domingo, 23 de noviembre de 2014

Kim Kardashian / Desnuda en Playboy


Kim Kardashian
DESNUDA EN PLAYBOY






  










  
 

















 

Guadalupe Nettel / Después del invierno


El ‘mundo neurótico’ de Guadalupe Nettel 

gana el Herralde de Novela

'Después del invierno' narra la historia de un hombre y una mujer de ambientes muy diferentes. Manuel Moyano, finalista.


    Guadalupe Nettel, en una entrevista en 2013. / SAMUEL SANCHEZ
    Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973), en el pelotón de cabeza de la nueva narrativa de su país, tiene en su credo que, visto de cerca, nadie es normal. “Me gusta enfocar lo que la gente cree anormal, lo que esconde, lo que piensa que son defectos; disfruto describiendo sus manías y obsesiones, seguramente para no sentirme así tan sola”. Por eso quizá la mejor manera de definir su última obra, Después del invierno, sea aseverando que es “un encuentro chocante entre dos neuróticos”, con la que ha obtenido el 32 premio Herralde de novela, con sus respectivos 18.000 euros, que convoca editorial Anagrama.
    “No entiendo cómo no soy del Institutum Pataphysicum Granatensis”, bromea en Barcelona Nettel con el no menos particular currículo del español Manuel Moyano (Córdoba, 1963), que ha quedado finalista del galardón con la novela El imperio de Yegorov, pesadilla distópica a partir de la enfermedad parasitaria que una estudiante de antropología contrae en Papúa Nueva Guinea y que acabará desembocando en un thriller político pespunteado por reflexiones sobre la fugacidad de la existencia humana.
    Claudio, cubano afincado en Nueva York y que trabaja en una editorial (“es un personaje obsesivo, con unos rituales que ejecuta inexorablemente”), y Cecilia, una estudiante mexicana residente en París (Nettel vivió más de cinco años en la capital francesa y casi 15 en Francia) van dejando traslucir sus neurosis y fobias, que se acabarán entrecruzando en París. “En la vida chocamos con otra persona y a veces nos la trastoca por completo”, fija como génesis de la novela Nettel. O sea, en perfecta sintonía con su obra narrativa anterior, en la que destacan las novelas El huésped (con la que ya quedó finalista del premio en 2005) y la más autobiográfica El cuerpo en que nací (2011). Por eso no es de extrañar que los dos narradores sean emigrantes y sientan una incomodidad existencial: “Están en un país de prestado, no pertenecen al lugar al que quizás uno quiere estar o ser”. Ni tampoco la presencia de la muerte, ambos narradores fascinados –como la autora- por los cementerios. “Sí, tengo cierta afición a ellos, quizá consecuencia de que me gusta ir a rescatar a los muertos que siempre nos acompañan y, a su modo, nos rescatan”.
    Es inevitable rastrear en toda su obra la biografía de Nettel, marcada como ella misma ha reconocido, por sus problemas de visión reducida, que moldearon su infancia. “No es tan autobiográfica como El cuerpo en que nací, pero si hay retazos de mis experiencias”, admite, en el marco de arrancar siempre en sus obras de “historias reales y, a partir de ellas, explorar otras posibilidades, de cómo las cosas pueden ir a peor”. Se hace suyo la escritora mexicana la imagen que construyó su compatriota Juan Villoro de que la hiena debería ser la diosa de la escritura. “Me alimento de pedazos palpitantes de vidas de otros y esta es una novela de rapiña también: son fragmentos de vidas de otras personas, es un collage de varias existencias”. Apenas la música de Nick Drake (favorita de la protagonista y de su creadora) o de Miles Davis o de Keith Jarrett mitiga en la hasta ahora su novela más larga esas inquietantes obsesiones; seguramente las refuerza.
    Algo de escritura inquietante, como alguna extraña afiliación de su vida, tiene también la obra finalista de Moyano, cuya base, admitió, escribió “en apenas dos semanas”, fenómeno que atribuyó, bromeando, a su residencia en la localidad murciana de Molina de Segura, donde cayó el meteorito más grande de España (diciembre de 1858) y génesis de la explicación paranormal de que hayan tantos escritores de esa localidad (Lola López Mondéjar, Jerónimo Tristante…), la mayoría adscritos a la Muy Noble y Muy Leal Orden del Gran Meteorito de Molina de Segura.
    El tema de El imperio de Yegorov alimenta lo extraño: la enfermedad parasitaria que una expedicionaria contrae en 1967, y del que alguien pretende sacar rentabilidad económica, acaba convirtiéndose en una distopía en una historia sin voz narradora omnisciente reconocible y que es contada siempre a partir de textos: desde prospectos farmacéuticos a SMS, pasando por cartas o testamentos. “Me gustaba jugar con la deconstrucción pero narrando una historia tradicional, un thriller, insinuado sólo las famosas puntas del iceberg de una historia como definió Hemingway”, sitúa el autor, más asiduo de los relatos, y que debutó con El amigo de Kafka (2001), con el que obtuvo el premio Tigre Juan.
    Ingeniero agrónomo de profesión, Moyano es también “sátrapa trascendente” de ese Institutum Pataphysicum Granatensis que tanto seduce a Nettel y que parece seguir la del movimiento que creó en 1893 el escritor Alfred Jarry. “Se puede tomar como una chorrada o como una derivada del surrealismo; el Instituto Patafísico sigue a Jarry y aborda la ciencia de las excepciones; yo fui desocultado”, dice el autor de Dietario mágico (2002), fruto de un trabajo de campo sobre la curandería.
    Nettel (cuya novela se publicará, como la finalista, el próximo 19 de noviembre) es el octavo autor de los últimos diez ganadores que procede de América Latina y el quinto mexicano en obtener el Herralde (tras Pitol, Villoro, Sada y Enrigue). ¿Qué ocurre en México con esa eclosión de escritores? “Con la literatura no lo sé, pero en la vida cotidiana es desastroso; México es hoy mi idea del infierno: en los últimos ocho años han desaparecido 30.000 personas y cada día no se hace más que encontrar fosas y fosas llenas de cadáveres torturados o calcinados; esa violencia ya se ha extendido tanto que ya no quedan estados a resguardo; ni en México capital: en mi hasta ahora tranquilo barrio de Coyoacán la semana pasado hubo dos asesinatos”.
    Esa extensión de la violencia también se da en los feminicidios, que han trascendido la escenografía de la tristemente célebre Ciudad Juárez. “A lo largo del recorrido más o menos establecido de los inmigrantes que intentan cruzar la frontera para ir a EEUU, con su famoso tren apodado La bestia, si eres mujer tienes el 99% de posibilidades de ser, cuanto menos, violada”, constata Nettel, que recomienda sobre el tema el documental de Marcela Zamora, María en tierra de nadie. La violencia en la obra de Nettel es más soterrada y circunscrita al ámbito familiar, pero no ha de extrañar esa presencia ni la de lo oscuro o lo anormal; en el fondo, todo ello es, tristemente, lo más normal.


