jueves, 18 de octubre de 2018

Roberto Burgos Cantor y el delirio caribeño

Roberto Burgos Cantor
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Roberto Burgos Cantor y el delirio caribeño


17 Oct 2018 - 9:39 AM
Marcos Fabián Herrera

 
En homenaje a Roberto Burgos Cantor, fallecido este 16 de octubre, publicamos una de las entrevistas que concedió, explayándose en los temas de la literatura del Caribe.
Cuando se le ve con gabardina negra y con anteojos a la usanza de un novelista decimonónico, fácilmente se llega a creer que nos encontramos frente a un santafereño ancestral, que porfía en su acicalada vestimenta de filipichín capitalino. Son sus libros los que revelan con mayor acierto su condición de caribeño. Roberto Burgos Cantor nació en Cartagena de indias el 4 de mayo de 1948. Su rito iniciático en la literatura se lo debe a Manuel Zapata Olivella, quien le publicara su primer cuento en la memorable revista Letras Nacionales. Su obra es un decantado empeño en alegorizar, con un singular y personalísimo matiz, la vastedad de una región colombiana, poseedora de dimensiones distintas a las ya instauradas como manidos clichés.
Al leer sus libros, se afinca la certeza de que el Caribe es una fuente inacabable de literatura. ¿Encuentra secretos vínculos entre la desaprensión y el alborozo caribeño y el permanente deseo de poetizar dichas vivencias?
En el Caribe coexisten dos estirpes. A ellas es posible seguirlas, entre otras novelas, en Cien años de soledad. Una es representada por los personajes que llevan el nombre de Aurelianos. Otra se identifica bajo el nombre de los Arcadios. Los primeros son los solitarios, los que hacen guerras, se ensimisman fabricando pescaditos de oro, descifran manuscritos. Ahí están Rafael Nuñez, Luis Carlos López, Nieto Arteta. Los otros, ruidosos, acompañados todas las veces, contando a gritos proyectos grandiosos que nunca se inician, un desafuero insaciable que jamás se colma. Ahí están los canales alternativos al de Panamá por el Atrato, la ciudad de espejos y chimeneas en una orilla agreste del Pacífico, en Cartagena de Indias, Benito, el chacero, candidato presidencial por tres veces, ofrecía un ventilador de montaña con aspas de trasatlántico para instalarlo en la colina de la popa y refrescar los calores indoblegables de julio. Sin embargo, tengo la impresión de que las miradas sobre el Caribe que se quedan en alguno de los fragmentos de su complejidad vienen de una percepción corriente en el siglo XIX. Ellas cuentan con un supuesto aval científico. Este consiste en definir a las tierras bajas, de climas cálidos, como territorios de imposibilidad para cualquier cultura, vedados al pensamiento y condenados por la eternidad al zangoloteo. Esta curiosa clasificación eurocéntrica la reprodujeron Caldas y Samper. Es argumento de discriminación, desprecio y más exclusiones. Conjeturo entonces que la vida y sus producciones, lo que Rubén Blades llama la maestra vida, es fuente de literatura. Si acaso el Caribe añade un reto más: la dificultad de nombrar y de revelar, puesto que en los mundos al margen de los prestigios literarios, expulsados de la atención privilegiada de los doctores, tener que rescatarlos de la neblina de lo invisible, demanda imaginación y quizás amor.
¿En La ceiba de la memoria, la multiplicidad narrativa, los paralelismos y alternancias temporales, son recursos que configuran un nuevo prisma de lectura de la esclavitud y sus correlaciones históricas?
Parece que la aventura de las novelas y los cuentos es el cómo. Es probable que ese cómo, aquello denominado por los estudiosos la forma, no sea nada al examinarla desprendida de la totalidad orgánica que es cada novela. Dicha forma no es superflua ni una manifestación exterior. De alguna manera corresponde a un estado de necesidad del texto, necesidad sin la cual no es lo que es y resulta impensable. Ahora, es posible el hábito, el gozo, la compulsión de oír o leer cuentos, historias, narraciones, demande a sus escritores, por tiranía del texto, estrategias sutiles, imaginativas, sellos del tiempo, como al principio cuando al contador lograba ser distinto de otro, introducía variaciones, o la que de noche en noche afinaba su voz y fortalecía el insomnio del sultán. Ahora, quizá, la sombra impudorosa de la conciencia del escritor se condensa más y no se diluye en la claridad o la espesura del relato. No tengo dudas: una novela, un libro de cuentos de relojería riesgosa encontrarán excelentes lectores. Y así a mejores lectores mejor literatura.
El componente reflexivo que acompaña cada pasaje de La ceiba de la memoria la hace distante del relato arquetípico. ¿Es el artilugio novelístico la principal herramienta para la revaloración de la historia?
