domingo, 21 de abril de 2019

Macron condecora a Houellebecq, “un romántico perdido en un mundo materialista”



Macron condecora a Houellebecq, “un romántico perdido en un mundo materialista”

El autor de 'Serotonina' recibe del presidente la Legión de Honor, máxima condecoración de la República


MARC BASSETS
París 20 ABR 2019 - 08:01 COT

Un presidente con ambiciones literarias, autor en su adolescencia de una novela sobre la conquista de México guardada en un cajón y proclive a envolverse en la épica y en la lírica. Un escritor que probablemente sea el más político de sus coetáneos en Francia, dotado de un olfato privilegiado para detectar y reflejar en sus novelas las angustias de la época. Emmanuel Macron y Michel Houellebecq mantienen una relación peculiar. Se aprecian y respetan, aunque ideológicamente no coincidan. El primero entregó el jueves al segundo, en una ceremonia privada en el Palacio del Elíseo, la Legión de Honor, máxima distinción de la República. 
“Usted es visceralmente europeo, yo soy el más europeo de los presidentes franceses. Le acusan de ser reaccionario, misógino, islamófobo, mientras que yo lucho por el progresismo, los derechos de las mujeres y el rechazo de las discriminaciones”, sonrió Macron al entregarle la medalla, según el diario Le Monde. Ambos se conocen desde hace años. En 2006, cuando Macron era ministro de Economía, la revista cultural Les Inrockuptibles publicó un extenso diálogo entre ambos. Ahí ya se veían las discrepancias pero también parecía haber sintonía personal. Entonces se tuteaban. Después Houellebecq comentó sobre Macron: “Es raro. Parece un mutante”.









Sortie de l’Élysée
Michel Houellebecq et son épouse Lysis après la remise de la Légion d’honneur par @EmmanuelMacron




A la ceremonia asistieron una treintena de amigos del Houellebecq, autor de la reciente Serotonina (publicado en castellano por Anagrama), novela que ausculta la Francia de finales de la segunda década del siglo XXI y describe a un personaje, un país y un continente en proceso de desintegración. Arroparon al novelista otros escritores como el inseparable Frédéric Beigbeder, el filósofo Alain Finkielkraut, periodistas de la revista conservadora Valeurs Actuelles, y el expresidente Nicolas Sarkozy. También el rockero Jean-Louis Aubert, la editora Teresa Cremisi, el periodista televisivo David Pujadas y el más letraherido de los miembros del Gobierno francés, el ministro de Economía y Finanzas Bruno Le Maire, que acaba de publicar dos libros en la prestigiosa editorial Gallimard: un ensayo político sobre futuro de Europa y una meditación elegíaca sobre un amigo muerto.
El ambiente era néoréac —estos neorreaccionarios chic con el talento para combinar el dandismo con el chaleco amarillo— pero sin excesos. Houellebecq ha logrado en Francia y el extranjero el aplauso de la crítica y el público de todas las ideologías. El rechazo a mayo del 68, el antiliberalismo, la islamofobia y la misoginia que señala Macron, y, en general, un pesimismo existencial sobre Francia y la civilización, se alinean en la tradición de grandes reaccionarios de las letras francesas desde finales del siglo XIX, la de Barrès y Maurras, Céline y los colaboracionistas en la Segunda Guerra Mundial, y la generación de los húsares de la posguerra. Es una cadena que mezcla el esplendor con la abyección y que tiene en Houellebecq su último eslabón.
Que Macron haya considerado que merece ser ordenado caballero de la Legión de Honor —medalla que “recompensa méritos eminentes adquiridos en el servicio de la nación, sea a título civil, sea bajo las armas”, como reza el artículo 1 del Código de la Legión de Honor—, no ha sentado bien a todo el mundo. Otro escritor —Jean-Philippe Domecq, menos conocido, menos vendido y menos aplaudido que Houellebecq— resumía algunas críticas en una tribuna en Le Monde. Sostiene que las novelas de Houellebecq son “portavoces de una ideología nauseabunda”, y le adscribe en una escuela literaria que bautiza como “sordidismo”. Domecq describe la entrega de la condecoración al autor de PlataformaEl mapa y el territorio  y Sumisión como “el segundo tiempo fuerte que [Macron] marca en el campo literario”. El primero habría sido la ceremonia funeral de diciembre de 2017 en los Inválidos, panteón de las glorias militares de la nación, en honor a Jean d’Ormesson. Ormesson, poco conocido fuera de Francia, era una institución en su país. Representaba la nostalgia de una visión del mundo aristocrática, conservadora y bon vivant, la cara amable de la derecha literaria, una escritura culta y a la vez accesible. Honrar a Ormesson el aristócrata y a Houellebecq el maldito es un mensaje: un canon presidencial.
“Usted es un romántico perdido en un mundo que se ha vuelto materialista”, le dijo Macron a Houellebecq. “Usted ha reinventado la novela francesa”.
Al final de la ceremonia, el alcalde del distrito XIII de París, Jérôme Coumet, que estaba invitado, filmó al escritor saliendo el Elíseo, acompañado de su esposa, Lysis, cigarrillo en mano, corbata mal anudada y la medalla en el pecho, satisfecho. “Aquí no se pueden tomar fotos”, bromeó.
EL PAÍS




