domingo, 28 de agosto de 2016

Amores y naufragios / Philip Roth y Claire Bloom

Philip Roth y Claire Bloom

AMORES Y NAUFRAGIOS

Philip Roth y Claire Bloom: 

¿Quién se queda la mesita auxiliar?

Tras 17 años de convivencia, el escritor y la actriz se divorciaron al estilo de los Rose, con abogados, rencores y golpes bajos



La actriz Claire Bloom y el escritor Philip Roth, en la casa de Connecticut en 1983. / INGE MORATH (MAGNUM PHOTOS)
Durante un paseo frente al Tirreno, la actriz Claire Bloom se volvió hacia su amigo, el escritor Gore Vidal. Le preguntó si le parecía buena idea una relación con Philip Roth.
—Ya has sufrido el mal de Portnoy [en alusión a su catastrófico matrimonio con el productor teatral Hillard Elkins]. No te líes ahora con Portnoy.
Como es de suponer, Bloom se echó en brazos de Roth, el novelista que escandalizó en 1969 a la comunidad judía con El lamento de Portnoy. El libro le popularizó (400.000 ejemplares) con su descarnada sátira de una familia judía mediante el recurso al desnudo psicológico y moral que Portnoy, su protagonista, despliega ante el diván. Entre los rasgos de Portnoy sobresale su ansioso onanismo, que en una ocasión alcanza el clímax apuntando sobre un trozo de hígado que servirá de cena familiar. Aparte de una feroz campaña contra él, Roth debió encajar que anónimos paseantes le abordasen por la calle para decirle ‘yo no como hígado’. Años después, en una charla con David Remnick, director de The New Yorker, confesaría: “Fue divertido las primeras 7.000 veces que lo oí”.
La literatura de Roth es, en buena medida, la vida de Roth. Y su vida en ocasiones compite con la ficción. Claire Bloom y Philip Roth se conocieron en el verano de 1966 en la casa de unos amigos en East Hampton. “Alto, delgado y bronceado, tenía un atractivo fuera de lo corriente. También parecía ser muy consciente del efecto que causaba en las mujeres. Me atrajo enseguida, y años después me confesó que él había sentido lo mismo hacia mí”, narraría la actriz en sus memorias, Adiós a una casa de muñecas, que acaba de publicar Circe en España (traducción de Jordi Fibla Feito).


Portada de las memorias de Claire Bloom.
Roth, que ya era un escritor de culto aunque no célebre, tenía una relación con la rica y bella Anne Mudge. Bloom estaba casada con el actor Rod Steiger, su primer marido. Nada surgió de aquel fogonazo, excepto la memoria de lo que podría ser. Hasta 1975, en un encuentro en la avenida Madison digno de un guion de Woody Allen. Bloom convalecía del divorcio de Hillard Elkins, su segundo marido con el que había deambulado por las aguas turbias del sadismo. La actriz iba camino de un té con su profesor de yoga. El escritor se dirigía a su cita con el psicoanálisis. A partir de ahí, lo previsible: cafés, sexo, cartas, cenas, amor.
Se juntan en Connecticut, la casa de campo que Roth se compró cuando se hartó de la fama; en Londres, donde viven Bloom, su madre y Anne, su única hija —nacida de la relación con Rod Steiger— y en Nueva York. A los dos años, el novelista le deja claro que no desea convivir con su hija, una futura cantante de ópera que entonces tenía 18 años. La actriz —y solo está por escrito su versión de los hechos— accede. Los días de vino y rosas —y de recíproca estimulación creativa— decrecen sobre todo a partir de 1987, cuando las dolencias físicas de Roth se intensifican (se opera del corazón y una rodilla) y cuando una inapropiada prescripción para la ansiedad, que incluye el fármaco Halcion, le hunde en una depresión, que se esfuma con la retirada del tratamiento.


