jueves, 19 de abril de 2018

Alice Sebold / Casi la luna / Primer capítulo

Alice Sebold 

CASI LA LUNA 

Fragmento

1

A fin de cuentas, matar a mi madre resultó sencillo. La demencia, cuando se precipita, logra de algún modo revelar el alma de la persona afectada por ella. El alma de mi madre estaba corrompida como el agua salobre que llevara semanas en el fondo de un jarrón con flores. Era hermosa cuando mi padre la conoció y aún conservaba la capacidad de amar cuando se convirtió en mi madre a una edad avanzada, pero en el momento en que aquel día levantó la vista para mirarme, nada de eso tuvo la menor importancia.
Si no hubiera descolgado el auricular, la señora Castle, la desafortunada vecina de mi madre, habría seguido llamando a los números de emergencia de la lista que colgaba del frigorífico color almendra de mi madre. Sin embargo, no había pasado ni una hora y ya me encontraba regresando a toda prisa a la casa en que había nacido.
Era una fría mañana de octubre. Cuando llegué mi madre estaba sentada muy derecha en su sillón de orejas, envuelta en un chal de mohair, murmurando para sí. La señora Castle me dijo que mi madre no la había reconocido cuando le había llevado el periódico aquella mañana.
–Ha intentado cerrarme la puerta en las narices –dijo la señora Castle–. Gritaba como si la estuvieran escaldando. Ha sido una escena de lo más lamentable.
Mi madre, aquella presencia totémica, estaba sentada en el sillón de orejas tapizado en rojo y blanco en el que había pasado las más de dos décadas transcurridas desde la muerte de mi padre. Había envejecido lentamente en aquel sillón, dedicada primero a la lectura y a hacer punto, y después, cuando la vista comenzó a fallarle, a ver programas de la televisión pública desde el amanecer hasta que se quedaba dormida después de la cena. De un año o dos a esta parte se sentaba en el sillón y ni siquiera se molestaba en encender el televisor. Se colocaba en el regazo las madejas de hilo embrollado que mi hija mayor, Emily, seguía mandándole cada año por Navidad y las acariciaba como algunas ancianas deben de acariciar a sus gatos.
Le di las gracias a la señora Castle y le aseguré que me ocuparía de todo.
–Ya va siendo hora –dijo, volviéndose para mirarme desde la entrada–. Es terrible el tiempo que lleva sola en esta casa.
–Lo sé –respondí, y cerré la puerta.
La señora Castle descendió los escalones del porche de mi madre cargada con tres platos de distinto tamaño que había encontrado en la cocina y que según ella le pertenecían. No lo dudé. Los vecinos de mi madre eran una bendición. Cuando era pequeña, mi madre solía arremeter contra la iglesia ortodoxa griega que había al final de la calle, llamando a sus feligreses, sin motivo coherente, «esos estúpidos polacos enfervorizados». Sin embargo, eran aquellas personas quienes, haciendo honor a su reputación, siempre se ocuparon de que a la anciana cascarrabias que llevaba toda la vida en aquella casa destartalada no le faltara la comida ni la ropa. Y si de vez en cuando alguien le robaba, tampoco era de extrañar; al fin y al cabo no era seguro que una mujer viviera sola.
«Entre estas paredes vive gente», me había dicho en más de una ocasión, pero hasta que descubrí un preservativo junto a mi cama de niña no até cabos. Manny, un chico que de vez en cuando hacía reparaciones en casa de mi madre, invitaba a chicas y las subía a las habitaciones. Entonces hablé con la señora Castle e hice cambiar la cerradura. Yo no tenía la culpa de que mi madre se negara a marcharse.
–Madre –dije, como solo yo, su única hija, tenía derecho a llamarla. Levantó la vista y sonrió.
–Puta.
Lo curioso de la demencia es que en ocasiones da la sensación de que el enfermo tiene acceso directo a la verdad, parece que pudiera ver a través de la piel debajo de la que te escondes.
–Madre, soy Helen.
–¡Ya sé quién eres! –espetó.
Sus manos se aferraban a los brazos del sillón y observé la fuerza con que se asía a ellos, su estallido de enfado convertido en garras involuntarias.
–Me alegro –respondí.
Permanecí de pie durante unos segundos hasta sentir que ya habíamos sentado las bases. Ella era mi madre y yo su hija. Pensé que a partir de ese momento podíamos seguir adelante con otro de nuestros habituales incómodos encuentros.
Caminé hasta las ventanas y comencé a levantar las persianas que unas bandas de tela cada día más deshilachadas mantenían unidas. Fuera, el jardín de mi infancia estaba tan abandonado que me costó reconocer las formas originales de árboles y arbustos, aquellos lugares en los que había jugado con otros niños antes de que el comportamiento de mi madre comenzara a ser conocido más allá de los límites de nuestra casa.
–Me roba –dijo mi madre.
Le daba la espalda. Miraba una enredadera que se había encaramado al enorme abeto que se erguía en un rincón del jardín y había invadido el cobertizo donde mi padre se había dedicado alguna vez a la carpintería. En aquel lugar siempre era el hombre más feliz del mundo. En mis días más oscuros solía imaginarlo allí, lijando con esmero los globos de madera por los que había aparcado todos sus otros proyectos.
–¿Quién te roba? 