    Guadalupe Nettel / Ptósis



    Guadalupe Nettel

    Ptósis


    El trabajo de mi padre, como muchos en esta ciudad, es un empleo parasitario. Fotógrafo de profesión, se habría muerto de hambre -y con él toda la familia- de no haber sido por la propuesta generosa del Dr. Ruellan que, además de un salario decente, le otorgó a su impredecible inspiración la posibilidad de concentrarse en una tarea mecánica, sin mayores complicaciones. El Doctor Ruellan es el mejor cirujano de
    e párpados de París, opera en el Hôpital des 15/20 y su clientela es inagotable. Algunos pacientes prefieren incluso esperar un año para obtener una cita con él en vez de optar por un médico de menor renombre. Antes de intervenir, nuestro benefactor le exige a sus pacientes dos series de fotografías: la primera consiste en cinco tomas cercanas -de ojos cerrados y abiertos- para que quede constancia de su estado antes de la operación. La segunda se lleva a cabo una vez practicada la cirugía, cuando la herida ya ha cicatrizado. Es decir que, por más satisfactorio que les parezca el trabajo, vemos a nuestros clientes sólo dos veces en la vida. Aunque en ocasiones ocurre que el doctor cometa alguna falla -nadie, ni siquiera él es perfecto-: un ojo queda más cerrado que el otro o, por el contrario, demasiado abierto. Entonces la persona se vuelve a presentar para que le tomemos una nueva serie por la cual pagará otros trescientos euros, pues mi padre no tiene la culpa de los errores médicos. A pesar de lo que pueda pensarse, las cirugías de los párpados son muy frecuentes y sus razones innumerables, comenzando por los estragos de la edad, la vanidad de la gente que no soporta las marcas de vejez en el rostro; pero también los accidentes de coche que a menudo desfiguran a los pasajeros, las explosiones, los incendios y otra serie de imprevistos: la piel de un párpado es de una delicadeza insospechada. 


