jueves, 21 de junio de 2018

Alberto Salcedo Ramos / “Lo que he querido ser toda la vida es un ‘disc jockey’”

El periodista y escritor colombiano Alberto Salcedo Ramos.
Alberto Salcedo Ramos

Alberto Salcedo Ramos


“Lo que he querido ser toda la vida es un ‘disc jockey’”

El escritor colombiano Alberto Salcedo Ramos contesta a las preguntas de El País.


DORA LUZ ROMERO
Madrid 26 AGO 2015 - 10:18 COT

Alberto Salcedo Ramos (Barranquilla, 1963) es uno de los cronistas más reconocidos en América Latina. Su gran pasión por la lectura, confiesa, cambió su vida. “Suelo decir que en los libros oigo voces que me ayudan a oír mejor mi propia voz”, afirma. Ha ganado los premios periodísticos Rey de España y Ortega y Gasset. Publica en revistas como Gatopardo, SoHo, El Malpensante, Etiqueta Negra y también es profesor de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano creada por Gabriel García Márquez.
¿Cuál es el último libro que le hizo reír a carcajadas?
Toda Mafalda, el estupendo libro de Quino publicado por Ediciones de la Flor.
¿Cuál es su rutina para escribir?
Me gusta escribir desde por la mañana. No puedo escribir ni media línea mientras esté sin acicalar. Necesito ducharme y vestirme como si fuera a realizar una visita muy importante.
¿A qué personaje literario se asemeja a usted?
Me identifico más con ciertos narradores que con los personajes. A veces me descubro fantaseando con la idea de que yo escribí Cartas desde la Rue Taitbout, el hermosísimo libro de William Saroyan.
¿Con quién le gustaría sentarse en una fiesta?
Al lado del tipo que pone la música, a ver si puedo escoger algunas de las canciones. En el fondo lo que he querido ser toda la vida es un disc jockey.
¿Cuál es su lugar favorito en el mundo?
El mar de Montego Bay, en Jamaica, a las cinco y media de la tarde.
¿Qué libro le hubiese gustado haber escrito?
El secreto de Joe Gould. Me gusta la delicadeza con la que Joseph Mitchell perfila al personaje mitómano y algo triste de este hermoso relato.
Si pudiera tener un superpoder sería...
Hacerme invisible a voluntad. Viviría mejor informado si tuviera el superpoder de ver sin ser visto.
En una fiesta de disfraces ¿de qué se disfrazaría?
De marimonda. Este es uno de los personajes más importantes del Carnaval de Barranquilla, la ciudad donde nací. Es un disfraz hecho a mi medida porque encarna a un personaje procaz y disidente.
¿Qué cambiaría de usted mismo?
García Márquez decía que lo más importante que aprendió cuando cumplió cuarenta años, fue a decir “no”. Yo tengo cincuenta y dos y sigo sin aprender. No sabes cuánto me complico por tener el defecto de decirle “sí” a todo.
¿Cuándo fue la última vez que lloró?
Siempre he sido muy llorón. Mis hijos dicen que soy capaz de llorar hasta despidiendo un avión de carga.
¿Cuál es el mejor consejo que le dieron sus padres?
Mi madre me decía: “encontrarás quien te critique sin mala intención; encontrarás quien te elogie sin buena intención”.
¿Cuándo fue más feliz?
Una tarde en que, de repente, mientras caminaba descalzo frente al Mar Caribe, me llegó la certeza de que me gano la vida haciendo lo que me gusta.
¿Qué lo deja sin dormir?
Lo único que a veces conspira contra mi buen sueño es la acidez estomacal.
¿Cuál fue la última música que descargó?
Un pasaje de Ismael Rivera cantando a capella. Nadie ha cantado la salsa con tanto sabor.
¿Cuál es el mejor regalo que ha recibido?
Cuando tenía dieciséis años una mujer que ojalá esté leyendo esta entrevista me regaló un pañuelo con mi nombre bordado en letras azules. Ningún otro regalo me ha conmovido tanto como ese.
¿Qué le diría a Juan Manuel Santos?
Que no desista en la búsqueda de una solución negociada para el conflicto armado colombiano.

