martes, 5 de mayo de 2015

Linsabel Noguera / Mapamundi


Linsabel Noguera

MAPAMUNDI

Bajo tu fronda joven
la piel se hace más suave

si allí me quedo
tiemblo

mi lengua te dibuja sin decoro
y entonces
te guardo en mí

eres
mi mapa del placer




Miyó Vestrini / Valiente ciudadano



Miyó Vestrini 
VALIENTE CIUDADANO
                                

                                                        

A María Inmaculada Barrios 

Morid con el pensamiento
cada mañana y ya no
temeréis morir.

(Tratado Hagakuse)



Dame, señor,
una muerte que enfurezca.
Una muerte tan ofensiva
como a los que ofendí.
Una muerte que soporte la lluvia de Santiago de Compostela,
y de paso,
mate a los que me ofendieron.

Dame, señor,
esa muerte de la intemperie
que sorprende y tranquiliza.
Haz que esté largando mocos y lágrimas,
suplicando piedad
y deseando muerte ajena.

Haz, señor,
que aquel hombre con piel inédita
reconozca en mí al animal de los olivares.
Que su cuerpo pese sobre el mío
y haga dulce
la entrada al fuego.

Te prometo haberlo visto todo.
La misma culpa con la que nací,
el mismo furor.
Haz, señor,
que esté escuchando a Vinicio de Moraes
y a María Betania
y prometiendo que mañana,
lunes,
me inscribiré en un curso para aprender brasileño.

Que venga la muerte
cuando descubras en mí
alguna oculta intención de poder
y cuando sepas,
por tus informantes,
de mis maniobras para pasar a la historia.
Cuando te digan, señor,
que he agotado todos los recursos de la fatiga
sin pedir clemencia,
entonces, señor,
dame duro.
Haz que este golpe que tengo en la frente
por abrir puertas a cabezazos
se ponga
rojo,
latiente,
doloroso.

Supongamos, señor,
que eres el bing-bang.
Que ningún territorio escapa a tu vigilancia.
Que los hots-dogs son tema de tu predilección.
Que tu deseo de mí es parte obscena
de tu personalidad.
Entonces, señor,
examina mi estómago abultado
                por los espaguetis de Portofino
                por las favadas del Guernica
                por los pasteles de coliflor de mi madre
                por los largos tragos de cerveza y ron.

Espía, señor, los rostros de mi espejo en el espejo,
                                 yo, la pusilánime astuciosa
                                 la del dedo en el aire
                                 abanicando a la aburrida concurrencia.

Podrías venir al cine, señor.
Veríamos Brazil,
La vaquilla,
Un día de campo,
El cartero y Gatsby.
Me escucharías
sacudida por la risa
y el temor.

Permíteme, señor,
contemplarme como soy:
            el rifle en la mano
            la granada en la boca
            destripando a la gente que amo.

Acuéstate conmigo en la madrugada, señor,
cuando mi respiración es un golpe de piedras
en la corriente del río.

Y verás como nada,
ni siquiera la leche de tus cantares,
puede darme una muerte que me enfurezca





La casa donde Burroughs mató

En el 10, Burroughs jugó a ser Guillermo Tell con consecuencias fatales / SAÚL RUIZ

La casa donde Burroughs mató

Calle Monterrey 122, Ciudad de México

El viejo edificio de la Ciudad de México en el que el escritor ‘beat’ disparó a su esposa es un lugar de peregrinación para sus lectores

Detrás de esta puerta, el escritor norteamericano Williams S. Burroughs (1914-1997) disparó a su esposa un 6 de septiembre de 1951. Es el apartamento 10 de un viejo edificio de la Ciudad de México. Huele a humedad y encierro, y la poca luz que se cuela por las ventanas hace que los pasillos parezcan los de un convento. El inmueble se ha convertido en un lugar de peregrinaje —macabro— para los seguidores del viejo gurú de la contracultura. Los profesores de talleres literarios traen a sus alumnos hasta el rellano para explicarles que sin este suceso sería imposible entender su obra —cuando ocurrió tenía 37 años y no había escrito gran cosa— y los adolescentes que acaban de leer sus libros, extasiados por el malditismo del autor, trepan hasta el balcón para colgar crespones negros.
A los dueños del apartamento el asunto no les hace ninguna gracia. En él viven ahora tres hermanas solteras y cinco perros que ladran cada vez que escuchan ruido de pisadas. La mayor de las hermanas asoma la cabeza segundos después de haber tocado al timbre: “Ni sabíamos quién era ese señor. Es un fastidio. Cada poco viene gente. ¿Pero qué quieren ver? Es una casa normal y corriente. Que nos dejen en paz”.
—A mí sí me va a dejar echar un vistazo, ¿verdad?
—Por supuesto que no.


