viernes, 22 de mayo de 2015

Triunfo Arciniegas / Verde y rojo


Triunfo Arciniegas
VERDE Y ROJO
Medellín, 22 de mayo de 2015





Clarice Lispector / Devaneo y embriaguez de una muchacha


Clarice Lispector
DEVANEO  Y EMBRIAGUEZ
DE UNA MUCHACHA
Traducción de Cristina Peri Rossi

Le parecía que por la habitación se cruzaban los autobuses eléctricos, estremeciendo su imagen reflejada. Estaba peinándose lentamente frente al tocador de tres espejos, los brazos blancos y fuertes se erizaban en el frescor de la tarde. Los ojos no se abandonaban, los espejos vibraban ora oscuros, ora luminosos. Allá afuera, desde una ventana más alta, cayó a la calle una cosa pesada y fofa. Si los niños y el marido estuvieran en casa, se le habría ocurrido la idea de que se debía a un descuido de ellos. Los ojos no se despegaban de la imagen, el peine trabajaba meditativo, la bata abierta dejaba asomar en los espejos los senos entrecortados de varias muchachas.
«¡La Noche!», gritó el voceador al viento blando de la calle del Riachuelo, y algo presagiado se estremeció. Dejó el peine en el tocador, cantó absorta; «¡Quién vio al gorrioncito... pasó por la ventana... voló más allá del Miño!», pero, colérica, se cerró en sí misma dura como un abanico.
Se acostó; se abanicaba impaciente con el diario que susurraba en la habitación. Tomó el pañuelo, trató de estrujar el bordado áspero con los dedos enrojecidos. Comenzó a abanicarse nuevamente, casi sonriendo. Ay, ay, suspiró riendo. Tuvo la imagen de su sonrisa clara de muchacha todavía joven, y sonrió aún más cerrando los ojos, abanicándose más profundamente. Ay, ay, venía de la calle como una mariposa.
«Buenos días, ¿sabes quién me vino a buscar a casa?», pensó como tema posible e interesante de conversación. «Pues no sé, ¿quién?», le preguntaron con una sonrisa galanteadora unos ojos tristes en una de esas caras pálidas que a cierta gente le hacen tanto mal. «María Quiteria, ¡hombre!», respondió alegremente, con la mano en el costado. «Si me lo permites, ¿quién es esa muchacha?», insistió galante, pero ahora sin rostro. «Tú», cortó ella con leve rencor la conversación, qué aburrimiento.
Ay, qué cuarto agradable, ella se abanicaba en el Brasil. El sol, preso de las persianas, temblaba en la pared como una guitarra. La calle del Riachuelo se sacudía bajo el peso cansado de los autobuses eléctricos que venían de la calle Mem de Sá. Ella escuchaba curiosa y aburrida el estremecimiento de la vitrina en la sala de visita. De impaciencia, se dio el cuerpo de bruces, y mientras tironeaba con amor los dedos de los pies pequeñitos, esperaba su próximo pensamiento con los ojos abiertos. «Quien encontró, buscó», dijo en forma de refrán rimado, lo que siempre le parecía una verdad. Hasta que se durmió con la boca abierta, la baba humedeciéndole la almohada.
Despertó cuando el marido ya había vuelto del trabajo y entró en la habitación. No quiso comer ni salir de sus ensoñaciones, y se durmió de nuevo; el hombre que se las arreglara con las sobras del almuerzo.
Y ya que los hijos estaban en la finca de las tías, en Jacarepaguá, ella aprovechó para amanecer rara; confusa y leve en la cama, uno de esos caprichos, ¡no se sabe por qué! El marido apareció ya vestido y ella no sabía qué había hecho para su desayuno; ni siquiera le miró el traje, si había o no que cepillarlo, poco le importaba si hoy era el día en que se ocupaba de negocios en la ciudad. Pero cuando él se inclinó para besarla, su levedad crepitó como una hoja seca.
—¡Vete!
—¿Qué tienes? —le preguntó el hombre, atónito, ensayando inmediatamente una caricia más eficaz.
Obstinada, ella no sabía responder, estaba tan tonta y principesca que no había siquiera dónde buscarle una respuesta.
—¡Cuidado con molestarme! ¡No vengas a rondarme como un gato viejo!
Él pareció pensarlo mejor y aclaró;
—Muchacha, estás enferma.
Ella lo aceptó, sorprendida, lisonjeada. Durante todo el día se quedó en la cama, escuchando la casa tan silenciosa, sin el bullicio de los niños, sin el hombre que hoy comería en la ciudad. Durante todo el día se quedó en la cama. Su cólera era tenue, ardiente. Sólo se levantaba para ir al baño, de donde volvía noble, ofendida.