Philip Roth, en 1996.
Llevaban 15 años juntos y había signos de agotamiento por doquier. Hicieron algo frecuente: corrieron hacia delante. El 19 de abril de 1990, a petición de Claire Bloom, se casaron. Dos días antes, ella firmó un acuerdo prenupcial donde aceptaba que su marido podría divorciarse cuando lo desease sin incurrir en ninguna responsabilidad hacia ella y con derecho a recuperar sus posesiones. “Tanto anhelaba convertirme en la esposa de Philip que acepté aquel insulto y preferí hacer caso omiso”, sostendría en sus memorias.
La relación se sosegó un par de años, pero en 1992 Bloom ve señales de alejamiento, que ella misma psicoanaliza: “He aquí un elemento común que aparece una y otra vez en sus últimas obras: la necesidad de huir de una mujer cuando se percata de que su afecto le hace vulnerable a ella”. En 1993 Philip Roth se desmorona. “Lo que le ocurrió fue básicamente que reconoció que incluso el ser humano más fuerte puede acabar arrodillado por una combinación casi ridícula de un mal matrimonio, un dolor de espalda y la muerte. Todo lo que satiriza en La lección de anatomía le sucedió a él”, le contó un amigo al periodista Remnick.
La pareja entra en un torbellino escabroso y doliente —engaños amorosos incluidos— antes de firmar el divorcio en 1995, que incluye excesos propios de la ficción de Roth, como el bombardeo de faxes donde el autor le reclama a su esposa sumas imposibles de dinero. “Todo divorcio termina con una pelea para ver quién se queda con la mesita auxiliar”, diría con sorna la directora Vita Muir a Claire Bloom.
Un año después, ella publica unas memorias letales para el escritor, que devolverá el golpe en Me casé con un comunista, donde una actriz traiciona y deja a los pies de los caballos del maccarthismo a su marido. Una periodista del New York Times preguntó a Gore Vidal, amigo de ambos, por la guerra Bloom-Roth. “Ambos son neuróticos. Estuvieron juntos 17 años, no todo ha debido ser malo. Es mejor estar al margen de los divorcios. Y de las guerras civiles”.

Apuntes biográficos

Philip Roth (Newark, 1933). Su primer libro, Adiós, Columbus, una recopilación de relatos, ganó en 1960 el National Book Award, que recibiría de nuevo por El teatro de Sabbath. Ha escrito más de 30 libros —entre ellos, algunos esenciales como Pastoral americana o La mancha humana—, en los que recurrió a sus vivencias con frecuencia. “Su chorro de creatividad es casi shakespeariano”, dijo el crítico Harold Bloom a propósito de él. En Mi vida como hombre y Los hechos explotó la desastrosa experiencia de su primer matrimonio con Margaret Martinson. En 2012 anunció su retirada. 
Claire Bloom (Londres, 1931). Chaplin la catapultó a la fama al escogerla para actuar en Candilejas. Desde entonces ha construido una larga carrera, que incluye televisión (Retorno a Brideshead) y cine (Ricardo IIIEl espía que surgió del fríoFuria de titanesPoderosa AfroditaEl discurso del rey...). Pero es ante todo una gran dama de la escena, aclamada por sus papeles en obras de Chéjov, Ibsen, Shakespeare o Williams. Su primer gran romance fue con Richard Burton, a quien le seguirían otras aventuras con Laurence Olivier o Yul Brynner. Se casó en tres ocasiones.


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Philip Roth / Las pantallas nos han derrotado

Philip Roth
Philip Roth

"Las pantallas nos han derrotado"


Philip Roth es el escritor que encarna como nadie la rabia y el inconformismo de América. Con su nueva novela, Sale el espectro, desmenuza sus fantasmas en plena era de Bush