Allen Ginsberg (izquierda) y William S. Burroughs, padrinos de la generación beat. / AP
La última testigo de lo que pasó allí dentro es María Cervantes, la que entonces era la portera del edifico situado en el número 122 de la calle Monterrey. Pero tiene 90 años y sufre sordera. Su hermano, Cornelio, se ocupa ahora de fregar el suelo y repartir el correo. Vive en un cuartillo de 25 metros cuadrados en la entrada. “Tengo entendido que el señor (Burroughs) era muy estudioso. Ese día le tuvo que dar la loquera. Se atrevió a ponerle un vaso en la cabeza a la mujer, como si estuviera jugando, y disparó. Falló, claro, porque estaba muy tomado”, cuenta.
Cornelio, de 73 años, es de un pueblo del interior de México, a donde viaja muy seguido. Allí no relata la historia porque cree que a nadie le interesa ni van a saber de quién está hablando. Sin embargo, en la portería recibe continuas visitas: “Vienen grupos grandes de extranjeros, como si esto fuera la Basílica. Muy interesados ellos. Sabe Dios por qué. Casi no les entiendo, hablan en inglés. Puros güeros vienen”.
Jorge García Robles, autor de The Stray Bullet: William S. Burroughs in Mexico, es quien más ha perseguido el rastro de ese revólver humeante. Hay muchas teorías sobre lo ocurrido pero la más expandida es que ese día el escritor fue a un bar de la esquina a vender un arma a otro tipo. El comprador nunca llegó y Burroughs, junto a su esposa, Joan Vollmer, subió al apartamento que era propiedad de otro estadounidense, John Healy, becario del México City College. Envalentonado por la ginebra, el escritor pidió a su mujer que se pusiera en la cabeza el vaso al que pretendía disparar, como Guillermo Tell, para demostrar a los presentes su destreza en el manejo de las armas. El pulso etílico del novelista le jugó una mala pasada, como era de esperar, y una bala impactó en la sien de Vollmer. Un reguero de sangre comenzó a extenderse por el suelo del apartamento.


Vista exterior del 122 de la calle Monterrey, en México / SAÚL RUZ
El escritor de El almuerzo desnudo fue detenido por asesinato y trasladado a la cárcel de Lecumberri, donde años después sería encarcelado también Álvaro Mutis. Allí entró en juego un protagonista fundamental de la historia, el abogado mexicano Bernabé Jurado (“el rey de los tramposos, sagaz corruptor de jueces”, según García Robles). El picapleitos logró que lo liberaran tras solo 13 días en prisión, al “demostrarse” que había sido un accidente. Esa es la versión que Burroughs ofreció entre rejas a La Prensa, un periódico sensacionalista que pensaba que entrevistaba a un chiflado cualquiera: “Mi esposa había tomado algunas copas. Yo saqué la pistola para mostrarla a mis amigos. La pistola se resbaló y cayó, golpeándose con una mesa y se descargó. Todo fue puramente accidental”.

El escritor BEF también fantasea con la idea de entrar en el apartamento, tomarse un café con las inquilinas y sacar unas fotografías . Pero es imposible
Hay quien cree que fue un vil asesinato encubierto con un halo de romanticismo, pero son los menos. El escritor y dibujante Bernardo Fernández, BEF, es el autor de la novela gráfica Uncle Bill, basada en las correrías de Burroughs en el DF. Un lunes, al salir de la consulta del psicoanalista, se asomó al portal del edificio pero la oscuridad no le invitó a darse un garbeo. BEF también fantasea con la idea de entrar en el apartamento, tomarse un café con las inquilinas y sacar unas fotografías. No se atreve porque sabe que la respuesta de las hermanas y los cinco perros es siempre la misma: “Lárguense de aquí”. El misterio de Burroughs se esconde tras esa puerta.


lunes, 4 de mayo de 2015

Vargas Llosa / Las esquinas del tiempo / Así nace el título de una novela

Mario Vargas Llosa
Poster de T.A.

