jueves, 16 de agosto de 2018

Bram Stoker / Algo en la sangre





Algo en la sangre. 

La biografía secreta de Bram Stoker, 

el hombre que escribió Drácula

David J. Skal

Traducción de Óscar Palmer Yáñez. Es Pop Ediciones. Madrid, 2017. 672 páginas, 30€
JASON ZINOMAN | 27/10/2017



Las historias de vampiros ya circulaban mucho antes de que Drácula empezase a sorber sangre. Entonces, ¿qué tenía el conde transilvano para cautivar la imaginación del público y convertirse en uno de los personajes más famosos de la literatura moderna? La respuesta fácil es: el sexo vende. Más que cualquier otro monstruo del terror clásico, Drácula conjuga las amenazas violenta y carnal. La novela gótica de Bram Stoker revitalizó la leyenda del vampiro -señala Stephen King acertadamente- porque “jadea con auténtica energía sexual”. Algo en la sangre es un examen a fondo del origen de esa respiración agitada [y coincide con el lanzamiento en España de Los poderes de la oscuridad (Ed. B), la versión perdida que Stoker escribió con V. Ásmundsson en 1901].

David J. Skal (Ohio, 1952) lleva más de un cuarto de siglo siguiendo los pasos a Drácula, desde que se presentó en público en 1990 con Hollywood Gothic, una crónica de la evolución de este malvado personaje desde el monstruo brutal de la literatura a la gallarda estrella del cine. También ha escrito una biografía de Tod Browning, director de la película original, y ha coeditado una versión comentada de la novela. Su dominio del material y sus dotes de narrador han dado como resultado un libro con autoridad y sin un solo momento tedioso, en el que el relato errante regresa siempre a los sombríos rincones de la sexualidad victoriana.

Skal plantea que Stoker era un masoquista con “una perspectiva vehementemente transgénero” reprimida por las convenciones de su tiempo. El novelista tenía inclinación a venerar a los héroes, y su vida estuvo repleta de amistades intensas con hombres carismáticos, entre ellos Walt Whitman. Skal se extiende páginas y páginas sobre una nota de admirador dedicada al poeta por Stoker, que suena como el perfil extravagantemente emotivo para una página de contactos. La relación más importante para el novelista fue la que mantuvo con Henry Irving, el famoso actor del siglo XIX. En sus críticas teatrales, Stoker se deshacía en elogios a las actuaciones de Irving antes de empezar a trabajar como su gerente. “Henry Irving era el maestro que había estado buscando toda su vida”, afirma Skal. “El actor iba a regenerarlo, y la devoción que Stoker sentía por él fue el éxtasis exquisito de un mártir”.

Drácula nació en el teatro. Los malvados reyes demoníacos de las pantomimas inglesas prendieron la imaginación del Stoker niño, al igual que lo haría más tarde Irving con sus giros melodramáticos. El famoso crucifijo alzado para detener el mal tuvo su origen en el montaje que el actor hizo de Fausto. Shakespeare también fue una influencia importante, en particular la sangrienta tragediaMacbeth.

El autor dedica una atención considerable a especular sobre el influjo de Oscar Wilde, a menudo mediante prolijas comparaciones con Drácula. Wilde y Stoker procedían de orígenes similares. Ambos eran licenciados por el Trinity College, irlandeses de nacimiento, que se trasladaron a Londres y se introdujeron en el teatro más o menos al mismo tiempo. Pero la documentación sobre su relación es escasa, lo cual, en el libro, los acerca en cierto modo. 

Era como si Oscar representase una parte de su vida y de su alma que Stoker simplemente optó por no reconocer o aceptar”, propone el autor. Skal se sirve de la brillantez de Wilde para iluminar a su protagonista de la misma manera que hizo Tom Stoppard en La invención del amor, su retrato de A. E. Housman. Pero la de Stoppard era una obra teatral. Y si bien el revuelo en torno al juicio de Wilde puede ilustrar el carácter explosivo de ciertos placeres sexuales tabú en los que también ahondó Drácula, sacarlo a colación revela un defecto del enfoque del libro en el sexo. 

Ninguna otra obra de Stoker recibió la misma atención que DráculaLovecraftcontaba que su éxito se debió al editor. Es revelador que Skal no haga en este libro una defensa encendida de la condición de gran escritor de Stoker, ni siquiera de la de autor infravalorado.

