lunes, 30 de marzo de 2015

Robin Wright / Estoy cansada de morderme la lengua

Robin Wright

“Estoy cansada de morderme la lengua”

Tras separarse de Sean Penn y romper con su pasado, la actriz es hoy una mujer segura que triunfa en el amor y en su profesión







Robin Wright, en una rueda de prensa el pasado mes de enero. / MUNAWAR HOSAIN (CORDON 
“Llevo en esta industria 30 años y estoy cansada de morderme la lengua”. Así empieza la entrevista Robin Wright. Viste de pies a cabeza de Ralph Lauren, firma a la que se declara adicta desde que le mandaron “una bolsa llena de prendas” con las que evita ir todo el día en vaqueros y zapatillas. La nueva dama de hierro de la televisión deja claro desde el minuto uno que viene pisando fuerte. Habla de trabajo, de su carrera, de su éxito profesional en televisión —en 2014 ganó un Globo de Oro por su papel de Claire Underwood en House of Cards—, medio en el que comenzó antes de dedicarse al cine, y de sus primeros intentos como directora en una industria dominada por hombres. Tiene muy claro que su momento de brillar con luz propia ha llegado. “Tuve hijos muy pronto y en esta industria todo son apariencias. Uno tiene que saber quién es”, afirma ahora con total seguridad en sí misma.


La actriz, galardonada con el Globo de Oro como mejor actriz de televisión el año pasado, junto a su pareja, Ben Foster. / CORDON PRESS
También habla de amor, de sexo, de encontrarse a las puertas de los 50 y sentirse más deseada que nunca. Por su hombre, Ben Foster (al que le saca casi 15 años), por la industria y por el público. “Supongo que crecí tarde. Me llevó tiempo. Pero ahora estoy lista”, añade.Lista y sin pelos en la lengua, últimamente lo larga todo. De lo único que no habla es de su exesposo, Sean Penn, el hombre junto al que pasó casi 19 años entre bodas, separaciones, reconciliaciones y divorcios y con el que tuvo dos hijos, Dylan y Hopper, ahora adolescentes y haciendo su propia vida fuera de casa. Como dice en la revista Vanity Fair, que le dedica su portada en el número de abril, respeta demasiado a Penn y a sus “extraordinarios” chavales como para dedicarse a vender “felicidades y penurias pasadas” para consumo del público. Con el resto de su vida no se corta. Si en la revista reconoce que nunca había sido tan feliz, que nunca se había reído tanto y que nunca había tenido tantos orgasmos, ahora añade como quien no quiere la cosa que besar a su nuevo amor “es mi comida favorita”.
La princesa Buttercup que necesitaba ser rescatada en La princesa prometida, la joven a la sombra de Forrest Gump en todas sus andanzas, la esposa y madre eclipsada por ese huracán llamado Sean Penn, nunca había brillado tanto. Le ha costado tres décadas llegar a este punto. Ahora su apellido ya no necesita apoyarse en el de su exmarido como hizo durante años (cuando cambió su nombre al de Wright-Penn). Lo único que no le gusta de esta transición es la gravedad. Habla de esa fuerza terrestre que hace que, a su edad, sus carnes cuelguen más de lo que le gustaría. Algo increíble teniendo en cuenta el cuerpo que luce como primera dama en House of Cards, serie en la que se enfunda en sobrios y ceñidos vestidos, faldas de tubo, altos tacones de aguja e infinidad de mallas para salir a correr. “Es una armadura”, confiesa, un estilo diseñado por Kemal Harris,su estilista, y que necesita de una buena faja más incómoda que un corpiño. “No sé a quién se le puede ocurrir vestir algo así a diario”, se queja pese a la envidiada figura que le proporciona en pantalla.

