domingo, 15 de septiembre de 2019

Michel Houellebecq y Gérard Depardieu / El fin del hombre blanco en albornoz

Michel Houellebecq y Gérard Depardieu, en un fotograma de 'Thalasso'.

El fin del hombre blanco en albornoz


Michel Houellebecq y Gérard Depardieu protagonizan la película 'Thalasso', donde disertan sobre lo divino y lo humano en un centro de terapias en Normandía


Marc Bassets
París, 22 de agosto de 2019

Podría ser la escena de una película postapocalíptica titulada El fin del hombre blancoLa decadencia de Occidente, o algo similar. O, visto desde otra perspectiva, un documento excepcional de nuestro tiempo: el actor y el escritor más aplaudidos y vilipendiados de su generación en Francia, juntos durante cuatro días, disertando sobre lo divino y lo humano en un centro de talasoterapia en Normandía.





Michel Houellebecq y Gérard Depardieu son los protagonistas de Thalasso, dirigida por Guillaume Nicloux y estrenada ayer miércoles en Francia, la historia de dos hombres —el Gordo y el Flaco, don Quijote y Sancho— en un espacio cerrado y sin escapatoria. Es la historia de una amistad mezclada con una vaga trama policiaco-sentimental. Aunque en los créditos finales se especifica que todo es ficción, Houellebecq y Depardieu se interpretan a sí mismos, o mejor dicho, se parodian a sí mismos. El autor de Plataforma y El mapa y el territorio frente al actor de Novecento, El último metro, la saga de Astérix y Cyrano de Bergerac. El novelista del malestar francés frente al admirador de Putin.
La película comienza con un prólogo referido a El secuestro de Michel Houellebecq (2013), del mismo Nicloux y protagonizada por Houellebecq. En seguida la acción se traslada al Thalazur, un hotel en una playa brumosa y crepuscular donde los clientes se someten a un rígido tratamiento con productos del mar y a una dieta espartana.
La esposa de Houellebecq, Qianyum Lysis Li, le despide en el lobby, como una madre dejando a su hijo en un internado, desamparado, solo ante el mundo. Las terapias —con barro, con duchas a chorros, dentro de un tubo frío donde el escritor teme que se congelen los genitales— parecen sesiones de tortura. Houellebecq no puede beber alcohol ni fumar. Como ocurre en las historias de internados, encuentra un compinche todo parece más soportable.
El compinche es Depardieu. No se conocían, pero a partir de un encuentro fortuito ante la playa, donde ambos han ido a fumar, la complicidad es total. Depardieu le invita a su habitación donde guarda botellas de vino. Hablan de Dios, de la muerte y de la resurrección, de sexo, de la obesidad. Son, en general, reflexiones banales.
Houellebecq se emociona hasta las lágrimas al recordar a su abuela. “Aunque sea una película coja, este simple instante es uno de los más bellos que hayamos visto en el cine desde hace tiempo”, escribe el crítico de Libération. En varias ocasiones el escritor se refiere al secuestro narrado en la anterior película, y que él atribuye al expresidente François Hollande para torpedear una imaginaria candidatura a la presidencia. “Debería haberme presentado. No pensaba que Macron iba a romperse la crisma tan rápido”, declara. “La muerte no existe”, dice en otro momento el escritor, siempre lacónico, tímido, angustiado.
El actor, en cambio, es expansivo, un hombre de mundo que ha conocido a mil actrices, habla varios idiomas y se tutea con los grandes actores y directores, pero al mismo tiempo es la imagen viva del ‘has been’, la vieja gloria en decadencia. “Mi carrera es una mierda”, dice. Parecen dos adolescentes perdidos, uno de 63 años (Houellebecq) y el otro de 70 (Depardieu), vagando por los pasillos, habitaciones y piscinas en albornoz y bañador slip. “Si hubiese que presentar Francia a unos extraterrestres, escogeríamos a estos dos”, escribe Le Monde.
Michel y Gérard se cruzan con admiradores, Houellebecq tímidamente intenta ligar con una empleada del establecimiento, afrontan situaciones tensas. “Sois la vergüenza de Francia, la vergüenza integral”, les dice otro inquilino. El centro de talasoterapia se encuentra en Cabourg, el Balbec ficticio de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, pero este hotel es un reflejo pálido del Grand Hotel de la Belle Époque donde veraneaba el pequeño Marcel.
La desaparición de una mujer de 80 años, un amiga de Houellebecq que ha abandonado a su marido y se ha fugado con un hombre más joven, quiebra la paz. Llega al hotel el hijo de la mujer acompañado de su novia vidente y de unos matones, personajes de El secuestro de Michel Houellebecq. Aparece un doble de Sylvester Stallone. Y el enigmático final tiene tanto de Rambo como de arte y ensayo francés.