Al igual que los vampiros, el arte con mayúscula vive eternamente, pero esta biografía no propone que esa sea la razón por la que Drácula ha perdurado. Al hacer hincapié en las pasiones reprimidas de Stoker, quizá su sentido más provocativo sea que la novela trascendió su tiempo por formar decididamente parte del mismo. 

© NEW YORK TIMES BOOK REVIEW





El niño que se fue con las hadas

“En mi infancia”, escribió Bram Stoker sobre sus primeros años en el Dublín victoriano, “nunca supe lo que era estar de pie”. Misteriosamente postrado en la cama “hasta poco antes de cumplir los siete años”, acabaría creciendo hasta convertirse en un robusto gigante y un victorioso atleta, más alto y corpulento que su padre y sus hermanos, alzándose por encima de su familia con su metro ochenta y ocho de altura en una época en la que la estatura media de los hombres de veintiún años en Gran Bretaña era de un metro sesenta y cinco. Lo cierto es que su enfermedad coincidió con los años más duros de la Gran Hambruna en Irlanda y con una epidemia gravísima de cólera, pero Bram nunca contrajo la enfermedad ni la fiebre de la hambruna ni ninguna otra afección que pudiera explicar médicamente su incapacidad para caminar. Al tiempo, la madre del escritor contaba a sus hijos relatos espeluznantes basados en hechos reales sobre el destino de muchos emigrantes que intentaban huir de la enfermedad embarcándose hacia Norteamérica y que acababan arrojados por la borda; de enfermos enterrados en vida o incluso de familias y pueblos enteros exterminados por el hambre o el cólera. Para huir del horror, cuenta David J. Skal, Stoker leía de manera incansable cuentos de hadas franceses y alemanes, vertidos al inglés, en los que tampoco faltaba la crueldad. 

Si añadimos la costumbre de ciertas zonas de la Irlanda rural de disfrazar a los chicos de niñas para evitar que fuesen raptados por el pueblo de las hadas, se comprende mejor la fascinación temprana de Stoker por el horror, la muerte, la imaginación, la inestabilidad y la ambigüedad de los géneros. También los estudios críticos modernos de Drácula han acabado “dominados por investigaciones psicosexuales de la multiplicidad de transgresiones de género presentes en la novela, que bullen hasta dar paso al horror”, sostiene el biógrafo.
EL CULTURAL

De dónde son los vampiros

¿De dónde surgen los vampiros?

A pesar de que fue el escritor Bram Stroker el que utilizó la imagen del vampiro “chupasangre” en su libro Drácula, el mito ha subsistido como sinónimo de muerte y enfermedad en varias partes del mundo. El auge de este mito se dio en Europa, en los siglos XVII y XVIII.
Los demonios o espíritus malignos que eran capaces de vencer a la muerte y alimentarse con sangre humana, han subsistido en mitos de la antigua China, en la Grecia clásica, en la India, entre los egipcios, los mongoles, los gitanos y hasta en el Talmud. Estos seres han estado presentes en todas las culturas desde tiempos inmemoriales debido a que representa la necesidad humana de vencer a la muerte consiguiendo el don de la inmortalidad.
El vampiro tiene dos características en común en todas las culturas: es un muerto que revive y para recuperar su vitalidad chupa la sangre de las personas a quienes contagia con su condición, provocándoles enfermedad y la muerte
En la Europa bizantina el cristianismo ortodoxo convirtió las creencias paganas de “inmortalidad” en una herramienta para la conversión. De esta forma si la persona fallecida había cometido perjurio u homicidio sin arrepentirse, o incluso los suicidas, que rechazaban por propia voluntad el “don” de la vida,  podría sufrir la maldición del vampirismo.  También podían sufrirla aquellos difuntos que no eran enterrados siguiendo los rituales religiosos pertinentes, los hijos ilegítimos que nacían muertos y sin la redención del bautismo y hasta aquellos cadáveres sobre los que desafortunadamente les saltaba un gato.

