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lunes, 24 de octubre de 2022

José Watanabe / La piedra alada

Pelícano
Ricardo Canales

José Watanabe 
La piedra alada
 

El pelícano, herido, se alejó del mar
y vino a morir
sobre esta breve piedra del desierto.
Buscó,
durante algunos días, una dignidad
para su postura final:
acabó como el bello movimiento congelado
de una danza.

Su carne todavía agónica
empezó a ser devorada por prolijas alimañas, y sus
huesos
blancos y leves
resbalaron y se dispersaron en la arena.
Extrañamente
en el lomo de la piedra persistió una de sus alas,
sus gelatinosos tendones se secaron
y se adhirieron
a la piedra
como si fuera un cuerpo.

Durante varios días
el viento marino
batió inútilmente el ala, batió sin entender
que podemos imaginar un ave, la más bella,
pero no hacerla volar.

José Watanabe / La boa
José Watanabe / Acerca de la libertad
José Watanabe / El fósil
José Watanabe / Sala de disección
José Watanabe / La piedra alada



José Watanabe / Sala de disección

 


José Watanabe
Sala de disección

Un cadáver puede provocar una filosofía del ensimismamiento,
sin embargo los estudiantes admirablemente
estaban entusiasmados con su muerto,
lo rodeaban
y discutían con fervor la anatomía de ese cuerpo de piel coriácea.
Yo aprendía otra lección:
la vida y la muerte no se meditan en una mesa de disección.

Los estudiantes me previnieron
que iban a extraer el cerebro. Permanecí con ellos:
a veces soporto lo siniestro sin perturbarme demasiado.
No hay sofisticación instrumental para retirar un cerebro,
una modesta sierra de carpintero
cortó el cráneo a la altura de las sienes,
luego sumergieron el órgano mítico en un frasco lleno de formol.

Yo me dedique a observarlo, solo, en otra mesa
mientras los estudiantes seguían cotejando su denso libro con el
muerto.
Sorpresivamente
una bruja brillante brotó del interior del cerebro
como un mensaje venido de la otra margen,
y no había boca que lo pronunciaría.
No había boca.
La burbuja, muda, se deshizo en ese aire levemente podrido.



José Watanabe / El fósil

 


José Watanabe
El fósil

 

La vida en ti fue un pez de 20 centímetros.

Tu remoto latido, hoy petrificado,

vive ahora en mi cuerpo

                tan inverosímil como el tuyo.

 

Tú ya no puedes mirarte ni mirarme, no sabes

lo extraño que es ser pez u hombre.

Somos, te digo, inverosímiles, caprichos

de una mente delirante

que cuaja infinitas e insensatas formas en el mar

                        y la tierra.

 

El ruido alegre de los niños en el museo

que se empinan a mirar otros fósiles

interrumpe mi habitual pesimismo,

               y me enternece:

después de todo, pescadito,

               tal vez alguna razón existe.


José Watanabe / La boa
José Watanabe / Acerca de la libertad
José Watanabe / El fósil
José Watanabe / Sala de disección
José Watanabe / La piedra alada





José Watanabe / Acerca de la libertad

 


José Watanabe
Acerca de la libertad

 

Esta mañana han comprado un pájaro

                                      como se compra una fruta

                                               un ramo de flores.

 

Dicen que Hokusai compraba pájaros para liberarlos.

 

También Leonardo

                 pero midiéndoles el impulso y el rumbo.

 

Posiblemente en la infancia he pintado pájaros

pero jamás les he hallado relación exacta con los aviones.

 

Estoy tentado a liberar este pájaro

                                         a devolverle

            su derecho de morir sobre el viento.

 

Me van a pedir razones.

 

Sentiré la obligación de hablar acerca de la libertad

pero mi familia que es muy lógica

                                  dirá que afuera solo

                                               con el viento

                                               a ver qué hago.


José Watanabe / La boa
José Watanabe / Acerca de la libertad
José Watanabe / El fósil
José Watanabe / Sala de disección
José Watanabe / La piedra alada




José Watanabe / La boa




José Watanaba
LA BOA 

La boa es

el deseo del abandonado: reptar

como un solo y larguísimo músculo

para envolver completamente el cuerpo amado.

 

Puedes abrazar y estrangular pavas de monte

o cabras coquetas, pero qué lejos está todavía

la que huyó y duerme como una reina

sobre la copa de todos los árboles.


José Watanabe / La boa
José Watanabe / Acerca de la libertad
José Watanabe / El fósil
José Watanabe / Sala de disección
José Watanabe / La piedra alada



lunes, 21 de julio de 2014

José Watanabe / El trasnochado

Hope
Kannagar

José Watanabe
EL TRASNOCHADO

Mientras mi mujer duerme
con sus dulces entrañas cerradas,
algunas noches
mi pene despierta.
Sólo estamos tú y yo, solos, le digo,
ella dormirá hasta mañana.
Mira alrededor. Una vena azul
cruza toda su tristeza.
Escucha la canción del deseo
que nunca tiene sentido.
Luego pregunta: ¿Otras?
El mundo se ha acabado,
ya no hay más mujeres, le digo.
Ninguna mentira lo derrota,
y porfia, ¿y los ángeles?
El cielo también se ha acabado,
y las sirenas
y todas las quimeras.
Entonce suspira, se emboza

José Watanabe / Basho


José Watanabe
BASHO

El estanque antiguo,
ninguna rana.
El poeta escribe con su bastón en la superficie.
Hace cuatro siglos que tiembla el agua.