Alberto Salcedo Ramos / La crónica es el rostro humano de la noticia

Alberto Salcedo Ramos: fotografía de Julieta Solincee



BIOGRAFÍA

 “La crónica 
es el rostro humano de la noticia”

Por Froilán Escobar

Alberto Salcedo Ramos es uno de los cronistas latinoamericanos con capacidad de contagio. Nació en Barranquilla, Colombia, en 1963. Y ya se ha ganado un lugar entre los más reconocidos. El secreto, según nos dice, está en “saber mirar”, en la investigación previa y en la búsqueda de nuevos ángulos. En sus trabajos no hay palabras mágicas, pero él puede hacer que la gastada realidad nos asombre. Puede hacer, incluso, que descubramos, debajo de los repetidos sucesos que llenan a diario las páginas de los periódicos, aquellos que parece que no suceden porque, como no es conveniente para algunos que se conozcan, permanecen tapados, no se publican, hasta que alguien como él los pone al descubierto. Alberto Salcedo Ramos es uno de los culpables  de que haya cada vez más gente mirando el mundo de otra manera. O de que miremos a la gente de todos los días con otros ojos. Ese es sin duda un indicador de que estamos contagiados. Y él es, repito, uno de los culpables. Y lo peor: no se retracta. Sigue cometiendo crónicas que nos invitan a leer, que nos ponen, en plato grande, la realidad sobre la mesa. Su último libro, La eterna parranda, que acaba de publicar la editorial Aguilar, es buena muestra de esa forma suya de aderezar colombianamente sus historias.


Periodista: ¿Cuáles son para ti los ingredientes básicos para cocinar una buena crónica?

Alberto Salcedo Ramos: “Una investigación sólida y una buena narración. El cronista es producto de su mirada y de su voz. Saber mirar es saber pararse a la hora de enfocar la realidad, buscarle ángulos nuevos. La voz es la capacidad de nombrar lo que se investiga. Si tienes paciencia para mirar vas a encontrar muchas revelaciones de valor, y si además miras con inteligencia vas a ver lo que los demás no ven. La voz es el estilo”.

P: Cuáles tus temas preferidos de la realidad social de tu país: los visibles, los que aparecen en las páginas de sucesos todos los días, o  los invisibles, aquellos que por alguna razón política, religiosa, o de otra índole, no se dan a conocer y parece que no ocurren.

A.S.R.: “Puedo trabajar ambas opciones. Quizá prefiero los temas menos visibles, porque así me aparto un poco de la agenda que impone la gran prensa. A mí el tema que hoy hace ruido me empieza a interesar más adelante, cuando ya no genera histeria mediática”.

P¿Cómo te consideras como cronista? ¿En qué te pareces y en qué diferencias de los otros cronistas latinoamericanos?

A.S.R.: “Creo que todos tenemos nuestros propios rasgos como cronistas y prefiero que sea la crítica la que se encargue de hacer esas comparaciones”.

P: ¿En Colombia, qué importancia tiene la crónica para los periódicos nacionales, qué tipo de espacio le conceden, cuál es la percepción de los lectores?

A.S.R.: “En Colombia los periódicos todavía se atreven a publicar crónicas, sobre todo los de provincia. La gran prensa de la capital lo hace cada vez menos. Yo no tengo sobre la crónica una visión mesiánica. Es un género importante para darle al lector elementos de contexto que le permitan comprender y recordar. Pero se necesitan otros géneros como el reportaje de denuncia, el perfil y la columna de opinión. Los géneros no se excluyen sino que se complementan. Lo malo, para mí, es quedarse en la noticia, que aunque es la materia prima del periodismo se envejece muy pronto”.

