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domingo, 17 de noviembre de 2019

Roald Dahl / Placer de clérigo


ROALD DAHL
PLACER DE CLÉRIGO

El señor Boggis conducía despacio, cómodamente reclinado en el asiento, el codo apoyado en la parte baja de la ventanilla abierta. Qué hermosa estaba la campiña, pensó; y qué agradable percibir de nuevo indicios de verano. Sobre todo las prímulas. Y el oxiacanto. El oxiacanto estallaba en blanco, rosa y rojo por los setos, y las prímulas crecían debajo en pequeños macizos, y resultaba maravilloso.

Roald Dahl / La señora Bixby y el abrigo del coronel


Señora con abrigo de pieles, 1570
El Greco
Roald Dahl

LA SEÑORA BIXBY 

Y EL ABRIGO DEL CORONEL 


América es la tierra de la oportunidad para las mujeres, quienes, poseedoras ya de alrededor del ochenta y cinco por ciento de la riqueza del país, en breve se habrán hecho con su totalidad. El divorcio se ha convertido en una operación lucrativa, de sencillo arreglo y fácil olvido, que las hembras ambiciosas pueden repetir cuantas veces gusten negociando beneficios que alcanzan cifras astronómicas. La muerte del marido también aporta recompensas satisfactorias, y algunas señoras prefieren confiar en ese expediente: saben que la espera no será demasiado larga, pues el exceso de trabajo junto con la hipertensión no tardarán en llevarse al pobre diablo, llamado a expirar ante su escritorio con un frasco de benzedrinas en una mano y una caja de tranquilizantes en la otra.

sábado, 16 de noviembre de 2019

Roald Dahl / Perra


Roald Dahl
Biografía
PERRA

Hasta el momento he dado a publicar un solo episodio de los diarios del tío Oswald. Trataba, como probablemente recordarán algunos de ustedes, del encuentro carnal entre mi tío y una leprosa siria en el desierto del Sinaí. Seis años han pasado ya desde su publicación y aún no se ha presentado nadie a causar problemas. En vista de ello, me veo con ánimos de publicar un segundo episodio de estas curiosas páginas. Mi abogado me ha aconsejado que no lo haga. Dice que algunas de las personas interesadas todavía viven y son fácilmente reconocibles. Dice que me demandarán sin contemplaciones. Bueno, pues que me demanden. Me siento orgulloso de mi tío. Sabía cómo hay que vivir. En el prefacio al primer episodio dije que las Memorias de Casanova parecen una hoja parroquial al lado de los diarios del tío Oswald y que el propio Casanova, aquel gran amante, parece un hombre de escasos apetitos sexuales si se le compara con mi tío. Me mantengo en lo que dije entonces y, andando el tiempo, lo demostraré ante el mundo. He aquí, pues, un pequeño episodio entresacado del Volumen XXIII, exactamente igual que lo escribió Oswald: 

martes, 20 de septiembre de 2016

Roald Dahl / Lady Turton

Ilustración de Andrew Cieciala


Roald Dahl

Biografía

LADY TURTON 




uando, ocho años atrás, murió el viejo sir William Turton y su hijo Basil heredó el periódico The Turton Press (además del título), recuerdo que empezaron a hacerse apuestas en Fleet Street sobre cuánto tiempo pasaría antes de que una joven persuadiera al pobre individuo de que ella debía cuidarse de él. Es decir, de él y de su dinero.
El nuevo sir Basil Turton tenía unos cuarenta años y era soltero. Hombre afable y de carácter sencillo; hasta entonces no había demostrado interés por nada que no fueran sus colecciones de pinturas modernas y esculturas. Ninguna mujer le había trastornado, ningún escándalo ni habladuría habían mancillado jamás su nombre. Pero ahora que se había convertido en el propietario de un importante periódico y una gran revista, era preciso que dejara la calma y tranquilidad de la casa de campo de su padre y se estableciera en Londres.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Roald Dahl / Jalea Real


Roald Dahl

Biografía

JALEA REAL 








e tiene deshecha de angustia, Albert, de veras —dijo la señora Taylor con la mirada puesta en la criatura totalmente inmóvil a la que acunaba con el brazo izquierdo—. Sé que algo va mal, lo sé.
La tez de la niñita tenía algo de translúcido, de nacarado, y la piel se veía muy tersa sobre los huesos.
—Pruébalo otra vez —dijo Albert Taylor.
No servirá de nada.
—Tienes que insistir, Mabel —dijo el marido.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Roald Dahl / La subida al cielo


Roald Dahl

Biografía

LA SUBIDA AL CIELO




La señora Foster había sufrido toda su vida un miedo casi patológico a perder trenes, aviones, barcos, y hasta telones, en los teatros. Aunque en otros aspectos no era una mujer particularmente nerviosa, la sola idea de llegar con retraso en ocasiones como las enumeradas la ponía en un estado de excitación tal que le daban espasmos. No era cosa de mucha importancia: un pequeño músculo que se le agarrotaba en la esquina del ojo izquierdo, como un guiño secreto. Lo enojoso, sin embargo, era que la contracción se negaba a desaparecer hasta cosa de una hora después de alcanzado sin novedad el tren, o el avión, o lo que hubiera de tomar.

