viernes, 27 de febrero de 2015

Triunfo Arciniegas / Las razones del lobo

Los ojos del lobo
Ilustración de Triunfo Arciniegas

Triunfo Arciniegas

LAS RAZONES DEL LOBO



  N

o eran buenos buenos tiempos. Mi novia se fue a Nueva York, el gato se perdió y me pidieron el apartamento. Tres pérdidas en una sola semana. Me fui a vivir solo en el centro, en un hotel de mala muerte. Regalé unas cosas y boté otras. Llegué a La mitad del cielo con una sola maleta y una máquina de escribir algo desbaratada.
Me encerré tres días. Dormía y comía, comía y dormía, nada más. Salí a comprar libros. De pronto se me arreglaba el ánimo. La plata no era mucha pero, regateando, conseguí unas maravillas en San Victorino.  Entré a Los tres mirlos y pedí una taza de café en la mesa del fondo, donde nadie me molestaría, una precaución innecesaria: nadie me molestaría en esta ciudad espantosa.
Empecé a leer La casa de las bellas durmientes, de Yusanari Kawabata. Me habían hablado bellezas de esa novela y, no más en el primer capítulo, supe que tenían razón. Pedí otra taza de café.
Entonces llegó el lobo.
–¿Qué lees, hermano?
Lo miré por encima de los anteojos.
Vestía bien, con sombrero, bufanda y anteojos negros, con abrigo, camisa de seda, pantalones de lana y zapatos finos, pero se veía que era el lobo. Lo imaginé fumando pipa al atardecer, contemplando el cerro de Monserrate. Aunque se veía bastante inofensivo, el corazón me saltaba como un sapo. Me pareció que se cuidaba las garras con esmalte transparente. Filosas garras, por cierto.
–¿Te conozco?
–Creo que sí –dijo el lobo–. Me escribiste una historia.
–Eres el lobo feroz entonces.
–Ya no me duele que me digan así.
“Ahora más que nunca soy el lobo del bosque, solitario y perdido, envenenado por la flor del desprecio”, citó de memoria. Y no supe si reírme o salir corriendo.
–No te veo mal –dije, y pasé salive.
–Me he recuperado.
–¿Ya no te vistes de mujer?
–Abusas de tu suerte, hermano. Leí que estabas buscando un unicornio.
–No creas en todo lo que leas –dije–. Los unicornios no existen.
–Pero sigues buscando.
–Así es.
–Te veo amargado, hermano.
–Tengo deudas.
Le pedí un café. El lobo levantó las orejas, como si hubiese percibido un peligro, algo más allá del entendimiento. Giró la cabeza, husmeó, se mantuvo inmóvil durante dos o tres segundos y luego se tranquilizó. Saboréo el café y manifestó su aprobación.
–Bonito lugar: no hay televisión –dijo, con toda razón–. ¿Te has dado cuenta que todo mundo anda idiotizado con los partidos de fútbol?
Me contó sus andanzas. Le pedí otro café y dejé que terminara su cuento. La verdad es que quería seguir leyendo la novela. Kawabata mata lobo.
–Me volví un intelectual –confesó–. Leo poesía y escribo. Asisto al taller del poeta Roca y desayuno con agua de rosas. Sólo me falta escribir una columna en una revista de vanidades.
–¿Y qué tal?
–Roca es un duro –dijo el lobo–. Desayuna con aguardiente y muslo de doncella.
–Pregunto por los poemas.
–El dolor es la esencia de la poesía.
Hablamos de poesía. Me preguntó si conocía la obra de Pablo Neruda y mencioné sus veinte poemas de amor. Me sabía de memoria dos o tres porque servían para levantar novia.
–Qué va –dijo el lobo–. Léete Residencia en la tierra.
No lo podía creer. En vez de perseguir presas en el bosque o quebrarle el cuello a una oveja en un potrero, el lobo se dedicaba a las metáforas y otros retorcimientos del lenguaje. Tal vez terminaría escribiendo horóscopos o adivinando la suerte en el fondo de una taza de chocolate. Me pareció que sólo le faltaba un bastón para completar el disfraz de poeta. Le pregunté si se había vuelto vegetariano y respondió, horrorizado:
–¿Qué te pasa, Arciniegas?
Entonces le solté la pregunta que tenía atravesada como una espina:
–¿Y de Caperucita Roja?
Pensé que se pondría pálido o que se desmayaría, pero no. Pensé que me lanzaría un zarpazo para que no fuera tan impertinente. Corrí la silla unos centímetros por si tenía que salir corriendo.
–Por ahí anda –dijo el lobo, sin ningún temblor–. Muy rica, muy orgullosa.
–¿Sigues enamorado?
–La traga se me pasó –dijo el lobo–. Si la ves, no me has visto.
Y se fue como si nada. Me quedé preguntándome qué demonios quería. ¿Derechos de personaje? No vi que estuviera en apuros económicos. ¿Que volviera a escribir su historia? Lo escrito, escrito está. ¿Acaso se ofendió con mis preguntas? ¿O sólo quería hacerme ver que su vida no era una desgracia? Seguro que tenía alguna novia y era más o menos feliz. Extrañaría cada vez menos al lobo salvaje y sanguinario de otros tiempos. Lo imaginé revolcándose en la niebla de un bosque cercano para matar la nostalgia.
Seguí leyendo.
Entonces apareció la misma Caperucita Roja, sin capa ni caperuza, con unas botas altas, negras, brillantes, y una falda diminuta. Preciosa. Absolutamente preciosa. Acababa de pintarse la boca.
–¿Has visto al lobo, Arciniegas?
Me pregunté si traería escondida alguna navaja. Le temía más a Caperucita que al lobo. Limpié los anteojos con una servilleta para ganar tiempo.
–¿Te conozco?
–No te hagas el menso –dijo Caperucita–. ¿Lo has visto?
–No.
–Bonito lugar: no hay música –dijo Caperucita, con toda razón–. ¿Puedo sentarme?
La silla no es mía, pensé, pero no se lo dije. Además, se supone que estamos en un país libre y todo el mundo se sienta donde se le da la gana.
–Por supuesto –dije–. ¿Quieres café?
–Me desvela. ¿Lo has visto?
Me hechizaron sus ojos. Me conmovieron. Caperucita estaba al borde del llanto.
–Me has dado mala fama –dijo–. No soy una niña ingenua, lo sé, pero tampoco la mujer malvada del cuento. Y abandoné el chicle porque se me estaba agrandando la quijada.
Igual que el lobo, cito de memoria: “Así era ella, Caperucita Roja, tan bella y tan perversa”.
–¿Todavía soy bella? –preguntó.
–¿Qué quieres?
–¿Dónde está?
Me hice el pendejo y pregunté:
–¿Quién?
–El lobo feroz.
Ya no le duele que le digan así, pensé.
–Vino y se fue –dije–. No sé a qué vino ni le dejó ninguna razón. No sé de dónde vino ni para dónde se fue.
–¿Lo juras?
–Lo juro.
–Escritores inútiles –murmuró sin mirarme.
Pensé que se marcharía de inmediato. Se quedó mirándome y me pidió que le enseñara la palma de la mano.
–Larga vida –dijo.
Y se fue.
Me quedé con la mano en el aire. Era el momento de un cigarrillo, pero había dejado de fumar. Leí un párrafo. Volví a leerlo. Qué día más raro. Y qué personajes habitaban esta ciudad de espantos.
–Solo falta que aparezca el gato con botas –me dije–. O la bella durmiente.
Entonces vi un enano. Vino directamente a mi mesa.
–¿Has visto a mis hermanos?
–No.
–Tengo seis hermanos –dijo el enano–. Se reconocen a primera vista.
–No he visto ninguno.
–¿Llevas mucho acá?
–Como dos horas.
–¿Y qué lees?
La casa de las bellas durmientes.
–¿Tú escribiste que la bella durmiente era bizca?
–Creo que sí.
–Qué vergüenza.
Miró a todas partes y arrugó la nariz.
Los tres mirlos, qué sitio –dijo, con fastidio–. Ni siquiera hay un mirlo que haga bulla. ¿Aquí no ponen música?
–Tampoco se levanta la voz –dije.
–Ni siquiera hay televisión. Te estás perdiendo el partido. Van dos a cero.
­–Leo.
–Y qué.
No dije nada. ¿Para qué?
–¿Sabes algo de Blancanieves?
–Muy poco.
–La tuvimos en casa. Buena persona. Nos dejó hace unos meses. Ya sabes. Encontró a su príncipe azul.
No supe qué decir.
–Te dejo leer, Arciniegas. Que tengas suerte.
¿Suerte con qué? Con la vida, supongo. Con las mujeres, con los gatos, con los libros, con todo.
El enano se fue y no quise leer más. Volví al hotel y me eché a dormir.