P¿Cómo conjugas verdad con subjetividad? ¿El lenguaje de la evidencia con el lenguaje de la sugerencia? ¿De qué modo concilias ese “ser fiel a lo que pasó”, cuando el lenguaje mismo con sus elementos valorativos supone que asumimos un punto de vista, una manera nuestra de ver y valorar?

A.S.R.: “No establezco una relación antagónica entre verdad y subjetividad sino entre verdad y mentira. Todos los novios que le dicen a la novia que es la mujer más bella del mundo son subjetivos, pero todos dicen la verdad. Ahora: si el novio no le dice a la novia que es la mujer más bella sino que la ama, y resulta que no la ama, ya no está siendo subjetivo sino mentiroso. La subjetividad te da ciertas licencias en cuanto a la visión personal, pero ninguna de esas licencias pasa por alterar los datos verificables de la realidad”.

PEl imaginario humano está hecho de historias. Ahí está sin duda la más grande de las antologías de la crónica de todos los tiempos. No obstante, las antologías que se hacen,  juegan un papel de divulgación y reconocimiento a los periodistas que más se destacan en este quehacer. ¿Qué significación tuvo para ti aparecer en la antología Crónicas latinoamericanas: periodismo al límite, publicada por la Universidad San Judas Tadeo en el 2008? ¿Tiene algo que la diferencie de las otras antologías que se han hecho?

A.S.R.: “Me puse muy contento y me sentí orgulloso. Es un libro importante, que contiene crónicas que pudiéramos llamar clásicas. A mí me gusta mucho que en este libro se propicia la valoración de Pedro Lemebel, un gran cronista. El libro es pionero en este sentido”.

PLos modernistas cubrieron la noticia mediante la crónica en profundidad a finales del siglo XIX, ahora algunos medios de comunicación se proponen hacerlo de nuevo. ¿Cómo concibes tú ese abordaje de la crónica que permite mostrar los acontecimientos sociales en el momento en que se producen?

A.S.R.: “He dicho varias veces que la crónica no es un género para impacientes ni para simples notarios de los que solo llevan el sello que dice: ‘doy fe’. Se necesita una interacción más larga entre el reportero y sus personajes. No descarto que algunos hechos de valor periodístico deban cubrirse de afán y puedan convertirse en crónicas de un día para otro. Pero no es lo que suele suceder porque la crónica demanda más tiempo y más esfuerzo”.

P¿Cuáles son las ventajas para el lector de que la crónica, en lugar de destacar el hecho en sí, le dé preeminencia a los seres humanos que la protagonizan?

A.S.R.: “La crónica es el rostro humano de la noticia. En la noticia de primera página se nos informa escuetamente que hubo una inundación en un pueblo de veinte mil habitantes. La crónica te cuenta cómo fue el suceso, y te lo cuenta a través de un personaje, o de varios. Cuando el cronista aparece la inundación ya no es una simple cifra sino una vivencia que afecta a seres concretos y tangibles”.

PEn Costa Rica, nuestra universidad imparte un curso sobre la crónica en profundidad y da a conocer lo que se ha hecho y se hace en Latinoamérica y el mundo desde hace 15 años. ¿Qué importancia le concedes a la enseñanza de la crónica en las universidades y en los talleres que se imparten en los periódicos para la formación de nuevos cronistas?

A.S.R.: “Es formidable seguir promoviendo la crónica como un género que contribuye a que el periodismo, además de ser información, sea memoria”.

PLas novelas sin ficción al estilo Operación masacre de Rodolfo Walsh, o La pasión según Trelew de Tomás Eloy Martínez, hoy son textos imprescindibles del periodismo latinoamericano. En Costa Rica, un trabajo similar de investigación y entrevistas, fue realizado por dos periodistas, Jose Alberto Gatgens y Otto Vargas. Ellos son los autores de La hora del compadre, que narra la historia de la muerte de Parmenio Medina a mano de sicarios. ¿Cuál es tu valoración de esta obra?

A.S.R.: “Leí ese libro hace como un par de años. Me impresionó mucho su tono tan vivo. Puede leerse como novela y como documento, en efecto”.

