viernes, 19 de octubre de 2018

Alonso Sánchez Baute / Roberto


Roberto Burgos Cantor
Foto de Triunfo Arciniegas


Roberto

Un íntimo homenaje del escritor Alonso Sánchez Baute a su amigo Roberto Burgos Cantor, fallecido esta semana.

Alonso Sánchez Baute
18 de octubre de 2018


Roberto Burgos Cantor era un hombre de cabello salpimentado cortado casi al rape y ojos achinados, atrincherados detrás del marco rectangular de unos lentes de pasta café. Con una estatura que rozaba el metro sesenta, tenía pinta de oriental: podría haber sido confundido con un viejo tibetano. Además del físico le ayudaba su actitud: sereno, calmado, de mirada tranquila y el andar sosegado y el mar de sabiduría de un Dalai Lama. Era un hombre de trato amable, elegantes maneras como de aristócrata, como de diplomático, y de verbo afinado. Tenía un reconocible pero exquisito acento costeño muy marcado, tanto por el lenguaje que usaba como por el ritmo y la manera como lo enfatizaba: ni se comía las letras ni cantaba las frases, como es común en la gente de su tierra. Conversaba de forma proustiana, como echando un cuento al que lo habitan muchos recovecos.
Hablando de la Cartagena de su infancia, por ejemplo, contaba:
“En esos años en que estaba toda la zona histórica cayéndose, con la madera comida por el comején, el olor a podredumbre… Recuerdo que de los primeros gobiernos del Frente Nacional, sobre todo después de Valencia, el empeño era rescatar eso. Estaba lo histórico, pero en ese entonces el turismo iba a ver un templo de un curita que curaba lamiendo las llagas a los esclavos y el mar. Esa era toda la aventura. Incluso Bocagrande no existía. Solo estaba el Hotel Caribe, porque hicieron como modelos de hoteles. ¿Has visto que, como el Caribe, el Prado de Barranquilla y el Nacional de La Habana, cada uno en distintos tamaños, son muy parecidos? Parecen sacados del mismo molde. Y estaba la isla de Manga con esa arquitectura que se estaba haciendo en el Caribe. Ese barrio tenía un tranvía. Cuando se publicó El amor en los tiempos del cólera, López Michelsen le preguntó a García Márquez por qué mencionaba una flor, no recuerdo ahora si eran violetas o lilas. Pero en ese lugar no era entendible que hubiera esa flor. Y Gabriel le contó que Manga tenía un acueducto que venía en superficie desde Turbaco y era muy rico en cálcico y ese calcio era útil para que se diera esa flor que ya no existe”.
A pesar de vivir en Bogotá desde 1965, Roberto parecía siempre haber dejado atrás su ciudad natal hacía apenas un par de semanas: como un caribeño que se negaba a acachacarse, vestía con doble media y usaba camisilla, camisa y suéter incluso cuando permanecía dentro de su propia casa.

Aureliano

Al interior de Colombia se estereotipa al caribeño como alguien mamagallista, desabrochada, de camisas floridas y mirada musical. Guardan en el imaginario los rasgos fuertes, impulsivos y apasionados de un José Arcadio, olvidando el carácter mesurado y reflexivo, la voluntad inamovible y el punto de tristeza en la mirada de un Aureliano. Si hubiera sido un Buendía, Roberto hubiera sido como el coronel: la vida no le apretaba. Así fue siempre. Desde niño, cuando ya sabía que el destino le tenía los hilos marcados y nada hizo para contrariarlo.
Nació en la Clínica Vargas, en el barrio a espaldas del castillo de San Felipe, entrando por El Cabrero hacia Torices, donde habitaban mulatos de clase media, educados y con cierta concepción de vida e independencia económica. Era el mayor de los hermanos. Le siguen Sonia, que nació un año después que él; Beatriz; Javier Alonso, que vive en Francia; y otra mujer, María Consuelo. Todos dedicados hoy a la docencia.
Los Burgos, tan comunes en las sabanas de Bolívar, descienden directamente de una española llamada Manuela que llegó al país en calidad de “sobrina” de un cura de apellido Berástegui, quien con el tiempo montó un ingenio azucarero en cercanías a Ciénaga de Oro. Fals Borda se refiere a ambos en Historia doble de la costa, dejando constancia de que, antes del Burgos, esta parentela debería llevar el Berástegui.
El papá de Roberto trabajaba como juez cuando Eduardo Lemaitre le propuso fundar el departamento de Humanidades de la Universidad de Cartagena, donde permaneció hasta su muerte a pesar de conservar una oficina de abogado para satisfacción profesional. La mamá, quien se educó para ser maestra pero nunca ejerció, era de Turbaco de ascendencia cundinamarquesa. El matrimonio era amigo cercano de Zapata Olivella y de Rojas Herazo, escritores frecuentes en el hogar de su niñez. Era la época del Grupo de los Quince, cuando el francés Pierre Daguet escogió quince alumnos Cogollo, Guerrero, Morales… que luego descollaron en el arte local y nacional.
El padre de Roberto era buen lector. Tenía una extensa biblioteca con obras del existencialismo francés, de Joyce, de Fray Luis de León, Cervantes y Lope de Vega. Y había también literatura contemporánea: “Kafka, una preciosa novela de Pasolini que se llama Muchachos de la calle, y bastantes poetas: Neruda, Zalamea, Gaitán Durán, Cote Lamus, León de Greiff”.
Había en su casa, en fin, un ambiente intelectual. Como también en su entorno: en quinto de bachillerato recibió clases extras de trigonometría con el maestro Jaime García Márquez. De carambola, conoció a su hermano Eligio, quien de inmediato se convirtió “no en mi mejor amigo sino en mi propio hermano”. Fue así como tuvo acceso a la biblioteca que Gabriel García Márquez legó a su hermano menor, a quien trataba como a su hijo mayor. En ella Roberto conoció a “Virginia Wolf, a Dos Passos, a Faulkner, a Rulfo, a Vargas Llosa y a un autor argentino ahora en alza: Daniel Moyano”.