La mañana se volvió una larga tarde inflada que se volvió noche sin fin, amaneciendo inocente por toda la casa.
Ella todavía estaba en la cama, tranquila, improvisada. Ella amaba... Estaba amando previamente al hombre que un día iba a amar. Quién sabe, eso a veces sucedía, y sin culpas ni dolores para ninguno de los dos. Allí estaba en la cama, pensando, pensando, casi riendo como ante un folletín. Pensando, pensando. ¿En qué? No lo sabía. Y así se dejó estar.
De un momento a otro, con rabia, se puso de pie. Pero en la flaqueza del primer instante parecía loca y delicada en la habitación que daba vueltas, daba vueltas hasta que ella consiguió a ciegas acostarse otra vez en la cama, sorprendida de que tal vez fuera verdad. «¡Oh, mujer, mira que si de verdad enfermas!», se dijo, desconfiada. Se llevó la mano a la frente para ver si tenía fiebre.
Esa noche, hasta que se durmió, fantaseó, fantaseó, ¿cuánto tiempo?, hasta que cayó, adormecida, roncando con el marido.
Despertó con el día avanzado, las patatas por pelar, los niños que regresarían por la tarde de casa de las tías, ¡ay, me he faltado al respeto!, día de lavar ropa y zurcir calcetines, ¡ay, qué haragana me saliste!, se censuró curiosa y satisfecha, ir de compras, no olvidar el pescado, el día avanzado, la mañana presurosa de sol.
Pero el sábado por la noche fueron a la tasca de la plaza Tiradentes, atendiendo a la invitación de un comerciante muy próspero, ella con el vestido nuevo que, aunque no demasiado adornado, era de muy buena tela, de esas que iban a durar toda la vida. El sábado por la noche, embriagada en la plaza Tiradentes, embriagada pero con el marido a su lado para protegerla, y ella ceremoniosa frente al otro hombre mucho más fino y rico, procurando darle conversación, porque ella no era ninguna charlatana de aldea y había vivido en la capital. Pero borracha a más no poder.
Y si su marido no estaba borracho era porque no quería faltarle al respeto al comerciante y, lleno de empeño y humildad, le dejaba al otro el cantar del gallo. Lo que quedaba bien para esa ocasión tan distinguida, pero le daba, al mismo tiempo, muchos deseos de reír. ¡Y desprecio! ¡Miraba al marido con su traje nuevo y le hacía una gracia! Borracha a más no poder, pero sin perder el brío de muchachita. Y el vino verde se le derramaba por el cuerpo.
Y cuando estaba embriagada, como en una abundante comida de domingo, todo lo que por la propia naturaleza está separado —olor a aceite en un lado, hombre en otro, sopa en un lado, camarero en el otro— se unía raramente por la propia naturaleza, y todo no pasaba de ser una sinvergonzonería solamente, una bellaquería.
Y si estaban brillantes y duros los ojos, si sus gestos eran etapas difíciles hasta conseguir finalmente alcanzar el palillero, en verdad por dentro estaba hasta muy bien, era una nube plena trasladándose sin esfuerzo. Los labios ensanchados y los dientes blancos, y el vino hinchándola. Y aquella vanidad de estar embriagada facilitándole un gran desdén por todo, tornándola madura y redonda como una gran vaca.
Naturalmente que ella conversaba. Porque no le faltaban temas ni habilidad. Pero las palabras que una persona pronunciaba cuando estaba embriagada eran como si estuvieran preñadas; palabras sólo en la boca, que poco tenían que ver con el centro secreto que era como una gravidez. Ay, qué rara estaba. El sábado por la noche el alma diaria estaba perdida, y qué bueno era perderla, y como recuerdo de los otros días apenas quedaban las manos pequeñas tan maltratadas, y ahora ella con los codos sobre el mantel de la mesa a cuadros rojos y blancos, como sobre una mesa de juego, profundamente lanzada a una vida baja y convulsionante. ¿Y esta carcajada? Esa carcajada que le estaba saliendo misteriosamente de una garganta llena y blanca, en respuesta a la delicadeza del comerciante, carcajada venida de las profundidades de aquel sueño, y de la profundidad de aquella seguridad de quien tiene un cuerpo. Su carne blanca estaba dulce como la de una langosta, las piernas de una langosta viva moviéndose lentamente en el aire. Y aquella pequeña maldad de quien tiene un cuerpo.
