sábado, 23 de julio de 2016

Vargas Llosa / Nueva York, Nueva York / Fotografías de Triunfo Arciniegas

Dos cigarrillos
Central Park, Nueva York, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Mario Vargas LlosaNew York, New York

15 de junio de 2008

La riquísima vida cultural de la ciudad la ha convertido en lo que 

fue París: la meca de jóvenes artistas y creadores. Todo eso está 

en gran parte promovido y financiado por la sociedad civil


Delicias de la tarde
Central Park, Nueva York, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas


Aunque con su alcalde actual, Bloomberg, está bastante menos limpia de lo que estaba con el alcalde Giuliani, New York sigue siendo una ciudad fascinante, la Babilonia del siglo XXI, una Torre de Babel moderna, la capital del mundo actual. He estado muchas veces aquí, en Manhattan, pero casi siempre por pocos días y para asistir a congresos o dar conferencias, y ésta es la primera vez, después de cerca de 30 años, que permanezco en la ciudad un par de meses, tiempo suficiente para tomarle el pulso, vivirla y adivinarla.

Mujeres
Greenwich Village_NY, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Es pequeña, en términos numéricos y estadísticos, y sin embargo, como en el Aleph borgiano, todo cabe o pasa por ella, los países, las razas, las religiones, las lenguas, y todo rápidamente se integra en ella, perdiendo su condición forastera y adoptando una nueva, neoyorquina. Es la ciudad de todos y de nadie, una ciudad sin identidad propia porque las tiene todas. El mundo hispánico, o latino como también lo llaman aquí, es multipresente y en sus calles, bares, almacenes, restaurantes, después del inglés el español es el idioma que más se oye por doquier, en todas sus variantes latinoamericanas y en la local, el spanglish, que comienza ya a generar una literatura. A ello se debe, sin duda, que instituciones como el Teatro Español y el Instituto Cervantes tengan una presencia tan viva en la vida cultural neoyorquina. En aquél, me tocó ver una estupenda adaptación teatral de Doña Flor y sus dos maridos de Jorge Amado, hecha por Jorge Alí Triana, y el Cervantes colaboró muy de cerca con el Centro del PEN Internacional en el congreso que reunió en New York en el mes de abril a varios centenares de escritores procedentes del mundo entero.


Think big
Nuva York, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Uno de los estereotipos más resabidos, que New York es la ciudad de los negocios y la incultura, se desintegra simplemente hojeando el Time Out o los suplementos culturales que saca cada semana The New York Times. La verdad es que, en lo que se refiere a oferta cultural, no hay ninguna otra ciudad en el planeta que ofrezca tantas posibilidades, en todos los dominios y quehaceres artísticos, como la Gran Manzana. Pintura, escultura, música clásica y moderna, danza, teatro, ópera, cine, ideas, literatura, cursos, talleres, conferencias, museos, escuelas artísticas, academias, constituyen una dimensión vertiginosa de la vida neoyorquina que nadie puede abarcar en su totalidad, sino, a lo más, y dedicando a ello mucho tiempo, apenas una ínfima muestra, la puntita del iceberg.

Samurai en desgracia
The New York Public Library, NY , 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Para quien acostumbra trabajar en bibliotecas, como yo, la Public Library de New York es un pequeño paraíso. Situada en la Quinta Avenida, entre las calles 41 y 42, el inmenso edificio decimonónico de sólidas columnatas, escaleras de mármol e inmensos, altísimos salones de lectura magníficamente iluminados, se asienta sobre una verdadera ciudad subterránea de varios pisos donde viven sus millones de libros, computarizados y preservados en cámaras de aire acondicionado que los defienden del calor, los insectos y la humedad. Es una de las mejor provistas de Estados Unidos, después de la Biblioteca del Congreso y la de Harvard, y una de las más funcionales y eficientes en que me ha tocado trabajar. Uno de sus tesoros es la Colección Berg, donada por dos hermanos médicos, judíos de origen húngaro, gracias a los cuales la institución cuenta, entre otras maravillas, con la primera edición del Quijote, manuscritos de Dickens, de Henry James, de Whitman, prácticamente de todos los diarios y novelas de Virginia Woolf y del texto mecanografiado de Tierra Baldía de Eliot con las correcciones y comentarios hechos a mano por Ezra Pound.