PSin duda el premio de la Fundación de Nuevo Periodismo en Colombia ha sido el gran impulsor para que la crónica y los periodistas que las escriben ganen espacios tanto en periódicos y revistas como en el interés de los lectores. ¿Cuáles son, a tu entender, las posibilidades de la crónica como discurso narrativo, que puede hacerla más atractiva para el lector que los otros discursos periodísticos? ¿Qué posibles cambios podría sufrir para adaptarse a los nuevos lenguajes digitales. 

A.S.R.: “Gilbert Chesterton señaló una vez que el periodismo consiste en decir ´Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo. El reto de la crónica es ocuparse de Lord Jones cuando todavía puede contar su historia. La crónica es un género periodístico que le da valor al periódico de ayer, que vale tan poco cuando simplemente contiene noticias”.





miércoles, 20 de junio de 2018

Alberto Salcedo Ramos / Perder jugando a la colombiana

Alberto Salcedo Ramos

Perder jugando a la colombiana

19 de junio de 2018

BOGOTÁ — Al que madruga Dios le ayuda, dice el dicho. Pero la gran verdad es que, entre quienes madrugan, algunos se encuentran el botín y otros lo pierden. Hoy el partido Colombia-Japón se sentenció tempranísimo: a los tres minutos. Para entonces ya Colombia tenía un gol en contra y un hombre menos, dos calamidades que resultarían aplastantes.



A la selección de Colombia siempre le han costado los arranques: en sus doce primeros minutos en un Mundial —Chile 62— ya iba perdiendo 3-0; en los primeros quince de Estados Unidos 94, iba abajo 1-0. Aunque tengan grandes condiciones técnicas, nuestros jugadores saltan a la cancha timoratos, como si creyeran que el ardor y la concentración son dignidades que solo se obtienen después de haberse acomodado plenamente sobre el césped.
Parecieran estar convencidos de que durante los primeros minutos es imposible luchar por la pelota o tomar decisiones lúcidas. Como, además, se dedican a averiguar el propósito del rival antes que a imponer su propio plan, arrancan con un ritmo demasiado cansino: un pase cortito para allá y otro para acá, a ver qué sucede. Y lo que sucede, casi siempre, es esto: por andar creyendo que cuando el partido empieza todavía no ha empezado, rápidamente caen en desventaja.
Ahora bien: en esta tradición genuinamente nuestra, si no se comete el error al principio queda la opción de cometerlo al final. Llamémosle a eso “perder jugando a la colombiana”.
Perder jugando a la colombiana es que te metan un gol en el primer minuto, porque crees que el partido no ha comenzado, o en el último, porque crees que ya había terminado. Los jugadores colombianos siempre encuentran la forma de ausentarse mentalmente.
Hoy Dávinson Sánchez salió al frente mientras aún bostezaba y la pelota lo sobró. Eso desencadenó la jugada que produjo la expulsión de Carlos Sánchez y el penalti que le dio la ventaja tempranera a Japón. Si la FIFA otorgara trofeos a los distraídos, seríamos una potencia mundial.
Perder jugando a la colombiana empieza en la actitud insensata ante los rivales. Se reverencia al grande y se desprecia al chico. Tras el sorteo en el que se decidió el grupo de Colombia en este campeonato mundial, muchos decían: “Japón y Senegal, qué fácil. El único lío es Polonia”.
Y por andar soñando dormidos con Polonia, despertamos derrotados ante Japón.
Tenemos una actitud insana ante los rivales, dije, y acabo de descubrir que yo soy la prueba de mi propia afirmación, pues hasta ahora he hablado solo de los errores de Colombia y no he dicho que Japón mereció ganar porque jugó mejor.