          En nuestro negocio, cercano a la Place Gambetta, en el XXeme arrondissement , mi padre tiene enmarcadas algunas fotografías que tomó durante su juventud: un puente medieval, una gitana tendiendo ropa junto a su remolque o una escultura expuesta en el jardín de Luxemburgo, con la que ganó un premio juvenil en la ciudad de Rennes. Basta verlas para saber que, en una época muy lejana, el viejo tenía talento. Mi padre también conserva en sus paredes obras de factura más reciente: el rostro de un niño muy bello que murió en el quirófano de Ruellan (un problema de anestesia) su cuerpo resplandece en la mesa de operaciones, bañado por una luz muy clara, casi celestial que entra de manera oblicua por una de las ventanas. 

        Comencé a trabajar en el estudio a la edad de quince años, cuando decidí dejar la escuela. Mi padre necesitaba un ayudante y me incorporó a su equipo. Aprendí entonces el oficio de fotógrafo médico especializado en oftalmología. Aunque después, con el paso del tiempo, me fui encargando de las labores de oficina, entre ellas la contabilidad del negocio. Pocas veces he salido a la ciudad o al campo en busca de una escena que inspire a mi veleidoso lente. Cuando paseo, generalmente lo hago sin la cámara, ya sea porque se me olvida o por miedo a perderla. Confieso sin embargo que a menudo, mientras camino por la calle o los pasillos de algún edificio, siento deseos repentinos de tomar una foto, no de paisajes o puentes como hizo alguna vez mi viejo, sino de párpados insólitos que de cuando en cuando detecto entre la multitud. Esa parte del cuerpo que he visto desde la infancia, y por la que jamás he sentido ni un atisbo de hartazgo, me resulta fascinante. Exhibida y oculta de manera intermitente, obliga a permanecer alerta para descubrir algo que de verdad valga la pena. El fotógrafo debe evitar parpadear al mismo tiempo que el sujeto de estudio y capturar el momento en que el ojo se cierra como una ostra juguetona. He llegado a creer que para eso se necesita una intuición especial, como la de un cazador de insectos, no creo que haya mucha diferencia entre un aleteo y un batir de pestañas. 