Mario Vargas Llosa

Las esquinas del tiempo

  • Así nace el título de una novela

Cinco esquinas, el título de la novela que tiene proyectada Mario Vargas Llosa, es un término familiar para cualquier limeño experimentado. Se refiere a un punto de encuentro de cinco calles, en la zona de Barrios Altos, donde se cruzan autobuses, coches y peatones avezados. Ahora que estoy aquí el mundo parece gobernado por las oscilaciones de un semáforo que sirve a las cinco calles y que funciona como un faro en la incertidumbre. La zona, que está atravesada de montones de desperdicios, fachadas de rejas y paredes desolladas y pintarrajeadas, está lejos de lo que alguna vez fue. Hasta hace menos de cien años, este barrio aristocrático sirvió a su vez a la bohemia en sus tiempos de esplendor. César Vallejo, Ricardo Palma y el compositor Felipe Pinglo Alva mencionan en algunas de sus cartas sus estancias en los Barrios Altos (bautizados así porque se trata de una zona más alta que el resto de la ciudad y también por ser territorio de la aristocracia).
Esta mañana, cuando le propuse a un amigo acompañarme a Cinco esquinas, él aceptó con muchas reticencias, diciéndome que es posible que no saliéramos vivos de aquí. Los maleantes que aún pululan en la zona son parte de la historia urbana. Uno de ellos fue el mítico Tatán (llamado en honor a su héroe de la selva), un delincuente tartamudo y feroz. Su novia, la Rayo, era conocida por la velocidad con la que podía robar carteras y huir de la policía. Le contesto a mi amigo que siendo domingo es probable que los delincuentes hayan ido a misa o que estén viendo el fútbol (es la final del Campeonato, felizmente), de modo que podemos andar tranquilos. No parece muy convencido.
Cuando caminamos por sus calles, cuidadosamente destrozadas, y preguntamos por direcciones, sin embargo, la gente no deja de ser amable. Algunas mujeres caminan solas y mi amigo me advierte de que son parte de la comunidad y que los maleantes no se atreverían a tocarlas. Cerca de aquí están la Morgue Central, el Congreso de la República y el convento de la Buena Muerte, además de numerosas iglesias como la del Carmen.

Lima, a pesar de sus visos de modernidad, corteja la nostalgia
En la calle del Jirón Junín, que parte de Cinco esquinas, está la Quinta Heeren, una ciudadela de casas polvorientas y fastuosas que el arquitecto Oskar Heeren, de origen alemán, diseñó a fines del siglo XIX. Todas son casas concebidas en imitación del estilo de arquitectura austrohúngaro. La Quinta Heeren que hoy luce abandonada alguna vez albergó las embajadas de Japón, Bélgica, Francia, Estados Unidos y Alemania. Daniel Rodríguez, que acaba de filmar aquí su película de terror No estamos solos, me dice que es una zona pródiga en fantasmas. Fue aquí que en 1928, es decir, en los tiempos de boato, se produjo un famoso suicidio. El empresario japonés Seiguma Kitsutani se hizo el seppuku, debido a la vergüenza que le causaban sus problemas financieros, aunque hay versiones según las cuales su decisión obedeció a algún desastre de amor con una mulata del barrio. Pronto lo siguieron su esposa y sus hijos. Hoy es uno de los fantasmas más locuaces en un lugar poblado de colegas suyos.
En uno de sus apuntes de viaje, el escritor Paul Groussac observó que todo en Lima le daba la sensación de “una grandeza venida a menos”. Esta es una definición exacta de Barrios Altos y de Cinco esquinas, y una de las explicaciones de por qué la ciudad, a pesar de sus visos de modernidad, sigue cortejando la nostalgia como un modo de vida. Desde estas calles, en cuyas casas lujosas y polvorientas, se esconde aún un sombrero o alguna joya de tiempos remotos, Vargas Llosa se sigue preguntando en qué momento se había jodido, o no, el Perú.
Alonso Cueto es escritor peruano.