Cartagena

Para entonces los Burgos Cantor vivían en El Cabrero, el barrio al margen del Corralito de Piedra que un siglo antes acunó a Rafael Núñez y ahora mostraba decadencia. Incluso a la ermita se le había roto la torre, por lo que la misa dominical había que celebrarla en la sala de la casa de quien fue cuatro veces presidente de Colombia.
Como esos escritores que, antes que de la imaginación echan mano de una memoria esplendente, Roberto también recuerda del barrio donde creció: “Había unas cinco casas grandes, con patios que daban al mar; un par de casas más contemporáneas, con pisos de granito y dos plantas. Y a un personaje que parecía llegado de Haití o Jamaica, el único varón que salía al malecón, desplegaba una mesa al lado del carbón hirviente y planchas de hierro. Era cobrizo, muy moreno, creo que era sastre. Todas las tardes salía a planchar sin camisa. Allí también había un embalsamador, el señor Giacometti, y unos muchachos que en las mañanas salían a la playa a vender fritos que hacía en un solar del barrio una negra llamada Agripina. A ellos, les prestaba mi bicicleta y a cambio me regalaban un frito. La vida era muy democrática. No había entonces eso que ocurrió después: el factor excluyente, discriminatorio”.
Cartagena era entonces una ciudad silenciosa de casonas abandonadas y paredes blancas pintadas con cal. Luego todo cambió y pasó a ser un cruce de calderetas, convirtiéndose en esa especie de apartheid que padece ahora, donde conviven al tiempo los palacios más costosos junto a la pobreza de tragedia. Esto sucedió estas últimas décadas, cuando Roberto ya no habitaba entre sus calles tras de partir a Bogotá a estudiar Derecho en la Universidad Nacional.
Desde entonces escribir era lo que quería. No lo hacía para combatir el aburrimiento o la infelicidad de la cotidianidad sino porque era lo que el cuerpo le pedía: una necesidad natural que no necesita razones ni explicaciones. Su padre lo sabía luego de leer, por infidencias de su madre, una serie de cuentos que Roberto escribió en el bachillerato. Uno de ellos, sobre la violencia en el campo, Zapata Olivella lo publicó en la revista Letras Nacionales y fue conocido por Policarpo Varón, un escritor bogotano que le alabó a Roberto la factura impecable. Otro fue publicado en Cali, en una antología de cuentistas.
A pesar de la vocación, su papá le aconsejó adelantar alguna carrera de la cual pudiera vivir mejor. Se decidió por el derecho en tiempos cuando esta facultad “incluso tenía cursos de literatura, no opcionales sino obligatorios. Recuerdo las clases sobre Gogol y sobre Dostoievski, con un profesor joven recién llegado de Francia, de apellido Posada, que era del Valle. Y en el entorno estaba Marta Traba, Francisco Posada, Carlos Rincón. Cada semana había un debate sobre temas que iban desde Baudelaire hasta Bertolt Brecht. Era un mundo muy rico culturalmente… Y ahí estaban la residencia, la cafetería, el cine en el centro Nariño, en el gran momento del cine europeo, con Bergman, con toda la nueva ola francesa. Uno vivía como en un micromundo”.
Los disturbios vinieron después. “Tengo la imagen de unos días tristes. En uno de ellos, unos discursos entre los comunistas jóvenes y los comunistas chinos jóvenes, que terminaron tirándose piedra, y una cosa estremecedora que fue una mañana en que llegamos a clase y habían puesto encima de la cafetería central el cadáver del estudiante Carvalo. Eso nos marcó mucho. Lo habían tiroteado en el centro, acusado de ser un enlace del ELN. En ese momento algo se quebró, algo comenzó a dañarse”.
Estudiando abogacía conoció a Dora Bernal en la facultad de Física. Los casó el párroco de la universidad, Alfonso Rincón, quien era el ayudante de Camilo Torres. Fueron 48 años de matrimonio sobre las olas de muchos naufragios. “Cuando sacamos cuentas, en el entorno de amigos hay muchas separaciones o separaciones que nunca volvieron. Lo de las uniones estables es más del Caribe que de Bogotá, tal cual se lo escuché un día a Ramiro de la Espriella cuando le dijo a alguien que se estaba separando: ‘Ustedes están locos, eso de separarse es de cachacos’”.
Ya casado hizo unos semestres en Filosofía, los cuales coinciden con la fecha en que engendró a su hijo mayor, Javier Alejandro, quien casualmente veinte años después se graduaría como filósofo (también es poeta, y hoy hace parte de un programa con el Distrito). Luego vino Pablo Nicolás, que estudió Cine en la Nacional, hace documentales y trabaja con Rocío Londoño en un tema de memoria nacional. Ambos muchachos ya están casados. “Soy un abuelo fértil”, sonreía orgulloso Roberto al mencionar a sus tres nietas.

