martes, 1 de septiembre de 2015

Wes Craven / Maestro del terror

Wes Craven
WES CRAVEN
MAESTRO DEL TERROR

La carrera de Wes Craven, fallecido ayer a los 76 años 
por un cáncer cerebral, 
fue la de un enamorado del séptimo arte



Cuesta imaginar que a Wes Craven (Cleveland, 1939 - Los Ángeles, 2015), fallecido este domingo, no le dejaran ver películas de niño. Pero así fue. La infancia que recuerda Craven estaba atada por las cadenas del fundamentalismo bautista, el que sumerge por completo en el agua al joven creyente. No entró en una sala de cine hasta la universidad. Pero ese segundo bautismo lo marcó para siempre. 
Lo primero que dirigió Craven fue un spoof de 45 minutos de Misión Imposible. No fue iniciativa suya, sino de sus alumnos. Craven enseñaba Filosofía en la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, Maryland. "Me dijeron, sabemos que tienes una cámara. ¿Te gustaría consejero en una película que puedes hacer? Puedes rodarla", recordaba Craven en una entrevista concedida a la guionista y escritora Randy Lofficier. Fue el principio de todo. Tirando de pegamento para pegar los fotogramas y de proyector escolar, metiendo a media universidad y a gente relevante en la ciudad, Craven estrenó en la universidad su primer balbuceo en celuloide. Resultado, en la primera noche habían recuperado el dinero de la película.

Y el hechizo no solo funcionó en su universidad. "Lo proyectamos en otra facultad, que estaba a unos 30 kilómetros, y fue un llenazo. Hicimos mucho dinero y nos lo gastamos en una gran fiesta con el equipo de rodaje. Fue ahí cuando me picó el bicho", recuerda en la misma entrevista. El bicho lo llevó a dejar la enseñanza, empacar y marcharse a Nueva York a perseguir a la musa del cine. 
Craven comenzó a sonar con una película suicida, de guerrilla y con los 30 ya cumplidos. La última casa a la izquierda cuenta una historia sencilla y salvaje. Mari y Phillys quieren ir a un concierto, tomar droga, pasárselo bien y quien sabe si cazar a algún apuesto joven. Acabarán viviendo una pesadilla, atrapadas por un auténtico grupo salvaje de psicópatas sin la menor moral. El año era 1972, tres años después de que la masacre en el 10050 de Cielo Drive perpetrada por la familia Manson. Los críticos se cebaron. Pero Roger Ebert, a pesar de los ataques de sus colegas, le dio tres estrellas y media sobre cuatro. El crítico más poderoso de Estados Unidos lo dejaba claro: "Es cuatro veces mejor de lo que podrías esperarte. Hay maldad en esta película". Y dinero. Costó 70.000 dólares y recaudó más de tres millones, primer guiño de la dama fortuna a Craven que jamás dejó de coquetear con él. 


Póster de 'La serpiente y el arcoíris' (1988), film sobre el vudú y los muertos vivientes de Wes Craven.
Era el primer toque de corneta de los enfants terribles del horror. Dos años después, Tobe Hopper estremecía al mundo con La matanza de Texas. En el 78, John Carpenter nos hacía temer, para siempre, lo que puede traer el halloween consigo. Y en todos los casos la tendencia se repetía. Descreimiento de la América de postal. Mirada sobre la América olvidada y sus terribles secretos. Y cinéfilos, gafapastas que diríamos hoy, con actitud y aspecto progre tras las cámaras, gente que sería más fácil entender emulando a Bergman que narrando relatos terribles de canibalismo y violaciones. "Estaba intentando escribir historias muy artísticas y poéticas. Vivía con cuatro duros en Nueva York. Y de pronto me llega la oportunidad de dirigir algo que jamás me hubiera permitido crear. Y como me sentía anónimo en esa ciudad y creía que nadie la vería, me volví loco. Y entonces me hice famoso por hacer ese tipo de películas. Es irónico", apuntaba el cineasta a Lofficier.
ScreamLas colinas tienen ojosShocker, 10.000 voltios de terror la extraña y magnífica La serpiente y el arcoíris... Hay mucho que apuntar en la página de Wes Craven. Pero nada como Freddy Krueger, ese amo de los sueños que te mata mientras duermes, esa encarnación de las pesadillas en la que Johnny Depp se dio a conocer al mundo como carnaza adolescente. La idea le vino a Craven de leer un artículo muy inquietante en Los Ángeles Times, sobre cómo un gupo de refugiados camboyanos que huían del holocausto de Pol Pot morían por renunciar al sueño. La razón, terribles pesadillas que no querían revivir, aunque eso les causara la muerte. De ahí a crear a ese icónico asesino de cara quemada, trasfondo pedófilo y cuchillas por dedos. La encarnación de esa definición que Craven dio sobre el peor de nuestros miedos: "El horror más profundo, por lo que yo sé, es qué le pasa a tu cuerpo por tus propias manos o por las de otros".