Ernesto Cardenal / “No hay libertad para que yo diga algo, en Nicaragua estamos en una dictadura”

Ernesto Cardenal

Ernesto Cardenal

“No hay libertad para que yo diga algo, en Nicaragua estamos en una dictadura”

El poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal, recuperado tras 16 días hospitalizado con 94 años, celebra la figura del papa Francisco y lamenta la deriva de Ortega


Javier Lafuente
Managua, 20 de abril de 2019


Ernesto Cardenal
Pedir un nacatamal, un plato típico de Nicaragua a base de maíz, carne, verduras y arroz que se cuece envuelto en hojas de plátano, cuando acabas de salir de un hospital después de 16 días ingresado es cuando menos un signo de fortaleza. De lucidez, estar leyendo tres libros a la vez. El característico mal genio garantiza que Ernesto Cardenal, poeta, sacerdote, revolucionario, sigue en forma a los 94 años un Jueves Santo de 2019.

-¿Qué es para usted a estas alturas una revolución?
-¿Por qué me lo pregunta a mí? Búsquelo en un diccionario. Yo ya escribí sobre eso en La revolución perdida. Para qué voy a repetir las cosas, no tengo más que decir, no quiero.
Que a Cardenal no le gustan las entrevistas —siempre lo ha dejado claro— es lo primero que advierte cuando saluda, recién despertado de una cabezada mientras leía Viaje al centro de la fábula, de Augusto Monterroso, escritor guatemalteco que estudió con él. Además, sobre una mesa de escritorio reposan un libro en inglés sobre la fe y otro sobre misticismo, que muestra orgulloso. “Yo soy místico”, se apresura a recordar Cardenal sobre uno de los rasgos que han perfilado la historia del autor de Vida perdida y Epigramas. Los libros, dice, son su fuente de inspiración. “Solo escribo poemas cuando tengo algo que decir, el último fue hace dos semanas. Ahorita no estoy escribiendo nada, estoy leyendo para ver si escribo algo después”.
Cardenal recibe con su eterna camisa blanca campesina de la que asoma un silbato que lleva colgado al cuello y viste unos pantalones cortos. Su tradicional boina negra la tiene guardada y de su tupida barba apenas queda un poco de rastro en la barbilla. Junto al amplio sillón de cuero sobre el que está recostado hay un andador, un mueble con libros y una cama de hospital convive con una hamaca azul, donde suele descansar. Hasta llegar a este rincón de la casa, enfrente prácticamente de donde vivió hasta hace poco el escritor Sergio Ramírez y a pocos metros de donde también lo hizo la escritora Claribel Alegría, hay carteles con recuerdos de la época de la revolución y muchas de las esculturas que Cardenal ha forjado.
El poeta nicaragüense apenas concede hablar de religión. Sacerdote desde 1965, ya no pasa la Semana Santa en Solentiname, el archipiélago del Lago de Nicaragua donde escribió una de sus grandes obras, El Evangelio de Solentiname y donde fundó una comunidad cristiana de artistas y pescadores. De allí partían también alguno de los guerrilleros que lucharon contra el dictador Anastasio Somoza.
A Cardenal, uno de los mayores defensores de la teología de la liberación en América Latina, su compromiso político —fue ministro de Cultura durante el primer Gobierno de Daniel Ortega— le enfrentó con el papa Juan Pablo II, que le prohibió en 1984 ejercer el sacerdocio. Un año antes, durante su polémica visita a Nicaragua, Wojtyla se había enfrentado a Cardenal, en una imagen que se volvió icónica. El poeta y sacerdote hincó la rodilla en el aeropuerto de Managua ante el Papa. Cuando fue a tomar su mano para besársela, Juan Pablo II se la retiró y al pedirle la bendición le señaló con el dedo: “Antes tiene que reconciliarse con la Iglesia”.