La vida sin límites del excesivo Gérard Depardieu




La vida sin límites del excesivo Gérard Depardieu

Un documental de la televisión francesa retrata la convulsa vida del actor, un hombre que llegó a ser emblema de Francia y ahora es ciudadano ruso y se codea con Putin y el presidente checheno


EL PAÍS
Madrid, 20 de febrero de 2019


El documental Depardieu, el hombre sin límites, emitido el lunes por la noche en la televisión francesa BFMTV, dibuja un retrato íntimo del actor que los franceses adoran y odian por igual. "Ogro", "monstruo sagrado", "gigante"... son algunas de las palabras que no faltan para describir la excepcional personalidad de Gerard Depardieu. BFMTV pinta un retrato del actor como hombre polifacético, amigo de dictadores, amante de la buena comida y de la fiesta, padre herido, coleccionista de arte... Gérard Depardieu, de 70 años, es todo eso a la vez. Un actor que representa a Francia pero que ha terminado abandonando al país que le vio nacer. 
Para entender quién es Gerard Depardieu, el documental retrocede 70 años y se va a Chateauroux, ciudad donde nació y donde sacó adelante a cinco hermanos. Su padre, apodado Dede, fue un entrenador de remo analfabeto y su madre, Lilette, ama de casa. Su familia era muy pobre, y Depardieu fue analfabeto hasta bien entrada la pubertad. Su primer dinero lo ganó vendiendo tabaco, alcohol y droga introducida en Francia por militares norteamericanos de contrabando. Fue chulo y guardaespaldas de prostitutas y confesó haberse prostituido por dinero ocasionalmente. Depardieu no hizo el servicio militar, ya que en un psiquiátrico se le diagnosticó "hiperemotividad patológica".


En su faceta como actor es conocido que es vago incluso para aprenderse los guiones. "Lleva un auricular en los rodajes. Es demasiado perezoso para aprender", dice de él el cineasta Bernard Blier, uno de los amigos del intérprete que aparece en el documental. Pero esta técnica le permite filmar entre cinco y siete largometrajes al año y el actor no es de los que se autoinmolan con las críticas. Se ríe incluso de quienes critican su físico y no tiene ningún problema en presumir de que entre sus excesos está desayunar tocino mojado en café solo, sin azúcar.
En 1971, Depardieu se casó con la actriz Élisabeth Guignot (madre de sus dos primeros hijos), de quien se divorció 25 años después. Luego mantuvo una larga relación con la también intérprete Carole Bouquet. Su última compañera conocida fue una estudiante norteamericana, Clémentine Igou. Pero su relación con las mujeres ha dado un giro desde el pasado verano, cuando una joven artista denunció al actor por agresión sexual. Esta mujer, de quien no se conocen más datos, aseguró a finales de agosto que Depardieu la violó y agredió sexualmente en su residencia en el distrito VI de París en dos ocasiones ese mismo mes. Depardieu niega tajante estas acusaciones, pero tuvo que acudir a la policía parisina para declarar justo un mes antes de su cumpleaños, que celebra el 27 de noviembre. Según la cadena RTL, este era el último paso previo para que la Fiscalía de París decida si prosigue o no con el caso. 
Como ciudadano francés y votante, Gerard Depardieu tampoco aburre. Fue socialista con François Mitterrand, y más tarde participó en mitines electorales apoyando a Nicolas Sarkozy, candidato a la presidencia de Francia por el partido de derechas UPM. Luego se declaró ecologista. Fue amigo íntimo de Fidel Castro en La Habana y se considera "compadre" de Vladimir Putin, el actual presidente ruso.