La historia -sea el ángel de Benjamin, o el idiota de Shakeaspeare (Sound and Fury), o la pesadilla de Joyce, o la descripción de Braudel-tiene una manera propia de poner a flote su masa de pasado. Las novelas y los cuentos pueden surgir de los intersticios vacíos, silenciosos, donde la huella del pasado, si acaso estuvo, se desvaneció. Por allí se cuela la imaginación y propone una inteligibilidad, un orden o un caos, una lectura. Ello será si el texto existe como literatura y eso es lo que funda. Las concepciones que pretenden trasladar los retos de una ciencia a las artes, como una manera de sosegar y obviar las dificultades propias, incluso de puerilizar los problemas, son un fracaso y una estafa.
¿Busca Ese silencio descubrir las raíces de la concepción amatoria en la mujer del litoral y la presencia del mismo en el gozo carnavalesco?
Cuando el escritor se refiere a lo que escribió se ve interferido por una especie de pudor que le impide agregar voces al texto publicado. Una manera de esquivar el impedimento que he encontrado es advertir y aceptar que el escritor como lector de sí mismo no imprime legitimidad adicional a su lectura. Está como cualquier lector, quizá con la desventaja de esa lectura que hace mientras escribe, a lo mejor en estado de atolondramiento por las condiciones de la producción literaria. Entiendo el carácter transgresor del carnaval, su ruptura instantánea de ataduras. No sabría si María de los Ángeles tiene que ver con "el gozo carnavalesco" por lo general, lleno de signos exteriores, de énfasis, que requieren deshacer la normalidad por seguro que sea el territorio que la cobija. Si algo puedo ver en Ese silencio es una aventura que indaga formas de relacionarse y se inmiscuye en rostros diversos de lo amoroso. Soy de los que considera que el amor es cómplice necesario de la libertad. Comparten quizás el amor y la libertad una sustancia común, de forma que sus expresiones están protegidas por el secreto. Tienen raíces profundas que no han sido desenterradas.
Los cuentos y relatos reunidos en los libros De gozos y desvelos y Una Siempre es la misma confrontan la fragilidad de lo humano, pero al tiempo el valor de sobreponerse con arrojo...
En algún momento de la escritura de El patio de los vientos perdidos se coló con nitidez la visión de unos cuentos. Era tan precisa la idea que no se me ocurrió ponerla en notas y tuvo el efecto de quitarme un peso adicional a las incertidumbres de esa navegación sin brújula que es escribir novelas. El peso tiene que ver con las ambiciones del arte. El escritor siente que se acerca el momento inevitable de obsesionarse con las tachaduras y reescrituras en las márgenes y entrelíneas. En ese momento, tener entre manos una continuidad lo alivia del vacío que se aproxima. En las artes no hay grados, el escritor no se diploma de nada. Cuando dejó de escribir, dejó de ser escritor. Así termina por estar cerca del abismo cada vez que cree que considera haber concluido un texto. Pero ocurrió ese noviembre de fiestas en Cartagena de Indias, yo estaba en Bogotá D.C. y sentí como que no había más líneas, más palabras, para la novela que por primera vez escribía y por primera vez creía poner el punto final. Me entretuve en corregir, en las versiones limpias, eran tiempos de la máquina de palo. Y cuando quise encontrar los cuentos que había visto, escribirlos, estaba vacío de ellos. Y de repente, una frase. Como los cantantes. Como las invenciones del jazz. Y me dediqué a perseguirla. Era distinto a lo que me había visitado antes, y así fue De gozos y desvelos. Con los años, en 2009, se publicó Una siempre es la misma. La lectura que propone tu pregunta es válida y perspicaz. Yo no lo concebí con deliberación. Creo que en cada vida íntima se da una batalla, por inconformidad o por hastío; por rechazo o por aburrimiento; y muchas veces nadie lo sabe.
El boxeador, el aristócrata, los músicos y las putas de El patio de los vientos perdidos, configuran un cuadro tan disímil y a la vez compacto difícil de ubicar por fuera del Caribe colombiano. ¿Es esta novela un tributo al delirio y fantasmagoría costeña?