martes, 13 de septiembre de 2016

Roal Dahl / Tatuaje



Roald Dahl

Biografía

TATUAJE 


En el año 1946 el invierno fue muy largo. Aunque estábamos en el mes de abril, un viento helado soplaba por las calles de la ciudad. En el cielo, las nubes cargadas de nieve se movían amenazadoras.
Un hombre llamado Drioli se mezclaba entre la gente del paseo de la rué de Rivoli. Tenía mucho frío, embutido como un erizo en un abrigo negro, saliéndole sólo los ojos por encima del cuello subido.
Se abrió la puerta de un restaurante y el característico olor de pollo asado le produjo una dolorosa punzada en el estómago. Continuó andando, mirando sin interés las cosas de los escaparates: perfumes, corbatas de seda, camisas, diamantes, porcelanas, muebles antiguos y libros ricamente encuadernados. Después vio una galería de pintura. Siempre le gustaron las galerías de pintura. Esta tenía un solo lienzo en el escaparate. Se detuvo a mirarlo y se volvió para seguir adelante, pero tornó a pararse y miró de nuevo. De repente se apoderó de él un pequeño desasosiego, un movimiento en su recuerdo, un conjunto de algo que había visto antes en alguna parte. Miró otra vez; era un paisaje, un grupo de árboles tremendamente inclinados hacia una parte, como azotados por el viento, el cielo gris oscuro, de tormenta. En el marco había una pequeña placa que decía: Chaim Soutine (1894-1943).

lunes, 12 de septiembre de 2016

Roald Dahl / Hombre del Sur


Roald Dahl

Biografía

HOMBRE 

DEL SUR 



Eran cerca de las seis. Fui al bar a pedir una cerveza y me tendí en una hamaca a tomar un poco el sol de la tarde.
Cuando me trajeron la cerveza, me dirigí a la piscina pasando por el jardín.
Era muy bonito, lleno de césped, flores y grandes palmeras repletas de cocos. El viento soplaba fuerte en la copa de las palmeras, y las palmas, al moverse, hacían un ruido parecido al fuego. Grandes racimos de cocos colgaban de las ramas.
Había muchas hamacas alrededor de la piscina, así como me-sitas y toldos multicolores; hombres y mujeres bronceados por el sol estaban sentados aquí y allá en traje de baño. Dentro de la piscina multitud de chicos y chicas chapoteaban, gritando y jugando al water-polo, un poco en serio y un poco en broma.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Roald Dahl / La patrona



Roald Dahl

LA PATRONA 



illy Weaver había salido de Londres en el cansino tren de la tarde, con cambio en Swindon, y a su llegada a Bath, a eso de las nueve de la noche, la luna comenzaba a emerger de un cielo claro y estrellado, por encima de las casas que daban frente a la estación. La atmósfera, sin embargo, era mortalmente fría, y el viento, como una plana cuchilla de hielo aplicada a las mejillas del viajero.

—Perdone —dijo Billy—, ¿sabe de algún hotel barato y que no quede lejos?

—Pruebe en La Campana y el Dragón —le respondió el mozo al tiempo que indicaba hacia el otro extremo de la calle—. Quizá allí. Está a unos cuatrocientos metros en esa dirección.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Roald Dahl / Veneno


Roald Dahl

Biografía

VENENO


ebía ser alrededor de medianoche cuando volví a casa. Al acercarme a la verja del bungalow apagué los faros del coche para que la luz no entrase por la ventana de la habitación lateral y despertase a Harry Pope. Pero no tenía por qué haberme molestado. Mientras avanzaba por el camino observé que aún tenía la luz de su cuarto encendida; así es que debía estar despierto, a no ser que se hubiera quedado dormido leyendo. 

Aparqué y subí los cinco escalones que conducen a la terraza, contando cada uno cuidadosamente en la oscuridad, para no dar un paso en falso al llegar arriba. Crucé la terraza, entré en la casa, empujé las puertas de vidriera y encendí la luz del vestíbulo. Fui hasta la puerta de la habitación de Harry, la abrí silenciosamente y asomé la cabeza. 