Su exilio fiscal en 2012 y sus amistades con cuestionados políticos acabaron por desdibujar su relación con los franceses. El actor de Cyrano de Bergerac huyó de Francia para pagar menos impuestos. Con su partida a Bélgica, se amplió la brecha entre Gerard Depardieu y su país natal. La salida del pilar del cine francés se convirtió en un asunto nacional. El primer ministro de la época, Jean-Marc Ayrault, llegó a calificar este exilio fiscal como "un mal del estado". Esta declaración hirió profundamente al ciudadano Depardieu, quien respondió en una carta abierta publicada en el Journal du Dimanche. "Devuelvo mi pasaporte y mi seguridad social que nunca he usado (...) ¿Quién es usted para juzgarme así?, le pregunto señor Ayrault. A pesar de mis excesos, mi apetito y mi amor por la vida, soy un ser libre, señor", clamó el actor.
El actor provocó una nueva explosión popular al convertirse en ciudadano ruso. En enero de 2013, obtuvo la ciudadanía rusa. Su nuevo pasaporte se lo entregó el mismísimo Vladimir Putin. Rusia se presentaba para el Depardieu empresario como una nueva tierra prometida para los negocios. Pero el actor, reconocido admirador de Tolstoi y Dostoievski, también ha encontrado en el país más grande del mundo un campo de juego para sus excesos. Para instalarse, no eligió ni Moscú ni San Petersburgo, sino Saransk, en Mordovia, un lugar situado a 650 kilómetros al este de la capital, donde según muestra el documental, el actor parece encantado con su nueva vida. "Está fascinado por el poder, esa forma de llevar su vida va más allá de la moral", recuerda el actor Michel Pilorgé, uno de sus amigos. Allí Depardieu se relaciona con Vladimir Putin; con Ramzan Kadyrov, presidente de Chechenia –acusado por asociaciones de derechos humanos de encubrir secuestros y asesinatos– y con el dictador bielorruso Alexandr Lukashenko. Además, el pasado mes de septiembre, visitó Corea del Norte. Por su trayectoria, nadie puede afirmar que este sea el último viraje del siempre excesivo Depardieu. 

Posters / Marseille / Neflix


Posters
MARSEILLE
Neflix














sábado, 14 de septiembre de 2019

Marseille / Corrupción y política en la primera serie francesa de Netflix



‘Marseille’, corrupción y política en la primera serie francesa de Netflix

Gérard Depardieu protagoniza la producción ambientada en la ciudad gala


Ana Teruel
4 de mayo de 2016






Benoît Maginel y Gérard Depardieu, en la serie de Netflix 'Marseille'.
El poder no se da, se toma. Así lo avisa el tráiler de la esperada nueva ficción de Netflix, la francesa Marseille, que se estrena este jueves y que es la primera producción de la plataforma online en el país galo. Esta historia de poder, venganza, corrupción y redención, promete ser una mirada sin concesiones sobre la política, sus vínculos con el universo de la droga y sus traiciones. En el centro se encuentra la ciudad de Marsella, un personaje más de esta historia, objeto de codicia y deseo. Entre ambiciones y ajustes de cuentas, la serie protagonizada por Gérard Depardieu se encuentra a medio camino entre el thriller político y la saga familiar. A pesar de las similitudes, su guionista, el escritor Dan Franck, promete algo diferente a una versión francesa de House of Cards, la serie bandera de Netflix.
“No es una serie política, es una producción que cuenta una historia humana”, explicó así Franck en la presentación de la serie en un evento organizado por la plataforma en las afueras de París. “Marseille no tiene nada que ver con House of Cards”, añadió. La producción estadounidense protagonizada por Kevin Spacey“cuenta una conquista del poder a través de dos personajes de una potencia totalmente extraordinaria”, la pareja Underwood. La europea, liderada por el monstruo sagrado del cine francés Depardieu, es “mucho más humana, existe esa batalla, pero el combate no se libra por voluntad de poder, sino por amor a la ciudad de Marsella y porque esos dos hombres tienen cuentas pendientes”.