En la Edad Media se colocaba un ladrillo en la boca de los muertos sospechosos de haber sido vampirizados para evitar que contagiaran a otros con sus mordiscos

A pesar de que en la Edad Media había muchísima superstición, que incluye la cacería de brujas, no existen registros sobre vampiros.  Estos empiezan a aparecer a finales del siglo XVII y a mediados del siglo XVIII, con la aparición de libros que hablan sobre estos seres. En 1746, el benedictino Augustin Calmet, decía que los vampiros se conocían desde hace 60 años y que eran populares en Hungría, Moravia, Silesia y Polonia. En estas tierras surge la palabra “vampiro”,  la cual tiene origen magiar y estaba relacionada con unos seres que se aparecían en periodos de pandemias o graves enfermedades. Hay que recordar que en Europa hubo grandes epidemias desde finales del siglo XVII hasta el siglo XIX, por lo que siempre el vampirismo estuvo relacionado con enfermedad y muerte.
Extraños rituales
Debido al escaso conocimiento sobre virus y bacterias, las personas de aquel entonces no podían entender el porqué tantos morían y por ello, explicaban el fenómeno con el vampirismo. En el 1733 el erudito John Heinrich escribió “Los vampiros salen de noche, atacan a las personas, les chupan toda la sangre del cuerpo y las matan. Acosan a hombres, mujeres y niños por igual, sin importarles edad ni sexo. Los que caen bajo su maligna influencia se quejan de asfixia y de absoluto desánimo, y expiran al poco tiempo”.


Una extraña costumbre era la de enterrar a los muertos a poca profundidad. En Rumania desenterraban a los muertos cada cierto tiempo para probar si se había convertido en vampiros. Con los niños se hacía a los tres años de su muerte, con los jóvenes a los cinco años y con los adultos, a los siete.  Si el cadáver no estaba descompuesto lo atravesaban con una estaca o le arrancaban el corazón que quemaban con carbón de leña o lo hervían. Este “jugo” lo daban a beber a gente enferma o se lo servían a los niños y animales para protegerlos. En ocasiones, también los decapitaban y por si acaso había que “quemar su cuerpo hasta que quede reducido en cenizas”
En 1801 el obispo Sirge pidió al príncipe de Valaquia que los campesinos dejaran de desentarrar muertos, por lo que la práctica dejó de hacerse. Por tanto, el vampirismo sólo fue una forma de explicar las epidemias, un deseo de vencer a la muerte y el miedo de no tener una explicación lógica que justificara las terribles epidemias de aquel entonces.
El grito del vampiro
Más de uno se llevó un susto cuando luego de clavarle la estaca al muerto, este lanzaba un terrible alarido, como si estuviese quejándose. Para aquellos era la prueba definitiva de que el muerto era un vampiro, pero en nuestros días sabemos que ese “grito” era producido por los gases en descomposición que se habían acumulado en los pulmones y que se liberaban a través de la garganta, produciendo ese sonido



Bram Stoker / Dracula / Ilustraciones de Beatriz Martín Vidal



Drácula

Bram Stoker. Ilustraciones de Beatriz Martín Vidal

Prólogo de Gustavo Martín Garzo. Traducción de Flora Casas. Anaya infantil. Madrid, 2012. 432 páginas, 18 euros
CECILIA FRÍAS | 21/12/2012 | 


Ilustración de Beatriz Martín Vidal
Considerada por Oscar Wilde como la novela más bella y por otros célebres artistas como una de las mejores obras de la literatura universal, pocos se atreverán a poner en duda que la fascinación por Drácula se mantiene intacta a pesar de los años transcurridos desde aquel 1897 en que fuera escrita, como destaca Gustavo Martín Garzo en el interesante prólogo a esta cuidada edición que ve la luz con motivo del centenario de la muerte de Bram Stoker.

Aunque gran parte del público adolescente habrá sucumbido al hechizo del vampiro a través de las versiones cinematográficas y otras adaptaciones, la sorpresa del que se atreva a dar el salto hasta el original que lo alumbró será mayúscula ya que, mucho más allá del terrorífico argumento propio de la fantasía gótica, descubrimos que Stoker edifica con paciencia una obra magna que contiene en su interior otras muchas novelas.