"Las películas de terror no crean el miedo, lo liberan". "Creo que es bueno plantar cara al enemigo. Y el enemigo es el miedo". "Ver películas de miedo es el campamento militar de la psique". Se le daba bien a Craven hablar sobre horrores, casi tan bien como crearlos. Sin embargo, en 1984, justo el año en que firmó su obra maestra Pesadilla en Elm Street, afirmó: "Sé en mi corazón que estoy preparado para algo nuevo. Estoy harto de ser el abuelo del géneroslasher". Tres décadas después, lo sigue siendo, porque el cambio radical de timón a su carrera nunca llegó. Craven murió el domingo a los 76 años por un cáncer cerebral. Pero sus monstruos, fantasmas del siglo XX, pesadillas de la caverna, le sobreviven.

Muere Wes Craven, padre de Freddy Krueger


Muere Wes Craven, padre de Freddy Krueger

El cineasta, director de películas como 'Pesadilla en Elm Street' y 'Scream' falleció a los 76 años a causa de un cáncer cerebral




Wes Craven, el padre de Freddy Krueger, la icónica leyenda del cine de terror, ha fallecido este domingo en su casa de Los Ángeles a causa de un cáncer cerebral. El director de películas como Pesadilla en Elm Street y Scream tenía 76 años. Craven, originario de Cleveland (Ohio), era considerado en la industria como un maestro que mezclaba varios géneros cinematográficos en sus proyectos, con lo que consiguió un sello distintivo que innovó el cine de horror. Además de dirigir, escribía sus guiones y producía sus proyectos, algunos de ellos para la televisión. También fue autor de novelas.
Craven comenzó su carrera en el cine en 1972, cuando dirigió La última casa a la izquierda, sobre un par de jóvenes que son secuestrados por unos convictos psicóticos. Cinco años después, escribió y dirigió Las colinas tienen ojos, que se convirtió en un clásico del género porque salpicó el guion con mucho humor. La película consiguió una nueva versión en 2006. Fue uno de los primeros en tirar de los cómics como fuente de inspiración para proyectos cinematográficos. En 1982 filmó La cosa del pantano, basada en la historieta de Len Wein. 
Pero fue en 1984 cuando Craven logró cambiar el cine de horror para siempre y entrar de lleno en la Historia del género. Fue entonces cuando las audiencias de todo el mundo se aterrorizaron con Freddy Krueger, el asesino serial popularizado por Robert Englund en Pesadilla en Elm Street. La primera parte de la exitosa saga impulsó la carrera de Johnny Depp. 