Vargas Llosa / Cuatro esquinas / Así nace el título de una novela

Mario Vargas Llosa
Poster de T.A.
Mario Vargas Llosa

Así nace el título de una obra

'Cinco esquinas' se llamará la nueva novela del Nobel peruano Mario Vargas Llosa


Panorámica del punto que da nombre al barrio limeño, Cinco esquinas, en el cual se inspira Vargas Llosa para su nueva novela. / MORGANA VARGAS LLOSA

















Durante un año, Mario Vargas Llosa trabajó en un archivo de wordal que llamó nuevanovela.doc. Los títulos de la novela, dice, le sirven para organizar la historia. Son un norte. Pero esta vez no tenía título y nunca antes le había pasado. Ha escrito novelas que tuvieron hasta tres: La ciudad y los perros se llamó antes Los impostores y La morada del héroe. También ha escrito novelas que nacieron con el título puesto, como La Casa Verde. Y títulos que aparecieron con una imagen, como Conversación en La Catedral,que surgió en cuanto tuvo la idea del barcito que serviría de escenario a la conversación que vertebra la obra.
Vargas Llosa no tenía título y hace un par de semanas, sin saberlo, salió a la calle a buscarlo. Partió de su casa de Barranco, en Lima, con gafas de sol, un gorro que le tapaba media cara y una gabardina de aires detectivescos. La ruta que tomaría ese día la había fijado, también sin saberlo, en 1952.
Un recuerdo abrió la compuerta. Era la imagen de los únicos tres meses de bohemia que vivió en su vida. Tenía 16 años y trabajaba como periodista en La Crónica. Algunas noches salía del periódico con los amigos y se iban a la casa de un dibujante al que le gustaban los valses criollos. La casita humilde donde tocaban el cajón y escuchaban y cantaban temas de Felipe Pinglo quedaba en Cinco esquinas. Ese recuerdo, que lo pudo asaltar mientras caminaba, escribía o comía un yogur, lo acompañó durante el día y, luego, trasladado al papel se convirtió en el escenario donde pasan buena parte del día dos de los personajes centrales de la (nueva) novela.
La mañana en la que seguía sin encontrar el título fue a visitar este escenario y a contrastar su recuerdo con la realidad. Nadie lo reconoció, salvo la señora que cuidaba autos en un corralón. “Usted no debería estar aquí”, le dijo, “este barrio es muy violento y solo estamos seguros los que vivimos aquí y nos conocemos”.


Una escena del barrio Cinco esquinas, en Lima. / MORGANA VARGAS LLOSA
No le sorprendieron sus palabras. Encontró, efectivamente, mucha inseguridad en el barrio, además de una decadencia irremediable. Las tiendas y casas enrejadas, personas deambulando semidesnudas, perros sin dueño, pandilleros y anuncios de espiritistas pegados en las paredes. “Los mismos callejones y quintas parecen existir desde la época que yo era joven y se han ido deteriorando, llenando de basura y de una especie de subhumanidad, de gentes muy marginales que han abandonado las esperanzas”, recuerda en Madrid Vargas Llosa.
Pero lo que más le impresionó fue la Quinta Heeren, una residencia muy elegante de la Lima del siglo XIX. “Aquí estaban las embajadas de Japón, de Francia, de Estados Unidos. Todavía existen, pero están totalmente en ruinas y habitadas por gallinazos. Cuando haces un pequeño ruido salen por las puertas y las ventanas las nubes de gallinazos que viven aquí”.
Le pareció que este barrio empobrecido y ruinoso dentro de una Lima en pleno proceso de transformación encajaba perfectamente en la vida de los dos personajes. “Son periodistas que representan quizás la forma más degradada del periodismo, que es el periodismo de la chismografía y del amarillismo. Es una novela que tiene que ver mucho con esa subcultura contemporánea y que es tan universal porque la comparten el mundo desarrollado y el subdesarrollado. Prácticamente no hay cultura ni lengua que no tenga ese periodismo de la chismografía y el escándalo. Que esta especie de lumpen periodístico emerja de los muladares de las quintas miserables de Cinco esquinas tiene mucho sentido”.
Mientras caminaba por el barrio de Cinco esquinas no sabía todavía que estaba pisando, literalmente, el título de su novela. Tendría todavía que llegar a casa, visitar otras dos veces el barrio para seguir apoderándose de las imágenes que irán vistiendo su novela, y esperar. “Yo nunca tendría una argumentación para justificar el título de una novela y, sin embargo, la intuición me dice cuándo vale y cuándo no vale. También me pasa con los nombres de los personajes. Pero es una cosa intuitiva, no es una cosa racional. Puedo inventar razones que no me convencerían ni a mí mismo, pero sí sé cuándo el título o el apodo de un personaje lo hace visible, le da consistencia, veracidad y cuándo es una caricatura, una impostura o un disfraz”.
Una noche cenando con su esposa, Patricia, y su hija Morgana en un restaurante japonés en Lima, Vargas Llosa compartió con ellas sus impresiones de la visita a Cinco esquinas y tuvo por primera vez la intuición de un título. Pero no fue hasta llegar a Madrid que tuvo la certeza y salió de su escritorio exultante, como si acabara de ganar la lotería. La titularía Cinco esquinas.
¿Qué hizo que por fin encontrara un orden y un sentido al universo que construye día a día? ¿Fue el recuerdo de sus años de bohemia, una canción de Felipe Pinglo, la impresión que le causaron los gallinazos de la Quinta Heeren o la vida que poco a poco van cobrando los personajes? No podría ser algo racional, como él dice. Para saberlo, quizás, tendría que recurrir a uno de esos anuncios que vio en Cinco esquinas: “Espiritista piurano. Atiende preferentemente de noche”.