–Esa bruja.
Sabía que se refería a la señora Castle. La mujer que se aseguraba a diario de que mi madre despertara. La que le llevaba el Philadelphia Inquirer y no pocas veces cortaba flores de su jardín y las colocaba en jarras de plástico para el té helado que no se romperían en caso de que mi madre las volcara.
–No es verdad –dije–. La señora Castle es una mujer encantadora que cuida mucho de ti.
–¿Qué ha sido de mi tazón azul de Pigeon Forge?
Sabía de qué tazón hablaba y caí en la cuenta de que llevaba semanas sin verlo. Cuando era niña siempre estuvo lleno de lo que yo tenía por comida aprisionada: almendras y nueces de Brasil, y avellanas que mi padre se encargaba de cascar y extraer con un pequeño tenedor.
–Se lo regalé, madre –mentí. 

–¿Que hiciste qué? 
–Se porta de maravilla y sabía que le gustaba, así que se lo regalé un día mientras dormías la siesta.
«La ayuda no cae del cielo –sentí ganas de decirle–. Esa gente no te debe nada.»
Mi madre me miró. Fue una mirada horrible e infinita. Después frunció los labios, el inferior hacia fuera, que no tardó en temblar. Iba a llorar. Salí de la habitación y me dirigí a la cocina. Cada vez que volvía a casa encontraba buenas razones para pasar muchas de las horas que se suponía debía estar con mi madre en cualquier habitación salvo en la que ella se encontrara. Oí el leve gemido que llevaba oyendo toda mi vida. Era un gemido cuyas notas estaban orquestadas para provocar lástima. Mi padre siempre había sido el que corría a su lado. Tras su muerte, esa responsabilidad recayó sobre mí. Durante más de veinte años, con mayor o menor diligencia, me había estado ocupando de ella, corriendo a casa cuando me llamaba para decirme que iba a estallarle el corazón, o acompañándola en sus series de visitas al médico, más frecuentes a medida que envejecía.
A última hora de la tarde de aquel día me encontraba en el porche acristalado de la parte de atrás barriendo la estera. Había dejado la puerta abierta para oírla. Entonces, entre la nube de polvo que me rodeaba me llegó un inconfundible olor a mierda. Mi madre había intentado ir al baño pero no había logrado levantarse.
Solté la escoba y corrí a su lado. No había muerto, como yo había deseado momentáneamente, y sufrido la consiguiente pérdida de control de los esfínteres. Muerta en su casa, tal y como ella habría querido. En lugar de eso la encontré sentada en su silla, toda sucia.
–¡Me he hecho caca! –anunció. En aquella ocasión su sonrisa era distinta a la de «puta». La de «puta» estaba llena de vida. Aquella sonrisa me era desconocida. No contenía miedo ni maldad.
A menudo, cuando le contaba a mi hija pequeña, Sarah, lo ocurrido un día en particular, ella me decía que por mucho que me quisiera no tenía intención de desnudarme y cambiarme los pañales cuando fuera vieja. «Contrataré a alguien –decía–. No se me ocurre mejor manera de intentar ser feliz que evitar todo eso.»
El olor invadió la habitación en pocos segundos. Regresé al porche en dos ocasiones para tomar grandes bocanadas de aire polvoriento y no fui capaz de pensar en otra cosa que no fuera conseguir que mi madre tuviera el aspecto con el que le gustaría que la vieran. Sabía que tendría que llamar a una ambulancia. Sabía, desde hacía ya tiempo, que mi madre se estaba yendo de este mundo, pero no quería que llegara al hospital cubierta de mierda. O debería decir que sabía que ella no querría eso, de modo que aquello que siempre le había importado más que cualquier otra cosa a lo largo de su vida, las apariencias, se convirtió también en lo más importante para mí.
Tomé aire una última vez en el porche y regresé a su lado. Esfumada la sonrisa, estaba agitada en extremo.
–Mamá –dije, segura mientras lo decía de que no reconocía la palabra ni a la hija que la había pronunciado–. Te ayudaré a lavarte y después iremos a hacer algunas visitas.
«No volverás a hacer ninguna visita», pensé sin crueldad. ¿Por qué será que cuando alguien se muestra pragmático tiende a ser interpretado de ese modo? La mierda es la mierda y la verdad es la verdad. No hay más.
Me arrodillé frente a ella y la miré a la cara. La odiaba más de lo que hubiera odiado jamás a nadie. Aun así, levanté un brazo y, como si por fin tuviera permiso para tocar algo precioso, le acaricié la larga trenza plateada. «Mamá», susurré. Lo dije porque sabía que se quedaría flotando en el aire. Sin repercusión, sin respuesta.
Estaba húmeda y se sentía incómoda. Como un caracol atrapado bajo el sol, por ejemplo, deseosa de librarse del elemento que le causaba dolor. Me incorporé pero permanecí inclinada frente a ella. Pasé los brazos por debajo de los suyos, con cuidado de no apoyar peso sobre su cuerpo. Me agaché como un jugador de rugby a punto de hacer un placaje y la levanté. Era a la vez más ligera y más pesada de lo que había imaginado.