Continue reading the main storyFoto

Las reacciones de los fanáticos colombianos durante el partido contra JapónCreditMauricio Dueñas Castañeda/Epa-Efe/Rex/Shutterstock/Mauricio Dueñas Castañeda/Epa-Efe/Rex/Shutterstock

Los colombianos nos reconocemos como habitantes de un país donde las emociones viajan a velocidad brutal en una montaña rusa, siempre entre la subida y el bajonazo. No somos tan buenos como afirmó Pelé en 1994, cuando vaticinó que ganaríamos el Mundial, ni tan malos como dijo el húngaro Ladislao Orslag en 1968, cuando nos dio el siguiente consejo: “Si ejercen otras actividades en las cuales crean que pueden ser sobresalientes, luchen por ellas. En fútbol, incluso si se esmeraran, van a mantenerse en un nivel mediocre a través del tiempo”.
¿Es posible sobreponerse al traspié? Eso creyeron nuestros jugadores hoy, al minuto tres, y eso creo yo ahora. Pese a que hemos mantenido una larga convivencia con la derrota, los colombianos nos negamos a tomar en serio las caídas tempranas. Esto acaba de empezar, muchachos, apenas nos estamos acomodando, espérense. Ojalá esta vez tengamos la capacidad de despertar para ponernos en pie de lucha y evitar un nuevo mazazo.
THE NEW YORK TIMES


Alberto Salcedo Ramos / "En la cancha se ve la condición humana"


Alberto Salcedo Ramos

Alberto Salcedo Ramos 

"En la cancha 

se ve la condición humana"

El cronista colombiano, uno de los mejores periodistas de Latinoamérica, le dijo a Ovación que escribir sobre deportes es buena excusa para contar otras tantas cosas


Miércoles 09 de Agosto de 2017
Alberto Salcedo Ramos no habla. El periodista y cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos cuenta. Toda frase o respuesta la transforma en relato. Imágenes, climas y evocaciones con palabras "bonitas", como acostumbra decir, verdaderos cuentos donde no faltan las palabrotas ni las risas ni el canto.

Usted es hincha de Junior de Barranquilla, ¿con qué equipo es el clásico y cómo son las cargadas?

