¿Qué pasó con Emma Reyes?
Soho, enero de 2013
Me llegó un libro a las manos que no pude soltar hasta acabarlo. Lo leí en poco más de dos horas, y después de leerlo, no pude dejar de pensar en él. Días después, seguía ahí dando vueltas en mi cabeza. Ese libro es Memoria por correspondencia y, según la crítica especializada —Semana, por ejemplo—, es el mejor libro de 2012 y de los últimos años en Colombia. El argumento es sencillo: es la infancia miserable de una mujer que la narra sin resentimientos ni rencores a través de veintitrés cartas que le escribe a su amigo, el intelectual Germán Arciniegas. Las cartas recuerdan la pacífica tristeza, la nostalgia sin aspavientos, de Las cenizas de Ángela. Memoria por correspondencia fue escrito por una mujer que fue analfabeta hasta los dieciocho años, que nunca pasó por un colegio ni una universidad. Narra en ellas desde el recuerdo más lejano de su infancia —cuando vivía en una pieza que no tenía ni luz ni inodoro ni ventanas, en el barrio San Cristóbal de Bogotá, a comienzos de los años veinte— hasta que la abandonan junto a su hermana para terminar confinadas en un convento casi por quince años. Si Rilke decía que la patria de todo hombre es su infancia, la de Emma Reyes es una patria eterna para quien la lea. Esa infancia ya es nuestra, nos pertenece para siempre.