Conversaba, y escuchaba con curiosidad lo que ella misma estaba respondiendo al comerciante próspero que en tan buena hora los invitaba y pagaba la comida. Escuchaba intrigada y deslumbrada lo que ella misma estaba respondiendo; lo que dijera en ese estado valdría para el futuro como augurio (ahora ya no era una langosta, era un duro signo; escorpión. Porque había nacido en noviembre).
Un reflector que mientras se duerme recorre la madrugada; tal era su embriaguez errando por las alturas.
Al mismo tiempo, ¡qué sensibilidad!, ¡pero qué sensibilidad!, cuando miraba el cuadro tan bien pintado del restaurante, de inmediato le nacía la sensibilidad artística. Nadie podría sacarle la idea de que había nacido para otras cosas. A ella siempre le gustaron las obras de arte.
¡Pero qué sensibilidad!, ahora ya no a causa del cuadro de uvas y peras y pescado muerto brillando en las escamas. Su sensibilidad la molestaba sin serle dolorosa, como una uña rota. Y siquiera podría permitirse el lujo de volverse aún más sensible, podría ir más adelante todavía; porque estaba protegida por una situación, protegida como toda la gente que había alcanzado una posición en la vida. Como una persona a quien le impiden tener su propia desgracia. Ay, qué infeliz soy, madre mía. Si quisiera aún podría echar más vino en su cuerpo y, protegida por la posición que había alcanzado en la vida, emborracharse todavía más, siempre y cuando no perdiera la fuerza. Y así, más borracha aún, recorría con los ojos el restaurante, y qué desprecio sentía por las personas secas del restaurante, ningún hombre que fuese un hombre de verdad, que fuese realmente triste. Qué desprecio por las personas secas del restaurante, mientras ella estaba gorda y pesada, generosa a más no poder. Y todos tan distantes en el restaurante, separados uno del otro como si jamás uno pudiera hablar con el otro. Cada uno para sí, y Dios para todos.
Sus ojos se fijaron de nuevo en aquella muchacha que ya, de entrada, le hiciera subir la mostaza a la nariz. De entrada la había visto, sentada a una mesa con su hombre, toda llena de sombreros y adornos, rubia como un escudo falso, toda santurrona y fina —¡qué bonito sombrero tenía!—, seguro que ni siquiera estaba casada, y ponía esa cara de santa. Y con su bonito sombrero bien puesto. ¡Pues que le aprovechara bien la santidad!, ¡y que no se le cayera la aristocracia en la sopa! Las más santitas eran las que estaban más llenas de desvergüenza. Y el camarero, el gran estúpido, sirviéndola lleno de atenciones, el ladino; y el hombre amarillo que la acompañaba haciendo la vista gorda. Y la santurrona muy envanecida de su sombrero, muy modesta por su cinturita pequeña, seguro que ni siquiera era capaz de parirle un hijo a su hombre. Claro que ella no tenía nada que ver con eso, por cierto; pero de entrada le habían dado ganas de llenarle esa cara de santa rubia de unos buenos sopapos, junto con la aristocracia del sombrero. Que ni siquiera era rolliza, porque era plana de pecho. Van a ver que con todos sus sombreros, no dejaba de ser una verdulera haciéndose pasar por gran dama.
Oh, estaba muy humillada por haber ido a la tasca sin sombrero, ahora la cabeza le parecía desnuda. Y la otra, con sus aires de señora, haciéndose pasar por delicada. ¡Bien sé lo que te falta, damisela, y a tu hombre amarillo! Y si piensas que te envidio tu pecho plano, puedes ir sabiendo que no me importa nada, que me río de tus sombreros. A desvergonzadas como tú, haciéndose las importantes, yo las lleno de sopapos.
En su sagrada cólera, extendió con dificultad la mano y tomó un palillo.
Pero finalmente la dificultad de llegar a casa desapareció; se movía ahora dentro de la realidad familiar de su habitación, sentada en el borde de la cama con la chinela balanceándose en el pie.
Y cuando entrecerró los ojos nublados, todo quedó de carne, el pie de la cama de carne, la ventana de carne, en la silla el traje de carne que el marido había arrojado, y todo, casi, le producía dolor. Y ella cada vez más grande, vacilante, temblorosa, gigantesca. Si consiguiera llegar más cerca de sí misma se vería más grande. Cada brazo podría ser recorrido por una persona, en la ignorancia de que se trataba de un brazo, y en cada ojo podría sumergirse y nadar sin saber que era un ojo. Y alrededor doliendo todo, un poco. Las cosas estaban hechas de carne con neuralgia. Había sido el frío que cogió al salir del restaurante.