        Me cuento entre el escaso porcentaje de la gente a la que le apasiona su trabajo y, en ese sentido, me considero afortunado. Pero esto no debe causar confusiones: nuestro oficio tiene algunos inconvenientes. Por el estudio pasa toda clase de individuos, la mayoría de las veces en situaciones desesperadas. Los párpados que llegan hasta aquí son casi todos horribles, cuando no causan malestar, dan lástima. No es gratuito que sus dueños prefieran operarse. Al transcurrir los dos meses de convalecencia, cuando los pacientes, ya transformados, regresan por la segunda serie de fotografías, respiramos con alivio. Esa mejoría pocas veces alcanza el cien por ciento pero cambia por completo un rostro, su expresión, su gesto permanente. En apariencia los ojos quedan más equilibrados, sin embargo, cuando uno mira bien -y sobre todo cuando ha visto ya miles de rostros modificados por la misma mano-, descubre algo abominable: de algún modo, todos ellos se parecen. Es como si el Doctor Ruellan imprimiera una marca distintiva en sus pacientes, un sello tenue, pero inconfundible. 
        A pesar de los placeres que otorga, esta profesión, como cualquier otra, termina causando indiferencia. Recuerdo haber visto pocos casos verdaderamente memorables en nuestro establecimiento. Cuando esto ocurre, me acerco a mi padre que prepara la película en la trastienda y le pido al oído que me deje disparar el obturador. Él siempre accede, aunque sin entender la razón de mi súbito interés. Uno de esos hallazgos ocurrió hace menos de un año, en el mes de noviembre. Durante el invierno, el estudio, situado en la planta baja de una antigua fábrica, se vuelve insoportablemente húmedo y es preferible salir a la intemperie que permanecer en esa cueva gélida y oscura por las necesidades del oficio. Mi padre no estaba esa tarde y yo, muerto de frío junto a la puerta, me entretenía con las indecisiones de la lluvia mientras maldecía a una cliente que tenía más de un cuarto de hora de retraso. Cuando su silueta apareció por fin detrás de la reja, me sorprendió que fuera tan joven, debía haber cumplido cuando mucho veinte años. Un gorro negro, impermeable, le cubría la cabeza y dejaba resbalar las gotas por su cabello largo. Su párpado izquierdo estaba unos tres milímetros más cerrado que el derecho. Ambos tenían una mirada soñadora, pero el izquierdo mostraba una sensualidad anormal, parecía pesarle. Al mirarla me embargó una sensación curiosa, una suerte de inferioridad placentera que suelo experimentar frente a las mujeres excesivamente bellas. 
        Con una parsimonia exasperante, como si el retraso la tuviera sin cuidado, se acercó a preguntarme en qué piso se encontraba el fotógrafo. Seguramente me confundió con el conserje. 
        -Es aquí -le dije. -Está usted frente a la puerta. Abrí el cerrojo y, en un gesto exaltado que ella no pudo adivinar, encendí todos los reflectores, como cuando en un salón de baile hace su aparición un miembro de la realeza. En cuanto estuvo adentro se quitó el sombrero, su pelo negro y largo parecía una extensión de la lluvia. Como todos lo clientes, me explicó que había conseguido una cita con el Doctor Ruellan para que resolviera su problema. 
        "¿Cuál problema?", estuve a punto de preguntar. "Usted no tiene ninguno". Pero me abstuve. Era tan joven. no quería turbarla y preferí hacer un comentario banal: 
        -No parece usted de París, ¿de dónde viene? 
        -De Picardía. -Contestó ella con timidez, evitando el contacto con mi vista, como suelen hacer los pacientes. Sólo que ahora, en vez de agradecerlo, esa actitud esquiva me desesperó. Hubiera dado cualquier cosa por seguir mirando durante la tarde entera ese párpado pesado y al mismo tiempo frágil y habría dado el doble porque esos ojos se fijaran en mí. 
        -¿Le gusta París? -Pregunté yo, empleando un tono falsamente distraído. 
        -Sí, pero no podré quedarme mucho tiempo. En realidad he venido únicamente para la operación. 
        -París la atrapará, puede estar segura. Cuando menos lo imagine se vendrá a vivir aquí. 
        La muchacha sonrió bajando la cabeza. 
        -No lo creo. Quisiera volver cuanto antes a Pontoise, no me gustaría perder el año por esto. 
        La idea de que esa mujer viviera en otra ciudad bastó para deprimirme. Empecé a sentirme malhumorado. De manera repentina, quizás un poco brusca, interrumpí la charla para ir a buscar la película. 
        -Siéntese aquí. --La apuré al regresar. Nunca en mi vida profesional había sido tan poco amable. La muchacha ocupó el banquillo y se echó el cabello hacia atrás poniendo sus rostro en evidencia. 
        -No sé si usted está enterada -le dije simulando compasión -los resultados nunca son perfectos. Su ojo no será jamás igual al otro. ¿Se lo ha explicado el doctor? 
        Ella asintió en silencio. 
        -Pero también me dijo que los dos párpados quedarán a la misma altura. Para mí es suficiente. 
