ciudad Deportiva sigue siendo la misma y, sin embargo, parece haber cambiado. Con los precios topados que impuso el Gobierno local a los recorridos de los taxis privados, ese trayecto se ha vuelto inmenso y difícil de sortear. Donde antes se necesitaban entre 5 y 15 minutos de espera, ahora hace falta aguardar hasta una hora para subir a un almendrón.

viernes, 2 de febrero de 2018

El hijo mayor de Fidel Castro se suicida en La Habana

Fidel Castro Díaz-Balart


El hijo mayor de Fidel Castro se suicida en La Habana

Fidel Castro Díaz-Balart, de 68 años, se quita la vida afectado por una fuerte depresión, según los medios oficiales cubanos


Pablo de Llano
Miami, 2 de febrero de 2018


El hijo mayor de Fidel Castro, Fidel Ángel Castro Díaz-Balart, de 68 años, se suicidó este jueves por la mañana en La Habana (Cuba). Hace meses recibía tratamiento por una fuerte depresión, según informan los medios oficialistas cubanos. Durante un tiempo estuvo hospitalizado a causa de la enfermedad y actualmente se encontraba en tratamiento ambulatorio.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Grafiteros / Borrarás tus pecados de las paredes de La Habana

Yulier P. en febrero ante uno de sus murales en La Habana.
Yulier P. en febrero ante uno de sus murales en La Habana. AP

Yulier P., borrarás tus pecados 

de las paredes de La Habana

La policía cubana exige a un grafitero que elimine su prolija obra de muros grises y edificios derrumbados de la capital



PABLO DE LLANO

Miami 23 AGO 2017 - 12:08 COT

La semana pasada, el muralista Yulier Rodríguez Pérez se levantó temprano en su casa de La Habana y como cada día se fue a la calle a ponerse a pintar. Hasta que los agentes llegaron para darle un escarmiento a este artista de 27 años, nacido en Camagüey, que firma Yulier P. Durante 48 horas estuvo detenido y al final, con los nervios pulverizados, le dijeron que quedaba en libertad con una condición: “Borra cada uno de los murales que has pintado”.
Yulier firmó su absurda condena. Despintar su pintura, esfumar sus murales. Eliminar, borrar sus pecados artísticos. De no hacerlo le advirtieron de que sería acusado ante un juez de “maltrato a la propiedad”. Este martes, por teléfono desde La Habana, decía que en el dorso del compromiso que rubricó en la comisaría añadió que no estaba de acuerdo con lo que había firmado y, en consecuencia, hasta ayer no había movido un dedo para borrar ninguno de los más de 100 murales que ha estampado sobre la muy sufrida piel de la capital cubana.
“Quieren que me mutile, que me autocensure, que me…”, se detiene, no le sale la palabra, pasan unos segundos. “¡Quieren que me desacredite a mí mismo!”.
Admirador de Jean Michel Basquiat, el pionero neoyorquino del grafiti que llenó con su firma SAMO medio Manhattan, y del británico Banksy, el pintor urbano más famoso del mundo y cuya identidad se mantiene como un misterio, Yulier hace sus murales en edificios derruidos de La Habana –una ciudad tan bella como afectada por el abandono arquitectónico– o en muros tristes.
“Siempre elijo lugares en mal estado, sin interés, grises, y creo que contribuyo a mejorar la imagen de La Habana, además de estimular una actitud social de análisis, de intentar mirar con claridad el futuro que queremos”, explica. En un país en el que la palabra política se evita, afirma que su arte es “social”, que no es “un ataque directo contra el sistema”, que su empeño es dar “estética a una ciudad destruida”.

¿De la calle a los tribunales?