Debe haber algo en los territorios de transgresión de las novelas que le permite a los personajes probar suerte con la ilusión imposible de la felicidad. Indagar por sus formas sin antecedente. Sin embargo, ese espacio propone una igualdad: quienes ingresan buscan los mismo y mediante igual procedimiento. La regla tácita es no violar las reglas. Aceptar la bella mentira de que te quieren. Dudo en llamar "delirio" a algo que percibo en el Caribe. Sus gentes no piden nada, pero lo quieren todo. Esta tensión les permite una irreverencia natural y una capacidad de burlarse de sí mismas que las hace inmunes a las migajas y sus protocolos rimbombantes, a las celebraciones de medianía. Sí hay un delirio en el Caribe: la luz. Sí hay una, como tú la llamas, "fantasmagoría": tanto sepultado en el mar. Sin duda, la mitad más un cuarto de nuestra historia, todavía deshilvanada.
¿Podría precisar las coordenadas en las que se encuentra la música y la escritura en sus libros?
No tenía conciencia de los pasadizos entre la música y mi escritura. Una vez un editor revisaba un texto que me había encargado. Yo llegué en ese momento a mirar las propuestas de ilustración que fueron confiadas a David Manzur y de entrada el editor me dijo: empecé a leer tu historia y al rato estaba dando golpecitos al suelo con las puntas de los pies. Llevaba el compás. Si paraba se detenía la lectura. Es de suponer que en el Caribe la música, por razones diversas, está metida en el cuerpo, incorporada en la vida. La música preside la vida y acompaña la muerte; aviva el dolor y dulcifica el sufrimiento; sirve de salvavidas a las flaquezas del recuerdo; e incluso propone sensibilidades sustitutivas a los vacíos de la aventura; y por supuesto interviene en las formas del movimiento, reinventa el silencio de la danza. Tengo la impresión que quien hizo evidente esa complicidad fue Guillermo Cabrera Infante. De cualquier manera la una y la otra mantienen su autonomía y sus expresiones propias. A lo mejor, ambas apuestan por encontrar el silencio.
Lo Amador se arriesgó a fabular la costa  confrontando una ciclópea sombra patriarcal. ¿Cómo asume la escritura de un universo geográfico y cultural sembrado de prevenciones en los lectores  por su manida concepción garcíamarquiana?
Parecería evidente que Gabriel García Márquez, sus cuentos y novelas, resolvieron para siempre muchos de los problemas que implicaban el paso de una escritura con las severas interferencias del mantenimiento y celebración de formas caducas impuestas como reglas del buen gusto, de los empecinamientos testimoniales de una realidad tan reciente como violenta, de concesiones a cierta noción ingenua de la diferencia, uno de cuyos fundamentos era lo exótico, lo pintoresco, un lenguaje, o, mejor, unas palabras desconocidas y sin significado en la lectura, a la aventura pendiente del encuentro con la modernidad. Por motivos que deben meditarse, hay obras de la literatura que se convierten en símbolo, en biblia de un país. Para bien y para mal. Así El Quijote es el símbolo de la libertad en España. Y, naturalmente, el de la locura. En Colombia, el inocente alborozo que condujo a millones de seres a bautizar a sus hijos con los nombres de Efraín y María y nunca con el bello de Ney, el nombre de la esclava, hallaron por fin en Cien años de soledad algo más que un directorio santo para nombrar cristianos. Dieron con un ícono que poco a poco sirvió para dar cuenta del ser latinoamericano. Sin embargo, el abrumador proceso de las interpretaciones, aunó a críticos y glosadores, comentaristas y reseñadores, estudiosos y lectores, en la coincidencia de mutar la fina intuición de Alejo Carpentier de lo real maravilloso en el repetido realismo mágico. Con los años, esa expresión, con su soberbia intocable de talismán y palabra revelada, se fundió con Macondo o macondismo. Fue despojada de su virtud y se transformó en el pernicioso hábito de nombrar y hacer responsable, explicar y justificar las desgracias, crímenes y tremendas anomalías sociales y políticas, por la supuesta pertenencia a la zona sagrada del realismo mágico. El efecto de esta aceptada y casi ilimitada explicación es devastador: el hecho condenable, el delito, la canallada se cubren de un manto benigno que envuelve la gravedad, la obliga a ingresar a un orden mágico que escapa al orden terrenal. Allí, todo puede ocurrir en la infinita perversidad humana y todo escapa a la sanción ética, a la sanción legal. Entonces el reto para los escritores es apasionante. Ni más ni menos que desajustar, desacomodar una conciencia colonizada y con deformaciones, una conciencia pervertida por la autoridad, el Gran Hermano, o como quieran llamar a los que se autoerigen en dueños del mundo. Tengo la impresión que como nunca antes, hoy, existe una literatura con registros distintos, vasos comunicantes, que dejó atrás la tradición de un solo libro, una sola novela, un solo poema. Agradezco la perspicacia de tu pregunta, pones el acento en algunos lectores y dejas que cada escritor asuma sus riesgos, su reto.