Logré levantarla sin demasiada dificultad, pero una vez estuvo de pie se desplomó entre mis brazos. Hice cuanto pude para no soltarla y evitar que ambas cayéramos al suelo. Mientras intentaba mantener el equilibrio con todo su peso entre mis brazos, no pude evitar pensar en mi padre, en cómo año tras año había soportado su carga, se había disculpado con los vecinos, y en cómo este cuerpo se había doblegado sobre el de él, una y otra vez, hasta que ambos terminaron por convertirse en uno solo.
Entonces sentí ganas de llorar. Se acercaba nuestro final y el de los secretos de la casa. Tenía cuarenta y nueve años y mi madre ochenta y ocho. Mi padre llevaba muerto casi todos los años que tenía mi hija pequeña, desde pocos meses después de que la niña cumpliera los cuatro. Sarah jamás conocería la dimensión real de su dulzura, ni jugaría en el taller entre las piezas de carpintería encoladas tres veces. Recordé los caballitos de balancín mutantes que había en el cobertizo y mis brazos, con mi madre entre ellos, se debilitaron peligrosamente. Cuánto había cambiado la casa y mi vida después de su muerte.
Arrastré a mi madre mientras ella se esforzaba por colaborar y la acerqué a las escaleras que conducían a su baño. Entonces me cuestioné si había perdido el juicio. ¿Cómo se me había ocurrido pensar que sería capaz de hacer algo así? Pesaría por lo menos cuarenta y cinco kilos, y aunque yo seguía un programa de ejercicios para mantenerme en forma, jamás había sido capaz de levantar más de veinticinco. No iba a salir bien. Me desplomé sobre las escaleras, el cuerpo húmedo y sucio de mi madre encima del mío.
Resollé tumbada sobre las escaleras enmoquetadas pero no me di por vencida. Estaba decidida a lavar a mi madre y vestirla con ropa limpia antes de llamar a la ambulancia. Aún en el suelo, mientras el cuerpo de mi madre se convertía en una especie de peso familiar, algo como la extraña sensación de estar atrapada debajo de un amante adormilado, pensé en las alternativas. Podía llevarla al baño que había en la parte de atrás y lavarla en el fregadero. También estaba la cocina. Pero ¿cómo lograría sostenerla en pie? ¿Cómo iba a sujetarla y lavarla a la vez, por no mencionar el charco de agua que se formaría y el riesgo de resbalar y terminar ambas con la cabeza abierta?
Mi madre comenzó a roncar. Tenía la cabeza recostada sobre mi hombro, por lo que pude verle la cara y el cuello, avejentados y llenos de manchas. Me fijé en sus pómulos, tan afilados como siempre los había tenido, una visión casi dolorosa debajo de aquella piel cadavérica. «¿Quién me querrá?», pensé, pero no tardé en olvidar la pregunta y concentrarme en las hojas de los abedules bañados por el sol crepuscular. Llevaba allí todo el día. Ni siquiera había llamado a Westmore para cancelar la clase. Imaginé el espacio vacío en la tarima de la clase de Dibujo al Natural 101 y a los estudiantes frente a los caballetes, los carboncillos detenidos entre sus dedos.
Sabía que si no me movía mi madre seguiría durmiendo durante horas y se haría de noche. Imaginé a mi amiga Natalie buscándome por los pasillos del edificio de arte, interrogando en vano a los estudiantes. Natalie llamaría a mi casa, tal vez incluso se acercara hasta allí con Hamish, su hijo. Sonaría el timbre en la casa vacía y Natalie pensaría que tal vez me había sucedido algo, a mí, a Sarah o a Emily.
Levanté los brazos por debajo de los de mi madre y logré separarlos de las escaleras. Primero uno y después otro, como si estuviera manipulando una muñeca de tamaño real. Haberla controlado siempre con tanta facilidad, imposible. Tenía que arreglármelas sin llamar a mis hijas. Era algo que tenía que conseguir yo sola. Me revolví debajo de su cuerpo y ella gimió como un globo pinchado. Me senté en las escaleras junto a su cuerpo. La casa tenía un peso y una fuerza que sabía capaces de aplastarme. Tenía que salir de allí y entonces, de repente, recordé la bañera rodeada de caballitos de balancín en el cobertizo.
Dejé que mi madre siguiera durmiendo y subí a toda prisa por las escaleras; entré en su habitación a por mantas y en el cuarto del tocador a por toallas. Me detuve frente al espejo que había encima del lavabo y comprobé mi aspecto. Me vi los ojos más pequeños y azules de lo habitual, como si la intensidad de la situación afectara al color y la percepción. Hacía años que llevaba el pelo tan corto que se me veía la piel. Recuerdo que entré en casa de mi madre y ella me echó un vistazo y comentó: «No me digas que tú también tienes cáncer. Todo el mundo tiene cáncer hoy día». Le conté que aquel peinado era más cómodo, para hacer ejercicio, trabajar y hacer las tareas del jardín. Fue la ambigüedad de la pregunta lo que me llamó la atención. ¿Se habría preocupado si hubiera tenido cáncer, o habría creído que le hacía la competencia? El tono de su voz apuntaba hacia lo segundo, pero era difícil creer algo así de una madre.
Me detuve en lo alto de las escaleras con las mantas y las toallas. Traté de no pensar en el hecho de que mi madre no volvería a ver aquellas habitaciones, que a partir de ese momento se convertirían, para mí, en dependencias vacías atestadas de posesiones.