Primero estuvo la literatura

En 1969 ganó su primer premio literario: el Concurso Nacional de Cuento convocado por el periódico Pizarrón de la Javeriana. Cuatro años después se alzó en Cúcuta con el Premio de Cuento Jorge Gaitán Durán. Pero la literatura no le daba para la cuchara, de modo que entró a la burocracia estatal. Antes pensó en ser maestro, como todos sus hermanos, pero se dio cuenta a tiempo que el trabajo podría consumirlo, impidiéndole dedicarse a lo que realmente quería hacer: escribir. Fue entonces cuando un amigo de su padre, Jaime Angulo Bossa, lo llevó a la nómina de la Superintendencia de Notariado y Registro. Allí logró organizar el tiempo para regresar temprano a casa a leer y escribir. Cuando pensó que estaba listo para jalarle a una novela, al poco tiempo de arrancar se quedó sin gasolina.
Debió esperar hasta principios de los ochenta, con tres periodos vacacionales acumulados, para finalmente aunar fuerzas, encerrándose en el apartamento desocupado de una de sus hermanas en Barranquilla y concentrarse en la escritura, “Anunciándolo con bombos y platillos a todos los amigos para obligarme a regresar con un trabajo entre las manos”.
Así nació Lo amador. Siete cuentos que narran la historia de esos personajes (boxeadores, mecánicos, modistas, reinas de belleza) con los que Roberto solía toparse y esos sitios por donde cada tarde se aventuraba al desplazarse entre su casa de El Cabrero y el Liceo La Salle, donde estudiaba: “Aquí donde usted me ve cuando yo vine esto no era barrio ni era nada y el teatro qué vaina tan linda para el llanto y para el sueño una sala grande descubierta que en el verano fresco de enero empezaba la vespertina a las siete porque no oscurecía antes y si uno recostaba la cabeza contra el espaldar de una silla veía las estrellas moviéndose por el cielo o la luna de julio que estaba encima de la sala al comenzar la nocturna”.
Según escribió Edgar Sierra en Coralibre, “un libro que le tuerce el pescuezo a la retórica, que rompe con la tradición conservadora para buscar lo propio y un nuevo lenguaje”. El hoy director de Planeta, Juan David Correa, no se quedó atrás en elogios en sus tiempos como director de la revista ARCADIA: “Lo amador se sigue reeditando y comentando como uno de los libros más importantes en la Colombia de los últimos treinta años”.
Eliminando lo que él llamaba “la posdata social”, a partir de entonces Roberto supo combinar la burocracia que le dio de comer con la escritura que lo llenó de placer. Lo fácil sería decir que lo hizo de forma kafkiana, dando a entender la vida triste del escritor que debe padecer de la burocracia para sobrevivir, pero es hora de torcer el cuello a esta mirada: tristes más bien son los burócratas que carecen de esperanzas para subsistir.
De esta forma, como en el eterno retorno, por la Superintendencia de Notariado y Registro entró y salió en tres épocas diferentes de su vida. No fue su único cargo público. Trabajó en la ESAP, bajo la dirección de Marino Henao; en Focine, bajo órdenes de María Emma Mejía durante el gobierno de Belisario; y estuvo un par de veces en la nómina diplomática: dos años en Panamá y tres en Viena.
Se dice que hay dos clases de escritores: los que escriben bajo un impulso, se sientan y hasta que no acaban la novela no vuelven a levantarse (“como le ocurría a Sábato  tal cual recuerda Roberto, que solo trabajaba cuando le llegaban las ideas”) y otros que tienen una rutina y lo hacen día tras día. Y ahí están Vargas Llosa y García Márquez, “con esa lealtad a la escritura que ya sabemos cuán agradecida les ha resultado”. Roberto también hace parte de este segundo clan.
Para escribir El patio de los vientos perdidos, su primera novela, se encerró durante dos años en los que vivió de los ahorros, las cesantías y la complicidad de Dora, su mujer. La olla se raspó antes de terminarla, de modo que durante los capítulos finales debió volver a emplearse. Luego vino un libro de cuentos, De gozos y desvelos, y otra novela, Pavana del ángel, a la que le dedicó todas las tardes cuando vivió en Panamá, mientras que durante la estancia en Viena escribió la colección de cuentos Quiero es cantar“Me gusta mucho escribir cuentos, pero uno entra a veces en esa necedad de darle contenido utilitario a los gozos. A ese gozo con el cuento le encontré algo que ha resultado muy útil: como es un trabajo muy preciso, de relojería, me sirve para apretar las novelas”.
Toda la obra de Roberto narra un universo propio donde los protagonistas son siempre Cartagena y el lenguaje Caribe. Lo que marca la cresta de su ola literaria, hasta el momento, es La ceiba de la memoria, Premio Casa de las Américas José María Arguedas 2009. Fue publicada con un tiraje inicial de 25.000 ejemplares, y va en su cuarta edición.
Ahora que no ejercía ningún cargo burocrático había variado su horario de trabajo: era un hombre disciplinado y riguroso que escribía de lunes a viernes entre las ocho y media de la mañana y la una en punto de la tarde. Prefería esta hora porque la mañana tiene la ventaja moral de quitarnos la angustia de no haber hecho nada en el día, y porque luego ya uno puede hacer lo que quiera. Decía: “Disciplinar el tiempo de la escritura tiene una enorme ventaja: la rutina es agradecida”. Y decía también: “El escritor no puede dejar enfriar la mano entre un libro y otro porque corre el riesgo. Y a veces el riesgo gana”.

