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martes, 4 de agosto de 2026

Etgar Keret / La chica sobre la nevera / Reseña



Etgar Keret
'La chica sobre la nevera, 
Pizzería Kamikaze y otros relatos'

Etgar Keret nos ofrece unos cuentos muy cortos que se suceden al ritmo trepidante de la vida israelí, revelando una realidad insoportable y conmovedora a la vez: la de una sociedad que intenta distanciarse del absurdo de los conflictos bélicos de la región. Los cuentos de Keret nos provocan violentas risotadas por sus profundas inmersiones en el humor más negro y su enorme ironía. Moviéndose entre la vida corriente y la fantasía, expresan su disconformidad e incomodidad ante la realidad, hablan de la violencia, de la debilidad humana, de perdedores sin ambiciones, de soñadores que todavía creen poder cambiar el mundo y, también, de la generación de los treintañeros incorregiblemente apegados a la infancia, y todo ello en un lenguaje coloquial, precipitado y natural en el que se reconocen las técnicas del pastiche, del kitsch y del vídeo clip.

sábado, 5 de octubre de 2024

Eggar Keret / Carta a mi madre sobre el último año de Israel

 





Elgar Keret

Carta a mi madre 

sobre el último año de Israel


03 OCT 2024 - 22:00 COT


Querida madre:

Han pasado cinco años desde que falleciste y hasta ahora no te había escrito. Siento haber tardado tanto, pero estaba esperando alguna buena noticia que contarte y nunca la ha habido. Podría haberte escrito sobre la pandemia de covid-19, o sobre el Gobierno mesiánico y derechista de Benjamín Netanyahu, a quien nunca pudiste soportar. Podría haber escrito sobre la horrible masacre que tuvo lugar aquí el 7 de octubre, sobre los cientos de rehenes que languidecen en Gaza y cómo da la impresión de que el mismo Netanyahu está haciendo todo lo posible para sabotear un acuerdo, empeñado en prolongar esta horrible guerra para siempre. También podría haberte hablado de Alex, el historiador barbudo de aquel documental polaco en el que participé, de quien dijiste que era un mensch, un buen hombre: lo secuestraron en su casa, donde grabamos las entrevistas aquel día, y murió en Gaza después de que Netanyahu, en el acuerdo sobre los rehenes, se negara a que liberasen a los ancianos antes que a las mujeres. O podría haberte escrito sobre las personas mayores con las que quizá nos habríamos cruzado en la sala de espera del médico si todavía vivieras: la policía fascista de Itamar Ben-Gvir las detuvo de forma violenta y las esposó, como si fueran delincuentes peligrosos, solo porque tuvieron la audacia de recordarnos que una de las mitzvot judías [los preceptos] más importantes es la redención de los cautivos. ¿Pero de qué habría servido?

miércoles, 2 de octubre de 2024

Etgar Keret / Edición del director



FICCIÓN BREVE


Etgar Keret EDICIÓN DEL DIRECTOR


9 de julio de 2020

Para Jess

Maček Smolansky era cineasta, empresario y filósofo, pero, sobre todo, un perfeccionista. Por eso, nadie se sorprendió demasiado cuando anunció que su nueva película, Life, se rodaría con tres cámaras y se correspondería, minuto a minuto, con la duración de una vida humana. El rodaje comenzó con el nacimiento de Mateusz Krotoczowski, el introvertido protagonista de la película, y duró setenta y tres años. En el plató de la escena final, en la que Mateusz se ahorca en el sótano de su casa tras ser diagnosticado con un cáncer de próstata en fase avanzada, todo el equipo lloró. Ni siquiera los desesperados gritos de silencio del técnico de sonido pudieron detener las lágrimas.

La posproducción duró ciento catorce años. Maček murió de viejo unos meses después de empezar. El montaje de sonido duró noventa y seis años más y, aun así, cuando se estrenó la película, hubo varias quejas en las redes sociales sobre la rapidez y la chapuza. Todos los críticos de cine más importantes fueron invitados al estreno y las pocas entradas que se ofrecieron al público se vendieron en el mercado negro a precios exorbitantes. La película, como se prometió, duró setenta y tres años. Cuando aparecieron los títulos de crédito y se encendieron las luces, los acomodadores descubrieron que, a excepción de un espectador, todos los espectadores estaban muertos. La mayoría de ellos desprendían un hedor bastante fuerte. Entre todos los cadáveres en descomposición estaba el único espectador superviviente, desnudo y calvo y sollozando como un bebé. Cuando por fin dejaron de llorar, se secó los ojos, se levantó y caminó tranquilamente por el pasillo.

Este hombre mayor era hijo de una famosa crítica de cine, que ni siquiera sabía que estaba embarazada cuando se sentó a ver la película. Nació ocho meses después de la proyección y creció en la oscuridad del cine, fascinado por la pantalla. Cuando abrió las puertas y salió a la calle, el sol lo cegó. Decenas de periodistas que esperaban fuera del cine le acercaron micrófonos y le preguntaron qué pensaba de la película. “¿Película?”, balbuceó, mientras parpadeaba ante la luz del sol. Todo el tiempo había pensado que era la vida.