Es también la biblioteca más ruidosa y trajinada del mundo, porque los turistas invaden las salas de lectura, tomando fotos y hablando en voz alta con total desfachatez. Pero uno termina por acostumbrarse a ese bullicio, como a una música de fondo. Aunque tiene el personal especializado necesario, la Public Library, como todas las instituciones culturales de Estados Unidos, funciona gracias a la ayuda de personas voluntarias, generalmente jubilados y principalmente mujeres, que ofrecen información y guía y ayudan a los usuarios a orientarse en el laberinto de sus instalaciones. A mí me conmueven mucho esas señoras, algunas muy ancianas, que están allí siempre a la hora y con la sonrisa en la cara, prestando ese servicio público. El voluntariado cívico es una institución anglosajona y sin ella ni Inglaterra ni Estados Unidos serían lo que son.

 Magic
Subway Station, Nueva York, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas

 La riquísima vida cultural de New York no existiría sin la contribución de la sociedad civil que es la que en gran parte la financia y promociona. El Estado también, sin duda, pero en proporción relativamente limitada y, a veces, ínfima. Es verdad que tanto empresas como individuos tienen importantes incentivos tributarios para hacer donaciones y patrocinar actividades culturales, pero, antes que ello, la razón profunda de esas astronómicas sumas de dinero que anualmente invierten las fundaciones y las entidades comerciales, industriales y financieras, y las personas privadas, en museos, espectáculos, exposiciones, bibliotecas, conferencias, universidades, etcétera, es una cultura, una conciencia cívica de que si una sociedad quiere tener una vida intelectual y artística rica, creativa y libre es obligación de todos los ciudadanos sin excepción asumirla y sostenerla. A ello se debe que, a diferencia de lo que ocurre en otras partes, donde los gobiernos filantrópicos convierten a la cultura en un producto oficial de auto promoción y manipulación burocrática, en países como Inglaterra y Estados Unidos la cultura tenga ese sesgo independiente y plural, que garantiza su libertad, su renovación y estado continuo de experimentación.

En los dos meses que acabo de pasar aquí vi, por ejemplo, cómo conseguía recursos para la renovación integral en que está empeñado, el Museo del Barrio, situado en el Harlem Latino, y dedicado a exponer arte procedente de América Latina. Ya ha reconstruido su bellísimo auditorio, una joya belle époque que estaba en ruinas. En la cena de gala que celebró para reunir fondos se recolectaron en pocas horas cerca de cuatro millones de dólares.

El mundo de Cristina
The Museum of Modern Art_NY, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas


Es verdad que una vida cultural poco subvencionada por el Estado, que se apoya sobre todo en la sociedad civil para mantenerse, es cara. La de New York lo es y ciertos espectáculos, como la ópera y los conciertos, suelen alcanzar precios prohibitivos. Y sin embargo todo lo que vale la pena de verse está siempre lleno de gente en New York, y los dos grandes museos, el Metropolitan y el MOMA (el Museo de Arte Moderno) reciben al año más visitantes que el Yankee Stadium y el Madison Square Garden.