El cineasta también probó suerte en otros terrenos. En 1999 dirigió a Meryl Streep en Música del corazón, donde una maestra trataba de enseñar a tocar el violín a jóvenes problemáticos de HarlemLa película no fue tan exitosa como los sangrientos productos de su imaginación, pero le valió a la actriz una de sus 19 nominaciones al Oscar.
El éxito arrollador regresó a la vida del cineasta en 1996, cuando se estrenó Scream. La cinta dio un nuevo impulso al género y cosechó buenas críticas. La película también triunfó en taquillas sumando más de 100 millones de dólares solo en Estados Unidos. Esto provocó que se convirtiera en la primera parte de una tetralogía. La cadena MTV lanzó una serie basada en esta saga. Los episodios, de los que Craven es productor ejecutivo, se estrenaron en junio en Estados Unidos. 



Wes Craven / La elección del arma es fundamental en un filme de terror



  • Wes Craven

"La elección del arma es fundamental 

en un filme de terror"

JACINTO ANTÓN Sitges 11 OCT 1990


El cineasta Wes Craven (Cleveland, EE UU, 1940), director de Pesadilla en Elm Street, filme que ha dado pie a cinco continuaciones y ha consagrado al villano Freddy Krueger como uno de los grandes mitos del terror, se encuentra en Sitges, en cuyo festival se presenta su película Shocker, sobre la resurrección de un ejecutado en la silla eléctrica. "Pesadilla en Elm Street está basada en un hecho real acaecido en Los Ángeles", dijo ayer Craven a EL PAÍS. De su criatura Freddy, el cineasta señaló que "odia a los jóvenes por serlo", y de las emblemáticas cuchillas con que destripa a sus víctimas, que las concibió pensando en una garra. "La elección del arma es muy importante en un filme de terror", aseguró Craven.
"Pesadilla en Elm Street tiene su origen en el hecho real de unos jóvenes que tenían pánico a dormirse a causa de las pesadillas que sufrían", explica Wes Craven. "Sucedió en Los Ángeles, y se dieron tres casos. Los jóvenes murieron. Conservé los artículos que aparecieron en la prensa y pensé que se podía hacer una buena historia con aquello".En cuanto al personaje de Freddy, "me planteé qué causaría más terror a un grupo de adolescentes, y decidí que sería un hombre mayor, una figura como la del padre y que odia a los jóvenes porque son jóvenes". Al respecto, Craven subraya que los padres de los jóvenes perseguidos por Freddy en su película "no son limpios"; "ellos mataron a Freddy y están manchados también por la culpa". El concepto de maldad parece preocupar especialmente a Craven: "El dilema es matar al malo o no matarlo; cuando el personaje bueno mata al malo en su lucha contra el horror se carga a su vez de maldad. El verdadero triunfo contra el Mal estriba en no matar al malo".
Del emblemático guante con cuchillas de Freddy, objeto que ya figura con pleno derecho en el museo imaginario del fantástico junto a la capa de Drácula o la motosierra de La masacre de Texas, Craven explica que lo diseñó tras una profunda- reflexión. "Técnicamente, el arma es muy importante en un filme de terror. En este caso pensé en el arma más básica: la mano humana. De ahí derivé hacia la imagen más implantada en el subconsciente de la mano como peligro: la garra. Y eso es el arma de Freddy, una garra. Algo tan primitivo como el cuchillo, que a su vez remite a otra forma animal, el colmillo".
¿Qué sentimientos provoca en Wes Craven el haber alumbrado una criatura como Freddy, un mito del terror? "Bueno, me hubiera gustado más crear a Micky Mouse", dice, "pero hoy en día la vida, la realidad, es más como Freddy, y hay que afrontar eso., Creo que siento un extraño orgullo por haber creado a Freddy". "No obstante", advierte, "estoy tan orgulloso de él como de los otros personajes de Elm Street, que tienen que enfrentar el mal y no se duermen".
Craven marca distancias con las secuelas de Pesadilla en Elm Street."Tras la primera película, vendí los derechos y no me he involucrado en las otras. Encuentro muy interesante que cada equipo haya efectuado sus propias interpretaciones de Freddy, aunque me parece que todos se han volcado demasiado en los efectos especiales".
"Para mí, el fantástico es el verdadero corazón del cine", dice Craven al recabársele su opinión sobre el género. "Es igual que con las personas: su esencia son los sueños". "El fantástico, por definición, está más allá de las fronteras, fuera del consenso general de lo que es real y lo que no". "Considero que quienes hacen películas de terror son los Colón y Magallanes de la mente humana, los que buscan más allá de los límites establecidos".
La próxima película de Wes Craven, también de género fantástico, se titulará La gente de debajo de la escalera, y tratará sobre la huida de una realidad de pesadilla". Craven se declara un ferviente consumidor de literatura de terror y menciona a Stephen King y Clive Barker. No obstante, cuando se le pide el nombre de su escritor favorito, no lo duda: "Poe".