La sanción del Papa se prolongó hasta mediados de febrero de este año, justo cuando Cardenal se encontraba hospitalizado y pese a que desde hace más de una década se ha mostrado como uno de los mayores críticos de Ortega, entre los que un día fueron sus aliados. Silvio Báez, el obispo auxiliar de la archidiócesis de Managua, la voz incómoda de El Vaticano que esta semana ha sido llamado por el Papa para regresar a Roma entre polémica, acudió al hospital.
“No he sentido nada, porque la sanción no me había afectado”, dice. “Nunca he sido sacerdote para administrar sacramentos, para hacer matrimonios, comuniones… No es mayor cosa para mí. Mi sacerdocio es distinto, es pastoral. Yo me hice sacerdote por la unión con Dios, es algo místico”, explica Cardenal, quien pese a las opiniones contradictorias que genera en Nicaragua el papa Francisco por la posición de El Vaticano proclive a dialogar con Daniel Ortega —unas conversaciones de las que Cardenal está en contra—, tiene la mejor imagen del Papa. “Es una maravilla, un milagro de Dios. No actúa como un Papa, está haciendo una revolución en la Iglesia y en El Vaticano”.
Sobre la infección renal que le tuvo más de dos semanas hospitalizado, al borde de la muerte, asegura: “Bien, me encuentro bien… ¡pero estoy aburrido!, ¡no puedo salir, ¡no puedo hacer nada!”, grita, en parte por la sordera propia de la edad pero también por el hartazgo que le provoca la situación de su país. Porque de lo que no quiere hablar, es lo que más le irrita. “No puedo decirle nada que sea referente a la política de Nicaragua. Desde hace bastante tiempo no puedo hablar, claro que me afecta, soy un perseguido político. No hay libertad para que yo diga algo, estamos en una dictadura”, se cierra en banda pese a que hace un año escribió un texto reconociendo la lucha de los jóvenes y recordando un verso que escribió durante el somocismo y que se tornó actual: “¡Levántense todos, también los muertos!”. Y pese a la insistencia, no hay forma: “No me haga esas preguntas, ya le digo que no puedo hablar porque no hay libertad”. Al final, concede: “Bueno, una revolución es cambiar las cosas”.


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César Leante / El silencio de Juan Rulfo

Juan Rulfo


El silencio de Juan Rulfo
Por CÉSAR LEANTE


         Gracias a su viuda, Clara Aparicio, la bibliografía de Juan Rulfo se ha incrementado con dos nuevos títulos. Aire de las colinas acaba de aparecer aquí en España, y son las cartas que el gran escritor mexicano le escribiera cuando la está enamorando. Los cuadernos de Juan Rulfo se publicó en México hace dos años, y recogen sus apuntes literarios. Unas 180 páginas componen el libro, y en él figuran cuentos que no llegó a publicar, esbozos de sus novelas Pedro Páramo y La cordillera (inconclusa o apenas dibujada). Al igual que ahora con las cartas, le fue arduo entonces a la señora Aparicio decidirse a dar a la imprenta aquellas notas de su marido, y de ahí que exclamase en la breve introducción rulfiana que inicia la obra: “Al parecer, es algo terrible lo que estoy haciendo”. Creía que Rulfo no lo hubiese aprobado, pues en vida él jamás pensó en hacerlo, esto es, dar publicidad a lo apuntado en sus cuadernos. Pero se justificaba o consolaba la esposa—albacea haciéndose esta reflexión: “Lo he pensado. Pero algo ocurre dentro de mí cada vez que repaso las páginas de estos cuadernos; cada palabra, cada frase, cargadas de vivencias y sentimientos, me hacen reflexionar sobre la necesidad de compartir estos relatos tan llenos de él y que, sin duda, contienen nuevas pistas para la lectura de Pedro Páramo y El llano en llamas”.