‘Marseille’, corrupción y política en la primera serie francesa de Netflix


La producción cuenta con dos pesos pesados para dar vida a “esos dos hombres” cuya rivalidad sirve de hilo conductor. Por un lado está Depardieu, principal reclamo de la serie, en la piel del veterano alcalde Robert Taro, quien prepara su último golpe: la construcción de un casino. Pensaba haberlo dejado todo atado para su sucesión, pero en el momento clave es traicionado por su ambicioso delfín, Lucas Barrès, interpretado por Benoît Magimel (La pianista).
Como telón de fondo está la ciudad mediterránea de Marsella, con su puerto y sus barrios más o menos conflictivos. La ciudad es al final “un verdadero personaje, como una mujer, a la que todo el mundo quiere”, según Franck. “Marsella es muy importante en la serie, puede que sea el personaje principal”, señaló por su parte el productor Pascal Breton, conocido también por ser cocreador de la serie francesa de éxito Sous le Soleil. “Hemos intentado filmarla de forma que parezca todavía más grande de lo que ya es. Es una ciudad costera tan fascinante como pueden ser Nápoles, Río, Barcelona o San Francisco”, añadió.




‘Marseille’, corrupción y política en la primera serie francesa de Netflix


Para no dejarse encerrar en lo puramente político, el escritor Dan Franck, coguionista también de la aclamada miniserie de Olivier Assayas Carlos, ha introducido personajes con su propio universo. En primera línea se encuentra la mujer del alcalde, la violonchelista Rachel Taro, encarnada por la actriz marsellesa Géraldine Pailhas. “Su papel no se reduce al de mujer del alcalde porque tiene una pasión, la música, una pasión artística que la devora considerablemente y que va a ser un punto de ruptura para ella”, explicó Pailhas.
No en vano, Franck compara la escritura de una serie con la de la novela popular del siglo XIX, de escritores como Dumas, Théophile Gautier o Eugène Sue. Son autores “que escribían para la prensa cada día y que debían apañarse para cautivar a los lectores”, indicó el guionista. “Las series hoy responden a esa exigencia, son la novela popular para mí”, concluyó.




DIFUSIÓN EN TELEVISIÓN COMO RECLAMO


Una de las grandes sorpresas de esta nueva producción ha sido la forma de promocionarla en Francia. Netflix ha llegado a un acuerdo con el principal canal privado del país, TF1, para emitir los dos primeros capítulos de la serie una semana después de su salida en la plataforma. El próximo 12 de mayo, los espectadores franceses podrán ver las dos primeras entregas en abierto en su televisor en horario de máxima audiencia. Si quieren ver la continuación, tendrán que estar abonados a Netflix o aprovechar el primer mes gratuito que ofrece la plataforma a los nuevos usuarios. TF1 espera así mostrar una imagen más juvenil y abierta a los cambios tecnológicos y, de paso, lograr buenas audiencias, mientras que la plataforma se garantiza una publicidad de dos horas en el principal canal televisivo.
EL PAÍS