Robin Wright / Adore



Robin Wright
ADORE


video


Robin Wright y Xavier Samuel
Adore, 2013
ADORE 2013 / FULL MOVIE





Robin Wright / Galería


Robin Wright
GALERÍA






Natalie Portman / El éxito no es algo que te llene o te complete


Natalie Portman
Foto de Mark Abrahams

Natalie Portman

“El éxito no es algo que te llene o te complete”


La actriz habla de su carrera tras el estreno de 'Knight of cups' en la Berlinale



    La actriz Natalie Portman, retratada en Berlín. / GETTY

    Dice que Terrence Malick llevaba años en lo más alto de su panteón personal. Cuando estudiaba Psicología en Harvard, Natalie Portman (Jerusalén, 1981) descubrió una película llamada Días del cielo. “Me fascinó. Ha sido mi favorita desde entonces”, recordaba ayer en una suite de su hotel berlinés, a la que se presentó con sonrisa indeleble y ganas de conversar. Hace diez años, la actriz se atrevió a pedir una cita a ese cineasta esquivo que había marcado sus años universitarios. “Aceptó conocerme y seguimos en contacto varios años, hasta que me llamó y me propuso esta película”.
    El resultado se titula Knight of cupsy ha dejado a la Berlinale dividida entre el aplauso y el bostezo, entre quienes ven en ella un superfluo monólogo interior con la misma carga metafísica que un anuncio de perfume y los que creen que condensa nuestro merodeo existencial en un par de horas de increíble belleza. Portman forma parte, decididamente, de los segundos. “Cada director es distinto, pero todos los rodajes se parecen. Primero te peinan y te maquillan. Luego ensayas mientras preparan las luces. Y después ruedas tres tomas, o un millar si el director es David Fincher”, bromea la actriz, “Malick te recuerda que no existen las normas. En sus películas no hay focos ni marcas en el suelo. Su único objetivo es abrazar lo fortuito y capturar algo bello cada día. Si se pone a llover, rueda bajo la lluvia. Si pasa un helicóptero, lo integra en la película. Si ve volar un pájaro, lo filma durante una hora”.
    En esta cinta lírica y sin argumento definido, un hombre en plena crisis existencial —un Christian Bale taciturno y doliente— recuerda, una por una, las relaciones que han marcado su vida. Entre ellas figura el personaje de Portman, una mujer casada con la que pondrá fin a una larga racha de aventuras con modelos y strippers. “La película resume la experiencia del hombre moderno, que busca algo sin saber qué es. A un nivel u otro, todos nos podemos identificar con eso”, afirma la actriz.

    domingo, 29 de marzo de 2015

    Silvia Gallerano / La Merda


    Silvia Gallerano
    LA MERDA
    de Cristian Ceresoli

    Pura, maldita, descarnada vida

    'La Merda', un monólogo brutal interpretado por Silvia Gallerano y firmado por Cristian Ceresoli



    Silvia Gallerano en 'La Merda'. / VALERIA TOMASULO
    Mierda. Es raro verla escrita. Pero está ahí, en nuestra cotidianeidad verbal. Muy definitoria y precisa en todos sus usos. Tal vez por eso es el título de una pieza de teatro tan sublime como brutal: La Merda. Una verbosidad nítida, real y afilada, lanzada para y contra el espectador de la boca grande y roja de una actriz desnuda: Silvia Gallerano. Un texto certero y vibrante que no pierde el ritmo, ni un solo segundo, durante la hora en la que acuchilla la conciencia del público: es de Cristian Ceresoli.
    Levantarse. Desayunar. Dormitar. Comer. Comer. Comer. Sufrir. Dejar de ser. Ser otra para los otros. Comer. Recordar. Dormir. Comer. Dejar de ser. El torrente verbal y emocional de Gallerano es el de una mujer sin nombre. Despojada de ropa y prejuicios, de barreras. “Lo segundo es mucho más difícil, absolutamente. Todo el mundo puede quitarse la ropa, pero no desnudar el alma", argumenta en un inglés moteado de tonos italianos.