2015

jueves, 26 de febrero de 2015

Triunfo Arciniegas / Caperucita Roja


Monica Bellucci

Triunfo Arciniegas

CAPERUCITA ROJA 

E

se día encontré en el bosque la flor más linda de mi vida. Yo, que siempre he sido de buenos sentimientos y terrible admirador de la belleza, no me creí digno de ella y busqué a alguien para ofrecérsela. Fui por aquí, fui por allá, hasta que tropecé con la niña que le decían Caperucita Roja. La conocía pero nunca había tenido la ocasión de acercarme. La había visto pasar hacia la escuela con sus compañeros desde finales de abril. Tan locos, tan traviesos,  siempre en una nube de polvo, nunca se detuvieron a conversar conmigo, ni siquiera me hicieron un adiós con la mano. Qué niña más graciosa. Se dejaba caer las medias a los tobillos y una mariposa ataba su cola de caballo. Me quedaba oyendo su risa entre los árboles. Le escribí una carta y la encontré sin abrir días después, cubierta de polvo, en el mismo árbol y atravesada por el mismo alfiler. Una vez vi que le tiraba la cola a un perro para divertirse. En otra ocasión apedreaba los murciélagos del campanario. La última vez llevaba de la oreja un conejo gris que nadie volvió a ver.
            Detuve la bicicleta y desmonté. Me sacudí el polvo del camino y la saludé con respeto y alegría. Caperucita hizo con su chicle un globo tan grande como el mundo, lo estalló con la uña y se lo comió todo. Me rasqué detrás de la oreja, pateé una piedrecita, respiré profundo, siempre con la flor escondida. Caperucita me miró de arriba abajo y respondió a mi saludo sin dejar de masticar.
            –¿Qué se te ofrece?  ¿Eres el lobo feroz?
       Me quedé mudo. Sí era el lobo pero no feroz. Y sólo pretendía regalarle una flor recién cortada. Se la mostré de súbito, como por arte de magia. No esperaba que me aplaudiera como a los magos que sacan conejos del sombrero, pero tampoco ese gesto de fastidio. Titubeando, le dije:
            –Quiero regalarte una flor, niña linda.
            –¿Esa flor?  No veo por qué.
            –Está llena de belleza –dije, lleno de emoción.
            –No veo la belleza –dijo Caperucita–. Es una flor como cualquier otra.
            Sacó el chicle y lo estiró. Luego lo volvió una pelotita y lo regresó a la boca. Se fue sin despedirse. Me sentí herido, profundamente herido por su desprecio. Tanto, que se me soltaron las lágrimas. Subí a la bicicleta y le di alcance.
            –Mira mi reguero de lágrimas.
            –¿Te caíste? –dijo–. Corre a un hospital.
            –No me caí.
            –Así parece porque no te veo las heridas.
            –Las heridas están en mi corazón –dije.
            –Eres un imbécil.
        Escupió el chicle con la violencia de una bala y me pareció ver en el polvo una sangrienta herida.
            Volvió a alejarse sin despedirse.
            Sentí que el polvo del camino era mi pecho, traspasado por la bala de chicle, y el río de la sangre se estiraba hasta alcanzar una niña que ya no se veía por ninguna parte. No tuve valor para subir a la bicicleta. Me quedé toda la tarde sentado en la pena. Sin darme cuenta, uno tras otro, le arranqué los pétalos a la flor. Me arrimé al campanario abandonado pero no encontré consuelo entre los murciélagos, que se alejaron al anochecer. Atrapé una pulga en mi barriga, la destripé con rabia y esparcí al viento los pedazos. Empujando la bicicleta, con el peso del desprecio en los huesos y el corazón más desmigajado que una hoja seca pisoteada por cien caballos, fui al pueblo y me tomé unas cervezas en la primera tienda. "Bonito disfraz", me dijeron unos borrachos, y quisieron probárselo. Quise despedazarlos como pulgas pero eran más de tres.
         Esa noche había fuegos artificiales. Todos estaban de fiesta. Vi a Caperucita con sus padres debajo del samán del parque. Se comía un inmenso helado de chocolate y era descaradamente feliz. Me alejé como alma que lleva el diablo.
           Volví a ver a Caperucita unos días después en el camino del bosque.