Juan Rulfo / La lengua como animal vivo

juan rulfo carlos valazquez
Juan Rulfo
Ilustración de Manuel Cetina

O

Juan Rulfo
LA LENGUA COMO UN ANIMAL VIVO
Por Carlos Velázquez 
15 de mayo de 2017

La mejor literatura es aquella que de entre todas las emociones humanas se inclina por ahondar en el sufrimiento. Desde la publicación de El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955), Juan Rulfo se situó en lo más alto de la literatura en lengua española por sus hallazgos.
A falta de una mejor elucidación de sus dotes narrativas, a Rulfo se le atribuyeron propiedades metafísicas. “Domina el lenguaje de los muertos”. Satisfactoria o no, esta explicación alcanza para dimensionar el universo contenido en sus dos primeros libros: Rulfo trabaja con una materia inasible. Que se presume no pertenece a este mundo.

sábado, 20 de abril de 2019

Víctor Hugo / Tinta en llamas



Víctor Hugo
Tinta en llamas

Víctor Hugo habla sobre Notre Dame de la llama inmensa, la que se eleva hasta la punta de la llamada flecha que ahora parece un fósforo encendido, un cerillo del diablo en persona


Jorge F. Hernández
19 de abril de 2019

Lo escribió Victor Hugo en su novela Nuestra Señora de París de 1831: "Todas las miradas se dirigían a la parte superior de la catedral y era algo extraordinario lo que estaban viendo: en la parte más elevada de la última galería, por encima del rosetón central, había una gran llama que subía entre los campanarios con turbillones de chispas, una gran llama revuelta y furiosa, de la que el viento arrancaba a veces una lengua en medio de una gran humareda".
Víctor Hugo

Dos siglos después, las miradas se clavan sobre la pantalla de los teléfonos con los que todo mundo graba en video la realidad que le queda enfrente y la extraordinaria llama que sube por encima de los campanarios, con sus turbillones de chispas, es ahora contemplada desde las nubes por drones como abejas y, en el epicentro del templo, hacia el altar va rodando un vehículo que podría conquistar Marte, escupiendo medidos chorros de agua para evitar que se quemen las entrañas del templo.

Cómo Víctor Hugo y "Nuestra Señora de París" salvaron a Notre Dame de su ruina en el siglo XIX


Cómo Víctor Hugo y "Nuestra Señora de París" salvaron a Notre Dame de su ruina en el siglo XIX

Durante la Revolución Francesa, la catedral sufrió graves daños que la dejaron en un estado ruinoso. La publicación de Nuestra Señora de París fue el principal motor para restaurarla.
La famosa catedral de Notre Dame, uno de los lugares más visitados de París, sufrió graves daños con el incendio ocurrido este lunes.
El fuego devoró dos terceras partes del techo de la edificación y derrumbó la aguja central, una torre añadida en el siglo XIX y que hasta el lunes estaba rodeada de un andamiaje por obras de reparación.

Mario Benedetti / Juan Rulfo y su purgatorio a ras de suelo

Juan Rulfo

JUAN RULFO Y SU PURGATORIO A RAS DE SUELO[1]
Por Mario Benedetti

         Los narradores hispanoamericanos que optan por refugiarse en los temas nativos, sólo por excepción construyen sus relatos sobre una estructura compleja. La abundancia de anécdotas, la sugestión e paisaje, la aspereza del diálogo, seducen lógicamente al escritor. Pero, a la vez, toda esa formidable disponibilidad suele inspirarle cierto recelo frente a cualquier ordenamiento que no sea el estrictamente lineal. Se cree, y a veces con razón, que el alarde técnico podría llegar a sofocar el patetismo y la vitalidad de un mundo aún no ex­tenuado por lo literario.

