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sábado, 31 de diciembre de 2016

Fabio Martinez / La crónica de París





Fabio Martínez

LA CRÓNICA 

DE PARIS

Creo que ningún otro escritor podría describir a París con tanta precisión y detalle como el colombiano Eduardo García Aguilar. 


5:54 p.m. | 28 de diciembre de 2016


Cada cierto tiempo, París se reinventa gracias a la pluma de sus escritores. De Honoré de Balzac a César Vallejo, de Émile Zola a Julio Cortázar, la antigua Lutecia se reescribe continuamente, porque París, como decía el viejo Hemingway, siempre será una fiesta.
En los albores de este fatídico siglo XXI, lleno de bombas asesinas, artistas del hambre y refugiados, el escritor colombiano Eduardo García Aguilar acaba de publicar en España un bello y exquisito libro, titulado ‘París exprés: crónicas parisinas del siglo XXI’ (Editorial Verbum).
García Aguilar ha sido nuestro escritor nómada, pues a los 20 años decidió asumir un exilio voluntario para mirar el país desde la distancia. Durante su periplo incesante, que lo ha llevado a vivir en Estados Unidos, México y Francia, ha producido una obra literaria fecunda, que ahora enriquece con este libro de crónicas sobre la Ciudad Luz.
Creo que ningún otro escritor podía describir a París con tanta precisión y detalle. Para narrar París, se necesitan dos condiciones: ser ‘flâneur’ (caminante) y ser voyerista. Estas dos cualidades le sobran al autor colombiano, quien desde afuera ha visto cómo las sectas literarias del país se desangran en busca de un premio o un reconocimiento nacional.
Son cien crónicas donde se narra aquel París bello, sucio y profundo que ni los parisinos ni los turistas conocen. García Aguilar se mete en las entrañas de la ciudad y nos invita a descubrir algunos lugares recónditos, como el pequeño teatro de la Huchette, el café Chez Georges de la calle Canettes, el mercado de las pulgas de Porte de Clignancourt, los burdeles de Pigalle que frecuentaba el poeta maldito Charles Baudelaire, el bar donde tocaba el jazzista gitano Django Reinhardt y la sede del periódico ‘Charlie Hebdo’, lugar donde las tribus yihadistas que tienen asolada la ciudad perpetraron el atentado criminal.
Por la pluma irreverente del escritor colombiano, vemos desfilar a un Voltaire cascarrabias, un Balzac agonizante, un Verlaine borracho, un Nerval loco, un Sartre babeando y un Roland Barthes en busca de su amor imposible.
Es el obsceno París literario narrado por un escritor que desde su apartamento en place d’Italie, donde vive con su gato Tequila, otea la ciudad como un vigilante de la noche.
García Aguilar hace parte del Grupo de París junto con los escritores Efer Arocha, Julio Olaciregui, Myriam Montoya, Jorge Torres, Libia Acero, Doris Ospina, Jorge Gálvez e Yves Moñino, entre otros.
Posdata: a mis lectores, les deseo un feliz año 2017. ¡Que sea el año de la consolidación de la paz en Colombia!

viernes, 7 de diciembre de 2012

Eduardo García Aguilar / El escándalo Bryce

Alfredo Bryce Echenique, tramposo y cínico

EL ESCÁNDALO BRYCE

Por Eduardo García Aguilar 
Domingo, 4 de noviembre de 2012
BLOG LITERARIO DESDE PARÍS