José Watanabe
Poesía completa
Colección Cruz del Sur
Pre-textos, Madrid, 2008, p. 413


José Watanabe / La boa
José Watanabe / Acerca de la libertad
José Watanabe / El fósil
José Watanabe / Sala de disección
José Watanabe / La piedra alada


José Watanabe / Orgasmo


José Watanabe
ORGASMO

¿Me dejará la muerte
gritar
como ahora?


José Watanabe
Poesía completa
Colección Cruz del Sur
Pre-textos, Madrid, 2008, p. 400


José Watanabe / La boa
José Watanabe / Acerca de la libertad
José Watanabe / El fósil
José Watanabe / Sala de disección
José Watanabe / La piedra alada




domingo, 10 de noviembre de 2013

José Watanabe / Fábula

José Watanabe

Fábula

En el cauce del río seco
una espigada yegua orina sobre un sapo agradecido.
Yo, que voy de paso, sonrío y recuerdo
                    una antigua ley de compensaciones
de la magia: más feo el sapo
más bello y deslumbrante el príncipe.

Ay, pero la abundante orina de la yegua no es amor
y, aunque amorosamente regada,
                  no rompe los hechizos más perversos:
es sólo un poco de agua ácida en esta sequedad solar.

La yegua se aleja trotando aliviada, moviendo
las ancas
como una muchacha. Yo voy por los espinos resecos
recordando al sapo:
                       el pobre no tenía encantamiento
y se quedó solo
y soportando su fealdad inmutable
                                               y ahora meada.







José Watanabe / Tres poemas

José Watanabe
TRES POEMAS

Cuestión de fe

¿Cómo sería la luz de la madrugada
en que Abraham, el hombre de la cerrada fe,
subió al monte Moriah
llevando de la mano a su unigénito Isaac?

Tiene que haber sido una luz hondamente azul
como la de este amanecer: en aquel azul
Abraham imaginaba
la vibrante sangre de su hijo en el cuchillo.

                  La sangre vibra más en el azul.
Lo sé porque mi piel, de tan sola ahora,
segrega sangre en la palma de mi mano:
                          el primer milagro de mi día, o castigo,
por haber querido subir la cuesta de la montaña
con una muchacha (más hija que esposa).

Ella, al primer sol, huyó asustada,
                              me negó
su joven cuerpo para el sacrificio
y yo no pude demostrarle
                           mi fe neurótica a Dios.


El anónimo
Desde la cornisa de la montaña
dejo caer suavemente una piedra hacia el precipicio,
una acción ociosa
de cualquiera que se detiene a descansar en este lugar.
                      Mientras la piedra cae libre y limpia en el aire
siento confusamente que la piedra no cae
sino que baja convocada por la tierra, llamada
por un poder invisible e inevitable.

Mi boca quiere nombrar ese poder, hace aspavientos, balbucea
                      y no pronuncia nada.
La revelación, el principio,
fue como un pez huidizo que afloró y volvió a sus abismos
y todavía es innombrable.

Yo me contento con haberlo entrevisto.
No tuve el lenguaje y esa falta no me desconsuela.
Algún día otro hombre, subido en esta montaña
                                                   o en otra,
dirá más, y con precisión.
Ese hombre, sin saberlo, estará cumpliendo conmigo.


El maestro de kung fu
Un cuerpo viejo pero trabajado para la pelea
madruga y danza
frente a los arenales de Barranco.
Se mueve como dibujando
una rúbrica antigua, con esa gracia, y
sin embargo, está hiriendo, buscando el punto
de muerte
de su enemigo, el aire no, un invisible
de mil años.
Su enemigo ataca con movimientos de animales
agresivos
y el maestro los replica
en su carne: tigre, águila o serpiente van sucediéndose
en la infinita coreografía
de evitamientos y desplantes.
Ninguno vence nunca, ni él ni él,
y mañana volverán a enfrentarse.
-Usted ha supuesto que yo creo a mi adversario
cuando danzo- me dice el maestro.
Y niega, muy chino, y sólo dice: él me hace danzar a mí.


José Watanabe
Poeta y dramaturgo peruano. 1946 - 2007.

Hijo de un inmigrante japonés y una campesina de la sierra peruana, recibió la enseñanza básica en su pueblo natal, trasladándose luego a Lima donde inició estudios de Arquitectura. Después de algunos semestres interrumpió la carrera para dedicarse a la literatura.

Por su primer libro, Álbum de familia, de 1971, recibió el premio Poeta joven del Perú. Su segunda obra, El huso de la palabra, sólo apareció en 1989 y lo consagró como autor clave en la poesía peruana contemporánea. Cosas del cuerpo, 1999; El guardián del hielo2000, Premio Lezama Lima de Casa de las Américas; Elogio del refrenamiento, 2003; La piedra alada, 2005, y Banderas detrás de la niebla, 2006.

¡Dulcejueves!


Dulce Jueves es un envío de Esteban Carlos Mejía.



José Watanabe / La boa
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José Watanabe / El fósil
José Watanabe / Sala de disección
José Watanabe / La piedra alada