Las herramientas de la escritura varían según los casos. El lenguaje es la caja de utensilios común de la que todos sacan lo necesario. Pero siempre hay algo que diferencia a unos de otros. En el caso de Philip Roth es la rabia. Puede que ése sea el elemento más idóneo para definir la obra de uno de los escritores vivos que más han marcado en las últimas tres décadas a sus contemporáneos. Pero no se trata de una rabia estéril, de una rabia ciega. Es una rabia que aporta, que construye, que nos ayuda a vivir; una rabia que nos afloja los nudos que llevamos atados al cuello.
En las novelas y en los libros de Roth no hay mucha esperanza: No quiero que la tengan, comenta él mismo, sentado en una estrecha sala de reuniones de la agencia Wylie, la del hombre conocido como El Chacal, que maneja su carrera literaria desde un despacho de la calle 57, en Manhattan. Es un lugar frío donde ni el hecho de que la calefacción funcione a tope consigue despegar el hielo de las paredes.
Tan sólo Roth, a solas, con su voz un tanto rota por el paso de los años va camino de los 75, lo logra. Pero sin dejar que nadie se desvíe de lo fundamental. Cuando observa el más mínimo síntoma de ablandamiento y en la conversación se le sugieren ciertas señales de esperanza en sus últimas obras, Roth se muestra implacable. El escritor despiadado, contundente, genial, reacciona a las debilidades ajenas y no nos deja a mano ningún ancla que pueda salvarnos del naufragio. En mis libros, no, desde luego.
Pero hay lectores que dentro de esa misma desesperación pueden encontrar un vitalismo, una voz que se niega a rendirse. Eso es lo que ocurre al leer Sale el espectro (Mondadori), la nueva novela publicada en España, en la que Roth saca a pasear otra vez a Nathan Zuckerman, uno de sus álter ego más importantes, como también lo han sido el profesor David Kepesh y el famoso protagonista de la desternillante El lamento de Portnoy. En su nueva obra, Roth persigue al fantasma de un escritor muerto al que alguien quiere dedicar una biografía descubriendo aspectos escabrosos de su existencia. Si se tratara de Roth, esto no sería necesario. El autor de Pastoral americana y El animal moribundo que Isabel Coixet acaba de adaptar al cine en Elegy, junto a Ben Kingsley y Penélope Cruz ha compartido con sus lectores, paso a paso, su vida. Su propia experiencia ha servido de catalizador para observar el mundo, un lugar que Roth analiza con inconformismo y rebeldía, con humor histriónico y piedad por la especie. De su infancia en Weequahic (barrio de la peligrosa Newark, en Nueva Jersey) a su vejez a medio camino entre su casa de campo en Connecticut y Nueva York, este autor fundamental, eterno candidato al Premio Nobel, no ha dejado indiferente a nadie. Ni a sus compadres de la comunidad judía, que han montado en cólera más de una vez por la descarnada visión que muestra sobre su propio mundo, ni a los cristianos, que tienen que soportar en los libros de este escritor desde la blasfemia hasta el vapuleo constante de una carga alejada de la moralidad y las costumbres decentes de los más retrógrados.
Pero es que a Roth no le interesan los guardianes de las esencias, sino todas aquellas criaturas que se mueven entre el dolor y la contradicción, entre el fracaso y las cunetas a las que muchos han sido arrojados después de no haber logrado conciliar sus vidas con el sueño americano. Ahora, él resiste por el mundo con la aureola de ser un clásico en activo: uno de los escasísimos autores que han logrado ser publicados en vida por la colección Library of America, consagrada a esos indiscutibles que suelen estar muertos.
Pero lo hace sin resignarse a nada, conservando esa rabia tan sana, esa ambición para provocar y ser testigo de su tiempo. Porque las novelas de Roth, a no ser que haga política ficción como en La conjura contra América, juegan en el campo de la realidad, y si Me casé con un comunista fue la novela de la era de McCarthy y La mancha humana fue la obra maestra de la era de Clinton, Sale el espectro aparece con la ambición de convertirse en el mismo fresco de la intrahistoria para estos tiempos de infierno en la tierra que ha dejado la era de Bush, el peor presidente que hemos tenido nunca en nuestro país, comenta Roth.
No es usted un escritor que deje indiferente. Un código Roth circula por el mundo. Llevar un libro suyo es todo un señuelo. El otro día, en un avión, un señor me felicitó porque iba leyendo Sale el espectro. Al volar a Nueva York, la señora que iba sentada a mi lado lo iba disfrutando también
¿De verdad?