lunes, 31 de agosto de 2015

Oliver Sacks / La ceguera como don

Oliver Sacks

La ceguera como don

Cada texto de Sacks es una lección de montaje, o de edición. Monta o edita la existencia de sus pacientes

Oliver Sacks
Oliver Sacks, en una imagen de junio de 2009. / CHRIS MCGRATH (AFP)
Lo primero que conviene aclarar en un taller de escritura es que la literatura y la vida son territorios autónomos, incluso cuando aceptemos en toda su extensión la idea de que la literatura es metáfora de la realidad o no es nada. Como territorios autónomos, cada uno tiene sus propias leyes. Así, la realidad es la comarca de lo contingente, entendiendo por contingente aquello que puede pasar o puede no pasar, sin que sea posible saber por qué pasa o no. En un texto literario, en cambio, todo lo que sucede debe ser necesario. Lo decía aquel escritor ruso que ahora no me viene (cuando aparece una pistola en la primera página de un cuento, alguien debe matarse con ella en la última). Por cierto, que la diferencia entre contingencia y necesidad se muestra, con calidades humorísticas, en Amanece, que no es poco, la película de Cuerda.
La realidad, en otras palabras, puede permitirse el lujo de ser caótica porque tiene a su favor el hecho de haber sucedido. Nadie se la plantea en términos de verosimilitud. No leemos la prensa con el mismo tipo de exigencia con el que leemos una novela. Sin embargo, hay discursos que hablando de ella, de la realidad, tienen un comportamiento semejante al literario. Es el caso del historial clínico, en el que, cuando es bueno, todas las piezas encajan entre sí como deberían encajar en un relato. ¿A qué se debe este misterio? A la mirada del médico que, de todo lo que escucha y observa, selecciona y articula solo aquello que puede poner al servicio del sentido.
Oliver Sacks es, desde este punto de vista, un maestro. En Un antropólogo en Marte, por ejemplo, cuenta la historia de un ciego que, cuando se va a casar, en torno a los 40 años, decide ir al médico para averiguar el origen de su ceguera, sobre el que jamás se había preguntado. Y resulta que solo tiene unas cataratas, por lo que en buena lógica, si se le operara, volvería a ver (había perdido la visión sobre los tres o cuatro años). Así se hace, y el hombre recupera la vista para alegría de su entorno. Su vida personal, en cambio, se convierte en un infierno. Ya no se atreve a cruzar la calle, que antes atravesaba sin problemas con la simple ayuda del bastón. Y las copas de cristal, sobre el mantel dispuesto para el almuerzo, le parecen objetos amenazantes hasta que logra “verlas” con el tacto. La recuperación de la vista, en resumen, le ha arruinado la vida. Cuenta entonces Sacks que el hombre no para hasta que logra quedarse ciego de nuevo. “Y en esta ocasión recibe la ceguera como un don”.
He ahí un cuento circular perfecto, obtenido de la bruta realidad, que hasta el mismísimo Cortázar habría envidiado. Cada texto de Sacks es una lección de montaje, o de edición. Monta o edita la existencia de sus pacientes del tal modo que construye historiales clínicos que sirven por igual a la ciencia y a la literatura. Si este hombre no pasara a la historia de la una, debería pasar a la de la otra. ¿Pero por qué no permitirle, como a Freud, tener un pie en cada disciplina?