En muchos sentidos, New York se ha convertido en este tiempo en lo que fue París para muchas generaciones anteriores: el lugar donde los jóvenes artistas y creadores quieren llegar porque intuyen que allí encontrarán un ambiente estimulante para su trabajo y porque saben que si triunfan allí habrán triunfado en el mundo entero. No sólo ocurre con músicos, pintores, bailarines, actores y cineastas. También con escritores. Me ha sorprendido la cantidad de jóvenes poetas, narradores, dramaturgos de distintos países latinoamericanos avecindados ahora en New York, escribiendo y tratando de abrirse camino en la ciudad de los rascacielos. Algunos están vinculados a universidades y fundaciones y otros sobreviven como pueden, trabajando en librerías, editoriales o tocando guitarras y bongós en los bares latinos y hasta en las esquinas. Pero sacan revistas, dan recitales, y en las librerías neoyorquinas hay ahora, en casi todas ellas, secciones dedicadas a los libros en español.

He pasado dos meses intensos y exaltantes en esta efervescente ciudad. Vivía en los alrededores de Union Square, un barrio muy simpático y animado, donde incluso encontré cafés a la europea donde podía ir a leer el periódico y a garabatear unas notas tomando un cortado. Y donde se halla Strand, la librería de compraventa de libros antiguos más grande del mundo. Vi exposiciones magníficas y algunas obras de teatro -una de Beckett, con John Turturro, sobre todo- espléndidamente montadas. Y películas, muchas películas, aprovechando el Festival de Tribeca, que trae a New York en el curso de diez días largometrajes de todo el planeta. Y, sin embargo, siempre tuve la sensación de que a esta maravillosa ciudad le faltaba algo para sentirme totalmente en casa. ¿Qué cosa? Vejez, historia, tradición, antigüedad. Eso que es el alma secreta de cualquier ciudad europea y hasta de la aldea más desamparada e ínfima, esa invisible presencia que establece un vínculo entre hoy y ayer, esos siglos de aventuras, guerras, proezas artísticas y conmociones históricas, religiosas y culturales, de los que ha resultado la civilización en que vivimos. En New York todo es tan reciente que da la sensación de que el pasado nunca existió, que la vida sólo es futuro en trance de hacerse. Será que ya no soy joven, pero esa sensación de que no hay casi vida detrás, que toda ella está sólo por delante, me produce cierta angustia y una sensación de soledad.



Arlene Gottfried / Nueva York sin ley



kissing on the highway, queens, ny, 1980


Arlene Gottfried
NUEVA SIN LEY
DE LOS AÑOS SETENTA


Gottfried revela una ciudad llena de desnudez e ingenuidad.


La neoyorkina Arlene Gottfried fotografió en blanco y negro a la ciudad de Nueva York a lo largo de los años setenta y ochenta. Documentó una ciudad exhibicionista, salvaje, expresiva, una metrópolis repleta de personalidades más grandes que la vida misma. Su obra es diversa, en todos los sentidos: la gama de barrios, etnias, edades, tendencias. 

El trabajo diario de Gottfried era como fotógrafa para una agencia de publicidad, pero su portafolio personal fue tomado "fuera de los horarios de trabajo: fines de semana, noches", dice. Las imágenes abarcan Rockaway Beach, el Brazilian Carnival en el Waldorf ("esa fue una fiesta de baile increíble"), Times Square, Roseland Ballroom ("cuando en verdad era un salón de baile"), las fiestas de disco ("salvajes, divertidas"), el Halloween Parade, Harlem, lasblock parties del Lower East Side, el circo Big Apple ("los primeros días, cuando estaba en una tienda de campaña en un vertedero en el Battery Park").
Su exposición Sometimes Overwhelming se encuentra actualmente en exhibición en Les Douches La Galerie en París. Luciendo su look peculiar (un turbante de terciopelo con una pluma blanca y una chamarra de lentejuelas), habla sobre sus rincones favoritos de Nueva York, su resistencia hacia la cámara digital, y que tan acostumbrada estaba la gente al hecho de ser fotografiada como Dios la trajo al mundo.