El aliento

En Señas particulares cuenta la historia de su estadía en Bogotá y retrata a los amigos que más alentaron su vocación de escritor. Como su papá, quien murió cuando finalizaba la escritura del libro, más cuatro importantes escritores: Ernesto Sábato, Álvaro Mutis, José Viñals y, por supuesto, García Márquez, a quien Roberto siempre menciona como Gabriel, es decir, como alguien de quien no necesita presumir cercanía llamándolo Gabo por la gran amistad que los unía.
Lo conoció de la mano de su hermano Eligio. “Antes de que saliera Cien años de soledad me pidió que acompañáramos a Gabriel a recoger un cheque en Buchholz, que le entregó Nicolás Suescún, como pago por un fragmento de la novela”. Pero lo que selló la amistad fue la publicación de Lo amador, ocurrida al regresar García Márquez de Estocolmo. En un almuerzo en casa de Roberto, mientras le echaba mano a una bandeja de patacones, Gabriel le dijo: “Ningún escritor dijo de mi primera libro que era bueno, y menos si ese escritor era un Nobel”.
La amistad con Sábato, en tanto, surgió porque Eligio quería entrevistar al gran narrador argentino sobre el tema de la ciencia. “Entre ambos hicimos un cuestionario kilométrico al que yo le adicioné preguntas literarias. Después de eso, por algún tiempo conservamos una correspondencia muy fluida”.
Álvaro Mutis ya era amigo suyo cuando salió publicada su novela El patio de los vientos perdidos, cuyo manuscrito Roberto le había enviado cuando aún no la terminaba. En un encuentro casual en la Biblioteca Nacional, Mutis le dijo: “Tengo que pedirle una cosa. Yo quiero hacer la nota de contratapa porque este es un país que conozco muy bien y lo primero que van a decir es que esa novela es garcíamarquiana, y no tiene un carajo que ver. Pero eso no lo puede decir usted sino yo”.
Y así se hizo.

Roberto a secas

De Roberto se dice que es un autor de culto; que era de pocos amigos, pero muy amigo de sus amigos; que era un hombre generoso con los recuerdos positivos; que tiene una hija en Argentina, a la que desconoce su esposa Dora; que tiene un gran amigo que se llama Arnulfo y una amiga entrañable que se llama Adriana; que a pesar de los tantos años de habitar en Bogotá, lo seguía deslumbrando la comida de su tierra —los pescados de mar, el arroz con coco, el mote de queso—; que tenía una deformación que bien pudo haberle costado la expulsión eterna de Cartagena: considerar como el mejor dulce la pasta de mango que hacen las Goenaga en Santa Marta; y que era sobrecogedoramente tímido ante los medios.
En fin.
Se decían pocas cosas de Roberto Burgos Cantor porque era alguien arisco para las páginas sociales: nunca lo deslumbraron los focos ni las bambalinas. Vivió como de tapadillo, haciéndole el quite a las polémicas y evitando cazar peleas con intención de atraer los flashes. Tampoco le interesaron los entresijos del poder. Era más bien un hombre casero dedicado a su trabajo y a la escritura que desde niño asumió como su razón de vida. Este año ganó el Premio Nacional de Novela con Ver lo que veo. Tuvo así la fortuna de ser homenajeado en vida. Pero el conjunto de su obra merece una visita: una y otra más.
Ha muerto ahora y deja un enorme vacío entre sus amigos y un dolor que no se va y el corazón desmigajado de sus familiares. Deja además, por fortuna, un valioso legado literario que, como escribió Marino Canizales en Aurora boreal, “Supera con creces el lugar común de que la literatura es lenguaje”. Y deja también la enseñanza de quien se supera siempre a sí mismo: el respeto y la admiración por Roberto tienen de poso no solo el trabajo que se hace a pulso, con dedicación y disciplina, sino también la elegancia del amor, la sencillez del que es grande y la decencia del hombre en paz consigo mismo.


Conversación entre Martin Scorsese e Isabel Coixet / “Ya no hay tiempo para lo superfluo”





CONVERSACIÓN ENTRE MARTIN SCORSESE E ISABEL COIXET

“Ya no hay tiempo para lo superfluo”

La cineasta catalana Isabel Coixet habla en Oviedo de cine y de fe con Martin Scorsese, con motivo del Premio Princesa de Asturias de las Artes que el neoyorquino recibe este viernes

Isabel Coixet
Oviedo, 18 de octubre de 2018


Me siento como el pintor de un oscuro pueblo de Umbría yendo ver a Leonardo da Vinci. O como un arquitecto de bungalows, a punto de entrar en un edifico Le Corbusier. Las películas de Martin Scorsese me han acompañado en todos los momentos de mi vida desde que en un oscuro cine de barrio vi dos veces seguidas Malas calles (1973) y la cámara vibrante que acompañaba a Robert de Niro entrando en el bar donde le espera Harvey Keitel de muy mal humor, mientras suena Jumpin’ Jack Flash, de The Rolling Stones, cambió mi manera de ver el cine. Y la vida.