Así es. Y justo antes de llegar aquí, una artista australiana, al ver que yo tenía un libro suyo, me dijo que al venir a Estados Unidos lo primero que hizo fue comprar El lamento de Portnoy, ya que en su país estuvo prohibido por pornográfico. ¿Qué les da? Tiene una fuerza sobrenatural con sus lectores. 
No sé. No lo sé. Para empezar, llevo mucho tiempo en esto. Soy un superviviente. Simplemente es que usted parece haber caído en los lugares ideales en el momento preciso.
No es casualidad. No puede ser tanta casualidad. Se nota que usted cuida a sus lectores. Tiene buenos, fieles lectores, y eso que en Sale el espectro se lamenta de que ya no existen. ¿Por qué? 
¿No pasa eso en otras partes? ¿No ocurre en España?
Le diría que todavía quedan por ahí buenos lectores. 
Aquí, en EE UU, no.
¿Dónde están? 
¿Dónde? Mirando las pantallas de sus ordenadores, las pantallas de televisión, de los cines, de los DVD. Distraídos por formatos más divertidos. Las pantallas nos han derrotado.
Ahí está la competencia, la dura competencia. La de las pantallas. ¿Cómo deben combatir contra eso los escritores? 
No lo sé. No me lo planteo seriamente. Sólo le puedo decir lo que ha ocurrido: que han ganado la batalla sobre las páginas.
¿Tampoco confía en el tan alabado Kindle, el libro electrónico que acaba de aparecer en Estados Unidos? 
No lo he visto todavía, sé que anda por ahí, pero dudo que reemplace un artefacto como el libro. La clave no es trasladar libros a pantallas electrónicas. No es eso. No. El problema es que el hábito de la lectura se ha esfumado. Como si para leer necesitáramos una antena y la hubieran cortado. No llega la señal. La concentración, la soledad, la imaginación que requiere el hábito de la lectura. Hemos perdido la guerra. En veinte años, la lectura será un culto.
¿Y los lectores serán una especie de gente rara, de espectros?
No, no, tampoco. Será un hobby minoritario. Unos criarán perros y peces tropicales, otros leerán. Como lo que es hoy leer poesía. Existen poetas, se les publica, pero los lectores de poesía son una minoría. Eso ocurrirá.
¿Los escritores tampoco serán esas voces que cualquier sociedad necesita? ¿Perderán pedigrí? 
Existirán. Pocos se ganarán la vida con ello. Pero no hablo del final de ningún género, como la novela, eso que se habla tanto hoy en día. Hablo de la muerte del lector, algo que en este país ya es un hecho. No sé si en Europa también.
En su nuevo libro vuelve a sacar a su álter ego Nathan Zuckerman de paseo. Llevaba años lejos de todo, solo, en el campo, trabajando. ¿Usted también ha renunciado a muchas cosas? 
Zuckerman está retirado, lleva una vida de reclusión. Leyendo, escribiendo. Ha dejado el mundo por varias razones, se ha ido de Nueva York tras recibir amenazas y le ha cogido gusto a vivir en el campo.
Esas amenazas son fuertes. Hace usted hincapié en ello. ¿Se ha recrudecido el racismo contra los judíos en Estados Unidos estos últimos años? 
No. Es una constante. No nos libramos en este país de sujetos rencorosos y rabiosos. Con una persona que lo haga ya resulta suficientemente desagradable.
Al poco tiempo de regresar a Nueva York, Zuckerman ya quiere largarse. 
No puede soportarlo.
Le amenazan muchas cosas, entre ellas, la belleza. 
Bueno, se rinde ante ella, pero también le asusta. Como el cáncer que padece y el pasado, la nostalgia.
La artista australiana que me encontré hoy me preguntaba si este nuevo libro era tan deprimente como Elegía. Le dije que sí era tan deprimente, pero al tiempo muy vital, porque se le ven a usted tantas ganas de escapar al dolor que provoca una extraña resistencia. 
Vaya.
Como dice usted en el libro, envejecer nos enfrenta a más contradicciones. 
No sé.
Lo dice usted en el libro. 
Bueno, la vitalidad que usted encuentra tiene que ver más con la manera de contar la historia. No con la historia misma, que es oscura y triste. Es la manera de contarlo.
Siempre ocurre con sus personajes, esa fuerza narrativa agarra al lector desde el principio por el estómago. ¿Lo hace a propósito? ¿Ir a las entrañas más que al cerebro, para empezar?
No sé qué parte del cuerpo engancho. Lo que quiero es ser directo y señalar el camino más recto para meterse en el libro. Mis comienzos son rápidos, la clave está en captar la atención para desarrollar profundidad.
Mete usted demasiado de sí mismo. Su propia experiencia. Una tendencia que ha calado en la literatura contemporánea de todas partes. Historias con voces poderosas. 
Bueno, una voz es la que nos distingue a unos de otros. No creo que sea un fenómeno de los últimos años, sino una característica de la literatura en sí. La voz no es una técnica. La voz es lo que marca la diferencia.