        Me disponía a enseñarle una serie de fotografías de operaciones sin éxito con el fin de desanimarla. Pensé en decirle que, de cualquier manera, quedaría con el sello inconfundible de los pacientes operados por el Doctor Ruellan, esa tribu de mutantes. Sin embargo, no tuve el valor necesario. Sin decir una palabra, coloqué el telón de fondo blanco detrás de su cabeza, apuntando el reflector hacia sus ojos. En lugar de las tres tomas habituales disparé el obturador quince veces y habría seguido así hasta el anochecer si mi padre no hubiera llegado. 
        Al escuchar el cerrojo de la puerta, apagué los proyectores de luz. La joven se puso de pie y se acercó al mostrador para firmar un cheque donde leí su nombre en letra de colegiala. 
        -Deséeme suerte -dijo.-Nos veremos dentro de dos meses. 
        No puedo describir el abatimiento en el que caí esa tarde. Revelé las fotos de inmediato; metí las más convencionales en un sobre con el sello del hospital y conservé la que me pareció mejor lograda en el cajón de mi escritorio: una toma de frente, soñadora y obscena. 
        Mis esfuerzos por olvidarla resultaron inútiles. Durante tres meses esperé con auténtico terror a que viniera por la segunda serie, de ninguna manera quería estar presente. Cada lunes echaba un vistazo a la agenda de mi padre para saber en qué momento ausentarme. Pero ella nunca vino. 
        Una tarde, a principios del verano, mientras caminaba por los muelles en busca de algún párpado interesante, volví a verla. El cause del Sena estaba sereno en esos días; las piedras reflejaban su color verde oscuro y su vaivén oscilante. Ella también iba mirando el río de modo que por poco chocamos de frente. Para mi gran sorpresa, sus ojos seguían siendo los mismos. La saludé cortésmente, haciendo lo imposible por ocultar mi júbilo, pero al cabo de unos minutos no aguanté más: 
        -¿Cambió de opinión? -Pregunt, -¿decidió no operarse? 
        -El Doctor tuvo un impedimento y fue necesario aplazar la fecha hasta el fin del año escolar. Mañana ingreso en el hospital, como no tengo familia en la ciudad permaneceré dos días interna. 
        -¿Cómo van sus estudios? 
        -La semana pasada presenté mi examen en la Sorbona. -Respondió sonriendo. -Quisiera mudarme a París. 
        Parecía contenta. En su mirada advertí esa expresión de esperanza que suelen tener los pacientes en vísperas de cirugía y que otorga a los rostros más deformes un aire de candor. 
        La invité a tomar un helado en la isla Saint Louis. Una orquesta de jazz tocaba cerca y, aunque desde donde estábamos no era posible ver a los músicos, las notas se oían en el muelle como si emergieran del río. La luz del sol le teñía los párpados de naranja. Caminamos varias horas, a veces en silencio otras hablando de lo que sucedía durante el paseo; de la ciudad o del futuro que le esperaba en ella. De haber llevado la cámara tendría ahora alguna prueba, no sólo la mujer ideal sino también del día más alegre de mi vida. 
        Al anochecer la acompañé al hotel donde se hospedaba, una pocilga cerca de Bonne Nouvelle. Pasamos la noche juntos en una cama decrépita, en peligro constante de irse al suelo. Una vez desnudos, los veinte años de diferencia que había entre nosotros se hicieron más evidentes. Le besé los párpados una y otra vez y, cuando me cansé de hacerlo, le pedí que no cerrara los ojos para seguir disfrutando de esos tres milímetros suplementarios de párpado, esos tres milímetros de voluptuosidad desquiciante. Desde el primer abrazo hasta el momento en que, agotado, apagué la lamparita de noche, sentí la necesidad de convencerla. Entonces, sin ningún tipo de pudor o inhibiciones, le rogué que no se operara, que se quedara conmigo, así, como era en ese momento. Pero ella pensó que se trataba de una cursilería, una de esas mentiras exaltadas que se dicen en circunstancias como esa. 
        Prácticamente no dormimos esa noche. ¡Si el Doctor Ruellan lo hubiera sabido! Él que siempre exige a sus pacientes el más absoluto reposo en vísperas de una cirugía. Ella llegó al pabellón pre-operatorio con unas ojeras que la hacían verse mayor y también más hermosa. 
        Le prometí acompañarla hasta el último momento y después, cuando se recuperara de la anestesia, venir a verla de inmediato. Pero no me fue posible: en cuanto la enfermera entró al cuarto para llevársela al quirófano me escapé reptando hasta el elevador. 
        Salí del hospital hecho añicos, como quien acaba de encarar una derrota. Pensé tanto en ella al día siguiente. La imaginé despertando sola, en ese cuarto hostil con olor a desinfectante. Hubiera deseado poder estar ahí acompañándola y lo habría hecho de no haber habido tanto en juego: mis recuerdos, mis imágenes de esos ojos que, de haber visto después, idénticos a los de todos los pacientes del Dr. Ruellan, habrían desaparecido de mi memoria. 
        Algunas tardes, sobre todo en los periodos austeros en que la clientela no ofrece ninguna satisfacción, pongo su fotografía sobre mi escritorio y la miro unos minutos. Al hacerlo me invade una suerte de asfixia y un odio infinito hacia nuestro benefactor, como si de alguna forma su escalpelo me hubiera mutilado. No he vuelto a salir con la cámara desde entonces, los muelles del Sena no me prometen ya ningún misterio.