Roberto Burgos Cantor gana el Premio Nacional de Literatura de Colombia


Roberto Burgos Cantor
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Roberto Burgos Cantor gana el Premio Nacional de Literatura de Colombia


 • Viernes 27 de julio de 2018

El escritor colombiano Roberto Burgos Cantor (Cartagena, 1948) se convirtió en el Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura de Colombia con su libro Ver lo que veo, según se anunció este jueves 26 de julio. El galardón es un reconocimiento la excelencia en la producción literaria en el país latinoamericano.
El reconocimiento, que está dotado con sesenta millones de pesos, se entrega un año al género de novela y al siguiente a la poesía. Además de la dotación económica, se difunde la publicación en ferias y otros eventos literarios dentro y fuera de Colombia.
El jurado, integrado por el escritor mexicano Álvaro Enrigue y los colombianos Luis Fayad y Liliana Ramírez, dijo que la obra ganadora es el resultado de un autor maduro de imaginación fresca. “Es una novela de un gran propósito literario. Montada en una estructura compleja, que alterna los monólogos con la narración en tercera persona, en una progresión de imágenes visuales compuestas mediante un lenguaje al mismo tiempo personal y universal”.
La novela le tomó al escritor tres años. “Estaba buscando un acercamiento a ese mundo de la gente que no tiene un nombre, que no tiene un lugar en las páginas sociales; buscaba fundamentalmente un mundo sin voz y un mundo sin lugar”, comentó Burgos Cantor.
El autor explicó, además, que el premio tiene para él un gran valor a nivel personal y social. “En lo personal es un estímulo, un aliento que queda en el orden íntimo de la sensibilidad del autor, y en el orden social, sobre todo cuando se trata de un concurso que cuenta con jurados serios y de calidad”.
Ver lo que veo fue publicada por Seix Barral y se desarrolla en el siglo XX. “Sobrevivir es la única aspiración de un barrio desplazado en la costa Caribe”, indica la presentación de la editorial. “Sus habitantes, visibles desde el estorbo que le generan a esta nueva sociedad, no logran pertenecer más que a sus miedos y recuerdos. Un hombre abrazado por la ruina se refugia en el azar del juego esperando que la vida le devuelva un pedacito de luz, el pasado que ya no pasa”.
Burgos Cantor publicó cuentos en periódicos y revistas hasta 1981, cuando apareció su primer libro de cuentos, Lo amador. Además es autor de los libros de relatos De gozos y desvelosQuiero es cantarJuego de niñosUna siempre es la misma y El secreto de Alicia, así como el libro testimonio de época Señas particulares y las novelas El patio de los vientos perdidosEl vuelo de la palomaPavana del ángelLa ceiba de la memoria —ganadora del Premio de Narrativa Casa de las Américas 2009 y finalista del Premio Rómulo Gallegos 2010—, Ese silencioEl médico del emperador y su hermano y Ver lo que veo.
Este año se postularon 78 obras al concurso, publicadas entre el 1 de enero de 2016 y el 31 de diciembre de 2017. Entre ellas, el jurado seleccionó como finalistas a La perra, de Pilar Quintana; Declive, de Antonio García Ángel; La cuadra, de Gilmer Mesa; Criacuervo, de Orlando Echeverri Benedetti, y Ver lo que veo, de Burgos Cantor.
Los últimos ganadores del Premio Nacional de Novela fueron los escritores Evelio Rosero con La carroza de Bolívar (2014) y Octavio Escobar Giraldo con Después y antes de Dios (2016).


miércoles, 17 de octubre de 2018

Roberto Burgos Cantor / Diario de un viaje memorable / Coetzee en Colombia

J.M. Coetzee

Diario de un viaje memorable

El escritor colombiano que acompañó a J. M. Coetzee durante los cinco días de estancia en el país reconstruye su experiencia junto al Nobel de Literatura sudafricano.


El Nobel leyó dos textos durante un seminario en su honor en la Universidad Central y recibió un doctorado Honoris Causa en Letras y Humanidades, pero realmente se relajó en Tenjo, Cundinamarca, a donde fue de paseo.
Roberto Burgos Cantor
El Espectador, 13 de abril de 2013