Estaba sentada en la cama, tranquila, escéptica.
Y eso todavía no era nada. Que en ese momento le estaban sucediendo cosas que sólo más tarde le irían realmente a doler mucho; cuando ella volviera a su tamaño corriente, el cuerpo anestesiado estaría despertándose, latiendo, y ella iba a pagar por las comilonas y los vinos.
Entonces, ya que eso terminaría por suceder, tanto se me hace abrir ahora mismo los ojos, lo hizo, y todo quedó más pequeño y más nítido, pero sin ningún dolor. Todo, en el fondo, estaba igual, sólo que menor y familiar. Estaba sentada, bien tiesa, en su cama, el estómago muy lleno, absorta, resignada, con la delicadeza de quien espera sentado que otro despierte. «Te atiborraste de comida, ahora a pagar el pato», se dijo melancólica, mirándose los dedos blancos del pie. Miraba alrededor, paciente, obediente. Ay, palabras, palabras, objetos de habitación alineados en orden de palabras formando aquellas frases turbias y aburridas, que quien sepa leer, leerá. Aburrimiento, aburrimiento, ay, qué fastidio. Qué pesadez. En fin, que sea lo que Dios quiera. Qué es lo que se habría de hacer. Ay, me da una cosa tan rara que ni sé siquiera cómo explicarla. En fin, que sea lo que Dios quiera. ¡Y pensar que se había divertido tanto esta noche!, ¡y pensar que había sido tan lindo todo, tan a su gusto el restaurante, ella sentada tan fina a la mesa! ¡Mesa!, le gritó el mundo. Pero ella ni siquiera respondió, alzando los hombros en un gesto de disgusto, importunada, ¡que no me vengan a fastidiar con cariños!, desilusionada, resignada, harta de comida, casada, contenta, con una vaga náusea.
Fue en aquel instante cuando quedó sorda; le faltó un sentido. Envió a la oreja una palmada con la mano abierta, con lo que sólo consiguió un mayor trastorno; el oído se le llenó de un rumor de ascensor, la vida de repente se hizo sonora y aumentaba en los menores movimientos. Una de dos: estaba sorda o escuchaba demasiado (reaccionó a esta nueva solicitud con una sensación maliciosa e incómoda, con un suspiro de saciedad). Que los parta un rayo, dijo suavemente, aniquilada.
«Y cuando en el restaurante...», recordó de repente. Cuando estuvo en el restaurante, el protector de su marido le había arrimado un pie al suyo debajo de la mesa, y por encima de la mesa estaba la cara de él. ¿Porque se había callado, o había sido a propósito? El diablo. Una persona que, para decir la verdad, era muy interesante. Se encogió de hombros.
¿Y cuando en su escote redondo, en plena plaza Tiradentes —pensó ella moviendo la cabeza con incredulidad—, se había posado una mosca sobre su piel desnuda? Ay, qué malicia.
Había ciertas cosas buenas porque eran casi nauseabundas; el ruido como el de un ascensor en la sangre, mientras el hombre roncaba a su lado, los hijos gorditos durmiendo amontonados en la otra habitación, los pobres. ¡Ay, qué cosa me viene!, pensó desesperada. ¿Habría comido demasiado? ¡Ay, qué cosa me viene, santa madre mía!
Era la tristeza.
Los dedos del pie jugaron con la chinela. El piso no estaba demasiado limpio. Qué descuidada y perezosa me saliste. Mañana no, porque no estaría muy bien de las piernas. Pero pasado mañana habría que ver cómo estaría su casa; la restregaría con agua y jabón hasta arrancarle toda la suciedad, ¡toda!, ¡habría que ver su casa!, amenazó colérica. Ay, qué bien se sentía, qué áspera, como si todavía tuviese leche en las mamas, tan fuerte. Cuando el amigo del marido la vio tan bonita y gorda, de inmediato sintió respeto por ella. Y cuando ella se sentía avergonzada no sabía dónde tenía que fijar los ojos. Ay, qué tristeza. Qué habría de hacer. Sentada en el borde de la cama, pestañeaba con resignación. Qué bien se veía la luna en esas noches de verano. Se inclinó un poquito, desinteresada, resignada. La luna. Qué bien se veía. La luna alta y amarilla deslizándose por el cielo, pobrecita. Deslizándose, deslizándose... Alta, alta. La luna. Entonces la grosería explotó en súbito amor; perra, dijo riéndose.