Mujeres en la playa / Sophie Turner II


Sophie Turner bikini

Mujeres en la playa
SOPHIE TURNER

Sophie Turner bikini


Sophie Turner bikini


Sophie Turner bikini

Mujeres en la playa / Sophie Turner I





MUJERES EN LA PLAYA

`SOPHIE TURNER I







Sophie Turner / Azul


Sophie Turner
AZUL


Sophie Turner booty shots

sophie turner ass

domingo, 3 de mayo de 2015

El compulsivo fotógrafo Winogrand

Los Angeles, 1980-1983. Gelatina de plata. 

Garry Winogrand Archive, Center for Creative Photography, University of Arizona. 

El compulsivo fotógrafo Winogrand

Disparó su cámara con singular ahínco por las aceras de Estados Unidos y rechazó las etiquetas. Una gran retrospectiva esquiva el orden temático y reencuadra su búsqueda




New York, ca. 1960, de Garry Winogrand.
"Winogrand es a todas luces un anarquista de derechas". Así se expresaba Martha Rosler en los años ochenta, en uno de sus textos dedicados a la crítica de la fotografía documental. Contraponía allí la figura de Garry Winogrand a la de Robert Frank, ambos de tendencia "anárquica", según ella. Mientras la obra de Frank sugeriría un anarquismo de izquierdas —por su inclinación a hacer visible y dejar ver el significado en sus imágenes—, Winogrand, por su parte, sugeriría con sus fotografías la aparente inaccesibilidad de significado y la imposibilidad de un saber social. Aunque el primero que se encargó de dejar claro este último aspecto fue el propio autor a través de sus radicales y provocadoras afirmaciones, algunas de las cuales se citan una y otra vez como verdaderos aforismos (epigramas los llamó su mentor John Szarkowski). El más conocido y mencionado es su declaración de que hacía fotografías para tratar de averiguar el aspecto que tendrá algo al ser fotografiado.


Su posición explícita consistió en llevar la explicación o la interpretación de su trabajo hacia un territorio puramente formalista. Negaba cualquier vertiente de crítica social y rechazaba entrar a valorar, o interpretar, el significado de sus obras. Esto le acarreó duras críticas desde posiciones muy diferentes. De hecho, es difícil encontrar un fotógrafo tan influyente y, a la vez, tan cuestionado como Winogrand. Desde el frente de crítica política del documental, subrayaron su voyeurismo y la espectacularización de la temática social; desde posiciones más tradicionales, se discutió la calidad de sus fotografías, calificadas a menudo como meras instantáneas o malos reportajes, y se reprochó al autor su propuesta deshumanizadora.

