viernes, 20 de septiembre de 2019

Momentos estelares / Chernobyl... ¡Es imposible!





MOMENTOS ESTELARES Chernobyl... ¡Es imposible! 

La serie de Sky y HBO ha ingresado ya en el Olimpo de las obras maestras. La brillantez de su director reside en mostrar como un hecho de ciencia ficción algo que ocurrió en 1986

Jesús Ruiz Mantilla
8 de agosto de 2009

Existe un mantra que domina todo el comienzo de Chernobyl. Los empleados de la central nuclear, los técnicos, los científicos, los burócratas lo repiten. Se lo preguntan y lo lanzan continuamente al vuelo, perplejos. “¡Es imposible!”. “¡Pero eso… es imposible!”. Se lo van comentando unos a otros entre la duda y la convicción de que antes de que se produzca la catástrofe existe un límite infranqueable, una barrera práctica y a la vez mental que nunca saltará por los aires porque, si lo hace, traerá como consecuencia el fin.


En la trama y en la realidad, ese límite es la explosión del reactor que ponía en marcha la central de Chernóbil, en Ucrania. Pero el hecho técnico se convierte durante los cinco capítulos de la serie de HBO y Sky en una metáfora que lleva a los creadores a centrar todo lo que acontece dentro de ese punto preciso.
El guionista y productor Craig Mazin plantea así su obra como una distopía del pasado. Con ello, consigue que el efecto del terror se multiplique y, de alguna manera, da la vuelta a un género en boga cuyo fin es servir de advertencia. En Chernobyl, no. Lo imposible es real. Es más: ya ha ocurrido y puede perfectamente volver a pasar. Sobre todo en esta nueva configuración escalofriante de equilibrios de poder dentro de la geopolítica mundial.
La brillantez de Mazin reside en mostrar como un hecho de ciencia ficción algo que ocurrió en abril de 1986. Para ello, toma como base los trabajos periodísticos que realizó sobre el terreno Svetlana Aleksiévich, ganadora del Nobel de Literatura en 2015, en su libro Voces de Chernóbil(1997). Si algo merece crítica es precisamente la nula referencia a esta fuente. A partir de varios de sus testimonios, Mazin y su equipo inventan hasta el sonido y el tacto de la radiación en sí con resultados más que inquietantes. Dotan cada plano de elementos estéticos irreales, imaginados más que comprobados, como una especie de superpoderes maléficos a nuestro entender, precisamente eso, imposibles, pero que realmente aniquilaron y destrozaron las vidas de cientos de miles de personas.










Un fotograma de 'Chernobyl'.
Un fotograma de 'Chernobyl'.


Aplican además una estética de terrorífica ilusión vintage, un hábitat que en su angustia de lobotomía social reprimida, acoge los copos atómicos de muerte y su extraño resplandor como un maná desconocido y una revelación. Plasman de manera fiel un mundo perdido en espera de una broma macabra del destino: la que le esperaba en aquella fase —veamos hacia donde nos lleva la actual— de la Guerra Fría. Muestran cómo la escalada nuclear conduce a la URSS a infligirse el daño contra el que constantemente se rearma, cómo el detonador implosiona dentro de sus entrañas con un efecto mortífero que durará décadas, 40 veces más letal que las bombas atómicas que cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945.
Pero la serie logra, ante todo, como hacen las grandes obras maestras, dibujar un fresco ambicioso que va de lo particular a lo general. Entre las frases que ponen fin a Chernobyl, destaca lo que reconoció en sus memorias el entonces mandatario Mijaíl Gorbachov: que aquella catástrofe vino a ser el fin de la Unión Soviética y por tanto de todo el bloque liderado —o más bien, oprimido— por ella. El mecanismo de fragilidades en cadena que dejaban a vista de todos cómo el gran monstruo no era más que una ficción propia de El mago de Oz, un disfraz construido sobre las bases de la propaganda sistemática y cómplice en cada uno de sus eslabones con el miedo como verdadero reactor nuclear.
Todo eso se percibe en la ficción: aparte de un alegato ecológico o un avance como advertencia de futuro con hechos del pasado sobre lo que provocan las fake news, es uno de los frescos más crudos de lo que fue y cómo actuó el comunismo. Pocas obras, aparte de El silencio de los otros en cine y esta misma ahora en televisión, han logrado plasmar con más eficacia aquel espanto nada lejano.
Su vivo y reciente impacto mutará en un clásico con su brillante reparto encabezado por Jared Harris, Stellan Skarsgård y Emily Watson. El trabajo de Craig Mazin, un guionista que hasta ahora no había logrado más hitos en su carrera que escribir secuelas de Scary Movie y Resacón en Las Vegas, ha ingresado por derecho en el selecto club de las series que superan el entretenimiento en sí para enmarcarse dentro de las obras de arte.