En una época era con Unión Magdalena, el clásico era de mucha tirantez regional porque son dos ciudades hermanas entre las que hay mucha piquiña (cargada), pero no pasa como con Central y Newell's ni remotamente: no recuerdo un clásico que haya sido violento, ni verbal ni físicamente. Aunque sí las hinchadas usan la procacidad como arma. La capital de Magdalena es Santa Marta y los samarios tienen playas muy bonitas, nosotros en cambio tenemos playas horrorosas, por eso nos dicen "cagaplayas" y nuestros hinchas les responden cantando...
Salcedo Ramos interrumpe la frase y le pide a Ovación que googleé la palabra "marimonda" y "Barranquilla" en el celular. Tras las indicaciones aparece en la pantalla la foto de un muñeco muy colorido y continúa la charla. "¿Ves? Este es el disfraz más típico del carnaval de Barranquilla, un falo en la cara de una persona: pene por nariz y dos testículos, es un muñeco que sale a la calle y le hace burla social al político, al ladrón; muecas grotescas de censura al que se ha portado mal y que acompaña con un pito con sonido de pedo. Entonces los hinchas de Junior cantan: "Olelé olalá, Junior tu papá lo demás marimondá", toda una referencia al pene.
Así cuenta Salcedo Ramos una broma futbolera a la colombiana, que bien podría ser una caricia entre hinchas rivales en Rosario. El hombre de 54 años, considerado uno de los mejores periodistas narrativos latinoamericanos, dirigió en la ciudad un taller para periodistas, organizado por el Sindicato de Prensa Rosario (SPR) y la Universidad Nacional de Rosario (UNR).
Autor de innumerables crónicas publicadas en revistas de todo el mundo y amante de varios deportes escribió entre otras obras el libro "El oro y la oscuridad: la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé" (2005), convertida en una serie de 80 capítulos que se emite en el horario central de la televisión colombiana. Con Ovación, Salcedo Ramos habló de deportes y crónicas deportivas, aunque tal vez usó esos dos conceptos como pretextos para hablar de muchas otras cosas: para contar y contar.
Usted escribe y lee crónicas deportivas, ¿qué cree que les falta o les sobra a las crónicas?
En la mayoría de los diarios las crónicas se enfocan perniciosamente en el resultado, la cobertura noticiosa inmediata. No se hace esfuerzo para ir más allá y conocer a los seres humanos que protagonizan las hazañas y derrotas. Siempre me ha parecido que los deportes son buenas excusas para contar otras cosas. En la cancha se ve la condición humana, uno conoce al caballero, al solidario, al egoísta, al mezquino, al que no sabe ser hidalgo con el que ha vencido; al que conoce la derrota, al amigo, al sobrador y al ególatra. De todos modos es en el boxeo donde veo mejor la condición humana.
Y parece tan inhumano...
Sin embargo tiene un montón de elementos muy atractivos. Los boxeadores son los únicos atletas que están desnudos: los futbolistas tienen uniformes vistosos, los tenistas van de blanco impecable. Entiendo esa desnudez como una metáfora del hombre primitivo que sale a jugarse la vida contra las fieras del entorno. Además, como dice Joyce Carol Oates, la gran escritora, el boxeo es el único deporte donde no existe el verbo jugar: juegas al fútbol, al criquet, al baloncesto, pero al boxeo lo peleas. El hecho de que hagas un deporte donde no juegas tiene singularidad narrativa: lo que te estás jugando es la vida, no un resultado. Además las historias de los boxeadores son maravillosas desde el punto de vista humano. El campeón de peso pesado Larry Holmes decía en una hermosa frase: "Es duro ser negro, ¿has sido negro alguna vez? Yo fui negro cuando fui pobre". Y aunque no se crea, los boxeadores son los deportistas de alma más grande, los únicos capaces de romperse la crisma y abrazarse e irse a un bar con el rival. Sólo ellos hacen eso.
Usted dice que tampoco descalifican.
Nunca he oído a un boxeador descalificar a quien le acababa de ganar, en cambio los escritores sí lo hacen, son ególatras, ojalá tuvieran la hidalguía de los boxeadores. Los escritores son mezquinos frente al colega que triunfa: suelen ver sus logros como producto del azar. En la escritura existe la soberbia del fracaso: el escritor que no vende libros considera que eso es sexy, cree que él interpreta la sociedad mejor y por eso es marginal y conoce las llagas del hombre contemporáneo. Los boxeadores no tienen la soberbia del fracaso. Lidian a solas con el monstruo de la derrota. Cuando un futbolista sale de la cancha dice "perdimos" y esa colectivización humaniza. El boxeador en cambio pierde solo, debajo de los reflectores y delante de miles que fueron a ver cómo le rompían las costillas. Amo al boxeo.