Martin Scorsese. Me alegro de que por fin podamos hablar, estas últimas semanas han sido muy accidentadas para mí...
Isabel Coixet. Sí. Pero por fin estamos hablando, así que... Bueno, felicidades por el premio...
M. S. Ha sido una gran alegría... Adoro España y cualquier cosa que me traiga aquí... ¡es un sitio genial!

I. C. ¿No estás cansado? Me refiero a tantos premios, homenajes, entrevistas...
M. S. Bueno... ¡de las entrevistas, sí! [risas].

I. C. Me lo imagino. No te tomes esto como una entrevista entonces, sino como un consultorio. Como si un director en crisis va a ver a su oráculo para consultarle...

M. S. ¡Me gusta! ¡Un oráculo! Un consultorio amoroso. Dispara.

I. C.¿Alguna vez en tu vida te has planteado “de acuerdo, ya está, no voy a hacer más películas, se acabó”?

M. S. Sí. Después de rodar La invención de Hugo [un homenaje al pionero del cine Georges Méliès rodada en 3D y estrenada en 2010]. Hugo satisfizo una parte de mí, una parte enamorada de la imagen, del cine, también del cariño a la imagen y al pasado. Cuando la terminé, me dije: “Es mi última película”. Me planteo la manera en que se hacen las películas ahora, las dificultades financieras, técnicas, las presiones desde el punto de vista de la producción, de presupuestos... Me pregunto sobre el sentido de poner en marcha un mecanismo tan complejo para poner en escena algo que para mí es fundamental y relevante, pero que en el fondo te preguntas si lo es también para los demás. ¿Qué significa ser un profesional del cine en esos términos? Una expresión que siempre he detestado. Cuando terminé Hugo pensé que la única película que quería hacer verdaderamente era Silencio, pero no veía que eso fuera ser posible. Y no pensé que la industria que estaba y está cambiando a una velocidad increíble estuviera interesada en Silencio.
I. C. ¿Y cómo conseguiste convencerlos de producir Silencio?
M. S. Me dije que si hacía otra película, otra película interesante, comercial, con Leo DiCaprio, igual entonces estaría otra vez en posición de hacer Silencio. Y así fue. Hicimos El lobo de Wall Street y esa película me dio la energía y el crédito en la industria para poder hacer Silencio.
I. C. Silencio es una película impresionante. Y hay algo que pensé viéndola: “Es como una versión católica de Goodfellas [Uno de los nuestros, 1990]”.
M. S. [Risas] ¡De una cierta manera, sí!
I. C. Si hasta terminan igual: [en Goodfellas] Ray Liotta en protección de testigos hablando de lo banal que es su vida ahora y Andrew Garfield [Silencio] con su mujer y los niños...
M. S. Pero el personaje de Garfield no ha perdido la fe, guarda la cruz en su puño...
I. C. ¿Es eso fe? ¿Qué es la fe si no se manifiesta?
M. S. Él en realidad descubre su fe cuando esta ha sido cuestionada por los otros a su alrededor, los que quieren destruirla.
Aquí entramos en una complicada discusión en bucle sobre la fe, que no viene al caso.
I. C. Sé que eres el máximo impulsor del fondo para recuperar el patrimonio cinematográfico africano, que has contribuido con tu dinero y tu ayuda a restaurar y dar a conocer películas que de otro modo se hubieran perdido.
M. S. Estas películas cuentan historias desde un punto de vista absolutamente puro, incontaminado. Y las cuentan desde la mirada de cineastas africanos, no desde un punto de vista europeo o americano. Son fascinantes. Hace 20 años, vi una película maravillosa Yeelen, de Souleymane Cissé, en televisión, de madrugada. Me impresionó. Le contacté. Fui a Malí, conocí a otros directores, descubrí más películas y así empezó el World Cinema Project. Restauramos y preservamos películas que a veces se daban ya por perdidas, en países sin laboratorios ni maneras ni dinero para conservarlas. Películas de las que apenas se conserva el negativo. Cuando presentamos el proyecto en Cannes, Sissé dijo. “Si no conservamos las películas de los sesenta y los setenta de países como Malí, Uganda, Senegal, Chad... la gente, los ciudadanos no sabrán quienes son ni de donde vienen, la historia se perderá”.
I. C. ¿Hay alguna película que tengas en la recámara, qué hayas intentado hacer repetidas veces sin conseguirlo?
M. S. Sí. Pero después de haber conseguido hacer Silencio, pensé que ya no habría tantas oportunidades para mí, que quizás no tendría la energía. Tengo 75 años y todo se vuelve más lento, uno se vuelve más lento y...
I. C. Hablas tan rápido como la primera vez que te vi hace 30 años.
M. S. Puede ser. Pero ya sabes a lo que me refiero... La energía física que se necesita... Tú debes saberlo, tú cargas la cámara todo el rato... lo cual me llena de envidia...