Tienen toda la razón José Emilio Pacheco y Juan Villoro, entre otros muchos notables escritores mexicanos de todos los sectores, desde las revistas Nexos y Letras Libres hasta la academia y la calle, en lamentar el triste episodio del último premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2012, que, dotado en parte con dineros del contribuyente, fue entregado en la clandestinidad a Alfredo Bryce Echenique como un homenaje desvergonzado a los listos y a los vivos que plagian.
   De repente, en un torbellino infernal, se reunieron todas las taras odiosas que caracterizan el panorama intelectual hispanoamericano desde hace unas décadas, cuando los diques de la vergüenza, la indignidad y la falta de ética se desbordaron en total impunidad de la letrina literaria, ante la inercia mansa del foro ciudadano.
  Cuando confluyen la Universidad, el Estado y el gremio editorial, donde se supone debe reinar el sagrado derecho de autor como contraparte letrada de los derechos humanos y al mismo tiempo se usan dineros públicos provenientes del contribuyente, deben aplicarse la ética, la honradez crítica, el rigor académico, el estudio vasto de las letras estén donde estén, pobres o ricas, capitalinas o provincianas, y desterrarse el contubernio permanente e impune de los listos de la farándula.
   Se suponía que la corrupción era coto vedado de las castas políticas y financieras, ante las cuales los ciudadanos perdemos todas las batallas, cuando no la vida, pero ahora terminó por corroer los ámbitos literarios y las ferias del libro, donde editores, escritores y críticos avivatos negocian intercambios de favores y crean clubes endógenos de premiadores profesionales que van de feria en feria haciendo la fiesta como reyes Midas con dineros ajenos. Por supuesto que términos como ética, honradez, transparencia, derechos humanos y de autor, parecen pasados de moda y asuntos para ingenuos e incautos pobretones que no están en el ajo o no tienen la impudicia de venderse siempre al mejor postor como Fouchés intercambiables de las letras y la cultura.
  Primero, la Universidad debería ser garantía irrestricta de ética, porque se supone que en los llamados templos del saber el derecho de autor es rey y el plagio la vergüenza y el escarnio absolutos. Cuando algo así se descubre, como ocurrió en Alemania hace poco al ministro de Finanzas, el funcionario, por más talentoso que fuere o por más poder político que tuviere, debe renunciar de inmediato. Lo mismo ocurrió en México hace unos meses, cuando un poderoso editor de Alfaguara a lo largo de décadas y alto dignatario de la Universidad Nacional Autónoma de México tuvo que renunciar al premio Villaurrutia y a su cargo al reconocer con humildad su labor de plagiario, en medio de las críticas de los escritores mexicanos que ya no tragan entero.
  En ambos casos la universidad alemana y la mexicana no podían dejar pasar el asunto, porque la impunidad sería la entronización definitiva del plagio como una de las bellas artes y el triunfo de los vivos y los listos sobre los humildes que se devanan los sesos lejos de los cenáculos de poder en largas noches de lectura y trabajo.
El mundo editorial en general y las grandes ferias del libro en particular, como las de París, Frankfurt, Bogotá, Madrid, Buenos Aires, Nueva York o Londres, herederas de Gutenberg o Casiodoro de Reina, son pasadizos donde debería rendirse homenaje no a los avivatos y a los avorazados o a los best-sellers mediáticos, reyes del escándalo y la clownería, sino a escritores en éxodo o en exilio interior, que claman en el desierto o en la oscuridad lejos del poder político y la plutocracia y muestran el camino a los nuevos en sus búsquedas, angustias o ilusiones.
  Los grandes consorcios editoriales recientes han desvirtuado por desgracia el derecho de autor. Sabemos muy bien que utilizan los nombres de los escritores como marcas en su insaciable búsqueda de ganancias y que cuando éstos ya no tienen tiempo o talento les fabrican sus libros. Para ese efecto recurren a pobres ghost writers que usan los depósitos de manuscritos olvidados y luego lanzan tales obras como geniales producciones de las vedettes del momento, como ocurrió en los recientes casos de dos Premios Nobel, Camilo José Cela y José Saramago, y de un gran best seller y académico español, Arturo Pérez Reverte.
  Todos sabemos que los millonarios premios de las editoriales Planeta y Alfaguara son arreglados de antemano para autores de su catálogo y que son ilusos los cientos de autores que envían manuscritos a esas justas que ya traen los dados y las cartas marcadas. Pero, bueno, en este caso, se podría decir que se hace trampa con dinero privado y no público.
  Otra cosa es cuando gobiernos pobres o en crisis destinan ingentes sumas para premios como el FIL, de 150.000 dólares, que se entregó en secreto en Lima a quien por desgracia, sean cuales fueren sus razones, y tal vez muy dolorosas, entró en la deriva generalizada de plagiar como un niño malo surgido de su propia novela Un mundo para Julius y engañar a los autores y a las publicaciones que confiaban en su nombre y que, como Nexos y otras, le pagaban por ello.
 De este "desdichado" episodio, como dijo José Emilio Pacheco, sale algo positivo: los escritores, académicos e intelectuales mexicanos y latinoamericanos ya no tragan entero y están dispuestos a desenmascarar las imposturas y a luchar contra los vivos que se arrogan el derecho de nombrar a dedo a todos los premiados hispanoamericanos del momento en un jueguito donde la consigna es: yo te premio y tú me premiarás.


martes, 26 de junio de 2012

Granta / La narrativa colombiana se cortó el rabo de cerdo



La narrativa colombiana 

se cortó el rabo de cerdo

Poco conocidos pero con gran proyección: doce escritores elegidos por la revista 'Granta'

La versión en español de la revista inglesa reúne a escritores de cuatro décadas

Incluye textos inéditos de los elegidos y de otros otros escritores internacionales















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Viñeta de 'El viaje', de Paola Gaviria.