    sábado, 22 de noviembre de 2014

    Octavio Escobar / Linaje de poeta

    Arthur Rimbaud en New York, 1978 - 1979
    David Wojnarowicz
    Octavio Escobar
    LINAJE DE POETA

    Desde que a Rimbaud lo dejó
    el bus en Abisinia,
    los poetas no tienen apellidos ilustres;
    Pérez, Giraldo, Ríos, Sánchez,
    como la alineación de un equipo de fútbol.
    Pero no lucen apodos
    -el tren, la flecha, el tigre-,
    ni una hinchada que los siga:
    Ariadna se quedó en Miami.
    Estoy seguro
    de que don Ricardo Silva no permitirá que su hijo
    José Asunción,
    salga a jugar con nosotros.





    Octavio Escobar / No estoy seguro de que el núcleo de mis obsesiones sea tan grande

    OCTAVIO ESCOBAR

    “NO ESTOY SEGURO DE QUE EL NÚCLEO 

    DE MIS OBSESIONES SEA TAN GRANDE” 

    Por José Manuel Sánchez Moro

    Occctavioooo
    Octavio Escobar Giraldo
    Octavio Escobar (Manizales, 1962), una de las voces más interesantes de la nueva narrativa latinoamericana, incursiona de nuevo en España con una novela truculenta y vibrante donde mantiene su exquisito gusto por el buen hacer literario y el cuidado del lenguaje, evocando los atributos más reconocibles de su alta tierra cafetera, vecina del mítico volcán nevado del Ruiz colombiano. Publicado aquí en Periférica (Saide y Destinos intermedios) y la Editora Regional de Extremadura (El álbum de Mónica Pont), ahora nos sacude y deleita con Después y antes de Dios, un libro con el que busca su consagración en nuestro país.
    P: Antes de nada, sabemos que Octavio Escobar es de buen comer. En esta nueva visita a España adonde viene para recoger el Premio de Novela “Ciudad de Barbastro” 2014 que acaba de ganar con su obra Después y antes de Dios, ¿en qué sitio lo hará para celebrar? ¿Algún local a recomendar en Madrid o Barcelona?
    Hay sitios en Barcelona y Madrid que me gustan mucho, pero quisiera que me sorprendieran en Barbastro y Valencia. Tengo la esperanza de que mis anfitriones me descubran nuevos platos, otros sabores. Como siempre, lo más probable es que me incline por comida de mar, siempre exquisita en España.
    P: Con esta de ahora, ¿cuántas visitas lleva hechas a España?
    Creo que estoy llegando a la decena de veces. Antes de hacerlo por compromisos editoriales, vine a una Edición del Festival de Teatro de Cádiz, ciudad y evento que disfruté muchísimo. En tal ocasión estuve también en Sevilla y Granada, dos ciudades de las que guardo un gratísimo recuerdo.
    P: Sabemos que la primera vez fue en 1996. Estando en Madrid, en Atocha, vio a Mónica Pont. De ese encuentro, aparentemente ordinario y casual, surge la novela El álbum de Mónica Pont, incluida en Transmutaciones. Literatura colombiana actual (ERE), volumen que sería declarado Mejor Libro de la Semana del Portal del Instituto Cervantes en 2009. ¿Cómo fue aquel encuentro?
    Esa primera vez descubría un país muy distinto a Colombia, en el que la oferta cultural era maravillosa. Como fui cineclubista y sigo siendo muy aficionado al cine, me pasé buena parte del tiempo en media docena de salas, disfrutando esencialmente de producciones europeas, y también frecuenté mucho las librerías. En esos días el rostro de Mónica Pont aparecía en grandes afiches en los túneles del metro, en una revista sensacionalista, y surgió en mi mente la idea de una novela sobre inmigrantes colombianos que jugara con esa imagen y que me permitiera, además, articular una serie de escenas eróticas inspiradas por el tratamiento que del asunto hace el escritor mexicano Juan García Ponce en sus novelas y cuentos.