Momentos estelares / Cuando cuatro palabras en Lost lo cambiaron todo

Charlie (Dominic Monaghan) muestra el mensaje “no es el barco de Penny” en una escena del final de la tercera temporada de 'Perdidos'.

“Tenemos que volver, Kate”: Cuando cuatro palabras en ‘Lost’ lo cambiaron todo

El final de la tercera temporada de 'Perdidos' tiene dos de los momentos más icónicos y memorables de la televisión reciente

NATALIA MARCOS
27 AGO 2019 - 01:45 COT






“Tenemos que volver, Kate. ¡Tenemos que volver!”. El eco del grito de Jack Shepard con el que se cerraba la tercera temporada de Perdidos todavía resuena en la memoria, y sigue poniendo la piel de gallina. Aunque su recuerdo haya quedado manchado por su polémico final —y por decisiones de guion previas más que cuestionables—, el hecho es que Perdidos fue una serie especial. Fue el último aliento de un tipo de televisión liderado por los canales en abierto estadounidenses y, a la vez, el primer paso de otro modelo en el que la globalización permite que el evento televisivo tenga dimensiones internacionales y cuyo culmen ha sido la última entregal de Juego de tronos. Los foros de Internet echaban humo y las conversaciones en torno a la máquina de café tenían alimento semanal constante. Por su capítulo final, un canal español, Cuatro, se atrevió por primera vez con la emisión simultánea al país de origen. Lo que entonces supuso un experimento, ahora resulta habitual.
Porque Perdidos (2004-2010) fue mucho más que un final polémico. Cuando hoy se vuelve sobre ella, uno se reencuentra con una historia muy disfrutable, con momentos brillantes y escenas que no se olvidan. Y sí, capítulos de relleno, malos y peores. Se suele recordar el maravilloso y emotivo episodio La constante (el quinto de la cuarta entrega), pero si se trata de elegir escenas concretas, dos secuencias del último capítulo de la tercera temporada se llevan el premio. En A través del espejo, el episodio de doble duración firmado por Damon Lindelof y Carlton Cuse y dirigido por Jack Bender, antes de llegar al giro final y en medio de una trama llena de acción, el espectador se encontraba de repente con la heroica muerte de uno de los personajes centrales. Mientras Charlie se ahogaba, y empezaban a brotar las lágrimas de los espectadores empujadas por la banda sonora de Michael Giacchino (nada habría sido lo mismo sin Giacchino), se las apañaba para escribir en la plama de la mano "not Penny's boat". No es el barco de Penny. Y surgía así una de las imágenes más icónicas de la televisión reciente.
Ya con los corazones de la audiencia hechos trizas, y justo antes de despedirse hasta la siguiente temporada, llegaba el tirabuzón final. La historia vuelve al Jack alcohólico e inestable que había ido apareciendo a lo largo del capítulo en los habituales flashbacks que se recorrían la vida anterior de los pasajeros del vuelo 815 de Oceanic Airlines. Jack y Kate, con una complicada relación de amor en la isla, se encontraban en el aparcamiento del aeropuerto de Los Ángeles. Jack le habla de un funeral, de coger aviones con la esperanza de que se estrellen. Sus ojos gritan desesperación. El espectador no entiende nada: ¿se conocían de antes? ¿De qué hablan? ¿Qué está pasando? "Cometimos un error. Tenemos que volver, Kate. ¡Tenemos que volver!". Lo que parecía el pasado, esta vez era el futuro. No sabemos cómo pero Jack y Kate han salido de la isla.






Kate y Jack (Evangeline Lilly y Matthew Fox), en la escena final de la tercera temporada de 'Perdidos'.