FICCIONES
Casa de citas / Alice Sebold / Matar a mi madre

DE OTROS MUNDOS
Alice Sebold / Desde mi cielo / Reseña
Alice Sebold / Casi la luna / Citas
Alice Sebold / Casi la luna / Primer capítulo

MESTER DE BREVERÍA
Alice Sebold / Susie Salmón

DRAGON
Alice Sebold / I'm not hammering at it like a nail
Alice Sebold / The Lovely Bones / Reviews
Alice Sebold / Rape and redemption
“Lucky” By Alice Sebold / The Dark Tunnel From Where “The Lovely Bones” Comes



Alice Sebold / Casi la luna / Citas

Alice Sebold
según David Levine

Alice Sebold 

CASI LA LUNA 

Citas


Mi madre era eterna como la luna. Viva o muerta, la madre o la ausencia de la madre siempre determinan la vida de una persona.


Una mujer solitaria me había educado para ser una niña solitaria, y eso era, entonces me di cuenta, en lo que inevitablemente me había convertido.

Recuerdo que entré en casa de mi madre y ella me echó un vistazo y comentó: "No me digas que tú también tienes cáncer. Todo el mundo tiene cáncer hoy día". Le conté que aquel peinado era más cómodo, para hacer ejercicio, trabajar y hacer las tareas del jardín. Fue la ambigüedad de la pregunta lo que me llamó la atención. ¿Se habría preocupado si hubiera tenido cáncer, o habría creído que le hacía la competencia?
Nuestra relación solo era posible si se basaba en la disciplina. El hábito proporcionaba un grado de satisfacción que el amor no alcanzaba jamás.

En aquellos momentos sentía que las cuerdas de mi educación tiraban de mí hacia atrás. No me habían educado para abrazar, ni para consolar, ni para convertirme en familia de nadie. Me habían educado para mantener las distancias.

Vi la tetera encima de los fogones y decidí prepararme una taza de té. Una maniobra dilatoria, sin duda, pero ya no sabía diferenciar lo que era razonable de lo que no. Todo era razonable si matar a tu madre también lo era. Todo era razonable si quitarte la vida se había convertido en un acto reflejo.
La luna está llena todo el tiempo, pero no siempre la vemos. Lo que vemos es una luna casi llena o una luna incompleta. El resto permanece escondido, pero hay una sola luna, y es la que vemos en el cielo. Planeamos nuestras vidas en función de sus ritmos y mareas.