En principio, la indefensión del joven procurador que con la inocencia de un niño se adentra en las fauces del siniestro castillo del conde para ultimar la compra de una casa en Londres podría hacernos creer que estamos ante una ficción de terror al uso. Pero la trama se va haciendo más compleja. No solo está en juego la lucha del abogado y los demás personajes capitaneados por la mente preclara del doctor Van Helsing contra las atractivas fuerzas del Mal -batalla en la que, por cierto, el escritor irlandés recreará, con una audacia fuera de lo común para la moralista época victoriana, los deseos más lascivos generados por las siniestras criaturas. La diatriba entre el empirismo del científico y la apertura hacia territorios desconocidos de la psique, entre la delgada línea que separa el juicio de la locura y la vigilia del sueño en el que afloran los fantasmas del subconsciente, serán asuntos que irán surgiendo a lo largo de la obra para, en definitiva, invitarnos a reflexionar sobre las simas de la condición humana.

Pero, ¿cómo fue posible convertir en verosímil la figura del vampiro para una sociedad tan escéptica como la del Londres emplazado en plena Revolución industrial? Tanto en la tradición del folclore rumano-húngaro como en la literaria consolidada por Polidori y Rymer existía la creencia enraizada en estos poderosos seres provenientes de estirpes malditas. Representaban la fatalidad más tenebrosa conservando incólume su capacidad de seducción -como analiza Jacobo Siruela en su magnífica edición de Vampiros (Atalanta, 2010). Sin embargo, más allá del arraigo de las fuentes, puede que el hecho de que Stoker construyera la novela en torno a la “escritura del yo” -diarios, cartas y noticias de prensa sin mediación alguna- sea uno de los mayores aciertos para lograr la credibilidad de los personajes. Así, el aterrador testimonio de Jonathan Harker durante su estancia en Transilvania para dejar constancia de lo vivido ante su prometida Mina, las cartas intercambiadas entre esta y su amiga Lucy o las deliberaciones de los doctores Seward y Van Helsing al registrar puntualmente la evolución de sus pacientes, se tornan obsesión por la escritura como única vía para registrar, desde distintas perspectivas, los extraordinarios acontecimientos de sus vidas. 



A la sensación de vida contribuye en gran medida la plasticidad de la prosa de Stoker cuando nos transporta, con precisión de herencia romántica, hasta los desfiladeros de los Cárpatos que cobijan el decrépito castillo de Drácula, los paisajes lúgubres del cementerio y el manicomio o los mares procelosos que azotan la costa inglesa cuando el conde llega a bordo de un galeón fantasma: “...todo el aspecto de la naturaleza se volvió de inmediato convulso. Las olas se elevaron creciendo con furia, cada una sobrepasando a su compañera, hasta que en muy pocos minutos el vidrioso mar de no hacía mucho tiempo estaba rugiendo y devorando como un monstruo. Olas de crestas blancas golpearon salvajemente la arena de las playas y se lanzaron contra los pronunciados acantilados”.Escenas como la anterior, en las que podríamos evocar cualquiera de las célebres Tempestades de Turner, ayudarán a recrear la belleza de estos impactantes escenarios y a palpar su atmósfera.

Y tras habernos detenido en la pericia de Stoker para recrear ambientes se hace obligado destacar, por último, las inquietantes ilustraciones de Beatriz Martín Vidal. Intercaladas a lo largo de esta magnífica edición, van sembrando el texto de misteriosas muchachas que, ora nos seducen con su mirada satánica ora se transforman en frágiles víctimas del vampiro para atrapar, en uno u otro caso, el espíritu perturbador de la obra que la hizo única en su género, como todo clásico que se precie. En suma, una lectura imprescindible para que los jóvenes lectores gocen con el placer del miedo, del deseo más oscuro y de la peripecia detectivesca para dar caza a la Bestia. Una oportunidad única que nos permitirá, ante todo, zambullirnos de lleno en el placer de la Literatura con mayúsculas. 




miércoles, 15 de agosto de 2018

Claribel alegría / Creí pasar mi tiempo



Claribel Alegría
CREÍ PASAR MI TIEMPO


Creí pasar mi tiempo 
amando
y siendo amada
comienzo a darme cuenta
que lo pasé despedazando
mientras era a mi vez
des
pe
da
za
da.




martes, 14 de agosto de 2018

Muere el escritor y premio Nobel de Literatura V. S. Naipaul




Muere el escritor y premio Nobel de Literatura V. S. Naipaul

El autor británico falleció a los 85 años el pasado sábado por la noche en Londres, anunció su familia