         –¿Vas a la escuela? –le pregunté, y en seguida me di cuenta de que nadie asiste a clases con sandalias plateadas, blusa ombliguera y faldita de juguete.
           –Estoy de vacaciones, lobo feroz –dijo–. ¿O te parece que éste es el uniforme?
            El viento vino de lejos y se anidó en su ombligo.
            –¿Y qué llevas en el canasto?
            –Un rico pastel para mi abuelita. ¿Quieres probar?
            Casi me desmayo de la emoción. Caperucita me ofrecía su pastel. ¿Qué debía hacer? ¿Aceptar o decirle que acababa de almorzar? Si aceptaba pasaría por ansioso y maleducado: era un pastel para la abuela. Pero si rechazaba la invitación, heriría a Caperucita y jamás volvería a dirigirme la palabra. Me parecía tan amable, tan bella. Dije que sí.
            –Corta un pedazo.
        Me prestó su navaja y con gran cuidado aparté una tajada. La comí con delicadeza, con educación. Quería hacerle ver que tenía maneras refinadas, que no era un lobo cualquiera. El pastel no estaba muy sabroso, pero no se lo dije para no ofenderla. Tan pronto terminé sentí algo raro en el estómago, como una punzada que subía y se transformaba en ardor en el corazón.
           –Es un experimento –dijo Caperucita–. Lo llevaba para probarlo con mi abuelita pero tú apareciste primero. Avísame si te mueres.
            Y me dejó tirado en el camino, quejándome.
         Así era ella, Caperucita Roja, tan bella y tan perversa. Casi no le perdono su travesura. Demoré mucho para perdonarla: tres días. Volví al camino del bosque y juro que se alegró de verme.
           –La receta funciona –dijo–. Voy a venderla, lobo feroz. 
        Y con toda generosidad me contó el secreto: polvo de huesos de murciélago y picos de golondrina. Y algunas hierbas cuyo nombre desconocía. Lo demás todo el mundo lo sabe: mantequilla, harina, huevos y azúcar en las debidas proporciones. Dijo también que la acompañara a casa de su abuelita porque necesitaba de mí un favor muy especial. Batí la cola todo el camino. El corazón me sonaba como una locomotora. Ante la extrañeza de Caperucita, expliqué que estaba en tratamiento para que me instalaran un silenciador. Corrimos. El sudor inundó su ombligo, redondito y profundo, la perfección del universo. Tan pronto llegamos a la casa y pulsó el timbre, me dijo:
            –Cómete a la abuela.
            Abrí tamaños ojos.
            –Vamos, hazlo ahora que tienes la oportunidad.
            No podía creerlo.
            Le pregunté por qué.
           Es una abuela rica –explicó–. Y tengo afán de heredar.
         No tuve otra salida. Todo el mundo sabe eso. Pero quiero que se sepa que lo hice por amor. Caperucita dijo que fue por hambre. La policía se lo creyó y anda detrás de mí para abrirme la barriga, sacarme a la abuela, llenarme de piedras y arrojarme al río, y que nunca se vuelva a saber de mí.
        Quiero aclarar otros asuntos ahora que tengo su atención, señores. Caperucita dijo que me pusiera las ropas de su abuela y lo hice sin pensar. No veía muy bien con esos anteojos. La niña me llevó de la mano al bosque para jugar y allí se me escapó y empezó a pedir auxilio. Por eso me vieron vestido de abuela. No quería comerme a Caperucita, como ella gritaba. Tampoco me gusta vestirme de mujer, mis debilidades no llegan hasta allá. Siempre estoy vestido de lobo.
       Es su palabra contra la mía. ¿Y quién no le cree a Caperucita? Sólo soy el lobo de la historia.
            Aparte de la policía, señores, nadie quiere saber de mí.
           Ni siquiera Caperucita Roja. Ahora más que nunca soy el lobo del bosque, solitario y perdido, envenenado por la flor del desprecio. Nunca le conté a Caperucita la indigestión de una semana que me produjo su abuela. Nunca tendré otra oportunidad. Ahora es una niña muy rica, siempre va en moto o en auto, y es difícil alcanzarla en mi destartalada bicicleta. Es difícil, inútil y peligroso. El otro día dijo que si la seguía molestando haría conmigo un abrigo de piel de lobo y me enseñó el resplandor de la navaja. Me da miedo. La creo muy capaz de cumplir su promesa.