Juan Rulfo / Un centenario incierto


Juan Rulfo

Juan Rulfo

Un centenario incierto

Autodidacta y multidisciplinar, un artista, en suma, sin clasificación posible que con tan sólo un puñado de páginas se situó en lo más alto del canon de la literatura en español. ¿Quién era en verdad Juan Rulfo? ¿Qué leía, qué pensaba? ¿Qué lugar se reservaba a sí mismo en la literatura? 






Autorretrato de Juan Rulfo. Del libro El fotógrafo Juan Rulfo (RM)
Los profesores, los periodistas especializados, los aficionados más diversos, clasifican, distinguen, bautizan movimientos. Pero el pensamiento va por otros lados y la creación literaria sigue caminos propios. Algunos creyeron, o pretendieron creer, que el “boom” de la novela hispanoamericana era el comienzo de algo. Lo que sucede es que tenemos una tendencia fundacional irresistible. Siempre queremos partir de cero; somos Adanes vocacionales, casi profesionales. Pero el “boom” no comenzó cuando se cree que comenzó.Había antecedentes y precursores de toda especie. Uno de los grandes, el más original, el más difícil de clasificar, fue Juan Rulfo, cuyo centenario se conmemora en estos días.

Elena Poniatowska / Las mujeres a Juan Rulfo



Elena Poniatowska

Las mujeres a Juan Rulfo

14 DE MAYO DE 2017

 

Si un lector atento revisa el trato que Juan Rulfo le da a las mujeres en El llano en llamas y en Pedro Páramo, –fuera de la prodigiosa y trágica historia de amor entre Susana San Juan y Pedro Páramo– Rulfo se refiere a ellas como: viejas carambas/viejas infelices/ viejas de los mil judas/viejas hijas del demonio/floripondios engarruñados, viejas indinas/viejas feas como pasmadas de burro, viejas todas caídas en los cincuenta y otros calificativos.

Entrevista / Palabra de Juan Rulfo



PALABRA DE JUAN RULFO 
Blanca Berasátegui revive la entrevista que le hizo al escritor en 1985.



BLANCA BERASÁTEGUI 
05/05/2017 


Como a sus personajes, las palabras le salían a Rulfo fragmentadas, abatidas, dominadas siempre por los silencios. Hablaba con una desgana infinita, una desgana amable, por la que se colaba su visión desolada del mundo. Que era verdad que odiaba las entrevistas uno lo comprendía muy pronto y, pese a todo, aquella mañana de otoño de 1985 el formidable y misterioso Juan Rulfo, de mirada replegada y mentón vigoroso, cedió y habló con parsimonia y lucidez de Pedro Páramo, de ese pueblo deshabitado y atroz, “muerto en realidad”, que protagoniza su novela; de su silencio de años, del caos de América Latina, que la sentía tan dentro... mientras fumaba y fumaba en el rincón de una ruidosa cafetería madrileña.

viernes, 19 de abril de 2019

Luis Harss / Gabriel García Márquez o la cuerda floja


Gabriel García Márquez

Luis Harss
Gabriel García Márquez
O la cuerda floja



      Es duro y macizo, pero ágil, con un impresionante mostachón, una nariz de coliflor y los dientes emplomados. Luce una vistosa camisa de sportabierta, pantalones estrechos, y un saco oscuro echado sobre los hombros. Pátzcuaro es un lago de humores caprichosos situado en las alturas, a unos trescientos kilómetros al oeste de la Ciudad de México, en el camino que lleva a Guadalajara. Cuando cae la noche veloz después de un largo día de trabajo entre cámaras y reflectores —está filmando con un grupo de profesionales en las calles embarradas de un pueblo cercano, donde estallan a cada rato los chaparrones— se pone a pensar.

Luis Harss / Carlos Fuentes o la nueva herejía


Carlos Fuentes

Luis Harss
Carlos Fuentes
O la nueva herejía
       Mientras crecen los viejos problemas nacen otros nuevos. En México, una tierra de conflictos hercúleos, se suceden como las estaciones de la cruz. En los últimos años se ha metropolitanizado la «raza cósmica», y las angustias de las multitudes urbanas han dado un nuevo aspecto a su literatura.