Clarice Lispector
Lazos de familia, 1964


Editores / Manuscritos rechazados





Isaac Belmar

EL SORPRENDENTE ASUNTO 

DE LOS MANUSCRITOS RECHAZADOS


En 2005 un joven escritor que nadie conocía envió ilusionado los primeros capítulos de dos de sus manuscritos a nada menos que 41 editoriales y agentes.
Tras la proverbial espera, recibió 20 respuestas. Todas menos una eran rechazos. Una agente literaria había expresado interés, pero sólo en una de las obras. La otra, aunque la reconocía como original, no le pareció lo bastante interesante.
¿Conclusión? Un 98% de rechazo, ya fuera en forma de silencio o, casi siempre, de una carta estándar con motivos educados y sospechosos.

El cuerpo de los famosos se cotiza caro


El cuerpo de los famosos se cotiza caro

Taylor Swift asegura sus largas piernas por 30 millones de euros. La cantante es la última en sumarse a una moda que los famosos practican desde los años cincuenta


La cantante Taylor Swift. / CORDON PRESS
Tiene un Tumblr y una sección en Reddit (los foros digitales con más visitas del mundo) dedicados a sus piernas, así que la cantante ha decidido sacarles (más) partido y asegurarlas por una cifra que ronda los 30 millones de euros. La póliza aún no se ha firmado, pero Internet ya arde con la noticia de que Taylor Swift ha puesto precio a esa parte de su anatomía.
Según han declarado varias personas anónimas en distintos medios, la joven estrella se siente “avergonzada” por la cifra que han alcanzado sus piernas en la tasación. Otras famosas las han asegurado por mucho menos; las de Rihanna no llegan al millón, las de la súpermodelo Heidi Klum valen dos millones, como las de la actriz Jamie Lee Curtis, y las de Tina Turner alcanzan cerca de tres millones. “Puede parecer una suma desorbitada, pero si algo le ocurre a sus piernas, Taylor perderá una de sus señas de identidad sobre el escenario", ha dicho una fuente cercana a la cantante. Y en las portadas de las revistas, las sesiones de fotos o los programas de televisión, porque raro es el momento en que Swift no las muestra vistiendo faldas o pantalones cortos.

jueves, 21 de mayo de 2015

Mad Men / Las mujeres de Don Draper

cover

MAN MEN

Todas las mujeres con las que se ha acostado Don Draper


Una artista de Nueva York ilustra a las conquistas del publicista en un proyecto que homenajea a 'Mad Men'.


NOELIA RAMÍREZ
19 DE MAYO DE 2015
Sabiendo que el fin de una era estaba cerca, Hannah Choi decidió el verano pasado que volvería a ver Mad Men desde el principio. ¿El objetivo? Hacer una lista de todas las mujeres con las que se había acostado Don Draper. Esta directora de arte de una agencia de publicidad de Nueva York sabía que corrían muchos artículos por la red que hablaban de ello y analizaban las conquistas del publicista desdichado, pero ella decidió que quería verlas en un mismo sitio de forma individual. "¿Qué llevaban puesto? ¿Hay alguna similitud entre ellas? ¿Nos habíamos olvidado de alguna? Sólo tenía curiosidad", apunta. En abril supo cómo rendirles homenaje. Choi creó una serie de ilustraciones en la que todas y cada una de las chicas de Don Draper tuviesen su hueco. Desde Betty (como Draper y como Francis), hasta las azafatas fugaces, las artistas yonquis o las chicas del bar. Todas reunidas y unidas. Su proyecto, The Women of Don Draper, aglutina a 22 mujeres (falta una, la del último capítulo) que han marcado, de alguna u otra manera, al antihéroe de Weiner. Charlamos con ella vía correo electrónico horas después de la finale más comentada:
¿Qué significa 'Mad Men' para ti?
Soy directora de arte en una agencia de publicidad en Nueva York. La mayoría de mis amigos también trabaja en la industria, así que toda mi vida gira en torno a este mundo. Cuando empecé a ver la serie, sentí que el mundo publicitario se renovaba y glamourizaba. El tiempo pasó, y según pasaban los años trabajando en el gremio, mis sentimientos cambiaron de la envidia a la angustia y la compasión. Entiendo los mismos problemas que todavía hoy pasan como: la fusión de compañías, el freelancismo, el sexismo, aprender a trabajar con malos escritores, ganar/perder cuentas. Pero al final, sólo quería que los personajes fuesen felices y acabasen bien.

Mad Men / 12 gifs para reivindicar a Peggy


12 gifs para reivindicar a Peggy en la finale de 'Mad Men'


Go, Peggy, Go. La secretaria ha dejado de pedir 'perdón' por todo a reivindicarse en un mundo de hombres.

cover
Aquí Peggy, como se debe entrar a una oficina el primer día de trabajo.
Foto: AMC
Etiquetas:
Hace un par de capítulos, un Roger Sterling algo beodo de vermouth decidió regalarle a Peggy Olson una ilustración japonesa erótica de 1814 (El sueño de la señora del pescador, de Katsushika Hokusai) para lucir en su futuro despacho de McCann. "Oh dios mío, se suponía que tenía que hacer que los hombres se sintieran a gusto", responde ella. "¿Quién te ha dicho eso?", apunta él. La sociedad, Roger, la sociedad, desprende una respuesta que se queda en el aire y no se verbaliza.

Mad Men / Peggy no se casó

MAD MEN

Peggy no se casó

'Mad Men. O la frágil belleza de los sueños en Madison Avenue’ es un libro coral sobre la fascinación que ejerce la serie. Vila-Matas analiza la narrativa del drama televisivo





Me acuerdo de la intensidad con la que seguí muchas de las escenas de los primeros capítulos y de mi felicidad al descubrir que todas tenían entidad propia, un interés por sí solas. Me di cuenta de que si, en lugar de una serie, Mad Men hubiera sido una monumental novela, se habría podido decir de ella que estaba compuesta por unidades de cuentos, por fragmentos que a su vez estaban formados por instantes intensos.
Valor supremo del instante. En cierta ocasión recuerdo haber escrito: “Cada momento es un lugar donde nunca hemos estado”.
Valor supremo, por otra parte, del fragmento, esa especie de interrupción que rompe el texto continuo, porque el fragmento es lo que rompe, quiebra y diferencia, aniquilando las ilusiones de la plenitud, el vínculo, la repetición mimética.
Disfruté mucho de aquellos fragmentos que, por tener una entidad independiente del contexto general, aniquilaban las ilusiones de la plenitud decimonónica. Tanto disfruté que decidí tomarme las escenas de Mad Men como lecciones para reconciliarme con el encanto de dedicarse a las formas breves, de escribir cuentos, en suma. Me reconcilié con el arte de contar por el placer mismo de contar: una actividad de la que, sin desearlo del todo, me había ido apartando en los últimos tiempos, quizá por dedicarle cada día más atención a lo ensayístico.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Josefina Licitra / El ojo feroz / Un perfil de Beatriz Sarlo