Un año en Nueva York / Memorias de un estudiante





Esteban Illades

Un año en Nueva York

Memorias de un estudiante


Nexos en línea
MAYO 24, 2012


Llegué con dos maletas dos días después de mi cumpleaños. Se me ocurrió que era buena idea aterrizar en Nueva York un día antes de empezar clases. Corrí por toda la ciudad para conseguir desde sábanas hasta una cuenta de banco. Y un ventilador, porque era primero de agosto y estábamos a 40 grados. El ventilador no sirvió de mucho, en retrospectiva.
Vine a la ciudad con el propósito de convertirme en periodista. Hasta la fecha sigo sin saber cuándo se vuelve uno tal. Ya había publicado cosas en México, e incluso había trabajado para varios medios. Pero como nunca estudié periodismo, me sentía ajeno. Era como si estuviera interpretando un papel. Un año después tengo título, y sigo sin saber si ya lo soy.
No tardé en hacer amigos. El programa de Columbia University es tan intenso que uno termina por convivir a todas horas con un pequeño grupo de personas. Algunas se volvieron indispensables.

viernes, 22 de julio de 2016

Sophie Turner / Me gustaría tener la muerte más dramática de Juego de tronos


Sophie Turner / Sansa Stark

Sophie Turner

“Me gustaría tener la muerte más dramática de ‘Juego de tronos”

"Si tienes que morir, mejor que sea en Juego de tronos"


La actriz que interpreta a Sansa Stark en la serie de HBO comparte sus teorías sobre el futuro de la ficción


Natalia Marcos
Madrid 28 JUN 2016 - 14:08 COT

Jennifer Love Hewitt / Chica con curvas


Jennifer Love Hewitt y sus secretos de belleza

Jennifer Love Hewitt, 

orgullosa de ser una "chica con curvas"

La artista dice que no se excede con el ejercicio físico para no afectar su silueta voluptuosa.


Por Bang Showbiz
27 de mayo de 2013


Jennifer Love Hewitt asegura que salir a correr es una de sus rutinas favoritas para mantener intacta su figura, un hábito que, en su opinión, le ayuda a tonificar su cuerpo sin el riesgo de perder las envidiables curvas que siempre le han caracterizado. La actriz reconoce que está orgullosa de tener una silueta voluptuosa y por ello evita excederse con el ejercicio físico, aunque también admite que sus sesiones diarias de actividad cardiovascular son las responsables de que su cola sea perfecta.


Alicia Vikander / Anna karenina


Alicia Vikander
Kitty
Anna Karenina



jueves, 21 de julio de 2016

Nátaly Londoño / Caperucita Roja evanescente, luminosa



Caperucita Roja evanescente, luminosa

Por Nátaly Londoño
El Espectador, 20 de julio de 2016


Me gusta huir. Ojalá siempre al campo. Me gusta huir y llegar al campo y encontrar una casita rodeada de eucaliptos, empotrada en el verde de alguna montaña. Antes de llegar allí me gusta esa sensación de escape: odiar el tráfico de Medellín y luego perderme en una carretera que tiene muros de pinos de mil años y allá arriba, en el cielo, un colchón de motas de algodón.
Ahí sí, me gusta llegar a la casita de puertas y ventanas color madera, sentir el frío, ver el paisaje y entrar rápido antes de que el blanco algodón se convierta en gris oveja y se desate en furiosas corrientes de lluvia. Me gusta entrar y percibir la soledad, poner a hacer café y planear que a la mañana siguiente voy a levantarme temprano para ir a comprar un litro de leche recién ordeñada. Llueve y ha llovido con fuerza. Y alguna fotografía me hace recordar los pasos de mis ancestros. Estoy en una casa con muchas historias y muchas voces. Una casa a la que siempre quiero regresar aunque la cabeza se me llene de palabras pronunciadas por algún vagabundo, algún personaje de ficción o algún recuerdo olvidado, quién sabe.