I. C. Todo lo que he conseguido es ser un poco jorobada del lado derecho... [risas] Volvamos a tus proyectos. Yo te veo dirigiendo hasta en silla de ruedas y bombona de oxígeno como John Huston.
M. S. Ahora también estoy ilusionado con muchas otras ideas, como producir a nuevos directores, restaurar películas. El tiempo se acaba. Y hay que escoger realmente las cosas que merecen la pena. Estoy montando una película con nuestra amiga Thelma [Schoonmaker], The Irishman. Es una oportunidad de volver a trabajar con Bobby de Niro. Y claro, es sobre un asesino a sueldo, pero desde otro punto de vista, mas desnudo, más sobrio. Estoy intentando encontrar un acercamiento más natural... no, natural no es la palabra. Estoy intentando encontrar la esencia de lo que quiero decir. Incluso en los primeros planos de una persona hablando. Eso me ha llevado a recordar el documental que hice sobre mis padres Italianamerican. Mover la cámara es maravilloso, claro, pero... no sé si hay algo más que se pueda decir con el movimiento, con una grúa o con un dron o con cien drones... Ahora cualquiera puede hacerlo. Cualquiera puede hacer cualquier cosa. Por eso, hacer películas es un desafío mucho mayor que nunca en la historia.
I. C. Sí. Tienes que ser muy valiente, muy libre y muy cuidadoso... todo eso al mismo tiempo.
M. S. Exacto. Porque ya no hay tiempo para lo... superfluo. Lo innecesario. Y preguntarte constantemente: ¿qué es lo necesario? ¿Qué historia está ahí agazapada, escondida, qué historia merece la pena, y el esfuerzo y el coraje que hace falta, para hacer una película? Eso es lo que los directores tenemos que plantearnos todos los días.
I. C. Estoy contigo. Y tengo fe en ti.
M. S. [ríe] Otro día hablaremos más sobre la fe.
I. C. Otro día.


jueves, 18 de octubre de 2018

Roberto Burgos Cantor y el delirio caribeño

Roberto Burgos Cantor
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Roberto Burgos Cantor y el delirio caribeño