Los últimos libros de Etgar Keret son “De repente, un golpe a la puerta” y “Ya vuela”. Escribe el boletín “Sopa de letras”.

THE NEW YORKER





Etgar Keret / Hongos



Etgar Keret

HONGOS

Traducción del hebreo de Claudia Kerik




El sujeto delgado cayó sobre el piso de la cafetería. El estómago le dolía más de lo que creyó que le podría doler. Una serie de espasmos involuntarios estremecieron todo su cuerpo. “Seguramente así se siente cuando uno se va a morir”, pensó, “pero este no puede ser el final. Soy demasiado joven aún y es ridículo morir así, con shorts y crocs, sobre el piso de una cafetería que alguna vez fue trendy y que lleva años sin pegarla”. El sujeto abrió su boca para pedir auxilio pero no tenía suficiente aire en los pulmones como para lanzar un grito. Este relato no es sobre él.

miércoles, 30 de julio de 2014

Etgar Keret / Pedir acuerdos no es sabotear la victoria

Etgar Keret

Pedir acuerdos no es sabotear la victoria

El Ejército de Israel puede ganar batallas, pero la paz y la tranquilidad solo se lograrán con pactos políticos. Si no ocurre así, seguiremos cayendo por una espiral hasta tocar un nuevo fondo



EVA VÁZQUEZ
En la última semana he visto y oído cada vez con más frecuencia la frase siguiente: “Dejad que gane el Ejército de Israel”. Se lee en las redes sociales, en pintadas sobre los muros, se grita en las manifestaciones. Muchos jóvenes la repiten en Facebook, y parecen creer que son unas palabras nacidas como respuesta a la actual operación militar en Gaza. Sin embargo, yo soy lo bastante viejo como para recordar que nacieron hace tiempo como una pegatina para el coche y han evolucionado hasta convertirse en un auténtico mantra. No es, por supuesto, un eslogan dirigido a Hamás ni a la comunidad internacional, sino a los propios israelíes, y encarna la distorsionada visión del mundo que guía a Israel desde hace 12 años.
El primer error que se da por supuesto es que en Israel hay gente que está impidiendo que gane el Ejército. Esos presuntos saboteadores podemos ser yo, mi vecino o cualquier otro que ponga en tela de juicio la premisa y el propósito de esta guerra. Por lo visto, todos los bichos raros que nos atrevemos a hacer preguntas o poner en tela de juicio la conducta de nuestro Gobierno y atamos de pies y manos a nuestro Ejército con molestos artículos y llamamientos derrotistas a la compasión y la empatía somos el único obstáculo que separa a las Fuerzas Armadas de Israel de una victoria perfecta.

jueves, 17 de julio de 2014

Etgar Keret / Dad una oportunidad a la paz 002

Etgar Keret

Dad una oportunidad al acuerdo

El pacto entre israelíes y palestinos no va llegar del cielo a cambio de nada. Son necesarias importantes renuncias por ambas partes, cesiones mutuas y no refugiarse permanentemente en la palabra “paz”

La verdad es que comencé a escribir este texto hace ya unas semanas. En ese momento, tres israelíes que ahora están bajo tierra seguían aún sonriendo y carcajeándose, y, sin duda, también entonces un muchacho palestino de 16 años cuyo cuerpo abrasado también está bajo tierra, salía con sus amigos. El periódicoHaaretz me encargó el artículo para presentarlo en la Conferencia de Paz que él mismo había organizado. Con motivo de ese importante acontecimiento, Abu Mazen escribió un texto sobrecogedor e incluso el presidente estadounidense Barak Obama envió un emotivo escrito, así que, por supuesto, yo también acepté inmediatamente la propuesta de escribir algo. Después de todo, soy uno de los muchos que lleva tiempo ansiando la paz, y durante esas funestas semanas en las que esta parecía más lejos que nunca, lo único que se podía hacer era escribir sobre ella. Pero cuando intenté ponerme a la tarea me di cuenta de que, al contrario que en los buenos tiempos en los que podía producir textos anhelantes de paz, a razón de uno cada dos meses para cualquier diario que quisiera insuflar a sus lectores un poco de esperanza en el futuro de la región, en esta ocasión, al sentarme delante del ordenador, no me salía nada.
Superficialmente, la seguridad era estable, pero ante la cancelación de las conversaciones de paz y una desesperación generalizada, que había calado incluso en los ingenuos EE UU, también dispuestos a renunciar a la idea de una solución diplomática para la región, estaba claro que solo era cuestión de tiempo que hubiera un acto homicida, respondido con otro del mismo calibre. Y durante esos deprimentes y pegajosos días, me costaba trabajo escribir un artículo sobre la paz sin sentirme idiota o, por lo menos, completamente alejado de la realidad.
Entretanto, habían comenzado las vacaciones estivales y el Campeonato del Mundo de fútbol, y pocos días después, tan impactante como totalmente predecible, se desató la conocida locura regional. Mientras rugían los cañones y entre virulentas proclamas del Gobierno israelí, se inauguró la Conferencia de Paz y yo tuve el placer de escuchar los discursos y de leer los escritos de personas elocuentes y decididas que, sin inmutarse, seguían hablando de la misma y ansiada paz, aunque la tierra temblara bajo nuestros pies, o quizá por eso mismo. ¿Qué tiene esa escurridiza paz, que a tanta gente le gusta hablar de ella, aunque nadie haya logrado acercárnosla siquiera un milímetro?
Hace unos meses, mi hijo de ocho años participó en una ceremonia en la que a todos los alumnos de su clase les entregaron una Biblia al iniciarse sus estudios bíblicos. Terminado el acto, todos los chavales subieron al estrado y entonaron una conocida canción sobre, qué sino, el anhelo de paz. Y al final de Dios te entregó un regalo (con letra de David Halfon), los niños solo le pidieron al creador un pequeño presente: la paz en la tierra.