Quimera. A veces el agua es un embrujo, ¿sabes? Y tú llevas varios días sumergida en el hechizo: lluvia, café, lluvia, café —me dijo una voz suave, muy suave—. ¿Un embrujo? Tal vez. Me paso cada aguacero creyendo que lo que inunda el asfalto o la pradera, son los pequeños trozos de una eternidad —comenté más por inercia que por la intención de modular una conversación. Más tarde me asaltó una duda—: ¿Vos quién sos? Caperucita Roja —respondió—. Estoy loca, medité. ¿La Caperucita de quién? —pregunté—. La de Triunfo Arciniegas.

Autorretrato
Triunfo Arciniegas

2014. La primera vez lo vi de lejos, en la Fiesta del Libro, rodeado de estudiantes de universidad. La segunda lo sorprendí sentado en el piso de una estación cualquiera del metro, a un lado de los torniquetes: inmutable, observador, silencioso, solitario, paralelo. La tercera me lo encontré en Versalles (el restaurante que visitaban Borges, Sabato y Marta Traba, el sitio donde Manuel Mejía Vallejo escribió Aire de tango, y el punto de encuentro de los nadaístas, “esos jóvenes irreverentes que en los años sesenta sacudieron la tranquilidad de Medellín”), comiendo empanada argentina y tomando jugo de mandarina. Nos saludamos aquel día y más tarde nos fuimos a caminar sin rumbo, y durante ese caminar descubrí que Triunfo muy pocas veces habla sobre su obra; que sus amigos son unos cuantos; que en su alma vive un niño; que nunca sale sin cámara fotográfica y que si te descuidás, guarda en su memoria SD mil retratos tuyos. Esas primeras imágenes que tengo de él son las que concibo siempre que intento recordarlo: un tipo que prefiere escuchar a hablar, y que cuando habla es para liberar las historias que tiene amarradas en el corazón.
Quimera. Es Caperucita Roja y no tiene ni capa ni caperuza. Tiene botas altas, negras, brillantes, falda diminuta y una delicada blusa con algunos botones sueltos. Es bellísima. ¿Querés un café? —le dije por cortesía—. Me quita el sueño. Te podés sentar si te apetece —volví a ser cortés—. No respondió, no se sentó. Caminé hacia uno de los ventanales empañados por la humedad, para dibujar con el índice izquierdo un ramito de azucenas, la miré a los ojos y le solté una intriga que daba vueltas en mi cabeza: ¿Cómo te escapaste del libro? Lo dejaste abierto hace tres días sobre la mesita de noche. Y si saliste vos, ¿por qué el resto de personajes del mismo libro (Caperucita Roja y otras historias perversas) no salieron? Me refiero a las otras paradojas, a los demás: el sapito que comía princesas, la bella durmiente, los tres cerditos. ¡Fácil! Cuando salí, lo cerré para que nadie más lo hiciera —me explicó en un tono burlesco—. ¿Sabés, Caperucita? Para tener 25 años te ves muy joven. Es que dentro de un libro el tiempo no es tiempo —me aseguró sin rodeos—. Hubo un largo silencio entre las dos. Yo me fui a la cocina y ella se quedó inmóvil en una silla danesa que adorna la sala de estar. Después una expresión suya retumbó en todas partes: Esta casa me recuerda la casa de mi abuela. ¿Y es un recuerdo feliz o triste? —quise saber—. Como las películas de Chaplin: medio feliz, medio triste (eso se lo copió a Liniers). O sea, ¿sentís nostalgia al recordar? Sí. Y tras su confesión caí en un mutismo impropio: nunca me lo hubiera imaginado —pensé—, obligó al lobo feroz a que se comiera a su abuela para reclamar una herencia, lo usó de conejillo de Indias, lo convirtió en un prófugo… mejor dicho, le hizo hasta para vender a ese animal, que al fin y al cabo ni feroz era… con razón dicen que “el lobo siempre será malo si sólo escuchamos la versión de Caperucita”. Y como lógica consecuente, tuve remordimiento de ir por ahí, juzgando a los protagonistas de los cuentos.