Las casas tenían ventanas con persianas. Los jardines tenían puertas y vallas. Había carreteras y aceras cuidadosamente planificadas, y si elegías adentrarte en la realidad de los demás, aquellos eran los caminos que debías estar dispuesto a seguir. No había atajos.
Nunca me ha gustado el teléfono. Diez años atrás, en un absurdo y arrebatado intento por mejorar, coloqué unas pegatinas de caritas sonrientes en el teléfono de mi habitación y en el de la cocina. Después hice dos etiquetas y las pegué en los auriculares. "Es una opción, no una amenaza", se lee en ellas.
Vi que mi padre se inclinaba y besaba a mi madre antes de desplegar la última manta. Sabía que en aquellos momentos la quería más que nunca. Cuando mi madre estaba rota e indefensa, cuando se quedaba sin caparazón y toda su rabia y su rencor no podían ayudarla. Era la triste danza de dos personas que desfallecían la una en brazos de la otra. Su matrimonio una X que unía para siempre a víctima y verdugo.
Cuando era adolescente creía que todos los niños pasaban las calurosas tardes de verano en sus habitaciones, soñando despiertos con trocear a sus madres en pedazos pequeños y mandarlos a direcciones desconocidas. Yo lo hacía tumbada en mi cama, y también en movimiento por el resto de la casa. Mientras sacaba la basura, le cortaba la cabeza. Mientras limpiaba el jardín de malezas, le arrancaba los ojos, la lengua. Mientras quitaba el polvo de las estanterías, multiplicaba y dividía las partes de su cuerpo.
Entonces me di cuenta de algo que intuía desde hacía años pero no había sido capaz de nombrar: que yo había nacido para ser su representante en el mundo y llevar ese mundo a casa, ya fuera con manualidades de papel pinocho hechas en los primeros años de escuela o enfrentándome a un grupo de hombres enfurecidos en nuestro jardín. Lo haría todo por ella. Aquel era nuestro acuerdo tácito particular, la forma en que esta niña servía a su madre.

Los jodidos cabrones son simples por naturaleza.
Sabía de las limitaciones de mi madre porque también yo las llevaba en el tuétano.
La demencia, cuando se precipita, logra de algún modo revelar el alma de la persona afectada por ella.
Tu sórdida vida es tu sórdida vida. Si no te gusta no deberías vivirla.


Alice Sebold / Desde mi cielo / Reseña


Alice Sebold 

DESDE MI CIELO 


Tradución de A. Echevarría. Mondadori. Barcelona, 2003. 329 páginas, 16’90 euros
DIEGO DONCEL | 22/05/2003 |  Edición impresa


Alice Sebold. Foto: Jim Cooper

The lovely bones (traducida aquí como Desde mi cielo) es la primera novela de Alice Sebold, pero no su primer libro. Ya en 1999 publicó Lucky, donde relataba los sucesos de su propia violación cuando tenía dieciocho años. 



Desde mi cielo vuelve al tema de la violación y del asesinato, pero enfocado desde una perspectiva literariamente original: Susie Salmon, violada y asesinada, habla desde el cielo. Desde el cielo, Susie mira la tierra, mira la vida que vivió y qué sucede ahora con su asesino, con su familia, con sus amigos, y sucede de todo. Francamente, sucede de todo.

¿Quiere esto decir que ha nacido la versión siglo XXI del nuevo melodrama? Divertida y terrible, hechizante y dolorosa, la fábula que construye Sebold se mantiene a una distancia oportuna del melodrama sentimental siendo una novela de sentimientos, de una efusión sentimental llena de delicadeza y modales tolerables. Y se mantiene de igual manera a una distancia considerable de la novela de género, del género grosero de violación y asesinato. Sebold construye su relato sobre las consecuencias que para la familia va a tener la muerte de Susie, sobre las formas zigzagueantes con que cada uno intenta superar el dolor, sobre la búsqueda de la verdad y sobre el anhelo de justicia. Es precisamente la manera en que Sebold relata la fractura psicológica, la neurosis que determina la vida de cada uno de los personajes donde consigue sus mayores logros.

Sin ser tan corrosiva ni tan impactante como el gran Rick Moody en su visión de los años 70, Sebold se muestra implacable en el tratamiento de cómo la violencia y la muerte cambian drásticamente el destino. Su tragicidad nunca pierde el sentido amable, y el dolor que se expresa está encaminado para construir una esperanza. Hay religiosidad laica, formas mediante las cuales el dolor y las pérdidas terribles pueden ser redimidas, maneras de amor y de aceptación. Y todo ello mediante un estilo fresco, que roza la inocencia, el de una niña de catorce años que contempla el mundo desde el cielo. Un cielo construido a la manera de sus deseos, donde hay un instituto pero no profesores ni libros de texto, donde hay helados de hierbabuena y juguetes, y donde siente la terrible añoranza de compartir su vida con la de su familia. 