Las categorías literarias están para revelarse inoperantes y entre generaciones, manifiestos y bums, la idea del parricidio ha sido recurrente en la narrativa, incluida la colombiana. No han faltado ‑ni faltan‑ autores con varias horas pendientes en el diván, pero la más reciente edición de la revista  Granta en español muestra que desde los contemporáneos de García Márquez hasta los nacidos en los 70 hay un buen número de escritores sin complejos que no necesitaron renegar del paternal realismo mágico. En el Olimpo están los semidioses y en la tierra todos los mortales ya conocieron el hielo.
Colombia. Sus armas ocultas es el nombre de la Granta número 12, dedicada a brindar un panorama complejo de la ficción que se está escribiendo en Colombia: desde Nicolas Suescún (nacido en 1937) hasta Paola Gaviria y Andrés Felipe Solano (de 1977).
Aunque la intención del número es establecer un diálogo antes que una antología, la elección de doce nombres colombianos que representan cuatro décadas muy distintas no puede pasar por debajo de la mesa y deja en el aire la cuestión de las ausencias. Fueron seis meses de lecturas, recomendaciones y consejos para llegar a estas armas ocultas, que en efecto comparten espacio con siete escritores internacionales: Louis de Bernières, Lydia Davis, Aleksandar Hemon, Alice Munro, Julie Otsuka, Majo Ramírez y el difunto corresponsal de The New York TimesAnthony Shadid. Los editores de la revista, Valerie Miles y Aurelio Major, tomaron el título del poema “Batallas hubo” de Álvaro Mutis: “el tiempo, en fin, con sus armas ocultas. / Nada nuevo.”, idea que define el carácter soterrado de la lectura que proponen.

Nicolás Suescún, Fanny Buitrago, Ricardo Cano Gaviria, Jaime Manrique, Tomás González, Nayla Chehade, Eduardo García Aguilar, Louis de Bernières, Evelio Rosero, Carolina Sanín, Juan David Correa, Andrés Felipe Solano y Paola Gaviria son los elegidos
Entre los doce elegidos no hay ascensiones al cielo ni narcotráfico y es ahí donde la propuesta transversal de Major y Miles merece un aparte: los relatos podrán gustar más o menos, pero todos configuran una narrativa de proyección internacional que ojalá convoque curiosidad entre otros editores, como ya ocurrió con la selección de los 22 autores jóvenes latinoamericanos y españoles, de hace año y medio, hecha por la misma revista.
Tomás González (1950) y Evelio Rosero (1958) pueden considerarse los de mayor prospección. El primero acaba de publicar en España La luz difícil, (Alfaguara), si bien había tenido una tímida presencia iberoamericana con Norma. Sus grandes momentos narrativos están hechos de supresión de elementos y ese carácter silencioso se refleja en los cuentos inéditos de Granta: “El lejano amor de los extraños” y “Nostalgia por el mar ya visto”.
Del otro lado, Rosero ganó en 2007 el II Premio Tusquets de Novela con Los ejércitos, título que puede dialogar en igualdad de condiciones con cualquier clásico contemporáneo de la literatura iberoamericana. Este año publicó La carroza de Bolívar (Tusquets), y aunque el cuento “Como nunca en la vida” es de 1991, muestra la vigente habilidad del colombiano para relatar las tensiones tácitas en todas las relaciones que establecen hombres y mujeres. Dos escritores parcos en persona; comedidos y precisos en su obra.