2015. Lo vi (otra vez) por ahí, un día cualquiera, paseando sobre el gris asfalto de Medellín: Triunfo es un tipo alto, moreno, que viste jeans y camisas de botones, a veces chaquetas de cuero o buzos de lana. Triunfo es un poeta narrador cuentero, un bloguero ilustrador al que le encanta el chocolate y toma café el día entero; el que le agradece a sus perros, Toto del Carmen y Hannibal Lecter, que lo saquen a pasear de vez en cuando a las tres de la madrugada para no encontrarse con nadie en las calles del pueblo en donde está su lar; el que hoy duerme en Cúcuta o Bogotá, pero amanece en Brasil o en La Habana o en Nueva York, un viajero, un hombre sin hogar, ¿un gato?; el que siempre ha dicho que “la obra es pública pero la vida es íntima” y sin embargo alguna vez escribió un poema titulado Biografía: “Con el lápiz del trompo / el niño escribe sobre el polvo / la historia de su vida”; el que hace de los relatos fantásticos tradicionales sus propias versiones miserables o perversas, porque lo que le gusta es jugar con los referentes culturales; un tipo que no sé con qué tiempo ha leído tanto tanto, que tiene más de medio centenar de libros publicados, que ha trabajado mucho, no sólo en el ejercicio de la literatura, sino también en el mundo de la traducción, en el de la docencia, en el de la fotografía. Un tipo sobre el que muchas voces han hablado: la del poeta Jaime Fernández Molano: “Sigue lejano (al tiempo y a la luz pública) el día en que el niño Triunfo, con el corazón roto por primera vez, comenzara a escribir sus primeras líneas sin presentir el futuro que este oficio le traería: las cartas de amor a su abuela Emperatriz, que por circunstancias familiares de fuerza mayor había tenido que abandonar en Málaga, para partir al lado de sus padres rumbo a Pamplona”. La del también escritor de literatura infantil, Octavio Escobar: “Y sabíamos, aunque no lo dijéramos en voz alta, que en sus minicuentos, depurados durante años, y entre las líneas de sus cuentos, novelas y obras de teatro para niños y jóvenes, dormían fragmentos de exquisita poesía”. La de Juan Manuel Roca: “A veces acude al expediente, como buen observador de la pintura, de realizar un óleo sobre tela en el que entrelaza el lenguaje. Entonces deja en el lector la sensación de que la palabra pinta, de que el verbo dibuja más allá de abstracciones y figuraciones”. La dulcísima voz de Isabel Barragán, la famosa amiga (imaginaria) del columnista Esteban Carlos Mejía: “Con su literatura, Triunfo se inventa otro mundo, un mundo hermoso, pues es creyente fervoroso de la belleza como razón para vivir”. Y la de la escritora Yolanda Reyes, quien al terminar un artículo que le dedicó, reflexiona: “Y a pesar de que han pasado tantos años, a veces pienso que apenas lo conozco y a veces pienso exactamente lo contrario: con él, uno no sabe nunca a qué atenerse. Quizás, parodiando al mismo Triunfo, cabe la posibilidad de que me lo haya inventado. A fuerza de desconocerlo y de reconocerlo en lo que escribe, entre la magia y el silencio, cabe la posibilidad de que haya tenido que inventármelo para escribir este retrato”.
Arciniegas y el lobo
Ilustración de Mateo Rivano