El conflicto es algo así como el mal tiempo, que no podemos hacer nada para cambiar
De camino a casa pensé un poco en esa canción. Al contrario que en otras que canta mi hijo el Día de la Independencia y en Janucá, conmemorando batallas que ha librado sin miedo y aludiendo a la oscuridad que ha ahuyentado con una antorcha encendida, la paz no es algo que quiera lograr con sudor y sangre: es algo que quiere que le entreguen. Como un regalo, nada más y nada menos. Y se diría que esa es la paz que anhelamos: algo que recibiríamos contentos, encantados, y que nada nos costaría. Está demostrado que solo nosotros somos responsables de nuestra supervivencia, pero la paz depende de la divina providencia.
Creo que mi hijo pertenece a la segunda generación, cuando no a la tercera, adoctrinada en la idea de que el conflicto palestino-israelí es una imposición de las alturas. Es algo así como el mal tiempo, del que podemos hablar, que podemos lamentar, incluso escribir canciones sobre él, pero que no podemos hacer nada para cambiar.
Hace unos dos años, dentro de un proyecto literario especial promovido por Haaretz, entrevisté al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu. Le pregunté qué estaba haciendo para resolver el conflicto en Oriente Próximo y Netanyahu me dio una profusa respuesta, hablando de la amenaza iraní y de la inestabilidad de otros Gobiernos de la región. Pero cuando insistí, de forma casi infantil, en que respondiera realmente a la pregunta, reconoció que no estaba haciendo nada por resolver el conflicto, porque era irresoluble.

En los próximos tiempos Dios no nos va a regalar la paz. Nosotros tendremos que buscarla
Resultaba que Netanyahu, valiente exoficial de una unidad de élite, que en combate lo había tenido todo en contra, piensa lo mismo que mi hijo y sus compañeros respecto a la paz. No quisiera poner de mal humor a mi primer ministro ni a los chavales de una clase de segundo curso, pero algo me dice que en los próximos tiempos Dios no nos va a regalar la paz: seremos nosotros los que tendremos que hacer un esfuerzo para alcanzarla. Y si lo logramos, ni a nosotros ni a los palestinos nos saldrá gratis. Por definición, la paz nace de una cesión mutua, y en ese tipo de acuerdo cada bando tiene que pagar realmente un precio elevado, no solo en forma de territorios o dinero, también en su forma de ver el mundo.
Esa es la razón de que el primero de una serie de pasos conducente a crear confianza entre nosotros y esa antigua y pendiente fantasía podría ser el abandono de la debilitante palabra “paz”, que desde hace tiempo tiene una connotación trascendental y mesiánica, no solo para la izquierda, también para la derecha, y su sustitución inmediata por “acuerdo”. Puede que este sea un término menos enardecedor, pero, por lo menos, cada vez que lo utilizamos, nos recuerda que la ansiada solución no radica en las invocaciones a Dios, sino en nuestra insistencia en un diálogo penoso y no siempre perfecto con el otro bando.
Es cierto que es más difícil escribir canciones sobre el acuerdo, sobre todo de las que mi hijo y otros chavales pueden cantar con sus voces angelicales. Y que ese término no luce igual de bien en las camisetas. Pero, al contrario que esa encantadora palabra que tan bien fluye de nuestra boca, sin exigir nada a quien la pronuncia, la palabra “acuerdo” exige los mismos requisitos a todos los que la usan: aceptar desde el principio que habrá cesiones y quizá incluso que, más allá de la verdad justa y absoluta en la que cada uno cree, puede existir otra verdad. Y en el mundo racista y violento que habitamos, ni siquiera esa nimiedad es desdeñable.
Etgar Keret es escritor israelí.
Traducción de Jesús Cuéllar Menezo