    Una hora sublime

    • Se presentó en el Fringe Festival de Edimburgo en 2012 y 2013, desde entonces ha ganado premios como el The Stage Award y el Scotstman Fringe First.
    • La pieza ha colgado el cartel de no hay entradas en todos los países de su gira internacionall.
    • Se ha traducido al inglés, al danés y al checo; y está en proceso su traducción al francés, portugués y español.
    La función llega a la madrileña Sala Mirador del Centro de Nuevos Creadores dentro del XXXII Festival de Otoño a Primavera después de girar desde 2012 por decenas de países, colgando el cartel de no hay entradas, con ovaciones apabullantes y patios de butacas en pie.
    El por qué es tan complicado como simple. Simple y complicado como la vida: el deseo feroz por el éxito, el consumismo extremo, la crítica despiadada hacia el otro, hacia su parte física, lo que se ve como protagonista. Esa realidad emerge con crueldad en el libreto de Ceresoli. “Con todo el recorrido que he hecho desde que por primera vez lo tuve en mis manos, he visto que mi personaje se une a una especie de conciencia común. Fue chocante ver cómo una obra tan poética podía llegar a ser tan real”.


    La existencia sobre el escenario de una mujer que sintió, con 13 años, el suicidio de su padre, hambrienta de fama y cegada por convertirse en lo que desean y esperan los demás. Dispuesta a cualquier cosa por conseguirlo: comer hasta reventar o ingerir sus propias heces.
    Descarnada y matemática en el tono, el ritmo, el volumen del discurso. Minuciosa en el movimiento de cada músculo bajo un foco que sólo se centra en su rostro, Silvia Gallerano interpreta como una partitura la creación de Ceresoli: “Está escrito como si fuera música, es pura poesía del día a día; yo solo tengo que convertirme en el instrumento para que ese sonido fluya”.


    Han pasado tres años desde que el espectáculo se presentara en el Fringe Festival de Edimburgo con un éxito indiscutible; y Gallerano asegura que aun en ocasiones, el mismo personaje noquea, pasa a través de uno mismo: “A veces es totalmente vulnerable, y por momentos da la sensación de haber dejado de tener sentimientos”. Y eso, de todas las mierdas de las que habla La Merda, es la peor: “Dejar de ser humano es lo más inhumano. Los defectos, la falta de ética o de moral, los errores… nos hacen más humanos. Pero en el mundo en el que vivimos, en el que todo está bajo el ojo de los demás, uno puede dejar incluso de ser amigo de sí mismo”.No ha tenido que ser fácil. No lo fue. Cuenta cómo trabajó cada parte, desde la primera lectura hasta la declamación: “Recuerdo repetir una y otra vez, una y otra vez cada frase”.
    Ella, como personaje, describe ese mundo como “la sociedad de los muslos y la libertad”. Y convence. Convence todo el tiempo y con cada mueca, con las de sufrimiento, las de la desesperación o con la risa histriónica de quien expira carcajadas para alejar el dolor.
    ¿Podrían todos esos pequeños horrores convertirse, tras la digestión emocional del espectador, en un manifiesto a favor de la felicidad? “Ojalá”, contesta Gallerano. “Pero lo único que espero es que cuando el público vea la obra, y vea todo por lo que ha pasado, lo entienda. Nada más. Entendimiento”.

    Al final, en una pieza que deja al descubierto todos los temores, los anhelos y las miserias del ser humano, lo que importa es lo que ocurra al otro lado del escenario: “El público es imprevisible. No sabes cómo van a reaccionar en ningún sitio”. Algunos empatizarán con esa mujer sin escrúpulos por alcanzar lo que quiere; otros se rendirán a las críticas de la política y la sociedad contemporánea y ninguno, ninguno, podrá obviar lo que ha visto, lo que ha oído.
    Roberto Fontanarrosa (Rosario, Argentina, 1944-2007), el escritor argentino, habló de esa palabra durante el III Congreso de la Lengua Española en Rosario en 2004: “El uso de la palabra mierda es una cuestión de educación, ya que nadie puede negar que la usamos para múltiples circunstancias relacionadas con muchísimas cosas”.
    Y puso 18 ejemplos de ese uso cotidiano, delante de los Reyes de España en aquel momento. Delante del entonces presidente de la RAE, Víctor García de la Concha. Todos aplaudieron mientras esbozaban una sonrisa. Porque es cierto, porque se usa la palabra mierda a menudo. A veces, mucho. También, incluso, para definir la vida.