          1990

miércoles, 25 de febrero de 2015

Julie Maroh / El azul es un color cálido / Algunas páginas


Julie Maroh
EL AZUL ES UN COLOR CÁLIDO



















Julie Maroch / El azul es el color más cálido




Julie Maroch
EL AZUL ES EL COLOR MÁS CÁLIDO

No deja de ser esperanzador aunque anecdótico en estos vertiginosos y turbulentos tiempos que al Cómic actual –y a todos- le ha tocado vivir, que una obra que en su momento pasó bastante desapercibida en nuestro país tenga una segunda oportunidad de llegar al gran público gracias al efecto altavoz que su premiada adaptación cinematográfica ha tenido. Y un motivo a la reflexión que sea a toro pasado cuando divulgadores y críticos nos rindamos a las excelencias de “El azul es un color cálido” de Julie Maroh y editada por Dibbuks, que recibiera en 2011 el Premio del Público de Angoulême y cuya adaptación cinematográfica del 2013, “La vida de Adèle”, dirigida por Abdel Kechiche, recibiera la Palma de Oro del Festival de Cannes

“El azul es un color cálido” narra la larga, hermosa y triste historia de amor de Clementine y Emma, desde que se conocen de jóvenes hasta su fin, a través de los diarios de Clementine, descubriéndonos el despertar a la madurez y la aceptación de su sexualidad de la joven en un camino que no siempre resulta fácil.
Julie Maroh, cuyo estilo de dibujo y el suave trazo de sus figuras evocan el costumbrismo de Possy Simmonds, sorprende por la madurez y habilidad de su propuesta para su corta trayectoria, construyendo una exquisita y cautivadora “love story” que funciona gracias a la sensibilidad que derrocha la autora para aprovechar los recursos del cómics para desarrollar una narración atractiva y sólida basada en unos personajes cuyas reacciones resultan creíbles y conmovedoras.
Maroh aprovecha el socorrido recurso de la narración interpuesta mediante la lectura del diario de Clementine por parte de Emma para presentar mediante una larga y efectiva elipsis las experiencias de Clementine en su gris vida de adolescente reprimida en la que la única nota de color es el pelo teñido de su amada. En ese sentido, resulta muy atractivo cómo la autora otorga un papel protagonista al color como recurso narrativo y leitmotiv, especialmente al azul que da hilazón a la obra pero ahondando en un significado completamente distinto al que le diera Miller cuando puso de moda este recurso en su recomendable “Sin City", sirviendo esta vez de contraste esperanzador para "iluminar" el gris y marrón mundo adolescente de la atormentada Clementine.
Por otro lado, y al igual que hiciera Vivés en su celebrada “Amistad Estrecha”, Maroh no tiene ningún problema en mostrar el sexo explícito de las protagonistas presentada de un modo bello y elegante y sin caer en la zafiedad, como una consecuencia lógica más en el desarrollo de la obra en el que sin duda es el clímax de la historia.



“El azul es un color cálido” es una magnífica y sensible historia de amor que poco tiene que envidiar de la no menos recomendable pero mucho más (re)conocida “Píldoras Azules” de Frederik Peeters, con la que comparte idénticos objetivos y una amplia variedad de recursos aún cuando los estilos de ambos autores difieran. Un estupendo tebeo que he de reconocer me ha emocionado.



El azul es un color cálido / La vida de Adele



“El azul es un color cálido” y “La vida de Adele”: 

Cuando el arte genera arte.