    P: Esta antología, Transmutaciones (edición y prólogo de Antonio María Flórez), es una de las mejores muestras de literatura colombiana moderna. Desde que por primera vez Rubén Darío exportó influencias hispanoamericanas a Europa colonizando un mercado editorial fosilizado, ¿qué autores colombianos han tenido proyección internacional en y desde aquella época? ¿O hubo que esperar a Gabriel García Márquez y al Boom de los Sesenta con la labor de Seix Barral para que su país apareciera en el panorama internacional?
    Pocas autores colombianos han sido realmente notorios en España. Obviamente José María Vargas Vila y tal vez algunos de los poetas del grupo Piedra y cielo, por su relación con Juan Ramón Jiménez. Dos narradores colombianos de los años 50 ganaron premios importantes: Manuel Mejía Vallejo y Eduardo Caballero Calderón, pero es por supuesto la presencia de García Márquez la que abre posibilidades a su generación y a las posteriores.
    P: Octavio Escobar nació en la región cafetera de Caldas, tradicionalmente culta, cosmopolita y emprendedora, cuna del más famoso festival de teatro de América. Gran conocedor de la literatura de la zona, introdujo y prologó la antología a cara y cruz, “Estrechando Círculos” publicada en Don Benito (2000), exportando a Extremadura literatura caldense. De Arango Villegas dice ahí queposee un humor de implacable contemporaneidad, y reconoce el mérito de José Vélez Sáenz al adaptar la filosofía a la televisión… En todo el entramado literario de Caldas, siendo uno de los mejores embajadores internacionalmente de su literatura, ¿qué papel juega Octavio Escobar y su generación en la historia cultural de esta región? ¿Qué obras y nombres nos ayudarían a entenderlos mejor ahora?
    Buena parte de la literatura de mi región se ha exportado a España a través de las acciones de Antonio María Flórez, quien honra su condición binacional con tales esfuerzos y es, además, uno de nuestros poetas mayores, con un libro fundamental: Desplazados del paraíso, próximo a reaparecer. Entre los narradores, yo quisiera mencionar a Jaime Echeverri, Alonso Aristizábal. Adalberto Agudelo y Eduardo García Aguilar. Del primero la Editora Regional de Extremadura publicó un libro de cuentos breves muy precisos e irónicos, Versiones y perversiones y otras transgresiones. También pertenece a mi generación Orlando Mejía Rivera, un gran ensayista, y narrador destacado.
    P: La literatura de Octavio Escobar supone un gran recorrido, que no abandona temáticas populares y el cuento tipo o convencional… Sin embargo, todo el que se planta a analizar su obra, sorprendido, ve a uno de los escritores más versátiles del panorama actual. Nada más hay que tomar “De música ligera” (Premio Nacional de Cuento Ministerio de Cultura, 1998), para encontrarse con cuentos en los que hay voces narrativas en primera y segunda persona, cuentos que sólo son diálogos… ¿A qué se deben esos cambios de registro?, ¿qué busca con ellos?
    Busco lo que creo que todo buen escritor busca: que el tratamiento formal de la narración se corresponda con el mundo descrito y con el tema tratado. Adicionalmente busco convertir cada proyecto nuevo en un reto y en una satisfacción para mí, y no solo a nivel intelectual. Para mí la escritura es también un juego, uno muy serio pero también muy divertido, y por lo menos yo no quiero jugar siempre bajo las mismas reglas.