Se encontraba tumbado en la cama y vi que estaba despierto; pero no se movió. Ni siquiera movió la cabeza hacia mí, aunque le oí decir: «Timber, Timber, ven aquí.» 

viernes, 9 de septiembre de 2016

Roald Dahl / Caperucita Roja y el Lobo




Little Red Riding Hood and the Wolf
As soon as Wolf began to feel
That he would like a decent meal,
He went and knocked on Grandma’s door.
When Grandma opened it, she saw
The sharp white teeth, the horrid grin,
And Wolfie said, “May I come in?”
Poor Grandmamma was terrified,
“He’s going to eat me up!” she cried.
And she was absolutely right.
He ate her up in one big bite.
But Grandmamma was small and tough,
And Wolfie wailed, “That’s not enough!
I haven’t yet begun to feel
That I have had a decent meal!”
He ran around the kitchen yelping,
“I’ve got to have a second helping!”
Then added with a frightful leer,
“I’m therefore going to wait right here
Till Little Miss Red Riding Hood
Comes home from walking in the wood.”
He quickly put on Grandma’s clothes,
(Of course he hadn’t eaten those).
He dressed himself in coat and hat.
He put on shoes, and after that,
He even brushed and curled his hair,
Then sat himself in Grandma’s chair.
In came the little girl in red.
She stopped. She stared. And then she said,
“What great big ears you have, Grandma.”
“All the better to hear you with,”
the Wolf replied.
“What great big eyes you have, Grandma.”
said Little Red Riding Hood.
“All the better to see you with,”
the Wolf replied.
He sat there watching her and smiled.
He thought, I’m going to eat this child.
Compared with her old Grandmamma,
She’s going to taste like caviar.
Then Little Red Riding Hood said,
“But Grandma, what a lovely great big
furry coat you have on.”
“That’s wrong!” cried Wolf.
“Have you forgot
To tell me what BIG TEETH I’ve got?
Ah well, no matter what you say,
I’m going to eat you anyway.”
The small girl smiles. One eyelid flickers.
She whips a pistol from her knickers.
She aims it at the creature’s head,
And bang bang bang, she shoots him dead.
A few weeks later, in the wood,
I came across Miss Riding Hood.
But what a change! No cloak of red,
No silly hood upon her head.
She said, “Hello, and do please note
My lovely furry wolfskin coat.”

Caperucita Roja y el Lobo.
Estando una mañana haciendo el bobo
le entró un hambre espantosa al Señor Lobo,
así que, para echarse algo a la muela,
se fue corriendo a casa de la Abuela.
“¿Puedo pasar, Señora?”, preguntó.
La pobre anciana, al verlo, se asustó
pensando: “¡Este me come de un bocado!”.
Y, claro, no se había equivocado:
se convirtió la Abuela en alimento
en menos tiempo del que aquí te cuento.
Lo malo es que era flaca y tan huesuda
que al Lobo no le fue de gran ayuda:
“Sigo teniendo un hambre aterradora…
¡Tendré que merendarme otra señora!”.
Y, al no encontrar ninguna en la nevera,
gruñó con impaciencia aquella fiera:
“¡Esperaré sentado hasta que vuelva
Caperucita Roja de la Selva!”
-que así llamaba al Bosque la alimaña,
creyéndose en Brasil y no en España-.
Y porque no se viera su fiereza,
se disfrazó de abuela con presteza,
se dio laca en las uñas y en el pelo,
se puso la gran falda gris de vuelo,
zapatos, sombrerito, una chaqueta
y se sentó en espera de la nieta.
Llegó por fin Caperucita a mediodía
y dijo: “¿Cómo estás, abuela mía?
Por cierto, ¡me impresionan tus orejas!”.
“Para mejor oírte, que las viejas
somos un poco sordas”. “¡Abuelita,
qué ojos tan grandes tienes!”. “Claro, hijita,
son las lentillas nuevas que me ha puesto
para que pueda verte Don Ernesto
el oculista”, dijo el animal
mirándola con gesto angelical
mientras se le ocurría que la chica
iba a saberle mil veces más rica
que el rancho precedente. De repente
Caperucita dijo: “¡Qué imponente
abrigo de piel llevas este invierno!”.
El Lobo, estupefacto, dijo: “¡Un cuerno!
O no sabes el cuento o tú me mientes:
¡Ahora te toca hablarme de mis dientes!
¿Me estás tomando el pelo…? Oye, mocosa,
te comeré ahora mismo y a otra cosa”.
Pero ella se sentó en un canapé
y se sacó un revólver del corsé,
con calma apuntó bien a la cabeza
y -¡pam!- allí cayó la buena pieza.
Al poco tiempo vi a Caperucita
cruzando por el Bosque… ¡Pobrecita!
¿Sabéis lo que llevaba la infeliz?
Pues nada menos que un sobrepelliz
que a mí me pareció de piel de un lobo
que estuvo una mañana haciendo el bobo.


Versión de Miguel Azaola.
Little Red Riding Hood and the Wolf.(Revolting Rhymes)
Roald Dahl (Wales, 1916-1990)


Roald Dahl / Cordero asado


Roald Dahl

Biografía

CORDERO ASADO

La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.
Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.
De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.
Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.
Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.
—¡Hola, querido! —dijo ella.
—¡Hola! —contestó él.