Patti Smith, lectora / Los libros que forjaron su obra poética y musical

Patti Smith , una vida repleta de libros
Patti Smith

Patti Smith, lectora: los libros que forjaron su obra poética y musical

Por +Radios - Data Entry
3 marzo, 2018



Mucha poesía corrió – y aún lo hace- por las venas de Patti Smith desde el Poetry Project, sus inicios en los primeros años de los ’70, hasta lo que fueron las dos grandes presentaciones en el CCK de Argentina. Millones de palabras desde aquellos encuentros que persisten en el imaginario en blanco y negro en la iglesia neoyorkina de St. Mark, hasta estos recitales vibrantes – uno a pura poesía, el otro, a pura música- que refulgieron en tonalidades lingüísticas.
Como en todo gran artista, existe un proceso previo. Una recolección de sensaciones, de pensamientos, que muchas veces provinieron del papel, de los libros. Entonces, cuáles fueron las obras que más la influyeron, según Patti Smith:
Antes de ser la «madrina del punk» fue una poeta. De hecho, entre 1972 y 1973, llegó a publicar cinco chapbooks poéticos -una especie de folleto tamaño bolsillo- y ya con el primero, Seventh Heaven, tuvo una idea que daría un giro su carrera. Fue en la ya mencionada St. Mark, en Greenwich Village, NY, cuando llevó a un guitarrista para que la acompañara.
Durante un recital de poesía del “Poetry Project” en St. Marks
Escritora, poeta, fotógrafa, música. Patti Smith es uno de esos extraño casos en que las diferentes manifestaciones del arte confluyen, se hacen carne y luego se expresan. En su libro autobiográfico Just Kids (2010), recuerda que aquel primer cruce con la literatura cambió para siempre su vida. La obra era Mujercitas (1868), de Louisa May Alcott. Cautivada por la voz de Jo, la joven que se obsesionaba por la escritura y que andaba por el mundo con una actitud ‘masculina’, con respecto a sus hermanas.
«Estaba completamente impresionada por el libro», escribió, «ella me dio el coraje de una nueva meta, y pronto estaba creando pequeñas historias y tejiendo hilados largos para mi hermano y mi hermana». Aquella sensación jamás desapareció: «Voy a leerlos todos, y las cosas que luego leí produjeron nuevos anhelos». Durante su primera presentación en Buenos Aires, agregó que en la pobreza de su hogar no había más juguetes que los libros y que su madre le enseñó a leer antes de que ingrese al colegio.
Sin embargo, es conocido que su primer gran flechazo lo tuvo con los simbolistas franceses Charles Baudelaire y especialmente con Arthur Rimbaud, quienes influyeron en su abordaje de la poesía, que luego también trasladaría a su faceta musical. Entre sus 40 libros favoritos, que fueron revelados en 2008, se encuentran: Una temporada en el infierno (1873) e Iluminaciones (1886), ambos de Rimbaud.
Rimbaud, uno de sus autores predilectos
La influencia del autor francés aparece rápido en su vida artística: ya en Piss Factory, un poema recitado que forma parte de su primer disco independiente, relata cómo los escritos de Rimbaud la liberaron del trabajo en una fábrica y la ayudaron a escapar a Nueva York.
Otro de los autores que marcó una huella profunda en su forma de entender el arte fue William Blake. Durante la charla de la que participó Infobae Cultura en el CCK, recordó aquel primer encuentro con el poeta y pintor inglés: «Estaba cautivada por ese lenguaje que no entendía. Parecía tan mágico, y si bien no llegaba a comprender muchas cosas, simplemente me transportó».
César Aira y Roberto Bolaño, esas pasiones latinoamericanas
Su devoción por el autor argentino César Aira tomó notoriedad cuando reseñó el libro de cuentos El cerebro musical (2005) para The New York Times. Entonces escribió: «El ojo cubista de Aira ve las cosas desde muchos ángulos al mismo tiempo».