Lindelof y Cuse explicaron después que habían decidido incluir en algún punto de la historia esos saltos al futuro. Cuando a principios de mayo de 2007 la cadena ABC confirmó que la serie terminaría con otros 48 episodios divididos en tres temporadas, decidieron que era el momento de marcarse ese triple salto mortal en la narración. Grabaron la escena delante de un croma que plantaron en un aparcamiento abandonado de Honolulu (la mayoría de la serie se rodó en Hawái y solo alguna escena en Los Ángeles). El capítulo se emitió en Estados Unidos el 23 de mayo de 2007.
Años más tarde, cuando el portal BuzzFeed preguntó a Lindelof y a otros guionistas cuál era la escena que habían escrito que más les había gustado, él eligió este momento. Todavía no había estrenado The Leftovers, su siguiente creación, alabada casi unánimemente por la crítica y en la que volvió a desarrollar, esta vez con mayor acierto, muchas de las cuestiones que ya apuntaba en Perdidos, como el choque entre razón y fe.
Lindelof explicó cómo la película de terror Saw 2 fue la que les dio la clave para mostrar en pantalla ese salto al futuro: jugar con el espectador y hacerle creer que lo que estaba viendo pertenecía a un tiempo diferente. “Fue uno de los pocos momentos en los que sentí que estaba haciendo algo innegablemente genial”, dijo. “Me sentía como si estuviera agachado en la oscuridad del apartamento de alguien con todos mis amigos (los guionistas) esperando para gritar ‘¡sorpresa!’ al chico o chica del cumpleaños (la audiencia), y sabía que les encantaría cuando lo hiciéramos. Cuando Jack estaba gritando ‘tenemos que volver’ y escribí ‘fundido a negro’, mis ojos estaban húmedos. Estaba dentro, sentía lo que los personajes sentían, sabiendo que estábamos, por fin, trabajando hacia un final real. Y, finalmente, por un momento fugaz... sentí paz”, añadió.
Luego vendrían todavía más giros, tantos que incluso llegó a marear. Pero el viaje mereció la pena. Tenemos que volver. Aunque algunos nunca llegamos a irnos del todo.


jueves, 19 de septiembre de 2019

Ocho novelas para ocho viajes entre lo real y lo imaginario

El callejón de Blecktornsgränd, en el barrio de Södermalm de Estocolmo, donde transcurre parte de la trama de la saga 'Millennium', de Stieg Larsson.   

Ocho novelas para ocho viajes entre lo real y lo imaginario

Del Estocolmo de ‘Millennium’ al desierto jordano de ‘Los siete pilares de la sabiduría’ y la Comala mexicana de ‘Pedro Páramo’, grandes rutas inspiradas por la literatura


Paco Nadal
3 de mayo de 2019

Muchas veces el envoltorio en el que transcurre una novela es tan subyugante como su propia trama. Y el título y su autor quedan para siempre ligados a ese territorio. Aquí van ocho viajes en busca de otros tantos escenarios de grandes obras literarias.


El arco de piedra Um Fruth, en el desierto jordano de Wadi Rum.ampliar foto
El arco de piedra Um Fruth, en el desierto jordano de Wadi Rum. GONZALO AZUMENDI


1 Thomas E. Lawrence en Wadi Rum


Es un desierto de piedra de Jordania, fronterizo con Arabia Saudí. Es el desierto de Lawrence de Arabia, quien lo recorrió muchas veces durante sus correrías con la Revolución Árabe de 1916-1918. Lawrence estaba enamorado de este lugar del que escribió en su libro autobiográfico Los siete pilares de la sabiduría (1926) frases halagadoras: “Los paisajes, en los sueños infantiles, tenían aquel mismo aspecto vasto y silente”. Wadi Rum es un lugar mágico. Las grandes montañas de piedra arenisca han sido talladas por la erosión con formas extravagantes. Los gigantescos afloramientos de roca emergen de la llanura como ciudades misteriosas de un planeta lejano. Las grandes columnas de arena fosilizada quedan rematadas por cúpulas de aires bizantinos y los colores de la roca y la arena, que van del rojo intenso al nácar acaramelado, parecen incendiarse cada tarde con las tonalidades del ocaso.
Del libro de Thomas E. Lawrence sorprende el preciosismo de los detalles con los que dibuja la luz y las texturas del desierto, la exactitud en el dato más nimio… cuando difícilmente pudo tomar notas de todo a lomos de un camello, con un rifle en la mano y disparando a los turcos. Pero para sus fans y los enamorados de este desierto, ¡qué más da si esos relatos eran reales o inventados! Es uno de los destinos obligados en todo viaje a Jordania. Un sitio al que peregrinar con Los siete pilares de la sabiduría debajo del brazo.
Wadi Rum se localiza al sur de Jordania, a unas dos horas en coche de Wadi Musa (Petra) y Aqaba. Desde estas dos localidades se puede llegar en taxi compartido hasta el Centro de Visitantes, donde se paga la tasa de acceso (unos 6,20 euros). Numerosas agencias locales organizan excursiones, con o sin alojamiento en el desierto.