Las últimas luces del atardecer de domingo dejaban una sombra rojiza en la superficie de los humedales alrededor del aeropuerto El Dorado. El avión que volaba desde Fráncfort buscaba la cabecera de la pista mientras las azafatas percibían, una vez más, el ansioso desasosiego de la tierra después de once horas sobre las nubes. Uno de los viajeros venía de China y aún no terminaba de ordenar los recuerdos de las conversaciones con Mo Yan, el Nobel de literatura del año pasado, las avenidas inacabables, los reveladores acercamientos que propicia la literatura entre mundos diferentes. Por la ventanilla vio el verde, islotes de construcciones que encendían las luces y sin llamarla vino la imagen de seis meses antes en Adelaide. Un escritor colombiano, Isaías Peña Gutiérrez, con su mujer y su hija lo visitan y lo incitan a venir a Bogotá D.C. Desde allá se asoma otra vez la sonrisa por las dos bolsas pequeñas de café del Huila.
No le pasa desapercibida una coincidencia: es abril. Sabe lo del 9 de abril de 1948 por su lectura de Vivir para contarla. Las memorias de Gabriel García Márquez. Piensa en el episodio de centenares de personas, incendios, muebles destrozados, viviendas, en su novela La edad de hierro. Ahora sale de la terminal y ha oscurecido. Un viento frío ronda y en medio del silencio las turbinas de los aviones. Se ajusta la cazadora de cuero negro con las nubes del uso en las mangas.
Lo conducen al hotel en el barrio viejo de La Candelaria. Enfrente está el palacio de San Carlos. Le muestran la ventana por la que saltó el Libertador, escaso de ropas y sin botas, para huir de los conspiradores. La historia de América en tantas ocasiones a punto de la tragedia o en la cuerda floja de la comedia.
El conserje de turno en la recepción le pregunta: ¿Cómo pronuncio su nombre, Mr. Coetzee?
En la habitación, mientras recorre con los ojos el techo de la catedral, los tejados, siente el mordisco del helaje adentro de la garganta. Su intérprete, el profesor Fernando Cuevas de la Universidad Central, llama al médico. El breve tiempo entre los saludos de bienvenida y las preguntas del clínico causan pudor. Pronto se despeja el temor de los brotes de gripa aviar en China y un diagnóstico preciso indica el tratamiento adecuado. Hay que esperar.
Una luz solar con brillo despeja la neblina de los cerros, seca la humedad y entibia el aire. J. M. Coetzee decide su menú vegetariano y sigue la prescripción médica: descansar. Poco a poco regresa el bienestar y desaparecen las incertidumbres. Atenderá la lectura de un texto de ficción inédito a las seis y media de la tarde, irá media hora antes para saludar al rector de la Universidad Central, saldrá al día siguiente a conocer algo de las afueras, la sabana. Sí. Podrá cumplir.
Alcanza a ver fugazmente parte del sueño de la Central y la Tadeo Lozano, convertir la calle 22 en un corredor cultural. Cuatro teatros, una sala de conciertos, una galería, una plazoleta, las esculturas de Carbonell, una sala de exposiciones, la conmovedora casa del Abanderado, la quinta de Bolívar, y los cerros. Quieren evitar que Coetzee vea las horripilantes cajas con plantas indecisas que dañan la carrera Séptima. Esperan que la estética del realismo sucio del alcalde retorne a la dignidad de la pobreza.
A una sala austera de más de mil butacas en la que se percibe la respiración expectante de los asistentes hace su entrada Coetzee. Se ha puesto su traje oscuro y su corbata de profesor. Camina firme, sin titubeos, y quienes lo tienen de perfil miran su cabello blanco, la frente amplia, la nariz fina y los ojos de un azul manso muchas veces escondiéndose.
Por estos tiempos los escenarios imitan las salas de las casas donde se conversa. Un sofá y dos sillones. Un atril discreto.
El rector, descendiente de profesores de griego y de pintores, y de su propio insomnio que gasta en clasificar pájaros y cucarrones, en armar modelos de buques en botellas y leer, quien trazó líneas para resolver las contradicciones de una Universidad Nacional en un país centralista, lo recibe con la bella metáfora de porque en estos países los poderes de la imaginación tienen más destino que los delirios de caudillos autoritarios.
Coetzee lee una inolvidable historia de una mujer, su hijo, los gatos y un bobo. El tono, las modulaciones, las expresiones en español, devuelven a los asistentes el olvidado goce de oír leer cuentos y novelas. Vaya con dios.
Aún quedan energías y el escritor de Sudáfrica que obtuvo el Nobel en 2003 concurre a un coctel. Allí saludó a estudiantes y profesores que escribieron ensayos sobre sus novelas. Potdevin, Montoya, Gaviria, Peña Gutiérrez, Restrepo, Cardona, Godoy, Salgado.
Vuelve al hotel. Entre bambalinas se discute la salida a la sabana y la multitudinaria marcha por la paz que se anuncia. Abril, piensa Coetzee con García Márquez y olvida a Eliot: abril es el mes más cruel.
Otra mañana luminosa. A las nueve Coetzee, puntual, se sube al carro que incierto busca una manera de salir de La Candelaria. A la marcha han venido gentes de diversas regiones. Indios, campesinos, sufridores de la violencia sin fin. ¿Por qué estas tierras parecen predispuestas a celebrar el fracaso? El automóvil toma atajos sin resultados. En las aceras pequeños fogones calientan los desayunos de caminantes que no han dormido: caminaron por días para llegar a la capital y su sordera inmemorial.
Dos horas en rutas imprevistas dejan al escritor ver barrios, zonas, gentes de diversa condición. Pasan el puente sobre el río Bogotá y un aroma a podredumbre antigua despierta su curiosidad. En la ribera lo espera el profesor Joaquín Molano: toda una vida estudiando la sabana, sus transformaciones de millones de años, de altiplanicie a sabana, los pastos y árboles, las flores. Le precisa las que vinieron de Sudáfrica. Muestra las mariamulatas del Caribe, y de Enrique Grau, que ahora saltan de las cercas de alambre a los árboles.