17 Oct 2018 - 9:39 AM
Marcos Fabián Herrera

 
En homenaje a Roberto Burgos Cantor, fallecido este 16 de octubre, publicamos una de las entrevistas que concedió, explayándose en los temas de la literatura del Caribe.
Cuando se le ve con gabardina negra y con anteojos a la usanza de un novelista decimonónico, fácilmente se llega a creer que nos encontramos frente a un santafereño ancestral, que porfía en su acicalada vestimenta de filipichín capitalino. Son sus libros los que revelan con mayor acierto su condición de caribeño. Roberto Burgos Cantor nació en Cartagena de indias el 4 de mayo de 1948. Su rito iniciático en la literatura se lo debe a Manuel Zapata Olivella, quien le publicara su primer cuento en la memorable revista Letras Nacionales. Su obra es un decantado empeño en alegorizar, con un singular y personalísimo matiz, la vastedad de una región colombiana, poseedora de dimensiones distintas a las ya instauradas como manidos clichés.
Al leer sus libros, se afinca la certeza de que el Caribe es una fuente inacabable de literatura. ¿Encuentra secretos vínculos entre la desaprensión y el alborozo caribeño y el permanente deseo de poetizar dichas vivencias?
En el Caribe coexisten dos estirpes. A ellas es posible seguirlas, entre otras novelas, en Cien años de soledad. Una es representada por los personajes que llevan el nombre de Aurelianos. Otra se identifica bajo el nombre de los Arcadios. Los primeros son los solitarios, los que hacen guerras, se ensimisman fabricando pescaditos de oro, descifran manuscritos. Ahí están Rafael Nuñez, Luis Carlos López, Nieto Arteta. Los otros, ruidosos, acompañados todas las veces, contando a gritos proyectos grandiosos que nunca se inician, un desafuero insaciable que jamás se colma. Ahí están los canales alternativos al de Panamá por el Atrato, la ciudad de espejos y chimeneas en una orilla agreste del Pacífico, en Cartagena de Indias, Benito, el chacero, candidato presidencial por tres veces, ofrecía un ventilador de montaña con aspas de trasatlántico para instalarlo en la colina de la popa y refrescar los calores indoblegables de julio. Sin embargo, tengo la impresión de que las miradas sobre el Caribe que se quedan en alguno de los fragmentos de su complejidad vienen de una percepción corriente en el siglo XIX. Ellas cuentan con un supuesto aval científico. Este consiste en definir a las tierras bajas, de climas cálidos, como territorios de imposibilidad para cualquier cultura, vedados al pensamiento y condenados por la eternidad al zangoloteo. Esta curiosa clasificación eurocéntrica la reprodujeron Caldas y Samper. Es argumento de discriminación, desprecio y más exclusiones. Conjeturo entonces que la vida y sus producciones, lo que Rubén Blades llama la maestra vida, es fuente de literatura. Si acaso el Caribe añade un reto más: la dificultad de nombrar y de revelar, puesto que en los mundos al margen de los prestigios literarios, expulsados de la atención privilegiada de los doctores, tener que rescatarlos de la neblina de lo invisible, demanda imaginación y quizás amor.
¿En La ceiba de la memoria, la multiplicidad narrativa, los paralelismos y alternancias temporales, son recursos que configuran un nuevo prisma de lectura de la esclavitud y sus correlaciones históricas?
Parece que la aventura de las novelas y los cuentos es el cómo. Es probable que ese cómo, aquello denominado por los estudiosos la forma, no sea nada al examinarla desprendida de la totalidad orgánica que es cada novela. Dicha forma no es superflua ni una manifestación exterior. De alguna manera corresponde a un estado de necesidad del texto, necesidad sin la cual no es lo que es y resulta impensable. Ahora, es posible el hábito, el gozo, la compulsión de oír o leer cuentos, historias, narraciones, demande a sus escritores, por tiranía del texto, estrategias sutiles, imaginativas, sellos del tiempo, como al principio cuando al contador lograba ser distinto de otro, introducía variaciones, o la que de noche en noche afinaba su voz y fortalecía el insomnio del sultán. Ahora, quizá, la sombra impudorosa de la conciencia del escritor se condensa más y no se diluye en la claridad o la espesura del relato. No tengo dudas: una novela, un libro de cuentos de relojería riesgosa encontrarán excelentes lectores. Y así a mejores lectores mejor literatura.
El componente reflexivo que acompaña cada pasaje de La ceiba de la memoria la hace distante del relato arquetípico. ¿Es el artilugio novelístico la principal herramienta para la revaloración de la historia?
La historia -sea el ángel de Benjamin, o el idiota de Shakeaspeare (Sound and Fury), o la pesadilla de Joyce, o la descripción de Braudel-tiene una manera propia de poner a flote su masa de pasado. Las novelas y los cuentos pueden surgir de los intersticios vacíos, silenciosos, donde la huella del pasado, si acaso estuvo, se desvaneció. Por allí se cuela la imaginación y propone una inteligibilidad, un orden o un caos, una lectura. Ello será si el texto existe como literatura y eso es lo que funda. Las concepciones que pretenden trasladar los retos de una ciencia a las artes, como una manera de sosegar y obviar las dificultades propias, incluso de puerilizar los problemas, son un fracaso y una estafa.
¿Busca Ese silencio descubrir las raíces de la concepción amatoria en la mujer del litoral y la presencia del mismo en el gozo carnavalesco?
Cuando el escritor se refiere a lo que escribió se ve interferido por una especie de pudor que le impide agregar voces al texto publicado. Una manera de esquivar el impedimento que he encontrado es advertir y aceptar que el escritor como lector de sí mismo no imprime legitimidad adicional a su lectura. Está como cualquier lector, quizá con la desventaja de esa lectura que hace mientras escribe, a lo mejor en estado de atolondramiento por las condiciones de la producción literaria. Entiendo el carácter transgresor del carnaval, su ruptura instantánea de ataduras. No sabría si María de los Ángeles tiene que ver con "el gozo carnavalesco" por lo general, lleno de signos exteriores, de énfasis, que requieren deshacer la normalidad por seguro que sea el territorio que la cobija. Si algo puedo ver en Ese silencio es una aventura que indaga formas de relacionarse y se inmiscuye en rostros diversos de lo amoroso. Soy de los que considera que el amor es cómplice necesario de la libertad. Comparten quizás el amor y la libertad una sustancia común, de forma que sus expresiones están protegidas por el secreto. Tienen raíces profundas que no han sido desenterradas.
Los cuentos y relatos reunidos en los libros De gozos y desvelos y Una Siempre es la misma confrontan la fragilidad de lo humano, pero al tiempo el valor de sobreponerse con arrojo...