Yulier P. permanece en vilo. En unos días termina el plazo que la policía le dio para borrar sus murales. No ha borrado ninguno, pero tampoco ha iniciado ninguno nuevo. Supone que cuando se cumpla el límite que le dieron lo arrestarán de nuevo.
En ese caso no cree que le vuelvan a repetir la orden de borrar sino que será “juzgado por una justicia arbitraria”. Un policía le señaló que “nadie en Cuba está autorizado a pintar las paredes” porque “eso afea”, aleccionó el agente al joven creador, “eso daña el ornato público”.
En Cuba los muros son del Gobierno. El espacio público está lleno de propaganda ideológica y son pocos los que se atreven a plasmar su arte o sus inquietudes en las paredes. Otro que lo ha hecho y lo ha pagado es el grafitero–disidente Danilo Maldonado, que sí se identifica como opositor frontal al régimen y ha estado preso tres veces por motivos políticos.
“Es un ataque para humillarme”, se queja Yulier P. Sus dibujos, que define como “figuras expresionistas”, están protagonizados por unos seres pelados y con cuerpecillos de extraterreste que habitan rincones del desconchado planeta Habana. Algunos de los seres de Yulier sonríen, otros tienes los ojos tristones, otros curiosos, otros en pánico. También le gusta poner de vez en cuando un conejo con dos orejones alargados. Más tierno que ácido, su muralismo se ha topado con el crítico de arte más duro de Cuba, el Estado.

viernes, 3 de marzo de 2017

‘Tres tristes tigres’ cumple 50 años de explosión de vida y literatura

‘Tres tristes tigres’ cumple 50 años de explosión de vida y literatura


Censurada y hoy reeditada, la novela de Cabrera Infante cambió las letras latinoamericanas

“Nunca vi a nadie tan estoico”, recuerda su viuda, Miriam Gómez

Quien hubiera leído Tres tristes tigres (Seix Barral, 1967; fue premio Biblioteca Breve en 1964 y la censura española la retuvo) se hubiese quedado estupefacto cinco años más tarde al ver sentado, casi mudo, a su autor, que con esa novela cambió el humor de la literatura hispanoamericana. TTT (como él la abreviaba) ha sido reeditada ahora por Seix Barral, medio siglo después de su aparición. Un apéndice incluye lo que la censura española de la época no quiso que se publicara en la versión original. “El contenido es pornográfico a veces, irrespetuoso otras, procaz siempre”, dijo el censor José Vila Selma. “Irreligiosidad, antimilitarismo, grosería... La ovela es relamente ileíble [sic]”, incidían luego los censores.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Juan Cruz / Guillermo Cabrera Infante, un desgarro literario