(c) Tomás Linch


El ojo feroz

Un perfil de Beatriz Sarlo. *

Por Josefina Licitra
2 de octubre de 2012

Se olfateaba una batalla. Todos estaban alerta. Beatriz Sarlo –una de las intelectuales más prestigiosas de Argentina y una de las voces que más duramente critican al gobierno kirchnerista- había sido invitada a participar de 678: un programa emitido por la televisión pública que, en los hechos, funciona como el principal brazo del gobierno dentro del universo mediático. Que Beatriz Sarlo fuera a 678 era un evento que sólo encontraba parangón en el terreno deportivo: era un duelo. Un Boca-River. Una contienda en la que apenas había dos espacios: el de vencedor y el de vencido.

Josefina Licitra / Aire

Josefina Licitra

AIRE

Después de dos meses puedo decirme a mí misma que esto ocurrió. Que el pasto verde y liso, el manto afelpado del que salían árboles derechos existió. Que yo vi ese cuatriciclo blanco circulando por senderos con olor a nada y que me enfrenté, también, a la mujer del cuatriciclo: una señora de cabello recto y anteojos oscuros que decía, con gélida amabilidad, «suba». Decía «suba» como si la muerte fuera ella. Como si ella fuera la condensación de ese espanto que nos empujaba a todos a caminar por el parque, bajo el sol ciego y caliente, entre las flores de perfección sombría.
Es cierto que hubo una sala limpia y fría en la que todo era blanco. Todos los colores se habían desprendido de sí mismos y el lugar era la sala de los desvanecimientos. A un costado había café. El café que tomábamos para tener algo que hacer con nuestras manos, con nuestro frío, con esa sensación de caída libre en el estómago.
Es verdad que hubo un párroco y es cierto que lo echamos. Le dijimos «gracias», le explicamos qué pensábamos de dios.
Existió el cajón.
Al fondo, en el centro de la escena: eso.
Nunca vi nada tan triste y terrorífico, nada tan indignante, nada tan sin remedio.
Lloré frente al féretro quién sabe cuánto tiempo. Éramos muchos. El silencio de una misa. Mi tía se hamacaba en un baile sincopado, íntimo y conmovedor. Veinte minutos meciéndose mi tía, hasta que mi padre se acercó, la envolvió con los brazos y le dijo «Ya está. Vamos». Ya no queda nada.
Me acerqué a eso. Besé la madera porque no fui capaz de abrirlo todo y besar a un muerto. El dolor no estaba en mí. Yo era el dolor.
Nos fuimos.
Ahora, cuando lo extraño mucho y son tantas las veces que lo extraño, cierro los ojos y pienso que toco su mejilla flácida y rasposa. Cierro los ojos y pienso en sus dientes inquietos. Cierro los ojos y pienso que su mano está en mi frente. Su mano fresca y seca, la brisa de playa de su mano. Y entonces me digo que es así, que la muerte es esto. Sentir que mi Nonno me acaricia desde el aire.


SEÑORITA LI



Josefina Licitra / Sin red

Josefina Licitra

Sin red


Mi escritorio está en un primer piso y tiene un balcón. Y cada vez que subía a trabajar, desde hace meses, me detenía a mirar una tela de araña que estaba tendida entre dos de los barrotes del balcón de marras. Por una razón que jamás me expliqué –o más bien: que jamás me detuve a pensar- nunca quise quitar esa tela. Me fascinaba ver cómo se fortalecía la red, cómo esa tela de araña era la trama, al fin y al cabo, de una larga paciencia. Una vez incluso vi la araña –mínima- y sentí un respeto religioso por ella. Por ese mundo solitario y tenaz, pero sobre todo inexplicable, que tejía ese bicho ante mis ojos.

Pienso en esto ahora, después del diluvio, cuando subo a mi escritorio y veo que la tela de araña no está más. El agua barrio con ella, como barrió con tantas otras cosas. Y por primera vez después de veinticuatro horas de locura –de goteras, agua, mareas domésticas, papeles mojados, miedo: miedo a la próxima lluvia-, por primera vez después del caos, decía, me siento en mi silla, llena de supersticiones y de rezos al cielo, y pienso en mi araña con amargura en el pecho; como si la vida entera que habita en todas las cosas se hubiera escurrido por un tubo cloacal.


martes, 19 de mayo de 2015

Asesinos / Iñaki Rekarte / Entrevista digital

Iñaki Rekarte

Con 20 años fue condenado a 203 años por asesinar a tres personas y herir a otra veintena con un coche bomba. Estando en prisión, rompió con la disciplina de la organización y se acogió a la denominada vía Nanclares para la reinserción. Fue expulsado del colectivo de presos de ETA por condenar la lucha armada. Para la organización vasca es un traidor. Ahora publica 'Lo difícil es perdonarse a sí mismo', un libro en el que cuenta su historia.