Durante la charla en el CCK fue aún un poco más lejos: «César es un genio, todos los escritores nos rendimos ante él. Una mente tremenda, un talento musical, pictórico, matemático y con un gran sentido del humor. Bolaño lo amaba mucho y mi amigo Sam Shepard, antes de morir, no lo había leído, le presté un libro y se convirtió en un adicto, todos somos adictos a César. También leí mucho a Borges y estoy aprendiendo sobre otros escritores. El problema, a veces, tiene que ver con las traducciones. ¡Ave César!».
Patti Smith posa frente a un póster de Roberto Bolaño en noviembre de 2010, en Madrid (Domonique Faget)
Smith llegó a Aira gracias al escritor chileno Roberto Bolaño, quien le facilitó las lecturas de Un episodio en la vida del pintor viajero, La Villa y La costurera y el viento. Por supuesto, la palabra de Bolaño era sagrada, a fin de cuentas la cantante estadounidense considera a la novela 2666 como «la primera obra maestra literaria de este siglo». «Tiene todo, imaginación, poesía, un contenido de protesta contra los abusos que sufren las mujeres, historias que se entrelaza, amor. Y la escritura es maravillosa. Es un libro que ya leí 6 veces y me parece que está a la altura de Moby Dick y otras grandes obras», dijo.
De la poesía beatnik
Uno de sus poemas favoritos es Aullido (1956), de Allen Ginsberg, una de las obras fundamentales de la Generación Beat, que se encuentra seleccionada en su Top 40, junto a dos novelas beatniks, Los chicos salvajes (1971) de William S. Burroughs y Big Sur (1962), de Jack Kerouac.
La vida la pondría frente a Ginsberg, en noviembre de 1969, con 22 años, cuando aún ella no era reconocida: «Yo era una niña pequeña. Tenía un abrigo largo con una gorra, supongo que tenía una forma muy andrógina. Estaba en este autoservicio realmente hambrienta y no tenía siquiera cambio para comprar algo. Escuché su voz ofreciéndome ayuda. Cuando me di vuelta vi que era Allen Ginsberg. Él no me conocía, yo solo era una chica que trabajaba en una librería, que vivía en el Hotel Chelsea, pero yo sí sabía quién era él. No pude hablar, estaba en shock. Incluso cuando nos despedimos nunca esperé encontrarme con él otra vez, pero lo hice, terminé convirtiéndome en amiga de William Burroughs y de Gregory Corso, luego vi a Allen otra vez y leímos poesía juntos, y le recordé la historia. Nos reímos mucho». En aquel encuentro, Ginsberg lo confesaría que solo se animó a ayudarla porque la confundió con un muchacho.
Patti recita “Aullido”, con la figura de Ginsberg detrás
Para Patti Smith «hay dos tipos de obras maestras». Están las «obras clásicas monstruosas y divinas como Moby Dick o Cumbres borrascosas (de Emily Brontë) o Frankenstein«. En su Top 40, además de la obra máxima de Herman Melville, también incluyó su novela póstuma Billy Budd, marinero, como también una de otra hermana BrontëVillette, de Charlotte.
El otro tipo de masterpiece, asegura, se produce cuando un escritor «parece infundir energía viviente en palabras a medida que el lector es hilvanado, luego se lo estruja para dejarlo colgando hasta que se seque».
Sus preferencias literarias son eclécticas. Incluyen desde obras de Herman Hesse como Viaje a Oriente (1932) a El juego de los abalorios (1943), El corazón de las tinieblas (1899), Joseph Conrad, o La letra escarlata (1850), de Nathaniel Hawthorne.
La poesía, lógicamente, también está presente en Canciones de inocencia y de experiencia (1789) de William BlakePoeta en Nueva York (1940), de Federico García LorcaAlmas muertas (1842), ese gran poema épico en prosa de Nikolai Gogol, e incluso en novelas como La muerte de Virgilio (1945), de Hermann Broch, que narra las últimas 18 horas del poeta romano.
Los viajes también se hacen presentes en su selección con El cielo protector (1949), de Paul BowlesThe Oblivion Seekers (1975), de Isabelle Eberhardt, autora y exploradora suiza que se vestía como hombre para viajar libremente por el Norte de África, o Las mujeres del Cairo, perteneciente a Viajes a Oriente (1851), de Gérard de Nerval.