Pronto se llega a Tenjo. La plaza con espléndidos cauchos sabaneros una muestra de las poblaciones de la conquista española. Desde el otro lado llega el himno nacional y un altavoz rememora el nueve de abril. Liberales gaitanistas los habitantes de Tenjo. Alguien relata que así ocurre en Santa Cruz de Mompox, donde unos inmigrantes italianos, los de Filippo, desde 1949 en su casa a la orilla del río, ponen en la calle los equipos de sonido para oír los discursos de Jorge Eliécer Gaitán.
Coetzee oye con inamovible respeto. A veces se marcan los cauces en el rostro de sus setenta y tres años.
Entonces el historiador y la historiadora del municipio lo conducen a la iglesia. Le muestran con orgullo los Vásquez y Ceballos que aún cuelgan, los que no se han robado. La insistencia en lo doloroso de las imágenes de la virgen. Isaías Peña le explica una placa en piedra donde el poder civil se entrega a un culto determinado en plena república.
J. M. Coetzee tiene ánimo para caminar. La historiadora conduce al grupo al mirador de Tenjo. Una preciosa visión sobre la sabana, las colinas y las toldas de plástico de los cultivadores de flores. Le cuenta la hermosa leyenda de amor que dio forma a la colina. En lo que denominó la roca le explicó cómo las líneas grabadas eran una prueba de los ovnis. Un revuelto así de leyenda y ciencia futurista, más el aire limpio y ligero, despierta el hambre. Unas personas que rememoran la muerte de Jorge Eliécer Gaitán se despiden de un escritor que comprende, como pocos, la anomalía del mundo, su injusticia.
En un recodo de la carretera está la casa de Natalia Schönwald. El huerto sin químicos y el ámbito sabanero de la vivienda son suficientes.
Avanza la tarde con luz espléndida. Después del almuerzo, cuando ya se ha señalado la cercanía de Zipaquirá para mostrarle a Coetzee el lugar frío donde García Márquez leyó tanto piedracelismo, se sale a la huerta a tomar el café y las aguas de hierba.
Los acompañantes se quitan los zapatos y danzan sobre la hierba, arrojan las imposiciones del prestigio y la autoridad, reivindican la amistad de los libros que leyeron y saltan y se ríen. Maestros y alumnos. Coetzee se recuesta a la pared de la casa. Los mira. Observa las colinas. Apoya la cabeza y una secreta plenitud que borra las arrugas de sus mejillas lo posee. Ha llegado. Ahora está aquí.
Los editores en Colombia de Coetzee lo han invitado a una comida. Coincide con el deseo de él de conocer a algunos escritores de Colombia.
La marcha ha vencido las provocaciones al desmadre y Bogotá D.C. está tranquila. En un tercer piso de temperatura confortable se acomodan los invitados. La fraterna actitud de Alberto Ramírez y la complicidad vegetariana de Helena Gómez, completan el encuentro.
Se habla de ciclismo, de traducciones al español y el escritor siempre sin énfasis interviene.
Dos comensales, por azar, comemos la pasta vegetariana que Coetzee pide. Él no resiste al aroma del bloque de parmesano que rayan encima de la pasta. Enfrente están Fernando Gómez y Jorge Franco. Ambos con el desparpajo de la juventud hablan sin temores. La penumbra ayuda.
Fernando le pregunta: ¿Qué está leyendo?
Levanta la vista del plato y le dice que lee a Von Kleist. Entre unos y otros le contamos que en la colección de Señal que Cabalgamos de la Universidad Nacional el filósofo Luis Guillermo Hoyos lo ha traducido. Después, inevitable, hablamos de Michael Kohlhaas el criador de caballos.
Los muchachos insisten y le inquieren por otras lecturas. Dice que Robert Walser. Precisa que no es Martin.
La aceptación de esta intimidad permite a Jorge preguntarle por su procedimiento de escritura. Refiere que tiene una libreta en la cual anota aquello que no debe ser olvidado. Y un cuaderno en el cual escribe, completas, sus novelas, sus libros. Después los transcribe en el ordenador. Los manuscritos, dice, están en la Universidad de Texas.
Ahora solo escribe textos de ficción cortos y ensayos sobre otros escritores.
¿Qué atrae a los escritores que se empeñan en la renovación a leer a los europeos del Este?
Marianne Ponsford con su sonrisa de ángel travieso le ha hablado. Es posible que un texto esté hoy en sus manos.
La noche avanza y la dueña del restaurante se acerca con un libro, en un plato, para pedirle un autógrafo al escritor.
Sin apremios el amanecer avanza.
El proyecto de ir al Museo del Oro se cumple. Almuerzan en el buen restaurante del museo.
La guía de la visita ilustrada y amable. Al concluir Coetzee, contento con el recorrido, reflexiona. La encargada de mostrar salas y piezas todo el tiempo habló de los artífices y orfebres llamándolos ELLOS. Relató con delicadeza su visita a México y allí eran NOSOTROS. Esto lo llevó a hablar sobre la identidad. Contó las migraciones en su país, los genocidios y concluyó que en ese revuelto de buenos y malos uno no puede escoger sino que es una herencia completa de la cual venimos para mal y para bien.
Se apresta para recibir en la noche el doctorado honoris causa en humanidades que le otorgaría la Universidad Central. Enseguida leería su conferencia sobre la censura. Así fue. La censura como experiencia de vida y sus consecuencias en el lenguaje y la confianza entre los seres. Contó la tremenda experiencia del momento en que desclasificaron los conceptos de los censores.
Antes de salir recibió el libro con las ponencias sobre su obra leídas durante esos días.
Se siente bien Coetzee.
Desayuna y va hasta la Casa de Los Precursores de la Universidad, donde firma libros.
Mariana Guhl, la nieta del geógrafo, lo convida a montar bicicleta en esta altura. Pedalean desde la calle 24 hasta la Plaza de Bolívar.
Se acercan a la donación Botero del Banco de la República. Observa sin prisa.
La tarde se nubla y habrá que salir al aeropuerto. Destino: Santiago de Chile.
Otra vez el avión. La palpable lejanía. Los libros que serán leídos. Recordará a Neruda: Lo primero que vi fueron árboles, barrancas decoradas con flores de (…).