Asesinos
Iñaki Rekarte
ENTREVISTA DIGITAL

11 de mayo de 2015


1. Te molestaría que tu hijo se sintiera español?
No, hombre. Mi hijo que se sienta lo que le de la gana. Yo siempre seré su padre. Me es indiferente.
2. Duermes bien o se te aparecen fantasmas por la noche?
Duermo poco. Y trabajo mucho.

Asesinos / Iñaki Rekarte



Iñaki Rekarte (44 años) vive  en el norte de Navarra.
Iñaki Rekarte

Asesinos / Iñaki Rekarte

La andaluza y el etarra arrepentido (con más de ocho apellidos vascos)

LEYRE IGLESIAS
Actualizado: 10/05/2015 09:37 horas

En un pequeño pueblo plagado de caseríos entre montes verdes y nublados, en el norte de Navarra, Iñaki Rekarte regenta una antigua herriko taberna que ha reformado. Tras 21 años en la cárcel y el último año y medio en libertad, donde antes lucían heroicas caras de terroristas como la suya él prepara pintxos sin consignas políticas. Los sirve su mujer, Mónica García de Paredes, una gaditana de ojos vivos y sonrisa clara que le llama "chiquillo" y "maitia (cariño)", y que se desenvuelve con desparpajo en un lugar donde todo suena como suena el euskera. Es el amor prohibido que comparten un vasco fornido y una andaluza menuda y de larga y lisa cabellera morena tras la barra del Ekaitza (tormenta) de Santesteban (Doneztebe). Se amaron entre rejas y allí los casó un concejal del PP. A él, miembro de ETA que mató a tres personas en nombre de Euskal Herria, condenado a 203 años, hoy arrepentido, y a ella, trabajadora social expulsada de las prisiones por su relación con el peligroso recluso.

La voz de las víctimas / Ni con tres vidas que vivieras cumplirías tu condena

  • Eutimio y Julia junto a sus hijos: Silvia y Jesús
    Eutimio y Julia, junto a sus hijos, Silvia y Jesús

    Carta de la hija de un matrimonio asesinado por Rekarte


  • 'Ni con tres vidas que vivieras cumplirías tu condena'

  • 'Recuerdo ver la cena que mi madre había preparado para el día en el que tú que decidiste apretar el botón'

  • 'Todo era dolor, y 23 años después sigue siendo dolor..'

  • 'Serás hoy ex etarra, pero siempre un asesino





Aun sabiendo el dolor que ello me iba a suponer, no pude evitar el pasado domingo ver la entrevista que se le hizo al asesino de mis padres. Jamás me hubiera imaginado que un medio de comunicación aupara así a alguien que ha destrozado a tantas familias por el mero hecho de decir que se arrepiente... ¿Qué país, salvo el nuestro, haría semejante barbaridad? Y todo sin avisarnos a los familiares de sus víctimas de que esto iba a ocurrir. Así, sin más, nos le hemos tenido que encontrar en la TV contando sus "hazañas" que parece ser que son dignas hasta de escribir un libro...
Se atreve a decir que se arrepiente, que nos pide perdón. ¿A quién? ¿Cómo? ¿Así, por televisión? No, perdonen, pero no... A mí, este tipo nunca jamás ha intentado pedirme perdón. Y yo me pregunto: si algún día lo intentara, ¿cómo sería? "Hola, Silvia. Mira, quería pedirte perdón por haber matado a tus padres en lo mejor de sus vidas y por haberos dejado a tu hermano y a ti indefensos ante la vida. Y no sólo durante los 20 años que yo pasé en la cárcel, no, sino para toda vuestra existencia". Claro, visto así, la verdad que es un poco complicado lo de pedir perdón. Es más fácil escribir un libro y que te lleven por las televisiones como si de un héroe se tratara porque, claro, con 19 años eras tan joven que no sabías lo que hacías.
Pues mira, te voy a contar una cosa. Al poco de que mataras a mis padres, un periodista me preguntó si me gustaría la pena de muerte para vosotros. Supongo que, siendo casi una niña y con el sufrimiento tan insoportable que estábamos padeciendo, esperaba que le contestara que sí. Y no fue así. Le dije que sólo deseaba que te pudrieras en la cárcel acordándote de mis padres durante cada uno de los días que vivieras...


...Pero cuál es mi sorpresa, 23 años después, cuando escucho que te preguntan por sus nombres ¡y ni los sabes! Yo tengo el tuyo grabado a fuego desde el 19 de febrero d e 1992...