Pero la suya ha creado escuela. ¿Le incomoda? 
No sabría decirle hasta qué punto eso es así. No me incomoda porque no me doy cuenta de ello. Si me planteara esas cosas, me sentiría terrible.
No muchos autores pueden presumir de haber sido publicados en vida en la colección Library of America. Usted ahora es el único. Debo conservar ese privilegio. Eso espero. 
Es mi ilusión.
Como autor que refleja el tiempo en el que vive, si La mancha humana fue su libro de la era de Clinton, Sale el espectro es el de la era de Bush. ¿Cómo será el de la América de Obama? 
Quién sabe. No podemos predecir nada. En nuestras vidas podemos programar los próximos cuatro años. En política es un misterio. ¿Quién se habría imaginado hace poco el desastre de Irak?
¿Qué quedará de Bush? 
Mucho daño. Mucho daño. Tan sólo si lo miramos en cifras, ha llevado al país a la bancarrota. Ha destruido en el mundo nuestra reputación moral. Ha matado cientos de miles de iraquíes sin razón. Ha sido un desastre, el peor presidente de nuestra historia.
¿Peor de lo que habría sido Lindbergh, ese presidente ficción que usted describió para La conjura contra América? 
Mucho peor. Lindbergh habría sido mejor que Bush. Ahora que lo pienso, podría haber hecho ese ejercicio con Bush, pero no sería ficción. Siguiendo en ese terreno, no sé qué ocurrirá con Hillary y Obama.
Quizá la respuesta de la gente contra la era de Bush haya provocado esta necesidad tan radical de cambio. La primera vez que un negro y una mujer compiten por la presidencia con posibilidades. 
Esta avalancha de gente que quiere votar en las primarias y de entusiasmo por sus respectivos candidatos es una reacción clara a la era de Bush. La necesidad de hacer algo, de arreglar las cosas.
Eso hace 10 años sí que habría sido política ficción, lo de Obama.
Sí, claro. Fue Bobby Kennedy hace 40 años quien dijo que en 50 tendríamos un presidente negro. Más o menos se acercó. Una de las ventajas de cómo se desarrollan estas primarias es que están despertando ilusión en todo el país hacia los demócratas. Están convenciendo a mucha gente. Pero si Obama gana esta etapa, todavía, para la elección final, debe vencer muchos prejuicios y barreras.
Lo que ocurre es que se está convirtiendo en un auténtico fenómeno de masas. 
Es muy listo, es brillante. Tiene un discurso articulado, posee esa energía contagiosa, joven y poderosa. Es muy esperanzador para la gente. Los demócratas parecen encantados de votar por alguien así. Cuando era niño, recuerdo que elegimos delegado de clase al único niño negro que teníamos y todos nos sentimos tan bien con nuestras conciencias...
Su infancia en Newark, Nueva Jersey. Ese territorio mítico. 
Sí. ¿Lo conoce?
No, pero me gustaría. 
Pues tenga cuidado.
¿En serio? ¿Va mucho? 
No, no voy a menudo. Me doy una vuelta de vez en cuando, sobre todo si voy a escribir algo en lo que aparece el barrio. Voy a ver a viejos amigos, pero hay que andar con cuidado por ahí, hay traficantes, droga.
¿Es más un escenario de Los Soprano que de las novelas de Philip Roth? 
Los Soprano parece un cuento para niños pequeños comparado con lo que hay. Es trágico, persecuciones con disparos, secuestros, robos de coches hasta con los niños dentro son el pan nuestro de cada día. Así que, le digo: no vaya.
¿Dónde vive ahora? 
En mi casa de Connecticut, aunque los inviernos los paso aquí, en Nueva York, porque no puedo soportar el frío, me hago viejo, me afecta.
A vueltas con la vejez, es su obsesión de las últimas novelas y memorias. ¿No lo lleva bien? 
Escribo sobre ello. Lo exorcizo. Me viene bien hacerlo. Hacerse viejo es un cambio bastante duro en la vida, no hay nada comparable. Ni te lo imaginas. Ni a los treinta, ni a los cuarenta, ni a los cincuenta. ¿Y qué es lo que no se te puede pasar por la cabeza? Que el tiempo se acaba, que ya no sabes cuántos años te quedan, si cinco, si seis. Sabes que ya no van a ser más de 20. Has llegado al fondo. Y luego están las pérdidas. Un amigo mío murió ayer. Primero has perdido a tus abuelos; después, a tus padres. Ahora pierdes a los amigos. Es duro, es fuerte. Aparte de todo eso, cuando el tiempo se acaba, vas perdiendo las facultades. La memoria, me aterra perder la memoria.
Aun así, en Sale el espectro le encuentra ventajas. 
¿Ventajas? No, en mi libro no le saco ninguna ventaja a la vejez.
Bueno, cuando se refiere a que las últimas grandes respuestas esperan al final. 
Ya, pero eso no es una ventaja. Es la vida. No se haga ilusiones con eso.
¿Por qué no? 
Porque no quiero que tenga ninguna esperanza.