Roberto Burgos Cantor / El maestro del Mississippi

Willam Faulkner, París, 1925
Fotografía de William Odiorne

Roberto Burgos Cantor
EL MAESTRO DEL MISSISSIPPI

Un capricho del tiempo puso a morir en el mismo mes de julio, con un año de diferencia, a Ernest Hemingway y a William Faulkner. El viejo Hem vivió 62 años metiendo las narices en guerras, bares y de agrimensor de territorios que, una vez abandonados, su presencia marcaba para siempre. Faulkner vivió 65 y se arraigó en su tierra natal, guardián de su silencio y fundando con ambición desmesurada un mundo de ficción con mayor poder de verdad que las apariencias brumosas de la realidad.
Cada vez que el sinfín de los días anunciaba la fecha de la partida de un escritor apreciado, una especie de pudor ponía en duda el homenaje que cualquier lector limpio de canallada y respetuoso de las virtudes de la gratitud, tiene como deber del corazón, como reverencia a la construcción de memoria, como oposición a las devastaciones de la muerte.
El pudor desapareció al constatar que recordar a los maestros es la continuación del diálogo con sus libros. Que la mejor prueba del fracaso de la muerte es la inagotable fuente de placer y de saberes secretos que ofrece el texto literario, la tensión renovada entre el lector y las palabras escritas por descifrar su enigma, su infinita oferta de sentidos. A lo mejor, y en definitiva, lo que propone la obra literaria es una contemporaneidad íntima, una significación personal que vincula sin protocolos a cada lector al fondo inmenso del género humano, sea sociedad o sea montonera de dientes afilados.
Cada vez que me extravío en la poderosa corriente sin deltas del texto faulkneriano, en el cual la asfixia es ventana abierta al más allá, me vuelve la curiosidad de preguntar cuál sería el motivo de la atracción que por él sintieron renombrados escritores de estos lados. Doy por descontado que William Faulkner sabía, como pocos, que sin riesgo no hay posibilidad para el arte.
Tengo la impresión, y a lo mejor surge del bourbon que de melindroso me bebo para brindar por él, que William Faulkner le enseñó a los escritores de este lado de América, que la literatura surge de una peculiar inconformidad con los estatutos de la vida y no de una aplicación académica a interpretarla. Es decir, ayudó a borrar esa especie de complejo que infundieron en muchos creadores las academias, la escuela y las iglesias. O quizá su propia inseguridad.
Por supuesto, a cambio de esa valiosa y oportuna solidaridad, Faulkner también mostraba que la complicidad leal con la vida solicitaba un precio. Y ese no era nada distinto a entregarse a una indagación cuyo final podía ser la locura. Quizá esto vieron Rojas Herazo, García Márquez, el mayor, y Cepeda Samudio que como era loco de nacimiento buscó la armonía en el espléndido Saroyan.
Aprendieron entonces que la literatura no era el chorizo de las citas en latín, o la celebrada erudición estéril de López de Mesa, o la exaltación de ideales ejemplares. Aceptaron que la olvidada sentencia de conócete a ti mismo era la partida. Y Faulkner lo hacía con una maravillosa impiedad.
Ya por eso, por mostrar la abundancia de humanidad en la pobreza, por intentar en cada frase meter el universo, por creer que la voz humana es causa de las enfermedades, por entender que hay que jugarse el todo por el todo, por apenas eso: pequeños favores de la generosidad, hay que leerte y leerte abuelo obstinado.