maroh-azul-color-calido“La vida de Adele” ha sido sin duda una de las grandes sorpresas cinematográficas del pasado 2013. Se trata de uno de esos raros films donde el consenso entre una amplia mayoría de crítica y público llega a unas cotas máximas. Difícil ponerle “peros” a una película intensa y emocionante como pocas que, alcanzando las tres horas de duración, se hace corta.
Dirigida por el realizador franco-tunecino Abdellatif Kechiche, e interpretada por la ya consagrada Léa Seydoux y por ese gran descubrimiento que es Adèle Exarchopoulos, la película logró la palma de oro en el pasado Festival de Cannes, además de haber conseguido muchos otros premios y reconocimientos.
Ha sido tal el (merecido) éxito conseguido por este film, que quizá se ha perdido un poco de vista la obra en el que está basado. Y es una lástima porque el cómic que inspiró “La vida de Adele” es igualmente brillante. Por eso, aprovechando que hemos tenido la noticia de que se ha reeditado de nuevo, hemos querido hablar de él aquí.
Escrito y dibujado por Julie Maroh (Lens, 1985), el título del cómic, “El azul es un color cálido”, hace referencia al tinte de pelo que lleva el personaje de Emma, interpretado en la gran pantalla por Léa Seydoux, aunque éste sea, en realidad, uno de los pocos puntos en común entre la historia que encontramos en la obra gráfica y su adaptación al cine. Y es que una de las grandes sorpresas con la que nos hemos topado aquellos que nos hemos acercado al cómic después de haber visto la película es que el primero difiere considerablemente del film. Incluso podríamos decir que su final es radicalmente opuesto.
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Una de las viñetas de “El azul es un color cálido”
Con todo, la esencia del relato que se nos muestra en la película estaba ya en la obra gráfica de Maroh. “El azul es un color cálido” nos cuenta la historia de Clementine (Adele en su traslación cinematográfica), una adolescente proveniente de un entorno rural que se muda con su familia a la ciudad y se integra en un instituto donde no tiene problemas para adaptarse. Un día se cruza por la calle con una chica que lleva el pelo teñido de azul (de allí, como ya hemos apuntado, se deduce fácilmente el título del comic). Clementine queda prendada desde un principio de esta joven algo mayor que ella, cuya imagen tiene un halo de misterio. Su vida da un vuelco completo a partir de ese instante: su relación con su familia, amigos o compañeros de estudio, se trastorna al descubrir su sexualidad. La pasión se instala en su vida a través del fuerte vínculo que establece con Emma, la chica del pelo azul, auténtico leit motiv del comic. Pese a esa conexión, las dos jóvenes se encontrarán con múltiples dificultades que lastrarán la posibilidad de dar rienda suelta a sus sentimientos. Como ya hemos mencionado, la historia que se nos explica en la novela gráfica es bastante distinta a la del film, especialmente su final. No daremos aquí detalles de ello para evitar el spoiler, aunque la conclusión del cómic es conocida desde la primera página por el lector y se desarrolla todo a partir de una estructura de largo flashback. De todas formas, los puntos cardinales en que se sustenta la narración sí son parecidos.
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Otro de los dibujos de “El azul es un color cálido”
Julie Maroh cuenta su historia utilizando un trazo delicado y, al mismo tiempo, muy expresivo. En buena parte del comic no hay apenas apoyo textual y el color se aplica solo en algunos momentos, de manera que los tonos grisáceos dominan la mayor parte de la estética de la novela gráfica salvo por el azul del pelo de Emma o por algunos objetos puntuales. Sin duda, los contrastes que se generan de esta manera son uno de los grandes hallazgos del cómic que resulta, desde un primer instante, muy reconocible para el lector. Además, la autora utiliza el color, o la ausencia de éste, con una lograda intención poética.
“El azul es un color cálido” muestra de forma casi naturalista lo que acontece en la vida de la protagonista. Así, somos testigos de las vicisitudes del personaje de Clementine sin que sobresalga demasiado un aspecto de otro, aunque la clave de la historia esté en su relación con Emma. De la misma forma que ha ocurrido con “La vida de Adele”, se ha puesto mucho el acento en las explícitas imágenes sexuales del cómic, pero Maroh sortea la morbosidad fácil y consigue elevar esas viñetas a un plano emocional, algo que, casi milagrosamente, Kechiche también logra en su film donde no hay apenas diferencia (insistimos, en el plano emocional) entre ver a la protagonista comiendo con fruición unos spaghetti, discutiendo acaloradamente con unas compañeras de clase, bailando con unos amigos en una fiesta de cumpleaños, o practicando sexo pasionalmente con Emma.
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Fotograma de “La vida de Adele”, adaptación cinematográfica de “El azul es un color cálido”
Quizá la mayor distinción de fondo que existe entre el cómic y la película es que el primero subraya algo más el asunto del respeto a la diferencia como uno de los temas clave que pone en cuestión la historia, mientras que en el film se pasa por encima de ello de forma más superficial, probablemente porque las intenciones creativas de su director son otras. La película en cambio, desarrolla con mayor profundidad la dinámica de relación entre Adele y Emma, algo que, tratándose de una pareja homosexual, no estamos muy acostumbrados a ver reflejado ni en el cine ni en otras disciplinas artísticas.
En definitiva, “El azul es un color cálido” es un sensible canto al amor y la tolerancia de una gran belleza formal, y que, como simiente de esa fabulosa película que es también “La vida de Adele”, se nos muestra como un excelente ejemplo de cómo al gran arte es capaz, en ocasiones, de generar gran arte.
Ricard.
Os dejamos con un video-montaje donde vemos al completo “El azul es un color cálido”:

Y el tráiler de “La vida de Adele”:




El azul es el color más cálido / Represalia contra la poesía

El azul es el color más cálido

Represalia contra la poesía


Azul é a Cor Mais Quente / Represália contra a poesia



Irán paraliza la difusión de la obra de Sepideh Jodeyri por haber traducido al persa el cómic 'El azul es un color cálido', una historia de amor entre lesbianas



    Viñetas de la versión persa de 'El azul es un color cálido', de Julie Maroh.

    Sepideh Jodeyri (Ahwaz, Irán, 1976) es poeta, traductora y represaliada. Tras la revolución verde iraní de 2009 en la que se implicó activamente —aquel movimiento ciudadano contra las anómalas elecciones presidenciales que dieron la victoria a Mahmud Ahmadineyad— dejó su país en uno de esos éxodos forzados por el temor a que la disidencia se cotizase cara. Ahora se va su poesía. O mejor dicho, la destierran. Y no porque rime mal sino porque Jodeyri tradujo al persa el cómic El azul es un un color cálido (Dibbuks), una historia de amor juvenil entre lesbianas que se ha publicado en una docena de idiomas y que se adaptó al cine en La vida de Adèle, palma de Oro en el Festival de Cannes en 2013.

    El pasado 28 de enero, el editor de Jodeyri en Teherán la telefoneó para anunciarle que el acto previsto al día siguiente para promocionar su último poemario, And Etc., había sido cancelado. Cuando ella inquirió la razón, el editor la invitó a navegar por las webs de medios conservadores. “Y me encontré artículos radicales escritos contra mí. Eran especialmente críticos por el hecho de que una instalación oficial (un museo) acogiese invitados para analizar los poemas de una autora que tenía un historial de apoyo al movimiento LGBTQ (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transexuales y Queer)”, explica Sepideh Jodeyri por correo electrónico desde Praga, donde reside junto a su familia.


    Aquellos medios recriminaban al nuevo ministro de Cultura haber permitido la publicación de la obra y exigían la suspensión de la presentación. Según Jodeyri, “los servicios de inteligencia intervinieron de inmediato y cancelaron el acto; el director del museo fue despedido y el Ministerio de Cultura ha cuestionado a mi editor y le ha reclamado la licencia de mi libro”. A partir de ahora And Etc.no podrá distribuirse, tampoco nadie se atreverá a publicar otros títulos suyos. “Incluso los medios reformistas de Irán han retirado las entrevistas que había concedido sobre mi nuevo libro de poemas, y lo mismo ha ocurrido con las críticas literarias sobre mi trabajo. Parece que tanto mi pluma como mi nombre han sido prohibidos en mi tierra”, lamenta.
    Irónicamente el arrinconamiento público de Jodeyri castiga la traducción de un cómic que ni siquiera circula por Irán. La versión en farsi de El azul es un color cálido se publicó en París. “Pero ahora sé qué vengativos son los fundamentalistas iraníes. Han esperado hasta que mi editor en Irán quiso promover mi último libro de poemas, y entonces ¡atacaron!”.
    La ofensiva contra la traductora alarmó a Julie Maroh (Lens, 1985), la autora del cómic, que aireó el hecho en su web. “Dada la situación y lo lejos que ha ido, no hay duda de que ella habría estado en prisión si estuviese en Irán ahora”, cuenta por correo. “Es un hecho terrible que hace que la gente viva con miedo, y nadie debería aceptar vivir así”.