    EL PAÍS


    Pier Paolo Pasolini según Abel Ferrara / El hombre que dijo no

    Pier Paolo Pasolini según Abel Ferrara

    El hombre que dijo no

    Es fácil entender por qué alguien como Abel Ferrara tiene autoridad para considerarse uno de los posibles hijos de Pasolini

    Willem Dafoe, en un fotograma de 'Pasolini'.
    “Las pocas personas que han escrito la historia son las que han dicho no —los santos, los eremitas, pero también los intelectuales—, y no los cortesanos y los asistentes de los cardenales. Para ser eficaz, el rechazo no puede ser puntual, ha de ser grande, total”, le decía Pier Paolo Pasolini, horas antes de su muerte, al periodista de La StampaFurio Colombo. Esa última entrevista, recogida en el libro, iluminador e imprescindible, Demasiada libertad sexual os convertirá en terroristas (Errata Naturae), es la perfecta pieza de acompañamiento a la elegía fragmentaria, sensible y poliédrica que Abel Ferrara ha dedicado al artista italiano cuando se cumplen cuarenta años de su brutal asesinato en la playa de Ostia. Pasolini acababa de terminar una película de discurso terminal e inasumible,—Saló o los 120 días de Sodoma (1975), que no hablaba tanto del fascismo en tanto que pesadilla conjugada en pasado como de la interiorización de sus mecánicas en nuestra sociedad de consumo— y estaba a punto de iniciar su proceso de doblaje al francés. El feroz intelectual se despidió de Furio Colombo prometiéndole unas notas a la mañana siguiente para matizar sus declaraciones. Lo que apareció a la mañana siguiente fue un cadáver, corroboración macabra de algunas de las palabras del artista: “Con la vida que llevo, yo pago un precio… Es como alguien que baja al infierno. Pero cuando vuelvo —si vuelvo— he visto otras cosas, más cosas”.

    La obsesiva mirada de Sophie Calle recala en Barcelona


    Fotografía de Sophie Calle

    La obsesiva mirada de Sophie Calle 

    recala en Barcelona

    La Virreina dedica una exposición a la provocativa artista conceptual francesa


    'Que veis? El concierto. Vermeer'. Obra de Sophie Calle de 2013 / SOPHIE CALLE
    Sophie Calle no es un personaje de ficción, pero podría serlo. El escritor Paul Auster, tras escribir el guion de una película que Michael Radford no llegó a filmar sobre esta autora de perfomances, fotografías y textos, escribió Leviatán, en la que uno de sus protagonistas, María Turner, una mujer que persigue a neoyorquinos, los fotografía y se acuesta con ellos, está inspirada en la artista conceptual. “No soy yo. Yo estoy bastante más loca”, comentó el lunes divertida Calle en Barcelona, en la presentación de Modus vivendi, una amplia retrospectiva con casi una docena de sus trabajos, inaugurada en el Palacio de la Virreina de Barcelona, sede del Centre de la Imatge, en la que se repasa su obra de los últimos 30 años y que el comisario Agustín Pérez Rubio (director del Malba de Buenos Aires) ha querido que fuera una continuación de la que ya se pudo ver en España entre 1996 y 1997.
    A Sophie Calle (París, 1953) no le gustan las etiquetas. Utiliza las fotografías para explicar sus historias en las que hay mucho de ritualización de la vida cotidiana, de la suya y la de los otros; pero no le agrada que la definan como fotógrafa. También escribe largos textos que acompañan las imágenes, pero no se considera escritora. Es todo a la vez. Como en la instalación más importante de su carrera: Cuídese mucho, de 2007, con la que participó en la Bienal de Venecia de ese año. En esa obra coral, 106 mujeres (y una cotorra) escogidas por su profesión o su habilidad, interpretan, comentan, bailan y cantan su respuesta a una carta que recibió la artista en la que le decían que todo se había acabado. En La Virreina se muestra una selección de las fotografías de estas mujeres (anónimas y famosas) y sus respuestas. “Trato de fabricar piezas que funcionen con valor poético y artístico, seleccionando momentos de las vidas de las personas en los que veo potencial para colgarlos de una pared o hacer un libro”, indica.