La extensa exposición recorre sus 30 años de trayectoria, desde la década de los cincuenta hasta
su prematura muerte en 1984
Entre una y otra posición, lo cierto es que persiste a lo largo del tiempo la fuerza y el atractivo inevitable de la obra de Garry Winogrand, quizá por su capacidad para interpelar al público, a pesar de que su principal interés como fotógrafo residiera en los problemas de construcción de la imagen fotográfica. O quizá fuera precisamente por esto, por llevar al límite su obsesión por explorar cómo se transforma en fotografía la realidad, por lo que su obra, brusca, directa, compulsiva e intensamente descriptiva, llega a pulsar en el espectador un instintivo reconocimiento. Algo que se percibe con claridad entre los visitantes de la extensa exposición que recorre sus 30 años de trayectoria, desde la década de los cincuenta hasta su prematura muerte en 1984 a la edad de 56 años.
La muestra reúne algo más de doscientas imágenes y tiene una estructura extremadamente sencilla, organizada en tres únicas secciones. Las dos primeras cubren un mismo periodo, desde sus inicios en 1950 hasta el año 1971. Una está destinada a presentar el trabajo que Winogrand realizó en las calles de Nueva York, tituladaBajando por el Bronx; y otra, más centrada en las fotografías que tomó fuera de esta ciudad, en diferentes lugares de Estados Unidos, denominada Un estudioso de Norteamérica. La tercera y última parte lleva el significativo título Auge y crisis, y está dedicada a la obra realizada por el fotógrafo en sus últimos 13 años de vida.


New York, años 1950. / GARRY WINOGRAND ARCHIVE
La decisión de no organizar por ejes temáticos esta retrospectiva es un acierto que permite centrar el discurso sobre el método fotográfico más que sobre los contenidos específicos de las imágenes. La exposición rompe con la clásica articu­lación que ofrecen los libros de Winogrand (especialmente The AnimalsWomen Are Beautiful oPublic Relations) y con los capítulos (‘The Street’, ‘Women’, ‘Zoo’, ‘On the Road’, ‘Airport’…) en que se dividía la canónica exposiciónFigments from the Real World organizada por John Szarkowski después de su muerte. Esos bloques temáticos están presentes en la nueva muestra —así como sus imágenes más conocidas—, pero se presentan repartidos y diluidos a lo largo de las tres secciones.
Encontramos la fotografía de calle dentro de la gran ciudad, la dialéctica entre humanidad y animalidad, su exploración del país a través del viaje y la carretera, la teatralidad de los actos públicos y de la vida social o su focalización sobre las mujeres. Pero lo que destaca y sirve de hilo conductor es la continua búsqueda de Winogrand en torno a la forma fotográfica y la captación de lo real, sus estrategias, sus recursos, sus soluciones, sus continuidades: los encuadres anárquicos, la ampliación del campo de visión —gracias a la utilización del gran angular—, la multiplicación de la información dentro de la toma, la subversión de la estética y las convenciones fotográficas, el bascu­lamiento de la imagen, el aprovechamiento creativo del accidente y la eventualidad, o la articulación de las miradas.

Una mirada dominada por un duro y seco humor negro, por el patetismo y lo grotesco, por la farsa y la teatralidad, la alienación y el miedo
Todo ello para construir una mirada dominada por un duro y seco humor negro, por el patetismo y lo grotesco, por la farsa y la teatralidad, la alienación y el miedo, el ruido y el caos, pero también la espera, el encuentro, el refugio e incluso el amor. Sin lugar a dudas, sigue sobresaliendo la fotografía de calle que desarrolló en la ciudad de Nueva York, organizada en torno al flujo, el cruce, la sorpresa, las miradas y las actitudes.
Winogrand fotografiaba incesantemente y acumulaba imágenes, y este carácter compulsivo con el que desarrollaba su trabajo —bien visible a lo largo de la muestra— se fue acentuando y radicalizando con los años, hasta el punto de dejar, al final de su vida, un ingente volumen de material sin revisar, positivar o ni tan siquiera revelar. El tratamiento y valoración de estos registros —muchos de ellos nunca vistos por el autor— se convierte, en cierto modo, en uno de los argumentos de esta muestra. De hecho, una considerable parte de las obras expuestas corresponden a imágenes contenidas en los múltiples carretes que dejó sin revelar o sin positivar, o a imágenes señaladas en hojas de contacto pero nunca ampliadas en vida del autor. Es esta una decisión siempre controvertida, pero que sin duda merece tenerse en cuenta, en la medida en que ofrece posibilidades para conocer y evaluar mejor a un autor, aunque sea por la vía de preferir quedarse, en último caso, con el Winogrand canónico y conocido.
Si hay un concepto que quizá pueda sintetizar el retrato global de una época y una sociedad construido a lo largo de los años por este controvertido autor es el de ansiedad. Un concepto bastante acorde al sentir de Winogrand cuando afirmaba en los sesenta que "sólo puedo llegar a la conclusión de que nos hemos perdido". La edad de la ansiedad, como tituló su largo poema W. H. Auden, ofreciendo sentido y explicación a todo un periodo y un estado de cosas: la ansiedad de un fotógrafo desarrollando compulsivamente su práctica fotográfica y la ansiedad de una sociedad y una nación.
Garry Winogrand. Fundación Mapfre. Bárbara de Braganza, 13. Madrid. Hasta el 3 de mayo.