Vale, no. Lo intentaré, pero no leyéndole, entonces. Quizá no haya esperanza en esa manera de ver la vejez, pero le da usted un sentido. 
Eso sí. Pero porque no nos queda más remedio. Es el destino irrenunciable para todos nosotros, excepto para quienes no lo alcanzan. Después nos llega el hecho de la muerte. Tienes que hacerte a esa idea. A los treinta me planteaba mucho la muerte hasta que un día me dije: ¡Olvídate! ¡Preocúpate cuando tengas 75!. Creí que nunca llegaría. Bueno pues he llegado.
Uno de sus personajes quería estar limpio para cuando se le presentara la muerte. 
Qué extraño, ¿no?
Y el sexo, ¿dónde le queda el sexo a Philip Roth en la vejez, ese motor de toda su literatura? 
Bueno, para mucha gente, el sexo pierde interés, para otros es tan interesante como siempre y algunos aceptan que están fuera de juego
¿Y usted? 
¿Yo? Ja Yo soy de los que todavía le encuentran interés.
¿No se pasan los impulsos? 
No tienen por qué.
¿Vienen más o menos? ¿En qué lugar de sus prioridades quedan ahora los impulsos sexuales? ¿Le hacen sentirse más vivo que otras cosas? 
Bueno, se van adecuando a la edad. He escrito sobre esto en El animal moribundo, en Elegía y en este libro último. Creo que queda todo claro.
¿Cómo cuadra un escritor tan explícito en lo sexual como usted en un país con dirigentes tan puritanos? 
Este país es muy grande y tiene muchas caras. La puritana es una, pero si te fijas en cómo las chicas visten en verano, no lo definiríamos así. Los chicos acceden al sexo a los 14 o 15 años y la libertad es enorme. El puritanismo es un espejismo en Estados Unidos. Este país es tan hedonista como cualquiera en el mundo.
¿Más que en su juventud? 
Desde luego. El gran cambio se produjo en los sesenta. El nivel de frustración en ese aspecto era altísimo, y el acceso al sexo, muy reducido. No había leyes del aborto, había que casarse o tener hijos y afrontar la vida. Se las arreglaban para dominar nuestra sexualidad en todos los aspectos, y eso ya no ocurre, se acabó. Completamente. Son dos países diferentes: el de entonces y el de ahora. Y todo ese cambio se produjo en los sesenta. Fue una revolución social y auténtica de la que vemos hoy los resultados.
Sí, pero toda esa libertad, ¿no está de alguna manera amenazada ahora? Uno de sus personajes dice en su nuevo libro, ni más ni menos: Abortemos mientras podamos. Provoca. Le gusta provocar. Tiene una manera de ver la vida radical. ¿Se definiría así? 
¿En qué sentido?
Como alguien que lleva a sus criaturas al límite. Hasta Zuckerman sueña con tener un incesto, en fin. Parece usted haber alcanzado un grado libérrimo de expresión. Sin miedo. 
¿Soy un radical?
No pasa nada. Es difícil encontrar cosas similares. 
Yo no tengo esa sensación. No es que sea yo. Es que los temas que elijo conducen a esa lógica. No me planteo cuando escribo si es radical, no deseo provocar a nadie. Me enfrento a los problemas que surgen en la escritura. No me planteo lo que les pueda o no gustar a los lectores, si se van a escandalizar o no.
Si el sexo define el comportamiento humano, un país puede quedar definido por los deportes. Usted retrata Estados Unidos a través del deporte también. 
Me interesa el deporte, como aficionado. Cuando era niño me gustaba mucho más. Jugaba constantemente al béisbol. En Pastoral americana hay un héroe deportivo. En Una novela americana hablo de béisbol, pero los deportes no dominan mi vida. Tampoco creo que podamos definir un país por medio del deporte.
Hay otros asuntos en su escritura que no desaparecen. El judaísmo. Tuvo sus más y sus menos con los miembros de su comunidad cuando escribió Adiós, Columbus. No sentaron bien sus planteamientos. ¿Qué representa ser judío en Estados Unidos hoy? 
No me preocupa. Es como ser diestro o zurdo. Yo soy zurdo y de izquierdas. Judío, ciudadano, amigo de mis amigos, es tan sólo un aspecto de la vida.
Pero que influye mucho. 
Hace tiempo sí, pero ahora me preocupa más cómo ser americano que judío. Pasa como en España, me imagino. No afecta tanto. Mi familia lleva aquí más de 100 años, así que ya es hora de que nos sintamos más parte de este país que otra cosa. Ser de este país implica conocerlo a fondo. Aquí crecí, conozco sus defectos mejor que los de fuera. Siempre sabes odiar mejor tu propio país que otros. Así que cuando los antiamericanos empiezan con sus cuentos, me gusta mandarles callar. Odian mi país de forma estúpida, nosotros sabemos odiarlo de una manera más inteligente. Tu propio país te puede volver loco, como tu familia, como tu mujer, pero lo quieres y lo odias al tiempo.