PATRICIA TUBELLA
Londres 12 AGO 2018 - 13:14 COT





El escritor V.S. Naipaul en 2001.
El escritor V.S. Naipaul en 2001.  AP
La figura del premio Nobel de Literatura V. S. Naipaul nunca dejó a nadie frío en el establishment cultural británico, dividido casi a partes iguales entre la rendición ante su genio literario y las reticencias que suscitó su desdeñoso retrato del legado del colonialismo, amén de la censura a sus opiniones, a menudo políticamente incorrectas. La noticia de la muerte de este escritor de herencia multicultural (nacido en el seno de una comunidad india emigrada a Trinidad y Tobago y británico de pasaporte) a los 85 años, anunciada en la noche del sábado desde su residencia londinense, ha suscitado, sin embargo una glosa unánime sobre la condición del autor de Una casa para el señor Biswas como un “titán de la literatura caribeña”.
La desaparición de Vidiadhar Surajprasad Naipaul “deja un enorme vacío en la herencia literaria británica”, aunque, “sin duda su obra perdurará”, fue una de las primeras reacciones, a cargo del director del dominical Mail on Sunday y gran amigo del escritor, Geordie Greig, sobre una obra que a lo largo de una treintena de títulos abarcó la ficción, los ensayos y los relatos de viajes, entre una diversidad de géneros. Más significativo ha sido el elogio profesional y personal de Salman Rushdie a la hora de constatar que, a pesar de sus “persistentes desavenencias sobre política y literatura” se sentía “tan triste como si hubiera perdido a mi hermano mayor”.




Las palabras del escritor angloindio aluden a la eterna identificación de Naipaul con la controversia, ya fuera por su retrato literario tan poco halagador sobre lo acontecido en los procesos de independencia de los antiguos territorios del imperio británico (y su pluma implacable contra lo que él calificaba de románticas luchas de liberación o de demagogia tercermundista), como por su comparación del colonialismo con el islam de hoy en día, cuya expresión más fanática consideraba el mayor imperialismo de la historia. Por no hablar de su despectiva opinión sobre las mujeres en general, y las escritoras en particular, cuya producción consideraba “inferior” por su exceso de “sentimentalismo” y “visión estrecha del mundo” (incluida nada menos que Jane Austen). De las féminas dijo en una ocasión que “solo leyendo un par de párrafos del texto, puedo identificar si lo ha escrito o no una mujer”.
V. S. Naipaul, es cierto, se exhibió en vida como un personaje misógino y pagado de sí mismo, sustentando su pronunciada autoconfianza en el reconocimiento mundial que le había fraguado ya en sus años jóvenes una impresionante novela titulada Una casa para el señor Biswas, inspirada en el retrato de su padre, un periodista y aspirante a escritor de muerte prematura.
El condecorado por la reina Isbael II con el título de sir Vidia nunca mostró gran apego a la isla de Trinidad y Tobago, en la que nació en 1932, y se aprestó en su juventud a aprovechar una beca de la Commonwealth para irse a estudiar a la Universidad de Oxford, época en la que empezó a tantear con la literatura. En su desembarco en Londres, buscó el sustento como trabajador de las emisiones radiadas de la BBC en el extranjero hasta que logró destacarse con su novela debut, El sanador místico, que a pesar de la recepción encontrada de la crítica, acabó mereciéndole el premio literario John Llewellyn para autores menores de 35 años de la Commonwealth.
A partir de ese éxito primigenio, Naipaul se volcó en una gran ambición literaria alimentada desde la niñez, y que acabó traduciéndose en una dilatada producción, reconocida más adelante con altos vuelos como el Premio Booker en su juventud, gracias al libro En un Estado libre. El Premio Nobel de Literatura, que se le concedió en 2001, acabó consagrándole como “un filósofo moderno” por su “narrativa incorruptible” sobre el mundo surgido de los procesos coloniales.
Quizá el recuerdo más sentido y auténtico proceda del escritor estadounidense de viajes Paul Theroux, cuya ruptura con Naipaul a raíz de una muy publicitada tontería (el primero descubrió a la venta en una librería de segunda mano un ejemplar suyo que en su día había regalado al Nobel) les distanció durante tres lustros. “Nos abandona como uno de los mejores escritores de nuestro tiempo”, es el homenaje de quien se peleó con el personaje, pero que nunca cuestionó a la perla literaria llamada V. S. Naipaul.