Entre los doce elegidos no hay ascensiones al cielo ni narcotráfico y es ahí donde la propuesta transversal merece un aparte: los relatos podrán gustar más o menos, pero todos configuran una narrativa de proyección internacional que ojalá convoque curiosidad entre otros editores
Nicolás Suescún es el más cercano a la generación del boom en términos de edad y en “El predominio de la sensatez” habla de los tormentos de un político que trata de escribir sus memorias. Leerlo es asistir a una especie de monólogo indirecto, con una primera persona algo penosa similar a la de Fanny Buitrago (1945) en “Festejos en tu honor”, sobre la fama desgastada.
Aunque distintas formas de exilio están compartidas por los doce, Ricardo Cano Gaviria (1946), Jaime Manrique (1949), Eduardo García Aguilar (1953) y Nayla Chehade (1953) tienen la particularidad de haber vivido fuera del país tanto o más tiempo que adentro, por lo que incluso para los colombianos pueden parecer notas al margen de la literatura nacional. “Un león en la playa”, de Cano Gaviria, es el único sin nexos geográficos con Colombia, mientras que “Ifigenia colombiana”, de García Aguilar, es un buen ejemplo de cuánto cambia la rememoración de la infancia y la juventud cuando se hace desde otro lugar. Es el recuerdo de un episodio simbólico que reconstruye lo que somos, lejos del lugar donde estuvimos, como ocurre también en “Volver”, de Jaime Manrique, breve relato autobiográfico de su larga relación amorosa con un artista plástico.
El caso de Chehade merece un punto aparte, pues no ha publicado libro alguno en su país, pero “Ardiente es el paraíso” adelanta una novela y cuenta un episodio de la inmigración sirio-libanesa a la costa atlántica colombiana, el proceso de intercambio cultural más intenso que tuvo Colombia durante el siglo XX.
Aunque nacida en Quito, Paola Gaviria ‑nombre código: PowerPaola‑ es colombiana a casi todos los efectos y su “Km. 11” es la primera historia gráfica que publica Granta en español. Como ella, Carolina Sanín (1973), Juan David Correa (1976) y Andrés Felipe Solano, hacen parte de una generación nacida en los 70 que recientemente se ha abocado a escribir sobre su experiencia ante la violencia colombiana de los 80 y los 90, si bien entre los tres solo el relato de Correa, “Los cuerpos”, se mueve en ese contexto. En “Apocatástasis” Sanín hace un ejercicio metaliterario, bellatiniano, y en “Los hermanos Cuervo” Solano brinda otro adelanto de su segunda novela, muy esperada tras su inclusión en la Granta de los jóvenes narradores latinoamericanos.
Cuatro décadas de un país que no se compone solo de realismo mágico, doce escritores que se reconocen en esta lectura colectiva. Ni incesto, ni parricidio: las armas ocultas de Colombia están hechas de literatura.








martes, 8 de febrero de 2011

Gustave Courbet / El orígen del mundo / La Gioconda venérea



Gustave Courbet
EL ORIGEN DEL MUNDO
(L'ORIGINE DU MONDE)
Por Eduardo García Aguilar

El origen del mundo, cuadro que representa de manera realista el sexo femenino, pintado en 1866 por el gran artista Gustave Courbet, es uno de los más famosos y misteriosos de Francia. Podría decirse que es la Gioconda venérea. Su último propietario después de un siglo de existencia clandestina fue el psicoanalista Jacques Lacan, quien lo tenía escondido en su consultorio tras otro cuadro superpuesto de André Masson y solía mostrarlo con coquetería a los amigos o tal vez a sus amadas pacientes.
   En manos del Museo de Orsay desde 1995, la imagen del vientre abierto de una mujer, la raya vaginal, el monte de Venus, los senos insinuados tras una prenda blanca y los fuertes muslos extendidos, ha suscitado todo tipo de análisis y reflexiones y muestra hasta qué punto Courbet fue un rebelde surgido de las revoluciones políticas y culturales francesas de 1848 y 1871. Sus preciosas obras con desnudos femeninos, como Las bañistas o La mujer y el loro, entre otros, escandalizaron, pero a la vez maravillaron a la vanguardia artística de la época.
   
Courbet (1819-1877) fue uno de los pintores más importantes del siglo XIX y representa, al lado de novelistas y poetas como Baudelaire, Balzac, Flaubert y Maupassant, la energía creativa del progreso que explotó a mediados del siglo tras la era romántica. Después de las novelas góticas, los poemas lagrimosos o heroicos, el culto a los misterios y la heroicidad napoleónica, Courbet quiso mostrar la vida tal y como era, con desbordada fuerza realista, en esa época de cambios acelerados.

Primero se inició con los retratos de personas cercanas y autorretratos como el magistral Desesperado, que ha servido para ilustrar las portadas de El Horla de Maupassant, y luego siguió con amplios panoramas de la vida en su natal Ornans, como atestigua Un entierro en Ornans de 1849 o El taller del pintor de 1855, obras enormes que son mundos dentro del mundo y parecen tener como objetivo reunir en un sólo espacio la esencia de un pueblo o de un artista lleno de fantasmas.

El Grand Palais ha reunido ahora de manera excepcional más de cien obras de este artista, traídas desde los principales museos del mundo, desde varias ciudades norteamericanas o europeas y de colecciones particulares, lo que la hace una muestra excepcional. Ver de manera coherente la obra de este artista es un acontecimiento que tardará tal vez décadas en repetirse. Además, la exposición está acompañada de unas 60 imágenes fotográficas primigenias, ya que Courbet no sólo fue aficionado a ese nuevo arte sino que vivió el inicio de esa experiencia y utilizó algunas de las imágenes para realizar sus cuadros.

Le encantaba posar para la cámara y a su vez captar a sus contemporáneos por ese novedoso medio que cuestionaba e interrogaba de frente a los propios pintores. Figuran fotografías de Gustave Le Gray, Auguste Belloc o Nadar, que fueron algunos de los fotógrafos que a mediados del siglo XIX comenzaron a devorar la realidad con sus lentes e inauguraron y abrieron el camino de la fotografía. Ese contrapunto da una nueva lectura a muchos de los cuadros de Courbet, como ocurre con su amplia obra paisajística y la dedicada a captar animales, caballos, lebreles, peces, aves.