    Sophie Calle / Mi arte es una ficción real




    Sophie Calle: 

    "Mi arte es una ficción real, no es mi vida 

    pero tampoco es mentira"

    La Virreina acoge la retrospectiva Sophie Calle. 

    Modus Vivendi, una selección de obras que recorre 

    cuatro décadas del arte de la artista francesa


    SAIOA CAMARZANA | 03/03/2015




    Sophie Calle
    Ha perseguido a gente desconocida por las calles de París, les ha fotografiado, ha llevado una agenda con todos los movimientos, ha invitado a gente a su cama a dormir para capturarlos con su cámara y ha sido motivo de inspiración para el personaje de Maria Turner del libro Leviathan de Paul Auster. También ha indagado en la naturaleza humana, en la belleza y, en una gran parte de sus proyectos, ha sido la protagonista de su arte. No inventa sino que escoge los pasajes que le interesan creando, así, un personaje a caballo entre la realidad y la ficción. Ocho años después de su última exposición en España, la Virreina, Centre de la Imatge, acoge Shopie Calle. Modus Vivendi, una selección de su trayectoria, hasta el próximo 7 de junio.

    sábado, 28 de marzo de 2015

    Tomas Traströmer / Seis inviernos


    Tomas Traströmer
    SEIS INVIERNOS


    1
    En el hotel negro duerme un niño.
    Y afuera: la noche de invierno
    donde ruedan los dados de ojos desorbitados.

    2
    Una elite de muertos petrificados
    en el cementerio de Santa Catarina
    donde el viento tirita en su armadura de Svalbard.*

    3
    Un invierno durante la guerra en que yacía enfermo
    un carámbano enorme se formó frente a la ventana.
    Harpón y vecino, recuerdo inexplicado.

    4
    Hielo colgando del borde del techo.
    Carámbanos: el gótico invertido.
    Bestiario abstracto, tetas de vidrio.

    5
    Un vagón vacío en una vía accesoria.
    Inmóvil. Heráldico.
    Viajes entre las garras

    6
    Esta noche bruma de nieve, claro de luna. La medusa lunar
    flotando ante nosotros. Nuestras sonrisas
    en el camino de regreso. Sendero encantado.


    Tomas Traströmer / Allegro

    Tomas Traströmer
    Foto de Lutfi Ozkok

    Tomas Traströmer
    ALLEGRO

    Toco a Haydn después de un día negro
    y siento un sencillo calor en las manos.

    Las teclas están listas. Los macillos golpean suavemente.
    Su resonancia es verde, animada y tranquila.

    El sonido dice que la libertad existe
    y que alguien no le paga impuestos al César

    Meto las manos en los bolsillos como Haydn
    e imito a aquel que observa tranquilamente el mundo.

    Izo la bandera de Haydn — lo cual quiere decir:
    “No nos rendimos. Pero anhelamos la paz.”

    La música es una casa de vidrio en la ladera
    donde las piedras vuelan, donde ruedan.

    Y las piedras ruedan directo hacia la casa

    Tomas Traströmer / Llanura estival


    Tomas Traströmer

    Llanura estival

    Uno ha visto tanto.
    A uno la realidad lo ha consumido tanto:
    pero al fin, ha llegado el verano:

    un gran aeropuerto -el controlador baja
    carga tras carga de gente
    congelada del espacio.

    La hierba y las flores: aquí aterrizamos.
    La hierba tiene un jefe verde.
    Yo me pongo a sus órdenes.