Delicada, tierna, a veces memorable y a veces amanerada, es una novela capaz de combinar en una misma página lo cotidiano y lo fantástico, lo grotesco, lo melancólico y el humor. Su lectura resulta consoladora porque es profundamente humana. Su triunfo es saber captar al lector mediante un tratamiento efectivo de la emoción. Se puede pensar que nos retrotrae a una novelística escorada hacia el best-seller, pero muchos lectores encontrarán en ella una lectura sentimentalmente extra, fuera de serie en cuanto a su manera de plantear de qué forma se convive con el dolor y la esperanza. Una novela que desborda los límites de lo literario y se llega a convertir en algo más íntimo y etéreo, la punzada de la angustia, algo donde se refugia la ternura, donde queda a salvo el poder consolador del amor.

éxito de boca en boca
Desde su aparición en Little, Brown and Company, ésta es la novela que más ha circulado de boca en boca en Estados Unidos. Más de tres millones de ejemplares vendidos, semanas y semanas encabezando las listas de ficción de las más prestigiosos diarios, recomendaciones entusiastas de las principales librerías (incluidas las de internet), debates televisivos, tomas de posición de algunos espadas de la crítica y de la novelística estadounidense... Un fenómeno apabullante. Incluso para la propia Alice Sebold, que asegura que escribió las primeras quince páginas de un tirón, en una noche, y llamó inmediatamente a un amigo para saber si debía continuar. Ahora confiesa además que aunque “cuando era una niña, me atraía mucho lo morboso, ahora creo firmemente que en lo más oscuro y desesperado siempre brilla una luz”. 

EL CULTURAL





FICCIONES
Casa de citas / Alice Sebold / Matar a mi madre

DE OTROS MUNDOS
Alice Sebold / Desde mi cielo / Reseña
Alice Sebold / Casi la luna / Citas
Alice Sebold / Casi la luna / Primer capítulo

MESTER DE BREVERÍA
Alice Sebold / Susie Salmón

DRAGON
Alice Sebold / I'm not hammering at it like a nail
Alice Sebold / The Lovely Bones / Reviews
Alice Sebold / Rape and redemption
“Lucky” By Alice Sebold / The Dark Tunnel From Where “The Lovely Bones” Comes





miércoles, 18 de abril de 2018

Leila Guerriero / Los tres




Los militares colombianos patrullan junto al río Mira, cerca de la frontera con Ecuador.
Los militares colombianos patrullan junto al río Mira, cerca de la frontera con Ecuador. AFP / R. ARBOLEDA

Los tres

No sé cómo se salva una vida. Sé que no es con vídeos no enviados, ni con repudios, condolencias y columnas como esta


LEILA GUERRIERO
17 ABR 2018 - 17:00 COT

Acabo de eliminar del corazón marchito de mi teléfono móvil un vídeo que un colega ecuatoriano me pidió que grabara para sumarlo a una campaña en reclamo por la liberación de Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra, dos periodistas y un chófer del diario El Comercio, de Quito, secuestrados en la frontera entre Ecuador y Colombia el 26 de marzo y asesinados el 13 de abril por un grupo disidente de las FARC. No llegué a enviarlo por cuestiones técnicas absurdas. Lo grabé mirando una foto de los tres, tomada cuando aún estaban en cautiverio, en la que se los ve amarrados por cadenas y con candados al cuello. No sé cómo se salva una vida. Sé que no se salva con vídeos no enviados como el mío. Sé que no se salva con una catarata de repudios y condolencias y columnas como esta. Sé que no se salva con el presidente colombiano calificando el hecho de “crimen atroz”. Sé que no se salva con representantes de Naciones Unidas declarando que estos “actos de lesa humanidad son inaceptables”. Aunque sean bienvenidos, no se salva con los previsibles “enérgicos rechazos”, con los obvios “repudios a la violencia”. A mediados de 2017, el periodista argentino Martín Caparrós escribió una crónica, La guerra desarmada, después de pasar un tiempo en un campamento de normalización de las FARC. Terminaba así: “Hay, ahora, siete mil soldados menos; hay, ahora, siete mil exsoldados que no saben qué va a ser de sus vidas: que ni siquiera están seguros de que su guerra se haya terminado. Hay, alrededor, millones y millones que lo esperan. Hay, también, los que querrían que no. La paz, a veces, es una guerra más confusa”. El estallido de esa inflamable confusión (que todos, y más aún quienes nos gobiernan, debimos advertir) se encarnó en los periodistas y el chófer asesinados. Sospecho que no será el único ni el último. Sólo por ahora es el peor.


María Isabel Rueda / La traición de Trichi

Jesús Santrich

María Isabel Rueda

La traición de ‘Trichi’

La Farc debería aceptar que uno de sus miembros se descarrió.