Quimera. Pero la culpa no es del todo mía, los escritores son los que le dan a uno mala fama, no soy una niña ingenua, lo sé, pero tampoco la mujer malvada del cuento —intentaba explicarme Caperucita en medio de un reguero de lágrimas—, lo he estado buscado, pero no logro dar con su paradero. ¿A quién? —la interrumpí—. Al lobo feroz, el otro día encontré a Arciniegas en Los Tres Mirlos, leyendo a Yasunari Kawabata, y aproveché para preguntarle por él, me respondió “vino y se fue” y juró no saber a dónde. Yo supe algo de él, pues, del lobo —mencioné detrás de un sorbo de café—, supe que posterior a su huida del bosque por tu culpa, se convirtió en un lector disciplinado, que a veces escribe, que va por ahí muy intelectual diciendo cosas como (puse voz dramática): “El dolor es la esencia de la poesía”. Y Caperucita, que estaba secándose las lagrimitas, sonrió, estuvo pensativa unos segundos y repuso: ¿Quién te contó? Triunfo lo escribió y yo lo leí… el día en que lo encontraste en Los Tres Mirlos no fuiste la única, muchas más ficciones llegaron a hacerle reclamos: uno de los siete enanitos le puso problema porque escribió que la bella durmiente es bizca, y así. ¿Y dónde está escrito eso? En un cuento que incluyeron en el libro del que te saliste, a manera de festejo por tus 25 años de publicación. ¿Cómo se llama el cuento? Las razones del lobo. Puede ser, vi el título en el índice, pero no me animé a andar por sus letras —susurró algo triste o desorientada o escéptica—. En esas páginas está lo que, intuyo, querés saber, Roja Caperuza. Y esta vez no hubo más respuestas de su parte: se acercó a mí y tomó mi mano derecha. Murmuró un presagio: “larga vida”. Y se fue tal cual llegó: evanescente, luminosa.
2016. Volvimos a los días en que la gente se habla por teléfono y el teléfono tenía mala señal, por lo que los sonidos de las palabras estuvieron fragmentados, muy: ¿qué?, no te entendí. Él en la sala de espera de un hotel, yo en mi casa: Supe que te incluyeron en la Lista de Honor IBBY 2016, qué emoción, felicitaciones. Gracias, eso supe yo también. Hubo risas. Por ahí vi una fotografía tuya que rodaba en Facebook y que tenía de leyenda: “¡Celebrando los 25 años de Caperucita!”. Triunfo, ¿los niños de hace 25 años son los mismos niños de hoy? Los niños son los mismos, con otros juguetes. Nosotros tuvimos caballitos de madera, ahora ellos tienen “tablas”. La magia existe desde la época de las cavernas: esa fascinación por lo desconocido. El ansia por las historias nunca se acaba. Vengo de los cuentos de hadas, que funcionan desde hace trescientos y más años porque apuntan a los principios fundamentales de la vida. Se cayó la llamada. Volvimos a intentarlo: De los cuentos infantiles clásicos se han hecho todas las versiones del mundo, ¿las tuyas en qué se diferencian de las demás? ¿Cuál es tu aporte a esos relatos? El humor y el descaro, diría. Tiendo al disparate, pero nunca me olvido del dolor, de la miseria, del lado oscuro de la luna. Hay veneno en mis líneas, pero estoy de parte de la vida definitivamente. Otra vez el “pi pi pi pi” retumbó en mi oído, marqué de nuevo: Para esta nueva versión algunas historias cambiaron… Sí, se presentó la oportunidad de una nueva edición en SM y la aproveché para volver a trabajar el libro. Fueron tres meses delirantes y felices. El impulso me alcanzó para escribir dos nuevas historias. La editora, María Fernanda Paz-Castillo, aceptó una, donde los personajes le piden cuentas al autor. Y la señal murió definitivamente.
Han pasado cuatro días y no ha parado de llover. Me doy un tiempo para adorar el olor a humedad; un tiempo azul para pensar que esta casa es mi refugio; un tiempo para ir a recoger los libros que dejé sobre la mesita de noche cuando llegué y sobre los que no regreso sino hasta ahora. Me doy un tiempo para pensar que aquí se mantienen vivos los días en que, de pequeña, algunos fines de semana me era concedido el privilegio de sentirme dueña del aire, del campo, de la tierra. Me doy un tiempo para despedirme de los muros de bahareque, de la quimera y de los recuerdos. Es hora de volver a la ciudad con esta historia diluida en un cuaderno que alberga garabatos por letras.