Garry Winogrand / La verdadera belleza de las mujeres

Garry Winogrand

La verdadera belleza de las mujeres

La conocida serie de fotografías 'Las mujeres son hermosas', Garry Winogrand, llega a Moscú

Publicadas en 1975, las imágenes callejeras muestran el histórico cambio social de aquella época

ELSA FERNÁNDEZ-SANTOS Madrid 17 FEB 2014 - 01:30 CET

Una de las imágenes de la serie 'Las mujeres son hermosas' de Garry Winogrand. 
Las mujeres son hermosas, conocida serie del fotógrafo estadounidense Garry Winogrand (Nueva York, 1928-Tijuana, 1984), conocido como "el príncipe de las calles", llega esta semana al Multimedia Art Museum de Moscú. 85 fotografías del trabajo que Winogrand publicó en 1975 y que fue, en su día, un fracaso. Pero más de tres décadas después, las imágenes de Las mujeres son hermosas forman parte de un capítulo mítico de la historia de la fotografía callejera, de la crónica de un tiempo en el que miles de ciudadanas despertaron a la vida con toda su vitalidad, alegría y empuje. Comisariada por la española Lola Garrido (y coproducida por di Chroma Photography) estas instantáneas -tomadas a mujeres anónimas en piscinas, cafeterías, fiestas de sociedad y sobre todo, en las calles de Nueva York-, nos permiten revivir el momento exacto en que las cadenas saltaron por los aires dando paso a una nueva libertad.
Una explosión de vida que se simboliza en una carcajada en plena calle, un pantalón, una conversación en un banco público con un hombre negro, unas chicas abrazadas unas a otras... escotadas, bailando, mirando curiosas y sin complejos, o, acariciando en plena calle a un caballo blanco (símbolo de libertad) con un precioso niño –o niña- en los brazos. Winogrand pertenece a ese ramillete de fotógrafos gracia a los que podemos comprender mejor el siglo XX.


Una imagen de 'Las mujeres son hermosas' (1975). / GARY WINOGRAND
"Explora la manera en que las mujeres expresan su sexualidad a través de sus vestidos, peinados, sus ademanes, risas o susurros", recuerda la comisaria. "No sigue la corrección de la composición", añade. "Desobedece una y otra vez las enseñanzas básicas acerca de la pretendida 'apariencia formal de una obra de arte' y se convierte en el maestro del momento. Por tantas razones, Winogrand se considera un heredero del impacto estético de Robert Frank. Esta premeditada pérdida del equilibrio la fundamenta Robert Frank en sus célebres palabras: 'cuan pequeña puede parece cualquier cosa en una fotografía y aún así ser lo más importante”.
Tomadas en Nueva York en los años 60 y principios de los 70 sus fotografías, realizadas con una cámara de 35 mm con gran angular y la luz disponible, son casi siempre urbanas. El fotógrafo, que falleció de cáncer con 56 años (al parecer había viajado a México para someterse a un tratamiento) estaba obsesionado con “el comportamiento público” de la gente, tal y como recuerda la necrológica que Andy Grunberg le dedicó en The New York Times, un interés que le impedía centrase en un solo objeto sino en los múltiples puntos de vista de un mismo momento. "Este metafórico marco no es más que una experiencia desordenada de la propia realidad. En síntesis, Winogrand capta con su cámara todos los detalles que forman y dan sentido natural a la representación".