martes, 16 de octubre de 2018

Cuerpo para tres / Acercamiento a Mar de leva, de Octavio Escobar





UN CUERPO PARA TRES: Partitura De Un Vacío Compartido.
Acercamiento a Mar de leva de Octavio Escobar Giraldo





Por Óscar Mauricio Castañeda Morales 



El cuerpo no se defiende, es un cuerpo que no debe ser negado sino compartido, que invita al pecado y que en medio de la desolación de la condena eterna aparece como un barco al cual aferrarse en medio de un Mar de Leva. La realidad que trasciende la piel es el pretexto que sirve de cohesión para el desarrollo de la más reciente novela del escritor colombiano Octavio Escobar Giraldo; Mar de leva desencadena una historia en la que tres personajes  exteriorizan sus cicatrices emocionales al compás de una partitura que los lleva a involucrarse íntimamente. 

Es notoria la cercanía entre pecado y carne que se da en la sociedad prostituida por la agonía de la violencia que viene azotado a Colombia los últimos años. Unos y otros acuden al cuerpo como salvación, como expiación. El cuerpo como vehículo de encuentro y desencuentro actualiza el imaginario colectivo y pone en práctica el discurso corporal como puente al vacío; recíprocamente, el espacio común de los protagonista de Mar de leva se va convirtiendo en un cataclismo de sensaciones inacabadas y perennes. Ante el cuerpo de sí mismo, Javier delimita las sensaciones de su espacio vital, es el mundo del afuera plasmado en sus atormentadas manos, manos de padre que ya no ve, manos de deseo que crece, manos que hilan y rasgan su realidad.

La necesidad de fundar corpóreamente el imaginario del otro y poner en práctica la deshumanización del adiós, es lo que lleva a Mariana a ese travestismo de sentimientos, de identidades y de sexualidad. Octavio Escobar supone un mundo que no se cuenta en las reuniones sociales pero que se describe en el interior del marco de cada ventana. El mundo del día a día se desdobla en la visión sensualista de una ciudad del Caribe instrumentalizada por el escritor para relatar los testimonios de la experiencia de tres voces, que a manera de trípode, sostienen una obra que se distancia de preocupaciones morales y se desdibuja con cada pregunta que surge de los protagonistas; es así como Elena, Mariana y Javier se descubren en sus propios paisajes.

Al analizar los relatos presentes en Mar de Leva de Octavio Escobar se puede evidenciar que durante los últimos años se ha venido generando un interés por las experiencias que impliquen un moldeamiento a las realidades secretas del ser humano; se emplea la labor del escritor a favor de intereses íntimos que representan a su vez intereses sociopolíticos, económicos y de posicionamiento geográfico. Mar de Leva desentraña una moral soterrada que funda un cuerpo que se puede besar y odiar, un cuerpo que erotiza la mirada y el tacto, un cuerpo que se desnuda y se abandona.

La estructura familiar, su incidencia en los comportamientos y preferencias, la relación sexo-placer y deseo-pecado son el telón que anuncia las migajas que Octavio Escobar va dejando alrededor del relato y que abren escenarios de debate y análisis frente a la obra y su visión de cuerpo, moral y dolor.

En el intersticio de lo desconocido podríamos configurar un momento para degustar una novela que no se gasta y que no se olvida, al igual que Después y antes de Dios nos encontramos con Mar de Leva ante un espejo que va desempañando la imagen de lo íntimo. Octavio Escobar ha logrado contar las historias nacionales desde la periferia, no es necesario descubrir el horror en los personajes que revitaliza el imaginario mediático de los noticieros, lo que interesa realmente, es descubrir a qué sabe la agonía del anonimato, del desencuentro, de las pesadillas y de la perversidad que nos convierte en héroes. La lectura de Mar de Leva debe ser por tanto garantizada desde la inclusión de un marco narrativo verosímil, una inserción no sólo de elementos circunstanciales y anecdóticos sino conceptuales, en suma, la inclusión del mundo de la vida como un campo de experiencias posibles del ser en el mundo. El lector de esta novela debe entender que en su desarrollo temático el escritor nos devela una realidad aún más perturbadora que la misma relación incestuosa de sus protagonistas: nos desnuda los propios demonios, nos denuncia el despiste de Dios.