miércoles, 20 de julio de 2016

Keira Knightley según Patrick Demarcherlier


Keira Knightley

Keira    Knightley

Fotografías  de  pATRICK DEMARCHELIER







El drama de Keira Knightley o los directores que no aman a sus actrices


Keira Knightley



El drama de Keira Knightley (o los directores que no aman a sus actrices)



Las críticas del cineasta hacia la intérprete son el último episodio en una lista tan longeva como el propio cine. Repasamos los enfrentamientos más crudos (y recordados) del séptimo arte.


Keira Knightley director Begin Again
Keira Knightley presentado 'Begin Again' con Carney, cuyas críticas han despertado la polémica.
Foto: Getty



“He aprendido a no hacer películas con supermodelos”. Con esta reflexión se quedó John Carney tras dirigir a Keira Knightley en la película Begin Again. Las declaraciones del cineasta sobre el mal comportamiento de la actriz durante el rodaje han sembrado la polémica en la industria del séptimo arte. “No es que odie Hollywood, pero me gusta trabajar con actores curiosos y adecuadosen lugar de estrellas de cine, rodeadas de un séquito”, dijo Carney, forjado en el cine independiente y ganador de un Oscar por su filme Once. Sus críticas sorprenden por los buenos resultados de crítica y público de la comedia romántica junto a Mark Ruffalo, y por la diana de sus dardos, una Knightley que se ha mantenido siempre alejada de la controversia. Pese a que la actriz no ha hecho ningún comentario al respecto, varios directores sí han dado un paso adelante en redes sociales para apoyarla. “Mi experiencia fue espectacular”, afirma Mark Romanek (Nunca me abandones); “Es un placer trabajar con ella”, secunda Lorene Scafaria (Buscando un amigo en el fin del mundo).
A pesar de que Carney se ha disculpado días después por sus comentarios “mezquinos e hirientes”, este altercado ya es uno más en sumarse a la larga lista de desencuentros entre cineastas y actrices mal avenidos, unas veces nacidos de enfrentamientos personales, y otras, provocados para crear un cierto estado de ánimo en la intérprete. A continuación, recopilamos algunos de los más comentados a lo largo de la historia del séptimo arte:

Keira Knightley / Sangre de actriz


Keira Knightley

Sangre de actriz

A los 3 años pidió un agente de representación

A los 15 protagonizó su primera película en el cine

A los 20 fue candidata al Oscar y a los 22 ya era la segunda intérprete mejor pagada del mundo

Este es un encuentro con uno de los rostros más conocidos y codiciados del celuloide



La actriz Keira Knightley. / EMILY HOPE / CHANEL
Keira Knightley tiene un punto macarra que rompe con la teórica elegancia del lugar y el ambiente elegido para la entrevista. La luz plateada de un día encapotado en París se filtra a través de los ventanales de un edificio de techos infinitos y suelos de parqué pulido, ubicado en uno de los costados de la Place de Vendôme, donde se concentran las joyerías más exclusivas de la ciudad, y le golpea a la actriz sutilmente en las pupilas castañas. Lleva en los párpados una pincelada violeta. Se incorpora y tuerce el morro y muestra unos colmillos bastante afilados y levanta el dedo índice de su mano derecha y grita: “¡Fuck off!”. En este momento de su narración, el realizador Joe Wright le acaba de dar el papel de Elizabeth Bennet en Orgullo y prejuicio (2005), la película que, probablemente, echando la vista atrás, cambió el rumbo de su carrera. Hasta entonces, para lo bueno y lo malo, Knightley era el rostro juvenil de Piratas del Caribe; sinónimo de taquillazo comercial para los productores de la industria cinematográfica (la película había recaudado casi quinientos millones de euros en todo el mundo) y motivo por el cual Wright, entre otros directores, se resistía a trabajar con ella. Pero quienes manejan el dinero le obligaron a quedar con ella.