...Por un momento trato de ponerme en tu lugar y, si yo hubiera matado a tus hijos y verdaderamente estuviera arrepentida, no sólo sabría sus nombres, me habría interesado por saber qué fue de vuestras vidas y en qué podría ayudar. Pero claro, tú y yo no tenemos nada que ver. Yo jamás habría podido arrebatarte lo que más quieres en tu vida. Ni a ti, ni a nadie...


...Pues bien. Visto que en 23 años no te has molestado en saber sus nombres,te los voy a decir yo: Eutimio y Julia. En nuestra casa, Papá y Mamá...

...Aquel miércoles a las 20 horas, mientras tú decidías si sacar el mando o no, ellos tenían 42 y 43 años. Los mismos que tú ahora, ¿verdad? Mi padre había ido a recoger a mi madre a su trabajo y regresaban a casa para reunirse con sus hijos: con mi hermano Jesús, que dos días antes había cumplido 16 años, y conmigo, Silvia, un poco mayor que él. Éramos demasiado jóvenes para quedarnos solos. Aunque, la verdad, no creo que exista una edad apropiada para ello... Yo llegué a mi casa y me extrañó no ver luz en la cocina. A los cinco minutos sonó el timbre. Era una vecina que, con los ojos llorosos, me pidió que fuera a su casa. Allí estaba mi hermano que, desconcertado por el revuelo y la presencia de la policía, me preguntaba a mí qué era lo que estaba pasando. Pero yo estaba igual de perdida que él. Nos llevaron al hospital donde, finalmente, nos dieron la terrible noticia. El mundo se abrió bajo nuestros pies. ¿Cómo podía ser cierto aquello? Jamás volveríamos a verles, a sentir sus abrazos ni a reír juntos... "¿Quién cuidará de nosotros?", me preguntaba mi hermano sintiéndose más niño que nunca. Recuerdo intentar tranquilizarle diciéndole que no se preocupara, que yo cuidaría de él. "El lunes volveremos a casa y verás como yo puedo hacerlo", le dije... ¡¡¡Pero si aún era una niña yo también!!! Recuerdo el silencio tan horroroso que se sentía en casa sin ellos, y el impacto que me causó ver la cena que mi madre había dejado preparada el día en que tú, Iñaki Rekarte, decidiste apretar el botón. Dolor, todo era dolor... y, 23 años después, sigue siendo dolor.
También recuerdo tu detención, estabas acogido en casa de un sacerdote, tremendo sinvergüenza...


...Quise ir al juicio para poner cara a los asesinos de mis padres. tú saliste con el pañuelo de los sanfermines, me miraste, levantaste la mano y gritaste "¡Gora eta!"...

...Y así de vuelta a casa. No le contaba nada de esto a mi hermano, tratando así de evitarle más sufrimiento... Es así como comenzó nuestra nueva vida, una cuesta arriba demasiado dura como para tonterías. Nos has privado de muchos besos, abrazos, Navidades y cumpleaños... Nos has privado de muchas alegrías y también de muchos momentos de pena que sólo pueden ser aliviados por el abrazo cálido y reconfortante de unos padres. Nos has privado de mucha vida... Y no sólo a nosotros. También a sus propios padres, hermanos y ahora nietos. Sí, porque yo, al igual que tú, tengo hijos y también tengo que explicarles las cosas. Y créeme que, si a los mayores nos cuesta, es difícil que unos niños entiendan que el malo no está en la cárcel, sino en un plató de televisión... ¡Qué país éste el nuestro..!


... ¿Y dices que has cumplido tu condena? sí, claro. da gracias a que vives en el paísque vives. Léete la sentencia. Yo lo he hecho varias veces. Espero que la hayas adjuntado en tu libro...

...Ni con tres vidas que vivieras, cumplirías tu condena.
¿Y qué hay de las indemnizaciones que el Estado pagó por ti..?


...Me gustaría pensar que el dinero que recaudes gracias al relato del asesinato de mis padres y del resto de tus víctimas vaya íntegro a las arcas del estado...

...Eso sí podría interpretarlo como un gesto cercano al arrepentimiento.
Tienes una vida completa: has tenido hijos, supongo que habrás plantado un árbol, ahora has escrito un libro y, además, has matado a cuatro personas y herido a muchas más, destrozando así la vida de demasiadas familias...
Serás un ex etarra, pero siempre serás un asesino.
Y aun así, yo no te deseo ningún mal. Espero que vivas todo lo que puedas en compañía de tus seres queridos. Tú, Iñaki, que puedes disfrutar de esta segunda oportunidad que, como bien dices, te ha dado la vida. Pero, por favor, sólo te pido que nos evites el tener que verte y oírte más... pues duele demasiado.
Si a mí me condenaste a hacerlo en el silencio de mi casa, hazlo tú en el silencio de la tuya.