Oliver Sacks / Un científico de letras

 Oliver Sacks

BIOGRAFÍA

Un científico de letras

La escritura era para él tan necesaria como su investigación


Oliver Sacks
Oliver Sacks, a la izquierda, habla en una gala con el productor Harvey Lichtenstein, en 2013. / JUDE DOMSKI
Pocas cosas dirán más de una persona, de sus motores internos y sus pasiones, de sus pavores y fruiciones, que su actitud ante la muerte, y en este sentido los lectores de periódicos podemos presumir de conocer a Oliver Sacks con una intimidad que rara vez se nos ofrece ni con nuestros amigos más próximos. Porque este maravilloso neurólogo y escritor ha tenido la gentileza y la audacia de narrarnos sus últimos meses de vida en dos artículos que se nos quedarán grabados hasta el final de nuestros propios días. Y así sabemos, porque sabemos que Sacks era sincero al decirlo, cuál era su gran fuente de desasosiego ante la muerte inminente: no poder llegar a saber lo que se descubriría al día siguiente; perderse el avance de la ciencia y del conocimiento del mundo; dejar de leer cada semana Nature y Science, sus amadas revistas científicas. Esto lo dice casi todo de él, ¿no es cierto?
Casi todo, pero no todo. Porque Sacks pertenecía a esa rarísima y preciosa categoría de los científicos de letras. La escritura era para él tan necesaria como su investigación, le salía a borbotones en cuanto la descripción de un fenómeno mental, o la experiencia de haber tratado a un nuevo grupo de pacientes, le revelaba una nueva historia, un nuevo ángulo desde el que mirar el objeto más complejo del que tenemos noticia en el universo, el cerebro humano. Su investigación nunca estaba completa hasta que la compartía con su legión de lectores. No es el primer científico del que se puede decir esto, pero sí el último de una lista muy corta y selecta.
Sacks conoció de una forma curiosa a uno de los mayores científicos del siglo XX, Francis Crick, codescubridor de la doble hélice del ADN e investigador, a partir de los años setenta, de los engranajes neuronales de la consciencia humana. Fue durante la típica cena de cierre de un congreso de neurociencias, creo recordar que en California, y a Sacks le tocó sentarse lejos de Crick, una figura que le parecía mítica e inaccesible. Llegado el momento del café y la copa, sin embargo, Crick se vino a sentar a su lado y, sin haber dicho ni hola, le pidió: “Cuéntame historias”. Se refería, naturalmente, a las historias de pacientes. Sacks se quedó perplejo de que un biólogo molecular, el epítome del enfoque reduccionista sobre el cerebro, se mostrara interesado en el otro extremo del espectro metodológico, el del neurólogo que se pasaba el día atendiendo a los pacientes psiquiátricos del Bronx neoyorquino. Pero aquella conversación de sobremesa fue larga y fructífera, y les unió en una amistad duradera. Los dos están ya muertos.
Los lectores de Sacks sentimos hoy una pena profunda, la pena del huérfano al perder a su padre intelectual, pero esperamos que Sacks no nos deje solos, que alguien, en alguna parte, se sienta motivado a recoger la antorcha y nos siga contando historias, como pedía Crick. En algunos sentidos, desde luego, Sacks será una figura irrepetible. Miembro durante años del grupo de motoristas freaks Los ángeles del infierno, solía decir que entendía bien a sus pacientes porque estaba igual de loco que ellos. Su extraordinaria inteligencia creativa tenía también mucho que ver, probablemente. Pero su obra nutrida debería inspirar a otros de su misma clase, a otros científicos de letras que sientan la misma necesidad de convertir su investigación en un género literario, de percibir la narrativa bella e intensa que se esconde bajo el descubrimiento científico. Ojalá seas tú, lector.
Hasta siempre, Oliver. Ha sido maravilloso.



Muere Oliver Sacks, explorador de la mente y la tolerancia

Oliver Sacks
Poster de T.A.