La plaza principal de Comala (México). ampliar foto
La plaza principal de Comala (México).   ALAMY


2 La Comala de Pedro Páramo

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Así empieza la novela magistral (y única) de Juan Rulfo, una de las obras cumbres de la literatura latinoamericana. Descubrí Comala de forma casual en un mapa de México durante un viaje por ese país, y apenas podía dar crédito. La aldea misteriosa y atávica de la novela no era una invención, existía de verdad. Así que cambié mi itinerario y fui en busca de Comala, esperando encontrar esa ciudad fantasmal, retrato de un México profundo que todos creemos pasivo, estático y resignado, lleno de atavismos y encadenado a la superstición, pero que en el fondo es sabio y se adapta como un guante a cada vaivén de la historia. Pero encontré una ciudad armoniosa y alegre, rodeada de arroyos e inmensas arboledas sobre las que despuntan las gigantescas parotas, el árbol emblemático del México húmedo, además de enormes hules, higueras, obeliscos, mameyes, aguacates, pitajayas y galianas. Vamos, un vergel. Un hermoso pueblo encalado —“El pueblo blanco de América”, como dicen las guías turísticas— de urbanismo colonial, repartido por una cuadrícula de calles rectilíneas a las que se asoman magníficas casas de origen virreinal. Las autoridades locales no han aprovechado mucho el tirón que supone aparecer en la obra Pedro Páramo (1955) de Rulfo para promocionar Comala. Lo cual no quita para que si uno es un mitómano literario se deje caer por este bello pueblo cuya vida gira en torno al Zócalo, la plaza de Armas en la que se escenifica a diario la comedia social de la ciudad.
Comala está situada a 200 kilómetros al sur de Guadalajara (Jalisco) y a 10 de Colima, la capital del Estado homónimo, al que pertenece la localidad. De las centrales camioneras tanto de Guadalajara como de Colima salen a diario numerosos autobuses a Comala.


El puente Carlos, en Praga (República Checa).ampliar foto
El puente Carlos, en Praga (República Checa). AWL


3 Praga y ‘La insoportable levedad del ser’

Es difícil encontrar hoy entre los turistas que colapsan el puente de Carlos aquella Praga de la década de 1960, en plena Guerra Fría, en la que Milan Kundera hace progresar a los personajes de una de sus grandes novelas. La insoportable levedad del ser (1984) es un estudio antropológico y filosófico de las debilidades del ser humano, de sus dudas existenciales, de las complicadas relaciones de pareja y del amor y el sexo. Pero es también el retrato de una ciudad gris y taciturna silenciada tras el Telón de Acero que sirve de escenario a las relaciones entre Tomás, Sabina y Teresa, los protagonistas.
Esa Praga de la Primavera del 68 parece increíble que una vez existiera cuando ahora te paseas por la plaza de Stare Mesto y la ves llena de visitantes, tiendas globalizadas y banalidades consumistas. Sin embargo, apenas uno se aleja del centro y busca las calles más anónimas, donde viven los praguenses, todavía quedan rincones en los que es fácil imaginar la ciudad cuando era la capital de Checos- lovaquia. Praga es bella en cualquier época del año, pero a mí cuando más me gusta es en invierno, cuando Stare Mesto o la plaza de Wenceslao se llenan de casetas de madera que venden adornos navideños, salchichas, el dulce trdelník, figuritas de cristal de Bohemia, ropa de temporada, vino caliente o licor de miel. Y un gigantesco árbol de Navidad preside la plaza Vieja, recortado sobre la soberbia fachada de la iglesia de Tyn, mientras que en todos los templos se programan conciertos de música clásica por orquestas soberbias a precios de risa. Pues no olvidemos que esta es también la ciudad de Mozart, de Dvorak y de Smetana.
RyanairCzech AirlinesIberia y Air Europa vuelan de Barcelona y Madrid a Praga.