Luis Harss / Juan Rulfo o la pena sin nombre


Juan Rulfo


Luis Harss
Juan Rulfo, o la pena sin nombre
      El viejo regionalism está muerto. Era una literatura de documentación y protesta, de conflictos sociales en feudos y latifundios, minas y plantaciones tropicales. Tendía a ser exterior y folclórica. Murales de brocha gorda. Sus indios y campesinos eran más una causa que una realidad vivida por el autor. Podía ser pintoresca e informativa. Típica fue la Raza de bronce (1919) de Alcides Arguedas que idealizaba al indio del altiplano y lo mostraba como víctima de la explotación. Tuvo sus momentos poéticos con el peruano Ciro Alegría, su dialecto de caricatura con el salvadoreño Salarrué, su militancia vociferante con el ecuatoriano Jorge Icaza. Se hizo experimental con el mexicano Agustín Yáñez, y alcanzó cierta elocuencia con Casas muertas, donde uno de sus profetas más amargos, Miguel Otero Silva, pinta la depresión moral y ruina progresiva de la vida de provincia en Venezuela.
          Hoy —a partir de los años cincuenta, digamos— se puede hablar de un regionalismo nuevo, mucho más interiorizado. Por ejemplo, Los ríos profundos de José María Arguedas, una autobiografía novelada en la tradición del Retrato del artista adolescente de Joyce, donde un lenguaje de metáforas que incorpora ritmos quechuas crea un mundo aparte. Miguel Ángel Asturias sublima en mito y poesía el mundo que expresa. Augusto Roa Bastos parece vivir en carne propia la realidad paraguaya que evoca en el melancólico y melodioso Hijo de hombre. Son todos libros memorables. Y, en un paisaje de tragedia clásica, están los libros de Juan Rulfo.
          Rulfo, un hombre huraño, de mirada huidiza, nació el 16 de mayo de 1918 en una tierra dura y escarpada: el estado de Jalisco, a unos quinientos kilómetros, a vuelo de pájaro, de la Ciudad de México. El norte del estado, donde trepan las cabras montesas entre los peñascos, está densamente poblado, pero su región, que se extiende al sur de la capital, Guadalajara, es seca, cálida y desolada. La vida en las tierras bajas ha sido siempre austera. Es una zona deprimida que azotan las sequías y los incendios. Las revoluciones, las malas cosechas y la erosión del suelo han ido desalojando de a poco a la población, que en gran parte se ha desplazado hacia Tijuana, con la esperanza de cruzar la frontera como braceros. Es una población constituida principalmente por criollos lacónicos —los indios que ocupaban la región antes de la conquista no tardaron en ser exterminados—, cuyos antepasados llegaron de Castilla y Extremadura, las partes más áridas de España, y que por lo tanto, como dice Rulfo, «están acostumbrados a trabajar diez veces más que el campesino de la región central para producir lo mismo». Son una gente hosca, que apenas subsiste y que sin embargo ha dado al país un alto porcentaje de sus pintores y compositores, por no mencionar su música popular. Jalisco es la cuna de la ranchera y el mariachi.

jueves, 18 de abril de 2019

Luis Harss / Julio Cortázar o la cachetada metafísica

Julio Cortázar


Luis Harss
Julio Cortázar
O la cachetada metafísica



      Los años han demostrado, tanto en nuestra parte del mundo como en otros lugares, que vivir en conflicto con su país puede ser la mejor forma de comprenderlo. Tal vez la pasión antagónica sea el único martillo capaz de remachar el clavo de la verdad. Si en nuestra literatura el abrazo fraterno está cediendo lugar a la provocación y a la afrenta, es porque al profundizar su experiencia de la realidad el novelista ha ido más allá de la inmediata preocupación social para mirarse y cuestionarse en su soledad. Al margen de todos los sistemas de valores establecidos, se ve menos como el profeta de un orden social que como un apóstata envuelto en una singularidad absoluta. Desde esa posición de completa violencia, se instala en las dudas fundamentales, «metafísicas». Es el «solitario forzado» de Octavio Paz: no un simple disconforme sino un rebelde ante la condición humana.