El siglo XIX mostraba su energía con la industria en todo su apogeo, creciendo a toda velocidad, se expresaba en la fuerza de los barcos que cruzaban mares y nuevos canales interoceánicos, en las minas, el crecimiento de las urbes de hierro, la aparición de la locomotora y de los transportes públicos y el inicio de una desbocada globalización a través de la tecnología, que rompía fronteras y naciones y creaba nuevos y voraces imperios. Al mismo tiempo el pensamiento se hacía más positivo y concreto y las ciencias naturales y humanas saltaban hacia otros niveles de conocimiento.
   Todo eso puede ser leído en la vasta obra de Courbet, contemporáneo de Baudelaire y del socialista Proudhon, de quienes hizo retratos. En el rostro del Desesperado de Courbet se avistan ya Las flores del mal del gran traductor de Poe y los delirios de Aurelia de Nerval. Y aunque no quiso pintar las calles modernas de París ni sus grandes edificios, el cambio se percibía en los rostros de burgueses, pueblerinos o bohemios de su época y en los colores y la veracidad de sus imágenes bucólicas y eróticas.

Cruzar los salones del Gran Palais, otra obra impresionante del siglo XIX al lado de la Tour Eiffel, y recorrer en este palacio de hierro la obra de este gran artista nos invita a mirar y leer con más atención un siglo que es más revolucionario y de vaguardia de lo que creemos. Y de paso podemos extasiarnos frente a los desnudos y el sexo bello, deseable y abierto de la mujer, que es origen del mundo, de la vida, la locura y el arte.






lunes, 7 de febrero de 2011

Eduardo García Aguilar / Herta Müller y los escritores desconocidos


Eduardo García Aguilar
HERTA MÜLLER
Y LOS ESCRITORES DESCONOCIDOS

Es muy saludable para el arte cuando el premio Nobel de literatura es otorgado de manera acertada a escritores desconocidos como Herta Müller, Gao Xingjian, Wyzlaba Symborszka, Wole Soyinka o Imre Kertesz, Elfriede Jelinek, surgidos del margen, lejos de las esferas del poder, el marketing, el arribismo y la representación.
La literatura por estos tiempos se ha vuelto un desfile de marketing y los escritores en general son hoy sólo productos de algún monopolio editorial mundial capaz de convertir a un asno o a un jabalí en genio de la literatura, a punta de publicidad e intoxicación de periodistas en las secciones culturales y críticos acríticos en las universidades.
En este caso, el premio Nobel de Literatura 2009 fue dado una autora de mi generación, que nació en la misma estación del año de 1953 cuando murio Stalin y cuyos primeros libros fueron publicados a comienzos de los años 80 en Rumania, país de la esfera soviética dominado por la dictadura comunista y bajo la imagen patriarcal del tirano Nicolau Ceaucescu y su esposa, la bienamada Helena.
En la foto que aparece en el primer libro que publicó en francés en 1988, en una editorial marginal, Herta Müller aparece con la pinta algo punk, un corte rebelde de pelo y una vestimenta típica de los jóvenes que detrás de la Cortina de hierro trataban ya de liberarse de décadas de propaganda oficial y pobreza: chaqueta y camisa de jean desleído, largos aretes de pacotilla, un suéter de poliestireno y la mirada de la muchacha pobre recién emigrada de 34 años que no se imagina que dos décadas después ganaría el premio Nobel.
«El hombre es un gran faisán en la tierra» pasó totalmente inadvertido en Francia y es un milagro si en alguna librería de viejo de París, entre volúmenes empolvados, se encuentra un ejemplar. Es una novela corta divida en pequeños segmentos titulados y por medio de una prosa de frases cortas hace el fresco de un infeliz pueblo rumano donde muchos quieren huir hacia el oeste y escapar de la pobreza y el totalitarismo. Los personajes son arquetipos del margen: el ebanista, el molinero, el tendero, el cartero, el policía, el cura, el lechero, el cantinero y en medio de todos mujeres derruidas y muchachas jóvenes que tienen que dejarse manosear por hombres lascivos, entre ellos el cura o el funcionario, que a cambio de un acostón les entregan la partida de bautismo o un documento necesario para iniciar los trámites para el exilio. Nadie tiene un peso o un leí en este caso, todo es precario, la pobreza ronda en todas partes, el silencio es de rigor, la muerte y la enfermedad están presentes y los velorios ocurren bajo lluvias antediluvianas mientras el ebanista cuadra el ataúd y clava la tapa con puntillas oxidadas.
En los años 70 muchos de los estudiantes europeos del este y el oeste de Europa íbamos en primavera y verano a trabajar a Suecia, que era un próspero emporio nórdico de modernidad, para ganar mucho dinero y sobrevivir después en los fríos meses siguientes, después del tradicional regreso a clases en el otoño. En los restaurantes, oficinas, fábricas, cafés, residencias universitarias y discotecas suecas uno se cruzaba entonces con chicas venidas de los países del Este dominados por la Unión Soviética, muy parecidas a la de la foto de Herta Müller, en esta típica edición modesta apta para animar a un nuevo autor promisorio. Rumanas, polacas, alemanas del Este y yugoeslavas compartían con los latinoamericanos en el delirio del verano sueco. Me impresionaba esa avidez de las chicas del Este, algunas cultas y muy interesantes, por perfumarse e ir de compras para gozar por fin de todos esos abalorios a los que se tenía acceso con abundancia en los países del Oeste capitalista, después de tres décadas de progreso ininterrumpido tras el fin de la guerra y el New Deal.
En los restaurantes u oficinas donde trabajábamos o en las fiestas desbordadas de alcohol y sexo de los fines de semana, cuando el día duraba casi 24 horas, aprendimos a conocer a estas chicas de otro mundo desconocido para nosotros, Europa del Este, mucho antes de que cayera el muro de Berlín y con esa caída el Imperio Soviético y sus verdades admitidas, himnos y patriarcas.