¿Por qué hay tanta crónica de box y de fútbol pero no de deportes que practican las clases altas, como golf o polo?
En mi caso tiene que ver con que no podría escribir sobre algo con lo que no siento una empatía muy profunda. A mí el golf, el polo, el criquet me parecen tan divertidos como una hernia, son para mí exabruptos de los deportes. Los entiendo, los respeto, pero me aburren. Sí me gusta mucho la prueba de cien metros planos: me parece belleza pura, nueve segundos de adrenalina y plasticidad. Y el tenis también, hay tensión psicológica entre dos rivales de tenis, es un deporte que tiene adrenalina física y violencia psicológica, es mental como el ajedrez. Creo que los tenistas se odian más que los boxeadores, fíjate. Pero, sería bueno que hubiera grandes crónicas de golf pero, si no, yo voy a seguir durmiendo sin ellas, cuando alguien la tenga ¿me avisa por favor?
¿Cómo se hace para sorprender en una crónica de diario en papel cuando todo ya fue dicho por radio, televisión y web al terminar un encuentro deportivo?
Metiéndose por una puerta lateral, la crónica es entrar a la casa por una puerta distinta a la principal. El cronista no hace una visita: revisita. Cuando llegamos ya están en los postres, pero hay que hablar con la gente hasta descubrir que la gran noticia de ese banquete no fueron ni los postres ni el pavo sino la vida de la señora que cocinó o el resbalón del camarero. Hay que hacer el esfuerzo por encontrar la condición humana en el escenario deportivo, la gran noticia del deporte es lo que sucede en el alma de quien lo práctica, la forma de quien lo practica. A veces entre un round y otro, luego de un asalto feroz, los boxeadores envejecen diez años. O de golpe ves al futbolista gallardo y caballero incurrir en un desmán. Entonces es cuando digo que no me interesa el resultado, ya lo sabemos, me interesa la transformación de ese ser humano, la esencia. Por eso digo que el deporte es excusa.
En el ambiente deportivo la mayor cantidad de crónicas se destinan al fútbol y se justifica esa elección con que "es lo que la gente quiere", en referencia a los lectores. ¿Qué opina usted?
A veces los editores y periodistas nos arrogamos una vocería que nadie nos ha dado. Creemos que lo que nos interesa es lo que le interesa a la gente. Uno tiene que confiar que lo que se escribe sea del interés de los demás, para asumir la vocería de ese conglomerado llamado público hay que untarse de gente, meterse en el alma de las personas, interactuar con ellas, quedarse allí mucho tiempo para entender cómo son. Hay ciudades como Rosario donde el fanatismo gira en torno a sus equipos: eso no es mentira, pero los redactores deportivos tendrían que crear una pedagogía del deporte que vaya más allá de los equipos de la ciudad.
¿Por qué en la actualidad se edita tanto libro deportivo?
Debe haber mercado o no se publicarían. Hay grandes libros deportivos. Uno de mis preferidos es "Rey del Mundo", de David Remnick, es la vida de Ali escrito con un estilo inteligente, fino, agudo. Recuerdo un momento en que cuenta cómo Sonny Liston cae en la lona frente a Ali y gatea buscando su protector bucal, y Remnick lo describe como "un somnoliento que quiere despertarse y apagar el despertador". Maravilloso. Para lograr eso se necesita entre otras cosas tiempo. A mí el libro de Pambelé me llevó dos años. Los libros de deportes deben tener un espíritu diferente a la página deportiva de los diarios, para un lector diferente, más interesado en el alma y la psiquis de las personas que en los resultados del domingo. De todos modos todo el que quiera hacerlos tiene derecho, luego se someterá a las leyes del mercado y a lectores. Hay un dicho que dice que el ser humano debería tener un hijo, escribir un libro y sembrar un árbol. Yo digo en broma que el árbol debe servir para ahorcar al hijo cuando se ría del libro que escribimos. En Colombia hay más escritores que lectores, pero bueno, yo lo sigo viendo como un derecho.
¿Cuándo una crónica deportiva es buena?
Cuando está escrita con belleza, eso no es negociable. Tiene que conmoverme, asombrarme, proponerme un viaje en el que termino encontrándome en una ruta inesperada y llegando a un sitio donde parecía que no era posible llegar. Las buenas crónicas deportivas son aquellas en las que siento que me estás contando una vida. En el deporte se repite continuamente el mito de Icaro: está lleno de ángeles que vuelan y cuyas alas se derriten muy pronto, eso trae en consecuencia duras caídas al piso. A mí no me interesa tanto Icaro cuando sube sino cuando cae, se golpea y lastima. Me gustan las que me muestran con belleza la caída, sin vulnerar la dignidad del atleta.