Philip Roth / Diez libros imprescindibles

Philip Roth según Anderea Ventura


Philip Roth

DIEZ LIBROS IMPRESCINDIBLES

1- «Pastoral Americana»:

Seymour Levov, modelo a seguir por todos los muchachos judíos de New Jersey, gran atleta y mejor hijo, sólido heredero de la fábrica de guantes que su padre levantó desde la nada, ha rebasado la mitad del siglo XX sin conflictos que puedan estropear su dorada Arcadia, una vida placentera que comparte con su mujer Dawn, ex Miss New Jersey, y con su hija Meredith. Y es en este preciso momento,con su vida convertida en un eterno día de Acción de Gracias en el que todo el mundo come lo mismo, se comporta de la misma manera y carece de religión, cuando el Sueco Levov verá derrumbarse estrepitosamente todo lo que le rodea.

2- «El Lamento de Portnoy»:

El largo relato que de sus frustraciones y complejos hace el protagonista, Alexander Portnoy, durante sus sesiones de psicoanálisis. Desde su crecimiento en un típico hogar judío de clase media en la Nueva Jersey de los años cuarenta, hasta su despertar sexual y el desasosiego que le provocan sus problemáticas relaciones con las mujeres, nada escapa a su agudo análisis y amarga autocrítica. Una lúcida e irónica visión, tremendamente divertida, de las costumbres y psicología judías, y del desmoronamiento del sueño americano.

3- «La Conjura Contra América»:

Los diez libros imprescindibles de Philip Roth
ABC
«La conjura contra América»
Cuando el renombrado héroe de la aviación y fanático aislacionista Charles A. Lindbergh obtuvo una victoria aplastante sobre Franklin Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1940, el miedo invadió todos los hogares judíos de Norteamérica. Lindbergh no sólo había culpado públicamente a los judíos de empujar al país hacia una guerra absurda con la Alemania nazi, en un discurso transmitido por radio a toda la nación, sino que, tras acceder al cargo como trigésimo tercer presidente de los Estados Unidos, negoció un «acuerdo» cordial con Adolf Hitler, cuyas conquista de Europa y virulenta política antisemita pareció aceptar sin dificultad.

4- «Sale el Espectro»:

Philip Roth dice adiós a su alter ego: Nathan Zuckerman. Veintiocho años después de introducir a Zuckerman en La visita al maestro, Roth le dice adiós a su célebre protagonista y alter ego. En esta novena novela, Zuckerman ya es un hombre anciano, atormentado por la pérdida de sus medios económicos y el temor de ver morir a los que le quedan. Tras once años en Massachusetts, regresa a Nueva York, donde se cruza con una nueva generación de escritores, pero también con un viejo amigo moribundo. Sale el espectro es un estudio profundo de la obsesión, del olvido, de la resignación y del deseo imposible de satisfacer.

5- «Elegía»:

Los diez libros imprescindibles de Philip Roth
ABC
«Elegía»
En esta novela Roth desvía su atención hacia la lucha crónica de un hombre contra la mortalidad. El destino del protagonista de la novela comienza con la primera y abrumadora confrontación con la muerte en las idílicas playas de sus veranos infantiles, pasando por los problemas familiares y los logros profesionales en su edad adulta, hasta llegar a su vejez, momento en el que se siente desgarrado al comprobar el deterioro de sus contemporáneos y el suyo propio. Creativo publicitario de éxito con una agencia de publicidad en Nueva York, el protagonista es padre de dos hijos de un primer matrimonio, que lo desprecian, y de una hija de un segundo matrimonio, que lo adora, además del amado hermano de un buen hombre cuyo bienestar físico despierta en él una amarga envidia y el solitario ex marido de tres mujeres con quien ha mantenido matrimonios desastrosos. Es, por fin, alguien que acaba siendo aquello que no quería llegar a ser. Elegía hace referencia a una obra de teatro alegórica y anónima del siglo XV, un clásico del antiguo drama inglés, cuyo tema es la evocación de la vida en la muerte.

6- «Goodbye Columbus»:

Es el primer libro de Philip Roth. La novela corta de la que toma el título narra el idilio veraniego de dos jóvenes universitarios. Neil Klugman procede de la parte pobre de Newark, y la preciosa Brenda Patimkin, de la zona residencial. Tal vez por eso, en su apasionada aventura intervienen decisivamente la noción de clase y la desconfianza. Completan este volumen cinco relatos cuyo tono va de lo iconoclasta a lo asombrosamente tierno, y que arrojan luz sobre el conflicto entre padres e hijos, y amigos y vecinos de la diáspora judía norteamericana.

7- «El animal moribundo»:

Los diez libros imprescindibles de Philip Roth
ABC
«El animal moribundo»
David Kepesh, a sus ochenta años, confiesa a un personaje desconocido una de sus últimas experiencias sentimentales: la que mantuvo con Consuelo Castillo, una joven cubana, casi cincuenta años más joven que él. Desde que la revolución de los sesenta lo liberó de sus ataduras familiares, Kepesh, profesor universitario, famoso periodista, un hombre seductor, inteligente y culto, ha vivido al margen de cualquier compromiso. Y tiene una rica fuente para sus conquistas dentro de sus propias clases. A las puertas de la vejez, la vitalidad y la hermosura de Consuelo enfrentarán al protagonista con el significado de su vida.

8- «Némesis»:

En el «calor sofocante de la Newark ecuatorial» una espantosa epidemia causa estragos y amenaza con dejar a los niños de la ciudad de Nueva Jersey mutilados, paralizados o minusválidos, e incluso con matarlos. Este es el sorprendente tema de la nueva y desgarradora obra de Roth: una epidemia de polio que tiene lugar en un tiempo de guerra, el verano de 1944, y sus efectos sobre la comunidad de Newark, regida por la cohesión y los valores de la familia, y sobre sus niños. El protagonista de Némesis es Bucky Cantor, un joven de veintitrés años responsable de las actividades al aire libre de los alumnos de una escuela, lanzador de jabalina y levantador de pesas, que vive volcado en sus pupilos y frustrado por no haber podido ir a la guerra con sus coetáneos a causa de un defecto de visión.