Herta Müller

Ahora la academia sueca, para celebrar los 20 años de la caída del Muro de Berlín, ha rescatado a esta autora de 56 años, perteneciente a la minoría alemana marginada de Rumania, que en 20 años se ha convertido en Berlín en una notable autora de la misma lengua de Mann, Böll y Grass y de tantos otros autores extraordinarios como Joseph Roth, Elias Canetti y Hermann Broch, todos ellos verdaderos ejemplos de lo que debe ser la literatura: algo que surge desde el fondo del corazón y no del marketing y la ambición competitiva de un Occidente neoliberal, arribista, codicioso y podrido.
Fue enternecedor ver a esta mujer decir que nunca creyó en la posibilidad de obtener el premio y que aunque sabía que era cierto, todavía la noticia no subía a su cabeza. Müller no tiene nada que ver con estos autores latinoamericanos que pasan sus vidas medrando en las esferas del poder y que parecen estrellas maquilladas de cine como Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, y sus jóvenes discípulos, encorvados por tantos doctorados honoris causa y por premios y honores venales conseguidos por las multinacionales de turno y que son un pretexto para vender un nuevo best seller.
Hasta hace poco nadie la conocía en el mundo, pero su obra existía y era el grito de dolor de una infancia, una adolescencia y una juventud vividas bajo la dictadura totalitaria de Ceaucescu, el tirano que cayó y fue ejecutado en medio de una asonada que todo el mundo siguió por televisión. Al mirar su foto en esta edición confidencial que tengo en mis manos, celebro el Nobel para un escritor auténtico, pues la verdadera literatura del mundo está en la voz de los autores desconocidos de las provincias o los barrios marginados de las capitales, aquellos que viven sus vidas lejos de las esferas de poder y las zalamerías de la corrupción y el arribismo mafioso y para quienes vivir y escribir es ya un gran premio, tan extraordinario como el Nobel.

Eduardo García Aguilar
Blog literario desde París


domingo, 6 de febrero de 2011

Eduardo García Aguilar / Ultimo tango en París


Eduardo García Aguilar


La escena de la sodomización por Marlon Brando, que la inmortalizó en la película El Ultimo tango en París, podría ser trivial en estos tiempos, 40 años después, pero en su momento tuvo el efecto de una bomba cinematográfica que revolucionaba los años de su precursora Brigitte Bardot. Maria Schneider se había convertido en la encarnación de la desbordada irreverencia de los años 60 y 70, los mismos de la revuelta de mayo del 68, el rock pesado y las latas Campbell de Andy Warhol.


La escena famosa del filme de Bertolucci se desarrollaba en un amplio apartamento cerca al metro Bir Hakeim, no lejos de la Torre Eiffel. Maria Schneider, o su personaje Jeanne, yacía sobre el tapiz, bella en sus 19 años, morena, el pelo ensortijado y un encanto erótico nuevo, lejos de las divas de la pantalla cinematográfica de los tiempos de Ava Gardner, Sophia Loren o Marylin Monroe.