El comportamiento de la hinchada colombiana en Rusia avergüenza al país




El comportamiento de la hinchada colombiana en Rusia avergüenza al país

La Cancillería lamenta los videos en los que aficionados introducen alcohol al estadio o se burlan de mujeres japonesas


S. T.
Bogotá 20 JUN 2018 - 08:54 COT

Al dolor de la derrota se sumó el de la vergüenza. Los colombianos apenas comenzaban a encajar este martes el golpe que Japón le asestó a su venerada selección de fútbol, al derrotarla 2-1 en el esperado estreno de la tricolor en la Copa del Mundo de Rusia, cuando videos que exhiben la vulgaridad de algunos aficionados en los estadios mundialistas comenzaron a inundar las redes sociales. En un país muy sensible a su imagen internacional, que ha sufrido el estigma del narcotráfico en diversas manifestaciones, las imágenes que acompañaron la sorpresiva caída provocaron reflexiones sobre asuntos ajenos a lo deportivo.
En numerosos videos, aficionados colombianos se aprovechan de la cordialidad de los nipones, a quienes se les dificulta la pronunciación en español, para inducirlos a repetir vulgaridades. Pero uno en especial ha despertado indignación. En las imágenes, aparentemente en las inmediaciones del estadio de Saransk, un hombre con la camiseta amarilla de Colombia y gafas oscuras se graba simulando enseñarle español a dos sonrientes hinchas japonesas. Primero les pide que repitan el marcador del partido y después las denigra al ponerlas a repetir groserías.
Ese tipo de comportamiento no solo degrada a la mujer, insulta a otras culturas, nuestro idioma y a nuestro país. Inaudito maltratar a una mujer aprovechándose de las barreras idiomáticas”, manifestó la Cancillería colombiana en sus redes sociales. “Invitamos a los connacionales que portan la camiseta tricolor y que representan a miles de colombianos en el Mundial de Rusia a fomentar el respeto y el buen trato. Rechazamos los malos comportamientos; no representan nuestra cultura, nuestro idioma y nuestra raza”.
Para empeorar el ánimo nacional, otros videos y audios mostraron a colombianos burlando las normas de seguridad de los estadios rusos, que prohíben la venta de botellas de alcohol, para introducir aguardiente en unos binoculares.
Un día después de que los colombianos vieran los vídeos de sus compatriotas, han llegado las primeras consecuencias. Avianca, principal aerolínea del país, ha informado en un comunicado que ha despedido al joven que introdujo alcohol en el estadio de manera ilegal. "Rechazamos toda actuación que vaya en contravía de nuestros principios y valores. Esta es la acción puntual de Avianca Holdings con relación al comportamiento del empleado que violó la normatividad".
El colombiano que denigró a dos mujeres japonesas se ha disculpado en una entrevista con la radio local W Radio. "Me dejé llevar por mis sentimientos, acababa de salir del partido", ha asegurado. El hincha reconoce que sus actos no están justificados, aunque al mismo tiempo ha afirmado que "hay cosas más delicadas en Colombia como para darle a este suceso tanta trascendencia".

La malicia

En Colombia suele ser tolerado un alto grado de “malicia” mal entendida, pero en años recientes ha crecido la idea de que una sociedad solo avanza cuando se cumplen las reglas y se combate la ilegalidad. En lugar de celebrar esos actos de “picardía”, en las redes sociales se generó este martes una oleada de rechazo con tendencias como #NosHacenQuedarMal. Por contraste, muchos colombianos compartieron las imágenes de hinchas japoneses que se quedaron en el estadio ayudando a recoger la basura, un gesto por el que la afición nipona ya se ha hecho célebre en varios escenarios del mundo. Muchos asocian ese acto no solo con la idiosincrasia, también con el alto grado de desarrollo del país asiático. Todo sea dicho, aficionados con la camiseta amarilla también ayudaron a limpiar el Mordovia Arena.
Sobre el césped, Colombia se convirtió este martes en la primera selección sudamericana que pierde con una asiática en un Mundial de fútbol. Pero su estadística deportiva no fue lo único desafortunado en su serie de enfrentamientos con equipos de ese continente en meses recientes. La FIFA sancionó al volante Edwin Cardona por llevarse las manos a los ojos en un gesto racista durante un amistoso frente a la selección de Corea en noviembre. Ese episodio bien pudo haber sido el factor determinante para que terminara excluido a última hora de la lista de convocados al Mundial de Rusia.