La estación de tren de Ystad (Suecia),ampliar foto
La estación de tren de Ystad (Suecia), GETTY IMAGES


4 Ystad, con Henning Mankell

Ystad, una apacible localidad de la región sueca de Escania, tiene un centro histórico de calles medievales peatonales, una plaza mayor llena de terrazas en verano, una torre de la iglesia exageradamente alta porque desde allí vigilaban a los daneses por si volvían a invadirlos y un puerto desde donde salen ferris a Polonia. Y es también el decorado en el que el escritor sueco Henning Mankell sitúa al protagonista de su saga, el inspector Kurt Wallander. Un personaje clásico de la novela negra que trabaja y bebe en exceso, tiene problemas sentimentales y resuelve complejos casos. Lo bueno es que Mankell no se inventó ningún decorado para la acción. Se limitó a usar los elementos reales de su pueblo. Así que nada más llegar, te sientes como en casa… como en casa de Kurt Wallander, por supuesto. Existe la calle de Mariagatan, donde vive el personaje. Existe el hotel Continental, donde solía comer (el dueño tiene una mesa reservada para él con un cartel que así lo avisa). Existe la floristería entre Pottmakaregränd y Västra Vallgatan, la comisaría, la estación de tren… La oficina de turismo organiza rutas siguiendo el hilo argumental de las novelas.
Ystad se encuenta en la punta sur de Suecia. La mejor manera de llegar es volar a Copenhague y de allí ir en tren —por el puente de Oresund— a Malmoe. Desde la estación de Malmoe salen trenes continuamente hacia Ystad (45 minutos).


Una calle del distrito de Ginza, en Tokio.ampliar foto
Una calle del distrito de Ginza, en Tokio. GONZALO AZUMENDI


5 El Tokio de Murakami

Hay pocas cosas con un poder evocador tan fuerte como la música. Eso le pasa a Toru Watanabe, un ejecutivo japonés que aterriza en Tokio mientras escucha Norwegian Wood, la canción de los Beatles que da título original al best seller de Haruki Murakami. Al protagonista del libro se le desatan los recuerdos de una adolescencia universitaria en el Tokio de los años sesenta marcada por la amistad con un reducido grupo: Kizuki, cuyo suicidio condicionó la juventud de Watanabe; Naoko, la novia de Kizuki, y la sociable Midori Kobayashi. El Tokio actual que encontrarán los fans del escritor que visiten la capital japonesa en busca de las huellas de su novela no se parece en nada. Barrios repletos de neones como Shibuya o Shinjuku, las tiendas de lujo de Ginza o el edificio de ocho plantas de Akihabara atestadas de manga, smartphones y aparatos electrónicos la han convertido en una de las ciudades más vibrantes de Asia. Pero los adolescentes japoneses se debaten en las mismas dudas y miedos que atenazaban a Toru Watanabe, Naoko y Kizuki hace décadas: la búsqueda de la identidad sexual, su encaje entre la modernidad y una sociedad tremendamente tradicional, la atracción por todo lo occidental y un sentimiento de no encajar en ninguna parte. El decorado que envuelve esta novela que habla de la soledad, de las relaciones humanas y de la sexualidad es una urbe gigantesca como Tokio, siempre presente como paisaje en la novela.
Iberia y Jal operan vuelos directos en código compartido entre Madrid y Tokio. Finnair es una de las compañías que vuela con una escala.


Las termas romanas de Bath (Inglaterra).ampliar foto
Las termas romanas de Bath (Inglaterra). SIME


6 Los paisajes de Jane Austen

A cualquier lector asiduo de Jane Austen hay un viaje que le encantaría: recorrer los escenarios donde residió y escribió en el sur de Inglaterra. El periplo puede empezar en Steventon, donde nació y vivió hasta los 25 años. Su casa ya no existe, pero el pueblo aún conserva algo de aquel cándido mundo rural en el que creció. Allí escribió La abadía de Northanger, Orgullo y prejuicio y Sentido y sensibilidad. Sí conserva casi el mismo ambiente georgiano de su época la siguiente parada, el balneario de Bath. Jane Austen se trasladó aquí con su familia, pero nunca le gustó. En esos cinco años se mudaron varias veces de casa; lo que ahora es el The Jane Austen Centre, en el 40 de Gay Street, es una recreación con mobiliario de la época y vestuario de algunas de las exitosas adaptaciones para televisión de sus obras (incluido todo el merchandising kitsch que te puedas imaginar de Orgullo y prejuicio), pero la escritora nunca habitó allí. Donde sí vivió y se respira la sencillez de su existencia fue en lo que hoy es su casa-museo en Chawton, donde volvió a ser feliz. Allí se mudó con su hermana Cassandra, su madre y la amiga de la familia Martha Lloyd tras la muerte de su padre. Las estancias muestran muebles, cartas y objetos que pertenecieron a la autora, incluida la pequeña mesa donde escribió Mansfield Park, Emma y Persuasión. Vivió los últimos meses de su vida en Winchester, donde murió el 18 de julio de 1817 a los 41 años. Está enterrada bajo una lápida en el interior de la catedral gótica de esa ciudad.
El País Viajes organiza viajes a la campiña inglesa en busca de los lugares donde vivió y escribió Jane Austen, guiados por Espido Freire, escritora y gran conocedora de su obra. Próxima salida: el 10 de octubre de 2019.