9- «La Humillación»:

Los diez libros imprescindibles de Philip Roth
ABC
«La humillación»
Para Simon Axler, uno de los principales actores teatrales norteamericanos, todo ha terminado. Ya sexagenario, ha perdido su magia, su talento y la seguridad en sí mismo. Imagina que la gente se ríe de él, no puede fingir que es otra persona. Su mujer se ha ido, su público le ha abandonado, su agente no puede persuadirle de que vuelva a actuar. De repente, estalla otra trama: un deseo erótico fuera de lo corriente que sirve de consuelo a su vida desposeída, pero que es tan arriesgado y aberrante que no apunta hacia el alivio y la gratificación, sino a un final aún más sombrío y espantoso.

10- «La Mancha Humana»:

Durante el turbulento verano del escándalo Lewinsky, Coleman Silk, decano de universidad, ve cómo su carrera se arruina por pronunciar una expresión poco afortunada. La fiebre de lo políticamente correcto —la nueva caza de brujas en EE.UU.— desata, a partir de una sola frase, consecuencias devastadoras. Pero más allá de las acusaciones que recibe de ser racista o de llevar una aventura amorosa con una mujer joven, Silk guarda un secreto que debe ocultar si quiere sobrevivir en una sociedad opresiva. Philip Roth escribe con su habitual lucidez y nos deleita con la reaparición de su alter ego, el escritor Zuckerman.




sábado, 27 de agosto de 2016

Rodrigo Fresán / El chiste inmortal de Foster Wallace cumple 20 años

David Foster Wallace
Poster de T.A.
El chiste inmortal de Foster Wallace cumple 20 años

Se reedita, dos décadas después de su publicación, ‘La broma infinita’, la gran novela del escritor estadounidense, el “Kurt Cobain de la literatura” que se suicidó en 2008


RODRIGO FRESÁN
20 AGO 2016 - 17:06 COT

Un fantasma recorre Europa (y el resto de los continentes) y ese fantasma es el de David Foster Wallace. Y su cada vez más vital espectro (su cuerpo nacido en 1962, su alma estrenada en 2008, previo veloz trámite de suicidio) reaparece sosteniendo en sus manos las sagradas escrituras de la novela por la que es más y mejor recordado y, tal vez, peor comprendido y más apresuradamente inmortalizado.
La broma infinita, publicada en 1996, aquí y ahora, figurando en toda lista sobre los hitos jóvenes del fin/comienzo de milenio literario (junto a American Psycho, de Bret Easton Ellis, quien considera a Wallace un farsante sobrevalorado). La broma infinita no pasa de moda porque es una moda en sí misma, y en la web Literary Hub (http://lithub.com/infinite-jest-around-the-world/) puede seguirse su tránsito sin fronteras. Uno de esos libros —como Tristram Shandy,Moby DickEl hombre sin atributosUlises o En busca del tiempo perdido— que permanecen, incluso aunque ni se los abra, en mesas junto a la cama o en listas de promesas a incumplir para el año nuevo. Un tótem/fetiche que se divide entre adoradores u odiadores, entre los que juran por él o lo maldicen, entre los que lo consideran una inventiva Gran Novela Americana o nada más, y nada menos, que el invento de otra novela grande Made in USA.

Javier Rodríguez Marcos / El síndrome Foster Wallace


El síndrome Foster Wallace

Pese a su falta de glamour, el reportaje que escribió DFW para 'Harper's' sobre su experiencia en un crucero, es uno de los grandes relatos de viaje de la literatura contemporánea


JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
19 AGO 2016 - 17:21 COT



¿A qué hora es el snack de medianoche? ¿Para bucear hay que mojarse? ¿Toda la tripulación duerme en el barco? Este es el tipo de preguntas que escuchó David Foster Wallace en el mostrador de información del crucero al que le envió en 1995 la revista Harper’s, que a cambio recibió una crónica titulada Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Se trataba de pasar una semana navegando por el Caribe en un barco tan limpio que parecía recién hervido y en ese tiempo el novelista quedó tercero en el concurso de piernas masculinas, regateó por baratijas con niños desnutridos y comprobó que el dinero mezclado con el mal gusto produce estragos. Finalmente, dio con la fórmula que hace que en un crucero te lo pases “de muerte”: una mezcla de “relajación y estimulación, indulgencia tranquila y turismo frenético, servilismo y condescendencia”.