Muere Oliver Sacks, 

explorador de la mente y la tolerancia



El neurólogo y escritor británico fallece a los 82 años. 

Padecía un cáncer terminal

Oliver Sacks. / JAMES LEYNSE  (CORBIS)
El neurólogo Oliver Sacks se enfrentó en los últimos meses a la tarea más difícil con la que pueda lidiar cualquier pensador, sobre todo alguien que dedicó toda su obra a tratar de entender el funcionamiento de la mente humana: explicar su propia muerte. En febrero, Sacks anunció en un artículo que padecía cáncer de hígado terminal y este domingo ha fallecido en Nueva York a los 82 años. Le ha dado tiempo a publicar sus memorias, On the move, que editará Anagrama en castellano en breve, y a escribir unos pocos textos en la prensa en los que, con su característica mezcla de humor y lucidez, exploraba las certezas de la vida cuando ya sabía que le quedaba poco tiempo aquí abajo. Una frase de aquel primer texto inolvidable, titulado De mi propia vida, que publicó The New York Times en medio de una conmoción global, resume sus reflexiones: "Por encima de todo, he sido un ser con sentidos, un animal pensante, en este maravilloso planeta y esto, en sí, ha sido un enorme privilegio y una aventura".
Sacks, que nació en Londres en 1933 aunque desarrolló gran parte de su vida profesional en Estados Unidos, deja atrás un puñado de libros inolvidables como El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Veo una voz (Viaje al mundo de los sordos), Un antropólogo en Marte, Con una sola pierna o Alucinaciones (su último título en castellano) y, sobre todo, a muchos pacientes cuya vida es mucho mejor después de haber pasado por sus manos. El fallecido Robin Williams, un actor cuya mente genial y frágil podría haberle convertido en uno de sus personajes, le interpretó en el cine en el filme de Penny Marshall Despertares que obtuvo tres candidaturas al Oscar en 1990.
En sus ensayos, publicados en castellano por Anagrama aunque el primer editor que lo lanzó en el mundo hispano fue Mario Muchnik, Sacks pretende explicar qué nos convierte en seres humanos, el extraño viaje entre la mente y algo que podríamos llamar alma, nosotros, cada ser individual. ¿Cómo funciona la memoria? ¿Por qué y cómo vemos, ven los ojos o ve el cerebro? ¿Qué significa poder oír, escuchar lo que nos rodea? ¿Qué son el amor y el deseo sexual? ¿Qué dicen de nosotros las alucinaciones? ¿Hasta qué punto un autista está aislado del mundo en el que vive? ¿Nos define una enfermedad que padecemos?