Marlos Brando, a sus 48 años de edad, estaba en el apogeo de su gloria. Todas las mujeres del mundo morían por él, por ese cuerpo musculado de rudo malo volando como bólido en su motocicleta y por sus introspecciones de gran actor shakespeareano. Brando representa en la película el papel de un viudo triste y cínico que comienza a encanecer y teme la vejez ineluctable. Tiene la potencia erótica de un animal declinante y desesperado, de un macho alfa a punto de ser desplazado por la jauría de los nuevos sementales.



Ella, la víctima, está ahí. El personaje Jeanne representa todo lo que una muchacha del post-rock y el post-mayo del 68 puede representar de irreverencia y salto al vacío. Como ella, la nueva camada de nacidos en los 50 se lanza en auto-stop por el mundo y toma todos los alucinógenos y los alcoholes en largas sesiones de conciertos y sexo al aire libre. Como ella, el personaje sabe que el cuerpo se ha liberado como nunca y es intercambiable en el placer de una inmensa orgía mundial y perpetua, en los tiempos de antes del Sida.


El viudo musculado la aprisiona con sus fuertes brazos de bíceps metálicos. Le baja los jeans. Deja ver su bello trasero. La víctima se mueve y se debate ante el ímpetu. El hombre bloquea sus codos con sus manos implacables. Sobre el tapiz aparece la más famosa barra de mantequilla de la historia del cine. Toma un pedazo y lo unta en los pliegues de las nalgas de la bella asustada y procede a penetrarla en una larga escena pornoerótica que enmudeció al mundo entero y movilizó en su contra a papas, obispos, autoridades culturales, civiles y militares. La bella y la bestia. El macho y la virgen moderna, asustada, inerme, sorprendida hasta el hastío.
Ella, nacida ilegítima en 1952, de un padre actor, Daniel Gelin, que nunca la reconoció y de una modelo, se inició en la cinematografía, como todos los nacidos en los Sin Cuenta, al ver a los 15 años la gran película de Antonioni Blow Up, basada en un cuento de Julio Cortázar. Ahí también, bellas jovencitas inglesas retozan frente al fotógrafo en el estudio, insinuando sus cuerpos modernos de Twiggy frente a la cámara devoradora. Fueron las primeras niñas en no llegar a tiempo a casa a rendir cuentas a su padres y por el contrario, están ahí disponibles y eróticas ante el obturador mecánico y humano. Disponibles en su humanidad moderna, libre de prejuicios y anatemas.
Ella, toda alegría natural y belleza en ese rostro abierto al mundo, se había escapado de casa a los 15 años y recalado en París en los perversos medios de la publicidad y el cine. Allí la descubrió su precursora Brigitte Bardot, quien le dio posada y la ayudó en sus primeros pasos a la salida de la filmación de Mujeres (1969). La nena estaba perdida, pero por donde cruzaba, un halo de sensualidad, erotismo, sexo, o lujuria se desprendía e iluminaba el espacio, estremeciendo mujeres y hombres, como estremecía a ese viudo Marlon Brando, encerrado con ella en un apartamento para vivir un coito eterno, infinito, la cópula de toda una generación.


El Ultimo tango en París (1972), contemporánea de las incómodas Portero de noche, donde también surgió Charlotte Rampling, y de la excesiva y grotesca Gran Comilona, de Ferrari, se volvió un filme de culto y con él la muchacha de cabellos ensortijados pasó la gloria inmediata. Después Antonioni, el mismo de Blow Up, la pondría al lado de Jack Nicholson en Profession Reporter, otro de sus grandes papeles de su vida. Luego vendrían Baby Sitter de René Clement, Merry-Go-Round de Rivette, Weisse Reise (1978) de Schroder, Just a gigolo con David Bowie y La Derobade (1979) de Daniel Duval, antes de ser llamada por el malogrado Ciryill Collard, que muere de sida antes de los 40.
Con el peso de la leyenda y la fama implacables, la ilegítima Maria Schneider siguió rebelándose contra el mundo. Inteligente, incisiva, se entregó al alcohol, la cocaína y la heroína y sufrió una larga caída hasta que el cáncer se la llevó a los 58 años. Será enterrada en el Père Lachaise, donde están Jim Morrison, otro de los ídolos de su generación. Y en pleno siglo XXI seguimos viendo a Brandon y a Schneider atados por el sexo para siempre.

Eduardo García Aguilar
Blog literario desde París
4 de febrero de 2011

sábado, 5 de febrero de 2011

Eduardo García Aguilar / Adoración de Charlotte Rampling

Charlotte Rampling en El portero de noche,
de Liliana Cavani.
Eduardo García Aguilar
ADORACIÓN DE CHARLOTTE RAMPLING
EN EL TRÓPICO


Ver a la actriz Charlotte Rampling es siempre un placer estético e intelectual en el mejor sentido de la palabra, desde aquellas inolvidables películas Portero de noche y Los Condenados, que la hicieron famosa en los años 70, cuando inició una carrera caracterizada por filmes de gran factura, con guiones excelentes y temas profundos relacionados con la vida, el sexo y el amor en el mundo moderno, en terrenos del sadomasquismo de post-guerra.