El Tiempo, 15 de abril de 2018



Asombra que Jesús Santrich o Seuxis Paucivas, o ‘Trichi’, en el mundo de los “televisores”, sea o tan criminal, o tan bruto, o ambas cosas. Porque después de recibir del gobierno Santos una segunda oportunidad sobre la tierra, resuelve tirársela cuadrando un multimillonario negocio ilegal por el que no solo tendrá que pasar prácticamente el resto de su vida en una cárcel de Estados Unidos, sino con el que además traicionó al resto de los desmovilizados de las Farc que no estaban en la jugada.
El episodio, en todo caso, pone a prueba el compromiso de la Farc con el acuerdo que firmaron. En lugar de andar hablando de montajes, insultando al Fiscal y acusándolo de inventar mentiras para tirarse la paz, ¿por qué no valoran serenamente las pruebas contra Santrich y le reclaman por su comportamiento traidor y atentatorio contra la estabilidad de los acuerdos? Dos personas acaban de reconocer que se equivocaron y que lo asumen: Mark Zuckerberg, creador de Facebook, por no haber tomado las precauciones necesarias para que Cambridge Analytica no les robara los datos a los usuarios. Y el papa Francisco, porque, mal informado acerca de las verdades de la pederastia en Chile, no quiso recibir a sus víctimas. Reconocer los errores está de moda.


La Farc debería hacer algo parecido. Aceptar que uno de sus miembros se descarrió, si es que es cierto que Santrich no actuó con colaboración de alguien más en la Farc. Por lo menos Timochenko le ha dado un consejo sensato a Santrich: que levante su huelga de hambre para que se ponga “en condiciones físicas y mentales para dar esta batalla en esta nueva trinchera y demostrarles a Colombia y al mundo que es un revolucionario íntegro”.

Solo quedaría esperar la verificación de la JEP sobre la fecha del delito, el concepto de la Corte y la decisión del próximo presidente de si extradita o no. Pero el problema es que apareció otra grave complicación: Marlon Marín Marín, socio de Santrich en el envío al cartel de Sinaloa, sobrino de Luciano Marín, alias Iván Márquez, ahora está acusado por la Fiscalía de ser el jefe de una mafia de intermediarios que, gracias a su cercanía con la Farc, direccionaba los proyectos productivos a cambio de un provecho económico. Tenía información privilegiada de la adjudicación de contratos, compraba a los funcionarios de los fondos que intervenían en el proceso de contratación y hasta seleccionaba las interventorías para esquivar los controles.

No se sabe si Marín Marín estaba en este entramado gracias al parentesco con su tío. Por lo menos es posible pensar que si tenía información privilegiada es porque la sacaba de los proyectos que presentan la Farc. Por eso reinaba la opacidad, y no la transparencia que exigían los países amigos en los procesos de selección. Sí se sabe que por intermedio de su tío se presentaba como uno de los impulsores de la paz y ofrecía cargos y favores a sus amistades. No está en los listados de las Farc, pero las autoridades confirman que vivió con Iván Márquez en Venezuela y lo visitaba en Cuba durante la negociación. Así que propiamente distantes, como pretenden la Farc, no eran. 

Las relaciones de Santrich con Marín Marín, quien supuestamente lo presentó con el cartel de Sinaloa, están documentadas en videos y con grabaciones de meses de conversaciones que tienen en su poder tanto la Fiscalía como la DEA. El destinatario era Rafael Caro, jefe del cartel de Sinaloa, a quien además Santrich agasaja con una pintura muy bien dedicada “a don Rafa, con aprecio y esperanza de paz”. 

¿Que las andanzas de Marín Marín posiblemente no las conocía su tío Marín, tanto las de narcotraficar como las de intermediar en los proyectos para la Farc? Es posible. Pero las autoridades no creen que este personaje y su socio Santrich estuvieran en capacidad de conseguir en el mercado 10 toneladas de coca sin que por lo menos contaran con las disidencias de las Farc, que se quedaron con el negocio por fuera de la paz. Hasta podría ser factible que los 15 millones de dólares del alijo tuvieran como destino terminar lavados en la chequera de la paz. 

¿Y, encima de todo, la Farc pretende que el Fiscal tuviera que pedirle permiso a la JEP para proceder? 

De no haber el Congreso reformado a buena hora el artículo de la reincidencia –tal y como venía originalmente en el “mejor acuerdo posible” firmado por De la Calle–, Santrich, tranquilito, seguiría protegido por la JEP. 

Entre tanto… Si por 10 toneladas ‘Trichi’ iba a cobrar 15 millones de dólares, ¿cuánto habrán recibido las Farc en por lo menos 20 años de actividad en el negocio?


MARÍA ISABEL RUEDA

FARC / Cuando Santrich cantaba...

Santrich según Matador

Andrés Candela

Cuando ‘Santrich’ cantaba…

El perdón es reconocer el mal hecho en la otra o en las otras personas, ¡nunca justificarlo!