Encuentro con Paul Bowles en Tánger, 1997, donde el escritor neoyorkino pasó los últimos años de su vida
«Conocí a Bowles de manera fortuita. En el verano de 1967, poco después de salir de casa y viajar a la ciudad de Nueva York, pasé junto a una gran caja de libros tirados, que se derramaban en la calle. Varios estaban esparcidos por la acera, y una revista estaba abierta ante mis pies. Me incliné para mirar, cuando una fotografía me llamó la atención: Paul Frederic Bowles. Nunca había oído hablar de él, pero me di cuenta de que compartíamos el mismo cumpleaños, el treinta de diciembre. Creyendo que era un signo, deshice la página y luego busqué sus libros, el primero fue El cielo protector. Leí todo lo que escribió, así como sus traducciones, y me introdujo en el trabajo de Mohammed Mrabet e Isabelle Eberhardt«.
El francés Albert Camus fue elegido con sus títulos La muerte feliz (1971) y El primer hombre (1994), mientras que el estadounidense J.D. Salinger también aparece por partida doble, con Levantad, carpinteros, la viga del tejado (1963) y Franny y Zooey (1961).
Albert Camus, a lo Bogart
Con respecto a Camus, recordó una anécdota familiar que revela su pasión por el autor de El extranjero (1942): «Tenía una fotografía de Albert Camus, que colgaba junto al interruptor de la luz. Era una toma clásica de Camus con un pesado abrigo con un cigarrillo entre los labios, como un joven Bogart, en un marco de arcilla hecho por mi hijo, Jackson… Mi hijo, al verlo todos los días, tuvo la idea de que Camus era un tío que vivió muy lejos. Yo lo miraba de vez en cuando mientras escribía».
La gran mayoría de los títulos que integran su biblioteca de cabecera son novelas: El proceso (1969) de Brion Gysin, la primera novela del pintor y autor, amigo de Burroughs, que lo introdujo en la técnica de «cut-up»; El Libro de Caín (1960), la obra de Alexander Trocchi, que fue censurada en el Reino Unido; Bajo el volcán (1947), publicación semi autobiográfica de Malcolm LowryLa gran borrachera (1938), la única novela que publicó René Daumal, el escritor francés que integraba el grupo surrealista Le Grand Jeu, que se enfrentaba a André Breton, quien también se encuentra en la selección con su autobiografía Nadja (1928).
Entre las obras filosóficas y los ensayos se encuentran Wittgenstein’s Poker, de David Edmonds y John EidinowContra la interpretación, de Susan Sontag, y El libro de los pasajes, la obra inacabada de Walter Benjamin.
También se encuentran Coriolano (1609), una de las últimas tragedias William ShakespeareDiario de un ladrón (1949), de Jean GenetEl honor perdido de Katharina Blum, de Heinrich BöllEl maestro y Margarita (1967) de Mijaíl Bulgákov, considerada como una de las novelas más importantes del siglo XX de la antigua URSS; Un amor de Swann de Marcel ProustLas olas de Virginia WoolfLibro del desasosiego (1984) del portugués Fernando Pessoa y el cuento El príncipe feliz (1888), de Oscar Wilde.
Pero no todo son clásicos. Existen en su selección algunas joyas como El bebedor de vino de palma, del nigeriano Amos Tutuola o Hielo (1967), de la franco-inglesa Anna Kavan, e incluso publicaciones matemáticas como La divina proporción, de H.E. Huntley. Además, en su selección incluye al autor de terror H.P. Lovecraft y al alemán W.G. Sebald, aunque asegura que de ellos podría elegir cualquier título al azar.
En su biografía, afirma que Sebald «ve, no con los ojos, y sin embargo, él ve. Él reconoce las voces dentro del silencio, la historia dentro del espacio negativo. Evoca a ancestros que no son antepasados, con tal precisión que los hilos dorados de una manga bordada son tan familiares como sus propios pantalones polvorientos».