En algún momento de la escritura de El patio de los vientos perdidos se coló con nitidez la visión de unos cuentos. Era tan precisa la idea que no se me ocurrió ponerla en notas y tuvo el efecto de quitarme un peso adicional a las incertidumbres de esa navegación sin brújula que es escribir novelas. El peso tiene que ver con las ambiciones del arte. El escritor siente que se acerca el momento inevitable de obsesionarse con las tachaduras y reescrituras en las márgenes y entrelíneas. En ese momento, tener entre manos una continuidad lo alivia del vacío que se aproxima. En las artes no hay grados, el escritor no se diploma de nada. Cuando dejó de escribir, dejó de ser escritor. Así termina por estar cerca del abismo cada vez que cree que considera haber concluido un texto. Pero ocurrió ese noviembre de fiestas en Cartagena de Indias, yo estaba en Bogotá D.C. y sentí como que no había más líneas, más palabras, para la novela que por primera vez escribía y por primera vez creía poner el punto final. Me entretuve en corregir, en las versiones limpias, eran tiempos de la máquina de palo. Y cuando quise encontrar los cuentos que había visto, escribirlos, estaba vacío de ellos. Y de repente, una frase. Como los cantantes. Como las invenciones del jazz. Y me dediqué a perseguirla. Era distinto a lo que me había visitado antes, y así fue De gozos y desvelos. Con los años, en 2009, se publicó Una siempre es la misma. La lectura que propone tu pregunta es válida y perspicaz. Yo no lo concebí con deliberación. Creo que en cada vida íntima se da una batalla, por inconformidad o por hastío; por rechazo o por aburrimiento; y muchas veces nadie lo sabe.
El boxeador, el aristócrata, los músicos y las putas de El patio de los vientos perdidos, configuran un cuadro tan disímil y a la vez compacto difícil de ubicar por fuera del Caribe colombiano. ¿Es esta novela un tributo al delirio y fantasmagoría costeña?
Debe haber algo en los territorios de transgresión de las novelas que le permite a los personajes probar suerte con la ilusión imposible de la felicidad. Indagar por sus formas sin antecedente. Sin embargo, ese espacio propone una igualdad: quienes ingresan buscan los mismo y mediante igual procedimiento. La regla tácita es no violar las reglas. Aceptar la bella mentira de que te quieren. Dudo en llamar "delirio" a algo que percibo en el Caribe. Sus gentes no piden nada, pero lo quieren todo. Esta tensión les permite una irreverencia natural y una capacidad de burlarse de sí mismas que las hace inmunes a las migajas y sus protocolos rimbombantes, a las celebraciones de medianía. Sí hay un delirio en el Caribe: la luz. Sí hay una, como tú la llamas, "fantasmagoría": tanto sepultado en el mar. Sin duda, la mitad más un cuarto de nuestra historia, todavía deshilvanada.
¿Podría precisar las coordenadas en las que se encuentra la música y la escritura en sus libros?
No tenía conciencia de los pasadizos entre la música y mi escritura. Una vez un editor revisaba un texto que me había encargado. Yo llegué en ese momento a mirar las propuestas de ilustración que fueron confiadas a David Manzur y de entrada el editor me dijo: empecé a leer tu historia y al rato estaba dando golpecitos al suelo con las puntas de los pies. Llevaba el compás. Si paraba se detenía la lectura. Es de suponer que en el Caribe la música, por razones diversas, está metida en el cuerpo, incorporada en la vida. La música preside la vida y acompaña la muerte; aviva el dolor y dulcifica el sufrimiento; sirve de salvavidas a las flaquezas del recuerdo; e incluso propone sensibilidades sustitutivas a los vacíos de la aventura; y por supuesto interviene en las formas del movimiento, reinventa el silencio de la danza. Tengo la impresión que quien hizo evidente esa complicidad fue Guillermo Cabrera Infante. De cualquier manera la una y la otra mantienen su autonomía y sus expresiones propias. A lo mejor, ambas apuestan por encontrar el silencio.
Lo Amador se arriesgó a fabular la costa  confrontando una ciclópea sombra patriarcal. ¿Cómo asume la escritura de un universo geográfico y cultural sembrado de prevenciones en los lectores  por su manida concepción garcíamarquiana?
Parecería evidente que Gabriel García Márquez, sus cuentos y novelas, resolvieron para siempre muchos de los problemas que implicaban el paso de una escritura con las severas interferencias del mantenimiento y celebración de formas caducas impuestas como reglas del buen gusto, de los empecinamientos testimoniales de una realidad tan reciente como violenta, de concesiones a cierta noción ingenua de la diferencia, uno de cuyos fundamentos era lo exótico, lo pintoresco, un lenguaje, o, mejor, unas palabras desconocidas y sin significado en la lectura, a la aventura pendiente del encuentro con la modernidad. Por motivos que deben meditarse, hay obras de la literatura que se convierten en símbolo, en biblia de un país. Para bien y para mal. Así El Quijote es el símbolo de la libertad en España. Y, naturalmente, el de la locura. En Colombia, el inocente alborozo que condujo a millones de seres a bautizar a sus hijos con los nombres de Efraín y María y nunca con el bello de Ney, el nombre de la esclava, hallaron por fin en Cien años de soledad algo más que un directorio santo para nombrar cristianos. Dieron con un ícono que poco a poco sirvió para dar cuenta del ser latinoamericano. Sin embargo, el abrumador proceso de las interpretaciones, aunó a críticos y glosadores, comentaristas y reseñadores, estudiosos y lectores, en la coincidencia de mutar la fina intuición de Alejo Carpentier de lo real maravilloso en el repetido realismo mágico. Con los años, esa expresión, con su soberbia intocable de talismán y palabra revelada, se fundió con Macondo o macondismo. Fue despojada de su virtud y se transformó en el pernicioso hábito de nombrar y hacer responsable, explicar y justificar las desgracias, crímenes y tremendas anomalías sociales y políticas, por la supuesta pertenencia a la zona sagrada del realismo mágico. El efecto de esta aceptada y casi ilimitada explicación es devastador: el hecho condenable, el delito, la canallada se cubren de un manto benigno que envuelve la gravedad, la obliga a ingresar a un orden mágico que escapa al orden terrenal. Allí, todo puede ocurrir en la infinita perversidad humana y todo escapa a la sanción ética, a la sanción legal. Entonces el reto para los escritores es apasionante. Ni más ni menos que desajustar, desacomodar una conciencia colonizada y con deformaciones, una conciencia pervertida por la autoridad, el Gran Hermano, o como quieran llamar a los que se autoerigen en dueños del mundo. Tengo la impresión que como nunca antes, hoy, existe una literatura con registros distintos, vasos comunicantes, que dejó atrás la tradición de un solo libro, una sola novela, un solo poema. Agradezco la perspicacia de tu pregunta, pones el acento en algunos lectores y dejas que cada escritor asuma sus riesgos, su reto.