Albert Camus, París, 1945. Fotografía: Cordon.
Carlos Mayoral
La justicia camusiana
Noviembre de 2017
Esta narración tiene un desarrollo cronológico extraño. Transcurre en dirección contraria al tiempo, como los cuentos de Scott Fitzgerald. En concreto, empieza situándose en algún lugar de la Borgoña francesa, en el enero frío de 1960. Allí, el destino quiso jugar a ser el protagonista de una vida que nada le debía y colocó un inoportuno pinchazo en la rueda del Facel Vega FV3B, uno de esos coches de lujo que, a esa hora, recorría la carretera borgoñesa a 180 km/h. El automóvil quedó en manos de ese destino que, con saña, jugó con él hasta estamparlo contra un árbol junto a la cuneta. El destrozo fue tal que nadie supo nunca en cuántos fragmentos quedó dividido el coche. El conductor y su familia sobrevivieron. El primero respondía al nombre de Michel Gallimard, apellido de editores, hijo en la práctica de su tío, Gastón Gallimard, fundador de uno de los sellos más prestigiosos del planeta. Horas más tarde, el lugar es un hervidero de fotógrafos: uno de los viajeros no ha sobrevivido, y hay que sacar rédito gráfico. El muerto no había tenido intención de viajar en aquel auto, y un escuálido boleto de tren sin utilizar oculto en el sobretodo daba testimonio de aquel giro inesperado. Quizá su amistad con Gallimard le hizo cambiar de opinión. Al día siguiente, pocos periódicos abrieron con la muerte de unos de los escritores que mayor altura alcanzó durante el siglo XX. Al día siguiente, una inoportuna huelga en los medios impidió gritar como la ocasión merecía. Al día siguiente, la prensa apenas se hizo eco de la muerte de Albert Camus.