El milagro de la identidad positiva

Su gran aportación es haber acercado a millones de lectores en todo el mundo a aquellos que la sociedad se empeña en tratar como diferentes y que Sacks siempre consideró iguales. Nos ayudó, con textos extraordinariamente entretenidos, a comprender la inmensa complejidad de la mente humana y nos permitió atisbar la forma en que se enfrentan al mundo todos aquellos que demasiadas veces preferimos ignorar. "No quiero parecer sentimental ante la enfermedad. No estoy diciendo que haya que ser ciego, autista o padecer el síndrome de Tourette, en absoluto, pero en cada caso una identidad positiva ha surgido tras algo calamitoso. A veces, la enfermedad nos puede enseñar lo que tiene la vida de valioso y permitirnos vivirla más intensamente", explicó en una entrevista con este diario en 1996.
Oliver Sacks nació en Londres y vivió en la capital británica los bombardeos nazis durante la II Guerra Mundial. Sobre esta experiencia escribió un gran artículo en The New York Review of BooksHabla memoria, en el que explicaba los complejos mecanismos de la memoria y la capacidad de los seres humanos para generar recuerdos inexistente que al final son tan sólidos y reales como los auténticos. Su carrera científica se desarrolló en Estados Unidos –aunque nunca llegó a ser ciudadano americano– y se hizo famoso como médico en los años sesenta por sus ensayos sobre el Parkinson (precisamente la historia que cuenta Despertares). Sus libros le proporcionaron un reconocimiento mundial.
Resulta difícil seleccionar alguno de sus personajes por encima de otros. El autista que se acerca al lenguaje a través del dibujo –"El artista autista" en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero– puede servir para resumir su forma de concebir la medicina y la literatura. Este paciente le permite escribir a Sacks: "¿El ser una isla, el estar separado, es inevitablemente una muerte? Puede ser una muerte, pero no inevitablemente. Porque aunque se hayan perdido las conexiones horizontales con los demás, con la sociedad y la cultura, puede haber conexiones verticales, intensificadas y vitales, conexiones directas con la naturaleza, con la realidad, sin influencias". Su personaje lograba esas conexiones directas a través de su capacidad para dibujar. Su reto como científico era darle una oportunidad, buscar formas para guiarlo y lograr que encuentre una vida plena en su diferencia radical. Ese fue siempre su objetivo como científico y como escritor.
En su obituario, The New York Times cuenta una anécdota que resume bastante bien su forma de ver el mundo: recibía unas 10.000 cartas al año, pero respondía siempre "a los menores de 10 años, a los mayores de 90 y a aquellos que estaban en la cárcel". Escribió su último artículo a principios de agosto, titulado Mi tabla periódica: lamentaba a la vez todo lo que se iba a perder ante la inminencia de su muerte –explicaba que ya se encontraba muy enfermo–; pero también celebraba la densidad de su existencia. Y no pensaba rendirse: "Quería divertirme un poco haciendo un viaje a Carolina del Norte para ver el maravilloso centro de investigación sobre lémures de la Universidad de Duke. Los lémures están próximos a la estirpe ancestral de la que surgieron todos los primates, y me gusta pensar que uno de mis propios antepasados, hace 50 millones de años, era una pequeña criatura que vivía en los árboles no tan diferente de los lémures actuales. Me encantan su saltarina vitalidad y su naturaleza curiosa".
Su obra es una descomunal lección de solidaridad, que sigue a fondo el principio que Atticus Finch, el protagonista de la novela de Harper Lee Matar un ruiseñor, explica sus hijos como gran lección de vida: "Nunca conoces realmente a una persona hasta que te has calzado sus zapatos y has caminado con ellos". Sacks nos obligó a caminar con muchos zapatos –los de un ciego, los de un pintor que ha perdido la percepción de un color, los de un autista, los de los sordos– y, encima, lo hizo de una forma extraordinariamente divertida. El hecho de que, como ha contado recientemente, su madre le maldijera cuando le confesó su homosexualidad, seguramente influyó profundamente en la tolerancia hacia la diferencia que marca todos sus ensayos. Cambió la forma en que vemos a los demás, y en que nos vemos a nosotros mismos, y eso es algo que se puede decir de muy pocos autores.


domingo, 30 de agosto de 2015

Elsa Fernández-Santos / La cuarta edad

Yoko Ono

La cuarta edad

La industria del lujo ficha a figuras del diseño y la música de más de 70 años, como Joni Mitchell, Joan Didion o la decoradora neoyorquina Iris Apfel.

Céline o Yves Saint Laurent insuflan nuevos aires en un sector tiranizado por el mito de la juventud, pero que vive en gran parte de clientas mayores.



Joni Mitchell, retratada para Music Project de Yves Saint Laurent. / HEDI SLIMANE
En pleno debate sobre la hipocresía que rodea al hecho de saber envejecer cuando afecta a las estrellas de Hollywood, una nueva firma de moda se apunta a la tendencia publicitaria del momento: mitos de la tercera, e incluso cuarta, edad. Con su huracán de arrugas y sus gafas de Mister Magoo, la excéntrica decoradora Iris Apfel (93 años), colorista y sonriente icono del estilo estadounidense, se suma de la mano de la firma Kate Spade a otras dos campañas que han causado sensación por sus veteranas protagonistas: la cantante Joni Mitchell (71 años), para Saint Laurent, y la ­escritora y periodista Joan Didion (80), para Céline. Merece la pena celebrar la belleza pura de estas ancianas –sin olvidar a las alegres nonnas del último anuncio de Dolce &­ Gabbana– como un símbolo de vida, sabiduría e inteligencia. Sobre todo ahora, cuando a nadie se le escapa la esquizofrénica relación con el espejo que impera en un mundo que desprecia tanto el paso del tiempo como el a veces patético e infructuoso intento de detenerlo.