    P: Hay dos clases de escritores: Aquellos que, como Faulkner o Kafka, basan su producción en un mismo eje temático sobre el que giran y giran continuamente. Otros, como Vargas Llosa, son capaces de trabajar en el Perú del general Odría o, como es el caso de El sueño del celta, en la época del colonialismo europeo… Octavio Escobar estaría en el segundo subgrupo, ¿no?, si nos atenemos a los ámbitos de algunas de sus novelas: Nueva York, Madrid, Extremadura, Salamina, La Dorada, Manizales…
    Me gusta cambiar, es cierto, y me gusta creer que puedo cambiar de intereses y de registros, pero no estoy seguro de que el núcleo de mis obsesiones sea tan grande. Creo que uno evoluciona, se renueva, pero también siempre es lo que es desde el punto de vista ético, por ejemplo, que es importante para mí.
    florezescobar
    Antonio María Flórez (izquierda) con Octavio Escobar
    P: No obstante, en los trabajos de Octavio Escobar hay una insistente línea que consiste en salpicar el texto con figuras pertenecientes del imaginario colectivo (Monroe, en “De música ligera” Nino Bravo o Bee Gees y Travolta o, como en el cuento “Después del domingo”, Maradona). Algo cercano a Warhol y su pop art o a Terenci Moix, se me viene a la cabeza. ¿De dónde surge esa necesidad? ¿Pasó en el cine más tiempo que en la escuela?, pareciera…
    Puede parecer muchas cosas, pero lo esencial es que no me avergüenza admitir que los medios masivos de comunicación, en sus formas más sublimes pero también mediante las más populares y simples, me han influido. Y siento que no solo a mí. Por lo menos también a mis personajes. Creo que la cultura es vasta en sus intereses y suformas y eso enriquece nuestra vida.
    P: Su nueva novela, la de Pretextos, ¿tiene alguna relación con las publicadas en Periférica, SaideDestinos intermedios?
    Sí. Hay espacios físicos comunes y también comparten una narrativa rápida, con muchos diálogos y personajes muy caracterizados. Son tres novelas con raíces en el género negro y mucha influencia del cine. Son también, curiosamente, novelas locales, muy de la entraña de la Colombia más íntima.
    P: Después y antes de Dios, la novela premiada en Barbastro ¿qué asunto la mueve?, ¿y en qué se diferencia con su novela anterior Cielo parcialmente nublado?
    Ambas novelas se centran en mi ciudad, Manizales, una población de cuatrocientos cincuenta mil habitantes tradicional, muy conservadora, aunque en privado se presenten fortísimos contrastes. Cielo parcialmente nublado la aborda en un momento muy significativo para Colombia, la semana previa a la instalación de los diálogos de paz de 1999, y en ese sentido la convierte en un espejo de los temores y los anhelos de la clase media del país. Es un pequeño cuadro familiar lleno de sugerencias y silencios.Después y antes de Dios es, por contraste, un proyecto que le apuesta más a lo excesivo. Comienza con una mujer que mata a su madre y la vela durante dos días, en un apartamento decorado con reproducciones de las pinturas de El Greco. Es una novela en la que me quise dejar llevar por la truculencia. También es una novela muy veloz y una metáfora que espero los lectores españoles se animen a interpretar.
    pretextosP: ¿Cree que este libro será bien acogido por el lector español?, ¿en qué basa esa percepción?
    No lo sé. Pongo mi fe en la tradición del premio, que sé han ganado narradores muy importantes, y en el prestigio de Pre-Textos, una editorial muy respetada en Colombia.
    P: Y, por último, ¿se ha citado con alguien en España en esta visita para jugar al ajedrez o al baloncesto?
    Esa posibilidad depende siempre del tiempo y la generosidad de los amigos.







    Octavio Escobar / Tapas


    Octavio Escobar
    TAPAS