El Tiempo, 17 de abril de 2018

Me ha causado mucha impresión desde el domingo 7 de abril –sin sorprenderme– abrir los diferentes portales informativos de Colombia y ver en todas las primeras páginas las noticias que cubren de incertidumbre un proceso de “paz” al cual el Gobierno de turno le apostó todo, a tal punto que quienes pensáramos diferente o sugiriéramos cambios en las negociaciones éramos entonces satanizados como “enemigos de la paz” y, con tan caprichosas y obstinadas pretensiones el triunfo del ‘No’ fue borrado de plumazo para que el hinchado padrenuestro de la “paz” hiciera eco en Oslo.
Pero faltaba la cereza del postre a renglón seguido del escándalo por la chequera de la “paz” antes de la cancelada visita de Trump: ‘Capturado jefe de las Farc, ‘Jesús Santrich’, por narcotráfico’; es decir, con diez toneladas pactadas y el músculo para producirlas, ya vemos entonces los resultados de la proliferación de hectáreas con coca administradas por las llamadas “disidencias”, cuyo nutrido y lucrativo negocio, parece ser, servía para la “honorífica” fachada del parlamentario respaldado por los acuerdos de La Habana –no por sufragio popular– mientras los demás… continuábamos siendo unos parias, incendiarios, “enemigos de la paz”. Sin mencionar los robos de cuentas virtuales y las amenazas personales.

Recuerdo también cuando María Jimena Duzán le preguntó a ‘Pablo Catatumbo’ “¿por qué decidieron iniciar diálogos con el gobierno Santos?”. Él respondió: “tenemos compromisos de confidencialidad con el presidente, que ambos hemos respetado”. Una negociación de esa talla tenía que ser completamente transparente y de cara al país para beneficio de la propia “paz” con la cual tanto evangelizaron. ¡¿Qué teníamos que entender por “confidencialidad”?! Pero… las verdades florecían en la misma medida que el presidente Santos firmaba sobre el mármol una realidad muy antagónica a la de hoy: “…Ni ‘Timochenko’ ni ningún jefe de las Farc ocuparán un cargo político”, lo dijo ante los militares. “Si las Farc dicen que no han secuestrado, ¡hay que creerles!”, luego, País Libre mostró unas estadísticas muy diferentes. ¡¿Lo recuerdan los amigos de la “paz”, los pacifistas de nómina del proceso?!
Faltaba la cereza del postre a renglón seguido del escándalo por la chequera de la “paz” antes de la cancelada visita de Trump: ‘Capturado jefe de las Farc, ‘Jesús Santrich’, por narcotráfico’
Sé que para muchos seré de nuevo “un facho”. Un practicante ciego cuya religión es la histeria. Un oportunista de río revuelto con la mayor metida de patas del proceso. ¡Lo sé! Y reitero: no me adorno con palabras, pero soy adorador de ellas y un infeliz condenado por usarlas; me encanta torturar y estirar adjetivos para que nadie quede con aliento; jamás subasto un pensamiento para concluir que no comulgué con el proceso y con los “credos” de “paz” que lo hincharon, porque las sinceras intenciones de construirla –por parte de las Farc– han brillado por su absoluta ausencia ante el clamor de las víctimas. El perdón es reconocer el mal hecho en la otra o en las otras personas, ¡nunca justificarlo! Eso es lo que toda la vida, desde que tengo memoria, han hecho las Farc, las Auc, los políticos corruptos, la podrida justicia… siempre se justifican con los “argumentos” más “esplendorosos”. En los hombres de valor, capaces de asumir culpas, el perdón surge como una necesidad corporal, es una iniciativa del verdugo, no es un rol que deba emprender la víctima.

Ahora bien, que todo esto no sirva como cortina de humo para que las investigaciones con “la chequera de la paz” pasen a un segundo plano; es vital ir hasta el fondo de la pesquisa que el domingo mencionaron en sus respectivas columnas María Isabel Rueda y Mauricio Vargas, el domingo 7 de abril.

Muy viva –pero indigna– se revive también la imagen del hoy narcotraficante ‘Jesús Santrich’ cuando, en la instalación de las negociaciones en Noruega, le preguntaron si le pediría perdón a todas las víctimas de las Farc y cínicamente cantó y respondió: “quizás, quizás, quizás…” ¿Será capaz de cantarle lo mismo a la justicia americana?

P. S. Sí, soy yo en los foros “andres.candela”. Entro, saludo, agradezco comentarios, tomo nota de otros, pero siempre pasaré de largo en los insultos, y lo hago porque escribir para un público requiere retroalimentación. Pero con altura y educación.

ANDRÉS CANDELA