En este verano, volver a ver Hacia el sur, la película de Laurent Cantet, filmada en 2005 en República Dominicana y Haití, nos vuelve a mostrar a Charlotte Ramplig, maestra en diálogos feroces que enfrentan la cruel realidad de intereses y precios, como ocurre en la también reciente Swimming Pool y otras obras maestras que ha venido filmando en los últimos años con directores nuevos y complejos.
Su personaje como actriz se acomoda muy bien a lo que ella misma ha sido, una intelectual depresiva que ve con claridad el desastre contemporáneo y que con artes de psicoanalista revela a través de la palabra las más fuertes mentiras y secretos en las que los seres humanos nos empantanamos y con los que terminamos conviviendo hasta la locura.

Helmut Newton, Charlotte Rampling, 1974

En sus varios matrimonios y tras episodios depresivos de los que salió por fortuna, Rampling ha vivido en las alturas y en el fondo y ha renacido ya en la fatídica edad de los cincuenta para volver a los escenarios y brillar con papeles perfectos para una mujer que se enfrenta al fin, al desastre corporal, pero que aún busca con cinismo el placer a toda costa e incluso llega a tener relaciones con un gorila.
En Hacia el sur varias mujeres de ese estrato de edad, académicas o divorciadas acomodadas, van con frecuencia a una playa haitiana donde conviven en vacaciones con muchachos negros de cuerpos de ébano que como dioses musculados nadan junto a ellas en la piscina o en el mar o las cabalgan en coitos supertropicales. A cambio de unos billetes, regalos o invitaciones, esos jóvenes se acuestan con esas mujeres, algunas de las cuales descubren allí por primera vez el orgasmo o la felicidad sexual que el frío mundo del norte, en este caso las ciudades canadienses o estadounidenses, les ha negado.


Charlotte, que en la película se llama Ellen, es la mayor de ellas, tiene 55 años y es una profesora en Boston de inteligencia y seguridad desbordantes. Gracias a esa seguridad y al cinismo que la caracterizan, seduce con regalos o dinero a los jóvenes de la playa que viven todos prendados de ellas y les ofrecen sus favores en el paradisiaco balneario, no lejos de la miserable capital dominada por los Tonton Macoutes, el tráfico, la droga, la violencia de bandas y la enfermedad. Llega Brenda, papel desempeñado muy bien por Karen Young, de 45 años, divorciada, y se desencadena la rivalidad entre ambas mujeres por el escultural Legba, actuado por Menothy Cesar.


Brenda lo fotografía desnudo en su lecho y en un juego de igual a igual logran entenderse como amantes sin tener pelos en la lengua para decirse lo que cada uno de ellos siente que es el otro. Brenda, la romántica, ha caído en las redes del aprendiz de bandido, lo cubre de regalos y por un momento siente que lo ama y es amada, aunque tal vez ame sólo en él su mirada de amor hacia ella, antes que la violencia llegue y se lleve al pequeño mafioso, baleado por un arreglo de cuentas en una playa mientras copulaba con una chica local.
Una simple tragedia banal en los países del tercer mundo, donde los hijos de la pobreza sólo tienen derecho a caer como moscas en medio de las balaceras, en territorios donde la vida no vale nada y todo es permitido para obtener un miserable puñado de billetes.
En Hacia el Sur está presente la tragedia, pero también la ciudad, las calles de la miseria, los tugurios, el calor atroz entre los detritus y el abuso de las fuerzas policiacas encarnadas en esos Tonton Macoutes, policía del régimen de Papá Doc, que sembró el terror entre los suyos antes de que llegaran otros apocalipsis.


Luego del levantamiento del cadáver de Legba, que Brenda besa en un último gesto de amor o narcisismo, hay un arreglo de cuentas verbal entre las mujeres. Ellen reprocha a Brenda querer jugar al «viscoso» y ridículo amor, cuando son sólo turistas que van a divertirse y a tirar. Pero al final están de acuerdo: Ellen regresará al altivo Boston de las universidades y Brenda seguirá buscando sexo venal y tardío en todas las islas del Caribe que piensa visitar de ahora en adelante una tras otra. Y queda el mar, el sol, el baile, el pasado y la fugaz presencia de esos cuerpos que sólo son carne para turistas y refugio de las balas asesinas de las mafias.


Eduardo García Aguilar
Blog literario desde París
21 de agosto de 2010