Cabrera Infante, un desgarro literario


Llega a las librerías ´Mapa dibujado por un espía`, sobre su despedida de Cuba


JUAN CRUZ Madrid 4 NOV 2013 - 09:54 CET


Guillermo Cabrera Infante. / DANIEL MORDZINSKI
En los primeros años de su exilio en Londres, y en los días más fríos, Guillermo Cabrera Infante se iba despojando de su ropa, de su saco, de los pantalones, de la ropa interior, de los calcetines, hasta que se quedaba completamente desnudo ante su máquina de escribir, una Smith Corona que le acompañó siempre. Así, desnudo, cerca de un mapa de La Habana, escribió La Habana para un infante difunto. Y, aun más, escribió un libro que hasta ahora ha permanecido secreto, Mapa dibujado por un espía, que su mujer Miriam Gómez y su editor Antoni Munné (Galaxia Gutenberg) han decidido dar a la imprenta.
Dar a la imprenta este libro secreto fue una decisión dolorosa. “Pero tenía que salir”, confirma Miriam Gómez. “La materia de la escritura de Guillermo era él mismo. Y este libro es él mismo, en su dimensión humana más descarnada”. Lo que cuenta en Mapa dibujado por un espía le cambió la vida. Ocurrió en 1965, cuando ya había ganado el premio Biblioteca Breve por Tres tristes tigres y era agregado cultural del embajador cubano en Bruselas; fue entonces cuando recibió la noticia de la muerte de su madre, Zoila Infante, y viajó a La Habana para velarla. Lo que ocurrió a partir de entonces fue un conjunto de vejaciones que él relata con la naturalidad asustada de un perseguido. No deja un detalle fuera; es tan minucioso, y tan triste, como el relato de un condenado en un campo de concentración. No oculta la vida doméstica y sus miserias, ni los amores y sus intrigas, y es en todo momento descarnado hasta hacerse sangre, y hasta hacer sangre.
En seguida supo Cabrera Infante que en aquella atmósfera no podía quedarse y decidió que debería regresar a Europa por cualquier medio. Hasta que lo logró. La sensación que tienen Miriam Gómez y Munné es que él escribió ese relato minucioso y terrible al poco de salir de la isla; probablemente era lo que escribía cuando se desnudaba ante la Smith Corona en aquellos amargos, y gélidos, días de Londres después de que lo sometieran los médicos a los electroshocks con los que quisieron aliviarle su crisis nerviosa.
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Miriam Gómez conserva en la mesa de su comedor, en el loft en el que convirtieron los dos su casa de siempre en Londres, un mapa de La Habana. Siguiéndolo paso a paso él recuperó su memoria de la ciudad. Y este Mapa dibujado por un espía es también, como dice Antoni Munné, “la cartografía de una despedida”. Nunca volvió a La Habana, pero se la sabía de memoria. Aquí, en este mapa, esa memoria está intensamente herida.
“La Habana era para él un recuerdo”, dice Miriam Gómez, “pero allí se le convirtió en un infierno”. Reconstruyó, en La Habana para un infante difunto, por ejemplo, todo lo que ya se había derruido. Y no tenía nostalgia. Uno no tiene nostalgia del infierno”.
Ese manuscrito permanecía entre los papeles secretos que dejó Cabrera Infante cuando murió, en febrero de 2005. “No los toques”, le había dicho a Miriam. Nunca lo abrió. Ella sabía muchas de las historias que contenía el sobre, incluso las más duras para ella, pues ahí su marido contó avatares sentimentales muy íntimos, que a ella la podían dañar. Y dejó a Munné que decidiera sobre lo que había en ese sobre cerrado. Dice el editor: “Lo leí en un par de noche en Londres. Fue una sensación tremenda. Es un testimonio enormemente humano y melancólico de alguien que sufre una enorme decepción. Una decepción que no le viene de nuevo, porque él ya albergaba muchísimas dudas acerca del curso de la Revolución, pero que se le confirma y se le aumenta. Y cuando digo que es enormemente humano me refiero a la peripecia vital: un hombre joven de 36 años que asiste a una pesadilla kafkiana que le hace comprender que va a perder amigos, familiares, país, y que ve cómo se derrumba todo aquello que había vivido; todo eso son síntomas de que eso no tiene vuelta atrás”.
El resultado, para este primer lector, fue “de una profunda tristeza, y esa misma tristeza se ha reproducido en todas las lecturas posteriores”. “Te va a doler”, le dijo a Miriam Gómez. Pero ella aceptó. “Yo le tenía pánico al libro, conocía el romance que cuenta. Pero me daba miedo leerlo. Lo leí, cuando Munné lo había acabado. Fue un golpe terrible para mí. No podía creer lo que estaba leyendo”. ¿Y qué pasó? “Se agrandó mi admiración por él. Él es la materia de su escritura, y aquí está grande, inmenso. Un padre bueno. Un hombre entero, sufriendo, sabiendo que si no se alejaba de aquella monstruosidad, la Cuba de Castro, iba hacia la destrucción. Cuando él vio la realidad se dio cuenta de que no podía ser cómplice de lo que estaba pasando ahí”. La historia de mujeres que hay en el libro es dura, pero no inesperada. “Guillermo era un loco por las mujeres, creía que eran superiores, para él su madre misma era un ser superior. Cada vez que tenía un problema, él se agarraba a las mujeres…”.
“Mapa dibujado por un espía parece escrito de un tirón”, dice Munné, como “un exorcismo necesario, para no olvidar nada”. Pero logra mantener el interés en todas las páginas, como un cronista notarial que no quiere que se le escape ni el menor atisbo de las metáforas, duras o simples, que hay en la vida cotidiana. Es el libro más desgarrador de Cabrera Infante. Su descubrimiento, dice el editor, contribuye a conocerlo mejor. “Constituye un testimonio de uno de los más grandes escritores en lengua española. A la altura de lo que fue el viaje a la URSS de Gide o de la obra de grandes disidentes como Orwell y Koestler”.
Munné revindica su publicación “como algo que el lector tenía derecho a conocer”. Su viuda, Miriam Gómez, piensa lo mismo. “Su escritura era él, él era la materia de sus libros. Cuando lo veía desnudarse ante la máquina de escribir me decía a mi misma: ‘Qué estará escribiendo este hombre’. Se estaba desnudando por fuera y por dentro. Por eso es tan desgarrador leer ahora este tremendo testimonio doloroso”.