Naipaul / Tenso diálogo con el mundo



Tenso diálogo con el mundo

'Un recodo en el río' es la novela de madurez de Naipaul, un periodo que dedicó a explorar las esperanzas y los desgarros de la descolonización


GONZALO TORNÉ
12 AGO 2018 - 14:45 COT




El escritor V. S. Naipaul, en París en 1992.
El escritor V. S. Naipaul, en París en 1992.  GETTY IMAGES





¿Se puede contener un país en una novela? Un país... ¡y un continente entero! Al menos se puede si eres V. S. Naipaul. La novela en cuestión es Un recodo en el río y está a medio camino entre sus tempranos tour de force con la novela picaresca (Una casa para el señor Biswas) y las prodigiosas novelas con las que cerró su carrera: El enigma de la llegada y la dupla: Media vida/Semillas mágicas. Es la novela de madurez de su periodo de madurez, el que dedicó a explorar las esperanzas y los desgarros del que probablemente sea el fenómeno más característico, decisivo y con mayor número de personas implicadas del siglo pasado: la descolonización.
El lector no encontrará aquí dificultades formales. A diferencia de tantos colegas convencidos de que todo está ya escrito y que lo importante es la manera de decirlo, Naipaul tiene mucho que contar, y todo nuevo, al menos para el oído occidental. Que nadie espere aquí saltos en el tiempo, densidades verbales o audacias tipográficas, Naipaul concentró toda su originalidad en la mareante amplitud de su tema, en la manera cómo abordaba la progresión del relato (distinta en cada novela) y en una ética (¿hay otra palabra?) de la precisión semántica.
El punto de partida narrativo es un tanto extravagante: un indio musulmán que se traslada a un país africano en plena agitación política, acompañado de un esclavo (orgulloso de serlo) que le pertenece según una tradición milenaria, con el objeto de ampliar un negocio dudoso, colindante con el trapicheo. Updike (intuyo cierta prisa por entregar la reseña) dijo que se trataba de una novela "tolstoiana" y, aunque Naipaul disfruta de un ojo prodigioso para la descripción del paisaje, el lector no encontrará ninguna vehemencia ni un interés especial en la “profundidad humana”. Lo que Naipaul explora aquí, con la tensa serenidad de su estilo inquisitivo, es el complicado cruce donde las posibilidades de la libertad quedan abortadas por la herida que la dominación ha dejado en la conciencia del colonizado: renuencia a beneficiarse de los logros de Occidente y apego a costumbres improductivas y esterilizantes. Todo envuelto en las ásperas relaciones humanas y la descripción de proyectos políticos risibles, sin cuyo estímulo la agresiva imaginación de Naipaul parece incapaz de ponerse a en marcha.
Situado en este contexto quizás se entiende mejor la peripecia. Naipaul elige un caso extremo de "identidad desdibujada" para narrar la complicación diabólica que supone intentar estabilizar una identidad, la propia, de la que diversas instancias (cultural, política, religiosa, familiar, idiomática) tiran en direcciones divergentes, y a menudo contrarias. "¿Cómo vas a saber qué hacer en el mundo si ni siquiera sabes quién eres?”. Esta es la terrible pregunta que Naipaul arroja como algo viscoso contra Salim.
Era inevitable que apareciera la palabra "mundo", después de todo es el auténtico protagonista del libro, por encima del país en el recodo del río, África y el pobre Salim. La novela empieza con unas palabras de crueldad magnética: "El mundo es lo que es: los hombres que no son nada, los que se dejan llevar a sí mismos a no ser nada, carecen de lugar en el mundo", pero la relación que establecemos con el "mundo" (que a diferencia de la estable orografía del territorio constituye una suerte de compuesto elástico entre lo que esperamos del mundo y lo que el mundo nos permite) se prolonga durante toda la novela, y admite pasajes donde Naipaul condensa su célebre mirada melancólica por todo lo que se pierde: "Sentí nostalgia por mi casa; pero mi casa no era un lugar al que podía volver. Mi casa era algo que solo estaba en mi cabeza. Algo que ya se había perdido". Compete al lector extraer las conclusiones de este debate, de cuya decisiva importancia no podrá negar que ha sido advertido: "Eran personas que no habían entendido qué era el mundo y qué podían esperar de él, por consiguiente, no se movieron y no consiguieron nada".