Joan Didion para la campaña de Céline.
Mientras Apfel es de pura raza neoyorquina –el Metropolitan dedicó una exposición a sus objetos y el gran documentalista Albert Maysles ha estrenado este otoño una película sobre su vida–, Joni Mitchell (nacida en Canadá) y Didion (en Sacramento, California) son supervivientes de la era de Acuario. Con sus canciones, una, y sus crónicas, la otra, reflejaron como pocas esa feliz melancolía de las mujeres de la Costa Oeste.
Fotografiada por Hedi Slimane, director creativo de Saint Laurent, dentro de la campaña conocida como Music Project, Joni Mitchell también ha sido la portada del último especial de moda de New York Magazine. La diosa folk, cuyo aire de suma sacerdotisa es imposible disociar de aquel legendario y fértil vecindario de Laurel Canyon (Los Ángeles), le roba hoy el protagonismo a cualquier modelo. En las imágenes en blanco y negro de Slimane, con sombrero y la guitarra entre las manos, la autora de Blue tiene el aura de una distante abuela hippy. Menos seria e intensa, en la entrevista para New York Magazine reconoce que siempre estuvo más bien lejos de resultar estilosa, pero que le divertía posar para Saint Laurent. “No lo encuentro muy innovador, pero son el estilo de prendas que, en un momento u otro, siempre he llevado”.


Las 'nonne' de la última campaña de Dolce & Gabbana.
La imagen de Didion, fotografiada por el alemán Juergen Teller, ha armado un mayor revuelo. Como un pajarito, la autora de El año del pensamiento mágico –cuya terrible y apasionante vida recoge ahora un documental rodado por su sobrino Griffin Dunne– aparece oculta tras unas enormes gafas negras, un jersey también negro y un enorme medallón dorado. Según The New York Times, cuando Vogue anunció que su antigua colaboradora protagonizaba la última campaña de Céline se desencadenó un vendaval viral solo comparable al desnudo de Kim Kardashian para Paper. Didion se limitó a dar una lacónica explicación: “No tengo ni idea de a quién se le ocurrió la idea. Me gusta la marca y tengo algunas cosas suyas”.
Sin olvidar que en los mercados tradicionales las consumidoras del lujo son mujeres de ya cierta edad, el impacto ha roto las barreras generacionales y ha sido incuestionable. También las críticas. El poder de fagocitación de la moda, su manera de camuflarse bajo el paraguas de las referencias culturales, su casi obsesiva necesidad de legitimarse a través del arte. “Es deprimente”, escribió la periodista Hadley Freeman en The Guardian, “ver a tus ídolos utilizadas para vender ropa cara”. Tim Teeman opinaba en The Daily Beast que, pese al mérito de usar modelos casi octogenarias, no hay nada de radical en un gesto que en el fondo se aprovecha de su casi sagrada imagen “para vender bolsos y perfumes”.
En cualquier caso, no deja de ser estimulante el aire fresco que aportan estas veteranas, liberadas de su juventud, ilustrando con su casi inocente presencia una reflexión reciente de otro mito de la cuarta edad, Yoko Ono (81 años): “Ahora me gustan mis manos nudosas, aunque durante mucho tiempo me avergonzaron. Hoy las acepto. Es más, estoy agradecida de que sigan conmigo. Gracias, gracias, gracias. Al final llega el día en el que nos despertamos agradecidos por lo más básico”. Después de todo, quizá no sea tan imposible envejecer en paz.