El casco antiguo de Estocolmo (Suecia).ampliar foto
El casco antiguo de Estocolmo (Suecia). GETTY


7 Estocolmo, con Millennium

La capital sueca está presente en todo momento en la obra de Stieg Larsson, tanto que se ha convertido en un lugar de peregrinación para los amantes de la saga y muchas agencias de viaje locales ofrecen el tour guiado. Hasta el museo de la ciudad organiza la Gira Millennium. La mayoría de las localizaciones están en Södermalm, un antiguo barrio obrero al sur que en un par de décadas se reconvirtió en la zona más moderna, joven y alternativa de Estocolmo. Larsson sitúa allí Götgatan, donde están el despacho de Mikael Blomkvist, la casa de la hackerLisbeth Salander y el café Mellqvist, donde los dos protagonistas se citaban y que era uno de los favoritos de Larsson en la vida real. También verás el restaurante sirio donde los redactores de Millennium solían cenar y Kvarnen, el pub que frecuentaba Salander.
Más allá de Millennium, Estocolmo es una de las capitales escandinavas más bellas. Si la visitas con los tres libros debajo del brazo, una vez satisfechas las curiosidades de gruppie, no hay que perderse Gamla Stan, el barrio antiguo y un buen sitio para ir a cenar y pasear, ni el museo del Vasa, el sorprendente galeón del siglo XVI que ha llegado casi intacto a nuestros días.
Iberia y Norwegian tienen vuelos directos entre Madrid y Estocolmo. Norwegian y Vueling viajan sin escalas desde Barcelona.


Mui’z Street, en El Cairo.ampliar foto
Mui’z Street, en El Cairo.  ALAMY


8 El Cairo de ‘El callejón de los milagros’

El premio Nobel egipcio Naguib Mahfuz ambientó una de sus novelas más famosas en Midaq, un decrépito callejón del centro de El Cairo, como los cientos que aún existen hoy en el Viejo Cairo. El callejón de los milagros (1947) es una novela coral en la que sus personajes —Kamil, el vendedor de dulces; su amigo Abbas, el barbero; la bella y ambiciosa Hamida; Salim Alwan, el vendedor del bazar; Husniya, la panadera— van desgranado el día a día de sus sueños y miserias.
Quien viaje hoy a El Cairo y deambule por el barrio de Khan al Khalili descubrirá cientos de callejones Midaq, tan costumbristas, decrépitos y llenos de vida como el de la novela. De hecho, Mahfuz solía sentarse a escribir en el café Al Fishawi, en pleno zoco de Khan al Khalili, que localizarás fácilmente por la primera bocacalle que sale de la plaza Al Hussein. A esta plaza hay que ir al atardecer para sentarse en uno de los cafetines contiguos a la mezquita homónima y dejar que el teatrillo mundano de El Cairo actúe delante de ti, mientras el aire fresco del crepúsculo alivia la cargada atmósfera y la plaza estalla de vida. Los fieles entran en la mezquita, los niños que venden baratijas y souvenirs parecen más activos; las palmeras se mecen en la suave brisa en competencia con la rectitud de los minaretes de la cercana mezquita de Al Azhar, que parecen forrados de bronce a estas horas. Hay familias enteras sentadas al fresco. Las luces de neón de los cafés mandan destellos fluorescentes. A estas horas, la plaza es una radiografía del gozo de vivir en estado puro. Y uno se siente parte de ella, mientras endulza sus sentidos con un té a la menta y sueña con estar dentro de ese callejón de los milagros.
Agencias como LogitravelEdreams o Atrápalo tienen interesantes ofertas de vuelo más hotel para viajar a El Cairo.